Mujeres que trabajan en los caminos.—Los campos bajos de Ceilán.—Plantaciones de té y de canela.—Una boa junto al automóvil.—Jardín zoológico sin jaulas.—Tigre real sobre el camino.—La vegetación de las montañas.—Elefantes que aran.—Nuestro encuentro con uno de ellos, asustado por el automóvil.—Actuación militar de los elefantes.—Los maravillosos jardines de Peradenya.—El lago de Kandy.—Templo del Diente de Buda.—Procesión de elefantes con la divina reliquia.—El arzobispo de Goa, la Inquisición portuguesa y el diente sagrado.—Ineficacia de las medidas violentas contra la fe.

En las inmediaciones de Colombo tienen que ser reparados frecuentemente los caminos de tierra roja y suelta, ejecutando mujeres dicho trabajo. Ninguna de ellas es de Ceilán. Las hembras de la isla procuran imitar la existencia perezosa de sus hombres. No quiere decir esto que los cingaleses viven todo el año alejados del trabajo, pero procuran evitarlo cuanto pueden, y esta tierra fértil, de una germinación rápida y generosa, no exige grandes fatigas para ser explotada. La mujer ayuda algunas veces al hombre en sus ocupaciones, pero se esfuerza menos que él.

Son hembras de la península indostánica, casi siempre de la Presidencia de Madrás, las que vienen contratadas para las obras públicas, en calles y caminos.

Vamos á visitar Kandy, ciudad veraniega del gobernador de la isla y de los ricos, donde está el famoso monasterio guardador del diente de Buda. Son cuatro horas de viaje en automóvil por la parte más hermosa de la isla, y el regreso lo haremos en ferrocarril. Esta excursión nos permitirá conocer la llanura, abundante en plantaciones de té y de caucho; después la montaña, con sus arboledas gigantescas, y el famoso jardín botánico de Peradenya, en las inmediaciones de Kandy.

Al salir de Ceilán pasamos entre un centenar de mujeres que trabajan como peones camineros, recomponiendo unas avenidas de tierra carmesí, con jardines á ambos lados y «villas» de color rosa. Las cingalesas, que permanecen inactivas en las puertas de sus cabañas ó van al mercado en esta hora matinal, se muestran medio desnudas, con la cabellera adornada por una peineta menos vistosa que la de los hombres. En cambio, las indostánicas de tierra firme, que manejan el pico, tiran del cilindro apisonador ó llevan sobre la cabeza espuertas de yeso, van envueltas en un velo desde la frente á las rodillas, llevan aros de metal blanco en los tobillos y el tintineo de numerosas pulseras acompaña los movimientos de sus brazos. Trabajan silenciosas, con gesto enfurruñado y constante tenacidad. Causa cierta fatiga ver cómo ejecutan estos trabajos hombrunos con vestiduras y adornos que dificultan sus movimientos. Al extender un brazo, dejan visible todo un costado de su tronco y la taza carnosa del pecho, algunas veces virginal. Cuando se doblegan sobre la tierra, su cuerpo parece transparentarse con indiscretos relieves á través de sus vestidos ligeros.

Viven como bestias de trabajo, y sin embargo, por sus envoltorios y sus gestos tienen algo de mujeres de leyenda, mostrándose altivas y misteriosas para los varones que pasan junto á ellas. Los cingaleses, adornados como hembras, no atraerán nunca sus miradas. Estas jornaleras de macizas ajorcas, cuando reúnen una pequeña dote trabajando en los caminos de Ceilán, vuelven á Madrás ú otras provincias de la costa oriental para casarse con un compatriota.

Nos damos cuenta, marchando por caminos siempre rojos, de lo que es la vida campestre en Ceilán, mezcla de civilización europea y de costumbres milenarias todavía vigorosas. En las plantaciones trabajan muchos hombres, desnudos, sin más que un pañizuelo entre las piernas, guiando parejas de pequeños búfalos. De vez en cuando surge la chimenea de una máquina de vapor junto á las agujas blancas ó doradas de un templo budista. En estos campos se cultiva el té de Ceilán y otro producto que ha hecho famoso el nombre de la isla desde hace siglos: la canela. Existen vastísimas extensiones plantadas de caneleros, ó más exactamente «cinamomos cingaleses», árboles cuyas pequeñas ramas proporcionan el oloroso producto. Los agricultores del país desistieron hace tiempo de cultivar la quinina, para dedicarse en absoluto á la producción de la famosa canela de Ceilán.

Algunas veces encontramos un caserón junto al camino, de cuyo interior se escapan abejorreos infantiles, cánticos de voces delgadas y chillonas. Es una escuela. La colonización británica se preocupa de hacer aprender el inglés á los cingaleses é infundirles un respeto casi supersticioso por el omnipotente personaje que ciñe la corona imperial de las Indias, como si fuese Buda, Siva ó Mahoma. Muchos de los cánticos escolares loan á la graciosa majestad que reside en Londres.

Otras plantaciones inmediatas al camino son de caucho, y sus maquinarias, dirigidas por europeos ó mestizos, funcionan incesantemente para convertir el zumo de dicho árbol en la materia sólida y elástica, preciosa para la industria. Hay extensos arrozales, unos en amplia laguna horizontal, otros en escalinata, como los de Java, y allí donde el trabajo del hombre no ha modificado la fisonomía de la Naturaleza, ésta se muestra con exuberancia y desorden. Las charcas ocultan sus aguas, abundantes en prolífica vida verdosa, bajo apretados broqueles de una vegetación de terciopelo obscuro. Grupos de helechos arborescentes, de bambúes gigantescos, de cocoteros y palmas con penachos color de oro, bordean nuestra ruta. A sus troncos y ramajes se agarran las plantas trepadoras, lanzando bóvedas sobre un suelo eternamente verde, al que sólo llega el sol en forma de gotas de luz.

Vuelan los cuervos en bandas sobre los prados ó se dejan caer en ellos, cubriéndolos con una sábana negra y ondeante. Los búfalos, al descansar sobre sus patas encogidas, mantienen en el lomo un pajarraco de esta especie, que hunde el pico en su pelambrera, buscando los parásitos incubados por la fecundidad tropical. Tiemblan las ramas de los árboles y resuenan sus hojas con el estrépito de carreras invisibles. Poco después, vemos descender por el tronco un lagarto de luenga cola, casi del tamaño de un gato, con el lomo partido en dos filas de verrugas negras y verdes.

