III

LA SAGRADA BENARÉS

Bañistas casi desnudas en el Ganges.—Frisos lascivos de una pagoda.—Las mujeres en la realidad y como las imaginaron los artistas indostánicos.—El baño de las viudas y sus horribles vecindades.—El «Templo de Oro».—La «Fuente de la Sabiduría».—Tolerancia religiosa de los fanáticos.—Las bayaderas, que nadie llama aquí bayaderas.—El «Templo de los Monos».—Lo que dijo Mark Twain.—El chófer musulmán y sus zapatazos.—Odio religioso explotado por los dominadores.—La obra generosa y difícil de Gandy.—Tantas Indias como religiones.

Vamos ahora río abajo, frente á la otra mitad de Benarés, que dejamos á nuestra derecha al embarcarnos. Un gath de piedra blanca tiene llenos de mujeres sus últimos peldaños. Suben y bajan por él otras mujeres, rojas, azules, violetas, según el color de sus velos, yendo unas en busca de la envolvente caricia del Ganges, retirándose otras con la perezosa lentitud que acompaña la salida de un largo baño.

Se agita la muchedumbre femenina lo mismo que un colegio en libertad, rasgando la calma majestuosa del río con sus gritos y risas. Unas matronas de gordura elefantíaca guardan sentadas en los últimos peldaños las ropas de las nadadoras. Éstas descienden por los escalones sumergidos sin otra vestidura que una túnica sutil, que adquiere al mojarse imprudentes transparencias, plegándose á todas las oquedades y curvas del cuerpo, aclarando con tonos sonrosados la carne de suave color canela.

Pasa nuestra barca entre estos grupos de náyades, pero ellas fingen no vernos. La costumbre ha levantado un muro invisible frente al gath de las mujeres. Ningún varón de su raza puede acercarse á ellas durante el baño sagrado, y por eso ignoran la presencia de otros hombres que, por el privilegio de ser blancos, violan el obstáculo tradicional.

Nuestra embarcación se detiene ante un camino tortuoso, que es en unos tramos sendero y más arriba escalera, ascendiendo entre huertecitas hasta un santuario negruzco. El guía mestizo, bajando los ojos con pudibunda expresión que revela su paso por una escuela inglesa, nos anuncia que este santuario budista depende de la Pagoda Nepalense y tiene unos relieves muy... curiosos. Los caballeros que deseen verlos pueden seguirle. Las señoras deben quedarse en el buque: prohibida la visita para ellas.

Desciendo de la techumbre del camarote, y de peñasco en peñasco llego á la orilla. Otros viajeros me han seguido, dos gentlemen corpulentos, de rostro grave, que se atreven á esta decisión después de consultar con los ojos á sus esposas. Éstas les despiden murmurando algunas palabras misteriosamente. Adivino lo que dicen. Les dan permiso con la condición de contar á la vuelta lo que vieron.

Caminamos los tres siguiendo al guía, con el mismo encogimiento silencioso de los señores que abandonan su hotel en plena noche detrás de un individuo que les prometió espectáculos interesantes y reprobados. En mitad de la ascensión se une á nosotros una vaquita blanca, salida de una pradera inmediata, con sus breves cuernos laqueados de verde. Este animal sagrado nos acompaña en nuestra visita al santuario y continúa siguiéndonos hasta que lo abandonamos, en nuestro regreso á la orilla del río.

El pequeño templo tiene una techumbre doble en forma de caballete, con remates cornudos, y de sus aleros penden campanillas de bronce que el viento y la humedad han cubierto de óxido verde. Debajo de los aleros hay un friso ancho de madera tallada, dividido en cuadros. Después de varios siglos la madera se ha hecho negra, densamente negra, y sus imágenes parecen esculpidas en hulla... Es lo que el guía prometió enseñarnos.

Nuestros ojos no alcanzan á ver algo interesante en estas tallas lóbregas, pero un hombre ha salido del santuario, un anciano fuerte y hermoso, de pura raza aria, más blanco tal vez que nosotros. Su cráneo calvo, con una aureola de albos cabellos, su barba abundante y aborrascada, una tela ceñida á su cuerpo lo mismo que una toga, le dan cierto parecido con San Pedro tal como aparece en los cuadros de la pintura cristiana. Lleva un largo bambú en la diestra, y cumpliendo automáticamente unas funciones tantas veces repetidas, señala las diversas escenas del friso, mientras el guía sigue declamando sus explicaciones en inglés.

Empezamos á descubrir el significado de las tallas; distinguimos la desnudez inconveniente de sus figuras. Es la historia de un príncipe, no sé si verdadero ó mitológico, con varias damas indostánicas, que al principio aparecen convenientemente trajeadas, llevando cestos de flores sobre la cabeza, y algunas casillas más allá sólo conservan las sandalias y el gorro, mostrándose con el majestuoso galán en posiciones que nos convencen, una vez más, de que nada hay nuevo bajo el sol.

Varios chicuelos de las casas inmediatas se han acercado, atraídos por nuestra presencia. Balancea la brisa matinal las campanillas verdosas, sacando de su bronce centenario melodías lejanas y débiles, semejantes á las de un reloj con música. La vaquita de los cuernos verdes muge al sentirse olvidada y olisquea nuestras manos con la esperanza de un regalo. El «San Pedro» indostánico, como si conociese de pronto las preocupaciones pudorosas del mundo occidental, intenta alejar á los muchachos. Les habla, les grita, pero como ellos no pueden comprender tales escrúpulos, siguen contemplando lo que han visto toda su vida, y el guardián desiste de su severidad.

Algunos indígenas, vendedores de fotografías, surgen de las callejuelas inmediatas para ofrecernos sus colecciones que representan las diversas escenas del friso. Noto la diferencia entre el desnudo indostánico tal como aparece en las obras artísticas y como es en la realidad. Hemos visto abajo, minutos antes, las mujeres de Benarés y las peregrinas venidas de lejanas provincias sumergiéndose en el río sin más traje que sus velos mojados y transparentes. Todas son de una delgadez exagerada, de un escurrimiento de formas que apenas respeta un tenue principio de curva en los miembros, lo preciso nada más para que se reconozca su carácter femenino. En las escenas mitológicas de este friso, así como en todas las pinturas y relieves indostánicos, lo mismo las hembras humanas que las diosas y los ángeles femeninos—bailarinas celestes llamadas apsarasas—, todas tienen el busto delgado, mas con redondas protuberancias mamilares, y á partir de la cintura, embebida y estrecha como si la hubiese deformado un corsé, empiezan las curvas de unas caderas soberbias, siendo lo que viene á continuación de una robustez amplificada, pomposa, exuberante. Los poetas indostánicos, siempre que hablan del muslo femenil, lo comparan por su redondez y dureza con la trompa del elefante. Estatuarios y poetas imaginaron indudablemente lo contrario de la realidad visible. También en la antigua Grecia, donde las beldades de ojos negros y cabellera retinta tenían una palidez verdosa, labios de rojo azulado y las puntas de los pechos obscuras, pintaron ó policromaron los artistas á las diosas con cabellera rubia.

