LIBRO SÉPTIMO.


CAPÍTULO PRIMERO.[248]

Al año siguiente llega a Atenas una comisión de lacedemonios y aliados, con plenos poderes para negociar las condiciones de una alianza entre Esparta y Atenas. Diciendo muchos extranjeros y atenienses que la alianza debía tener lugar bajo el pie de la más perfecta igualdad, el fliasio Procles pronuncia el siguiente discurso:

«Atenienses: ya que os ha parecido bien aceptar la amistad de los lacedemonios, considero conveniente procuréis, por todos los medios posibles, que esta amistad sea duradera: esto lo conseguiréis estableciendo como bases del tratado las condiciones que sean más ventajosas a los dos partidos, y de este modo podremos permanecer largo tiempo unidos. Estamos de acuerdo sobre todos los puntos, a excepción del referente a la hegemonía[249], de que ahora se está tratando; vuestro consejo ha propuesto que el mando en la mar pertenezca a los atenienses, y en tierra a los lacedemonios, y me parece a mi también que este reparto de atribuciones está indicado, no solo por la prudencia humana, sino por la naturaleza y providencia divinas. En primer lugar, vuestra situación es lo más favorable que imaginarse pueda para el imperio del mar, pues la mayor parte de las ciudades que necesitan de él se hallan construidas en los alrededores de la vuestra, y todas ellas son más débiles que vosotros; además poseéis varios puertos, sin los cuales es imposible todo poder marítimo. Tenéis asimismo muchas trirremes, y habéis heredado de vuestros mayores el afán de aumentar sin cesar su número.

»Además, todas las artes necesarias para este poderío las tenéis aclimatadas en vuestra ciudad; y respecto a la habilidad en la profesión marítima, dejáis atrás a todos los pueblos, pues la mayor parte de vosotros no vive, efectivamente, más que por el mar; de manera que, mientras cuidáis de vuestros particulares asuntos, no descuidáis el sobrepujar a los demás en las maniobras navales. Pero aún hay más: no hay puerto alguno que pudiese proporcionar reunidas tantas naves como el vuestro, lo cual no es poco para la hegemonía, pues todos prefieren agruparse alrededor del que desde el principio y por sí mismo, les supera en fuerzas. Los dioses mismos os han concedido el poder sobresalir en esto; habéis librado los más importantes combates navales, y con poquísimos reveses habéis conseguido el mayor número de victorias, por lo cual es muy natural que los aliados prefieran correr junto a vosotros las penalidades de estos combates. Comprenderéis asimismo la necesidad y el deber que os están impuestos respecto al cuidado y vigilancia de vuestras fuerzas navales, por lo que voy a deciros. Os hacían la guerra los lacedemonios desde largos años, y aunque vencedores por tierra, no conseguían gran cosa para vuestra ruina; pero así que la divinidad les concedió poder dominar por mar, inmediatamente consiguieron subyugaros por completo. ¿No hay, pues, en esto una prueba evidente de que vuestra salvación depende de vuestro poder marítimo? Siendo esto así, ¿cómo podríais abandonar a los lacedemonios el mando en el mar, una vez convienen ellos mismos en la inferioridad de su marina, sobre todo si consideráis que no hay paridad entre ellos y vosotros en las luchas navales, pues que ellos exponen únicamente los hombres que tienen en sus trirremes, y vosotros exponéis a vuestros hijos, a vuestras mujeres y a vuestra ciudad entera?

»Eso por lo que hace a vuestra ciudad. Pongámonos ahora en el punto de vista lacedemonio: en primer lugar tienen su morada lejos de la costa; de manera que, mientras sean dueños de su comarca, su existencia no está comprometida, aunque sean inferiores en el mar. Por esto, desde su más tierna infancia se entregan a los ejercicios necesarios para los ejércitos terrestres: poseen en tierra, como vosotros en el mar, y en el más alto grado, la obediencia a los jefes, cosa la más esencial a todo ejército. Además pueden poner en pie de guerra un numeroso ejército con la misma prontitud con que podéis vosotros equipar una poderosa flota; de donde resulta que los aliados se unen también a ellos con la mayor confianza. También la divinidad les ha concedido en tierra igual beneficio que a vosotros por mar: han sostenido en tierra el mayor número de luchas, habiendo experimentado muy pocas derrotas y obtenido innumerables triunfos. De ahí la necesidad en que se hallan de fijar toda su actividad del lado de la tierra, como vosotros en el mar, resultando asimismo de los hechos pasados, pues aunque les hayáis ganado a menudo combates marítimos, sin embargo, no habíais conseguido nada importante para dominarles; pero así que les derrotasteis una sola vez en combates terrestres, vieron comprometida la existencia de sus hijos, de sus mujeres y de su misma ciudad[250]. ¿Cómo, pues, dejaría de serles penoso el confiar a otros la supremacía de los ejércitos de tierra, cuando ellos son los primeros en este elemento? He aquí por qué he hablado en apoyo del proyecto del consejo, pues, a mi modo de ver, ofrece las mayores ventajas a ambas partes. Ojalá seáis todos felices por haberos decidido conforme al general interés de todos.»

