ESCENA VII

EL CONDE, NELL, DOLLY, D. PÍO

NELL, cuya voz suena lejos.

¡Abuelo, abuelo!

EL CONDE

No corráis, hijas, que podéis caeros.

DOLLY (Suena la voz menos lejana.)

Abuelo, te vimos, te vimos.

NELL, cerca.

Yo fui la que primero te vi.

DOLLY, más cerca.

No, que fui yo.

EL CONDE

Yo bajaría; pero este camino, lleno de zarzas, es tan quebrado que temo caerme.

NELL, próxima.

No te muevas, que allá vamos.

DOLLY, más próxima.

Por esta veredita, Nell.

NELL

Por aquí. (Llegan a un tiempo las dos, sofocadas, sin aliento, junto al anciano, que las abraza y las besa.)

EL CONDE

¿Por qué habéis venido tan a prisa? Claro, como sois ángeles, nada os cuesta volar.

NELL

D. Pío no quería que viniésemos.

DOLLY, sujetándose el cabello, que el viento le ha soltado.

Allá sube como una tortuga el pobre viejo... ¡Qué trabajo le cuesta seguirnos!

EL CONDE

Sentaos ya, y descansad aquí conmigo.

DOLLY

¿Estás ya contento?

EL CONDE

¿No lo ves? ¿Por qué me lo preguntas?

NELL

¡Como esta mañana estabas de tan mal humor!... (Sorpresa del anciano.) Sí, sí... y cuando entramos a darte los buenos días, nos asustaste.

DOLLY

Nos dijiste: «¡Idos; dejadme solo!»

EL CONDE

No hagáis caso. ¡Es que Gregoria me había servido tan mal...!

DOLLY, con mimo.

De veras, ¿no estás enfadado con nosotras?

EL CONDE

Nunca. Os quiero, os idolatro.

NELL, cariñosa.

Y como Gregoria y Venancio te sirvan mal, ya les ajustaremos las cuentas. ¡Vaya...!

EL CONDE

Niñas mías, la gente pequeña, cuando se hincha de vanidad y coge debajo a los que fueron grandes, es terrible, es peor que las fieras.

D. PÍO, que llega jadeante, medio muerto de fatiga, y se arroja en el suelo.

Señor Conde, saludo a usía. Como soy viejo, no puedo seguir a estas criaturas, que tienen alas de mariposa.

EL CONDE

¡Pobre Coronado, cuánto le marean a usted! ¿Y qué tal? ¿Se han sabido la lección?

D. PÍO, con suprema honradez.

Señor, ni palotada. Me lo puede creer.

EL CONDE

¡Habrá picaruelas...!

D. PÍO

Como usía es tan tolerante, puedo decírselo: hacen burla de la ciencia y de mí.

EL CONDE, jovial.

¡Qué monas! ¡Ángeles divinos! Besadme otra vez, Nell y Dolly, amables borriquitas. Vuestro D. Pío, que os consiente todas las travesuras, y juega con vosotras cultivándoos en la ignorancia, demuestra ser un verdadero sabio.

NELL, irónica.

Dí que queremos sorprenderle, y aprendemos sin que él lo note.

DOLLY, maleante.

Le hacemos rabiar un poquito para amansarle el genio, porque este D. Pío, aquí donde le ves, tan suavecito, es un tigre.

EL CONDE

No, hijas mías, es un cordero, un santo cordero... ¿No le veis esa cara?... Dios le hizo santo, y su familia le ha hecho mártir. Yo le quiero. Seremos amigos.

D. PÍO, con emoción.

Señor, usía me honra demasiado.

NELL, con lástima.

¿Y por qué es mártir D. Pío?

DOLLY

¿No tiene muchas hijas?

EL CONDE

Pero no son buenas, como vosotras.

NELL

¡Ay, pobrecito, cuánto padecerá!

DOLLY, compadecida.

Ya no volveremos a hacerle rabiar.

EL CONDE, notando, por los hondos suspiros que exhala Coronado, su disgusto de aquella conversación.

No se hable más de eso. Y ahora que nos hemos encontrado y no necesita usted estar al cuidado de las señoritas, puede irse a descansar, Sr. Coronado.

D. PÍO, tímidamente.

Señor Conde, yo no puedo dejar a las señoritas, porque el Sr. Venancio me encargó mucho que no les consintiera separarse de mí; que con ellas salía y con ellas tenía que volver a casa.

EL CONDE, picado.

Ya que no es usted su maestro, porque ellas no aprenden, le mandan a usted que sea su pastor. Pues para pastorear este rebaño, me basto y me sobro, Sr. Coronado.

D. PÍO

No se incomode, señor. Yo no hago más que cumplir las órdenes de Venancio.

EL CONDE, dominando su ira por hallarse frente a un ser débil e inofensivo.

¿Y mis órdenes no significan nada para usted? Ese bestia mandará en su casa, pero no en mi familia.

