The Project Gutenberg eBook of La vuelta al mundo de un novelista; vol. 3/3

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Title: La vuelta al mundo de un novelista; vol. 3/3

Author: Vicente Blasco Ibáñez

Release date: April 24, 2022 [eBook #67917]

Language: Spanish

Original publication: Spain: Prometeo, 1925

Credits: Chuck Greif, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net

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AL ÍNDICE

LA VUELTA AL MUNDO,
DE UN NOVELISTA


Vicente BLASCO IBAÑEZ

LA VUELTA AL MUNDO,
DE UN NOVELISTA

TOMO III



INDIA.—CEILÁN.—SUDÁN.—NUBIA.—EGIPTO


PROMETEO
Germanías, 33.—VALENCIA
(Published in Spain)
1925

Es propiedad.—Reservados todos
los derechos de reproducción, traducción
y adaptación.

Copyright 1925, by V. Blasco Ibáñez.

LA VUELTA AL MUNDO, DE UN NOVELISTA

I

LA CAPITAL DE BENGALA

Servidumbre de los hoteles de Calcuta.—Cuervos y chacales.—El «Agujero Negro».—Las vacas sagradas.—El toro, igual al hombre.—Casamientos infantiles.—Devotos de Siva y sacrificio sangriento á Kali «la Negra».—El árbol-bosque.—La fiesta anual de las serpientes.—Los «sapwallas» de Calcuta.—El faquir color de vino y sus juegos extraordinarios.—Lo que sacó de una de mis solapas, haciéndome saltar atrás, con gran parte del público.

El Gran Hotel de Calcuta es enorme, complicado y feo como un cuartel. Sus dueños sucesivos han ido abriendo puertas y lanzando galerías hasta posesionarse de todas las casas de la manzana. Sus habitantes tenemos que orientarnos para ir de un extremo á otro, subiendo y bajando escaleras, atravesando salones interminables de altísimo techo, perdiéndonos á continuación en un laberinto de piezas, exiguas y tortuosas.

En su piso bajo hay bazares, abundantes en ricas telas indostánicas, pieles de tigre real, muebles de nácar y maderas preciosas. Los comedores son amplios y sonoros como naves de iglesia. Para llegar á la remota ala donde tengo mi habitación debo atravesar varios patios, cuyo centro está ocupado por kioscos. Arriba, dormitorios y corredores, con paredes enjalbegadas de cal amarillenta, tienen un aspecto miserable y triste de cárcel.

Dichos corredores se hallan habitados por una población indígena, que come, vive y duerme sin salir de ellos con pretexto de servir á los huéspedes. Todos los que residen en Calcuta largo tiempo mantienen criados propios, para su servicio, además de los del hotel. La domesticidad es floja en su trabajo, pero en cambio, cuesta poco á los amos. El criado recibe quince rupias al mes y se procura á su modo el alimento y la cama. Todos duermen en los pasillos, ante las puertas de sus dueños, en compañía de los otros servidores que pertenecen al establecimiento. De noche, para llegar á mi dormitorio, paso entre dos filas de indostánicos negruzcos, con grandes turbantes y ojos de brasa, que miran con una fijeza enigmática. Algunos, cansados de dormir en cuclillas, acaban por tenderse á través del pasillo, y hay que ir saltando sobre sus cuerpos.

La domesticidad femenina, igualmente numerosa, se refugia en lugares menos frecuentados y duerme conservando su traje, parecido al de las Madonas de la pintura italiana, larga túnica con ribetes de galón plateado y un velo de idéntico adorno que las envuelve todo el cuerpo y acaba cubriendo su cabeza. Aunque sean pobres, llevan cargados los brazos con múltiples pulseras de pesado metal blanco y un botón de plata incrustado en la nariz ó una mejilla. Estas hembras de tez obscura, ojos enormes y exagerada delgadez que hace pensar en la línea escurridiza de la anguila, apenas las ve el viajero mientras vive en el hotel; mas así que intenta marcharse, empiezan á surgir de corredores y puertas. Forman en dos alas, uniéndose á la otra tropa de domésticos masculinos, todos sin zapatos, con calzoncillos blancos y gran turbante; se inclinan llevándose una mano á la frente, murmuran saludos que parecen oraciones, y hay que ir repartiendo monedas de níquel á un lado y á otro, pues las hospederías indostánicas, por importantes que sean, más bien parecen asilos, donde cada cliente debe costear el sustento de numerosos criados inútiles.

Cuando llega el lavandero para entregar la ropa, ó se presenta un vendedor de objetos del país, toda la chusma instalada en el pasillo se cuela tranquilamente en la habitación, dando sus opiniones, como si alguien les hubiese llamado, hablando á un tiempo en su lengua, con algunas palabras inglesas que resultan igualmente ininteligibles. Tal vez son buenas gentes, pero su aspecto resulta inquietante. El misterio del alma indostánica, tan confusa para nosotros, brilla en sus pupilas, que son negras y saltonas, sobre córneas amarillentas. Gritan, manotean, se echan encima del viajero con el impulso de su vehemencia verbal, y éste acaba casi siempre por enfadarse, empujándolos al pasillo, donde continúan vociferando.

Abajo, en comedores y salones á estilo occidental, el doméstico lleva levitón blanco, faja roja y turbante igualmente inmaculado, aproximándose con discreta elegancia á los huéspedes merced al resbalador silencio de sus pies descalzos. Arriba, en los diversos pisos, pulula la servidumbre á estilo indígena, con calzoncillos astrosos y un trapo arrollado á la cabeza por toda vestidura, la cara hollinada, cobriza, de palidez amarillenta ó blanca como la nuestra, y todos ellos mirando en torno ávidamente, cual si esperasen un descuido del viajero para llevarse algo.

Otros parásitos tienen los hoteles de Calcuta: los cuervos. He dicho repetidas veces que este volátil es el eterno habitante de todos los cielos de Asia, pero en Calcuta se ve más protegido y respetado que en las otras ciudades del viejo mundo. Su crocitar estridente resuena en patios y tejados desde la aurora á la puesta del sol. Todos los cuartos del hotel tienen ventanas enormes. Más que ventanas son vidrieras iguales á las de un estudio de pintor, y ante su muro transparente pasan y repasan las sombras de centenares de alas negras imitando el jugueteo de una banda de palomas.

Al instalarse el viajero, lo primero que le advierten es que no deje sobre las mesas su reloj, su anillo, los gemelos de su camisa y otros objetos brillantes. Los cuervos penetran en las habitaciones, lo mismo que la población doméstica acampada en los pasillos, y se llevan en el pico ó las garras todas las cosas metálicas, indistintamente. El lector pensará que contra este peligro hay el simple remedio de tener cerrada la vidriera, pero ignora que los indostánicos desean evitar molestias á todo animal, hasta á los más pequeños, y para que el cuervo no sufra el tormento de dar empujones inútiles á esta pared luminosa y dura, han tenido la previsión de dejar sin cristal uno de los cuadros superiores de la ventana. De este modo, el pajarraco que se nutre en los campos de animales muertos y otras inmundicias entra y sale en vuestro dormitorio graciosamente, lo mismo que un loro ó un ave del Paraíso.

Mientras estoy en el baño, sigo las evoluciones de cierto cuervo pardo, ágil, no muy grande, que pasea por mi habitación como en terreno propio. Deben haberse repartido equitativamente el disfrute de las piezas del hotel todas estas bestias poco atractivas que aletean en torno al patio ó descansan formando hileras sobre el filo de los tejados. El que monopoliza mi habitación se ha colocado en el rectángulo sin cristal, con las garras sobre el borde de madera, medio cuerpo hacia el exterior, para platicar con sus compañeros desafinadamente, mientras su mitad posterior eriza las plumas y deja caer rítmicamente dentro de mi cuarto las superfluidades hediondas de su digestión.

