Embarque en Bombay.—El error de Colón y los indios de América, que no son indios.—Los rajás, su decadencia y su lujo.—Una pieza de artillería, toda de oro.—Ansia de los indostánicos por las distinciones.—Sus innumerables castas.—La feroz hambre de la India.—Vegetarismo excesivo del indígena.—Los valerosos «sikhs» y el heroico rey de Lahore.—Volvemos á las comodidades occidentales.—El «Franconia» entra en el mar Rojo, que es intensamente azul.—Barcos de peregrinos á la Meca.—La lluvia invisible del mar Rojo y sus fosforescencias.

Estamos en la escalinata real del puerto de Bombay, esperando el vaporcito que ha de llevarnos al Franconia. Nuestro paquebote se halla á una distancia de dos millas. Lo vemos en el fondo de la extensa bahía con otros buques grandes, de su mismo calado.

Bombay debe su nombre, según la tradición, á los navegantes portugueses, que lo llamaron Bom-Bahía (Buena Bahía) por la amplitud de su pequeño mar, casi cerrado. Pero los buques de nuestra época calan más que los galeones del siglo XVI, y la «Buena Bahía» no ofrece bastante fondo en sus orillas para los trasatlánticos que llegan de Europa y América.

Una bruma rojiza flota sobre las aguas amarillentas. Es semejante al vaho ardoroso que extrae el calor de los desiertos de arena. Vemos venir hacia nosotros por este mar de color fangoso el vaporcito esperado. Sólo nos quedan unos minutos de permanencia sobre el suelo de la India, y durante la corta espera se aglomeran en nuestra memoria impresiones recientes y anteriores, como una síntesis de la tierra que vamos á perder de vista.

A semejanza del Japón y la China, el nombre de este país sólo fué conocido en tiempos relativamente modernos por los trescientos millones de seres que lo pueblan. La India no es más que una expresión geográfica. Los pueblos antiguos de Europa le dieron este nombre por el Indus ó Indo, río que le sirve de límite al Oeste y sólo baña una parte extrema de su suelo. El Ganges ó el Brahmaputra merecían más dicho honor, ya que sus aguas atraviesan el corazón del país.

Mientras los habitantes de la península indostánica ignoraban el nombre «India» dado á su tierra, exaltaba ésta durante varios siglos las imaginaciones en Europa. Sus soberanos eran el Preste Juan y otros personajes no menos fabulosos, poseedores de incalculables riquezas.

Colón, al navegar hacia Occidente con una concepción errónea del verdadero tamaño de nuestro planeta, creyó haber llegado á la India tantas veces como tocó en las islas y costas de América, y á causa de ello los indígenas americanos fueron llamados indios desde el primer momento, ó Indias Occidentales todas las tierras descubiertas por los conquistadores españoles.

Por un capricho de la Historia los indígenas americanos son ahora indios, y para evitar confusiones, á los nacidos en la verdadera India los llamamos unas veces indos y otras indostánicos, resultando lo último igualmente erróneo, pues el verdadero Indostán no es más que una parte de la mencionada península. Además, como los españoles llamaron á América Indias Occidentales, en plural, la India legítima se ha pluralizado igualmente en el lenguaje moderno, dándosela el título de Indias Orientales.

Ningún pueblo de Asia ofrece una mezcla tan extraordinaria de civilización avanzada y tradicionalismo milenario. Una parte considerable de la India está bajo el gobierno directo del virrey inglés. Hay en ella provincias, como la de Bengala, con una superficie mucho más grande que la de las Islas Británicas, y cuya población era hasta hace pocos años igual en número á la de los Estados Unidos. Este simple detalle basta para hacer ver la grandeza del mundo indostánico.

Otra parte de la India, la de los Estados indígenas, se halla regida en apariencia por las dinastías de sus antiguos príncipes, pero cada uno de ellos tiene á su lado un residente inglés, que le aconseja en todos los asuntos y procede como verdadero gobernante.

Los rajás ó príncipes soberanos se contentan con fingir una autoridad que no poseen y se consuelan de su decadencia llevando una vida suntuosa, gracias á las enormes rentas que les proporcionan sus dominios. Los más poderosos mantienen ejércitos particulares, cuyo número y calidad quedaron sometidos á la vigilancia de las autoridades inglesas luego de la sublevación de los cipayos, ó sea cuando la Compañía de las Indias dejó de gobernar y lord Canning organizó nuevamente el país como primer virrey.