Nuestro chófer indígena desvía de pronto su vehículo para evitar un obstáculo que sólo él ha podido distinguir. Siguiendo sus indicaciones, vemos la segunda mitad de una boa que debe tener cuatro metros de longitud y cuya redondez de tronco viviente está cubierta por una piel cuadriculada y tricolor. Este reptil extraordinario acaba de atravesar el camino y continúa deslizándose por uno de sus lados. Durante algunos segundos, marchan en igual dirección la boa y el automóvil. Puedo observar el resbalamiento de la bestia sin ver su cabeza, que se hunde en las ramas secas y en todos los obstáculos del suelo cortados por su arrastre. La tierra parece abrirse ante el zigzag de su cuerpo. Al avanzar levanta un susurro de hierbas dobladas, un crujir de hojas. De pronto le infunde inquietud nuestra compañía, tuerce su marcha á la izquierda, y remontando un pequeño ribazo, se pierde en la tupida vegetación.

Por la otra orilla del camino han pasado al mismo tiempo varias mujeres que llevan fardos ó vasijas sobre sus cabezas. No han hecho un gesto al ver á la serpiente ó no se han tomado el trabajo de enterarse de su presencia. La boa es una compañera de los habitantes del campo; no la temen como á la cobra, que mata casi instantáneamente con su mordedura. Sólo se atreve á enroscarse al hombre cuando lo encuentra dormido en la selva, y le rompe los huesos con el estrujamiento de sus anillos, que son su única arma agresiva.

Todas las viviendas, sueltas ó formando pueblos, tienen una columnata anterior, adornada con vasos colgantes de flores, y entre columna y columna vemos fuertes celosías hechas de una madera dura, casi tan resistente como el metal. Gracias á estos obstáculos que impiden el acceso á la casa y dejan pasar al mismo tiempo el aire de la noche á través de sus pequeños agujeros, los cingaleses consiguen dormir seguros y frescos en este país de calores sofocantes. Así no puede penetrar hasta su cama la serpiente, animal de gustos domésticos, que se siente atraída por la vivienda del hombre y acude á ella desde enormes distancias. También el tigre ronda junto á las celosías, seducido por la luz que filtran sus orificios, pero acaba por alejarse, creyendo tal obstáculo más fuerte que sus garras.

Nos encontramos frente al tigre una hora después de habernos tropezado con la boa. El gobierno de Ceilán ha construído en el camino de Kandy un jardín zoológico como no existe otro en ninguna parte de la tierra. Carece de edificios y los animales ignoran la estrechez de la jaula. Considerables espacios de selva están limitados por una alambrada de varios metros de altura, cuyos hilos metálicos tienen el grosor de un dedo. En estos compartimentos que ocupan centenares de metros cuadrados y carecen de techo, las fieras cingalesas saltan, corren, rugen, se suben á los árboles con toda libertad, como si estuviesen en campo libre.

Vemos muchos de estos animales sin abandonar nuestro camino. Los tigres, al darse cuenta de que pasan viandantes, avanzan hacia el borde de aquél con una cautela agresiva, preparándose para atacar, hasta que tropiezan con el enrejado. Aunque esta alambrada es fuerte examinada de cerca, parece mediocre desde lejos, al compararla con los árboles, los animales y las rocas que pueden contemplarse á través de su tejido. Hasta se duda de la existencia de dicho obstáculo, llegando en ciertos momentos á no verlo.

Pasamos una revuelta, verdosa y sombría bajo la cúpula que forman varios árboles al juntarse, y al otro lado de ella vemos de pronto un tigre casi encima de nosotros: un animal majestuoso por su tamaño, la piel rayada de blanco y oro, la cabeza tan enorme, que resulta en desproporción con el resto de su cuerpo. Este tigre real descansa en el brazo de un árbol de copa gigantesca, pero queda dentro de la red metálica, que ahora nos parece tan insignificante como una telaraña. Unos cuantos tigres más pequeños, indudablemente sus hijos, juguetean al pie del tronco, semejante por su anchura á un torreón negro. El terrible padre guarda la misma actitud de sus mocedades, cuando cazaba con toda libertad al hombre en las selvas, poniéndose al acecho en lo alto de los árboles para dejarse caer sobre los descuidados cingaleses.

Todos hemos visto tigres á través de los hierros de una jaula, animales entumecidos por la estrechez del espacio y una forzosa inmovilidad. Además, los hemos contemplado estando en el mismo plano. Aquí existe frente á nosotros un tigre majestuoso, con toda la robustez de la vida libre, y lo vemos de abajo á arriba, subido en un árbol, como un gato que toma el sol en un alero, sin más obstáculo intermediario que una especie de red que nos imaginamos fácil de saltar para una bestia de patas vigorosas, lo que resulta un espectáculo nuevo y poco tranquilizador.

El chófer ha detenido instintivamente su automóvil, interesado por dicha aparición. No es suceso ordinario que un animal de talla tan enorme abandone sus frondosidades predilectas para venir á curiosear en la orilla del camino. Lo tenemos casi encima de nosotros. Hemos de echar atrás nuestras cabezas para verle bien. La magnífica bestia deja caer de las esmeraldas de sus ojos dos chispas verdosas sobre las presas insolentes que la contemplan desde abajo. De tarde en tarde parpadea, entreabre las quijadas para dar salida á un mudo bostezo, y vuelve á mirarnos con despectiva fijeza. Sus pupilas color de mar tienen ahora dos redondeles amarillos como monedas de oro. Indudablemente estos ojos nos hablan:

—Miradme bien; aprovechad la ocasión. ¡Ay, si no existiese nada entre nosotros!

Sé lo que pasaría en tal caso; echaríamos á correr, muertos de miedo. Pero aun contando con el obstáculo que nos defiende, empezamos á encontrar un poco largo este mutuo cruzamiento de miradas.

