ESCENA IX

Coro de la iglesia conventual de Zaratán.

EL PADRE MAROTO, en la silla prioral. A su lado EL CONDE DE ALBRIT. Siguen a derecha e izquierda los monjes, ocupando con sus venerables cuerpos más de la mitad de la sillería. En el centro, frente al facistol, los cantores. No hay verja que separe el coro de la iglesia, que es tenebrosa, sepulcral, cavidad cuyos límites y contornos se deslíen en un misterioso ambiente, tachonado por las luces de los cirios. En el fondo lejano se adivina, más que se ve, el altar mayor, disforme carpintería barroca y estofada. A la derecha un órgano pequeño, nuevecito, de excelente son. Toca con maestría el mismo fraile italiano que antes hablaba de la simiente de alfalfa y remolacha forrajera.

EL CONDE, que sin darse cuenta de ello, entrelaza y confunde su rezo con sus meditaciones.

Señor de los cielos y la tierra, ilumíname, dame la verdad que busco... No muera yo sin conocerla... Que acabe mi vida con mis dudas horribles... Padre nuestro que estás... Creí que la falsa es Dolly, y la legítima Nell... y ahora creo lo contrario: Dolly es la buena, Nell la mala, la intrusa... Señor, que no prevalezca en mi familia la usurpación infame... El pan nuestro...

EL CORO

Recordare Domine quid acciderit nobis... Intuere et respice opprobrium nostrum.

EL CONDE

No me tengas, Señor, sobre esta zarza de las dudas... Me revuelvo en ella, y mi cuerpo es todo una llaga... Dame la verdad, y que la verdad sea puerta para entrar en la muerte... Líbrame del oprobio de mi nombre, y aparta de mi descendencia el deshonor.

EL CORO

Hæreditas nostra versa est ad alienos, domus nostræ ad extraneos...

Suena con dulcísimos acordes el órgano. Encantado de oírle, el Conde se inclina hacia el Prior para elogiar el instrumento y las hábiles manos que lo tocan.

EL PRIOR

¡Excelente organito!... Regalo de su hijo de usted, el señor Conde de Laín, que nos lo mandó de París. La carta en que me anunciaba este obsequio fue la última que de él recibí.

EL CONDE, que desvaría un poco, afectado de la solemnidad del lugar y ocasión, y de la lúgubre poesía que allí emana de todas las cosas.

Pues me lo había figurado... Como apenas veo, mi oído tiene una sutileza extremada, y en esos dulces acentos escuché la propia voz de mi pobre Rafael resonando en la iglesia... ¡Desdichado hijo mío! ¿Verdad, P. Maroto, que mi hijo merecía mejor suerte? Pero la felicidad no es para los buenos.

(El Prior contesta con cabeceos, por no creer que es ocasión de largas conversaciones, y continúa rezando. Pasa tiempo. La placidez del sitio, la suave temperatura, el monótono canto, determinan en el viejo Albrit una sedación dulcísima, y recostándose sobre la derecha en el amplio sitial, se adormece. A ratos se despabila, y perdida la noción de la realidad, olvidado de donde está, dirige al Prior palabras que este estima de una incongruencia absoluta. En aquel sopor, cuyas intercadencias no es posible apreciar, ve y oye el desdichado prócer extrañísimas cosas. Si al despertar tiene algunas por disparates, otras quedan en su mente como verdades incontrovertibles. No puede dudar que su hijo Rafael se aparece en el coro, viniendo de la iglesia, vestido de monje, y avanzando lentamente se llega a su padre, y le habla... Bien seguro está de que le dice algo, y más le dijera si su imagen no desapareciese súbitamente como una luz que el viento apaga.)

EL PRIOR

¿Qué dice el señor D. Rodrigo?

EL CONDE

Me parece que hablo claro... La falsa es Nell. Me lo dice quien lo sabe... (Enteramente despabilado.) ¡Ah!... perdone usted... No he dicho nada. Estas cosas no deben decirse. (Mira en torno suyo, y nada ve. Pero advierte que han cesado los cánticos, y que el oficio ha concluido. La Comunidad se retira.)

EL PRIOR, levantándose.

Eccellenza... hemos terminado nuestro rezo. Tome usted mi brazo, y saldremos.

EL CONDE, apoyado en el brazo del Prior.

Es hermoso poseer la verdad...

EL PRIOR

Cuando se posee.

EL CONDE

Yo la tengo.

EL PRIOR

Verdades hay, amigo mío, que no merecen que las poseamos. Vale más la duda que ciertas verdades. Lo que hay que tener es fe.

EL CONDE

También la tengo. A ella me acojo, y de ella tomo mi energía para esta batalla con la espantosa duda... (Con grande extrañeza.) Pero dígame, ¿dónde se meten Carmelo y el Alcalde y el Médico de Jerusa? No les siento. ¿Es que están todavía examinando carneros y vacas?

EL PRIOR, retardando la contestación, que supone ha de ser penosa para el anciano.

Pues D. Carmelo...

EL CONDE

¿Es que duerme aún la siesta para empalmar mejor la comida con la merienda? Me asombra que el Alcalde, que es tan beato... por dar ejemplo a las masas, como él dice... no haya venido a las vísperas.

EL PRIOR, arrancándose, por aquello de «el mal camino andarlo pronto.»

Señor Conde de Albrit, esos señores se han vuelto a Jerusa.

EL CONDE, parándose en firme, erguido. El estupor contiene aún el estallido de su ira.

¡Se han vuelto a Jerusa...!

EL PRIOR, resuelto.

Esos caballeros piensan, como yo, que el señor Conde debe permanecer aquí.

EL CONDE, airado.

Me han traído con engaño, me dejan con perfidia... se van... Me encierran como a una bestia dañina... ¡Me ponen en manos del carcelero, que es usted, la Comunidad... Zaratán maldito!

ESCENA X

Atrio de la iglesia. Alameda. Portalón.

EL CONDE, EL PRIOR; algunos monjes, que a distancia se mantienen observando la escena, prontos a intervenir en ella, si lo ordena el Superior con seña o simple mirada.

EL PRIOR

Yo ruego al ilustre Albrit que se sosiegue, y que vea en esto un acto sencillísimo, dictado por la amistad, por el afecto que todos le profesamos.

EL CONDE

¡Encerrarme traidoramente, como a un loco, como a un criminal!

EL PRIOR, empleando la persuasión y buenos modos, que estima más eficaces.

Eccellenza, considere que está en su casa... ¿No dice nada a su espíritu la paz de este santo instituto? Cuantos aquí vivimos consagrados al servicio de Dios y al trabajo de la tierra, somos sus amigos, no sus carceleros.