Hacen los rajás de sus pequeños ejércitos un objeto de lujo y ostentación, que les sirve para alardear de inmensas riquezas. En uno de los principados me enseñaron un cañón de campaña todo de oro, con las ruedas del mismo metal, así como los arneses de los cuatro caballos que tiran de él. Inútil es decir que el tal cañón no ha disparado jamás proyectil alguno.

No todos los príncipes de la India son ricos y poderosos. Apresurémonos á añadir que en la península indostánica existen nada menos que 690 Estados indígenas, con sus correspondientes soberanos. Los hay que reinan sobre una superficie de más de 200.000 kilómetros cuadrados, con 12 millones de habitantes, mientras otros rajás poseen solamente una ó dos aldeas y no llegan á reunir mil súbditos.

Todos estos reyezuelos han olvidado la altivez y la independencia de sus antiguas familias, viviendo sometidos al virrey. Además, el gobierno británico los hace educar en Londres cuando son príncipes herederos, para que se amolden á las ideas y costumbres británicas.

Hoy, los más de ellos se preocupan únicamente de obtener nuevos honores que les coloquen por encima de los príncipes vecinos.

Una de las mayores distinciones de los rajás consiste en el número de cañonazos que les corresponde de derecho cuando reciben salvas en las ceremonias públicas ó en sus visitas al virrey. Recientemente, los grandes príncipes indígenas que ayudaron á la Gran Bretaña en la última guerra, enviando á Europa los batallones de sus ejércitos particulares, han sido agraciados con dos ó tres cañonazos más que pueden añadir á sus salvas honoríficas.

Este afán de alcanzar distinciones superiores á las del vecino caracteriza á todos los indostánicos, desde el rajá hasta el paria, y su consecuencia es la división en castas, tan antigua como la historia de la India.

Teóricamente existen cuatro castas, que conoce el lector: la de los bracmanes, que puede llamarse intelectual y religiosa; la de los guerreros, la de los comerciantes y agricultores, que equivale á nuestra clase media, y la del populacho ó de los parias, que engloba á todas las tribus vencidas. Pero en la vida corriente el número de castas resulta incontable, tan infinita es su variedad.

Se han subdividido las cuatro primitivas, seccionándose luego con una variedad interminable, según los oficios y las maneras de vivir. Todo indígena algo ambicioso forma un nuevo grupo dentro de su clase, para obtener de tal modo cierto prestigio que le coloque sobre los demás. Es una actividad semejante al interminable seccionamiento de la célula.

El indostánico de las ciudades del interior, cuando conoce á un funcionario inglés ó se imagina que cualquier viajero es personaje importante en su país, le ruega inmediatamente que le proporcione un título, un simple papel autorizándolo á usar el nombre, por ejemplo, de «Luminar de la sabiduría», «Árbol de la prudencia», etc. Para él lo interesante es poder mostrar dicho diploma á sus amigos, considerándose gracias á esto por encima de ellos.

La abundancia de príncipes soberanos, la tendencia del pueblo á dividirse y subdividirse en nuevas castas, necesariamente hostiles, la ambición de imaginarias distinciones y los profundos odios religiosos, impiden la existencia de una acción común y un pensamiento único en los trescientos millones de seres que pueblan la India, los cuales jamás, durante su historia milenaria, se mostraron un momento de acuerdo.

Otra impresión profunda que el viajero se lleva de este país de riquezas abrumadoras, tan desigualmente repartidas, es el hambre, la feroz hambre de la India.

Puede decirse que el indostánico es el único hombre de la tierra que ha realizado el milagro de vivir casi sin comer. Los japoneses comen mal, pero comen. En la China se han conocido grandes hambres, y aún se repite esta calamidad en algunos de sus distritos, vastos como naciones. Pero cuando el chino encuentra la ocasión de comer, absorbe todo lo que halla á su alcance, hasta cosas para nosotros inmundas, sin que ningún escrúpulo religioso dificulte su hartazgo.

El hambre en la India es epidémica. Todos los años se ceba esta calamidad en algunos de sus territorios, destruyendo centenares de miles de seres.

Al pasar junto á una de las provincias azotadas por el hambre vi un campamento de esqueletos todavía vivientes. Sus piernas eran dos cañas apoyadas en el grueso de las rótulas; las aristas de su costillaje y de su cráneo se marcaban como filos de cuchillo en la flácida envoltura de una piel seca, sin vestigios de los antiguos rellenos vitales.

La autoridad británica aprisca á estos rebaños humanos que huyen del espectro amarillo del hambre; hace lo que puede por sustentarlos, pero muchas veces no puede nada, y cada veinticuatro horas mueren extenuados mujeres, niños y viejos, con la misma horrible profusión que si hubiese caído sobre ellos el cólera ó la peste. Sin embargo, no hay gente en el mundo que cueste menos de alimentar; ¡pero son tantos y se reproducen con tan inagotable rapidez!...