El indo que dormita en cuclillas al otro lado de la puerta se encargará de borrar este ultraje, gracias al sagrado respeto que le inspiran todos los seres vivientes. Estos servidores son incapaces de matar los parásitos albergados en la cama, y si encuentran debajo de ella un escorpión, una araña peluda ó una serpiente, se apartarán para abrirles paso, rogándoles que se vayan con palabras corteses. Todos somos hijos de Brahma, y nos debemos mutuo respeto.

Más de una vez se han llevado los cuervos sortijas y otras alhajas femeninas mientras sus dueñas estaban en el baño. Cuando ocurre esto, los criados más expertos del hotel celebran consejo; adivinan por la habitación qué cuervo puede haber realizado el robo y en qué árbol de la inmediata avenida acostumbra á refugiarse cuando se siente aburrido de su vida en los tejados. Y lo extraordinario es que casi siempre acaban estos adivinos descalzos y con turbante por encontrar el objeto robado en alguno de dichos escondrijos.

Resulta más visible aquí que en otras ciudades de la India el rudo contraste entre los adelantos de la colonización inglesa, superficiales y brillantes como una capa de barniz, y las tradiciones del pueblo indostánico, que llevan una existencia de miles de años. El virreinato británico, establecido en Calcuta hasta hace poco, llenó la capital bengalí de edificios oficiales y paseos á imitación de los de Inglaterra. Con motivo del jubileo de la reina Victoria fué construído el «Victoria Memorial», palacio de mármol blanco, á imitación del famoso Taj Maal de Agra, que parece de lejos una pequeña montaña de estearina flanqueada de arboledas. Todos los jardines tienen extensos prados de césped, como los de Londres, siendo difícil y costoso mantener su frescura en esta tierra solar. Los ingleses de Calcuta, olvidando las diferencias geográficas, se entregan en estos jardines á sus deportes nacionales, á las mismas horas que sus compatriotas de Europa, sin miedo á una insolación fulminante.

El lugar histórico más célebre de Calcuta es el llamado Black-Hole («Agujero Negro»). En 1756 un nabab de Bengala se sublevó contra los ingleses para librar á su país de la rapaz Compañía de las Indias (la «vieja dama de Londres», como la llamaban sus víctimas), consiguiendo apoderarse de Calcuta. Ciento cuarenta y siete defensores de la ciudad, al rendirse después de largo combate, quedaron encerrados por los vencedores en un pequeño subterráneo. Esto fué á las ocho de la noche y en verano. El calabozo de piedra tenía dos ventanillos nada más, con espesas rejas que sólo dejaban filtrar una cantidad mezquina de aire. A las dos horas de permanecer hacinados en dicha prisión, los ciento cuarenta y siete ingleses empezaron á pedir socorro. Todos sentían los tormentos de la asfixia y la sed. Se desnudaron para librarse del calor de este encierro tropical; bebieron el propio sudor para apagar su sed. Los que se dejaban caer en el suelo morían sofocados minutos después. Los más fuertes se abrieron paso para situarse junto á los ventanillos, disminuyendo con ello la escasa entrada de aire. Tan alta era la temperatura, que los cadáveres de los caídos entraban inmediatamente en putrefacción. Las cabezas aglomeradas en los respiraderos proferían insultos contra los centinelas indostánicos y sus jefes, con la esperanza de recibir un balazo que diese fin á sus angustias.

Toda la noche duró tal suplicio. Cuando al amanecer entraron en el «Agujero Negro» los oficiales del nabab, solamente vieron veintitrés prisioneros con vida de los ciento cuarenta y siete encerrados ocho horas antes, pereciendo á los pocos días la mayor parte de los supervivientes.

Al reconquistar Calcuta los ingleses, el Black-Hole fué demolido, y ahora en su antiguo solar se alza un edificio que conmemora este episodio horripilante.

En ciertos barrios, la forma de las calles, el indumento de los transeuntes, las fachadas de los edificios, nos hacen pensar que vivimos en una capital de provincia inglesa. Mas así que cierra la noche, la más grande de las ciudades de la India pierde su cáscara europea y la yungla vecina vuelve á invadirla hasta que resurge el sol.

Durante mi primera noche en el Gran Hotel, situado frente al más céntrico de los jardines de Calcuta, fué interrumpido mi sueño muchas veces por el continuo ladrar de numerosos perros vagabundos. Era un ladrido nuevo para mí, que me hizo suponer la existencia de una raza de perros indostánicos completamente desconocida fuera del país. A la mañana siguiente, mis amigos calcutanos rieron cuando les pedí explicaciones sobre estos animales de incansable aullido.

Los chacales se introducen por la noche en la ciudad, para buscar su alimento en los montones de basura, disputándose luego las presas. Un joven comerciante español, residente hace años en Calcuta, vino algunas veces á conversar conmigo hasta pasada la media noche, y siempre encontró al marcharse, en las inmediaciones del hotel, alguno de estos chacales urbanos, lo que no representa para los que conocen el país una vecindad inquietante. Los trasnochadores de Calcuta tropiezan frecuentemente con estos perros salvajes, que gruñen de sorpresa ante el europeo y acaban por huir. Saben que el blanco no siente por ellos el respeto del indostánico y puede agredirles aunque se muestren algo domesticados por sus frecuentes visitas á la ciudad.

De día otras bestias dificultan el tránsito en las calles populares. Son los toros y vacas sagrados, que viven á expensas del vecindario y nadie puede molestar.

Los habitantes de una calle poseen uno ó varios de dichos animales, viendo con cierta vanidad cómo se pasean lentamente por sus dominios. Son gordos, lustrosos, se mueven con una torpeza majestuosa, y parecen animados de maligna inteligencia para hacer sentir á las personas su calidad de animales santos. Doblando sus patas para descansar, se atraviesan en la acera y no dejan sitio al transeunte, obligándolo á descender al arroyo. Otras veces quedan inmóviles en medio de la calle, y automóviles y carretas detienen su marcha hasta que la bestia sagrada, casi siempre de pelaje blanco y cuernos breves, se decide á apartarse, convencida por los gritos cariñosos y los razonamientos de sus adoradores.

Nadie se atreve á empujar á dichos animales. Estando en Calcuta, leí la sentencia contra un chófer culpable de haber golpeado con su vehículo á una de estas bestias inmovilizada insolentemente en medio de la calle. El juez municipal, indostánico de casta superior, afirmó en sus conclusiones que el toro posee un derecho absoluto de transitar por las calles igual al del hombre, siendo su vida tan importante como la de éste, por todo lo cual impuso al chófer varios días de cárcel.

Al mismo tiempo que los indostánicos mantienen á las bestias sagradas de su barrio opíparamente, á costa de la propia alimentación, rodeándolas de cuidados divinos, los demás toros que no han sido consagrados pasan por las calles sucios de fango y de boñiga, con la cornamenta astillada, los costillares angulosos por su flacura, tirando de carretas excesivamente cargadas, cuyas ruedas de disco sólido chirrían sobre un adoquinado desigual.

La inverosímil sentencia del juez indostánico y los exagerados honores á los toros y vacas de Siva empiezan á comprenderse al poco tiempo de vivir en Calcuta. Palacios y paseos á la inglesa parecen esfumarse, perder su realidad, al mismo tiempo que nuestra observación hace nuevos descubrimientos en la masa indígena que circula por avenidas y callejuelas.

Entre soldados británicos de calzones cortos y casco blanco, entre funcionarios coloniales con elegancia de gentleman y opulentos mestizos que dan el brazo á damas de su familia vestidas á la moda de Europa, pasan faquires andrajosos, de una delgadez esquelética, la cara pintada de blanco lívido, lo mismo que Pierrot. Sus máscaras son un amasijo de ceniza y excremento de vaca sagrada.