NELL, asustada.

Abuelito, por amor de Dios, no te incomodes.

DOLLY

¡Si D. Pío se va!... ¿Qué tiene que hacer más que lo que tú le mandes?

EL CONDE

Ya ves cómo no lo hace, y me obligará a decirlo segunda vez, cuando estoy acostumbrado a que a la primera se me obedezca.

NELL

Váyase, D. Pío... Piito, lárgate.

D. PÍO, levantándose perezoso.

Señor Conde, yo creí...

EL CONDE, impaciente, sin poder contenerse.

Pronto... Retírese usted.

D. PÍO, tocando las castañuelas.

Me retiro, puesto que lo manda usía con tanto imperio... Y si me riñen allá, que me riñan... Lo que yo digo: es malo ser bueno.

(Saluda y se aleja.)

ESCENA VIII

EL CONDE, NELL, DOLLY

NELL

Ya estamos solitos los tres.

DOLLY

¡Qué gusto!

EL CONDE

Los dos, digo, los tres, porque vosotras, ¡ay! sois dos, aunque a mí me parezcáis una.

NELL

¡Que parecemos una!

EL CONDE

Lo he dicho al revés: sois una, aunque parezcáis dos... No está bien hoy mi cabeza... Quiero decir que en vosotras hay algo que sobra.

DOLLY

¿Algo que sobra? Ahora lo entiendo menos.

NELL, con agudeza.

Quiere decir el abuelo que en nosotras, en las dos, no en una sola, hay lo malo y lo bueno.

DOLLY

Y lo malo es lo que sobra.

EL CONDE

Y debe quitarse, arrojarse fuera.

NELL

O será que una de nosotras es mala, y la otra buena. (Míranle atentas al rostro.)

EL CONDE

Quizás...

NELL, generosa.

En ese caso, la mala soy yo y la buena Dolly.

DOLLY, correspondiendo.

No, no: la mala soy yo, que siempre estoy haciendo diabluras.

EL CONDE, atormentado de una idea.

Chiquillas, acercaos más a mi; aproximad vuestros rostros para que os vea bien. (Se ponen una a cada lado, y él las abraza. Las tres cabezas resultan casi juntas.) Así, así... (Mirándolas fijamente y con profunda atención.) No veo, no veo bien... (Con desaliento.) Esta condenada vista se me va, se me escapa cuando más la necesito... Y por más que os miro, no hallo diferencia en vuestros semblantes.

NELL

Dicen que nos parecemos. Pero Dolly es un poquito más morena que yo, menos blanca.

EL CONDE, con gran interés.

¿Y el cabello, lo tenéis negro las dos, muy negro, muy negro?

DOLLY

Sí, estrepitosamente negro. El pelo castaño de mamá es más bonito.

EL CONDE

¡Qué ha de ser!

DOLLY

Otra diferencia tenemos. Mi nariz es un poquitín más gruesa.

NELL

Y mi boca más chica que la tuya.

EL CONDE

¿Y los dientes?

NELL

Las dos los tenemos preciosos; no es por alabarnos.

DOLLY

Pero yo tengo este colmillo un poquito encaramado... así, como retorcido. Toca, abuelito. (Llevándose a la boca el dedo del Conde.)

EL CONDE

Es verdad... colmillo retorcido.

NELL

Otra diferencia tengo yo: un lunar en este hombro.

DOLLY

Yo tengo dos más abajo, así de grandes.

EL CONDE, preocupado.

¿Dos?

DOLLY

Sí, señor: dos que parecen tres.

EL CONDE, soltándolas de sus brazos.

Vuestros ojos, cuando los examino con mi corta vista, me parecen igualmente bellos. Nell, hazme el favor de mirar bien el color de los ojos de tu hermana... Y tú, Dolly, fíjate bien en los de Nell. Decidme el color... justo.

NELL

Los ojos de Dolly son negros.

DOLLY

Los de Nell son negros: pero los míos son más.

EL CONDE, con interés ansioso.

¿Más? ¿Los tuyos, Dolly, tienen acaso un viso verde?

NELL

Me parece que sí... entre verde y azul.

DOLLY, mirando de cerca los ojos de su hermana.

Lo que tienen los tuyos es rayitas doradas... Sí, sí, y también algo de verde.

EL CONDE

Pero son negros. Los de vuestro papá, mi querido hijo, negros eran como el ala del cuervo.

NELL

Era guapísimo papá.

EL CONDE, suspirando.

¿Os acordáis de él?

DOLLY

¡Pues no hemos de acordarnos!

NELL

¡Pobrecito, cuánto nos quería!

DOLLY

Nos adoraba.

EL CONDE

¿Cuándo le visteis por última vez?

NELL

Hace... creo que dos años, cuando se fue a París. Entonces nos sacaron del colegio.

EL CONDE, vivamente.