En las calles de Bombay, donde siempre hay grandes edificios en construcción, he observado á los albañiles cuando llega el mediodía y puestos en cuclillas comen su almuerzo. Éste consiste en unos cuantos cacahuetes ó un puñadito de arroz, que sostienen en la palma de su mano izquierda. Y para hacer durar el placer de la comida, el pobre indígena va tomando con los dedos su arroz, uno á uno, ó pasea por su boca con lenta masticación el grano oleaginoso y tostado del maní.

Esto es todo. Su jornal suele consistir en varios anas, moneda que equivale á nuestras piezas de cobre. ¡Y si pudiese trabajar todos los días!... En la India nunca se halla en relación la abundancia de brazos con la demanda de trabajadores, y los más de éstos pasan varios días de la semana sin ocupación, lo que les obliga á reservar la mayor parte de su jornal, insuficiente muchas veces para las necesidades del día en que lo ganaron.

Desconocen los pueblos de Occidente una miseria como la del populacho de la India. Los pobres más pobres de nuestros campos, los mendigos más astrosos de nuestras ciudades, no podrían vivir una semana la sobria existencia del indostánico. Es demasiada hambre para un blanco. Pero estos indígenas, amenazados por toda clase de enfermedades epidémicas, mordidos por los reptiles venenosos en sus pies desnudos, explotados eternamente por sus rajás, ignorados por las autoridades británicas y sin medios de subsistencia, insisten en vivir, se han acostumbrado al hambre, yendo en aumento su cantidad de centenares de millones... Y todavía el escrúpulo religioso les prohibe nutrirse con alimentos animales, condenándolos á un escaso vegetarismo.

Tal vez sea el hambre la causa principal de que este pueblo haya vivido eternamente esclavo en el curso de su historia. El viajero Tavernier, al visitar en el siglo XVII la corte del Gran Mogol, luego de haber admirado sus fabulosas alhajas, se fijó en la guardia del soberano, ricamente vestida. Los cuatrocientos mosqueteros y los lanceros que daban escolta al esplendoroso Shah-Jehan le parecieron destinados á correr ante unas cuantas docenas de soldados de Europa.

Cuando presenció su comida en las dependencias del suntuoso palacio de Delhi, pudo explicarse tal flojedad. Un poco de arroz hervido era su alimento diario, y por su condición de musulmanes, osaban añadirle grasa caliente de vaca, pero con ridícula parquedad, hundiendo los dedos en una escudilla de dicho líquido antes de coger la bolita de arroz. Así se comprende que, pasado medio siglo, cayesen los persas sobre Delhi, quebrantando sin grandes esfuerzos al Imperio de los Grandes Mogoles. Los guerreros de Tamorlán, que fundaron en la India el Imperio turcomano, eran grandes devoradores de carne de yegua.

Luego de perderse la hegemonía de Delhi, los únicos guerreros indostánicos fueron los habitantes del Pendjab, los sikhs de Lahore, que prolongaron bajo nueva forma el poderío de los Grande Mogoles.

Akbar «el Victorioso», á pesar de que era musulmán, intentó conciliar todas las religiones de la India, incluso el cristianismo y el judaísmo, dentro de una fórmula monoteísta, más filosófica que religiosa. Un comerciante de Lahore, llamado Nanak, fundó después una religión semejante, la de los sikhs ó «discípulos». Esta secta, musulmana realmente, tomó una organización militar, lo que era desconocido en la India, donde las numerosas divisiones del induísmo y los devotos del budismo abominan de la guerra y todo derramamiento de sangre.

Los sikhs, admirables soldados, crearon y sostuvieron un reino independiente en el Pendjab, que se defendió de 1800 á 1839. La Compañía de las Indias tuvo que luchar mucho para someter al famoso rey de Lahore, que había nombrado generales de sus tropas á tres oficiales franceses procedentes del ejército de Napoleón.

Aún figuran los sikhs como los mejores guerreros de la India, por no decir los únicos, y sus condiciones belicosas se deben tal vez á que prescinden del estricto vegetarismo de los brahmanistas y comen carne; pero debe ser de cabra, respetando la vaca y el cerdo, como lo hacen sus compatriotas induístas y mahometanos. Inglaterra trajo á Europa sus batallones durante la última guerra, y la administración militar se vió en grandes apuros para reunir todas las cabras exigidas por la manutención de tantos miles de sikhs.