EL CONDE

Estimo la buena intención, señor mío; pero a mí no se me enjaula, atentando inicuamente a mi libertad.

EL PRIOR

¿Y para qué quiere usted esa libertad más que para calentarse los sesos, acometiendo empresas ideológicas en busca de una luz que no ha de encontrar? (Queriendo acariciarle.) Créame a mí, que soy su amigo. Esos señores dejan a mi cuidado al león de Albrit, y yo respondo de que, pasada esta efervescencia de amor propio, monseñor nos lo agradecerá. Mi orden me manda acoger al desvalido, y practicar en todo caso las Obras de Misericordia.

EL CONDE, decidido a partir.

Muy bien. La novena dice: «No encerrar al prójimo contra su voluntad...» Dígame usted por dónde se sale.

EL PRIOR, dominándose, y persistiendo en los procedimientos de dulzura.

Por segunda vez, Sr. D. Rodrigo, le invito a considerar que es locura oponerse a esta santa reclusión, dispuesta por la familia, patrocinada por los amigos, aconsejada por la Facultad... En ninguna parte tendrá monseñor la paz, la tranquilidad y los bienes materiales que aquí le prodigaremos sin tasa.

EL CONDE, cada vez más colérico.

Maldigo a la familia, maldigo a los amigos, a la Facultad y a este endiablado laberinto de Zaratán, donde quieren que yo me vuelva loco... Pronto, señor Prior, mande usted que me franqueen la salida. (Avanza con paso resuelto por la alameda de chopos jorobados.)

EL PRIOR, tras él, suplicante.

Reflexione usía, señor Conde; considere que ofende a Dios renegando de este santo recogimiento, en que la Religión y la Naturaleza le ofrecen descanso y paz...

EL CONDE, revolviéndose furioso.

No me hable usted de religión... Aquí no la quiero... ¡aquí, donde tendría que oír las misas que dice usted con ese cáliz!... (Con ligera inflexión humorística, que chisporrotea en medio de su indignación.) Del cáliz nada tengo que decir, porque está consagrado... ¡Qué culpa tiene el pobre cáliz!... ¡Pero la misa... usted... esa tal!... No, no quiero vivir en Zaratán, no quiero estar preso... ¿Ni quién es esa cual para encerrarme a mí?... Me encierra porque no haga públicas sus ignominias... ¡Y el Prior de Zaratán es su cómplice; el Prior de Zaratán dice misa en su cáliz; el Prior de Zaratán se presta a ser mi carcelero para que no hable, para que no investigue, para que no descubra la verdad odiosa!... Pero no les vale, no, porque ahora mismo, señor D. Maroto o señor don Diablo, va usted a mandar que me abran aquella puerta, que jamás, jamás ha de volver a abrirse para el Conde de Albrit.

EL PRIOR, ya cargado, con fuertes ganas de meter mano al viejo prócer, y hacerle entrar en razón por el procedimiento más expedito.

Señor Conde, que ya me va faltando la paciencia.

EL CONDE

¡La salida... pronto, la salida!

EL PRIOR, apretando los puños.

Le digo a usted que conmigo no se juega. Albrit es un niño, y como a tal habrá que tratarle. A los niños mañosos se les sujeta y se les...

(Acércanse varios frailes, a quienes el Prior ha hecho seña. El Conde, que en sus tiempos ha sido un excelente boxeador, se prepara de puños y brazos, dando a entender su propósito de romper cráneo o clavícula, si hay alguien tan osado que ponga la mano en su ancianidad venerable.)

EL CONDE, con bravura caballeresca.

Abusas tú, Prior, de la desigualdad de nuestras fuerzas, y porque me ves solo pretendes acoquinarme. Pero yo te aseguro que si me vence el número, no será sin que caiga al suelo alguno de estos bigardones, y bien podría suceder que el que caiga no se levante más.

EL PRIOR.

Ahora lo veremos. ¡Leoncitos a mí!...

(Aunque no ha boxeado nunca, es hombre de empuje; sus puños cerrados igualan a la maza de Fraga, y los músculos de su brazo compiten en elasticidad y fuerza con el acero. La actitud guerrera del anciano le saca de quicio, y su primer impulso es dar cuenta de él, sin ayuda de sus cofrades.)

EL CONDE, ciego de ira, poniéndose en guardia.

¡Aquí te espero!

(Rodean los frailes al Prior, haciéndole ver con gestos y palabras expresivas la inconveniencia de emplear la fuerza. Basta un momento de reflexión para que así lo comprenda Maroto; se domina: encuéntrase en la posesión plena de sus facultades perfectamente equilibradas; se ríe de sí mismo, se ríe del Conde con más lástima que menosprecio, y manda que se le abra la puerta.)

EL CONDE

¡Ah! Se me obedece al fin... Abierta la jaula, el león recobra su libertad... ¡Ay del que quiera sujetarle!

(Sale presuroso, y se aleja con tal viveza, sacando bríos de sus piernas cansadas, que su rápido andar parece milagroso.)

EL PRIOR, rodeado de los frailes, viéndole partir.

¡Pobre demente! Te ofrecemos el descanso y lo rehúsas; te damos el olvido de lo pasado, y prefieres revolver las escorias inmundas de tu deshonrada familia. Rechazas nuestra dulce compañía por correr tras un enigma, cuya solución no has de encontrar... no, no la encontrarás, porque Dios no lo quiere... (Hablando para sí.) No, no lo quiere; yo, único mortal que sabe la verdad, no puedo decírtela, y aunque pudiera, menguado y díscolo viejo, no te la diría... (Alto.) Mirad, mirad cómo corre. Ni una sola vez ha mirado para atrás. La inseguridad de su paso denuncia el tumulto de sus ideas...

UN FRAILE

Toma la dirección del Páramo.

EL PRIOR

Quiere ir como hacia la mar.

OTRO FRAILE

Hacia el cantil de Santorojo.

EL PRIOR

Dios ataje sus pasos si van en busca de la muerte. Recémosle un Padrenuestro. (Rezan.) Ya no se le ve... Cae la tarde, hermanos: vámonos a cenar en paz y en gracia de Dios.