¿Se despidió de vosotras?

DOLLY

Sí, sí. Dijo que volvía pronto, y no volvió más. Después fue a Valencia.

NELL

Mamá salió también para París, pero se quedó en Barcelona. No nos llevó.

DOLLY

Al volver a Madrid estaba muy disgustada, sin duda por la ausencia de papá.

EL CONDE

¿Y en qué le conocíais su disgusto?

NELL

En que se aburría, y estaba siempre en la calle. Nosotras comíamos solas.

EL CONDE

¿Y en esa época os trajeron aquí?

DOLLY

Sí, señor.

EL CONDE, con dulzura.

Decidme otra cosa. ¿Queríais mucho a vuestro papá?

NELL

Muchísimo.

EL CONDE

Me figuro que una de vosotras le quería menos que la otra.

LAS DOS, protestando.

No, no, no... Las dos igual.

EL CONDE, después de una pausa, clavando en ellas sus ojos, que poco ven.

¿Y creéis que él quería lo mismo a entrambas?

DOLLY

A las dos lo mismo.

EL CONDE

¿Estáis bien seguras?

NELL

Segurísimas. Desde París nos escribía cartitas.

EL CONDE

¿A cada una por separado?

DOLLY

No; a las dos en un solo papel, y nos decía: «Florecitas de mi alma, únicas estrellas de mi cielo...» Pero de Valencia no nos escribió nunca.

NELL

Ninguna carta recibimos de Valencia. Nosotras le escribíamos, y él no nos contestaba.

(Larga pausa. El Conde apoya la frente en sus manos, con las cuales empuña el palo, y permanece un rato en profunda meditación.)

DOLLY

Abuelito, ¿te has dormido?

EL CONDE. (Suspirando, alza la cabeza y se frota los ojos.)

¿Queréis que andemos un poquito?

NELL

Sí.

(Se ponen las dos en pie, le dan la mano, y le ayudan a levantarse.)

DOLLY

¿A dónde quieres que vayamos?

EL CONDE, indiferente.

Guiad vosotras.

DOLLY

Iremos hacia el Calvario y la gruta de Santorojo.

NELL

No nos alejaremos mucho.

EL CONDE

Nos alejaremos todo lo que queramos, y volveremos cuando nos dé la gana... Parece que sopla viento de turbonada... ¿Qué? ¿Se ha nublado el sol?

DOLLY

Sí, y de aquel lado vienen nubes gruesas. Lloverá.

EL CONDE

Si llueve, que llueva, y si nos mojamos, que nos mojemos.

DOLLY

¿Quieres que te demos el brazo?

EL CONDE

No, chiquillas, no quiero aprisionaros. Corred solas y con libertad... Ya estamos en sendero franco, y pisamos la finísima alfombra del bosque sombrío.

NELL, a Dolly.

¿A que no me coges?

(Se alejan corriendo.)

EL CONDE, hablando solo, desalentado.

Las facciones nada me dicen... (Animándose.) Hablarán los caracteres... Ya se clarean, ya. Nell paréceme más grave, más reposada; Dolly más frívola y traviesa... Pero noto que cambian, permutan las cualidades de una y otra, de modo que aquella parece esta, y esta, aquella. Observemos mejor. (Las niñas juegan a cuál corre más.)

DOLLY, que vuelve triunfante, casi sin respiración.

No me has cogido, no.

NELL, jadeante también.

Que sí... Corro yo más que tú.

DOLLY

Nunca.

NELL

Ayer te gané.

DOLLY

Mentira.

NELL

Yo digo la verdad.

DOLLY. (Picadas las dos.)

Ahora no... Es que eres tú muy orgullosa.

NELL

Abuelo, me ha dicho que miento.

EL CONDE

Y tú no mientes nunca; no está en tu natural la mentira.

DOLLY

Ella me dijo ayer a mí... embustera.

EL CONDE

¿Y qué hiciste?

DOLLY

Echarme a reír.

NELL

Pues yo no consiento que me digan que miento. (Lloriquea.)

EL CONDE

¿Lloras, Nell?

DOLLY, riendo.

Tonterías, abuelo.

NELL

Soy muy delicada. Mi dignidad por la menor cosa se ofende.

EL CONDE

¡Tu dignidad!

DOLLY

Lo que tiene es envidia.

EL CONDE

¿De qué?

DOLLY, con travesura jovial.

De que todos me quieren más a mí.

NELL

Yo no soy envidiosa.

EL CONDE

Vaya, Nell, no llores, pues no hay motivo para tanto. Y tú, Dolly, no te rías. ¿No ves que la has ofendido?

NELL

Siempre es así. Todo lo toma a risa.

EL CONDE, para sí.

Nell tiene dignidad. Esta es la buena. (A Dolly, con un poquito de severidad.) Dolly, te he mandado que no te rías.

DOLLY

Es que me hace gracia.