En las horas próximas al mediodía, los más de los transeuntes indostánicos sostienen en la palma de su diestra un vaso de bronce lleno de agua. Es el líquido necesario para las purificaciones, y lo llevan á sus hogares á través de las avenidas modernas, sorteando el encuentro con tranvías y automóviles, fingiendo no verlos, lo mismo que si cumpliesen un rito sagrado en la soledad de las selvas. Deben evitar todo roce con los transeuntes, para que conserve su pureza el agua recogida en el río sagrado. Si un indígena de casta inferior ó un blanco toca al pasar su vaso de barro ó de vidrio, es preciso que lo rompan inmediatamente. Cuando la vasija es de metal, basta con lavarla repetidas veces para su completa purificación, yendo en busca de agua nueva al brazo del Ganges.

La chiquillería juega desnuda en medio de las calles populares. Es frecuente oir una música que tiene por base los truenos del bombo y el choque metálico de los címbalos. Detrás de ella desfilan los sacerdotes induístas como figurantes de ópera, una punta del manto blanco echada sobre el hombro izquierdo, la negra cabellera bien peinada y lustrosa de aceite de clavel. Los niños corren hacia la procesión y forman una escolta de cuerpecitos sin tapujos en torno á los sagrados personajes.

Esta infancia de carnes al aire lleva casi siempre una cadenita en las caderas, de la que pende un objeto metálico tapando los rudimentarios órganos genitales. Una rodaja de metal golpea suavemente el pubis femenino, todavía sin vegetación. Los niños, en vez de esta medalla, llevan una ó dos llavecitas extraplanas, de las que sirven para las maletas. Tales adornos parecen en el primer momento un convencionalismo pudoroso de la moral, como la famosa hoja de parra. Luego resultan signos matrimoniales. Las llavecitas del futuro varón y la medalla de la hembra equivalen á un aviso de que estos dos pequeños cuerpos ya tienen dueño.

Los matrimonios infantiles son frecuentes en la vida indostánica. Los padres acuerdan entre ellos el casamiento de sus hijos cuando tienen dos ó tres años, y á veces menos.

En una ciudad del interior de la India presencié el cortejo de tres matrimonios celebrados á la vez. Los novios iban en un automóvil, rodeados de jinetes que disparaban sus pistolas y de músicos alborotadores. Los tres llevaban el distintivo nupcial: una franja de pequeños madroños, semejantes á los de un cubrecama, que les caía sobre el rostro á modo de visera, y tenían una edad entre cinco y nueve años. A continuación, en otro automóvil, pasaron las tres esposas, envueltas en velos de plata. Todavía eran más tiernas, y la muchedumbre anunciaba con regocijo que la menor no había cumplido año y medio.

Después de sus bodas, los cónyuges se despojan de las galas nupciales, y colgándoles sobre el sexo la medalla ó las llavecitas por toda vestimenta, vuelven á reanudar sus juegos con otros niños que viven en una situación semejante. Sólo cuando llega la pubertad para el esposo y la esposa, que han estado jugando cada cual por su lado, se van á vivir juntos, obedeciendo á sus familias.

La religión marca el rostro cobrizo de las personas mayores. En esta ciudad, tan próxima á los lugares donde vivió Buda, hay pocos budistas. Tampoco la gran masa indostánica profesa el brahmanismo, como se cree generalmente. Esta religión pertenece á la casta superior; exige la lectura de los libros védicos, y sólo pueden profesarla los bracmanes.

El llamado induísmo es la religión general de los indostánicos, grupo confuso de sectas que tiene por base el politeísmo y la magia. El pueblo se convirtió al brahmanismo en otros siglos de un modo superficial, y los bracmanes, por su parte, para vencer á los budistas, buscaron la alianza con los cultos primitivos y degradados de la India, contentándose con que su autoridad personal fuese respetada. Se halla dividido el induísmo en numerosas sectas pobladas de dioses, diosas y demonios, con desbordante exuberancia. Ídolos y fetiches reciben culto de los sacerdotes induístas, con gran derroche de iluminaciones, derramamiento de flores, repiques de campanas, música de gaitas y tamboriles, danzas de bayaderas.

Es creencia general que el induísmo adora á la Trimurti ó Trinidad indostánica, compuesta de Brahma, espíritu creador; Siva, espíritu destructor, y Visnú, espíritu conservador; pero en realidad estos personajes celestiales se reparten muy desigualmente la devoción de los fieles. Brahma, dios abstracto, sólo comprendido por los hombres de clase superior, dedicados al estudio de los libros santos, jamás ha sido popular ni tiene adoradores en la muchedumbre. Siva y Visnú son dioses célebres, venciendo el primero en popularidad al segundo.

Siva significa «el Misericordioso», mas no le impide tal nombre ser un dios temible, y así se muestra en los altares con un collar de cráneos sobre el pecho, varias serpientes arrolladas al tronco y un tercer ojo en medio de la frente, lo mismo que los cíclopes de la mitología griega. Sus tres esposas Kali (la Negra), Durga (la Inaccesible) y Parvati (la Hija de la Montaña) resultan también divinidades complejas y contradictorias, unas veces amorosas y otras pidiendo sangre y muerte. Siva, creador y destructor al mismo tiempo, es el símbolo de la vida que nace y muere sin descanso. Los toros y vacas consagrados á él como ídolos ambulantes vagan por las calles, como ya he dicho. Los adoradores de Siva revelan su devoción particular trazándose entre las cejas unas rayas verticales en forma de tridente, arma del mencionado dios. Las cofradías de Visnú, menos numerosas, se distinguen por otros signos, pintados también en el entrecejo.

Después del terrible Siva es Kali, la primera de sus esposas, la que reúne más devotos. Visito una tarde el templo de Kali en Calcuta para presenciar un sacrificio. La diosa sólo admite sangre. Sus sacerdotes, medio desnudos, entran en el templo varias cabras y las van degollando ante el altar de la diosa negra.

Corre la sangre en arroyuelos sobre las baldosas de mármol, salpicando nuestros trajes blancos. Todos los niños de las calles próximas han acudido á presenciar esta ceremonia extraordinaria, organizada para un grupo de occidentales. Las puertas del templo están obstruídas por el oleaje de estos cuerpecitos desnudos con su colgajo metálico debajo del vientre. Se empujan para ver mejor el borboteo de la sangre, el jadear de unos costillajes moribundos cubiertos de pelos blancos ó rojizos, y sofocan con sus voces el lamento de los balidos... Luego, cuando sean hombres, todos ellos se negarán á aplastar un insecto.

Huímos del templo de Kali y su cálido ambiente de matadero, para ir en busca del plácido Jardín Botánico, á orillas del río. Es célebre por sus avenidas de palmeras gigantescas y su bananio reproductor, árbol que vimos en los maravillosos jardines de Java.

Aquí, un solo bananio cubre cerca de un kilómetro cuadrado. Las ramas salidas del tronco primitivo buscaron el suelo, para convertirse á su vez en nuevos troncos, haciendo del árbol único todo un bosque. Contemplamos á distancia este gigante, que al mismo tiempo que invade el espacio verticalmente estira sus brazos con una expansión que parece sin límites, multiplicando sus apoyos en el suelo. Una fila de automóviles, al deslizarse ante sus troncos numerosos, resulta tan diminuta como un rosario de hormigas siguiendo los bordes de un arriate de jardín.

Todas las variedades de la flora tropical se aglomeran en torno á las plazas y avenidas de esta ciudad silenciosa de árboles. El suelo de aluvión aportado por el Ganges, en tiempos remotos, es elástico y esponjoso bajo el pie. El agua muerta de las lagunas, con su costra verde y sus hojas flotantes, del tamaño de escudos, inspira inquietud. Su profundidad misteriosa hace pensar en el caimán del río inmediato, bestia propensa á los cambios de refugio; en la boa redonda como un tronco, que no posee el arma fulminante del veneno, pero quiebra animales y hombres con el apretón de sus anillos, haciendo crujir costillas y vértebras.