ESCENA XI

Meseta árida, en la cual no crecen más que cardos y aliagas. A trechos, rocas de singulares formas que parecen cuerpos a medio salir del suelo arenoso. Termina la planicie por el Norte bruscamente, como si la tajaran de un golpe con arma formidable. Allí está el filo del cantil, colosal muralla que del mar se eleva, en algunos sitios con declive de peñas escalonadas, en otros con una verticalidad espantable, terrorífica. La altura varía, por la desigualdad de la rasante en la meseta; pero en ninguna parte deja de ser tal, que difícilmente la soporta sin vértigo la mirada. Sube de lo profundo el murmullo hondo y persistente de la mar, dando testarazos en la base del cantil. Anochece. El cielo es tempestuoso.

EL CONDE, solo, andando lenta y descompasadamente, fatigado ya de la carrera que emprendió en su fuga de Zaratán.

Ya me lo decía el corazón... Carmelo, el Mediquillo, y ese Alcalde que envenena a media humanidad con sus fideos falsificados, han vendido sus conciencias a la infame. ¡Hechuras mías habían de ser! Yo les favorecí, ellos me crucifican, me escarnecen, quieren enjaularme. ¡Dios mío, las veces que le he matado el hambre a ese Pepillo Monedero, cuando venían inviernos crudos y no podía trajinar con sus caballerías!... Con el vino que me ha robado, cuando me traía las tercerolas de Villarán, se podría emborrachar Carmelo, cuyo vientre es una bodega... Al padre de ese mediquejo le libré de presidio, cuando las talas de Laín. Era un hombre que siempre que Rafael o yo pasábamos por su lado, se ponía de rodillas, y teníamos que darle de palos para que se levantara... Y ahora ¡ay!... ¡Generación ingrata, generación descreída y que nada respetas, generación parricida, pues devoras el pasado, y menosprecias las grandezas que fueron! El honor, la pureza de los nombres, ¿qué son para estos menguados, que se pasan la vida hociqueando en el suelo, para recoger el pedazo de pan que la suerte les arroja? Son de vista baja, y no ven el cielo, ni el sol que nos alumbra... Y ahora, recobrada mi libertad, voy detrás de mi idea, como los Reyes Magos tras de la estrella que les guió al pesebre, en que acababa de nacer la verdad.

(Detiénese, un tanto sobrecogido del espantoso estruendo de la mar en aquel sitio. Retumba el suelo. Las olas, en pleamar, penetran en tortuosas cavernas, y se revuelven con furia en las profundidades tenebrosas.)

¡Cómo brama! Mal vino trae esta noche el agua... Y allá, el reventar de la ola suena como cañonazos... Desde este borde distingo el tremendo salivazo de espuma cuando lo escupe para arriba... ¡Hermoso, sublime! (Continúa andando, no sin dificultad, porque va de cara al viento, que sopla del Oeste en rachas violentísimas.) Vaya con el aire... hay que ponerle la proa sin miramientos, y cortarlo con la cabeza, después de bien asegurado el sombrero. De nada me sirve el palo... ¡Qué soledad! O yo no veo absolutamente nada, o no pasa alma viviente por estos sitios... ¿Quién demonios, quién que no sea el estrafalario Albrit, este loco enjaulable, se ha de arriesgar por el horrible páramo en noche tempestuosa? (El viento le hace girar sobre sí mismo; tiene que acudir con ambas manos al sombrero; el palo se le cae.) Hola, hola, ¿esas tenemos, señor vientecito? Pues ahora nos veremos las caras. Primero se cansará usted que yo. Recojo mi palo, y adelante. Potestad me llamo; no hay quien me rinda.

(Es ya noche cerrada, noche lúgubre, de cielo revuelto, invadido de negras nubes veloces, que corren hacia el Este, montando unas sobre otras, acometiéndose... Por entre sus vellones deshilachados, se deja ver, a ratos, la luna creciente, despavorida, que con su lividez ilumina el Páramo, y da siniestro relieve a los peñascos esparcidos, los cuales semejan aquí gatos en acecho, allí esfinges egipcias, más adentro esqueletos de ballenas.)

Vaya... parece que afloja la racha. No podía ser menos. ¡Vientecitos a mí...! Adelante... (Sorprendido de oír una voz, que parece humana.) ¿Qué voz es esa? Si no es que el viento se da a la imitación del graznido de los hombres, ha sonado una voz. (Parándose, para oír mejor.) Sí, hasta parece que oigo mi nombre... No, no: es el viento, que sabe pronunciar la última sílaba... brit... brit...

(En dirección contraria a la que lleva el Conde, avanza un hombre; pero como anda a favor del viento, más bien parece que vuela. Lo que en tan extraño sujeto aparenta alas, son faldones de un largo abrigo. Pasa veloz junto al Conde. Se para no sin gran esfuerzo, le llama... vuelve a llamarle.)

ESCENA XII

EL CONDE; D. PÍO, sin sombrero, que le ha sustraído el huracán; lleva bufanda al cuello, que se enrosca y desenrosca a cada instante; levitón largo, que se le pone por montera; los pantalones arremangados.

EL CONDE, con voz firme.

¿Quién es... quién me llama? Si es el viento... perdone, hermano, no llevo suelto.

D. PÍO, que se ve obligado a agarrarse al Conde para no caer.

Soy yo, señor. ¿No me ha conocido? Soy Pío, el profesor de las niñas.

EL CONDE

¡Ah! Coronado... Acabáramos. ¿Y qué traes por estos sitios tan amenos, en noche tan deliciosa?

D. PÍO

En el momento de encontrar a usía buscaba mi sombrero, que me arrebató el viento.

EL CONDE

Pues no es fácil que te lo devuelva. Si temes constiparte sin sombrero, ponte el mío. En verdad, no me sirve más que de estorbo...

D. PÍO

Gracias, señor Conde. Estamos en el peor sitio. Agarrémonos bien el uno al otro, y vámonos a lugar más abrigado y seguro... Por aquí, señor... (Se agarran y se internan, alejándose del cantil.)

EL CONDE

Por lo visto, las revueltas del Páramo te son familiares.

D. PÍO

Sí, es mi paseo favorito. Esta soledad, esta aridez, este ruido de la mar me enamoran. Llega para mí un momento, al terminar el día, en que me hastían de tal modo las personas, que me arrimo a los animales; pero me hastían también los domésticos, y busco la compañía de los lagartos, de los saltamontes, de los cangrejos, y de todo lo que más se diferencia de nosotros.

EL CONDE

Comprendo tu odio al género humano, infeliz Pío. Dícenme que eres muy desgraciado en tu casa.

D. PÍO, llevándole a un sitio resguardado del viento.

Sí, señor. Más de una vez he venido a estos cantiles con el propósito de arrojarme por el más empinado. Pero...

EL CONDE

Te ha faltado valor.