EL CONDE, a Nell, acariciándola.

Tú eres noble, Nell. En ti se revela la sangre, la raza... Vaya, haced las paces.

NELL

No quiero.

DOLLY

Ni yo...

EL CONDE

Esa risita, Dolly, es un poquito ordinaria.

DOLLY, poniéndose seria.

Bueno.

(Súbitamente se lanza a la carrera.)

EL CONDE, a Nell.

Estoy algo cansado. Dame el brazo.

NELL

Dolly está sentida... Le has dicho ordinaria, y esto le llega al alma. ¡Pobrecilla!

EL CONDE

Dime, hija mía, ¿has notado otra vez en Dolly estos arranques...?

NELL

¿De qué?

EL CONDE

De naturaleza ordinaria.

NELL

No, papá... ¡Qué cosas tienes! Dolly no es ordinaria. Creo que se lo has dicho en broma. Dolly es muy buena.

EL CONDE

¿La quieres?

NELL

Muchísimo.

EL CONDE

¿Y no estás incomodada con ella porque te dijo que mentías?

NELL

Yo no... Cosas de nosotras. Reñimos, y en seguida hacemos las paces. Dolly es un ángel: le falta sentar un poquito la cabeza. Yo la quiero; nos queremos... ¡Ya tengo unas ganas de abrazarla y decirle que me perdone!

EL CONDE, con júbilo.

¡Otro rasgo de nobleza! Nell, tú eres noble. Ven a mí... (La abraza.) Y esa loca, ¿dónde está?

NELL

Ya viene.

DOLLY, volviendo como una exhalación.

Abuelito, llueve. Me ha caído una gota de agua en la nariz.

NELL, deseando coyuntura para hacer las paces.

Y a mí dos.

DOLLY

Papá, ¿quieres que nos metamos en la gruta de Santorojo? Has hecho mal en no traer paraguas.

EL CONDE

Es un chisme que no he usado nunca.

DOLLY

¡Ya... acostumbrado a andar siempre en coche! Pero ahora no tienes más remedio que andar a patita, como nosotras.

EL CONDE, para sí.

Se burla de mí... ¡Qué innoble!

NELL

¡Ay, qué gotas tan gordas!

DOLLY

¡Menudo chaparrón nos viene encima!... Abuelito, ¿quieres que vaya a casa en cuatro brincos, y te traiga un capote de agua?

EL CONDE

No. (Para sí.) Ahora quiere desenojarme con sus zalamerías.

NELL

Nos meteremos en la gruta. Oiremos el eco. (Dirígense por un sendero áspero, entre peñas y zarzales.)

DOLLY

Por aquí. Yo iré delante, apartando las zarzas para que el abuelo no se pinche... ¡Ay, ay, qué pinchazo me he dado! (Chupándose la herida.)

EL CONDE

¿Te has hecho sangre?... Ya ves: por traviesa, por correntona.

DOLLY

Si ha sido por abrirte camino, para que no te hicieras daño. ¡Así me lo agradeces!

EL CONDE

Sí que te lo agradezco, tontuela.

NELL, que soltando el brazo del anciano, y recogiéndose el vestido para no engancharse, se adelanta.

Dolly, da el brazo a papaíto, y tráele con cuidado.

EL CONDE, dejándose guiar por Dolly, que continúa chupándose el dedito lastimado.

Chiquilla, ¿de veras te has hecho sangre?

DOLLY

Poca cosa. La he derramado por ti. Derramaría más: toda la que tengo.

EL CONDE, parándose.

¿De veras?

DOLLY

¡Oh, sí!... Pruébalo... ¡Si pudiera probarse...!

EL CONDE

¿Tanto me amas?

DOLLY

Más de lo que crees.

EL CONDE

¿Me querrás más que tu hermana?

DOLLY

No, más no. Ofendería a Nell si dijera que ella te quiere menos que yo. Las dos somos tus nietas, y te queremos lo mismo.

EL CONDE, para sí.

Pues esto es nobleza... y de la fina. ¿Resultará esta la legítima y la otra la falsa?... ¡Dios mío, luz, luz! (Alto.) ¿Dónde está Nell?

DOLLY

Ha dado un rodeo para no engancharse el vestido. Sabe sortear las púas.

EL CONDE

¿Y tú?

DOLLY

¿Yo? Tengo la piel mechada y endurecida de tanto aguijonazo, y una encarnadura que no me la merezco. Mi hermana es más delicada que yo. Por eso, cuando me has llamado ordinaria, dije para mí que tenías razón.

EL CONDE, para sí, aturdido, sin saber qué pensar.

Razón... verdad... duda... problema.

NELL, desde lejos, mirando hacia atrás.

Dolly, ¿por qué nos has traído por esta vereda? Es la peor.

DOLLY

¿Qué sabes tú...? Sigue, sigue, que a la vuelta tienes la entrada de la gruta.