Permanecemos solos en medio del camino, sin saber dónde están los otros automóviles que hacen el mismo viaje. El silencio de la selva nos envuelve en su calma profunda, repleta de latidos misteriosos. Nos vemos entre altas murallas de vegetación que sólo dejan filtrar redondeles de sol. A los perfumes pimentosos de la flora tropical ha sucedido un hedor de fiera. En el mismo plano que nosotros hay varios tigres. Unos son cachorros. Los demás, que pueden llamarse adolescentes, vienen con la insolencia ávida de la juventud á engañar sus uñas en el enrejado. Y encima el padre, el terrible patriarca, que debe haber comido hombre muchas veces, y nos contempla con un silencio peor que los rugidos, como si estuviese tramando algo detrás de su aparente calma. ¡Vámonos! No hay por qué seguir aquí.

Debe pensar lo mismo el chófer, y por esto pone su máquina en movimiento al mismo tiempo que le doy la orden.

A partir de aquí, nuestro camino empieza á ascender con rapidez. Es un continuo zigzag que escala las montañas, y muchas veces resulta invisible algunos metros más allá á causa de las apretadas filas de árboles que orlan sus flancos. Pasamos entre magnolieros y palmeras empavesadas con penachos rojos y amarillos. Vemos los árboles que producen el mango y la papaya, admirables frutas tropicales. Continuamos subiendo. El aire es más fresco, y flotan ahora en sus vivas ondas olores de musgo y de pequeñas flores de montaña: un perfume igual al de las cumbres de los Alpes.

Corre el agua bajo bóvedas de lianas. En los recovecos de los barrancos se aglomeran árboles gigantes disputándose el suelo y el aire. Los banianos multiplicadores alinean las columnatas de sus troncos, como edificios ruinosos invadidos en su parte alta por vegetaciones parásitas, y al amparo de ellos ondean los helechos sus plumas temblonas de jugoso verde. Hay árboles de ébano, y las orquídeas asoman sus colores entre las hojas como pájaros inmóviles.

Un entrecruzamiento de lianas y ramajes sólo deja visible el camino á corta distancia. De pronto una sucesión de árboles derribados abre espacios libres, radiantes de luz solar. Luego se restablece la penumbra verdosa, impregnada de olor de pimienta y otros perfumes calientes.

Los montañeses de Ceilán emplean el elefante para sus trabajos agrícolas. Lo vemos ir y venir por algunos campos talados en la selva, llevando sobre su testuz un hombre de carnes cobrizas y calzoncillo blanco, que guía sus movimientos. Unas cadenas penden de sus flancos, y á ellas se engancha el arado, que dirige otro indígena igualmente semidesnudo.

Encontramos hermosos mocetones de cabeza rapada, que no tienen el aspecto afeminado de los cingaleses de Colombo. Rezuma agua la montaña por todas sus oquedades. Las rocas parecen temblar á causa del chorreo sutil y claro que barniza incesantemente sus aristas y superficies. Algunos de estos montañeses se bañan junto al camino, hundiendo sus cubos en las fuentes y echándose el líquido por la cabeza. Las señoras que ocupan los automóviles vuelven su cara á otro lado y fingen distracción cuando, al pasar un recodo del camino, tropiezan sus ojos con la desnudez integral de estos Adanes.

Nuestro carruaje tiene que cortar su marcha bruscamente para no estrellarse contra varios elefantes que, terminada su labor, vuelven al establo. Son animales de color pizarra, con rojizas costras de suciedad; bestias de trabajo, con los colmillos cortados, sin el aspecto inteligente de sus congéneres que viven en las ciudades. Al pasar junto á nosotros me fijo en sus orejas, abiertas como abanicos, cuyo interior es de rosa pálido veteado por redes de venas negras.

Nos detenemos en plena subida, junto á la cabaña de un mocetón que debe ser musulmán. No quiere acercarse á su vivienda; nos habla de lejos, á causa de su desnudez. Está junto al tazón rocoso de una fuente, y sus carnes brillan como rojizo cristal debido á los continuos chaparrones que se echa por la cabeza. Dos niños nos ofrecen cocos recién arrancados de la plantación de su choza, y los agujerean con rápida habilidad para que bebamos como refresco el líquido frío y azucarado de su interior.

En lo más alto del camino, un elefante asustadizo nos pone en peligro de morir. Todas las bestias de su especie que hemos encontrado estaban habituadas al automóvil, y pasaron junto á nosotros con cierta alarma, pero sin alterar su marcha, obedeciendo al cornac montado en su testuz. De un campo recién arado sale un elefante, que parece joven y menos dócil que los otros. Lleva su conductor sobre la cabeza y le van siguiendo varios labriegos bronceados, con un harapo blanco en las vergüenzas. Como el automóvil tiene que vencer la última parte de una áspera cuesta, jadea angustiosamente, y su ruido asusta al animal. El terror le hace darse vuelta para ocultar su cara, y nos presenta la grupa, reculando sobre nosotros, que estamos al borde de un precipicio.

Yergue su trompa, dando resoplidos de miedo, y al mismo tiempo la emoción le hace levantar la cola, bufando igualmente por debajo de ella. Al peligro de vernos despeñados por su retroceso se une algo cómico y repugnante. Su emoción gaseosa ha pasado á ser sólida, y como su grupa está casi encima de nosotros, tenemos que echarnos al otro lado del vehículo y poner un codo ante la cara, precaviéndonos así de la lluvia con que nos amenaza su terror. Al fin, los gritos de su cornac y los esfuerzos de los otros cingaleses, que se agarran á su trompa y acarician sus patas, consiguen que se decida á pasar lentamente junto al automóvil, continuando su marcha cuesta abajo.

Este animal, que ayuda al cingalés en sus labores, fué su mejor arma de guerra en otro tiempo, antes de que llegasen los portugueses con sus arcabuces. Los reyes de la isla se consideraban poderosos según el número de elefantes, con torres y flecheros, que podían agregar á sus tropas. El primer gobernador portugués de Colombo tuvo que hacer frente á una confederación de monarcas del país, que le atacaron con numerosa tropa de elefantes. Dejó aproximarse el hábil capitán su fila arrolladora, y cuando los tuvo cerca, hizo que los lusitanos disparasen á un tiempo sus armas de fuego, lo que bastó para que se desbandasen, atropellando á las huestes cingalesas que marchaban detrás.

Su miedo al ruido los hizo finalmente inutilizables para la guerra. En las batallas entre príncipes de la India, los guerreros del país acabaron por descubrir que el gruñido del cerdo no puede soportarlo con tranquilidad el elefante, y cuando un monarca hacía avanzar, como si fuese su artillería gruesa, las varias filas de estos animales, llevando el testuz acorazado de bronce y dos enormes cuchillas atadas á sus colmillos, los contrarios lanzaban á su encuentro una piara de cerdos embadurnados de azufre, luego de prenderles fuego, y sus chillidos desesperados bastaban para desordenar á los temibles paquidermos.