D. PÍO, candoroso.

Sí, señor... Me faltan ánimos. Esta noche misma llegué decidido, tan decidido, que ya me estaba viendo cenado por los peces; pero en el momento crítico...

EL CONDE

¡Matarse, qué locura! Hay que luchar, luchar sin desmayo para aniquilar el mal.

D. PÍO, con tristeza.

¡Ah! eso no es para mí. Luche quien pueda. Yo no sirvo; nací para dejar que todo el mundo haga de mí lo que quiera. Soy un niño, señor Conde, y no un niño de la raza humana, sino de la raza ovejuna; soy un cordero, aunque me esté mal el decirlo. Nací sin carácter, y sin carácter he llegado a viejo. Permítame que me alabe. Soy el hombre más bueno del mundo; tan bueno, tan bueno, que casi he llegado a despreciarme a mí mismo, y a futrarme, con perdón, en mi propia bondad.

EL CONDE

Y tuya es una frase que corre como proverbial en Jerusa: «¡Qué malo es ser bueno!»

D. PÍO

Porque de la bondad me vienen todas mis desgracias... parece mentira. En mí no encuentro fuerza para hacer daño a ningún ser, llámese mosquito, llámese mujer u hombre. Donde yo estoy, está el bien, la verdad, el perdón, la dulzura... y llueven sobre mí las desdichas como si mi bondad fuera un espigón de metal que atrae el rayo... Señor, he llegado a un extremo tal de sufrimiento, que ya no puedo más; quiero arrojar por ese cantil el fardo de mi bondad, que es mi vida. Mi vida, o sea mi bondad, ya me enfada, me apesta, me revuelve el estómago... ¡Váyase a los profundos abismos, bendita de Dios!

EL CONDE

Ten paciencia, Pío. Si eres tan bueno, Dios te dará tu merecido... Pero si hemos de charlar, desahogando en la confianza y amistad recíprocas las penas de uno y otro, no será malo, bendito Coronado, que me lleves a un sitio cómodo donde pueda sentarme. Por mi nombre te juro que estoy cansado.

D. PÍO, guiándole.

Precisamente llegamos a un recodo donde estaremos a cubierto del vendaval. Entre estas peñas enormes, que parecen dos formidables canónigos con sus sombreros de teja, he descabezado yo mis sueñecitos algunas noches que he dormido fuera de casa. Aquí podemos sentarnos, sobre esta limpia arena llena de caracolitos, y hablar todo lo que nos dé la gana. (Se sientan.)

EL CONDE

Dime, Pío: ¿al fin se murió tu mujer?

D. PÍO, tocando las castañuelas.

¡Al fin! sí, señor. Dos años hace ya que el infierno la quiso para sí.

EL CONDE

¡Cuánto habrás padecido, pobre Coronado! De veras te digo que no hay en la sociedad vicio más desorganizador ni de peores consecuencias que la infidelidad conyugal; y cuando ese atroz delito trae el falseamiento de la ley del matrimonio y el fraude de la sucesión, no hay palabra bastante dura para anatematizarlo. Pues bien: aquí donde me ves, yo estoy en el mundo para combatir y anular las usurpaciones de estado civil, producidas por el desacuerdo entre la Ley y la Naturaleza. Nuestros legisladores no han tenido valor para abordar este problema. Yo lo tengo. He declarado la guerra a la impureza de los nombres, y a todas las ilegitimidades producidas por el infame adulterio.

D. PÍO, embobado.

Ya... ¿Y qué hace el señor Conde para...?

EL CONDE

Por de pronto, descubrir la usurpación... sacarla a la vergüenza pública... ¿Te parece poco? (D. Pío, ensimismado, no dice nada.) Pero no hablemos ahora de mis cuitas, sino de las tuyas. Tu mujer, según creo, te dejó un mediano surtido de hijas.

D. PÍO, secamente, mirando al suelo.

Seis...

EL CONDE

Que son seis arpías, según se cuenta.

D. PÍO, con aflicción.

Llámelas usía demonios o fieras infernales, pues arpías es poco. No me tienen ningún respeto, ni viven más que para martirizarme.

EL CONDE

¡Y lo aguantas! Tu bondad, pobre Coronado, raya en lo inverosímil, porque si no miente el vulgo... permíteme que te hable con una franqueza que resulta tan extremada como tu bondad... tus hijas... no son tus hijas.

D. PÍO, después de una pausa.

Señor, por duro que sea declararlo, yo... En efecto, tan cierto como esta es noche, esas hijas... no me pertenecen.

EL CONDE

Y si de ello estás tan seguro, ¿cómo las tienes contigo?

D. PÍO

Por ley de la costumbre, que es la gran encubridora de las perrerías que hace la bondad. Desde que nacieron las tengo a mi lado. Me quito el pan de la boca para dárselo a ellas... Las he visto crecer, crecer... Lo peor es que de niñas me querían, y yo... ¿para qué negarlo?... las he querido, casi las quiero, no lo puedo remediar... (Albrit suspira.) No tengo vergüenza, ¿verdad, señor Conde? No soy digno de hablar con un caballero como usía.

EL CONDE

Eres un desgraciado, y yo quiero que seamos amigos. Dime otra cosa: esas tarascas, ¿permanecen solteras?

D. PÍO

Dos casaron con los primeros ladrones del pueblo. A una la abandonó el marido, y está otra vez en mi casa: empina el codo, y me dice las cosas más indecentes que se le pueden decir a un hombre. María y Rosario tienen por novios a dos perdidos: el uno barbero, el otro muy dado al matute. Esperanza es loca por los hombres, y se va tras ellos por calles y caminos, sin reparar que sean soldados, amoladores o titiriteros, y Prudencia, la más chica, me ha salido un poquito bruja. Echa las cartas, cura por salutaciones... y roba todo lo que puede.

EL CONDE, con piadosa lástima.

No conozco otro ser más dejado de la mano de Dios. Sobre tu bondad caen todas las maldiciones del cielo. ¿Cómo en tantos años no has tenido un día, una hora de entereza de carácter, para echar de tu lado a esas hembras espúreas que te consumen la vida?

