Ocultose el perverso reptil en la espesura del bosque...
«¡Oh árbol soberano, en quien tan alta virtud reside, el más precioso de todos los del Paraíso! ¡Que siendo tu bendito fruto la sabiduría, haya estado hasta hoy oscurecido, menospreciado, pendiente de ti y creado sin utilidad alguna! Todos los días, al venir la aurora, te visitaré y aligeraré tus ramas del fértil peso de que están cargadas, y con que brindas a todos tan liberalmente; hasta que, alimentada por ti, adquiera suficiente caudal de ciencia para igualarme a los dioses, a esos dioses dotados del conocimiento de todo, y que envidian a los demás lo que ellos no pueden concederles; que si fuesen suyos los dones que tú das, seguramente no brillarías aquí. Y ¡cuán reconocida ¡oh experiencia! no debo estarte desde que eres mi mejor guía! Por no seguirte, he estado hasta hoy sumida en la ignorancia; mas ya me abres el camino de la ciencia y me introduces en el asilo más recóndito en que se oculta. Yo quizá estoy oculta también: el cielo está tan alto, que desde su remota esfera no se perciben distintamente las cosas de acá abajo, y tal vez distraído en otros cuidados nuestro gran Legislador, confía su continua vigilancia a los ministros que le rodean.
»Pero ¿cómo compareceré ahora yo en presencia de Adán? ¿Le daré conocimiento de la mudanza que hay en mí, le haré partícipe de toda mi felicidad, o me reservaré la ciencia que he adquirido sin comunicársela? Esto postrero añadirá a mi sexo lo que le falta, acrecentará su amor, y me hará igual a él, y acaso superior, que sin duda es preferible; porque mientras sea inferior ¿qué libertad disfruto? Esto es lo que conviene. Mas ¿y si me ha visto Dios? ¿Y si me aguarda la muerte? ¡Quedar privada de la existencia! ¡Adán entonces se uniría a otra Eva, y faltando yo, sería feliz con ella! De solo pensarlo me siento ya morir. ¡No: llevaré a cabo mi resolución! Adán me acompañará en la prosperidad o en el infortunio. Le amo con tal ternura, que arrostraré con él todas las muertes, porque vivir sin él no sería vida.»
Y diciendo esto, se apartó del árbol para alejarse, pero antes hizo una profunda reverencia al poderoso ser que residía en él y le infundía la savia de la ciencia, de que manaba el néctar, alimento de los dioses.
Adán, en tanto que impaciente esperaba su vuelta, de las más selectas flores había tejido una guirnalda para adornar los cabellos de la que merecía ver coronadas sus tareas campestres, como cuando los labradores ofrecen una corona a la reina de sus sembrados. Recreábase en mil alegres pensamientos y en el placer con que volvería a verla después de tan larga ausencia, y sin embargo, algo de funesto presentía a veces su corazón en los desiguales latidos con que palpitaba; y así se adelantó a aguardarla, siguiendo el camino que había tomado al separarse de él. Conducía este al árbol de la ciencia, y la encontró a poco de haberle ella dejado. Vio que llevaba en la mano una rama llena de hermosos frutos, cubiertos de brillante vello y que difundían en torno la fragancia de la ambrosía. Apresurose Eva a llegar; antes de hablar, expresaba en el rostro su disculpa y la defensa de su tardanza, y con las cariñosas palabras de que sabía usar, le dijo de esta manera:
«Adán ¿has extrañado mi larga ausencia? ¡Cuánto te he echado de menos! y separada de ti ¡qué lento me ha parecido el tiempo! Agonía de amor semejante, no la he experimentado nunca, ni la experimentaré otra vez, porque no volveré a exponer mi inexperiencia y temeridad al tormento que he sentido en estar lejos de ti; pero el motivo ha sido tal, que te admirarás de oírlo.
»Este árbol no es, como nos habían dicho, peligroso por sus frutos, ni son estos origen de males desconocidos: todo lo contrario; producen un divino efecto, abren los ojos a una nueva luz, y convierten en dioses a los que los prueban, como he tenido ocasión de verlo. La sabia serpiente no está sometida al precepto que nosotros, o no se ha sometido a él: ha comido de este fruto, y en vez de hallar la muerte, que a nosotros nos amenaza, ha adquirido desde luego el habla humana, el discurso humano, y raciocina que es un asombro. Sus persuasiones me han convencido de suerte, que yo también he comido, y he experimentado cuán verdaderos son los efectos: se han abierto mis ojos, cerrados antes; se ha engrandecido mi espíritu, ensanchado mi corazón, y yo elevádome a la divinidad; divinidad que anhelo principalmente para ti, y que sin ti no apetecería; porque la ventura, si tú no participas de ella, no me haría a mí venturosa, y el disfrutarla sin ti engendraría en mí hastío y aborrecimiento. Gusta pues de este fruto, para que permanezcamos los dos unidos, y sea igual nuestra suerte, igual nuestro gozo y nuestro amor igual. Si no lo haces, nuestra condición no será la misma; nos veremos separados, y aunque yo renuncie por ti a la divinidad, quizá sea tan tarde, que el destino no lo consienta ya.»