La llegada del vaporcito que va á llevarnos al Franconia interrumpe mis reflexiones. ¡Adiós á la India! Vamos á empezar dentro de media hora una vida completamente nueva.

Al poner el pie en la cubierta de nuestra ciudad flotante entraremos en plena civilización occidental, con sus refinamientos de higiene y bienestar.

Hemos pasado varios días sin beber agua pura. La botella de soda inglesa, las más de las veces recalentada por una atmósfera ardorosa, era lo único que podía apagar nuestra sed durante las excursiones por unas tierras donde nunca se sabe cuándo termina el cólera, la peste bubónica ó la lepra, calamidades que fingen desaparecer y siguen ocultas hipócritamente para resucitar con ruidosa mortalidad.

Ya no tendremos que dormir en una banqueta de vagón, con las narices obstruídas y la garganta seca á causa de las mangas de polvo que entran por las ventanillas, forzosamente abiertas en un ambiente ardoroso. No más inquietud á la hora de acostarse viendo correr por los muros escorpiones ó arañas enormes y temiendo que debajo de la cama esté oculta una de las najas que horas antes se balanceaban ante la escalinata del hotel. Nos esperan en el Franconia el hielo abundante y los ventiladores poderosos que ahuyentan el calor, el baño de agua purísima extraída de las profundidades oceánicas.

Vamos á ignorar durante una semana la existencia de la tierra suelta en la atmósfera, que mancha y asfixia. Nos abren los brazos para recibirnos la frescura y la limpieza. Ya estamos en la ciudad blanca, toda blanca, de un blanco deslumbrador hasta en los lugares más secretos adonde vamos impulsados por groseras necesidades, que hacían dudar todas las mañanas al gran Alejandro de que realmente fuese dios, como decían sus aduladores. Nos libertamos al fin del majestuoso sillón agujereado y con brazos que aún conservan en la mayor parte de los hoteles ingleses de la India, con un indígena de gran turbante junto á la puerta dispuesto á retirar la entraña de loza apenas sale el cliente.

Cinco días se prolonga esta vida blanca, limpia, higiénica, sin otros olores que los de la ropa recién lavada y los ramilletes frescos colocados en las mesas del comedor. Marchamos con rapidez, y al impulso de las máquinas se une el dulce empujón de un mar de popa que nos ayuda con el incansable y dulce asalto de sus olas. Pasan á lo lejos buques con rumbo opuesto al nuestro, luchando por abrirse paso á través de los muros azules que un mar de proa envía á su encuentro.

Una mañana vemos tierra á ambos lados del buque. Estamos en el mar Rojo. Por una ironía geográfica, es el mar más densamente azul que hemos encontrado en nuestro viaje. Su título de Rojo debieron inventarlo los egipcios que vivían al término de él, junto al istmo, á causa del desagüe del gran canal del Nilo. Como es un mar estrecho, bajo el cielo del Trópico y entre riberas que parecen arder por exceso de sol, sufre una gran evaporación, lo que concentra extraordinariamente la sal de sus aguas.

Entramos en uno de los dos canales que forma la isla volcánica de Perim, fortificada por los ingleses, la cual estrecha todavía más la boca angosta de este mar. Luego, á nuestra derecha, en la costa asiática, que es la del Yemen, vemos una ciudad árabe, toda blanca. Los minaretes de sus mezquitas cortan el cielo, intensamente azul, sin una nube, ascendiendo en rivalidad con una torre moderna de metal que debe ser un faro. Estamos ante la famosa ciudad de Moka. Algún tiempo después vamos pasando junto á dos islotes altos y angostos, uno de los cuales tiene un faro en su cumbre. Ambos pitones se muestran agujereados como un panal; parecen enormes esponjas petrificadas; desde su cintura de espumas hasta su cúspide tienen el mismo aspecto de la piedra pómez. Los navegantes, por su proximidad y semejanza los llaman «los Dos Hermanos».

Nos cruzamos frecuentemente en este mar-callejón con grandes paquebotes que se dirigen á la India, Java ó Australia. Van quedando detrás del Franconia dos vapores despintados y viejísimos, mendigos del mar, que se arrastran tosiendo humo por su asmática chimenea. Varios galeones de velamen obscuro, casco redondo é incesante balanceo parecen acompañar á los vapores inválidos. Estos buques árabes pertenecen al cabotaje del mar Rojo, y pasan muchas veces en unas horas, con un simple cambio de vela, de los puertos de Asia á los puertos de África.

Los vetustos vapores llevan sus cubiertas repletas de gentío, como si transportasen rebaños humanos. Son peregrinaciones musulmanas procedentes de la India ó de los puertos del África intertropical que van á visitar la Meca, desembarcando un poco más arriba de Port Sudán, donde bajaré yo mañana.