D. PÍO

No me pida el señor Conde que tenga carácter, que es como pedir a estas peñas que den uvas y manzanas. Soy bueno; me reconozco el mejor de los hombres. En un punto está que uno sea un santo o un mandria. Mi mujer, que de Satanás goce, me dominaba; me hacía temblar con solo mirarme. Yo hubiera tenido valor delante de una docena de tigres; delante de aquel monstruo no lo tenía. Tan grande como mi paciencia era su liviandad. Me traía los hijos; nacían en casa. Yo le decía verdades como puños; pero no me escuchaba. ¿Qué había de hacer yo con las pobres criaturas, ni qué culpa tenían ellas? ¡No las había de tirar en medio de la calle! Crecían, eran graciosas, se dejaban querer. El tiempo me alargaba la bondad, y yo era más bueno cada día... y me dejaba ir, me dejaba ir... Nunca tuve resolución... Mañana será otro día, decía yo, y, en efecto, señor, todos los días, en vez de ser otros, eran los mismos... El tiempo es muy malo, es como la bondad... Entre uno y otro hacen estas maldades que no tienen remedio.

EL CONDE, meditabundo.

Buen Pío, tu filosofía resulta dañina; tu bondad siembra de males toda la tierra.

D. PÍO

Déjeme que siga contándole, para que acabe de despreciarme. Lo que sufro con esas culebronas a quienes llamo hijas, no hay palabras para decirlo. Ellas me pegan, ellas me insultan, ellas me matan de hambre; ellas gozan con mis dolores, con mi vergüenza... ¡Qué malas, qué malas son! Cada una es un demonio, y juntas el infierno. Y que no me vale huir de mi casa y abandonarlas, porque salen desaforadas a buscarme, y me cogen, y me llevan por fuerza, y me besuquean y hacen mil carantoñas. Tengo el corazón tan blando, que cuando veo llorar a alguien soy un río de lágrimas. Pues cuando alguna se pone mala, ¡si viera usía lo inquieto y apenado que estoy! Nada, que me falta tiempo para correr a casa del médico, a la botica...

EL CONDE

Eres cosa perdida. Vas al abismo, buen Coronado.

D. PÍO, agitadísimo.

Lo sé, señor Conde... Por eso pido a Dios que me lleve pronto al cielo, porque allí, lo que es allí... supongo que podrá uno ser tierno de corazón y de voluntad sin perjudicarse... allí puede uno ser todo amor, sin que le descalabren, le pellizquen y le aporreen.

EL CONDE

El cielo, sí. Para ti no hay otro sitio. Aquel es tu mundo, y no debiste, no, Coronado, no debiste venir a este.

D. PÍO, con desesperación.

¿Pero acaso yo me he traído?

EL CONDE

Si no te has traído, puedes volverte cuando quieras. Ahora comprendo la razón y excelente lógica de tus propósitos de suicidio.

D. PÍO, con efusión.

Me suicido porque soy un ángel, y nada tengo que hacer en este mundo.

EL CONDE, indicando la dirección del cantil.

Es verdad... Vete pronto al tuyo, al cielo. Por hacerme compañía no te entretengas.

D. PÍO, que, sintiendo frío en la cabeza, se la cubre con el pañuelo, y anuda las puntas bajo la barba.

Si quisiera el señor Conde prestarme su pañuelo para sonarme, pues el mío me lo he puesto por la cabeza...

EL CONDE

Hijo, sí; tómalo y suénate todo lo que quieras... Me parece que debemos continuar andando, porque nos enfriamos. Yo estoy aterido.

D. PÍO

Como el señor Conde guste. (Levántase y le da la mano.) El viento afloja; ahora se descubre la luna.

EL CONDE, andando los dos del brazo.

Pues en este momento, mi buen Coronado, se me ocurre una idea que puede ser tu salvación. Tú te librarás de todo el mal a que tu bondad te ha traído, y yo tendré el gusto de producir en ti el único bien que has disfrutado en tu vida.

D. PÍO, algo inquieto.

¿Qué idea es esa, Sr. D. Rodrigo?

EL CONDE

Pues muy sencillo. Tú no tienes valor para lanzarte de este mundo al otro. El valor que a ti te falta, a mí me sobra. Te agarro, te arrojo por el cantil, y al llegar abajo ya eres cadáver y se han acabado tus sufrimientos. (Pausa.)

D. PÍO, que se rasca la cabeza, metiendo la mano por debajo del pañuelo.

Es una idea excelente. Por mi parte, no me opongo... Al contrario... Lo único que temo es que la muerte no sea muy rápida...

EL CONDE

¿Pero qué estás diciendo? Morirás en menos de cinco segundos. No, no encontrarás muerte mejor, ya emplees arma, veneno, o el ácido carbónico. Muerte instantánea, súbita entrada en la felicidad, en el Paraíso, del que nunca debiste salir. Si no me engaño, estamos en una parte del cantil que ni de encargo. Aquí la cortadura es vertical, la altura vertiginosa... Conque...

D. PÍO, algo alelado.

Sí, sí... Pero ahora caigo en otro inconveniente, y este sí que es grave, gravísimo, señor Conde. Como alguien nos habrá visto venir hacia acá, fácil es que acusen a usía de mi muerte; y le metan en la cárcel... y causa criminal al canto, por homicidio, con nocturnidad, alevosía... No, no, señor Conde. ¡Cómo había yo de consentirlo!

EL CONDE

Nadie nos ha visto, ni es lógico que sospechen de mí... Decídete: ya ves qué fácil, ahora... ¿Oyes la mar que brama, como pidiendo que le arrojen algo con que entretenerse?... Pero hay más, carísimo Pío: figúrate tú el chasco que se llevarán tus hijas cuando vean que ya no tienen a quien martirizar, que se les ha escapado la víctima... ¡ja! ¡ja!... Se revolverán unas contra otras, y furiosas, tirándose de los pelos, se enzarzarán con uñas y dientes...

D. PÍO, riendo.

Sí, sí... y a ver quién les mantiene el pico... ¡Y que van a rabiar poco esas bribonas cuando yo me vaya! ¡Y con qué júbilo les diré yo desde allá: «Fastidiaos ahora, grandísimas puercas...!» Por supuesto, créame el Sr. D. Rodrigo, al recibir la noticia de que me ha tragado la mar, llorarán... porque, en medio de todo, me quieren... a su modo.

EL CONDE

Y tú a ellas también. Remachas tu bondad con el tremendo deshonor de amarlas. Para poner fin a tanta ignominia, es preciso... (Le agarra fuertemente por la cintura.)

D. PÍO, riendo, para disimular su temor.

Otro día, señor Conde, otro día... Esta noche me encuentro algo destemplado.

EL CONDE, soltándole.

Como tú quieras.

D. PÍO, alejándose del cantil.

No podemos, no podemos tomar esa determinación sin que yo escriba un papel en que diga que sucumbo de motu proprio.

EL CONDE

Bien. No está de más hacer las cosas con la preparación y formalidad debidas.