EL CONDE

Llueve... Vamos a prisa.

NELL, encontrando el paso fácil hacia la gruta.

Que os mojáis... Yo estoy en salvo ya.

EL CONDE, para sí.

Paréceme Nell un poco egoísta... ¡Qué horrible duda, Señor! ¡Si resultará que Dolly es la buena! (Alto.) ¿Llegamos por fin?

DOLLY

Abuelo, por aquí... cuidado... Otro escaloncito, otro... (Llueve copiosamente.)

NELL, guarecida en la boca de la cueva.

Os habéis mojado; yo no.

Gruta de Santorojo.

Cavidad ancha y profunda en la fragorosa peña. Festonean su boca parietarias viciosas, raíces de árboles cercanos, helechos y plantas mil de variado follaje. El interior se compone de masas cretáceas de variado color, con formas de una arquitectura de pesadilla. Las concreciones de la bóveda son como un sueño de bizarras magnificencias, labradas en cristal, azúcar y estearina.

EL CONDE, sentándose en una piedra.

¡Cuántas veces, niño, me he refugiado, como ahora, en esta soberbia estancia natural de Santorojo!

NELL

¿Y es cierto que aquí vivió y murió un ermitaño llamado Toronjillo, que hacía milagros?

EL CONDE

Es tradición que viene labrando en la mente popular desde el siglo XIII. Ejecutorias de la casa de Laín mencionan al santo Toronjillo, que desde este balcón amansaba las olas furibundas con un gesto... Aquí abajo, al pie de la pendiente llena de malezas, bate la mar.

DOLLY, asomándose.

Ya se ven de aquí los espumarajos.

EL CONDE

¿Y esto no te da miedo? ¡Si te cayeras...!

DOLLY

Llegaría al mar en pedacitos así.

NELL, cariñosa.

Por Dios, hermana, no te acerques al abismo.

EL CONDE

Dolly, no hagas tonterías... Una tarde, siendo Rafael niño, quiso descender por esta escarpa... Al primer salto que dio, ya no podía bajar ni subir. ¡Qué susto pasó su madre! ¡Nos costó un trabajo subirle!

DOLLY

¡Qué trance!...

NELL

De pensarlo, me da escalofríos.

DOLLY

Dicen que nuestra abuelita era muy hermosa... (Se sientan las dos junto al Conde.)

EL CONDE

Sí: la figura más arrogante y noble que podríais imaginar.

DOLLY

Y que Nell se le parece mucho.

EL CONDE, mirando a Nell.

No sé... no veo bien las facciones de tu hermana.

NELL

Por el retrato que hay en casa, más se parece a Dolly que a mí.

DOLLY

¡Si fuera verdad! ¡Qué gusto parecerse a una señora tan santa y tan... bonita! Abuelo, mírame bien, y haz memoria.

EL CONDE

Dime que haga vista.

DOLLY

¿Me parezco?

EL CONDE, confuso, mirándola de cerca.

No sé... No veo...

NELL, que se ha levantado para sentarse en mejor sitio, junto a la roca.

Eso no puede decirlo más que el abuelo.

DOLLY

Eso no puede decirlo más que el abuelo.

EL CONDE, sobrecogido por la igualdad del timbre de las voces.

¿Quién habla?

LAS DOS

Yo.

EL ECO, repitiendo la voz de Nell.

Yo.

EL CONDE

Ese yo me ha sonado como si lo pronunciara mi pobre Adelaida, vuestra abuela.

NELL, riendo.

Es el eco, papá. (Gritando.) Conde de Albrit, soy yo.

DOLLY, que corre junto a su hermana y grita.

Soy yo... yo... (El eco repite la voz de entrambas.)

EL CONDE, tembloroso, profundamente excitado.

Venid aquí... No os apartéis de mi lado... No hagáis hablar al eco... Me asusta.

DOLLY

¿De veras?

NELL

No creas, a mí también me asusta un poquitín.

EL CONDE, para sí.

¡Confusión horrible!... «Soy yo,» dice la Naturaleza... ¿Y quién eres tú?... (Reflexionando.) ¿Será Nell la mala?... ¿Será Dolly? (Se clava los dedos en el cráneo, y permanece un rato en actitud de meditación o somnolencia. Un trueno retumba, con formidable sucesión de sonidos pavorosos.)

DOLLY

¡Jesús, qué miedo!

NELL

¡María Santísima!

EL CONDE, vivamente, creyendo hallar un dato.

¿Cuál de las dos se asusta de los truenos?

NELL

Yo.

DOLLY

Y yo... pero me hago la valiente. No me rinde un poco de ruido.

EL CONDE, para sí.

Carácter entero.

NELL

Yo no finjo, yo no disimulo la falta de valor. Digo lo que siento. Cualidad de la familia, como decía papá.

EL CONDE

Es cierto... Ven acá, que yo te bese.

DOLLY

¿Y a mí no?