Volvemos á nuestro barco acompañados por la vaquita de los cuernos verdes. Los chicuelos nos abandonan para seguir al hombre del bambú, que sale al encuentro de otro guía con un grupo de viajeros. Al contemplar el santuario desde abajo, nos arrepentimos de la ruda ascensión, comparando sus fatigas con lo poco que hemos visto.

Según nos alejamos de la ciudad, va tomando la ribera un aspecto más rudo y silvestre. Ya no hay edificios en su lomo. Sólo se ven cabañas aisladas, vertederos de inmundicias, animales muertos, mangas giratorias de cuervos atraídos por la podredumbre. A pesar de esta desolación, se prolongan ante la orilla baja las filas de bañistas. Son hombres de casta inferior, sudras miserables, que únicamente pueden buscar el agua sagrada en este lugar apartado, donde ya no hay bracmanes con las piernas encogidas bajo grandes quitasoles que exijan donativos á los fieles.

Mocetones que parecen hechos de bronce hunden los amplios pectorales en el agua y elevan sus brazos abultados por labores fatigosas. El río, al llegar al final de su curva, se muestra más sucio. Flotan en él muchos bultos negros: cadáveres de animales, tal vez de personas. Un buitre revolotea sobre el cuerpo de un niño, se posa en él, arranca tiras de su costillaje, se aleja engulléndolas, vuelve luego á alcanzarlo, siguiendo la corriente. En este rincón de las castas inferiores deben pulular los caimanes.

Más allá de los sudras, ante los peldaños torcidos de un gath ruinoso, toman el baño muchos hombres puestos en cuclillas, extremadamente gordos, de carnes relucientes por la humedad. Lanzan gritos agudos de placer y se mueven cosquilleados por la frialdad del río. Sus amplias espaldas, partidas por una raya vertical, así como los rollizos hemisferios de su continuación, que surgen y se ocultan rítmicamente en el agua, tienen un color rosado de carne femenina á través del velo transparente que se pega á su piel. Todos llevan el cabello muy corto, con una especie de cresta ó cepillo en la cúspide del cráneo. Cuando se vuelven, sin mirar á nuestro buque, para hacer los gestos rituales frente al sol, vemos un doble abultamiento colgante sobre su pecho, y más abajo, á través de la tela que parece vidrio flexible, una mancha negra que no continúa.

Son las viudas de Benarés, y únicamente pueden bañarse en este sitio, más allá de los hombres de las castas viles.

La autoridad británica puso fin á la bárbara costumbre de que la viuda se quemase viva en la pira funeral del esposo, pero su existencia presente se prolonga en el más horrible de los olvidos. La viuda muere en vida: ningún hombre se casa con ella, ni busca su trato. Su propia familia y la del muerto no vuelven á acordarse de que existe. Se mantienen en absoluta pobreza, al margen de las otras mujeres, aguardando como una liberación el momento de la muerte. Sólo en días de gran fiesta, como el de hoy, osan bajar al Ganges, lejos, muy lejos de los gaths que ocupa la muchedumbre. Viendo tal abandono se comprende que muchas indostánicas sean partidarias de morir quemadas con el cadáver del esposo. Es una muerte gloriosa, que las libra al mismo tiempo de esta viudez abominable.

Cuando los ingleses suprimieron la horrible tradición, muchas esposas de nababs se rebelaron contra la ley, organizando la ceremonia de su quema. Al celebrarse los funerales de un personaje famoso, llegaban sus diversas esposas procesionalmente á morir en su hoguera, contestando con saludos de artista á los aplausos de la muchedumbre. Aun hoy, de tarde en tarde, en algunas provincias del interior, hay viudas que se arrojan en el brasero del esposo, y cuando viene á enterarse la policía colonial ya es tarde.

Miro con interés y conmiseración á estas pobres jamonas, peinadas en forma de cepillo, que suben y bajan sus abultamientos sonrosados sobre el lomo del Ganges, haciendo chapotear el agua y suspirando nostálgicamente. Por encima de sus cabezas, varios perros hirsutos, con ojos de fiera, siguen la costa fluvial, disputándose las carroñas que abandonó la última crecida. Uno de estos animales trota paralelamente á nuestra barca, llevando en su boca algo que parece de cartón. Es una especie de bacalao enorme y negruzco, y en su parte alta se balancea una bola amarilla y blanca.

El perro costroso y famélico roe su presa, la deja en el suelo, vuelve á tomarla entre sus colmillos, arrastrándola más allá. Al fin nos damos cuenta de que es un costillaje humano con restos de brazos y piernas, un cadáver tal vez de santo bracmán, cuyas partes más apetitosas fueron devoradas por los caimanes y el Ganges abandonó en su orilla al bajar de nivel. La bola es un cráneo, pegado todavía al sólido engranaje de las vértebras, con la blancura del marfil y la suciedad del barro... Y abajo, las viudas, contentas de este día de fiesta y de carnes lavadas, siguen abriendo círculos en el líquido sagrado con el vaivén de sus hemisferios inferiores.

Volvemos hacia Benarés, repelidos por la presencia de otros perros que pelean con los buitres, disputándose la posesión de cadáveres invisibles. Desembarcamos en uno de los gaths centrales y subimos á la ciudad, perdiendo de vista el río. Volvemos á internarnos en las calles sin vehículos, donde sólo circulan animales sagrados, muchas veces pequeños búfalos de blanda y torcida giba.

Vamos en busca de los famosos templos de Benarés. Un devoto indostánico necesitaría meses para visitarlos todos. Creo que existen en la ciudad y sus arrabales unos cinco mil, con veinte mil sacerdotes y siervos del culto. Estos templos más bien son santuarios por su pequeñez. Sus muros de piedra están cubiertos de esculturas y tallas, pero las múltiples labores resultan poco visibles, por estar embadurnados aquéllos con un color litúrgico, rojo sangre. Todos tienen un pórtico sostenido por columnas y una flecha final dorada ó blanca.

La muchedumbre es todavía más numerosa en las calles que al empezar la mañana. Caminan graciosamente las mujeres, envueltas en velos que transparentan aros de plata y bronce en brazos y tobillos, así como las joyas de pedrería que adornan su pecho. Las más llevan sobre la cabeza grandes platos de metal con montones de flores dedicadas á las divinidades. Un perfume de sándalo y de jazmín sigue sus pasos.

En estas callejuelas estrechas como pasillos, los balcones de las casas avanzan hasta tocarse. Debajo de sus salidizos toda puerta sirve de escaparate á un comercio. Como las muchedumbres devotas venidas en peregrinación necesitan llevarse un objeto que les recuerde la ciudad santa, los tenderos viven prósperamente. Es un comercio que recuerda el de los árabes en Las mil y una noches. Pequeñas tiendas de zapatería sirven de punto de reunión á los ociosos. Abundan los imagineros, con sus dioses de múltiples brazos alineados en los anaqueles. Los vendedores de telas extienden ante sus puertas un empavesado multicolor de velos, túnicas y alfombras. Mujeres y niños ofrecen coronas de flores para los dioses.

Todas las callejuelas huelen á jazmín, á pimienta, á almizcle, á sándalo, á lugar húmedo donde nunca llega el sol, y esparcen al mismo tiempo un hedor de letrina. Sin embargo, su enlosado igual y sin aceras está limpio. No se ven montones de basura ni animales muertos, como ocurriría seguramente si Benarés fuese una ciudad musulmana. Su carácter induísta se revela también en la abundancia de mujeres, todas con el rostro descubierto, ligeras de ropa, hablando y riendo en plena calle.