Tal fue su discurso. Los atenienses y lacedemonios presentes aprobaban vivamente sus palabras, pero levantándose Cefisódoto, les dice:

«Atenienses: estad alerta, que os quieren engañar; escuchadme, que voy a daros inmediatamente las pruebas de ello[251]. Ciertamente mandaréis en el mar, pero al hacerse aliados vuestros los lacedemonios, es natural que os envíen jefes y marinos espartanos, aunque los marineros serán únicamente hilotas o mercenarios; he aquí los hombres que pondrán a vuestras órdenes; por el contrario, cuando os anuncien los lacedemonios una expedición terrestre, es natural que les mandéis vuestros hoplitas y vuestra caballería. He aquí, pues, que vosotros os pondréis bajo sus órdenes y en cambio vosotros no tendréis bajo las vuestras más que esclavos y gente de ningún valer.

»Dime, Timócrates lacedemonio, ¿no has dicho hace poco que venías para concertar la alianza, partiendo de la base de la más perfecta igualdad?

»—Así lo dije.

»¿Puede haber, pues, una igualdad más perfecta que si cada uno a su vez ejerce el mando de la flota y del ejército, y si participáis vosotros de las ventajas que puede presentar el mando marítimo, y nosotros del terrestre?»

Al oír estas palabras, cambian los atenienses de opinión, y decretan que cada uno de los dos estados ejerza el mando durante cinco días.

Dirígense las tropas de ambos estados y las de sus aliados a Corinto, donde deciden guardar todos juntos el monte Oneo, y cuando llegan los tebanos con sus aliados, distribúyense los pasos que cada uno debe defender. Los lacedemonios y peleneos se colocan en el lugar de más peligro. Así que los tebanos y sus aliados se hallan a unos treinta estadios[252] de estos pasos, acampan en la llanura, y calculando entonces el tiempo que necesitan para franquear esta distancia, salen con el alba contra el destacamento lacedemonio: su cálculo no les engaña, pues caen sobre los lacedemonios y peleneos cuando acababan de relevarse las guardias nocturnas, mientras los soldados se levantaban de sus lechos para ir cada cual a sus quehaceres. Arrójanse sobre ellos los tebanos en correcta formación, y los derrotan por completo, pues no habían tomado precaución alguna y se hallaban en desorden. Al refugiarse los que se habían salvado de este combate a la colina más próxima, hubiera podido el polemarca lacedemonio conservar su posición tomando el número que le hubiese parecido conveniente de peltastas y de hoplitas aliados, pues le era fácil recibir en completa seguridad las provisiones desde Céncreas; pero no lo hizo, y mientras los tebanos vacilan sobre si bajarán por el lado de Sición o si volverán sobre sus pasos, concierta una tregua que consideran casi todos más ventajosa para los tebanos que para los suyos, y se retira con sus tropas.

Los tebanos bajan con la seguridad más completa, reúnense a todos sus aliados arcadios, argivos y eleos, y principian por atacar a Sición y Pelene, dirigiéndose después sobre Epidauro y devastando todo su territorio. Retíranse después sin preocuparse del enemigo, y cuando se hallan junto a la ciudad de Corinto se arrojan a la carrera por la cuesta que conduce a Fliunte a fin de penetrar en ella si se encuentran abiertas sus puertas. Algunas tropas ligeras de la ciudad se dirigen en armas contra los soldados escogidos de los tebanos que no se hallaban ya más que a unos cuatro pletros[253] de las murallas, y subiendo sobre los túmulos sepulcrales y sobre las eminencias del terreno, arrojan gran número de dardos y flechas sobre los enemigos, a quienes matan gran número de los que se hallan en los puntos más avanzados, y después de haberles puesto en fuga, les persiguen hasta la distancia de tres o cuatro estadios[254], después de lo cual, los corintios se llevan los muertos hasta junto a las murallas; concédese al enemigo una tregua para recogerlos y levantan los trofeos. Esta victoria consigue dar algún ánimo a los aliados de los espartanos.