Además, vivimos en Bengala, y sobre el suelo de este jardín limpio y bien cuidado marcó numerosas veces sus patas uñosas el famoso tigre que lleva el mismo nombre de la provincia. Aún podría volver. Las bocas del Ganges, con su espesa yungla, sólo están á una distancia relativamente breve, aumentada por las revueltas que traza el río antes de perderse en la bahía del Diamante. El veloz tigre de Bengala lograría salvar esta distancia en poco tiempo, pero la colonización inglesa ha tendido las múltiples barreras de sus fábricas de yute y sus poblaciones de obreros indígenas entre Calcuta y el mar. El tigre hay que buscarlo ahora en plena yungla ó en el interior de la India, donde los rajás favorecen su reproducción para las cacerías.

En cambio, las serpientes venenosas son cada vez más abundantes, ó sus víctimas aumentan en número, debido á su pasividad é imprevisión. Yo había leído que anualmente mueren en la India 20.000 personas á causa de las mordeduras de los reptiles. Cuando menciono dicha cifra, los conocedores del país hacen un gesto negativo. Eso era antes; ahora la mortalidad ha progresado, y se calcula que en los últimos años mataron las serpientes venenosas un promedio de 35.000 personas.

Por ir el indostánico siempre descalzo, es mordido fácilmente en sus extremidades cuando trabaja los campos encharcados que producen el arroz ó al caminar por senderos orlados de traidora vegetación. Además, el indígena puede matar á un hombre, pero teme hacer daño á los demás seres con vida, y la naja, ó sea la serpiente de anteojos, que los portugueses llamaron cobra de capello, le inspira un respeto tradicional. Antes que matarla, prefiere dejarse morder por ella y perecer si tal es su destino.

Los sapwallas, encantadores de serpientes, gozan de cierta consideración religiosa como sacerdotes degenerados de un culto que desapareció. En Bombay y otras provincias se celebra la Naja Pantchami, fiesta anual de las serpientes en honor del dios Krichna, matador de una enorme pitón que desolaba las orillas del rio Jumna.

Se reunen en la plaza más grande del pueblo ó de la ciudad varios cientos de sapwallas, cada uno con una cesta que contiene numerosas cobras. Los indos piadosos traen jarros de leche de búfala, líquido amado por estos reptiles, y cada vasija queda rodeada de un círculo de serpientes que con la cabeza sumergida beben y beben en absoluta inmovilidad. El sapwalla tira de las que están hartas, dejando sitio á las otras en ayunas; pero necesita una gran destreza para librarse del reptil desposeído, que se alza con la gorguera hinchada de furor y muerde cuanto encuentra á su alcance.

Esta fiesta dura un día y una noche. Dos mil ó tres mil cobras se hartan de leche hasta no poder moverse, y á la mañana siguiente los encantadores abandonan el pueblo, dejando caritativamente suelta en la yungla á toda su colección.

Abundan los sapwallas en las calles de Calcuta, siendo admirados por muchos de sus compatriotas que nacieron en países montañosos y helados, donde no existen serpientes.

Los encantadores de Birmania se limitan á hacer bailar los reptiles al son de su gaita. En Calcuta, todo sapwalla lleva con él una mangosta, pequeño cuadrúpedo carnicero, especie de hurón, que se alimenta con reptiles y parece dispuesto en todo momento á pelear con las serpientes, por grandes que sean. Como la autoridad británica, respetuosa para todas las religiones de los indos, se muestra igualmente tolerante con sus diversiones tradicionales, pueden los serpenteros desembalar sobre la acera de asfalto de una avenida ó la arena suave de un jardín público el contenido de sus cestos, preparando el mencionado duelo. La serpiente envuelve rápidamente con sus anillos al pequeño cuadrúpedo, pero éste acaba por vencerla mordiendo su cabeza.

Otros sapwallas son prestidigitadores que emplean para sus juegos reptiles domesticados. Cada vez que me cruzo en la calle con uno de dichos juglares rehuyo su contacto. Van medio desnudos, pero nadie sabe qué puede ocultar su escasa ropa. Tal vez llevan, á estilo de faja debajo del corto taparrabos, ó arrollada en el interior de su turbante, una de sus najas favoritas.

Una mañana, al salir del Gran Hotel, encontramos bajo las arcadas de la avenida principal de Calcuta al más atrayente de los sapwallas. La gente de la ciudad lo mira con interés por ser extranjero. Pertenece á la raza blanca. Tiene bronceados por el sol los miembros que no tapan sus andrajos, pero más allá de los bordes de esta vestimenta astrosa se columbra la delicada palidez de su epidermis. Muestra la flacura, las barbas alborotadas y los ojos exaltados de un profeta. Hace recordar al áspero Juan, cuya cabeza pidió Salomé. Su turbante, sus calzones cortos y una especie de escapulario de tela que cubre su pecho tienen el color de las heces del vino.

Es alto, con la esbeltez descarnada de los árabes del desierto. Lleva un palo sobre un hombro, y de sus extremos penden dos sacos del mismo rojo obscuro de sus ropas. Es indudable que en el interior de dichas bolsas van dormidas ó se agitan agresivamente dos marañas de cables vivos, con la piel moteada y tricolor, la cabeza chata y venenosa.

El faquir rojizo guiña un ojo invitándonos á que le sigamos á una calle lateral, donde los transeuntes son menos numerosos, y sobre el asfalto de la acera, ante la puerta cerrada de una casa á estilo europeo, descarga sus dos sacos, los abre y empieza á extraer el «género». Serpientes, toda clase de serpientes: unas verdes, estrechas y largas, con la cabeza más pequeña que el cuerpo, reptiles de lagunas y arrozales; otras gruesas, cuadriculadas, multicolores, con dos círculos en forma de anteojos en la parte del dorso que corresponde á nuestro cogote, el cuello hinchado como una gorguera, y el hocico triangular saliendo de este capuchón para escupir fríos bufidos.

Vemos inmediatamente la diferencia característica entre la naja y las demás serpientes. Éstas apenas se levantan del suelo. Son «el animal maldito entre todos los animales, arrastrándose sobre el vientre y mordiendo el polvo», como dice el Génesis. La cobra de cuello hinchado se yergue con audacia, apoyando únicamente en el suelo el último tercio de su cuerpo cilíndrico, y mira al hombre frente á frente cuando éste se pone en cuclillas, lo que contribuye á la sugestión que parece ejercer sobre ella el encantador.

Indudablemente, á las más de las cobras les han arrancado los colmillos venenosos. Otras no han sufrido tal operación, pero evitan morder á sus amos después que éstos las ofrecieron muchas veces su diestra cubierta con placas de hierro, en las que se rompieron sus dientes. A pesar de esto, no es raro que los sapwallas mueran mordidos por sus pupilas.

Algo extraordinario debe ofrecer este juglar color de vino, pues inmediatamente acuden y forman círculo numerosos indígenas que parecen admirarle. Dos soldados indos se ponen en cuclillas junto á las serpientes para verlas de más cerca. Brillan sus ojos con un resplandor de chispa metálica, murmuran palabras en su idioma, parecen entusiasmados de encontrar en una calle de Calcuta á estas amigas que les recuerdan su país.

Mientras tanto, el faquir rojizo va desarrollando su espectáculo. La mangosta combate con una serpiente verde en mitad de la acera. Luego pelean dos reptiles. El director de los juegos saca y saca nuevos «artistas» de sus sacos, que parecen inagotables.

No sé por qué, ha fijado su atención en mí. Estoy en la primera fila del corro, y de buena gana retrocedería á segundo término, cediendo á otro mi lugar. En el interior del redondel, donde se mantiene solo el encantador, van y vienen reptiles, obedeciendo sus combinaciones, mientras otros se enrollan y quedan fijos, con la inmovilidad del cansancio. Cada vez que termina uno de sus juegos me habla, me saluda con su diestra, como si me lo dedicase. Presiento que tal predilección, que va acentuándose, acabará por proporcionarme algo desagradable. Aumenta mi deseo de retroceder modestamente; pero no me atrevo á hacerlo. Temo las risas de varias americanas que se hallan á mi lado.