Antes de Kandy echamos pie á tierra para pasear por las calles de árboles que forman el Jardín Botánico de Peradenya. Todos describen á Ceilán como una selva que surge del mar, siendo tan densa su vegetación que no deja ver el suelo; pero no obstante la riqueza general de esta flora, los jardines de Peradenya resultan algo aparte, por su exuberancia y su belleza. Se entra en ellos por una avenida de árboles de caucho que ascienden á más de treinta metros. Numerosos colibrís y otros pájaros-joyas aletean en torno á las innumerables variedades de la arborescencia tropical. Los macizos de bambúes llegan á inauditas alturas, y tal es el grueso de estas cañas, que en otro país serían consideradas como árboles respetables. El Dendro-calamus, árbol de la isla, alcanza á 40 metros, y los que lo han estudiado afirman que en cierta época del año llega á crecer 90 centímetros en veinticuatro horas.

Llegamos á Kandy, viendo inmediatamente la laguna que existe en el centro de la ciudad y tanto admiran los habitantes de Colombo cuando viven aquí en verano. Un paseo orla sus orillas, y á través de las aguas algo amarillentas vemos pasar, como una procesión de sombras chinescas, grandes bandadas de peces. Más de una vez, á las siluetas ovales y de inquieto coleo se unen largas cintas que flotan como algas. Son culebras acuáticas, que llegan á un desarrollo extraordinario. En la India, el reptil es tan inevitable en la tierra y en el agua como el cuervo en el aire.

Deseamos visitar en seguida el famoso Dalada Maligawa, ó sea el templo del Diente de Buda. Este monasterio tiene más pinturas que esculturas, lo que resulta poco frecuente en los monumentos budistas. Debieron existir en Kandy familias de pintores dedicados al arte religioso, que interpretaron las concepciones sobradamente materiales del budismo en decadencia, con su cielo, su infierno, sus milagros y sus reglas supersticiosas, tan alejado todo ello de las primitivas y elevadas doctrinas del fundador. En uno de los claustros enseñan los bonzos una sucesión de frescos tremebundos representando los múltiples castigos de los pecadores en el infierno. Estas pinturas ingenuas nos hacen recordar las del Camposanto de Pisa, con la diferencia enorme que existe entre la obra de arte y los balbuceos de una concepción tosca y confusa. Pero en ambas se encuentra la misma emoción religiosa, igual deseo de expresar el más allá de la muerte.

Dentro de un arca que tiene forma de pagoda guardan los bonzos el famoso diente de Buda. En realidad, para llegar hasta él hay que abrir seis arquillas más existentes en su interior, y es en la última donde está el diente, erguido sobre un ramillete de oro.

Cuando el Buda murió en Benarés y su cadáver fué quemado, uno de sus discípulos recogió el diente entre las cenizas, llevándoselo al rey de su país. Son incalculables las aventuras por que pasó esta reliquia extraordinaria y las guerras á que dió motivo. El título de «extraordinaria» no puede ser más exacto, ya que el tal diente tiene una longitud de dos pulgadas y es algo curvo, como un colmillo de caimán. A juzgar por él, Buda debió ser hombre de cuatro ó cinco metros de estatura... Pero conviene olvidar la lógica cuando se trata de asuntos de fe.

Por odio al budismo, los brahmanistas se apoderaron de la reliquia, colocándola sobre un yunque para hacerla polvo. Pero al primer martillazo, en vez de romperse se hundió en el yunque, y sólo años después, cuando lo juzgó oportuno, saltó fuera de su encierro de metal. Una princesa llevó el diente á Ceilán oculto en su cabellera, y desde entonces es considerada la isla como uno de los lugares santos del budismo.

De tarde en tarde, los bonzos del monasterio de Kandy anuncian que el santo diente va á ser expuesto á los fieles, y con tal motivo llegan peregrinaciones de toda la isla y hasta de los países del Extremo Oriente fieles al budismo.

En esta festividad, los elefantes desempeñan un papel tan importante como los sacerdotes. Dos filas de dichos animales, cubiertos con gualdrapas de terciopelo rojo, una máscara de plata hasta la mitad de la trompa y un templete de cúpula dorada sobre los lomos, se extienden ante la puerta del monasterio.

Un elefante designado por los sacerdotes, el más precioso á causa de su color blanco, es el que goza el honor de llevar á cuestas la envoltura de la sagrada reliquia. De las diversas cajas que la defienden sólo quedan tres, y éstas son colocadas en el templete del elefante sagrado.

Cuando aparece éste, las dos filas de paquidermos doblan sus patas delanteras y el majestuoso portador del diente pasa ante sus compañeros arrodillados. Luego los elefantes se levantan para unirse á la procesión, y ésta se dirige á las afueras de Kandy, donde se ha elevado como templo provisional una tienda de campaña de más de ochenta metros cuadrados. Allí se abren las tres últimas arquillas y se expone sobre un altar el ramillete de oro con la reliquia de Buda. Las fiestas duran varios días y el santo recuerdo vuelve otra vez á su encierro, para no resurgir en mucho tiempo.

Antes de la dominación europea, dicha ceremonia se celebraba todos los años, siendo un motivo de gloria y de riqueza para Kandy. Ahora es menos frecuente, y los cingaleses que han pasado por la escuela inglesa y leen los periódicos del país hasta empiezan á dudar un poco de la autenticidad de este hueso.

Parece indiscutible que el primer diente de Buda fué destruido por los portugueses. El arzobispo de Goa no podía dormir tranquilo pensando que en Ceilán, posesión lusitana, los habitantes rendían honores divinos á una reliquia no católica. Esto ocurrió en el siglo XVI, cuando la Inquisición era más poderosa, así en Portugal como en España.

El diente de Buda fué arrebatado á viva fuerza por los soldados portugueses, obedeciendo las órdenes del mencionado arzobispo, á pesar de las súplicas y llantos de la muchedumbre. Luego lo quemaron en la plaza pública y lo machacaron á martillazos, aventando su polvo.