Vamos al templo donde está la piedra de Siva, fetiche tal vez de los remotos habitantes de la yungla salvaje. Lo llaman los peregrinos «Templo de Oro» porque se yergue sobre él una flecha piramidal recubierta de placas doradas.

Dicho templo, relativamente pequeño, es célebre en toda la India. Una muchedumbre se estruja en la plazoleta abierta ante su entrada principal. Los hombres que la componen inspiran cierta inquietud al extranjero, á causa de sus carnes tatuadas y los signos de color sangriento pintados en la frente. Todo devoto que consigue penetrar en el mencionado templo y cumple los ritos sagrados ante la piedra-ídolo va después de su muerte á Kailas, el paraíso brahmánico. Así se explica el apresuramiento de las turbas creyentes. Para hacer más grande la confusión, vacas y búfalos sagrados se entretienen, con insolente tenacidad, en entrar y salir á través del gentío, oprimiéndolo contra los muros.

En un vasto corral cerrado por columnatas, vemos los establos de otras bestias cornudas y santas, las cuales se mantienen majestuosamente aparte de los ruidos de la fiesta. Cerca hay un pozo de escasa profundidad, cuya agua dormida y verdosa exhala fétido olor. Los peregrinos, después de contemplar la piedra de Siva, se agolpan aquí, disputándose el repugnante líquido que un bracmán les ofrece en vaso de plata á cambio de dinero. Este pozo, llamado «Fuente de la Sabiduría», se formó, según la leyenda, cuando las divinidades del Olimpo indostánico se disputaban la posesión del brebaje de la Inmortalidad. Para resolver la querella, Siva se apoderó de la enorme copa, apurándola de un trago, pero dejó escapar en su precipitación algunas gotas del prodigioso líquido, y éstas cayeron sobre la tierra, llenando la cisterna de Benarés. Un poco más lejos hay otro pozo, llamado Mankarnika, cuya agua, no menos hedionda, proviene del lavado de las imágenes de los templos vecinos. Con frecuencia llega una procesión llevando su ídolo en un palanquín, y los fieles lo rocían con el agua del mencionado pozo, bebiéndola después ávidamente.

Esta muchedumbre de ojos agresivos y emblemas sangrientos en el rostro muestra, sin embargo, una admirable tolerancia religiosa. Misioneros americanos y británicos, conocedores de la lengua indostana, predican muchas veces en la plazoleta del «Templo de Oro» para propagar el cristianismo. Insultan la idolatría, maldicen á Siva, se esfuerzan por demostrar la falsedad de las tradiciones religiosas de Benarés. Los indos les escuchan con silenciosa atención; algunos permanecen inmóviles horas enteras para que no les tachen de descorteses con el extranjero, y finalmente, entran todos en el templo para adorar la piedra de Siva.

«Con esta gente dulce, tolerante, respetuosa—dice un obispo anglicano conocedor del país—, resulta imposible obtener una sola conversión.»

Hacemos alto ante otro templo, pintado interiormente de rojo. La piedra de sus muros, labrada con la minuciosidad de la arquitectura indostánica en forma de cupulitas, figurillas y lianas, resulta uniforme bajo esta costra que parece de sangre seca. Entra en él una procesión de peregrinos, todos con ropas cortas y turbante de color azafrán, apoyándose en varas que tienen una calabaza en su remate. Los sacerdotes salen á recibirles, conduciéndolos luego ante un altar de cuatro frentes en el centro del santuario. No podemos ver más. La muchedumbre que circula apretadamente por el callejón, pegándose á los muros para dejar paso á las vacas sagradas, nos impide permanecer ante las puertas de los templos.

Un personaje sacerdotal viene á ofrecernos el balcón de su casa. Es de madera, semejante á los miradores turcos, y desde él podemos abarcar con la vista los patios interiores de varios santuarios y el río de cabezas que discurre incesantemente por la callejuela. Se reconoce á los judíos indostánicos por sus gorritos negros y redondos. Varios faquires mendicantes agitan campanillas, cadenas, tridentes, y entonan cánticos sagrados para implorar la limosna de los devotos. Ascienden sobre las terrazas, cortando la atmósfera intensamente azul, numerosas flechas de templos, blancas y doradas. Pasean por sus aleros pavos reales con la cola abierta, loros saltones, tropas de monos, que parecen dueños de todas las techumbres de la ciudad.

Nos van enseñando, entre las mujeres que pasan, á las servidoras de los templos ó bayaderas, las cuales se dan á conocer por ciertos detalles de su vestimenta.

Este título de «bayadera», usado por los europeos, no es indostánico. Se debe á los portugueses, que tantos nombres crearon para designar cosas y personas de Asia. Al ver, en sus primeros avances por la India, á las bailarinas de las pagodas, las llamaron baladheiras, y de ahí la designación europea de bayaderas. El nombre indostánico verdadero es debadasi, que significa «esclava de los dioses». Así como las divinidades indostánicas tienen en sus cielos tropas domésticas de apsarasas ó ángeles femeninos, los bracmanes, siguiendo tal ejemplo, crearon para el servicio de sus pagodas á las debadasi.

Todo indostánico puede consagrar una de sus hijas al servicio divino; pero hasta hace pocos años esto pesaba como obligación imprescriptible sobre la clase de los tejedores. No había en dicho oficio quien se librase de entregar á los bracmanes su quinta hija, y si tenía menos de cinco, la más joven. Nos parece ahora irritante este honor triste y cruel; pero oportuno es recordar que, hace menos de un siglo, las familias ricas y nobles de los países católicos todavía destinaban una ó varias de sus hijas á la vida religiosa, sin pedirles consentimiento, sin preocuparse de si tenían ó no vocación para la vida claustral.

No son tan numerosas las bayaderas como en otros tiempos, pero aún reciben la misma educación desde su infancia, ejercitándose en el baile, el canto, los juegos mímicos, la lectura de los libros sagrados y el arte de escribir. En algunas regiones de la India ejercen la prostitución con un carácter sacerdotal, entregando parte de su producto al templo de que dependen. Sus hijos quedan en él como músicos y sus hijas las suceden en su profesión.

Las debadasi de la India meridional tienen la tez muy obscura y la frotan con azafrán para aclararla, lo que no aumenta los encantos de su cuerpo bronceado. Las del Norte, más famosas, por pertenecer casi todas á la raza blanca, son las que crearon el renombre misterioso de la bayadera, tan agrandado y desfigurado por la poesía.

Salimos al caer la tarde del centro de la ciudad, para correr sus suburbios.

Aquí encontramos calles más anchas, mejor dicho, caminos polvorientos orlados de pequeños edificios, y podemos montar en automóvil para ir al templo de la Fuente de Durga, llamado también «Templo de los Monos» á causa de las numerosas bandas de estos animales que viven en sus techumbres.

Resulta enorme, comparado con los santuarios del viejo Benarés. Los constructores pudieron esparcirse aquí en amplios terrenos, y el templo y sus patios tienen además, como murallas defensivas, cuatro alas de edificios que ocupan los sacerdotes.

