Los dos ángeles se encaminaban en busca de su enemigo.
A lo que Zefón, devolviendo desprecio por desprecio, le contestó: «No juzgues, espíritu rebelde, que esa forma, en que tan menguado aparece tu esplendor, pueda darte a reconocer, pues no brillas ya en el Cielo inocente y puro, y estás muy distante de aquella gloria que ostentabas cuando eras fiel: ahora llevas impreso el crimen en tu semblante, y en la frente la lúgubre oscuridad de tu morada. Pero ven con nosotros, y no dudes de que tendrás que dar cuenta al que nos envía, a cuyo cargo está la custodia de este lugar inviolable y la incolumidad de esos dos seres que están durmiendo.»
De este modo habló el Querubín, y su grave y severa reprensión añadió invencible gracia a su juvenil belleza. Quedó confuso Satán; comprendió cuán incontrastable es el proceder recto, cuán amable en sí misma la virtud, y no pudo menos de dolerse de su pérdida, aunque más se dolió todavía de que tan visible fuese la decadencia de su esplendor; y sin embargo, no quiso mostrar apocamiento. «Si he de combatir, dijo, será como superior contra superior, con el que manda, no con el que es mandado, o con todos a la vez; que en esto me cabrá más gloria, o por lo menos no perderé tanto.» A lo que con valentía replicó Zefón: «El miedo de que estás poseído nos ahorrará de un empeño que el último de nosotros bastará a realizar contra ti, perverso, y contra tu impotente debilidad.»
Enmudeció el infernal príncipe al oír esto, devorando interiormente su rabia, como soberbio corcel, que al sentir el freno, salta irguiendo la cabeza y tascando el férreo bocado. Tan inútil le parecía la fuga como el combate; embargábale el corazón un temor que procedía de poder más alto, cuando nada le había hasta entonces intimidado. Iban acercándose al punto del occidente en que, terminada ya su excursión, volvían los ángeles y se congregaban para recibir nuevas órdenes; al frente de los cuales puesto Gabriel, su caudillo, con voz sonora les dijo así: «Por esta parte, amigos, oigo pasos acelerados, y descubro a Ituriel y Zefón en medio de la oscuridad. Con ellos viene otro de soberana apariencia, pero muy decaído de su brillantez, que por su arrogante ademán parece el príncipe del Infierno. Determinado se muestra, según su aspecto, a no salir de aquí sin empeñar combate. Preparaos, pues: en su hosco ceño trae pintada la provocación.»
No había acabado de decir esto, cuando acercándose los dos ángeles, le refieren sucintamente quién es aquel; dónde le habían hallado, cuál era su ocupación, y en qué forma y actitud había tratado de ocultarse; y dirigiéndole Gabriel una penetrante mirada: «¿Por qué, le preguntó, has traspasado los límites a que te ves reducido por tu crimen? ¿Por qué vienes a perturbar en su ministerio a los que no se han dejado llevar de tu detestable ejemplo, y tienen por lo mismo derecho y facultad para impedir tu temerario acceso a estos lugares? ¿No hay más que violar la tranquila morada de los que Dios ha establecido aquí y colmado de bendiciones?»
Y con sonrisa de menosprecio le respondió Satán: «Gabriel, en el Cielo tenías fama de perspicaz, y como tal te contemplaba yo; pero esas preguntas me hacen dudar de tu buen acuerdo. ¿Hay alguien que viva contento entre suplicios? ¿Hay quién, pudiendo, no anhele evadirse del infierno, aunque esté condenado a vivir en él? Por cierto debes tener que a estarlo tú, lo desearías, y atropellarías por todo con tal de hallar sitio, por lejano que fuese, libre de tanta penalidad, donde esperases trocar el dolor en alegría y en presto alivio, y los tormentos en bienestar. Esto es lo que aquí busco, y lo que tú, que nunca has experimentado males, sino venturas, no acertarías a comprender. ¿A qué me pones por delante la voluntad del que nos aprisiona? Que refuerce con más seguros reparos sus puertas de hierro, si ha de tenernos sumidos en sus lóbregos calabozos. Esto es cuanto tengo que responderte: por lo demás, la verdad te han referido: como esos te han dicho, me hallaron; lo cual, sin embargo, no implica violencia ni exceso alguno.»
A estas palabras dichas en tono desdeñoso, contestó el Ángel guerrero no menos intencionadamente: «¡Oh, qué dechado tan cabal de cordura se perdió el cielo el día que Satán fue arrojado de él! Fue arrojado de él por su insensatez; y llega ahora aquí fugitivo de su prisión y abrigando la grave duda de si debe o no tenerse por perspicaz al que le califica de temerario en invadir esta región, y traspasar los límites de aquella a que está condenado en el infierno: tan natural contempla el evadirse de sus tormentos y su castigo. Sigue en tu presunción, soberbio, hasta que la cólera que nuevamente suscitas con tu fuga descargue en ti siete veces, hasta que el azote que te haga volver a tus cadenas persuada a tu gran prudencia de que no hay castigo proporcionado a la infinita indignación que semejante culpa provoca. Pero ¿por qué vienes solo? ¿Por qué no te siguen tus huestes infernales? ¿Son los tormentos más llevaderos para ellos que para ti, y por esto no tratan de evitarlos? ¿O es que no cuentas tú con tanto valor para resistirlos? Pues, intrépido caudillo, que has sido el primero en librarte de tus tormentos: si hubieras manifestado a tus secuaces la causa de tu evasión al abandonarlos, seguramente no te hubieran dejado venir solo ni fugitivo.»