Al mismo tiempo que tenían lugar estos sucesos, reciben los lacedemonios un refuerzo de más de veinte trirremes que les manda Dionisio, consistente en celtas e iberos y unos cincuenta soldados de caballería. Al día siguiente, los tebanos y todos sus aliados, formándose en la llanura, que llenan por completo hasta el mar y las colinas que rodean a la ciudad, destruyen en ellas todo cuanto puede prestar alguna utilidad. La caballería ateniense y corintia no se atreve a aproximarse a un ejército enemigo tan fuerte y numeroso; pero los caballos de Dionisio, a pesar de su pequeño número, esparciéndose por una y otra parte, se acercan a las líneas enemigas y les arrojan sus dardos, retirándose así que son perseguidos, y comenzando de nuevo cuando ya no les persiguen: al mismo tiempo bajan del caballo para descansar, y así que el enemigo quiere aprovecharse de esta maniobra, saltan de nuevo ligeramente sobre sus corceles y se baten en retirada. Si algunos enemigos se abandonan en su persecución a gran distancia del ejército, persíguenles al retirarse y les arrojan sus dardos, causándoles grandes bajas: de este modo obligan a todo el ejército a que avance o se retire a causa de ellos.

Los tebanos permanecen allí, sin embargo, solo unos días, después de los cuales regresan a sus hogares y hacen lo mismo sus aliados. Entonces las tropas de Dionisio marchan contra Sición, derrotan a los sicionios en la llanura, y en combate regular, haciéndoles unos setenta muertos: toman después por asalto el fuerte de Deras, y realizadas estas proezas hácense a la vela para Siracusa los primeros socorros de Dionisio. Hasta entonces los tebanos y los demás pueblos que se habían apartado de los lacedemonios, habían obrado de consuno y guerreado bajo el mando de los tebanos; pero cierto Licomedes de Mantinea, hombre de esclarecido linaje y poseedor de grandes riquezas, comenzó a alimentar inmensa ambición y a excitar orgullosas aspiraciones entre los arcadios, diciendo que ellos solos pueden considerar como a su patria al Peloponeso, puesto que son ellos los únicos autóctonos del mismo y les asegura que la nación arcadia es la más numerosa de todas las griegas y que sus habitantes son los más robustos de toda Grecia. Añade que ellos son los más valientes, dándoles como prueba, que cuando hay necesidad de mercenarios siempre son preferidos los arcadios, afirmando además que los lacedemonios no hubieran podido atacar el territorio ateniense si ellos no les hubiesen auxiliado, ni los tebanos hubieran tampoco podido llegar sin ellos a Esparta.

—«Si, pues —dice—, tenéis el buen sentido necesario, rehusaréis acudir adonde se os llama, pues del propio modo que antes habéis acrecido en gran manera el poder lacedemonio poniéndoos a sus órdenes, también ahora, si seguís ciegamente a los tebanos, sin reclamar la parte que os corresponda en el mando, hallaréis pronto otros lacedemonios en ellos.»

Hinchados de orgullo los arcadios con estos discursos, y apreciando a Licomedes, a quien consideran como el único varón esforzado de quien deban seguir los consejos, eligen por jefes a cuantos él les propone. Los sucesos contribuyen a aumentar aún el alto concepto que de sí mismos tenían formado, pues habiendo invadido los argivos el territorio de Epidauro, su retirada es cortada por los mercenarios de Cabrias con los atenienses y corintios: entonces los arcadios les socorren y libran a aquellos argivos sitiados por todas partes, a pesar de tener que luchar para ello, no solo con los hombres, sí que también con las condiciones topográficas del territorio.

