Retiran después de esto los atenienses las guarniciones de las ciudades, llaman de nuevo a Ifícrates y a la flota, ordenándole devolver cuanto haya tomado desde que se ha prestado juramento a los lacedemonios. Estos retiran también los gobernadores y guarniciones de todas las ciudades, a excepción de Cleómbroto que mandaba el ejército en la Fócida, y que cuando pide a los magistrados de su patria qué debe hacer, Prótoo dice que, a su parecer, debe licenciarse aquel ejército conforme al juramento, y participar a las ciudades deposite cada una en el templo de Apolo la suma que quiera; que después, si hay quien rehúse el reconocimiento a la independencia de las ciudades, es preciso entonces reunir nuevamente los aliados que quieran proteger dicha independencia y dirigirse contra los que se opongan, todo lo cual creía sería el modo de hacerse favorable a los dioses y el de indisponerse lo menos posible con las ciudades. La asamblea, después de haber oído su parecer, consideró cuanto había dicho como pura habladuría, pues, según parece, se hallaba ya inspirada por el genio malo que la conducía. Hízose decir a Cleómbroto que no licenciase su ejército, sino que, por el contrario, marchara contra los tebanos si no reconocían la independencia de las ciudades. Cuando Cleómbroto tiene conocimiento de que ha sido hecha la paz, pide a los éforos qué debe hacerse, y estos le ordenan se dirija contra los tebanos si no reconocen la independencia de las ciudades de Beocia. Así, pues, cuando ve que, lejos de dar libertad a las ciudades no licencian su ejército a fin de poder oponerlo a los lacedemonios, conduce sus tropas a Beocia. Existía un camino por el cual esperaban los tebanos verle entrar: era por el lado de la Fócida, por cierto desfiladero que guardaban; pero él avanza de improviso a través del país montañoso de Tisbe, llega a Creusis, y después de tomar esta plaza fuerte, se apodera de doce trirremes tebanas. Hecho esto, se aparta de la costa y acampa en Leuctra en el territorio de Tespias. Los tebanos, que no tenían otros aliados que los beocios, colocan su campamento en una colina que se hallaba a su frente y a poca distancia de los mismos. Entonces los amigos de Cleómbroto, dirigiéndose a él, le dicen:
—«Oh, Cleómbroto, si dejas que los tebanos se retiren sin combate, peligras de ser tratado con la última pena por tu patria, pues todo el mundo recordará que cuando viniste a Cinoscéfalas no saqueaste parte alguna del territorio tebano, y que en una expedición siguiente fuiste detenido en el paso, mientras Agesilao ha penetrado siempre en su país por el Citerón. Si, pues, deseas tu propio interés y el bien de la patria, debes dirigirte contra los enemigos.»
Esto decían sus amigos; sus enemigos decían por su parte:
—«Ahora es cuando mostrará claramente este hombre si favorece a los tebanos, según se dice.»
Al oír todo esto Cleómbroto, se inclinaba a librar combate.
Por su parte, los jefes de los tebanos reflexionan que si no presentan batalla, se apartarán de ellos las ciudades vecinas y serán sitiados por los enemigos, en cuyo caso, no teniendo el pueblo tebano los necesarios víveres, corren peligro de que la misma ciudad se declare contra ellos, y como varios habían sido anteriormente desterrados, sostienen que vale más morir combatiendo que ser nuevamente desterrados. Además de esto, dales cierta confianza el oráculo popular, según el cual debían los lacedemonios experimentar una derrota en el mismo lugar en que se hallaba el sepulcro de las doncellas que, según se dice, se habían dado la muerte después de la violencia que les habían hecho experimentar los lacedemonios[222]. Por esto los tebanos habían adornado este monumento antes del combate. Anúnciaseles igualmente que en la ciudad todos los templos se habían abierto por sí solos, y que las sacerdotisas declaran que los dioses indican una victoria. Dícese asimismo que las armas del Heracleo[223] se han diseminado por el suelo, lo cual significa que el dios ha salido al combate. Algunos pretenden, sin embargo, que todo esto no eran más que estratagemas preparadas por la autoridad superior[224].