Con tan lisonjeras expresiones refería Eva lo acaecido, pero en sus mejillas se notaba cierto tinte de rubor. Adán, por su parte, al oír tan funesta declaración, quedó sorprendido y anonadado; helósele la sangre en las venas, y corrió por todos sus miembros un estremecimiento. Sus manos privadas de acción dejaron caer la guirnalda que tenía preparada para Eva, cuyas flores, esparcidas por el suelo, se marchitaron. Permaneció algún tiempo confuso y mudo, hasta que por fin rompió el silencio, empezando por decirse a sí mismo:
«¡Oh hermoso ser, obra la más acabada y perfecta de la creación, criatura en quien Dios apuró para deleite de los ojos y el pensamiento cuanto hay de santo y divino, de bueno, de afectuoso y de encantador! ¡Que así te hayas perdido! ¡Que en un instante te veas en tan miserable estado, postrada, envilecida y condenada a muerte! ¿Cómo has podido resolverte a infringir tan estrecho mandamiento, y a tocar con sacrílega mano el fruto prohibido? Algún falaz artificio de un enemigo a quien no conocías te ha seducido y causado tu perdición y la mía, porque yo estoy resuelto a morir contigo. Privado de ti ¿cómo he de vivir? ¿Cómo renunciar a tu dulce compañía, al amor que tan estrechamente nos une, ni sobrevivirte en la soledad de estos salvajes bosques? Porque aunque Dios crease otra Eva, producida nuevamente de mi costado, jamás te apartarías tú de mi corazón. No, no: la naturaleza me encadena a ti con indisoluble lazo. ¡Eres la carne de mi carne, el hueso de mis huesos, y en la prosperidad como en el infortunio, mi suerte será siempre la tuya!»
Y profiriendo estas palabras, como quien recobrado de un profundo desmayo, y después de luchar con mil opuestos pensamientos, se somete a lo que le parece irremediable, así con tranquilo ánimo se volvió a Eva añadiendo:
«¡Qué acción tan temeraria has cometido, irreflexiva Eva, y qué peligro tan grande has arrostrado, no solo al poner tus ojos en el fruto prohibido, prohibido tan terminantemente, sino lo que es mucho más, en gustar de él cuando nos estaba vedado hasta tocarlo! Pero ¿quién puede anular lo pasado, y no hacer lo que ya se ha hecho? Ni Dios con todo su poder, ni aun el mismo Hado. Quizá no morirás por esto: quizá tu acción sea menos vituperable, por haber gustado antes y profanado ese fruto la serpiente, haciéndolo común a los demás y privándole de su carácter sagrado. Y si para ella no ha sido mortal, sino que vive, y vive, según dices, adquiriendo la vida del Hombre, indicio es muy favorable para nosotros, que con este alimento podemos obtener una superioridad proporcionada a nuestra naturaleza, que necesariamente será de dioses, de ángeles o de semidioses. Ni me resuelvo yo a creer que Dios, sabio Creador, aunque nos haya amenazado con la muerte, quiera destruirnos tan pronto, siendo sus criaturas predilectas y habiéndonos elevado a tanta dignidad sobre todas sus demás obras: las cuales después de haber sido hechas para nosotros perecerían, porque dependen de nuestra, suerte. ¿Ha de ponerse Dios en contradicción consigo mismo, deshaciendo hoy lo que ayer hizo, y perdiendo el fruto de sus trabajos? ¿Puede concebirse, aunque en su mano esté repetir su obra, que así quiera aniquilarnos? Daría lugar al triunfo de su adversario, y a que dijese este: «Efímera es la condición de los que más han merecido el favor divino. ¿Quién está seguro de disfrutarlo largo tiempo? Primero me destruyó a mí; ahora a la raza humana; ¿a quién le tocará luego?» Ocasión que no debe darse nunca a un enemigo para que así se mofe. Mi suerte, pues, está identificada con la tuya; la misma sentencia ha de alcanzar a ambos: si muero contigo, será para mí la muerte como la vida. Tan fuertes son los lazos con que la Naturaleza ha unido los sentimientos de mi corazón a mi existencia propia: mi existencia eres tú, porque mío es cuanto tú eres: nuestra condición no puede ser distinta; los dos somos uno solo, una sola carne: perderte a ti, será tanto como perderme yo a mí mismo.»