En otra expedición hecha contra Ásine en Laconia, derrotan a la guarnición lacedemonia, matan al polemarca espartano Geranor, y saquean los extramuros de Ásine[255]. Nada les detiene cuando deciden alguna expedición; ni la noche, ni el mal tiempo, ni la distancia, ni los montes impracticables; de manera que en aquel tiempo se consideraban mucho más poderosos que todos. De ahí que los tebanos desconfíen de los arcadios y no se hallen ya amigablemente dispuestos a su favor. Por su parte, los eleos piden a los arcadios las ciudades de que habían sido despojados por los lacedemonios; pero viendo el poco caso que se hace de su petición y en cambio las consideraciones que se tienen con los trifilios y con los demás estados apartados de ellos y que se llaman arcadios, comienzan también a mirar a estos con malos ojos.

Mientras cada uno de los aliados exagera así su importancia, llega el abideno Filisco, portador de grandes sumas por parte de Ariobarzanes. Reúne primeramente a los tebanos, a sus aliados y a los lacedemonios para tratar de la paz. Después de reunidos no comunican con el dios sobre la manera como puede hacerse la paz, si no que, por el contrario, deliberan únicamente entre sí; pero rehusando los tebanos consentir en que se deje Mesenia sujeta a los lacedemonios, recluta Filisco gran número de mercenarios a fin de hacer la guerra de consuno con los espartanos.

Durante este tiempo, llegan los segundos auxilios mandados por Dionisio: los atenienses pretenden debe mandárseles a Tesalia contra los tebanos y los lacedemonios a Laconia, parecer que prevalece entre los aliados. Cuando la flota de Dionisio llegó a Laconia, Arquidamo une a las tropas de Esparta los soldados que la formaban y entra inmediatamente en campaña. Apodérase por asalto de Carias, donde degüella a todos los prisioneros; al frente de sus tropas dirígese inmediatamente contra los parrasios de Arcadia y saquea su comarca; pero a la aproximación de los arcadios y argivos, se retira y acampa sobre las colinas que se hallan junto a Midea[256]. Hallábase en este lugar cuando Císidas, jefe de los socorros mandados por Dionisio, declara haber terminado ya el tiempo que se le había prescrito para permanecer allí, y marcha para regresar a Esparta; pero apenas se ha separado del ejército, es detenido por los mesenios en un desfiladero y pide socorros a Arquidamo, quien se dispone a proporcionárselos; cuando llega a la encrucijada que conduce a Eutresia, los arcadios y argivos avanzan en dirección a Laconia para cortarle la retirada; pero Arquidamo baja a una llanura en el cruce de los caminos de Eutresia con los de Midea, y allí forma en orden de batalla a sus tropas.

Cuentan que pasando por delante de sus compañías las exhortó en estos términos:

«Ciudadanos: procuremos que hoy nuestro valor nos dé derecho a ir con la cabeza erguida. Entreguemos a nuestros descendientes la patria, tal como la hemos recibido de nuestros mayores: cesemos de tener que avergonzarnos ante nuestros hijos, nuestras mujeres, los ancianos y los mismos extranjeros, que tenían antes los ojos fijos en nosotros más que en ningún otro pueblo griego.»

Terminaba de decir esto, cuando, según se dice, viose algún relámpago seguido de truenos, a pesar de que el cielo estaba completamente despejado, lo cual se consideró como un feliz presagio; llegó también a su conocimiento que junto a su ala derecha se hallaba un bosque sagrado y una imagen de Hércules a quien considera como uno de sus antepasados. Todas estas circunstancias inspiran tal ardor y una confianza tal a los soldados, que no tienen poco que hacer sus jefes para impedir se arrojen sin previo mandato contra los enemigos. De ahí que cuando Arquidamo se pone a su cabeza, los enemigos, que se mantienen firmes hasta llegar al alcance de las lanzas, son muertos, y los demás se declaran en fuga o caen bajo los golpes de la caballería o de los celtas. Terminado el combate, Arquidamo levanta un trofeo y manda a Esparta al heraldo Demóteles para anunciar la magnitud de la victoria, pues los lacedemonios no han tenido una sola baja, mientras los enemigos han perecido en gran número. Dícese que al saber esta nueva los senadores espartanos y el mismo Agesilao y los éforos, todos derraman lágrimas: de tal modo son estas comunes al placer y al dolor. Este revés de los arcadios no regocija, sin embargo, menos a los tebanos y a los eleos que a los mismos lacedemonios: de tal manera se hallaban heridos a causa de su orgullo.