Todo era, pues, en esta batalla contrario a los lacedemonios, mientras lo había dispuesto todo la fortuna en favor de sus adversarios. Efectivamente, después de almorzar había tenido Cleómbroto su último consejo respecto al combate, a mediodía, después de beber regularmente, y, según se dijo, después que el vino se les había subido a la cabeza. Cuando los dos ejércitos se hubieron armado y se hizo inminente el combate, los comerciantes y algunos bagajeros, así como los que no querían combatir, prepáranse para alejarse del ejército beocio, pero los mercenarios, bajo el mando de Hierón, y los peltastas focidios, con la caballería heracleota y fliasia, forman un círculo y se arrojan sobre ellos en el momento en que iban a alejarse, poniéndoles en fuga y persiguiéndoles hacia el campamento beocio, con lo cual hacen mucho más fuerte y más numeroso el ejército de los tebanos. Después, extendiéndose una llanura entre los dos ejércitos, colocan los lacedemonios su caballería al frente de su falange, mientras los tebanos opónenle también la suya; pero la caballería tebana era una tropa aguerrida por la guerra con los orcomenios y por la de los tespieos, mientras que en aquel tiempo la de los lacedemonios era muy detestable, pues los ciudadanos ricos eran los que criaban los caballos, y al anunciarse una campaña llegaba cada uno de los designados, tomaba el caballo y las armas que se le daban, y partía inmediatamente. Además, eran los soldados más débiles y menos deseosos de ilustrarse los que formaban parte de la caballería. Tal era la de ambas partes. En cuanto a los cuerpos de ejército, dícese que los lacedemonios ordenaron en tres filas las compañías[225], lo cual no hacía más que doce hombres en fondo. Por el contrario, los tebanos se habían aglomerado formando una profundidad de cincuenta escudos, considerando que si vencían al cuerpo real, vencerían fácilmente los restantes cuerpos.
Cuando Cleómbroto comenzó a dirigirse contra el enemigo, y aun antes de que su ejército se hubiese apercibido de que se avanzaba, la caballería de ambas partes había venido ya a las manos, y la de los lacedemonios había sido derrotada al primer empuje; al huir cae sobre sus mismos hoplitas, atacados a su vez por los tebanos. Sin embargo, un testimonio positivo demuestra la superioridad que el cuerpo de Cleómbroto tuvo en los comienzos del combate, pues no hubieran podido levantarle y apoderarse de él vivo, si los que combatían a su alrededor no hubiesen tenido en aquel momento la mejor parte en el combate. Pero cuando fue muerto el polemarca Dinón, así como Esfodrias, uno de los comensales del rey, y Cleónimo, su hijo, la caballería y los sinforeos[226] del polemarca no pudieron detener el poder del número y comenzaron a ceder; las tropas del ala izquierda, al ver derrotada la derecha, principiaron también a aflojar en su resistencia. A pesar del número de los muertos y de su derrota, después de atravesar el foso que se hallaba delante del campamento, vuelven a colocarse con las armas en el lugar de donde habían partido. El campo no era completamente una llanura, pues formaba cierta pendiente. Hubo entonces algunos lacedemonios que, creyendo no debía soportarse tal desastre, dijeron era preciso impedir al enemigo erigir un trofeo, y procurar recoger los muertos por la fuerza de las armas sin recurrir a la tregua. Pero los polemarcas, viendo que habían sucumbido ya cerca de mil lacedemonios, y que de unos setecientos espartanos habían muerto cerca de cuatrocientos, así como que se hallaban ya sin valor para combatir los aliados, a alguno de los cuales acaso no contrariaba el giro que tomaban los sucesos, reúnen a los jefes principales para determinar lo que debe hacerse. Habiendo todos sido de parecer de pedir una tregua para recoger los muertos, envían un heraldo para suplicarla. Levantan en seguida los tebanos un trofeo y conceden la tregua para recoger los muertos.
Después de estos sucesos, el enviado que lleva a Lacedemonia la nueva de este desastre, llega a Esparta el último día de las Gimnopedias[227] en el momento en que el coro de hombres se hallaba en función; los éforos, al enterarse de este desastre, necesariamente tuvieron que afligirse, pero no suspendieron el coro y dejaron terminar los juegos. Después dieron los nombres de los muertos a cada uno de sus parientes, recomendando a las mujeres no manifestaran su dolor, sino, por el contrario, lo soportaran en silencio. Al día siguiente pudo verse aparecer en público a los padres de los que habían perecido, alegres y llenos de júbilo, mientras los padres de los que se había anunciado sobrevivían al combate, no se mostraron más que en muy pequeño número y con el rostro abatido y humillado.
Inmediatamente decretan los éforos una leva de las cohortes restantes llamando a las armas aun a los que hacía cuarenta años habían pasado de la adolescencia; hacen partir también a los de esta edad que pertenecían a las cohortes que habían salido antes, pues hasta entonces solo se había enviado contra la Fócida a los que pertenecían al ejército hacía menos de treinta años; ordénase, finalmente, que deben también partir cuantos se habían antes quedado a consecuencia del cargo que desempeñaban. No habiéndose repuesto aún Agesilao de su enfermedad, da la ciudad el mando a su hijo Arquidamo. Los tegeatas muestran mucho celo por ir con ellos, pues Estásipo y sus partidarios, que abogaban por Lacedemonia, y que contaban con gran poder en su ciudad, se hallaban aún con vida. Los mantineos de las aldeas les acompañan también valerosamente, pues eran dominados por la aristocracia. Los corintios, los sicionios, los fliasios y los aqueos muestran también mucho celo en acompañarles, y muchas otras ciudades envían asimismo su respectivo contingente. Los lacedemonios y los corintios equipan trirremes, y piden también a los sicionios equipen algunas en las cuales pensaban transportar al ejército, y Arquidamo sacrifica después para obtener una marcha feliz.