En aquellos tiempos, portugueses y españoles colonizaban así. Fué defecto de la época más que de los pueblos, pues las otras naciones de entonces no procedían con un espíritu de mayor libertad.

La existencia actual del diente de Buda y la continuación de su culto demuestran la poca eficacia de las medidas violentas en asuntos de fe. Cuando los portugueses fueron expulsados de Ceilán, un rey cingalés devolvió á Kandy el diente sagrado. Abundan las explicaciones de dicha restitución. Unos afirman que antes de la llegada de los comisarios del arzobispo habían ocultado el diente los bonzos, colocando en su lugar otro falso. Ciertos sacerdotes maliciosos insinúan que los nababs del país sobornaron al gobernador con una suma enorme para que fingiese la destrucción de la reliquia.

Una mayoría de cingaleses devotos ríen del arzobispo portugués como de un vencido, y repiten que el diente de Buda nunca pudo ser quemado, nunca pudo ser roto, á pesar de los esfuerzos de los inquisidores.

Se salvó milagrosamente, lo mismo que cuando se mantuvo oculto en el yunque, burlándose de los bracmanes, y así continuará existiendo por los siglos de los siglos en su monasterio de Kandy.

Los ingleses se marcharán algún día de la isla, como se marcharon los portugueses y los holandeses; y mientras tanto, la reliquia seguirá inmóvil y adorada dentro de sus siete pagoditas de oro superpuestas.

VI

LA OPULENTA BOMBAY

Los portugueses en la costa de Malabar.—Alburquerque y sus grandiosos proyectos.—Cómo los tesoros de la India entristecieron durante un siglo á los reyes de España, dueños de América.—La vieja ciudad de Goa y el cuerpo de San Francisco Javier.—Modo de hacer dinero usado por el gobernador de Goa.—Bombay vendido á los ingleses por diez libras al año, que nunca fueron pagadas.—Las castas de Bombay.—Los mercaderes opulentos de sus bazares.—El gran «krac» del algodón.—Las epidemias.—El «Mercado de los ladrones».—Mujeres en jaulas y mahometanas que se afeitan.—Un cónsul que acaba por ceder su casa á una inquilina más antigua instalada en el jardín.

Navegamos por el mar de Ornar, ante las costas occidentales de la India, que hace cuatro siglos sirvieron de escenario á una de las empresas más audaces de la historia humana. Aquí desarrolló el pueblo portugués su epopeya, cantada luego por Camoens en versos inmortales, gesta ultramarina que únicamente puede compararse con los descubrimientos y hazañas de los españoles en las Indias Occidentales.

Vemos en el horizonte montañas esfumadas que parecen neblinas, y estas alturas evocan en nuestra memoria los lugares más célebres de la conquista portuguesa. Pasamos ante Calicut, la metrópoli de la costa llamada de Malabar, primer país indo descubierto por Vasco de Gama.

Los navegantes y soldados de Portugal tuvieron que luchar con pueblos de vieja civilización. Algunos de los reyes indostánicos poseían marina fuerte y ejércitos disciplinados. Además, los mareantes árabes, temiendo perder sus mercados en la India con la llegada de los portugueses, prestaron valiosa ayuda á los soberanos del país. Y sin embargo, salieron vencedores aquéllos de los más desiguales combates, acabando por sojuzgar una gran parte de la península indostánica. Sus galeones se batieron solos muchas veces contra toda una flota de buques indos y árabes; sus reducidas tropas de desembarco hicieron frente á ejércitos de majestad teatral, con lorigas doradas y cascos incrustados de piedras preciosas. Vencieron á rajás que iban á la guerra con aparato de dioses, lanzando sobre el invasor jaurías de tigres desencadenados, manadas arrolladoras de elefantes.

Esta epopeya lusitana tuvo un héroe, el famoso Alburquerque, grande por sus condiciones de capitán y por las virtudes de su carácter. En nuestra historia, únicamente Hernán Cortés puede ser comparado con él. Su mirada certera supo desentrañar el porvenir con tres siglos de anticipación. Se apoderó de Malaca, adivinando en ella la puerta del Extremo Oriente, presintiendo la importancia del actual Singapore.

Tuvo en sus proyectos la audacia desconcertante del genio. Los soldanes de Egipto, monopolizadores del tráfico por tierra con la India, se irritaron al ver que los portugueses, siguiendo el contorno del continente africano, habían encontrado una nueva ruta para ir en busca de la especiería asiática. Por esto apoyaron á los príncipes indos en su resistencia, enviando flotas contra los lusitanos.

Alburquerque las desbarató, entrando después con sus naves en el mar Rojo, que era entonces un camino sin salida, para hacer la guerra á los soldanes en sus propios dominios. Ningún caudillo célebre, desde Alejandro á Napoleón, ha osado imaginar un proyecto como el de Alburquerque. Quiso desembarcar en la costa del Sudán, y avanzando hasta donde existe ahora Kartum, torcer, de acuerdo con el emperador de Abisinia, la corriente del Nilo, para que se perdiese en el mar Rojo. Este intento, horriblemente audaz, pensado después por otros guerreros, representaba la muerte instantánea del Egipto, la sequía absoluta, el aniquilamiento de un país que sólo vive de las dos fajas de aluvión que el río bienhechor refresca con sus sangrías. Su segundo propósito era hacer un desembarco en la orilla opuesta del mar Rojo, frente á la Meca y Medina, incendiar las dos ciudades santas, destruir la famosa Caaba y llevarse el cadáver de Mahoma para pasearlo por Europa, con lo cual infligiría un tremendo golpe al fanatismo musulmán, tan temible en aquellos tiempos.

Vencido Alburquerque por los años y por la ingratitud de su rey, no pudo ejecutar estos magnos proyectos; pero aún tuvo Portugal en sus posesiones de la India otros capitanes gloriosos. A semejanza de los de la conquista española en América, parecen secundarios estos caudillos si se les compara con sus mayores, pero de haber actuado solos en otro país, su historia resultaría inaudita.