El faquir viene hacia mí y empieza á hablarme, sin que pueda entenderle. Todos los indígenas del corro me miran ahora con interés, como si fuese yo un compañero del encantador. Finge éste que se arranca un pelo de su barba y lo coloca sobre mi solapa izquierda. Luego aprieta sobre el mismo lugar donde puso el pelo imaginario una especie de pañuelo, trapucho algo obscuro, sobre el que han pasado varios años de suciedad.

Aprieta el harapo contra mi pecho, como si restañase un chorro de sangre. Es sin duda para que no se escape el pelo maravilloso. De pronto separa el trapo, da un paso atrás, lanza un grito...

Me doy cuenta de que una cosa pesada cae á lo largo de mi cuerpo, desde el pecho á los pies: ¡chap!... Algo ha golpeado el asfalto, con la gravitación elástica de los objetos duros y húmedos... Inmediatamente surge del suelo una cobra extraordinariamente gruesa, levantándose cuanto le es posible sobre el extremo de su cola, con el cuello cartilaginoso hinchado y temblón, lanzando bufidos por su hocico triangular, furiosa á causa de su caída y de los trabajos abusivos á que la somete su amo.

El pelo de barba puesto sobre mi pecho se ha convertido en una naja enorme, por el poder mágico del faquir. Nadie ha podido ver el escamoteo. ¿Dónde guardaba la serpiente?... ¿En la cintura?... ¿en el turbante?...

Esto me lo pregunto ahora, pues al ver la cobra irguiéndose junto á mis pies, con el hocico agresivo al nivel de mis rodillas, sólo pienso en dar un salto atrás, y casi derribo con mis espaldas á los curiosos que avanzaban su cabeza poco antes por encima de mis hombros para ver mejor.

No me detengo en dicha retirada hasta quedar á respetable distancia del reptil salido de mi pecho. Muchos indígenas ríen, pero debo añadir que son los del otro lado del corro. Los que están á mis espaldas saltan tanto ó más que yo para alejarse de un encantador que se permite tales confianzas con su público.

II

EL PADRE GANGES

Cómo se duerme en los vagones-camas de la India.—Aparición del Ganges.—La sagrada ciudad de Benarés.—La orilla derecha y la orilla izquierda del río santo.—Buda y su «Sermón bajo el árbol».—La fiesta primaveral del «Sivarat».—Navegación por el Ganges.—El baño de los peregrinos.—Los palacios de Benarés.—Olas de flores y cadáveres flotantes ó quemados.—El templo caído en piezas.—Las honras fúnebres del santo bracmán.—Un tenor mahometano canta las glorias del padre Ganges.

Pasamos una mala noche en el tren. La dirección de los ferrocarriles indostánicos se ha preocupado minuciosamente del bienestar de los viajeros. Cuatro de éstos ocupan en los trenes expresos un compartimento amplio, casi un salón. Los vidrios de las ventanas son obscuros como los anteojos que se usan para amortiguar la luz solar, y á través de ellos parece suavizarse el paisaje en las ardientes horas meridianas. Un cuarto con ducha y otros aparatos higiénicos completan la habitación rodante.

Cada uno de dichos salones tiene un criado especial, indostánico de cara cobriza, boca azulada y muda, pies descalzos, larga levita blanca, abultado turbante. Este servidor se oculta horas enteras, como si hubiese abandonado el tren, y aparece de pronto, lo mismo que un fantasma surgido de las ruedas.

Todo lo ha previsto la administración en tales dormitorios. Sólo falta una cosa en ellos, una sola... las camas. El doméstico enseña dos divanes, que sirven de asientos durante el día, y cuando llega la noche tienen sus respaldos de madera y gutapercha subidos horizontalmente sobre los goznes. Si el extranjero muestra asombro ante esta desnudez, el servidor le da la noticia de que en los ferrocarriles de la India inglesa la cama debe traerla el viajero.

A los que viven en el país, comerciantes mestizos, empleados y militares británicos, les es fácil remediar dicha falta. Les place llevar su propio lecho al ferrocarril. En sus viajes, que duran á veces tres ó cuatro días, de un lado á otro de la India, ellos y sus familias convierten el cuarto ambulante en una prolongación de la propia casa. Hasta guisan sus comidas ó hierven el té en un hornillo portátil.

Los que atravesamos simplemente el país debemos ir á un bazar de Calcuta donde se venden camas de viaje. Son fardos de fácil transporte, que entristecen al que los abre, como un augurio de mala noche. El colchón equivale por su espesor á unas cuantas hojas de papel superpuestas; la almohada-oblea hay que levantarla con una maletita colocada debajo. La manta, por su delgadez, resultaría ilusoria en otras regiones de la India. Afortunadamente, de Calcuta á Benarés, la noche será calurosa.

Transcurren para nosotros las horas nocturnas cambiando de postura en el lecho y deseando la aparición del sol. Al hacer alto en las estaciones, escuchamos el lento conversar de nuestro servidor con otros domésticos del tren, inmóviles ante las portezuelas de los compartimentos. Las más de las ventanillas tienen sus vidrios á medio bajar, á causa del ardor de la atmósfera. El espacio abierto resulta infranqueable para un blanco; pero en este país de hombres flacos y escurridizos, representa un peligro. Muchas veces, á pesar de la vigilancia de los criados del tren, se deslizan los ladrones dentro de los coches como si fuesen najas, con un silencio reptilesco, robando á los viajeros mientras duermen.

Todas las molestias de la noche, lecho duro, calor asfixiante, mangas de polvo por las ventanillas entreabiertas, ronquidos angustiosos de los compañeros, se desvanecen al llegar el día. Atravesamos un puente larguísimo, y este tránsito fluvial nos proporciona el regalo de uno de los paisajes más extraordinarios de la India, el que se agarra con mayor tenacidad á la memoria.

El río que acabamos de pasar es el Ganges, el verdadero Ganges, único y compacto, engrosado ya por sus principales afluentes, que atraviesa así el corazón de Bengala, antes de partirse en brazos caudalosos cerca del mar. Traza una curva majestuosa el río sagrado, ensanchando sus aguas de un verde blanquecino semejante al color del ajenjo, hasta formar una bahía. Y en la parte convexa de esta bahía, que recuerda la de Nápoles, se extiende una ciudad de altísimos edificios, hundiendo casi verticalmente en el curso fluvial sus murallas y escalinatas.

Dicha ciudad, cuya longitud sobre el río pasa de un kilómetro, es Benarés, la metrópoli indostánica de las religiones. En el censo de la India figura como la novena ó la décima población. Su vecindario, compuesto de sacerdotes, servidores de templos, imagineros y mercaderes que viven de los fieles, resulta poco importante, comparado con el de otras capitales; pero en días de peregrinación aumenta de modo inaudito. Hoy tal vez lleguemos á un millón los seres vivientes aglomerados en sus tortuosas callejuelas ó sobre la lámina de su río golfo.

Benarés, más antigua que la historia de la India, tiene perdido su origen en las brumas de la leyenda. Si los bracmanes saben que nació en el mismo sitio que ahora ocupa, es por haber señalado su solar el divino Siva con las puntas de su tridente.

Se esparce la ciudad por la orilla derecha del Ganges. Enfrente, la ribera es arenosa y desierta. En su amarillento declive rara vez se ven seres humanos y nadie se ha atrevido á construir una vivienda. El creyente que muere en la orilla derecha, ó sea en la santa Benarés, queda libre de nuevas transmigraciones y su espíritu goza las delicias de no existir, fundiéndose en la esencia de Brahma. Si fué gran pecador, su alma se encarna en el cuerpo de un futuro bracmán, y al finalizar esta última transmigración, logra la suerte de los buenos, ya mencionada. En cambio, los que mueren en la orilla izquierda dan un salto atrás en su carrera transmigratoria, naciendo de nuevo en forma de asno ú otro animal de esencia vil y esclavitud fatigosa. Únicamente el rajá de Benarés ha osado construir su palacio en la orilla izquierda, pero á cierta distancia de la ciudad, río arriba.