Subimos á las terrazas de este cuadrilátero que rodea el santuario de la diosa. No sentimos deseo alguno de penetrar en la residencia de la terrible mujer de Siva. Sabemos que su culto consiste en el degüello de cabras para que su sangre corra por las baldosas. Preferimos pasear entre los monos, viendo de arriba á abajo los patios y el vestíbulo, donde están en cuclillas varios sacerdotes. Algunas cabras blancas, de cuernos en espiral, balan y corretean, sin presentir cuál será su suerte al día siguiente.

Una niña como de doce años, gorda, descocada, casi desnuda, se entretiene en cabalgar á estas cabras, una tras otra, azuzándolas con gritos y golpes para que troten. Es de raza blanca; lleva al aire sus abultadas pantorrillas de ambarino color, y una camisa recogida entre los muslos, su única vestimenta, se entreabre sobre el busto, dejando ver un pecho carnoso, en el cual la pubertad no ha hinchado aún los suaves abultamientos del sexo. Por debajo del turbante blanco asoma su rostro mofletudo, con ojos negros y crueles. Debe ser hija de alguno de estos sacerdotes de cabeza rapada y vestiduras color de azafrán que contemplan sonriendo sus juegos varoniles.

Los monos de las terrazas acaparan nuestra atención. Se aproximan chillando y tendiendo sus manos de palmas violáceas. Antes de subir hemos comprado en la puerta del templo varios cucuruchos de papel llenos de maíz tostado, manjar predilecto de estos animales, cortos de piernas, rechonchos, con una pelambrera rojiza. Son innumerables; trepan por los muros; marchan balanceándose como beodos sobre el filo de las balaustradas. Las hembras dejan de espulgar á sus pequeñuelos para venir igualmente hacia nosotros, atraídas por el maíz.

Abajo continúan sonando los gritos de la niña gorda y sus violentas cabalgadas á lomos de los pobres animales, que se resisten á tal deporte. Mi guía me habla, otra vez con los ojos bajos, sobre la identidad de esta amazona ruidosa. No pertenece al sexo que yo me imagino. Es un muchacho rollizo, al que miman los sacerdotes, dejándole hacer cuanto quiere... ¡Ah!

Uno de estos personajes ha subido á la terraza para darnos explicaciones sobre el templo y la divinidad sanguinaria que lo habita. Alguien le ha hecho saber mi profesión, y me habla en una mezcla ininteligible de inglés é indostano. Al mismo tiempo pretende abarcar con los movimientos de sus brazos todo el templo rojo y sus dependencias, que van tomando un color de naranja bajo el sol poniente.

Sólo puedo entender dos palabras que repite con tenacidad y suenan en mis oídos: «Mark Twain...» ¿Qué puede hacer aquí el famoso humorista americano?... Mi intérprete aclara al fin lo que viene repitiendo con tanta insistencia el bracmán.

—Dice que á usted le interesará saber que mister Mark Twain estuvo aquí, y después de un largo examen declaró que todo estaba en regla.

Hago que me repitan la incomprensible noticia, y el bracmán obedece, sin añadir nada nuevo. Al fin desisto de pedir nuevas aclaraciones. ¡Ah, burlón serio y glacial!... ¿Qué es lo que estaba en regla?... ¿Los sacerdotes de la diosa?... ¿Los monos de los tejados?... ¿El gordinflón de equívoco sexo que hace trotar á las cabras antes de que las degüellen?...

Ha empezado el anochecer. Volvemos á la parte inglesa de Benarés, donde están los hoteles europeos y el campamento de las tropas. En los caminos polvorientos nos cruzamos con muchos carritos indígenas, de los que tiran bueyes pequeños como asnos. Sus conductores ocupan una de las varas, con las piernas colgantes.

Al atravesar un arrabal, algunos chicuelos induístas arrojan una piedra contra la caja del automóvil. Es un accidente insignificante; lo mismo ó peor ocurre con frecuencia en los caminos de Europa. Pero nuestro chófer, mahometano joven y arrogante, de tez color canela, ojos ardientes, bigote erguido y batallador, no lo cree así. Parece orgulloso de su turbante verde y del apéndice franjeado que le cae sobre la nuca. Se adivina que debe ocultar en su faja un puñal curvo. Apenas oye la pedrada, detiene el vehículo y se echa abajo del pescante. ¡Atreverse unos brahmanistas á tal insolencia con un musulmán!...

Empieza á distribuir bofetadas entre los muchachos, y éstos huyen despavoridos, gritando y llorando. Salen hombres medio desnudos de las casas inmediatas. Son induístas altos, enjutos, con sólo un lienzo blanco anudado á sus caderas y la cabeza esquilada. Miran con curiosidad, sin decir una palabra; pero el mahometano, previsoramente, por si pudiera ocurrírseles el agredirle, se quita uno de sus zapatos, con gruesa suela de madera, y empieza á repartir golpes igualmente entre los hombres.

Creo necesario bajar del automóvil, temiendo por la suerte de este chófer que sólo conozco desde la mañana. Lo van á matar. ¡Son tantos contra él!... Con gran asombro veo que los induístas vuelven las espaldas y acaban por meterse en sus casas, perseguidos por los zapatazos del compatriota musulmán. El chófer vuelve á su vehículo sonriendo como un triunfador, y reanudamos la marcha.

Esta es la India. Unos miles de ingleses bastan para dominar á más de trescientos millones de indígenas. Las diferentes religiones del país, escrupulosamente respetadas por aquéllos, mantienen su autoridad.

En vano el generoso Gandy (un San Francisco de Asís indostánico) viene sufriendo y esforzándose por unir las voluntades de todos sus compatriotas en una acción común. Los brahmanistas son 218 millones, y los musulmanes indostánicos 67 millones nada más. Pero el musulmán, hombre de cuchillo y de venganza, aficionado á la guerra, predispuesto á la vida de soldado, compensa con su audacia agresiva esta inferioridad numérica.

Si musulmanes y brahmanistas olvidasen sus odios religiosos, se verían obligados los ingleses á retirarse de la India, tal vez sin disparar un tiro, vencidos por la resistencia pasiva de centenares de millones de seres. Pero apenas se inicia una tregua religiosa y los indostánicos de diversos ritos parecen entenderse, al abrir los musulmanes, una mañana, cualquiera de sus mezquitas, la encuentran profanada por huesos de cerdo arrojados en su interior, y esto basta para que se echen inmediatamente á la calle á matar brahmanistas. Otras veces son los adoradores de Siva los que sienten la tentación de atacar á los musulmanes, si los ven inferiores en número.

De todos modos, el que lleva turbante mahometano se cree infinitamente superior á sus compatriotas de cabeza rapada y no vacila en agredirlos, uno contra doce, como mi chófer de Benarés.

La unidad de la India es hasta ahora una vana expresión geográfica. Existen tantas Indias como religiones. Y las religiones son los grupos humanos que más difícilmente llegan á entenderse para marchar juntos.