Los tesoros indostánicos fueron durante medio siglo un motivo de tristeza y celos para los reyes de España. Fondeaban en el río de Lisboa las naves llegadas de la India, con cargamentos de perlas, oro, marfil, sederías, especias, todo el esplendor de Oriente, tal como lo describían los libros santos al hablar de las flotas legendarias del rey Salomón. Aún no habían empezado las llamadas Indias Occidentales á dar el producto de sus minas. El oro de Méjico y el Perú se mantenía oculto en el misterio de la tierra, y los conquistadores españoles no habían encontrado otras riquezas que las del botín guerrero al apoderarse de los Imperios de aztecas é incas. Fué casi un siglo después cuando empezó normalmente la exportación de la minería americana. Durante el período de mayor florecimiento de Portugal, cuando toda flota llegada al Tajo parecía venir de un país fabuloso, España, poseedora de la mayor parte de América, sólo recibía magros productos de sus conquistas, despojándose en cambio de lo mejor de su raza para enviarlo al otro lado del mar.

No echó Portugal en la India las profundas raíces que España en América. Un siglo después de la gran conquista asiática, se vió arrebatar por los holandeses lo más rico de su dominio indostánico. Hoy, de todo el vasto Imperio descubierto por Vasco de Gama y dominado por Alburquerque y Almeida, sólo conserva la ciudad de Goa y dos pueblos costeros de vida lánguida.

Pasamos ante Goa, metrópoli católica, que sólo data de cuatrocientos años y tiene un ambiente de antigüedad semejante al de las capitales indostánicas que cuentan docenas de siglos. Para los católicos de la India, insignificantes en número si se les compara con brahmanistas y mahometanos, pero que de todos modos ascienden á algunos millones, Goa es la ciudad santa, como Benarés lo es para induístas y budistas y Delhi para los musulmanes.

De su pasado esplendor sólo guarda la importancia religiosa. El arzobispo de Goa es el primado de toda Asia, y en torno á su vieja catedral vegeta un clero de tez obscura, canónigos, beneficiados, seminaristas. Todos los naturales de la ciudad son fervorosos católicos y esparcen su fe por la India.

El indígena de Goa resulta superior por su aspecto y sus costumbres á los otros indostánicos de clase popular. Recibe en las escuelas una educación ceremoniosa y extremadamente amable, que recuerda la cortesía de los antiguos hidalgos portugueses. Se acostumbra desde niño á llevar zapatos, viste á la europea, y es preferido en Bombay y otras ciudades para ocupar empleos inferiores en las oficinas públicas ó para mayordomo de casa rica. En todos los grandes hoteles de Bombay y en los comedores de los trenes, los domésticos más importantes son mestizos de Goa, que se titulan «portugueses» con cierta vanidad. Todos ellos, al preguntarles por su país, hablan de San Francisco Javier. El cuerpo del célebre misionero es apreciado como lo más importante de la ciudad. Muerto en una isla portuguesa de la bahía de Hong-Kong, lo trajeron á Goa, y ocupa una de las capillas de su catedral.

Este templo, de mediocre arquitectura, se enorgullece de poseer la tumba del andariego evangelizador. La costeó un gran duque de Toscana y es un monumento de más riqueza que buen gusto.

Viven en la costa occidental de la India casi todos los católicos indostánicos, dedicados los más á la pesca y la navegación de cabotaje. El apóstol Francisco Javier es el santo más adorado é implorado por ellos. Un portugués, antiguo vecino de Goa, me cuenta que hasta hace poco tiempo se valían de él los gobernadores de la colonia para salir de apuros monetarios. Cuando les eran precisos nuevos ingresos para la vida de la ciudad, anunciaban que el cuerpo del misionero español iba á ser expuesto á la adoración de los fieles, y esto bastaba para que miles y miles de indostánicos, católicos á su modo, acudiesen en peregrinación de diversas ciudades de la costa, reanimándose los negocios de la capital durante los meses que permanecía visible el santo cadáver.

Bombay también fué fundada por los portugueses. Era una factoría establecida al Sur de la llamada isla de Salsette. Al recobrar Portugal su independencia separándose de España, en tiempos de Felipe IV, necesitaron sus gobernantes buscar alianzas poderosas que les defendiesen de una posible reconquista de los españoles, y para conseguirlo se valieron del matrimonio, casando á doña Catalina de Braganza con Carlos II, rey de Inglaterra.

Uno de los bienes que la portuguesa llevó en dote fué la naciente colonia de Bombay. Su regio marido entregó la ciudad á la Compañía de las Indias con la obligación de pagar todos los años un censo de diez libras, cantidad insignificante, consignada únicamente para perpetuar los derechos de doña Catalina sobre la isla. Inútil es decir que los ingleses se quedaron para siempre con Bombay y ni una sola vez pagaron las diez libras.

En toda la India es la población de mayor actividad mercantil y riquezas más enormes. Sólo cuenta Bombay cien mil habitantes menos que Calcuta, lo que la da categoría de tercera población del Imperio británico, y su prosperidad resulta superior á la de la capital de Bengala. Dominan en ella el mercader y el rico. Los príncipes indos que gobiernan aparentemente las provincias del interior y los nababs de extensas propiedades gustan de Bombay y tienen en ella sus palacios. Cansados del lujo indostánico de sus viviendas solariegas, se hacen construir en esta ciudad edificios que son copias de los de Londres, y llenan sus salones de muebles costosos con tal abundancia, que parecen de un mercader de antigüedades. Esta decoración exuberante es sólo para que la admiren las visitas. Los propietarios, cuando nadie puede sorprenderles, viven en la parte más modesta y oculta de su lujoso edificio.

Son más numerosos en el vecindario de Bombay los brahmanistas que los musulmanes, quedando comprendidos en aquéllos todos los devotos de las numerosas y opuestas sectas del llamado induísmo, que reconocen el sistema de castas y la supremacía de los bracmanes.

A pesar de la influencia inglesa, persiste aquí, más que en el resto de la India, la división en castas. Los bracmanes se mantienen separados de sus compatriotas, y marchan solos, con majestuosa altivez, vestidos de blanco y tocados con pesado turbante. Su alimento es estrictamente vegetal, y consideran un oprobio el uso del tabaco y el alcohol. Los purbus, casta inmediatamente inferior, ocupan por su actividad y su honradez todos los empleos en las aduanas y las oficinas administrativas, así como en los Bancos y demás establecimientos comerciales. Se les reconoce por su turbante de un abultamiento exagerado. Algunos de ellos llegaron á posiciones muy elevadas, reuniendo fortunas cuantiosas. Uno fué miembro del Consejo de gobierno y tiene estatua en Bombay. La casta de los kayeths, ó sea de los escribanos, viene después. Son pequeños de cuerpo, débiles, con los rasgos fisonómicos muy finos, y gozan reputación de inteligentes, astutos y tramposos, igual á la de los leguleyos de Occidente. En Bombay han sido repelidos por los purbus, que ocupan ahora sus empleos cerca de los ingleses, pero fuera de la ciudad y en gran parte de la India siguen gozando enorme influencia sobre el populacho, por su conocimiento de las leyes y porque saben leer y escribir en varios idiomas.