Y a este razonamiento, respondió así Eva: «¡Oh prueba insigne de un extremado amor, testimonio ilustre, y sublime ejemplo, que me obliga a imitarte! Destituida de tu perfección ¿cómo he de lograrlo, Adán? Yo, que me envanezco de haber salido de tu costado, ¿cómo no he de regocijarme al oírte hablar así de nuestra unión, y al ver que formamos ambos un solo corazón, un alma sola? Bien lo muestras en este día, al declarar que antes que la muerte, o cosa más temible que la muerte pueda separarnos, estás resuelto, llevado de tu entrañable amor, a seguirme en mi falta, y aun en mi crimen, si crimen hay en gustar de este hermoso fruto, cuya virtud (pues el bien procede siempre del bien, sea directa, sea accidentalmente) me ha suministrado esta preciosa prueba de tu amor, que sin ella, quizá no hubiera llegado a manifestárseme tan inmenso. Y si yo hubiera creído que la muerte con que se nos amenaza había de ser la consecuencia de mi temerario intento, yo sola hubiera arrostrado este castigo, sin tratar de exponerte a él; porque antes morir abandonada, que obligarte a una acción contraria a tu sosiego, sobre todo después de la completa seguridad que tengo de un cariño tan verdadero, tan profundo, tan incomparable. Yo siento en mí efectos muy distintos; no la muerte, sino una vida más grande, una vista más perspicaz, otras esperanzas, otros goces y un deleite tal, que cuantos placeres han halagado hasta ahora mis sentidos me parecen insípidos y hasta ingratos. Come, pues, siguiendo mi ejemplo, Adán, sin reparo alguno, y da al viento esos mortales temores.»
Estas palabras acompañó con un estrecho abrazo, e inundados sus ojos en lágrimas de alegría. No podía ser mayor su satisfacción, viéndose objeto de un amor que arrostraba por ella la divina cólera o la muerte; y en recompensa (porque a complacencia tal era lo que correspondía) presentó con pródiga mano a Adán los apetitosos frutos pendientes de su rama, que él no tuvo escrúpulo en comer contra lo que su razón le sugería, porque no obraba ofuscado, sino seducido por una mujer encantadora.
La tierra temblaba en tanto, alterada hasta en sus más profundos senos, como acometida de un nuevo vértigo, y la Naturaleza prorrumpió en un segundo gemido. Oscureciose el firmamento; rugió sordamente el trueno, y el cielo vertió algunas tristes lágrimas al consumarse aquel pecado que en su origen llevaba ya la muerte; mas nada de esto advirtió Adán, embebecido en saborear el funesto fruto. Ni Eva temió reincidir en su atrevimiento, doblemente animada por la complicidad de su compañero; así que embriagados ambos como con un vino nuevo, se entregaron al más frenético regocijo, imaginándose sentir ya en sus pechos el aliento de la divinidad, que los levantaba sobre la despreciable tierra. Pero aquel fruto engañoso comenzó a despertar en ellos por vez primera otros afectos, encendiéndolos en lúbricos deseos: Adán miró a Eva con lascivos ojos; ella le correspondió con voluptuoso agrado, y en ambos prendió el fuego de la lujuria. Él empezó a provocarla así:
«Ahora descubro, Eva, de cuán delicado gusto, de qué gentileza estás dotada, que no es pequeña parte de la sabiduría, pues ahora distinguimos de sabores, y tenemos un buen juez en el paladar. Pero a ti es debida toda la gloria que me has proporcionado en semejante día. ¡Oh! ¡qué de placeres hemos perdido, absteniéndonos de este delicioso fruto! Hasta hoy no sabíamos lo que es verdadero gusto; y si tal deleite tienen en sí las cosas que se nos prohíben, debiéramos desear que la prohibición se extendiera a diez árboles en vez de uno. Ven, pues; gocemos, ya que es nuestro tanto bien, del inefable placer que este nuevo alimento nos promete. Jamás, desde que te vi por primera vez y me desposé contigo, me ha parecido tu hermosura ornada de tanto encanto, ni he sentido deseos tan vehementes de gozar de tu belleza, que me enamora como nunca: influencia sin duda de la virtud de ese árbol.»