IV

LA ÍNSULA DE TAPROBANA

Viaje á Darjeeling.—La India fría.—Visión del majestuoso Himalaya, llamado ahora Everest.—Salimos de la bahía del Diamante.—Otra vez el mar tropical.—Los infortunios del heroico Rama.—Cómo el rey de los monos le prestó ayuda, construyendo un puente de la India á Ceilán con todo su ejército de cuadrumanos.—La ínsula de Taprobana y sus maravillosas riquezas.—El «Pico de Adán».—Los grandes hoteles de Colombo.—«¿Viene usted á cazar tigres?».—La avenida central de la ciudad y sus transformaciones políglotas.—Hombres con peineta y faldas.—Indos con apellido portugués.—Budistas y brahmanistas.—Por qué los ingleses procuran que los indostánicos sigan llevando los pies descalzos.

Volvemos á la bahía del Diamante, donde nos espera el Franconia.

Desde Calcuta hemos hecho un viaje igual al de Benarés, pero hacia el Norte, en busca de la fría ciudad de Darjeeling, donde el indostánico no puede vivir medio desnudo, como sus compatriotas del Ganges inferior y los Estados del Sur.

No hemos ido á Darjeeling para ver sus plantaciones de té, sus callejuelas y sus bazares donde pueden adquirirse tapices de pelo de cabra con flores bordadas. El principal atractivo de esta ciudad, construída á considerable altura, es poder contemplar la famosa cumbre llamada vulgarmente Himalaya, y á la que han dado los ingleses el nombre de Everest, un inspector general de las Indias. Inútil es decir que Everest no puso jamás sus pies en la altura hasta ahora inaccesible que lleva su apellido, como tampoco los numerosos exploradores que intentaron luego escalarla.

Llega el ferrocarril hasta la mencionada ciudad remontando una sucesión de curvas audaces, siguiendo el borde de precipicios, atravesando selvas húmedas, eternamente verdes, compuestas de diversos árboles gigantescos á cuyo pie crecen los helechos. Cerca de fuentes y arroyos, tienen los matorrales, como en el Japón, bandas enrolladas de papel conteniendo oraciones. Los rododendros se cubren de flores al lado de cedros, sicomoros y palmeras. Las orquídeas semejan pájaros, balanceándose agarradas á los troncos. Según vamos subiendo, las plantas tropicales se rarifican, reemplazándolas abetos, musgos y florecillas de las montañas de Europa.

A no ser por los trajes de los vendedores que acuden á las estaciones, resultaría difícil imaginar que estamos en la India. Usan casacas hechas con pieles de animales, pero llevando el pelo adentro y bordado de colores el cuero exterior. Hombres y mujeres van calzados con botas de fieltro que les hacen marchar de un modo titubeante.

En Darjeeling, á la salida del sol, vemos de una manera vaga la cumbre famosa que nos ha hecho venir hasta aquí. El antiguo Himalaya está muy lejos y enormemente alto; casi parece una nube á través de la escotadura que forman dos cumbres más próximas. Su cúspide cubierta de nieve nos parece de una majestad aplastante, tal vez porque estamos enterados de su altura excepcional, 8.840 metros, la mayor del mundo. En realidad, tiene demasiadas montañas en torno para que podamos darnos cuenta de su grandeza desde este lugar. De todos modos, nos proporciona cierta satisfacción vanidosa el ver desde las afueras de Darjeeling esta montaña blanca que cubre gran parte del horizonte.

—Ya conozco el Himalaya—podemos decir—, aunque sea de lejos.

Todo aficionado á la lectura prefiere usar el antiguo nombre que dieron poetas y viajeros á la montaña más alta de la tierra. El Himalaya (llamado por los indígenas Gaurisánkar) pierde mucho de su prestigio fabuloso, de las leyendas terroríficas unidas al misterio de su cumbre nunca pisada por los humanos, y en la que residen dioses misteriosos y diabólicos, cuando se la da el nombre del funcionario británico Everest.

Al salir el Franconia de la bahía del Diamante, va tomando ésta el aspecto de una cola abierta de pavo real. Se aclara el agua rojiza con las masas oceánicas que envía á su encuentro la marea. Las luces del sol matinal extienden sobre la superficie del estuario praderas verdes, lagos azules y rojizos, senderos que parecen cubiertos de temblonas violetas. Toda esta variedad de tintas va disolviéndose según se esfuman y desaparecen, á ambos lados del buque, las riberas de la yungla. Se estrechan y prolongan como filamentos las manchas amarillas de barro líquido. Los redondeles color de sangre coagulada que reflejan fondos de cieno son cada vez más reducidos, y al final flotan como escudos sueltos, aleteando sobre su círculo las aves de presa.

El azul compacto y sereno disuelve este desorden colorinesco, absorbiéndolo finalmente en su grandeza oceánica. Terminaron las aguas medio dulces con sus aportes orgánicos; ya estamos más allá de la zona influenciada por el enorme caudal del Ganges. De nuevo viene hacia nuestra proa el mar del Trópico, color de zafiro. Cinco veces lo abandonamos en nuestro viaje para meternos en ríos y estuarios, y nos vuelve á acoger con la calma de siempre, lleno de fosforescencias en la noche, rayado por enjambres de peces voladores durante las horas meridianas.

Cuatro días navegamos por la parte occidental del golfo de Bengala, hasta la isla de Ceilán, que, según los poetas indostánicos, cuelga sobre el pecho del Océano Índico como una esmeralda engarzada en plata.

Se cruzan con nosotros, el último día de esta navegación, veleros que parecen de otros siglos, goletas y fragatas de la marina malaya con arboladura europea, pero conservando las líneas principales de la antigua construcción, la popa más alta que la proa. Estos descendientes de los nautas remotos que corrieron el Pacífico y tal vez llegaron á América, todavía explotan, á pesar de su decadencia, la navegación entre las tierras aisladas vecinas al Asia, que la nueva geografía llama Insulandia.

Nos aproximamos á Ceilán. Mar y cielo parecen anunciarnos con su calma luminosa la vecindad de una isla celebrada siempre por su eterna primavera, donde exploradores remotos colocaron el emplazamiento del Paraíso terrenal. Vemos el Océano terso y blanco como el interior de una concha-perla. Parece que el exceso de luz haya absorbido todo su azul. Los peces voladores son los únicos que alteran esta inmensidad con el arañazo ligero y rapidísimo de su vuelo á flor de agua.

Vamos en busca de Colombo siguiendo la costa oriental de Ceilán. En su parte opuesta existe una cadena de escollos, igual á las ruinas de un puente gigantesco, que ha dado origen á numerosas leyendas poéticas y religiosas. Indudablemente Ceilán era una península de la India, pero el mar rompió su istmo, dejando como restos catastróficos la actual línea de islotes y peñascos submarinos.

Por este puente pasó Rama, hijo de dioses descendido á la tierra para ser simplemente héroe, símbolo tal vez de la invasión de la India por los arios. Un demonio repugnante, llamado Ravena, que tenía su reino en la isla de Ceilán, aprovechó una ausencia de Rama para robarle su bella esposa, Sita, llevándosela por los aires hasta su palacio, donde la guardó cautiva.

Como el pobre Rama, al descender á la tierra, se había despojado de sus poderes celestes, carecía de buques para atravesar el estrecho y de ejércitos para combatir al raptor de su esposa. En tan angustiosa situación, Hanuman, el rey de los monos, vino á socorrerle.