D. PÍO, gravemente.

Otra noche, después de disponerlo todo muy bien, nos reuniremos aquí.

EL CONDE

Pues mira, ahora me alegro de que se quede la función para otra noche, porque así podrás darme algunas informaciones acerca de mis nietas... Dime: ¿en dónde estamos ya?

D. PÍO

Cerca del Calvario, en el lindero del bosque.

EL CONDE

Pues al pie de la cruz echaremos otra sentada... Me harás el favor de decirme...

D. PÍO

Todo lo que el señor Conde quiera.

(Despéjase un poco el cielo, y a la claridad de la luna andan los dos ancianos con menos lentitud. Llegan al Calvario, y se sientan en la meseta de granito que sustenta las cruces.)

EL CONDE

Muy bien estamos aquí... Hablemos de Nell y Dolly. Dime, ante todo: ¿tú te sientes con el saber, con la suficiencia necesaria para instruir a mis nietas? ¿Te reconoces verdadero maestro de lo que ellas ignoran?

D. PÍO

Señor Conde, yo...

EL CONDE

Nada, nada: deja a un lado el amor propio, y respóndeme. Olvídate de quien soy y de quien eres. Somos dos amigos.

D. PÍO, olvidando las categorías.

Pues amigo Albrit, diré a usted... digo, a usía que, tan cierto como ese astro es luna, yo no sé una palabra de nada. Sabía, sí, sabía mucho, aunque me esté mal el decirlo; pero las desgracias me han desconcertado horriblemente el magín. Mi memoria es un desván lleno de telarañas. Subo a él en busca de mi sabiduría, y solo encuentro retazos deshechos, trastos inútiles... Y como soy hombre de conciencia, más de una vez le he dicho a D. Carmelo que busque otro preceptor para las niñas... Una sola ciencia, o arte más bien, conservo en mi caletre. Es lo único que me queda, en esta dispersión tristísima de mis conocimientos.

EL CONDE

¿Qué es?

D. PÍO

Pues la Mitología. Todo lo he olvidado, menos el admirable y poético simbolismo de los griegos... Es raro, ¿verdad? ¿Y a qué debo atribuir que se agarre a mi entendimiento la dichosa Mitología? Pues lo atribuyo a que en ella todo es falso. En conciencia, señor Conde, yo declaro que no puedo enseñar a las niñas más que dos cosas: la reforma de letra, por Torío, y la fábula mitológica.

EL CONDE

Ya no tendrás que enseñarles nada, bendito Coronado... Y ahora, vamos a mi asunto: tú que las has tratado íntimamente; tú que has vivido en contacto con sus inteligencias en capullo, con sus corazones virginales, dime: ¿cuál de las dos te parece más noble, más moralmente bella, más digna de ser amada?

D. PÍO, meditabundo.

No es tan fácil determinar...

EL CONDE

Porque iguales no han de ser. En la Naturaleza no hay dos seres enteramente iguales.

D. PÍO

Igualdad, en efecto, no hay. Los caracteres son distintos. Vaya usted a saber si salen al padre, a la madre, o a los abuelos...

EL CONDE

Yo quiero que designes la mejor. Figúrate que una ley ineludible te obliga a tomar una y a sacrificar la otra. (D. Pío se muestra sorprendido y confuso.) Hazte cuenta de que no hay más remedio, de que no puedes evadir el dilema terrible.

D. PÍO, rascándose la cabeza.

¡Vaya un compromiso! Pues si la cosa es tan por la tremenda, si no hay más solución que escoger una... (Decidiéndose, tras larga vacilación.) Pues... con todas sus travesurillas, con toda su inquietud diablesca, y, si se quiere, desvergonzada, la preferida es Dolly.

EL CONDE

¿Y en qué te fundas para tu preferencia?

D. PÍO, lleno de confusiones.

No sé... Hay algo en Dolly que me parece superior a cuanto vemos en el mundo. O mucho me equivoco, señor de Albrit, o la engendraron los ángeles.

EL CONDE, gozoso de encontrar una afirmación.

Mi Rafael era un ángel. Soy de tu opinión con respecto a Dolly, agudísimo Coronado. Veo que tu inteligencia sabe penetrar en la razón y fundamento de las cosas. Y me figuro que tu juicio se funda en observaciones...

D. PÍO, con inocencia angelical.

Sí, señor... también. Cuando estuvo aquí toda la familia dos años ha, observé en el señor Conde de Laín la misma preferencia.

EL CONDE, excitado.

¿De veras?... ¿Qué me dices?

D. PÍO

Cuando paseaban, que era las más de las tardes, Dolly iba colgadita del brazo de su papá.

EL CONDE

¡Oh, Coronado ilustre, qué consuelo me das!

D. PÍO, apoyándose en la rodilla de Albrit.

Y Nell del de su madre. D. Rafael idolatraba a Dolly.

EL CONDE

¿Dices que hace dos años?

D. PÍO

Y antes lo mismo. Después no volvió por aquí.

EL CONDE, animadísimo.

Pío, gran Pío, abrázame. La concordancia de tus ideas con las mías, me llena de júbilo.

D. PÍO, con desaliento.

El señor Conde es feliz. Sus nietas le adoran y le dan mil consuelos. Yo, en cambio, tengo el infierno en mi casa.

EL CONDE, gozoso.

Respira, hijo. Tus infortunios concluirán pronto, gracias a mí, y te hartarás de bienaventuranza, y tu bondad podrá explayarse, ser eficaz, y servir de ejemplo en el cielo mismo.

D. PÍO, sorprendido de la animación de su amigo.

Parece que está contento el señor Conde.

EL CONDE

Sí... ¡Siento en mí una alegría...! Me río de pensar en la cara que pondrán Gregoria y Venancio cuando me vean entrar. Esta noche cenarás conmigo.

D. PÍO, suspirando.

Bueno: así entraré más tarde en casa. Cuando llegue a las tantas, y cenado, será ella.

EL CONDE

Te acompaño, ¿quieres? y armados los dos con buenas estacas, daremos un recorrido a las bribonas de tus hijas.

D. PÍO, contagiado del humor festivo del Conde.

Por Saturno, padre de los dioses, señor, que eso sería un lindo paso. Pero, ¡ay, cómo se vengarían después las muy perras!

EL CONDE, en vena de hilaridad.

¡Y ese bon vivant de Carmelo, y el Médico, que creen haberme dejado preso en los Jerónimos, figúrate la cara que pondrán...!

D. PÍO, tocando las castañuelas.

Sí, sí: estará bueno el sainete.

EL CONDE, impaciente.