Añadió a estas palabras acciones y miradas que indicaban la impaciencia de su amor. No era menor la de Eva, cuyos ojos despedían el fuego que la devoraba. Asiola él de la mano, y sin resistencia alguna la condujo a un verde ribazo cubierto por una espesa enramada que daba sombra a un lecho de flores, pensamientos, violetas, gamones y jacintos, el más fresco y muelle regazo de la tierra. Apuraron allí sin tasa sus amorosas ansias y delicias, sellando su mutuo crimen y desquitándose de su pecado, hasta que vencidos por el estupor del sueño, hubieron de renunciar a sus voluptuosos goces.
Luego que fue perdiendo aquel falso fruto la virtud con que sus suaves y penetrantes aromas habían embriagado sus espíritus y pervertido sus más íntimas facultades, desvaneciéndose el impuro letargo de un sueño que les había representado al vivo la enormidad de su falta, se levantaron desasosegados, se miraron uno a otro, y vieron cuán distinto se ofrecía todo a sus ojos, y cuán oscura niebla cubría sus corazones. Había huido de ellos la inocencia, que los preservaba del conocimiento del mal, ocultándoselo como con un velo; la confianza sincera, la rectitud natural y el honor, lejos ya de su lado, dejaban expuesta su desnudez a la criminal vergüenza que los cubría; pero al que la vergüenza cubre con su máscara, le descubre más. Como el valeroso Danita[99], el hercúleo Sansón, que al desasirse de los torpes brazos de la filistea Dalila, despertó ya privado de su fuerza, volvieron ellos en sí destituidos de todas sus virtudes; y confusos y silenciosos, permanecieron sentados, contemplándose largo tiempo, sin atreverse a proferir palabra; hasta que Adán, aunque tan abatido como Eva, prorrumpió al fin en sentidas quejas, diciendo:
«¡Oh Eva! ¡En mal hora diste oídos a aquel falso reptil, que nunca hubiera aprendido a remedar la voz humana! Veraz habría sido en pronosticar nuestra desgracia, no en prometernos una mentida elevación, porque si se han abierto nuestros ojos, y sabemos discernir ya lo bueno de lo malo, hemos perdido el bien, y solo nos queda el mal. ¡Funesto fruto de la ciencia, si consiste en conocer esto, en dejarnos así desnudos, privados de nuestro honor, de la inocencia, de la fe y de la pureza, que eran nuestro mejor ornato, ahora manchadas y envilecidas! En nuestros rostros aparecen evidentes las huellas de la insensata concupiscencia, origen de nuestros males y nuestra vergüenza, que es el mayor de todos; que en cuanto a la pérdida del bien, no debe quedarte la menor duda. Y ¿cómo osaré yo ahora ponerme en presencia de Dios o de los ángeles, a quienes veía antes con tanto júbilo y enajenamiento? Sus celestiales figuras anonadarán con su irresistible esplendor esta materia terrestre. ¡Oh! ¡Si pudiera ocultar mi salvaje existencia en la soledad, en el más oscuro rincón, al abrigo de árboles gigantescos, impenetrables a la luz del sol y de los astros, y entre las tinieblas de una oscuridad más profunda que la de la noche! ¡Encubridme vosotros, pinos; tapadme ¡oh cedros! con vuestras innumerables ramas, donde jamás vuelva a ser visto! Pero, no: en tan miserable estado, pensemos qué arbitrio será el mejor por de pronto para ocultar uno a los ojos de otro lo que nos causa mayor vergüenza, lo que más repugnante es a nuestra vista. Busquemos un árbol cuyas anchas y flexibles hojas unidas entre sí y rodeadas a nuestra cintura, nos preserven de esta vergüenza, que en lo sucesivo ha de acompañarnos siempre, para que no nos dé continuamente en rostro con nuestra impureza.»
Y no solo acudieron las lágrimas a sus ojos...
Y practicando el consejo, internáronse ambos en lo más espeso del bosque, y eligieron al efecto la higuera; mas no la que nosotros apreciamos con este nombre y por su celebrado fruto, sino la conocida hoy entre los indios, en la costa de Malabar, o en el Decán, de ramas tan anchas y dilatadas, que colgando hasta el suelo y prendiendo en él, como hijas que crecen alrededor de su madre, forman pilares, bóvedas y muros, dentro de los cuales resuena el eco; donde el pastor indio, huyendo del sol, busca la fresca sombra, y por entre los claros del ramaje vigila a su ganado mientras está pastando[100].