Los tebanos, que pensaban constantemente en la manera cómo podrían apoderarse de la hegemonía de Grecia, creen que algún resultado práctico alcanzarán para su poder enviando embajadores al rey de Persia. Después de haber excitado a sus demás aliados para que se les unan con este objeto, bajo el pretexto de que el lacedemonio Euticles se hallaba junto al rey, envían como diputados a Pelópidas como tebano, al pancratiasta Antíoco como arcadio, y Arquidamo, a quien acompaña Argeo, como eleo. Por su parte, los atenienses al saberlo mandan a Timágoras y a León. Una vez llegados a Persia los diputados, Pelópidas es quien consigue mayor influjo con el rey, pues era quien podía decirle que entre todos los griegos, los tebanos habían sido los únicos que se habían batido por el rey en Platea, y que nunca habían peleado contra él, mientras los lacedemonios les hacían la guerra únicamente por no haber querido acompañar a Agesilao en su expedición contra los persas, y por no haberle querido dejar sacrificar en Áulide a Ártemis Diana, en aquel mismo lugar donde sacrificó Agamenón antes de emprender su expedición a Asia y de apoderarse de Troya. Contribuye asimismo a dar a Pelópidas gran crédito junto al rey, la reciente victoria obtenida por los tebanos en Leuctra y el haber visto todos las devastaciones que han realizado en las comarcas lacedemonias. Dijo asimismo Pelópidas, que los argivos y arcadios han sido derrotados por los lacedemonios en un combate cuando no se hallaban entre ellos los tebanos. Cuanto dice se halla confirmado por el testimonio del ateniense Timágoras, que es quien goza de mayor consideración con el rey después de Pelópidas.

Pidiendo el rey a este la clase de edicto que deseaba, manifiesta Pelópidas desea se consigne la independencia de Mesenia respecto a los lacedemonios y que los atenienses pongan en seco sus naves, añadiendo que si rehúsan cumplimentarlo, les sea declarada la guerra, y que si una ciudad rehúsa tomar parte en la expedición, deban dirigirse en primer término contra ella.

Redactadas y leídas estas condiciones a los diputados, León dice de manera que pueda oírlo el rey: «¡Por Zeus, oh atenienses! paréceme es ya tiempo para nosotros de acudir buscando otro amigo fuera del rey.» Habiendo el secretario repetido al rey las palabras que dijo el ateniense, hace aquel añadir al decreto, que si los atenienses saben algo que sea más justo, pueden participárselo al rey.

Cuando los diputados han regresado cada cual a su patria, los atenienses condenan a muerte a Timágoras, acusado por León de no haber querido habitar con él y por haber constantemente obrado de concierto con Pelópidas. Respecto a los otros enviados, Arquidamo de Élide alaba al rey por haber este manifestado mayor aprecio a los eleos que a los arcadios; pero Antíoco, lastimado de que la confederación arcadia haya sido tratada con cierto menosprecio, rehúsa los presentes y anuncia a los diez mil[257] que el rey tiene gran número de panaderos, cocineros, coperos y reposteros; pero que a pesar de todas sus investigaciones, no ha podido ver hombre alguno capaz de combatir contra los griegos. Añade, además, que respecto al gran número de riquezas que se le atribuyen, parécele es también una baladronada, puesto que aquel plátano de oro tan ensalzado no podría siquiera dar sombra a una cigarra[258].

Cuando los tebanos han convocado todos los estados para dar lectura a la carta del rey, y cuando el persa portador del decreto, después de haber mostrado el sello del rey, lo verifica, los tebanos invitan a cuantos quieran ser amigos del rey y suyos, a que presten juramento de observar sus condiciones; pero los diputados de las ciudades objetan que han sido enviados únicamente para oír la lectura de aquella carta y no para jurar su contenido, para lo cual es preciso manden nuevos mensajeros a cada ciudad. Añade, sin embargo, el arcadio Licomedes, que la reunión debe tener lugar en el teatro de la guerra y no en Tebas. Encolerizándose a consecuencia de esto los tebanos, y diciendo que procura destruir la alianza, no quiere ya seguir tomando asiento en el consejo, y levantándose sale de Tebas y con él los restantes arcadios. No queriendo, pues, prestar juramento los enviados reunidos en Tebas, envían los tebanos mensajeros a las distintas ciudades para recibir el juramento a los edictos del rey, figurándose que todas las ciudades temerán atraerse su enemistad y la del rey. Pero los corintios, que son los primeros a quien se dirigen, les manifiestan su oposición y les contestan que de nada ha de servirles la alianza del rey, por lo cual, muchas otras ciudades siguen su ejemplo y les dan igual contestación. Tal es el resultado de las intrigas de Pelópidas y de los tebanos para alcanzar el mando.