EL CONDE

También a ti. (Las besa y abraza.)

NELL, con efusión.

Abuelo del alma, las niñas de Albrit te adoran.

EL CONDE, asustado.

Por Dios, no gritéis, no hagáis hablar al eco... Me espanta... no lo puedo remediar.

DOLLY

¿Y los truenos no te impresionan? (Retumba otro.)

EL CONDE

Los truenos, no; el eco, sí. La tempestad corre hacia el Este.

NELL

Hay una clara. ¿Quieres que nos vayamos?

EL CONDE, levantándose.

Sí... La gruta me confunde más de lo que estoy... Estas rocas son mi propio cerebro... Siento el eco aquí, como si mis ideas hablasen solas.

DOLLY

Ahora no llueve. Aprovechemos esta clara, y vámonos. En cinco minutos llegaremos a las primeras casas; y si el aguacero se repite, nos metemos en la casucha de la tía Marqueza.

NELL

Bien pensado. Y con cualquiera de los chicos mandamos un recado a la Pardina.

EL CONDE

Sí, vamos... Llevadme.

(Salen de la gruta.)

ESCENA IX

Casa pobre de campo, de un solo piso, de una sola puerta, con dos ventanuchos tuertos. Sale el humo en bocanadas por entre las tejas musgosas, que en sus junturas y en las jorobas del caballete ostentan un jardín botánico en miniatura, colección lindísima de criptógamas y plantas parásitas. Junto a la casa, un huerto mal cercado de pedruscos, con un albérchigo desgarbado, un madroño copudo, varios girasoles con sus caras amarillas, atónitos ante la lumbre del sol, y unas cuantas coles agujereadas por los gusanos. La fauna consiste en un cerdo libre, que hociquea en el charco formado por la lluvia; dos patos, gallinas, y todos los caracoles y babosas que se quieran poner. Las moscas, huyendo de la lluvia, han querido refugiarse en el interior de la casa, y como el humo las expulsa, voltejean en la puerta sin saber si entrar o salir.

Agréganse a la fauna niño y niña, descalzos y con la menor ropa posible, y una vieja corpulentísima, mujer de excepcional naturaleza, nacida para poblar el mundo de gastadores, y que por su musculatura, en cierto modo grandiosa, parece prima hermana de la Sibila de Cumas, obra de Miguel Ángel.

LA MARQUEZA, EL CONDE, NELL y DOLLY; los dos NIÑOS

LA MARQUEZA

Mira, Gilillo, ¿no es aquel el señor Conde con sus nenas?

NIÑO

Sí que son... madre, ellos... vienen.

LA MARQUEZA, adelantándose a recibirles.

Señor mi Conde, Dios le guarde. ¡Quién pensara verle más!... ¿Quiere descansar?

NELL

Sí: descansaremos un rato.

DOLLY

No llueve. Madre Marqueza, sáquenos el banquito.

EL CONDE, muy complacido, mientras la anciana le besa la mano.

Gracias, mujer... ¿Era tu marido Zacarías Márquez?

LA MARQUEZA

¡Ay, señor... no me haga llorar recordándomelo!... Hace dos meses que me le quitó Dios...

EL CONDE

Era más viejo que yo, mucho más. Buen hombre, recio como ninguno para el trabajo, y honrado a carta cabal.

LA MARQUEZA

Vea, señor, a qué pobreza hemos llegado desde el tiempo de usía... Entonces teníamos hacienda, ganado, y Zacarías traía napoleones a casa.

EL CONDE

¡Ay! desde aquel tiempo ha dado muchas vueltas y sacudidas el mundo, y se han caído algunas torres. Otros conozco yo que eran más ricos que tú, mucho más, y ahora son pobres, más pobres que tú... Y tus hijos, ¿qué ha sido de ellos? Yo recuerdo unos mocetones como castillos...

LA MARQUEZA

En la América están dos... Dicen que ricachones. Los demás se han muerto. Para mí, muertos todos... Pasó la nube, señor, y se llevó lo bueno, dejándome a mí para rociarlo con mis lágrimas. Estas criaturas son de mi hija la Facunda, que enviudó por San Roque, y en las minas trabaja como una mula. Vivimos en miseria. Dispénseme, señor mi Conde; pero no tengo nada que ofrecerle.

EL CONDE

Gracias. Yo tampoco puedo darte más que palabras tristes... el tesoro del pobre. Estamos iguales.

NELL

Marqueza, yo te voy a traer ropita para tus nietas.

DOLLY

Y yo los cuartitos que tengo ahorrados, para que tú les compres lo que quieras. (Se van a jugar con los chicos junto a unos troncos.)

LA MARQUEZA

Bendígalas Dios... ¡Qué par de pimpollos tiene aquí el buen Conde! Da gloria verlas tan reguapas, tan bien apañaditas... ¡Ay, qué vieja soy, y cuánto he visto en este mundo! El día en que nació el señor Condesito Rafael, padre de estas nenas, estábamos mi hermana y yo en la Pardina. Las dos le planchábamos a la señora Condesa. Usía no se acordará...