No pudo ya Satán reprimir su ira y exclamó: «Valor más que nadie tengo, ángel insolente, para soportar mis penas. Sobrado sabes que fui yo tu más terrible enemigo en aquella lid en que la fulminante furia del trueno vino tan presto en auxilio tuyo, en auxilio de tu lanza, que por sí no inspiraba temor alguno. Pero tus palabras, tan irreflexivas como siempre, muestran la inexperiencia en que estás de lo que debe hacer un caudillo fiel a su deber y aleccionado por los malos sucesos de su fortuna, que es no exponerlo todo a peligrosos trances, sino experimentarlos primero él mismo. Por esto he cruzado yo solo estos desiertos espacios, y venido a reconocer este mundo nuevamente creado, cuya fama no ha podido menos de llegar hasta los infiernos. Espero encontrar aquí morada más venturosa, y establecer en la tierra o en las regiones aéreas mis potestades proscritas, aunque para conquista tal fuese menester embestir otra vez contra ti y tus bienhadadas legiones; que más fácilmente os acomodáis a la servidumbre del Señor entronizado en los cielos, a entonar himnos en su alabanza y a incensarle de lejos, que a la dureza de los combates.»
Lo cual oído por Gabriel, prosiguió en estos términos: «Decir y desdecirse, encarecer primero el mérito de la fuga y desempeñar después el oficio de espía, no es propio de un caudillo, sino de un embaucador. ¿Cómo te atreves a suponerte fiel a tu deber? ¡Que así profanes el nombre, el sagrado nombre de tu fidelidad! Y ¿a quién eres fiel? ¿A tu rebelde muchedumbre? ¿A ese tropel de réprobos, dignos de ser mandados por tan digno jefe? ¿Consistía vuestra disciplina, la fe que jurasteis y vuestra obediencia militar en alzaros desleales contra el Poder supremo? Y por otra parte, falso hipócrita, que ahora te vendes por paladín de la libertad, ¿quién más lisonjero, más humilde y servil adorador que lo fuiste tú un día del invencible Rey de los cielos, sin duda con la esperanza de destronarle así mejor y empuñar su cetro? Pues, oye, y haz lo que te prevengo: sal de aquí, y huye al lugar de donde has salido; que si subsistes un momento más en estos sagrados confines, arrastrando y cargado de hierros te volveré a tu infernal mazmorra, y quedarás enclavado allí, de suerte que no te burles otra vez de las fáciles puertas del infierno, ya que tan débiles te parecen.»
Amenazole así; pero Satán le oía con indiferencia, y encendido en nuevo furor, repuso: «Cuando sea tu cautivo, querubín orgulloso, háblame de cadenas: ahora disponte a sentir el peso de mi poderoso brazo. Jamás te abrumó otro tal, ni aún cuando el Soberano celeste cabalgaba sobre tus alas, y uncido con otro como tú, acostumbrados al mismo yugo, tirábais de su carro triunfal, y andábais por los caminos del cielo empedrados de estrellas.»
Mientras esto decía, ardían en enrojecido fuego los angélicos escuadrones, y desplegando en circular ala sus falanges, le rodeaban, apuntándole con sus lanzas; como cuando en los campos de Ceres, maduras para la siega, se mecen las apiñadas espigas, inclinándose a uno y otro lado, según de donde se agita el viento; y el labrador las contempla con inquietud, temiendo que todos aquellos haces en que cifra su mayor logro, no vengan a convertirse en inútil paja.
Alarmado Satán en vista de aquella actitud, hizo sobre sí un esfuerzo y dilató sus miembros hasta adquirir las desmedidas proporciones y fortaleza del Atlas o el Tenerife. Toca su cabeza en el firmamento, y lleva en su casco el Horror por penacho de su cimera; ni carece tampoco de armas, dado que empuña una lanza y un escudo. Tremenda lid se hubiera suscitado entonces, que no solo el Paraíso, sino la celeste bóveda hubiera conmovido en torno, y aun puesto en grave conflicto todos los elementos a impulsos de choque tan irresistible, si previniendo aquella catástrofe, no hubiera el Omnipotente suspendido en el cielo su balanza de oro, que desde entonces vemos brillar entre Astrea y el Escorpión. En aquella balanza había pesado Dios todo lo creado, la tierra esférica en equilibrio con el aire; y ahora pesa del mismo modo los acontecimientos, la suerte de las batallas y de los imperios. Puso a la sazón en contrapeso el resultado de la fuga y el del combate, y el segundo subió rápidamente hasta dar en el fiel que lo señalaba; y entonces dijo Gabriel a su Enemigo:
«Conozco, Satán, tus fuerzas, como tú conoces las mías: ni unas ni otras nos pertenecen; Dios nos las ha prestado. ¡Qué insensatez jactarnos de lo que han de hacer nuestras armas, cuando no hemos de llegar sino a lo que permita el cielo! Tu poder es el que él consiente; el mío a la sazón doble, para que yazcas a mis pies, como cieno que eres. Y si de ello quieres tener una prueba, mira allá arriba, y leerás tu suerte en el celeste signo donde se pesa, donde se muestra cuán liviana y débil sería la resistencia.»
Miró en efecto Satán, y vio cuán desfavorable le era el movimiento de la balanza. No esperó más; huyó, lanzando denuestos, y en pos de él huyeron las nocturnas sombras.
No esperó más, y huyó lanzando denuestos.
Incorporose para fijar mejor su mirada en aquella hermosura.