La suprema ilusión del indostánico es morir en Benarés, ser quemado en su gath fúnebre y que sus cenizas las arrojen al Ganges. Los pobres hacen economías para este viaje final. Todos los príncipes de la India poseen palacios en Benarés. Los olvidan años y años, mientras se mantiene firme su salud, y vienen á habitarlos al sentir la proximidad de la muerte. Aquí se ven los funerales más fastuosos de la India, las incineraciones en piras de sándalo y otras maderas perfumadas. Dichos ritos fúnebres, reservados á príncipes y nababs, atraen incalculables muchedumbres, ganosas de aspirar los olores de un brasero cuya preparación costó una fortuna.

El frente de la ciudad vecino al río es el monumental, el que constituye la verdadera fisonomía de Benarés. Como el Ganges sufre aquí desniveles de ocho á diez metros entre su corriente ordinaria y las crecientes periódicas, todos los edificios inmediatos á él se hallan asentados sobre gruesas murallas que se remontan á considerable altura, sin una ventana, sin el menor orificio, semejantes á los malecones de los puertos. En dichos acantilados, obra del hombre, sólo á quince ó veinte metros empieza el verdadero edificio, abriendo sus filas de ventanas y el arquerío de sus galerías cubiertas sobre el río profundísimo.

Se cortan las calles flanqueadas de palacios y templos al llegar al río, derrumbándose ribera abajo en forma de escalinatas con más de cien peldaños que se van ensanchando hasta tocar el Ganges. La curva de la ciudad es una sucesión de malecones en rápido talud, sobre cuyo lomo se alzan palacios, verdes, azules, rojos, con arcadas de alabastro y torres en forma de piñón. Entre estos edificios parecen los gaths pirámides descendentes, con su graderío siempre ocupado por una muchedumbre de vestiduras colorinescas.

Esta capital religiosa del mundo brahmánico vió nacer dentro de ella el budismo. Es la Roma de la India, pero una Roma tan antigua como muchas ciudades del viejo Egipto, y que aún no ha muerto, como éstas. Sigue viviendo vigorosamente después de treinta siglos de historia conocida y prolongará su existencia en un futuro que hasta ahora parece sin límites.

Hace 3.500 años, cuando Benarés se llamaba Kaci, la historia de la ludia, casi fabulosa, habló ya de sus sacerdotes. Novecientos años antes de la era cristiana, Benarés era un gran centro de estudios filosóficos y teológicos. Dos escuelas rivales, la de los bracmanes y la de los suastikas, divididas en innumerables sectas, llenaban la ciudad con sus monasterios, sus templos, sus escuelas y sus disputas. Los bracmanes predicaban el predominio del espíritu sobre la materia, y los suastikas, materialistas, no admitían la inmortalidad del alma.

En medio de estas discusiones que duraron cientos de años, allá por el 595 antes de Jesucristo, apareció en Benarés un joven noble, hijo de una familia de guerreros, llamado Gautama, que había abandonado sus riquezas para dedicarse á la devoción y el estudio. Este príncipe, el futuro Buda, procedió como un anticlerical de su época, atacando en sus predicaciones á las dos especies de sacerdotes que monopolizaban la religión. El Buda salió de Benarés después de haber estudiado durante cuatro años, y deteniéndose en uno de sus arrabales, empezó á predicar, al pie de un árbol, ante un auditorio de mendigos, atacando las castas privilegiadas de bracmanes y suastikas, proclamando la igualdad de los seres humanos, varón y mujer, esclavo y magnate, sacerdote y pordiosero, ante Dios creador de todas las cosas. También afirmó que la existencia terrestre no es mas que una prueba impuesta al alma inmortal, y los hombres pueden emanciparse de las ligaduras de la materia, conquistando una vida infinita por medio de la caridad, del amor al prójimo y de costumbres virtuosas.

Las predicaciones del Buda conquistaron rápidamente á los pueblos de la India. Gautama, al contrario de otros fundadores de religiones que murieron jóvenes, llegó á vivir ochenta años, y su muerte, según la tradición, fué á causa de haber olvidado su frugalidad habitual, comiendo, á instancias de sus discípulos, un arroz con cerdo.

Benarés, ciudad santa del budismo, se cubrió rápidamente de templos y monasterios. Durante muchos siglos llegaron á ella peregrinaciones, no solamente de las diversas naciones indostánicas, sino también de la China, la Mongolia, la Malasia y otros países que aún se conservan fieles al budismo.

Hace mil años, en el siglo IX de nuestra era, ocurrió la gran revolución religiosa de la India. Los bracmanes, vencidos por Buda, tomaron su desquite, apoderándose otra vez de las muchedumbres del país, y el budismo se derrumbó, volviendo á ser Benarés la capital del brahmanismo. Hoy, en toda la ciudad santa donde Gautama predicó su célebre «Sermón bajo el árbol», que equivale al «Sermón de la Montaña» del cristianismo, no queda mas que un templo budista, el que edificaron los rajás de la provincia de Nepal, fieles á dicha religión.

En la India, donde todas las grandes ciudades han tenido su hora de hegemonía, y se cambia la capitalidad cada quinientos anos, jamás conoció Benarés un momento de dominación política. Su influencia y su fama han sido puramente religiosas.

Otra de las particularidades de Benarés es no tener edificios que cuenten más allá de tres ó cuatro siglos. Las guerras religiosas arrasaron numerosas veces esta ciudad de tres mil años, sin dejar el más pequeño recuerdo de las creencias vencidas. Hoy, sobre la capital del brahmanismo, el edificio más alto y vistoso es una mezquita construída por los príncipes indostánicos del Norte, los Grandes Mogoles, de religión musulmana, que llegaron en sus conquistas al Sur de la India. La cúpula de este monumento y sus dos minaretes estrechos, que parecen sostenerse contra todas las leyes del equilibrio, asoman siempre sobre Benarés, así se contemple la ciudad desde el río ó tierra adentro.

Hemos llegado en día de gran peregrinación. Es el Sivarat, la fiesta de Siva, que marca el principio de la primavera indostánica. Casas y templos desbordan de gentío. En las calles hay que abrirse paso con los codos. Los gaths tienen orlados sus peldaños de filas humanas multicolores, que permanecen inmóviles, contemplando el Ganges. Al bajar del tren encontramos automóviles, que nos llevan por las avenidas del Benarés moderno, donde viven los ingleses. Después seguimos caminos polvorientos, hasta llegar á los arrabales de la ciudad vieja. La estación del ferrocarril está lejos. Nuestro tren, después de atravesar el puente, ha hecho una curva de varios kilómetros, sin detenerse.

Hay que echar pie á tierra en la entrada del viejo Benarés. Ninguna de sus calles tiene más de cuatro metros de anchura, y hoy están obstruídas por la muchedumbre. En días normales tampoco puede circular por ellas ningún vehículo.

Avanzamos lentamente por las callejuelas que conducen al río. Todos marchan hacia el Ganges. Los vecinos de la ciudad, acostumbrados á ver extranjeros, apenas se fijan en nosotros; pero los más de los transeuntes son peregrinos venidos á la fiesta desde provincias remotas, y nos acosan con su curiosidad y sus demandas. Una turba de mujeres cobrizas como gitanas, de reptilesca delgadez, ostentando botones de plata en la nariz ó las mejillas, los brazos cargados de pulseras de plomo brillante y un velo de colores arrollado desde las rótulas á la cabeza, nos colocan ante el rostro su diestra pegajosa y fría para que les demos dinero. Grupos de niños desnudos se unen á esta demanda insistente, cortándonos el paso, agarrándose á nuestras rodillas, repitiendo la melopea de su petición. Para librarme de tales estorbos, los empujo y me echo á un lado, abriéndome paso á través de un grupo de indostánicos inmóviles.

Un alarido junto á mis pies; una cara achocolatada que me grita de abajo á arriba con expresión de alarma. Quedo en medroso equilibrio, con una rodilla en alto, junto á un cesto redondo del que se elevan varios cables obscuros y balanceantes. El que me grita es un sapwalla, para evitar que introduzca uno de mis pies, calzados con zapatos de lona, en el cesto de sus cobras.