Entre los indígenas que pueblan la isla de Salsette, los más influyentes son los mercaderes, procedentes en su mayoría de Guzarate. Unidos á todas horas por la solidaridad de sus intereses, forman una corporación omnipotente. Se encuentran entre ellos los especuladores de algodones y tejidos indostánicos, materias que han dado al comercio de Bombay enorme importancia.

Los bazares revelan en seguida su opulencia á un observador atento. Las tiendas, repletas de toda especie de géneros asiáticos, no son distintas de las que existen en otros bazares de Oriente. Sólo se nota en ellas mayor abundancia de géneros. Lo extraordinario de los bazares de Bombay se encuentra en ciertas calles que no tienen almacenes y más bien parecen galerías de un vasto café. Ante la puerta de todas sus casas hay un tabladillo cubierto de tapices, y sobre dicho estrado tres divanes con forros color de perla, siempre limpios. Gran número de mercaderes, obesos los más de ellos, con turbante y larga túnica, ó vestidos de blanco, á la europea, con guerrera de botones de oro y en la cabeza un gorrito negro, hablan, fuman, beben refrescos perfumados con flores, mientras otros circulan, de tertulia en tertulia, comunicando noticias.

Aquí está el alto comercio de Bombay, el mercado indígena, en perpetuo contacto con la Cité de Londres. Muchos de estos negociantes, que tienen su tabladillo en el bazar, como los mercaderes de los cuentos árabes, reciben saludos de profundo respeto cuando entran en los palacios góticos donde están las sucursales de los primeros Bancos de la tierra.

Bombay ha sufrido hondas crisis comerciales, lo mismo que las metrópolis de la América del Norte y del Sur, crecidas de convulsión en convulsión, arruinándose estrepitosamente, para ser más ricas años después.

Cuando los Estados Unidos se vieron amenazados de muerte á causa de la guerra civil entre las provincias del Norte y del Sur, quedó Europa sin uno de los elementos más necesarios para su vida industrial: el algodón. Comprendieron los indostánicos la importancia de este momento, dedicándose con enérgica actividad á producir un artículo tan necesario para el alimento de las manufacturas de Inglaterra, y el depósito de todos los algodones del país fué Bombay, creando tal monopolio en poco tiempo fortunas prodigiosas. Además, los indígenas, arrastrados por la locura de especulación que mostraban los blancos, desenterraron sus tesoros, guardados improductivamente durante siglos, y Bombay se mostró desbordante de dinero.

El algodón no fué al fin más que un pretexto para especulaciones quiméricas. Todos los días se fundaba una Sociedad por acciones con capitales extravagantes. Más de setenta Bancos fueron establecidos en pocos meses. Bombay se dedicó en masa á comprar y vender acciones, siendo éstas muchas veces simples pedazos de papel sin fundamento alguno en la realidad. Hasta las damas indostánicas y europeas, al pasear por la orilla del puerto, hablaban acaloradamente en sus carruajes de las fluctuaciones de la Bolsa. Domésticos y obreros llevaban sus ahorros á los especuladores para que los hiciesen prosperar.

Fué en los años 1864 y 1865 el período culminante de esta locura. Todos contaban con que la guerra de Secesión de los Estados Unidos duraría indefinidamente; y cuando el Norte dió fin á esta lucha venciendo al Sur, todos los Bancos nuevos de Bombay quebraron al mismo tiempo, siendo general la ruina. Desde entonces, la ciudad ha ido reponiéndose, llegando finalmente á ser la metrópoli comercial de la India gracias á procedimientos más sensatos y prudentes.

También es la ciudad de las grandes epidemias. ¿Quién no ha oído hablar de las mortandades que el cólera y la peste bubónica causaron en las muchedumbres de Bombay?... Los relatos de algunos viajeros estremecen, á pesar de su laconismo, cuando describen las noches de Bombay en plena epidemia, con un cielo rojo de aurora boreal. Este resplandor de sangre en el horizonte era el reflejo de numerosas hogueras que iban consumiendo los cadáveres de los apestados.

En el momento que lo visitamos no está amenazado por ninguna de estas calamidades, pero viendo los barrios donde vive el pueblo se adivina lo que puede ser aquí una epidemia.

Las calles más importantes, cercanas á la orilla del mar, tienen un aspecto monumental, superior al de Calcuta. Los Bancos han construído palacios á la americana ó imitando el gótico negruzco de Londres. Potentados indos y parsis legaron á la ciudad cuantiosas sumas para la construcción de escuelas y hospitales. En algunas plazas hay estatuas de benefactores públicos vestidos á lo indostánico.

Son visibles en este Bombay europeo la limpieza y el orden. Hasta causa extrañeza encontrar en sus amplias aceras gentes medio desnudas. También se ven mujeres indígenas, con manto rojo de virgen y pulseras de metal, subiendo ladrillos ó espuertas de yeso por los andamios de los edificios en construcción. Pero estos detalles, que recuerdan el carácter indo de la ciudad, parecen borrarse con la gran afluencia de gentes europeas ó vestidas á la europea que circulan por sus avenidas modernas.

Es en los barrios populares donde se nota, más que en Calcuta, el amontonamiento y el hervidero de la vida oriental. Tal vez se debe esto á que en Bombay son muchos los musulmanes, y con su individualidad violenta y sus costumbres más depravadas que las de los indos extreman la fisonomía asiática de la ciudad.

Hay un barrio de bazares sórdidos, con tiendecitas que ofrecen los más heteróclitos objetos, al que llaman «Mercado de los ladrones», por ser procedentes de robos las más de las cosas que se venden en él. En otros barrios de igual aspecto, los transeuntes habituales llevan oculto en la faja un puñal corvo, y abundan peleas y muertes.