Cogieron aquellas hojas, anchas como el escudo de una amazona, y con el arte que ya sabían, las juntaron y ciñeron a sus riñones: inútil precaución, si así querían ocultar su crimen y librarse de la vergüenza que los acosaba. ¡Oh! ¡cuán menguado reparo, en comparación de su primitiva y gloriosa desnudez! Tales halló en los últimos tiempos Colón a los americanos, cubiertos con una faja de plumas, desnudo lo restante del cuerpo, y viviendo como salvajes en sus islas y entre los bosques de sus playas.
Así disfrazados, y creyendo encubrir así parte de su vergüenza, mas no por eso más tranquilos ni consolados interiormente, se sentaron para desahogarse en llanto; y no solo acudieron las lágrimas a sus ojos, sino que se desencadenó una tempestad furiosa en el fondo de sus corazones; lucha de violentos afectos, de ira, odios, desconfianzas, sospechas y discordias, todos perturbando a la vez lo más íntimo de sus ánimos, en otro tiempo morada pacífica y apacible, y al presente llena de agitaciones y sobresalto. No les servía ya de guía la inteligencia, ni la voluntad se prestaba a sus persuasiones; eran esclavos del apetito sensual, que usurpándoles, a pesar de su inferioridad, la soberanía de la razón, se alzaba con su dominio. En este estado de excitación, torva la mirada y temblorosa la voz, dirigió de nuevo Adán la palabra a Eva:
«¡Oh! ¡Si hubieras dado oído a mis palabras, y permanecido a mi lado como te lo rogué, en la infausta hora que te asaltó el necio afán de vagar por esos campos, sugerido no sé por quién! Éramos hasta entonces dichosos; no nos veíamos, como ahora, imposibilitados de todo bien, infamados, desnudos, miserables... Que de hoy más nadie pretenda con frívolos pretextos poner a prueba su fidelidad: quien con tal empeño solicita verse en semejante trance, muy expuesto está a perecer en él.»
Y sentida Eva de esta reconvención, le replicó: «¿Qué severidad de lenguaje estás empleando, Adán? ¿A mi insensatez, o al capricho de vagar por esos campos, como dices, atribuyes nuestro infortunio? ¿Quién sabe lo que hubiera acontecido aun estando tú presente, y lo que hubieras tú mismo hecho? Aquí, de igual suerte que allí, no hubieras sospechado la falacia de la Serpiente, al oírla hablar como hablaba, mucho más no mediando entre nosotros y ella motivo alguno de enemistad, ni temor de que quisiese hacerme mal, o idease cómo perdernos. ¡Que no debía separarme de tu lado! ¡Bueno sería yacer siempre inerte como una costilla inanimada! Siendo así, ¿por qué tú, que eres mi superior, no me prohibiste terminantemente el alejarme, dado que me exponía al riesgo que encareces tanto? Lejos de contrariarme, no opusiste dificultad; no lo permitiste y lo aprobaste, despidiéndote de mí cariñosamente. Si te hubieras mantenido firme y resuelto en tu negativa, ni yo hubiera faltado a mi deber, ni tú ahora serias mi cómplice.»
Adán, irritado por vez primera: «¡Eva ingrata! exclamó: ¿Este es tu amor? ¿Así correspondes al mío, que has visto inalterable cuando tú estabas perdida, y yo a salvo aún? ¿No he podido yo vivir y gozar de inmortal ventura, sin arrostrar contigo la muerte voluntariamente? ¿Y me acusas de ser la causa de tu culpa, y crees que no fui bastante severo en lo que te permití? ¿Qué más podía yo hacer? Te advertí, te aconsejé, te predije el riesgo a que te exponías, y que un enemigo oculto estaba acechando para tender sus lazos. Llevar más allá mi celo, hubiera sido violentarte, y emplear la violencia contra el que es libre, es un proceder indigno. La confianza es la que te ha cegado, la seguridad que abrigabas o de que no corrías peligro alguno, o de que saldrías triunfante de cualquier empeño. Acaso yo erré también cuando admirando más de lo justo lo que me parecía en ti tan perfecto, imaginé que ningún mal se atrevería a llegar hasta ti. Bien pago mi error ahora, que se ha convertido en crimen. ¿Y tú eres mi acusadora? Este castigo merece quien por confiar demasiado en la excelencia de la mujer, la deja ejercer imperio; que contrariada, romperá el freno, y entregada a su albedrío, cuando algún daño le sobrevenga, su primer impulso será acusar al hombro de débil e indulgente.»
Así pasaban infructuosamente el tiempo en mutuas reconvenciones; ninguno de los dos se culpaba a sí propio, pareciendo interminables sus estériles altercados.