Los tebanos, inmediatamente después de la batalla, envían a Atenas un mensajero coronado de flores, y al mismo tiempo que describen la magnitud de la victoria, piden refuerzos, diciendo ha llegado el momento oportuno de obtener venganza de todo el daño que han hecho los lacedemonios. El senado ateniense se hallaba casualmente en sesión en la acrópolis. Cuando los senadores se enteran de lo que ha sucedido, dejan comprender a la vista de todos el vivo pesar que por ello experimentan, pues no ofrecen presente hospitalario al mensajero ni dan contestación alguna respecto a los refuerzos. De este modo sale de Atenas aquel emisario.
Los tebanos envían, sin embargo, diputados a Jasón, su aliado, pidiéndole a toda prisa refuerzos y considerando los peligros del porvenir. Equipa inmediatamente Jasón algunas trirremes para venir en su auxilio por mar, y después, reuniendo sus mercenarios y la caballería de su guardia, dirígese por tierra a Beocia, a pesar de hallarse en una guerra de exterminio con los focidios, apareciendo antes de que se haya anunciado en la mayor parte de las ciudades que debía atravesar. Antes de que haya habido tiempo de reunir las tropas para oponérsele, previniéndoles con su prontitud, se halla fuera de su alcance, haciendo ver con esto que a menudo la velocidad en la ejecución conduce más fácilmente al buen éxito que la violencia.
Luego que ha llegado a Beocia, dícenle los tebanos que sería un momento favorable para caer sobre los lacedemonios desde las alturas con sus mercenarios, mientras ellos les atacarían de frente; pero Jasón les aparta de este proyecto, demostrándoles que, después de un hecho glorioso, no es conveniente entregar al acaso el adquirir una nueva victoria mayor que la primera, o perder la que se ha conseguido.
—«¿No veis —les dijo— que vosotros mismos habéis sido vencedores cuando os hallabais sumidos en la aflicción? Es preciso, pues, también creer que los lacedemonios combatirían desesperadamente al verse reducidos a la última extremidad. Además, la divinidad, según parece, se complace muy a menudo en engrandecer a los débiles y humillar a los grandes.»
Jasón disuade, pues, a los tebanos, con estas palabras, de atacar a los lacedemonios, mientras por otra parte demuestra también a estos que es muy distinto ponerse en campaña con un ejército victorioso que con tropas completamente vencidas.
—«Si queréis olvidar el desastre que habéis experimentado, os aconsejo toméis aliento y aumentéis vuestras fuerzas para mediros de nuevo con aquellos a quienes no pudisteis vencer. Mientras tanto, añadió, debéis saber que hay algunos de vuestros aliados que están en tratos con vuestros enemigos para celebrar una alianza. Procurad, pues, a todo precio obtener una tregua; y si deseo esto —añadió finalmente—, es porque quiero salvaros, así por la amistad de mi padre hacia vosotros como porque soy vuestro próxeno.»
Esto dijo, pero acaso obraba así para que los dos bandos, aunque separados entre sí por sus diferencias, necesitasen ambos de él. Los lacedemonios, sin embargo, después de oírle, deciden negociar una tregua, y cuando anuncian que está hecha, los polemarcas mandan pregonar que se cene y se esté preparado para emprender la marcha durante la misma noche, a fin de pasar el Citerón al apuntar el nuevo día. Terminada la comida, en lugar de dormir, se da la orden de marcha y se toma el camino de Creusis al oscurecerse el día, teniendo más confianza en esta maniobra secreta que no en la tregua. Después de una marcha penosa durante la noche, con miedo y en un camino áspero, llegaron a Egóstena de Mégara, donde hallaron al ejército de Arquidamo. Este, después de haber aguardado en dicho lugar a todos sus aliados, conduce al ejército reunido a Corinto, de donde, después de licenciar a los aliados, lleva a sus conciudadanos a Lacedemonia.