Me echo atrás; un policía indígena me toma bajo su protección, y gracias al camino que va abriendo con la porra que empuña su diestra, consigo llegar á los gaths del Ganges.

Aprecio aquí la importancia religiosa de Benarés, mejor que en sus callejuelas. Puedo abarcar en una sola mirada la grandeza de este río divino y los miles y miles de seres humanos hundidos hasta el cuello en sus aguas ribereñas, con los ojos en oración. Toda la India inmóvil en su ensueño religioso, la India del quietismo contemplativo, que resulta incomprensible al ser estudiada en los libros, se revela de golpe con la majestuosa aparición del Ganges. En lo más alto del gath me siento zarandeado por la muchedumbre que se derrama poco á poco por las tres caras de su graderío. Es una muchedumbre multicolor, como no la he visto en ningún pueblo del Extremo Oriente, como jamás volveré á verla en otro país. Por un azar, la mayor parte del gentío de las callejuelas iba vestido de blanco, contrastando el albo color con sus carnes de bronce. Aquí, las mujeres se cubren con velos escarlata, azafrán, rojo, amarillo, verde, morado ó color de fuego. Muchos hombres llevan fajas y turbantes de iguales tintas: el turbante indostánico terminado en punta, con un extremo que cuelga sobre el pescuezo. Varones y hembras son de exagerada delgadez, que da á sus movimientos silenciosos una agilidad y una soltura extraordinarias, haciendo pensar al mismo tiempo en la extenuación del hambre. Cuando alguno de estos seres es obeso, su gordura resulta igualmente exagerada, con la hinchazón elefantíaca de ciertos ídolos.

Los bracmanes, vestidos de blanco ó rojo, descienden impasibles hacia el río, como si marchasen á través de la soledad. Otros sacerdotes de sectas incomprensibles para nosotros nos rozan al pasar con repulsivo contacto. Algunos llevan la cara pintada de ceniza y boñiga, como payasos grises. Otros, más pequeños, tienen aspecto de bufones sagrados y ostentan un gorro en forma de campánula invertida, cubierto de flores artificiales, con faldellines de la misma especie sobre las caderas. Los hay pintados igualmente con pasta de cenicienta palidez, los ojos perdidos en la profundidad de sus órbitas, los brazos óseos, el costillaje saliente por la flacura, cubiertos con una especie de sudario quemado y deshilachado, que parecen cadáveres recién expelidos por la tierra.

Descendemos un centenar de escalones, percibiendo á la vez la respiración húmeda del Ganges, el olor sudoroso de la muchedumbre que aún no se ha bañado y un perfume primaveral. En los últimos peldaños, los vendedores de flores agitan sus brazos cargados de guirnaldas. Todos los peregrinos, hasta los más miserables, compran un collar florido para ofrecérselo al padre Ganges.

Flores, flores por todas partes, rojas, amarillas, azules. El río tiene cubierto de pétalos su remanso frente á Benarés. Hasta diez ó doce metros de la orilla existe un banco flotante, color de sangre, de cielo y de oro, que sube y baja con las palpitaciones de la corriente ó el paso de las barcas, choca contra la orilla, se despega formando islas y vuelve á soldarse con la piedra de los peldaños.

La luz alegre de un sol adolescente saca destellos de esta muchedumbre apretada á lo largo del Ganges, pone resplandores en los pesados brazaletes femeniles, chisporrotea en los botones de plata ó los diamantes incrustados en mejillas y narices, hace relucir como pequeños soles los vasos de bronce que los devotos sostienen en una mano para llevarse á su vivienda el agua sagrada.

Lo extraordinario en este amontonamiento de gente oriental es la abundancia de mujeres. En ninguno de los pueblos asiáticos son presenciadas las ceremonias religiosas por tal muchedumbre femenina. La mayor parte de los fieles profesa el induísmo, y sus mujeres van á cara descubierta, sin más que un velo sobre la cabellera. Todas se han puesto sus mejores joyas para la fiesta del Sivarat. Muchas, además de los botones y piedras preciosas incrustados en el rostro, ostentan grandes aros de oro y esmeraldas pendientes del tabique central de su nariz.

Como los induístas no llevan turbante, la mayor parte de esta aglomeración devota se compone de cabezas descubiertas recién esquiladas para que resulte más eficaz la inmersión en el río sagrado.

Salto á una de las barcazas que llevan viajeros por la curva del Ganges, de un extremo á otro del caserío. Son embarcaciones pesadísimas, en las que se atendió á la estabilidad más que á la rapidez. Sobre su casco existe una casa de madera pintada, cuya techumbre sirve de terraza. Subimos varios á esta azotea fluvial, tomando asiento en sillones de junco ennegrecidos y con patas vacilantes, restos del mueblaje de algún funcionario británico.

Junto á la proa bogan dos muchachos casi desnudos, que soplan de cansancio al mover sus remos enormes. Arriba, en la parte trasera de la terraza va el «capitán», indígena tostado é igualmente desnudo, que empuña á guisa de timón un remo todavía más grande. Nos deslizamos lentamente aguas arriba, á pocos metros de la ribera. Ahora podemos apreciar la cara gangética de Benarés, la altura enorme de sus muros sin ventanas, los palacios, cuyos dueños sólo vienen para morir.

Las cornisas de estos edificios tienen filas de palomas blancas ó de color metálico, inmóviles, en un quietismo medroso. Sobre el cristal del cielo se balancean buitres y aguiluchos, como borrones con alas. Las galerías de afiligranado arquerío dejan ver gasas multicolores y tapices venerables puestos á secar. En otros palacios, los salones han sido transformados en pajares, asomando por el hueco de sus dobles ojivas el amontonamiento de los haces. Algunas techumbres sustentan el aditamento de cabañas negruzcas, que sirven de vivienda á una servidumbre parásita y olvidada. Monos rojizos, de azogada inquietud, trepan por los salientes de las fachadas, desaparecen en los tragaderos de los ventanales y vuelven á surgir poco después.

Rozamos al pasar grandes barcos pintarrajeados, con uno ó dos mástiles: yates indígenas de príncipes y nababs, anclados frente á sus palacios, que sólo navegan cuando se celebra una fiesta acuática en honor del padre Ganges. Estas galeras, mayores que la nuestra, sustentan igualmente una amplia casa sobre su casco y una terraza en su techumbre, pero están pintadas, á partir de la línea de flotación, con más abigarrados colores. Unas son rayadas como el tigre ó la cebra, otras blancas con guirnaldas de flores enormes; algunas tienen ojos y una proa fisonómica, lo que les da aspecto de bestias fabulosas.

No hay una sección de la orilla sin su capa flotante de pétalos y su muchedumbre que se baña ó hace oración. En algunos recodos desaparece el agua enteramente bajo las cabezas y no se sabe dónde empieza la orilla.

Una hilera de quitasoles que parecen techumbres de chozas sigue las sinuosidades de la ribera. Estos hongos colosales son de paja trenzada y tienen inscripciones en indostano pintadas de negro con grandes caracteres. Debajo de cada uno de ellos existe un santo bracmán, un sacerdote de nombre célebre, que lleva años y años viniendo á ocupar todos los días, á la salida del sol, el mismo lugar, y así continuará mientras exista.

Veo á uno de estos personajes que llega tarde á su puesto y se coloca bajo la cúpula del quitasol en una postura que guardará hasta el ocaso. Se sienta con las piernas cruzadas sobre una tarima que avanza unos cuantos palmos sobre el río. Tuerce su cúpula amarillenta para que la sombra le cubra mejor, se balancea á un lado y á otro hasta quedar cómodamente sobre sus pantorrillas en aspa, y una vez que ha tomado esta posición, semejante á la del Buda, queda inmóvil, mirando la corriente del Ganges con meditativa fijeza.