Ayudado por su lugarteniente el heroico cuadrumano Nala, movilizó Hanuman todos los monos de la península, empezando este ejército de muchos millones de combatientes por transportar á través de la India entera rocas y troncos arrancados de las vertientes del Himalaya, materiales que sirvieron para construir en cinco días un puente entre la tierra firme y Ceilán.

De este modo, el divino Rama, encarnación de Visnú, pudo marchar contra su enemigo al frente de los mencionados auxiliares. Tales eran los chillidos de los monos al atravesar el puente, que apagaban el ruido de las olas.

En vano el diabólico Ravena intentó cortarles el paso; los monos acabaron con él y sus tropas en una batalla que duró varios días, y al fin Rama pudo recobrar á su dulce Sita. Como hijo de los dioses, preguntó á Hanuman qué recompensa extraordinaria deseaba por sus servicios, y el simiesco rey le pidió vivir todo el tiempo que las hazañas de Rama fuesen cantadas en la India. Y como estas hazañas figuran en el Ramayana, poema épico y sagrado que los bracmanes consideran inmortal, por ser lo que la Biblia en las tierras de Occidente, el heroico mono vive aún y seguirá viviendo, oculto en las profundidades misteriosas de la yungla.

Los indostánicos han hecho de él un dios, y su imagen figura en los templos. Posee también santuarios propios, siempre en las selvas, con sacerdotes que gozan fama de brujos y pueden convertir á los hombres en animales.

Respeta el induísta al mono como animal sagrado, viendo en él una reencarnación de Hanuman. Cuando el hambre reina en la India, las gentes mueren á miles, pero jamás les falta comida á los cuadrumanos que vagan en torno á los templos.

Todas las riquezas y exuberancias de la naturaleza indostánica parecen haberse concentrado en la isla de Ceilán. Los bracmanes la titularon «estanque cubierto de lirios rojos», los chinos «tierra sin penas», los griegos «país del jacinto y del rubí», y los poetas budistas «perla eternamente fresca sobre el pecho de la India». Muchos siglos después, al establecerse los mahometanos en Ceilán, la llamaron «consuelo de los padres de la humanidad, después de haber perdido el Paraíso».

Tanta era la fama de esta isla, que los antiguos geógrafos, entre ellos Ptolomeo, la supusieron quince ó veinte veces más grande. Durante miles de años la imaginación concentró en ella todas las maravillas de la India. Tenía playas de piedras preciosas desmenuzadas por las olas. Una de sus ciudades poseía un templo con la cúpula rematada por un carbunclo color de fuego, y esta gema enorme iluminaba las noches, lo mismo que un faro.

Ceilán es la isla de Simbad el Marino. Los navegantes de su tiempo hablaban de una montaña toda de piedra imán, que atraía los clavos y cuantos hierros llevaban las naves, desuniendo su tablazón, sumergiéndolas en plena bonanza y obligando á sus tripulaciones á ganar á nado la costa. Esta montaña-imán era el símbolo de una tierra que atrajo con sus riquezas á tantos hombres de mar, guardándolos para siempre, seducidos por la dulzura de su clima y su vegetación maravillosa.

Primeramente los árabes y luego los portugueses, vinieron á esta isla en busca de la pimienta, la canela y otras especias, encontrando gran abundancia de zafiros, topacios, rubíes, piedras de luna, aguasmarinas y sobre todo perlas. Ceilán es la famosa isla ó ínsula de Taprobana que figura en los libros de caballerías, tierra de inauditos tesoros guardados por enanos feroces, tropas de monos y desaforados gigantes. Don Quijote, en la biblioteca de su caserón manchego, soñó muchas veces con la conquista de uno de los reinos de la lejanísima Taprobana[1], donde abundaban perlas y diamantes, como si fuesen guijarros.

Por encima de las montañas inmediatas á Colombo vemos un cono casi vertical, un pitón que parece inaccesible, al que llaman «Pico de Adán». Situado á diez y seis leguas en el interior de la isla, sólo las gentes del país llegan á su cumbre, cuando van en peregrinación, durante los meses de verano. En la meseta terminal existe una oquedad, abierta en la roca, que tiene la forma de un pie enorme. Esta huella, según los budistas, la dejó Buda antes de ascender á los cielos. Los brahmanistas aseguran que es la huella de Siva, y los musulmanes, al establecerse como mercaderes en la isla y propagar su religión, afirmaron que la había abierto el pie de Adán, padre de toda la humanidad. Éste, al verse arrojado del Paraíso, situado en Ceilán, pasó varios años llorando sus culpas sobre dicha cumbre, mientras Eva vivía desterrada cerca de la Meca. De este modo cada una de las tres religiones se apropia la montaña, y todas la envían sus peregrinos en los meses que resulta accesible.

Sólo devotos de gran fe pueden emprender tan peligrosa ascensión. En la última parte del camino hay que trepar verticalmente, agarrándose á cadenas, que algunas veces se han roto, cayendo los peregrinos en una profundidad mortal de centenares de metros. Varios oficiales ingleses, aburridos de su larga permanencia en la isla, han efectuado la ascensión al «Pico de Adán», examinando la informe oquedad que los devotos toman por la huella de un pie gigantesco, así como un altar que levantan los bonzos en la mencionada plataforma mientras duran los meses del verano.

La periferia de la isla recibe un contacto frecuente de la civilización occidental. El interior es más primitivo, y sus poblaciones viven rodeadas de una naturaleza tan exuberante, que algunas veces las obliga á defenderse. El tigre abunda en dichas regiones. El elefante salvaje resulta para el explorador de las selvas el animal más temible. Los periódicos de Colombo publican con alguna frecuencia relatos de muertes causadas por la mordedura de las najas. Hay también boas enormes. En mi viaje á Kandy por carretera, pude ver cómo marchaba una tranquilamente á corta distancia de nuestro automóvil.

El gobierno de la isla ha normalizado y reglamentado la cacería de bestias salvajes. Existe una tarifa indicadora de lo que se debe pagar por cada animal cazado en las tierras del interior. Un elefante cuesta diez libras; un tigre, menos. Algunos de los que vienen á invernar á Ceilán hacen el viaje por conocer las emociones de estas cacerías.

No puedo disimular mi extrañeza cuando los periodistas de Colombo, al subir al buque, me preguntan con naturalidad, como si se tratase de algo ordinario en mi existencia:

—¿Viene usted á cazar tigres ó elefantes salvajes?...

¿Yo?... ¿Qué mal me han hecho esos animales?... Deseo ver otras cosas más interesantes para mí.

Pasamos al entrar en el puerto ante grandes hoteles rodeados de jardines. El desarrollo de los medios de comunicación ha empequeñecido la tierra, ensanchando considerablemente el espacio en que se mueven las personas adineradas. Hace unas docenas de años nada más, los ricos de Europa, al trasladarse en invierno á la Costa Azul, creían mostrar con ello una audacia aventurera. Luego, la moda convirtió en estaciones invernales Argelia y Egipto. Ahora estos viajes resultan mezquinos y sin novedad. Lo chic para las gentes ricas y de humor vagabundo es embarcarse en un paquebote del Extremo Oriente y pasar los meses de frío en Ceilán.