Jasón, sin embargo, al volverse por la Fócida, se apodera del arrabal de Hiámpolis, saquea el país y da muerte a gran número de los habitantes. Llegado a Heraclea, después de haber atravesado pacíficamente lo restante de la Fócida, destruye las murallas de aquella población, no porque temiese pudiera ser atacado su poder por aquel paso, sino más bien porque deseaba impedir que, ocupando a Heraclea, que está situada en un desfiladero, pudiesen cerrarle el paso cuando quisiese marchar contra cualquier comarca griega.
Llegado a Tesalia, era grandemente poderoso, ya por haber sido nombrado legalmente soberano absoluto de los tesalios, ya por tener a sueldo y a sus órdenes gran número de tropas de infantería y de caballería, ejercitadas de manera que pudieran vencer siempre a sus contrarios, y por tener además gran número de pueblos aliados, fuera de los cuales había también otros muchos que deseaban serlo. Pero lo que le colocaba encima de todos los de su época, era que nada había en él que pudiese ser objeto de desprecio por parte de nadie. Al acercarse la fecha de los juegos píticos, hizo publicar en las ciudades se preparasen bueyes, corderos, cabras y cerdos para los sacrificios, y se dice que, a pesar de que había mandado muy moderadamente esa imposición, no se reunieron menos de mil bueyes, y el resto de los otros ganados se elevó a diez mil cabezas. Hizo también anunciar daría una corona de oro como premio a la ciudad que presentase el más hermoso buey como primicia de las víctimas. Ordenó asimismo a los tesalios se preparasen para ponerse en campaña en la época de los juegos píticos, diciéndose tenía intención de presidir por sí mismo la fiesta y los juegos en honor del dios. Nada se sabe aún hoy, sin embargo, de cuáles eran sus intenciones respecto a los tesoros sagrados; pero se dice que habiendo pedido los delfios al oráculo qué es lo que debían hacer si se apoderaba de las riquezas del dios, este contestó que eso corría de su cuenta. Este hombre, pues, tan poderoso, que alimentaba en su espíritu designios tan vastos y tan numerosos, acababa de verificar un día la inspección de la caballería de Feras y de pasarle revista, cuando, al sentarse para contestar a lo que pudiesen pedirle, fue asesinado e instantáneamente muerto por siete jóvenes que se aproximaron a él como si tuviesen algún litigio entre sí. Los doríforos[228], que se hallaban junto a él, se precipitan inmediatamente para defenderle y matan de una lanzada a uno de los asesinos, mientras daba aún a Jasón la última puñalada: otro es cogido mientras montaba a caballo, y muere bajo sus golpes. Los otros se lanzan a los caballos, que de antemano tenían preparados, y pueden escaparse, siendo recibidos con honor en la mayor parte de las ciudades griegas, lo cual demuestra cuánto temían los griegos que se convirtiese en tirano.
Sin embargo, una vez muerto Jasón, son nombrados jefes absolutos sus hermanos Polidoro y Polifrón: Polidoro muere en un viaje que hicieron ambos hermanos a Larisa, mientras dormía, y, según parece, asesinado por aquel, pues su muerte acaeció de un modo completamente repentino y sin causa ninguna aparente. A su vez Polifrón reina durante un año, y ejerce un poder semejante a la tiranía, pues en Farsala hace perecer a Polidamante y a ocho de los principales ciudadanos, y en Larisa destierra a gran número de personas. Entregábase a tales excesos, cuando Alejandro le da muerte para vengar a Polidoro y hacer cesar la tiranía; pero cuando a su vez se ha revestido del poder, se hace aborrecible como jefe a los tesalios, y como enemigo odioso también a los tebanos y atenienses, mostrándose asimismo injusto saqueador por tierra y por mar. A su vez cae bajo los golpes de los hermanos de su mujer[229], que los incita con sus consejos, pues anunciándoles que Alejandro les tiende una emboscada, les oculta en el interior de la casa durante todo el día hasta que vuelve Alejandro completamente ebrio. Después que se ha acostado, le quita la espada a la luz de la lámpara, y viendo vacilar a sus hermanos, que no se atrevían a entrar para matarle, les amenaza con hacerle despertar si no le mataban en seguida. Después que entraron en su cámara, cierra la puerta, sosteniendo ella misma el pestillo hasta que han dado muerte a su marido. Según dicen algunos, el odio que tenía a este provenía de haber hecho prender Alejandro a un joven muy hermoso a quien ella amaba, y de que al pedirle ella le pusiera en libertad, le hizo salir de la cárcel para matarle. Dicen otros que Alejandro, no habiendo tenido ella sucesión, había hecho pedir en matrimonio a la mujer de Jasón, en Tebas. Tales son, pues, las causas que se asignan como productoras de este atentado. El poder recae entonces en Tisífono, el mayor de los hermanos autores de este asesinato, quien reinaba aún al escribirse esta historia.