Vamos, vamos, que ya es hora de que nos riamos tú y yo, para desenmohecer nuestros espíritus, quitándonos las murrias de esta noche lúgubre... Bendito Coronado, padre general de los pelmazos, compendio de todos los males que acarrea la bondad, ya mereces la alegría... Ven a mi casa.

(Se agarran del brazo, y apoyándose el uno en el otro, se dirigen con incierto paso a la Pardina.)

ESCENA XIII

Comedor en la Pardina.

VENANCIO, GREGORIA, SENÉN, disponiéndose a cenar; después EL CONDE y D. PÍO. Gregoria pone la mesa.

VENANCIO

Me parece mentira que estemos libres de ese estafermo insoportable.

GREGORIA

¡Ay qué descanso! Ya vivimos otra vez en la gloria. Cenaremos tranquilos, y nos acostaremos dando gracias a Dios.

SENÉN

¿Y estáis bien seguros de que se conformará con el encierro?

GREGORIA

Y si no se conforma, que llame a Cachán.

VENANCIO

Dice D. Carmelo que se quedó dormidito en el coro. Pues como se desmande y quiera escabullirse, no faltará quien le sujete; que el Prior de Zaratán no es hombre de mieles como nosotros, y las gasta pesadas. (Óyese la campana de la puerta.)

GREGORIA, temblando.

¡Jesús me valga!

VENANCIO

Ha sonado la campana... Alguien entra... (Se asoma a la ventana.) Será José María...

SENÉN, que también se asoma.

¡Qué chasco, si fuera Albrit!...

GREGORIA, trémula.

Si me parece que he oído su voz diciendo: «¡Ah de casa!»

VENANCIO

No puede ser... (Mirando afuera.) ¡Rayos y jinojos, él es!

GREGORIA

Será un alma del otro mundo...

SENÉN

Se ha escapado el león...

EL CONDE, entrando; tras él D. Pío, que, distraído, conserva su pañuelo a la cabeza.

Sí, aquí está la fiera... Soy yo, mis queridísimos Gregoria y Venancio; el propio Albrit, vuestro señor que fue, después vuestro huésped. (Dirígese con calma al sillón que suele ocupar.) Y me acompaña mi buen amigo D. Pío Coronado, a quien veis en esa extraña facha porque el aire le privó de su sombrero.

D. PÍO, con timidez, quitándose el pañuelo.

Perdón les pido... Me retiraré si estorbo.

EL CONDE

Aquí no estorba nadie... (A Venancio y Gregoria.) Ya comprenderéis que no vengo a pediros nuevamente hospitalidad. Con vuestras groserías me arrojásteis de la Pardina. No veáis en mí al pobre importuno que, despedido cien veces, cien veces vuelve. No; no entro en vuestra casa; entro en la casa de mis nietas, a quienes necesito ver esta noche.

VENANCIO

Señor... yo no he arrojado a usía... Es que se creyó que estaría mejor en los Jerónimos.

EL CONDE

¡Al diablo tú y los Jerónimos!

GREGORIA

La santa Virgen nos ampare.

SENÉN, queriendo meter su cucharada.

Lo que quiere decir el señor Conde es que...

EL CONDE, impaciente.

Lo que quiero decir es que necesito ver a mis nietas pronto. ¿Dónde están? ¿Por qué no han salido a recibirme?

GREGORIA

Ha olvidado el señor que las convidó la señora del Alcalde.

EL CONDE, severo.

Que vayan a buscarlas inmediatamente. (Gregoria y Senén se ofrecen a traer a las niñas.) No, de ti no me fío... Tampoco tú eres de fiar... D. Pío, hágame el favor de traerme a Nell y Dolly.

SENÉN, lisonjero.

Iré yo también, para que vea usía con qué solicitud ejecuto sus órdenes. (Vanse Senén y D. Pío.)

VENANCIO, haciendo de tripas corazón.

El señor querrá tomar algo.

GREGORIA

Como no contábamos con usía, nada hay preparado.

EL CONDE

Os lo agradezco. Cuando vengan mis nietas decidiré. Tú, Venancio, me harás el favor de ir a la Rectoral, y decir a Carmelo que deseo verle esta noche.

VENANCIO

El señor Cura estará cenando...

EL CONDE

Eso no es cuenta tuya. Haz lo que te digo.

VENANCIO

Bien, señor.

GREGORIA

¿Y a mi qué me manda usía?

EL CONDE

Que puedes irte a tus quehaceres. Deseo estar solo. (Apoyando en la mano su cabeza, quédase meditabundo.)

GREGORIA, a su marido, que, al retirarse, amenaza con un gesto furtivamente al Conde.

¡Por Dios, Venancio...!

VENANCIO

¡Otra vez en mi casa...! Yo te juro que mañana no habrá en la Pardina más que un león... el de piedra, que está en el escudo. (Se van.)

ESCENA XIV

Jardín y casa del Alcalde. Al llegar Senén y D. Pío, ven y admiran el jardín, iluminado con farolitos de colores colgados de los árboles. En la sala baja, cuyas ventanas están abiertas, suena el cascabeleo del piano. Óyense desde la calle alegres risotadas, cantos juveniles y pataditas de baile.

LA ALCALDESA, SENÉN; después NELL; mucha y diversa gente, pollas y chicarrones de la localidad.

SENÉN, hablando con la Alcaldesa en la puerta de la sala baja, que está de bote en bote.

Sí, señora, que vayan al momento. Nos ha mandado a D. Pío y a mí con esta comisión. Al maestro le he dejado en el jardín como un palomino atontado. Esta y no otra es la razón de que vengamos a turbar el regocijo de su fiesta monocrástica.

LA ALCALDESA, sofocando la risa.

Onomástica, Senén.

SENÉN, sin dar su brazo a torcer.

En Madrid lo decimos de varios modos. Decimos también fiesta morganática.

LA ALCALDESA

Bien, hombre, no riñamos por una palabra... Pero no acabo de creer que el león se haya escapado de la espléndida jaula de Zaratán. Cuando lo sepa José María, ¡bueno se pondrá! ¡Y D. Carmelo tan confiado en que el Prior se daría sus mañas para retenerle!

SENÉN

Me inclino a creer que no hay quien pueda con Albrit. Para su soberbia no se han inventado jaulas ni barrotes bastante fuertes.

LA ALCALDESA

Te advierto que las chicas no saben nada de esta conspiración para enjaular a su abuelo.

SENÉN

Conviene que lo ignoren.