Epaminondas, por otra parte, queriendo unir a los aqueos a su causa, a fin de que los arcadios y los demás aliados concediesen mayores consideraciones a Tebas, decide una campaña contra Acaya. Persuade, pues, al argivo Pisias, general de los de su población, para que se adelante y ocupe militarmente el monte Oneo. Habiendo averiguado Pisias que las tropas que le custodiaban bajo el mando de Naucles, jefe de los mercenarios lacedemonios, y del ateniense Timómaco, hacían el servicio muy negligentemente, se apodera durante la noche, con unos dos mil hoplitas, de la colina que está más allá de Céncreas, habiéndose aprovisionado primeramente para una semana. Llegan durante este tiempo los tebanos franqueando el monte Oneo, y se dirigen, bajo el mando de Epaminondas y con todos los aliados, contra Acaya. Habiéndole implorado gracia los principales de esta, consigue Epaminondas que no sean desterrados los oligarcas, ni se cambie la forma de gobierno, y después de haber recibido los aqueos garantías suficientes a su promesa de ser aliados de los tebanos y de seguirles donde quiera que vayan, regresa a su patria. Siendo acusado, sin embargo, por los arcadios y sus enemigos de haber abandonado Acaya, después de haberla organizado convenientemente para los lacedemonios, deciden los tebanos enviar gobernadores a las ciudades aqueas. Arrojan estos al llegar a los oligarcas con ayuda de la plebe y establecen en Acaya el gobierno democrático; pero los desterrados se coaligan con prontitud, dirígense aisladamente contra cada una de las ciudades, entran en ellas por su gran número y las retienen bajo su dependencia. Restablecidos ya, no se mantienen neutrales, sino que apoyan vigorosamente a los lacedemonios, con lo cual los arcadios se hallan acosados de una parte por los lacedemonios y de otra por los aqueos.

En Sición, sin embargo, el gobierno se había conservado según las antiguas leyes; pero Eufrón, que bajo la dominación lacedemonia era el ciudadano más poderoso, quiere conservar también su rango bajo el mando de sus adversarios, por lo cual dice a los argivos y arcadios que es evidente que si los ricos conservan el gobierno de Sición, se declarará la ciudad a la primera ocasión en favor de los lacedemonios. «Por el contrario —les dice—, debéis considerar que si se establece la democracia, la ciudad siempre quedará a su favor. Si, pues, me secundáis, yo mismo me encargo de reunir al pueblo, y a la vez os daré esta garantía de mi fidelidad y una aliada segura a vuestra ciudad. Debéis saber, además, que el motivo de obrar así, es que estoy, como vosotros, cansado desde largo tiempo del orgullo lacedemonio, deseando escapar de la esclavitud.»

Los arcadios y argivos escúchanle con placer y le secundan en sus deseos. Eufrón, entonces, aprovechándose de la presencia de los arcadios y argivos, convoca al pueblo en la plaza pública, declarándole que desde entonces el gobierno se apoyará en la base de la más perfecta igualdad, y después le exhorta a que elija los generales que quiera, resultando elegidos el mismo Eufrón, Hipódamo, Cleandro, Acrisio y Lisandro. Hecho esto, pone Eufrón al frente de los mercenarios a su hijo Adeas después de haber quitado el mando a Lisímenes, que era quien antes lo tenía. Luego se asegura el reconocimiento de algunos de dichos mercenarios por medio de favores, y toma a sueldo a muchos otros sin economizar para esto ni el tesoro público ni los fondos generales. Emplea asimismo para sus designios los bienes de cuantos destierra por su afecto a Esparta, y con astucia hace dar la muerte, o destierra a todos sus colegas, reduciéndolo así todo a su poder y convirtiéndose claramente en un tirano. A fin de obtener el consentimiento de los aliados, les prodiga su dinero y sus bienes y les acompaña siempre en sus expediciones con los mercenarios.