Las musulmanas, con el rostro más tapado que en ninguna ciudad de Oriente, disimulan su cuerpo bajo tantas envolturas, que en vez de seres humanos parecen fardos de ropa marchando solos. La celosa pasión del indo mahometano ha impuesto sus exigencias á los cocheros de alquiler. Todos guardan en su carruaje una pieza de tela colorinesca, y cuando llevan damas mahometanas, á pesar de que éstas continúan ocultas bajo sus múltiples vestimentas y mantos, colocan dicha cortina entre el pescante y el borde de la capota, convirtiendo de este modo su vehículo en harén ambulativo.

Esta ciudad, con tantos palacios principescos, Bancos poderosos, bazares influyentes en los mercados del resto de la tierra, escuelas creadas por la munificencia privada y misiones sostenidas por las diversas agrupaciones del cristianismo, es al mismo tiempo un puerto de mar, el primero de la India, y contiene las barriadas viciosas de todos los grandes puertos, extremadas aquí por las singularidades de la vida oriental.

Visitamos de noche algunas calles únicamente frecuentadas por los que vienen de las provincias del interior y la marinería extranjera ó indostánica. Vemos casas de japonesas y chinas, con músicas discordantes y guirnaldas de farolillos. Entramos en varias salas de concierto, llenas de mujeres pintarrajeadas y con mesas de juego. Luego nos asomamos á un antro mal alumbrado, que es un burdel del país. Las mujeres viven en jaulas, en verdaderas jaulas de fiera, con gruesos barrotes y una cerradura, cuya llave recibe el cliente después de haber pagado al dueño del cubil. Tal encierro lo juzgan necesario para que las pobres indostánicas no huyan, volviendo á su país, de donde tal vez las trajeron con engaño. Dentro de la jaula sólo existe un tapiz deshilachado, y los acoplamientos se realizan sobre el duro suelo: una cópula de fieras, en armonía con los barrotes del jaulón.

Vemos en otras calles hembras musulmanas, pero con el rostro descubierto, lo que resulta inexplicable. Estas mujeres se muestran libremente en las puertas de sus casas, ó pasean ante ellas con movimientos exagerados de feminidad. Tienen la voz un poco ronca. A algunas de ellas se les nota á través del colorete de sus mejillas la sombra azulada de una barba algo fuerte. Al fin nos enteramos de que son hombres, jóvenes musulmanes vestidos de mujer, que sólo reciben la visita de sus correligionarios.

Considera el mahometismo indostánico pecado grave que los creyentes puedan tener hijos con mujeres que no sean de su religión y su tribu. Y para evitarlo, cuando vienen á Bombay para sus negocios, frecuentan estas calles, de las que nos alejamos nosotros con apresuramiento para no ver más.

También es Bombay, entre todas las ciudades indostánicas, la más abundante en encantadores de reptiles. Aquí se celebra la fiesta anual, ya descrita, en honor de Krisnah, el matador de la gran pitón, con el aparato de una gran solemnidad religiosa.

El viajero que llega de Europa, al desembarcar en Bombay encuentra al término de la escalinata de honor, construída para los virreyes, gran número de muchachos que le reciben enseñando con ambas manos toda su colección de najas cabezudas ó serpientes delgadas y verdes. Algunas veces las dejan en el suelo para que bajen de escalón en escalón al encuentro del recién llegado.

Mi amigo Laguardia, cónsul de España, que vive aquí varios años, me cuenta por qué tuvo que abandonar en los alrededores de Bombay una casa con hermoso jardín que había alquilado para los meses veraniegos. A los pocos días de estar en ella vió á uno de sus niños inmóvil en el jardín, mirando fijamente una especie de pequeño tronco erguido entre las flores. Era una cobra.

Agarró el cónsul á su hijo apresuradamente para meterlo en la casa, alarmado por tal compañía. Su servidumbre indígena no mostró la misma inquietud; antes bien, pareció extrañada de su asombro. Todos los domésticos de pies descalzos conocían á la naja como algo familiar, digno de respeto. Llevaba varios años viviendo en el jardín, como si fuese propiedad suya. Durante las noches invernales tal vez buscaba refugio en las habitaciones inferiores de la casa.

Como Laguardia les propuso que matasen á la serpiente, todos sonrieron con una expresión de lástima. La vida es sagrada, sea cual sea la forma que revista. Además, una naja tiene cierto prestigio divino. Por algo aparecen los dioses en las pinturas de los templos rodeados de ellas.

En vano aumentó mi amigo la futura recompensa. Ni por cincuenta rupias ni por mil puede un indostánico matar á una serpiente.

Buscó entonces á un musulmán, por ser todos ellos gentes de cuchillo, sin respeto á la vida ajena, sin miedo á la sangre: lo contrario de sus flojos compatriotas los brahmanistas. Pero el musulmán, al enterarse de lo que pretendían de él, movió la cabeza negativamente.

Teniéndose por hombre de coraje como el que más, no vacilaba en declarar su miedo. Las najas viven siempre en parejas, y si mataba á ésta estaba seguro de que su compañera le acecharía años y años hasta encontrar ocasión de vengarse, mordiéndole. Todos los hombres que él había conocido matadores de tales reptiles acababan por morir á su vez envenenados por uno de ellos. En vano le explicó mi amigo que esto no era extraordinario, pues quien repite una operación peligrosa termina por ser víctima de ella. Además, él le pedía que matase una naja, una nada más.

—No puedo—insistió el musulmán—. Si mato la que usted ha visto, la otra que no ha visto se vengará matándome á mí.

Y no hubo quien atacase á la serpiente del jardín. La cobra continuó paseándose por las avenidas, y hasta tomó confianza con los nuevos inquilinos de la casa, irguiéndose al pie de la escalinata, metiéndose en el piso inferior, habitado por la servidumbre.

Laguardia, aburrido de tanta familiaridad, disparó contra ella varios tiros de revólver. Los domésticos se sublevaron ante este acto impío, declarando que les era imposible seguir en una casa cuyo dueño pretendía dar muerte á seres amigos de los dioses.

Al fin tuvo que adoptar la única resolución posible: marcharse. Y con gran contento de sus servidores cobrizos, se volvió á la ciudad, renunciando á la casa veraniega.

Los indos consideraron lógica su retirada y equitativa la pérdida del dinero pagado por el arriendo. La verdadera dueña de la finca era la naja. Los demás seres instalados en ella, algo pasajero, indigno de respeto y obediencia.

VII

EL GRAN MOGOL