Estos santos varones tienen su fama y su clientela. Los fieles vienen á visitarlos desde enormes distancias, trayéndoles presentes á cambio de certificados que acrediten su viaje al Ganges, de recetas milagrosas, de oraciones escritas y de fetiches. Todos poseen arriba, en el viejo Benarés, casa propia, y la frescura de sus trajes inmaculados ó de ardientes colores contrasta con la miseria de sus devotos.

Entre nuestra embarcación y la orilla van pasando, aunque permanecen inmóviles, nuevas masas de hombres metidos en el río hasta los hombros, insensibles á la frialdad de su corriente, los ojos en alto ó mirando el propio pecho con religiosa tenacidad. No hacen el más leve movimiento curioso ante el buque que pasa junto á ellos y les bate los pectorales con las ondas de su desplazamiento. Están en oración, una oración rutinaria y monótona que absorbe sus sentidos.

La ribera baja del Ganges es insegura para las edificaciones. Crecidas frecuentes y la flojedad de un suelo de aluvión parecen burlarse de los esfuerzos del hombre. Pasamos ante los restos de un templo grandioso, que se amontonan, parte en la orilla y parte dentro del río. Este monumento de arquitectura indostánica no se ha desmenuzado al derrumbarse. Cayó en secciones, partido en piezas, como los edificios que sirven de juguetes á los niños, yéndose cada fragmento por su lado. Hay cúpulas que permanecen enteras con su base en el fango, ladeadas sobre el agua. Escalinatas de una sola pieza, caídas sobre una de sus caras laterales, tienen los peldaños derechos lo mismo que un muro que se hubiese plegado en ángulos de acordeón. Algunas galerías, al desplomarse, hundieron sus arcos en el Ganges, quedando en forma de puentes. Los remates de torre erguidos sobre la lámina fluvial resultan habitaciones acuáticas en las que penetran los nadadores. Columnas completas emergen como palmeras desmochadas. Sobre sus capiteles hay faquires andrajosos, que prefieren para su oración estas islas de piedra, altas y vistosas, donde apenas pueden moverse. El mismo instinto hizo instalarse en el remate de las columnas faraónicas á los «estigiritas», santos y huraños derviches del cristianismo egipcio.

Nadie ha hecho el menor esfuerzo por pescar las piezas gigantescas de este monumento caído en el río y reconstruirlo. Para el indostánico, lo mismo valen las intenciones que los hechos. El templo ya fué levantado; el padre Ganges lo ha querido en esta nueva forma, y no hay que contrariarle. La divinidad ya conoce las intenciones de sus constructores.

Más allá, una nube fuliginosa y un olor de grasa anuncian el gran crematorio de Benarés. Navegamos lentamente ante las plataformas y escalinatas de este lugar donde vienen á consumirse los personajes más poderosos de la India.

Varias hogueras arden á la vez. Una cúpula de humo azulado esfuma las fachadas de templos y palacios que se alzan en el fondo, haciendo temblar las líneas de sus remates. Hombres negros de hollín van y vienen entre las hogueras, derramando cazos de aceite para animarlas. Otros golpean con barrotes de hierro á los cadáveres y los parten, acelerando de este modo su cremación.

Aunque los restos son arrojados al Ganges, queda en estas plataformas una gruesa capa de cenizas siempre tibias. Los cuerpos recién quemados calientan las escorias de las incineraciones anteriores.

No queriendo ver de más cerca esta operación, permanecemos en el río. Evitamos tropezar con esqueletos calcinados que aún guardan su forma; meter el pie en los restos de un cadáver; aspirar á corta distancia el humo humano. Arden ocho piras á la vez, y los que están junto á ellas son mendigos induístas, lisiados, leprosos, paralíticos cubiertos de llagas, horrible colección de esbozos de hombres, que al presenciar el espectáculo de la muerte se consuelan de su miseria y sienten el orgullo de vivir.

Adivinamos desde lejos la casta social de los que arden en el quemadero. Hoy son cadáveres de pobres, á juzgar por su escasa leña. Uno se tuesta con las piernas fuera del brasero, y estas piernas, hinchadas y ennegrecidas por las llamas, toman la forma de morcillas chorreantes de grasa. Los operadores fúnebres las parten con dos golpes de tridente; luego las pinchan en el suelo, para arrojarlas á continuación en el centro de la hoguera.

El incendio fúnebre envía hasta el río telarañas de hollín; otras veces expele un sacudimiento de plumitas negras, que nos obliga á alejarnos. Además, nuestro «capitán» quiere que presenciemos una ceremonia extraordinaria que se está desarrollando en el último peldaño de otro gath.

Una procesión cubre su graderío. El navegante gangético nos explica que el día anterior ha muerto en Benarés un santo varón, célebre por sus virtudes y milagros, y van á echarle al agua. A los personajes sacerdotales de Benarés no los queman al morir. Gozan el mismo privilegio que los niños de corta edad, los cuales tampoco son incinerados. Sus cadáveres los llevan al río para que permanezcan eternamente en las profundas y pacíficas entrañas del Ganges.

La paz del Ganges es simplemente una figura poética de sus devotos. El santo río está infestado de caimanes enormes, caimanes que llevan siglos de existencia, y esperan que muera un santo ó una epidemia se cebe en los niños para comer con abundancia.

Vemos desde el buque al venerable bracmán, que parece vivo. Su cadáver ocupa una silla dorada, está envuelto en velos blancos y una barba alba y sedosa desciende hasta la mitad de su pecho. Suenan músicas y cánticos. Cuatro devotos levantan la silla y se meten con ella en el río, hasta que el agua toca sus hombros. Allí sueltan el sagrado depósito, y asiento y cadáver flotan un momento en la corriente, acabando por desaparecer. ¡Carne santa á los caimanes!...

Nos aproximamos luego á otro gath que tiene aspecto de feria. Hay gimnastas á varios metros del suelo, que voltean sobre bambúes sostenidos por sus camaradas, con el vientre hundido en el remate de dicha percha y los cuatro miembros abiertos en aspa. El eterno encantador de serpientes toca su gaita ante el redondo cesto de reptiles balanceantes. Prestidigitadores sin más traje que un taparrabos sacan de su cuerpo pajarillos, ramilletes de rosas, transforman serpientes en varas, repiten la misma operación á la inversa y mantienen una cuerda en sus manos recta y rígida como si fuese un palo.

El interminable banco de pétalos y guirnaldas que flota junto á la orilla empieza á descomponerse bajo el ardor solar, exhalando un perfume semejante al de las flores de cementerio. El Ganges, color de ajenjo, esparce á la vez olores de jardín húmedo, de madera quemada, de hollín de cadáver, de cuerpo de mujer ungido con jazmines, uniéndose á esto el hedor de las letrinas de la ciudad que descienden á perderse en el río santo, imagen de la vida y de la muerte.

Miles y miles de hombres continúan inmóviles dentro de él, como una humanidad quimérica compuesta de bustos flotantes. Olvidan al caimán que se mueve una docena de metros más allá, en las aguas profundas, masticando su presa fresca. Están absorbidos por la oración, y si inclinan su cabeza es para beber á buches el agua cargada de zumo de flores y zumos humanos.

Un canto vibrante, que tiene el dulce temblor del cristal, corta el espacio y parece imponer silencio á los mil ruidos de la muchedumbre. Es una voz de tenor, ardorosa, impulsiva, autoritaria, lanzando gorjeos complicados, semejantes á los de las canciones tirolesas.

Veo al cantor, grandote, musculoso, destacándose por su robustez sobre la flaca muchedumbre indostánica. Su rostro cobrizo está partido por la barra de unos bigotes negros. Lleva sobre su cabeza un turbante verde, puntiagudo y con rabo, como el de todos los musulmanes.

Juzgamos inexplicable el canto de este tenor infiel, enemigo del brahmanismo. El guía mestizo que nos acompaña le escucha con deleite, y cuando su voz hace una pausa, contesta á nuestras preguntas:

—Es un himno en honor del padre Ganges. Los musulmanes han acabado por adorar la santidad de nuestro río.