EL CONDE

Mi memoria flaquea. ¿Y tú te acuerdas de mi hijo?

LA MARQUEZA

Como si lo tuviera delante. Ya sé que está gozando de Dios.

EL CONDE

Dime una cosa: ¿se parecen a él mis nietas?

LA MARQUEZA, mirándolas detenidamente.

Se parece la señorita Nela. Es la misma cara.

EL CONDE

¿Y su hermana?

LA MARQUEZA

La señorita Dola no... digo, sí, también tiene la pinta; pero cuando se ríe, nada más que cuando se ríe.

EL CONDE, secamente.

Rafael era muy serio...

LA MARQUEZA

¡Y qué galán! Tan caballero y respetoso que toda Jerusa se quitaba el sombrero cuando pasaba, y hasta la torre de la iglesia parecía como si le hiciera la reverencia.

EL CONDE, que mira y no ve, impaciente.

Dime, Marqueza, ¿qué hacen ahora las niñas? Oigo sus risotadas; pero no las veo.

LA MARQUEZA

Juegan con mis chicos... ¡Qué bonicas son, y qué afables con el pobre! La señorita Nela quiere bailar con mi Narda, y la señorita Dola y mi Gil están ahora cogiendo moras. Las niñas de la Pardina llevan la alegría por donde quiera que van. ¡Ay, si el señor las hubiera visto aquí, esta primavera, cuando venían a pintar...!

EL CONDE, sorprendido.

¡A pintar!... ¿Acaso mis nietas son pintoras?

LA MARQUEZA

Anda, anda... ¿Pues no sabe...? Si pintan como los serafines. Pues en un librote grande retrataron toda esta casa, y a mí mesma... y hasta el guarro, con perdón, hasta el guarro, tan parecido, que era él en persona.

EL CONDE, excitadísimo, llamando.

Nell, Nell... Ven acá, hija... (Se acerca.) Oye lo que dice la Marqueza... (Esta repite lo del guarro.)

NELL

Yo, no. Es Dolly la que dibuja y hace acuarelitas...

EL CONDE, llamando.

Dolly... ven... ¿Es verdad esto, Dolly?... (Acércase esta, sofocada.) ¡Qué callado te lo tenías! ¡Tú pintora!

DOLLY, con modestia.

Me dio por hacer monigotes. Aquí veníamos algunas mañanas, por ser este el sitio más bonito de los alrededores de Jerusa.

NELL, que quiere congraciarse con Dolly.

Tiene un álbum lleno de apuntes preciosos.

DOLLY

No valen nada, abuelito.

NELL

Dí que sí. Pinta y dibuja... ¡Si tuviera fundamento, qué preciosidades haría!

DOLLY

Quita, quita.

EL CONDE, con profundo interés.

¿Quién te ha dado lecciones?

DOLLY

Nadie: lo que sé lo he aprendido yo solita, mirando las cosas. Me gusta, eso sí, y cuando me pongo a ello no sé acabar.

LA MARQUEZA

Unos señores que vinieron acá una tarde... eran de Madrid, y traían unas cajas con trebejos y cartuchitos de pintura... vieron lo que hacía la señorita Dola, y se pasmaron...

DOLLY, ruborizada.

No hagas caso, papá.

NELL

Y dijeron que esta chica, si estudiara, sería una gran artista... sí que lo dijeron. No vengas ahora con farsas.

EL CONDE, con gran agitación, que procura disimular.

¡Eres pintora, Dolly... y te avergüenzas de serlo! Dime, ¿sientes una afición honda, un gusto intenso de la pintura? ¿Te sale del fondo del alma el anhelo de reproducir lo que ves? ¿Ayúdante los ojos y la mano, y encuentras facilidad para dar satisfacción a tu deseo?

DOLLY

Facilidad, sí... digo, no... Me gusta... Quiero, y a veces no puedo...

EL CONDE

¿Y hace tiempo que sientes en ti ese ardor, esa fiebre del arte, don concedido a la criatura desde el nacer, que no se aprende, que se trae de otro mundo, de...?

DOLLY

Me entró la afición... qué sé yo cuándo.

NELL

Desde niña hacía garabatos...

EL CONDE

Ya me acuerdo. Cinco años tenías, y me quitabas todos los lápices.

LA MARQUEZA

¡Ángel de Dios!

EL CONDE

Y tú, Nell, ¿no dibujas?

NELL

¡Soy más torpe...! No sirvo... no acierto. Me aburro.

EL CONDE, con viveza.

¡Tú eres pintora, Dolly, tú... tú!... ¡Y te avergüenzas!... Bueno, hijas, seguid jugando... Dejad aquí a los viejos que hablemos de cosas tristes. (Nell y Dolly se alejan y continúan su juego.)