A causa de la afluencia de clientes opulentos, los hoteles de las cercanías de Colombo son ahora tan grandes como los de América del Norte. Su numerosa servidumbre no lleva zapatos, pero es muy limpia y tiene cierta elegancia exótica vestida con túnicas siempre inmaculadas y tocada con turbantes color de fuego. En torno á estos edificios, verdaderos cuarteles de la riqueza, los jardineros improvisan edenes, sometiendo á las disciplinas de su invención todas las exuberancias y variedades de la flora tropical. Colombo es lugar de obligado descanso para los buques que van al Extremo Oriente ó vuelven á Europa. Imposible hacer uno de ambos viajes sin echar el ancla en su puerto, depósito enorme de combustible.

La avenida central de esta ciudad de paso cambia varias veces de aspecto en el curso de un solo día. Repentinamente, los vendedores ambulantes agrupados bajo las arcadas, los que están á la puerta de su tienda, los que tiran de ricshas, los niños que piden limosna, dejan de hablar inglés y empiezan á gritar á su modo palabras francesas. Es que un trasatlántico procedente de la Indo-China acaba de anclar en el puerto. Los grupos de viajeros llevan el uniforme militar de las colonias ó el casco blanco, con traje de igual color, cerrado hasta el cuello, que usan funcionarios y comerciantes. Las señoras tienen un aspecto nostálgico y distinguido de parisinas en el destierro.

Pasadas unas horas, nadie habla francés. Los viajeros han regresado á su buque. Ahora llena la ciudad otro alud de gentes que se expresan en inglés, y sin embargo parecen hallarse en casa ajena. Pertenecen á un paquebote llegado de Australia. Y así sucesivamente van pasando por Colombo grandes buques de todos los países, que vuelcan por unas horas su población fugaz.

Entre la muchedumbre cobriza y políglota que grita ante las puertas de los establecimientos pugnando por atraer á una clientela que se embarcará horas después, para no volver nunca, hay muchos que hablan español. Todos empiezan á ser viejos y realizan un esfuerzo mental para evocar palabras que sabían perfectamente y han olvidado por falta de uso. Cuando el archipiélago filipino pertenecía á España, era frecuente el paso de españoles por Colombo, y sus mercaderes consideraban necesaria nuestra lengua. Ahora sólo de tarde en tarde, al pasar el vapor-correo de Manila, se acuerdan los tenderos cingaleses de que existe nuestro país.

El lector conoce seguramente los adornos masculinos de esta isla. Todo europeo, al desembarcar, se siente desorientado y necesita tiempo para establecer una diferencia indispensable entre los machos y las hembras de Colombo. Deja crecer el hombre sus cabellos y los lleva en forma de rodete, sujetos con un peine ó caídos sobre el cogote, á estilo de «castaña», como se decía en otro tiempo. Además, usa una pieza de tela arrollada á las piernas en forma de falda. Su lujo es llevar pintadas boca y mejillas, los ojos agrandados con líneas negras, y usar pulseras, pendientes y collares. El bigote, que se dejan crecer los más, es lo único que distingue al hombre de la mujer. Hasta los criados, en hoteles y cafés modestos, llevan faldas blancas y una peineta sobre su cabellera anudada á estilo femenil.

El uso de la peineta resulta general en Colombo, y hasta la conservan los cingaleses que adoptaron el traje europeo. Es una media corona de carey puesta al revés, de modo que sus extremos quedan á ambos lados de la frente, pareciendo de lejos sus puntas dos cuernecitos.

Así va la marinería que se agrupa en los muelles, cerca de sus barcos larguísimos, estrechos, y sin embargo con velas grandes y audaces, pudiendo navegar estas piraguas sin volcarse, gracias al balancín sostenido paralelamente á uno de sus costados por gruesos bambúes. Así también, la muchedumbre pedigüeña y pegajosa, igual á la de todos los grandes puertos, que pasa el día en medio de la calle y sigue al viajero de tienda en tienda, esperando á la puerta para ofrecer sus servicios.

En las vías secundarias las casas están pintadas de azul, blanco ó rosa. Los hombres que salen de las tiendas para mostrar sus géneros, así como los vendedores ambulantes y los vagabundos, saludan á todo el que llega llamándole «capitán». Es tal vez un recuerdo de la dominación portuguesa. También resulta verosímil que en este puerto, siempre lleno de buques, el título más honorífico que puede discurrir un cingalés es el de «capitán». Los niños ofrecen á las viajeras flores de estanque, enormes, con intenso perfume. Otros granujas bronceados y completamente desnudos llaman «papá» y «mamá» á los europeos, con un balido humilde de bestezuela desamparada, mientras guardan sus ojos ardientes cierta expresión de picardía.

Muestran estos pilluelos un conocimiento algo retrasado de las modas de Europa, y para halagar á los blancos, cantan á coro Tipperary, la canción inglesa de la guerra, al mismo tiempo que se meten una mano en el sobaco opuesto y dan golpes de codo para apoyar su cántico con un acompañamiento de ruidos inconvenientes.

Se nota en las calles la escasez de caballos. En Ceilán no existen otros que los del ejército y los de algunos ricos. Los animales del país son el elefante, dedicado aquí á las faenas agrícolas, el toro y el búfalo. Pero estos últimos sólo merecen su nombre en diminutivo. En ninguna parte del mundo pueden encontrarse toritos como los de Ceilán. Tienen aire de viejos, y sin embargo su alzada no va más allá de la de un asno. Parecen creados para una humanidad de pigmeos. Los búfalos, á causa de su giba, aún resultan más grotescos en su pequeñez. Estos animales tiran valerosamente de carretas y vehículos de recreo. Se les ve á veces muy peinados y limpios, con los cuernecitos rojos ó verdes, enganchados á un tílburi ú otro carruaje de lujo.

El pasado de Colombo nos sale al encuentro al transitar por sus calles populares, lejos de la avenida central, donde sólo existen almacenes ingleses. Los comerciantes del país se muestran orgullosos de sus apellidos, colocándolos en letras doradas sobre las puertas de sus tiendas. No hay calle en que no viva algún Silva, Fonseca, Costa, Gómez, Fernando ó Perera. Todos cuentan con orgullo que son portugueses, como si se hubiesen embarcado años antes en el puerto de Lisboa; pero basta mirar sus caras cobrizas, sus ojos asiáticos, para poner en duda tal origen. Descienden de remotos soldados de Portugal que se cruzaron con hembras del país. También pueden ser nietos de esclavos que tomaron el apellido de su señor.

Los conquistadores portugueses fundaron Colombo, estableciendo aquí las primeras bases de la civilización europea. Cuando Portugal fué anexionada á España por Felipe II, los holandeses, en continua agresión contra las colonias españolas, se adueñaron de Ceilán, conservando esta isla, que puede llamarse gemela de Java por sus productos y su hermosura, hasta que á su vez los ingleses les arrojaron de ella.

Todos estos hombres con cabellera de mujer, rostro pintado, mirada inquietante, una chaqueta blanca abrochada sobre la epidermis y una pieza de tela inglesa arrollada á las piernas, tienen ennegrecida su dentadura y las encías hinchadas, de color sanguinolento. Las mujeres, feas é indolentes, que llevan por todo vestido una tela obscura á guisa de falda y un sari ó blusa muy corta, dejando visible la morcilla circular de su carne entre los bordes de ambas prendas, muestran una boca igualmente negra y ensangrentada. Todos mascan betel. Hasta los niños de corta edad tienen una sonrisa repugnante.