LA ALCALDESA

Es un dolor que ese viejo extravagante las llame en lo mejor de la fiesta. ¡Están tan divertidas las pobres! Lo que han gozado esta tarde no puedes figurártelo. Entra, y tomarás un dulce y una copa. (Senén da las gracias, y trata de ganar terreno dentro de la sala; pero el apretado gentío se lo impide.) Está esto imposible... Pues sí; ahora se ve que a estas infelices niñas de Albrit les gusta la sociedad, y que para la sociedad han nacido. Da pena verlas hechas unos saltamontes, del bosque a la playa y de la playa al bosque, cuando su centro, su atmósfera, como quien dice, es la buena sociedad, el dar broma con decoro, y el divertirse lícitamente. Esta tarde lo hemos visto. ¡Virgen, lo que han picoteado con Manolo y Serafín, los de la confitera! Ellos son saladísimos, llenos de picardía, eso sí; pero elegantitos. Estudian en Madrid.

SENÉN, introduciéndose más.

Les conozco.

LA ALCALDESA

Van a los estrenos, frecuentan las reuniones, saben de memoria todas las tonadillas del género chico, montan en bicicleta...

SENÉN

Son chicos muy simpáticos... Allá veo a Dolly de conversación tirada con el tontaina de Tomasín, el del Registrador. Como hay Dios, que le está tomando el pelo.

LA ALCALDESA

¿Esa? Es capaz de tomárselo al lucero del alba.

SENÉN

Procure usted, Doña Vicenta, echármelas para acá, y si no puede usted a las dos, cójame a la que pueda... que ya es tarde, y el león debe de estar impaciente, sacudiendo las melenas.

(Intérnase Vicenta. Nell, rompiendo por entre el gentío, sofocada, fulgurantes los ojos de la batahola del baile y de la excitación de tanto charloteo, va en busca del antiguo criado de su casa.)

SENÉN

Señorita Nell, aquí estoy.

NELL

¡Vaya un fastidio, Senén! ¡Qué poco nos dura el contento! ¿Por qué no nos deja el abuelito cenar aquí? ¿Se ha puesto malo? (Senén deniega.) Pues nos iremos. Espérate un poquito... A ver dónde está Dolly.

SENÉN, en tono de protección.

¡Es lástima que las señoritas no disfruten de la sociedad!... Pero, según mis informes autorizados, pronto se les acabará el aburrimiento y la sosería de este destierro de Jerusa.

NELL, con vivo interés.

«Según tus noticias,» has dicho... Ah, Senén, tú has estado en Verola. ¿Hablaste con mamá?

SENÉN, haciéndose el discreto.

Vine esta mañana de Verola. Los vientos que allí corren son que la señora Condesa, cuando regrese a Madrid, no dejará a sus hijas en esta villa provinciana.

LA ALCALDESA, en alta voz, en medio de la sala, dando palmadas.

Aquí no se cabe, señoritas y caballeros. Al jardín, a mi jardín, que para eso os lo he iluminado a la veneciana.

(Salida impetuosa de la muchedumbre juvenil de ambos sexos, y de las personas mayores. La juventud se precipita, toma la delantera a los viejos, y se desborda fuera del recinto, ávida de mayor y más fresco espacio en que producir su actividad bulliciosa: la oleada pasa junto a Senén, pero no le arrastra.)

NELL, que permanece en la sala, conteniendo su afán de correr también hacia el jardín.

Dime pronto. ¿Te habló mamá? ¿Nos llevará consigo? (Senén afirma.) ¿Pero es verdad, o suposiciones tuyas? ¿Vuelve mamá por aquí?

SENÉN

Seguramente. Dentro de unos días... Hay allí mucha grandeza, marqueses y duques.

NELL

¿Y eso qué...?

SENÉN, como quien recela decir lo que sabe.

La señora no podrá... En fin, no sé. Eso depende...

NELL, inquieta.

Habla pronto; dime lo que sepas, o me voy.

SENÉN

No podré comunicar nada a la señorita si no tiene un poquitín de paciencia. (Nell quiere conducirle al jardín.) Mejor hablamos aquí. Ya ve la señorita que nos hemos quedado solos.

NELL, en quien por el momento puede más la curiosidad que el anhelo de divertirse.

Bueno: pues aquí me estoy.

SENÉN

Por esta noche, me limito a consignar... y esta es noticia adquirida en los centros oficiales... que la señora Condesa ha decidido presentar a sus niñas en sociedad.

NELL

Tú me engañas, Senén maldito. ¡Oh! Pues si eso fuera verdad, y acertaras... vamos, te regalaría yo muy pronto un alfiler de corbata mejor que ese que llevas... ¿Hablas en broma?

SENÉN, radiante de fatuidad.

Hablo con toda la seriedad propia de mi carácter. Y si la señorita me promete guardar secreto, le diré otra cosa. Pero ha de asegurarme que esto no saldrá de entre los dos... ¿Palabra?

NELL

Palabra... y el alfiler si resulta que no me engañas. (Senén remusga, haciéndose de rogar.) Maldito, habla de una vez... Vamos, no sé qué te haría.

SENÉN

Queda entre los dos... No fastidiar... Pues... quieren casar a la señorita...

NELL, vivamente, poniéndose muy encarnada.

¡A mí!

SENÉN

A usted... con el primogénito de los Duques de Utrech... Ya sabe: Paquito Utrech, Marqués de Breda... lleva ese título hace seis meses. ¡Vaya un partido! ¡Rico él, elegante él, guapo él!...

NELL, afectando incredulidad y conteniendo la risa, para que no le salga al rostro el contento, que, no obstante, sale a borbotones.

¡Vaya unos embustes que te traes! Quita allá... ¿tú crees que yo soy tonta?... No me digas esas cosas si no quieres que te...

LA ALCALDESA, llamando desde el jardín.

¡Nell, Nell!

NELL

Aquí estamos... Voy. (Corre al jardín, y Senén tras ella.)

LA ALCALDESA

Hija, no sé dónde se ha metido tu hermana. Hace un momento estaba aquí...

NELL, llamando.

¡Dolly!

SENÉN

Vámonos pronto.

(Preguntando en los corros, se averigua que Dolly hablaba momentos antes con D. Pío, y... no se sabía más.)

NELL

Se habrá ido con él.

SENÉN

Sin duda. En la Pardina la encontraremos.

(Despídese Nell, y sale con Senén, a punto que entra el señor Alcalde, bufando. Viene de la sesión del Ayuntamiento, que ha sido borrascosa. Sus colegas le han hecho el desaire de rechazar la moción, por él presentada, para que a la calle de Potestad se le cambie el nombre, llamándola Calle del Siglo XIX.)