LA MARQUEZA

¡Qué par de serafines! Ya puede el señor estar contento. (El Conde no contesta. Mirando al suelo se sumerge en profunda abstracción.) ¿Qué tiene, mi señor, que está tan triste?

EL CONDE, como quien vuelve de un letargo.

¡Ay, Marqueza, qué malo es vivir mucho!

LA MARQUEZA

Lleva razón. Mientras más se vive, más cosas malas se ven. Digo yo, gran señor, que los niños de pecho ya saben lo que hacen al morirse.

EL CONDE, con tristeza.

¡Y otros ¡ay! qué bien harían en no nacer!... Porque después de nacidos y crecidos, ya no hay remedio...

LA MARQUEZA

¿Y los viejos, qué tenemos que hacer aquí?

EL CONDE

Por algo estamos cuando estamos.

LA MARQUEZA

Es verdad: somos troncos, que servimos para que las plantas tiernas se agarren y vivan.

EL CONDE

Tú eres útil, Marqueza. Hoy me has hecho un gran servicio.

LA MARQUEZA

¿Yo? (Pausa larga. El Conde vuelve a quedarse abstraído, cual si su espíritu se sumergiera en abismos profundos.) Señor... ¿qué le pasa que no habla?

EL CONDE, después de otra pausa.

Has sido la Sibila que me ha revelado lo que yo quería saber. Dios me trajo a tu choza.

LA MARQUEZA, confusa.

¿Qué dice que soy?

EL CONDE

Mis horribles dudas, gracias a ti, se han trocado en triste certidumbre...

LA MARQUEZA, creyendo fundado lo que se dice del desorden mental del Señor de Jerusa.

¿Quiere que le dé un vasito de vino? Lo tengo blanco y bueno.

EL CONDE

No, gracias.

LA MARQUEZA

Lo que tiene mi Conde es debilidad.

EL CONDE

Es tristeza, y mi tristeza no se disipa bebiendo. Es muy honda. A veces el descubrimiento de la verdad nos amarga la existencia más que la duda. No sé cuál es más terrible monstruo, si la madre o la hija, si la duda o la verdad...

LA MARQUEZA, con espontánea filosofía, por decir algo.

No se caliente la cabeza, señor... porque ¿de cavilar, qué sacamos? El cuento de que las mentiras son verdades y las verdades mentiras. Todo es dudar, gran señor... Vivimos dudando, y dudando caemos en el hoyo.

EL CONDE, con ingenua indecisión.

¿Y qué debo hacer yo?

LA MARQUEZA

Pues dude siempre el buen padre, y hártese de dudar y de vivir... tomando las cosas como vienen, y vienen siempre dudosas.

EL CONDE

Eres la Sibila de la duda. Te agradezco tu filosofía. No sé si podré seguirla.

NELL, corriendo hacia el anciano.

Abuelo, vienen a buscarnos.

EL CONDE

Sí, es Venancio; oigo su rebuzno.

(Aparecen Venancio y un Mozo por entre un grupo de castaños.)

ESCENA X

LOS MISMOS; VENANCIO y un MOZO con paraguas y capotes.

VENANCIO

Locos buscándole, señor Conde... En cuanto vi venir el nublado, salimos... Mira por aquí, mira por allá. Nos dicen que en el bosque... nos dicen que en la playa, nos dicen que en la gruta...

EL CONDE

Es muy de agradecer tu solicitud. Nos hemos mojado poco. Las chiquillas tan contentas.

VENANCIO

A casa. La humedad no es buena para usía. Lo ha dicho el médico.

EL CONDE, con humorismo.

Pues si lo ha dicho el médico... boca abajo. Vamos a donde quieras. Tú mandas, Venancio.

VENANCIO

Yo no mando, señor.

EL CONDE, levantándose.

Que sí. Eres el amo, y aquí estamos todos para obedecerte...

DOLLY, displicente.

No necesitamos de tu oficiosidad, Venancio. Nada nos pasa, y sabemos volver a casa.

EL CONDE, chancero.

Ya lo ves... Te riñe esta mocosa. Chiquilla, no: hay que respetar las jerarquías... Vaya, pongámonos en marcha, conforme al deseo del señor de la Pardina... Yo te digo, Venancio, que hoy has sido muy previsor... No, no quiero capote. Supongo que será tuyo... Póntelo tú.

NELL, dando el brazo a su abuelo.

Yo contigo.

EL CONDE

Sí... y vayan delante Venancio y la pintora. Adelantaos todo lo que queráis. Esta y yo no tenemos prisa, ni hemos de perdernos. Adiós, Marqueza. Que prosperes... que vivas muchos años.

LA MARQUEZA, despidiéndoles afectuosa.

Vayan con Dios... Señorita Nela, señorita Dola, la Virgen las acompañe.