En medio de la muchedumbre cobriza se ven ancianos de tez puramente blanca. Deben pertenecer á una tribu medio extinguida, de las muchas que fueron superponiéndose en esta tierra considerablemente poblada por los aluviones de la civilización y la conquista. Algunos de estos arios, con barba blanca y un pedazo de tela por toda vestidura, recuerdan la estatua de Víctor Hugo desnudo cincelada por Rodín.

Lo mismo que Rangoon, es Ceilán un gran centro del budismo. En ambas regiones indostánicas dominan las doctrinas de Gautama. Vencidas hace mil años por los bracmanes en el resto de la India, tienen fuera de ella tantos millones de adeptos, que el budismo figura aún como la más numerosa de las religiones.

Se encuentran aquí los mismos bonzos de manto azafranado que en Rangoon; pero los sacerdotes budistas de Ceilán son mendicantes, viven de la caridad de los fieles, y sus envolturas deshilachadas ya no guardan el hermoso color primitivo á causa de su vejez. Todos llevan la olla de cobre debajo del manto, lo que les da, vistos de lejos, un aspecto de mujeres encinta. Se detienen ante los vendedores callejeros, abren su capa, avanzan la olla, reciben la limosna, y vuelven á cerrar la envoltura, prosiguiendo su camino.

Triunfante el brahmanismo en el resto de la India, vino á Ceilán en busca de su adversario. Los reyes de la isla, convertidos al budismo en los mejores tiempos de dicha religión, se mantuvieron fieles á ella, y todo el país es budista con cierta vanidad religiosa, considerándose superior á Birmania. Esto no impide que los bracmanes tengan varios templos en Colombo, extremando las ceremonias de su culto con un fervor propagandista. Sus pagodas están cubiertas exteriormente de cartelones colorinescos representando las apsarasas y otras divinidades del cielo induísta, todas ligeras de ropa, con desnudeces tentadoras. Unos sacerdotes voltean campanas en el atrio de estos pequeños templos; otros tañen dulzainas ó golpean tambores con ambas manos. Su estrépito para atraer creyentes recuerda el de los barracones de las ferias. Algunos bracmanes más jóvenes salen al medio de la calle para regalar guirnaldas de flores rojas y amarillas á los que pasan, invitándoles á que visiten su santuario.

Hasta en los jardines más céntricos de Colombo están los árboles cargados de cuervos. Duermen ó graznan sobre sus ramas; aletean por las avenidas, lo mismo que las palomas en los jardines de Europa. Un olor complejo de pimienta, de jazmín, de clavel, de sándalo y de murciélago vampiro, eternos perfumes de la India, sale á nuestro encuentro bajo todas las frondas.

Es famoso Ceilán por sus jardines botánicos. En el de Colombo admiramos las dimensiones de sus grupos de bambúes. El hombre resulta un insecto al lado de estas cañas que se remontan en el espacio hasta alturas sólo conocidas por los árboles colosos. Algunos de estos árboles abarcan con su raigambre á flor de tierra espacios tan extensos como sus copas, y el visitante, para llegar hasta el tronco, tiene que ascender por una sucesión de raíces exteriores, escalinata de peldaños torcidos y obscuros como trompas de elefante.

Cerca de este jardín botánico, poco considerado por los cingaleses cuando lo comparan con el de Paradenya, han construído los ricos de Ceilán toda una ciudad nueva de palacios. En sus avenidas es frecuente ver indígenas viejos elegantemente vestidos de blanco, como un funcionario recién llegado de Londres. Llevan, sin embargo, los pies desnudos y la peineta de los dos cuernecitos sobre su cabeza, tradicionalismo que no les impide ocupar un automóvil propio. Son los millonarios del país, los dueños de las plantaciones de té. Por conveniencia nacional propagan los ingleses en toda la tierra el té de su isla, pretendiendo establecer rivalidades entre Ceilán y la China. Son infinitamente superiores en número los que prefieren el brebaje chino, pero esto no obsta para que muchos cingaleses cultivadores de la citada hierba posean fortunas enormes.

El vecindario indígena de Colombo parece ocuparse del porvenir político de la India más que el de otras ciudades. Casi todas las tiendas ostentan el retrato de Gandy en lugar preferente. Es un retrato melodramático, que muestra al famoso agitador casi desnudo, sentado con las piernas cruzadas sobre las losas de su calabozo, y una reja á sus espaldas.

Gandy está en la cárcel desde hace meses á causa de su propaganda en favor de la independencia de la India, pero lo van á libertar de un momento á otro. Muchos comerciantes han colocado un anuncio sobre el mostrador declarando que venderán con rebaja de cincuenta por ciento el día que Gandy salga de su encierro.

Todos los que poseen tienda abierta y los que ofrecen géneros como vendedores ambulantes bajo las arcadas de la gran avenida usan zapatos. Consideran oportuno ir calzados para presentar á los viajeros las piedras de luna y las aguasmarinas que sacan á puñados de sus bolsillos envueltas en papel de seda, así como los zafiros más hermosos del mundo. Pero yo creo que al anochecer, cuando se retiran á sus viviendas, les falta el tiempo para descalzarse.

Afirman los ingleses que el indostánico abomina de los zapatos, y á causa de esto han establecido en sus casas particulares y en los hoteles que todo el que tiene rostro cobrizo debe marchar con los pies desnudos, sin distinción de categorías. Los recaderos de los «Palaces» de Colombo visten con una elegancia europea, extremadamente vistosa: dolmán escarlata de cinco filas de botones, gorro redondo inclinado sobre una oreja, á estilo de los soldados de la Guardia, placa de plata en el costado izquierdo, pantalones hasta la rodilla... y á partir de aquí las piernas desnudas. En los comedores de los grandes hoteles ya he dicho que los domésticos, uniformados á usanza oriental, llevan los pies desnudos, deslizándose silenciosamente en torno á las mesas que ocupan señoras y señores vestidos de ceremonia. Cuando el maître d'hôtel es indostánico, van de frac, con inmaculada pechera, corbata blanca, pantalón negro basta los pies, y sin zapatos.

—Hay que respetar las costumbres—dicen los ingleses establecidos en la India—. El nativo no quiere ir calzado, y sería una crueldad imponerle tal tormento.

Tengo un amigo en Bombay, doctor portugués que lleva más de veinte años en el país, y es hombre de ingenio, algo aficionado á las paradojas.

—No los crea usted—me dice—; pura hipocresía británica. Fingen respeto á las costumbres, pero lo que desean verdaderamente es que el indígena no se aficione á usar zapatos. Si los trescientos millones de indostánicos se calzasen, no quedarían suela ni cuero en el país para hacer envíos á las Islas Británicas. Y entre que lleven zapatos los vecinos de Londres ó los súbditos de la India, resuelven la cuestión afirmando que el indostánico sólo puede vivir descalzo y es preciso respetar sus aficiones.

V

POR EL INTERIOR DE CEILAN