Estas peregrinaciones marítimas á la Meca y los veleros árabes dan al mar Rojo un aspecto extraordinariamente exótico para los viajeros que vienen de Europa. Un mundo nuevo empieza para ellos. Nosotros venimos de dar la vuelta á la tierra, nos acercamos al término del viaje, y el mar Rojo nos parece algo ordinario que vimos muchas veces, como si estuviese unido á nuestro pasado. Es tal vez porque al final de este callejón marítimo está el Mediterráneo, toda la vida europea, que encontraremos en el término de unas semanas, y podríamos ver antes de cinco días si continuásemos marchando en línea recta.

La noche en el Sur del mar Rojo, entre la costa africana y la de la Arabia Feliz, ofrece una novedad inolvidable. El brusco salto del calor solar á la frescura nocturna produce una evaporación extraordinaria. El ambiente está impregnado de olores de sal recalentada y de marisco. Grandes peces de luminosidad azul, como si estuviesen untados de fósforo, corren junto á la proa, rivalizando en velocidad con el buque. Luego quedan atrás, entrecruzándose en sus jugueteos caprichosos.

Va aumentando la evaporación según avanza la noche, y moja las cubiertas lo mismo que una lluvia. La vasta plaza triangular de la proa brilla como un espejo; toldos y tabiques barnizados chorrean bajo el aguacero invisible.

Brillan las luces eléctricas envueltas en un halo de humedad, mientras encima de la chimenea y los mástiles parpadean los astros en un cielo ardoroso de verano.

Mañana estaremos entre la Arabia Pétrea y la costa del Sudán. Mañana pisaré el suelo de África.

XII

EL PAÍS DE LOS AROMAS

Las «tierras celestiales».—El «triángulo» de la protohistoria.—Civilización de los remotos hymiaritas ó sabeos.—Balkis ó Makeda, la reina de Saba.—Cómo su hijo robó las Tablas de la Ley, llevándolas de Jerusalén á la capital de Abisinia.—Las leyendas del País de los Aromas.—Port Sudán.—Los vendedores de marfil.—«Vaya usted á Kartum.»—Las calles de Port Sudán.—El ferrocarril del desierto.—Las primeras gacelas.—Aldeas sudanesas.—La biografía escrita en el rostro á cuchilladas.—Kartum la misteriosa.

Vamos á desembarcar en Port Sudán, y contemplo por última vez las costas que venimos siguiendo en los dos últimos días, desde que atravesamos el estrecho de Bab-el-Mandeb pasando junto á la isla de Perim, portería fortificada del mar Rojo.

Estas riberas del lado de Asia y de África pertenecieron al famoso País de los Aromas, tan admirado hace cincuenta siglos. Los egipcios le dieron también el título de «tierras celestiales» por sus ricos productos, y en otras ocasiones los navegantes faraónicos lo llamaron el Punt.

Las «tierras celestiales» son hoy costas ardorosas de piedra y arena, completamente áridas, con extensos bancos de coral, pero sin duda en una remota antigüedad fueron mejores sus condiciones climatéricas. Aparte de esto, las costas bajas, de asfixiante temperatura, sólo sirvieron para el embarque y desembarque de los navegantes que mantenían la comunicación entre las poblaciones de los dos macizos montañosos del mar Rojo: el de África, ó sea la actual Abisinia con parte del Sudán, y el de Asia, poblado por los hymiaritas ó sabeos en el Yemen ó Arabia Feliz.

La ciencia histórica sabe poco del pasado de estos países, guiándose por conjeturas más que por realidades, pero no es aventurado creer que presenciaron una civilización floreciente, anterior á todas las europeas y tal vez á la misma egipcia, que algunos tienen por la más antigua de las conocidas.

Varios autores afirman que un centro activo de civilización se formó remotamente en la entrada del mar Rojo, sobre los grupos montañosos que se alzan en sus dos costas. Según ellos, los tiempos más antiguos de la historia humana pueden simbolizarse por medio de un triángulo ideal, cuyos puntos paralelos corresponden á Babilonia y Egipto, ocupando el ángulo inferior lo que hoy se llama Arabia Feliz.

Cuando aún no existía el pueblo fenicio y ningún hombre había osado navegar sobre las aguas del Mediterráneo, gran número de mercaderes, terrestres y marítimos, traficaban siguiendo las tres líneas de dicho triángulo. Tal vez los primeros trueques comerciales é intelectuales de la protohistoria humana se realizaron en este «trípode» geográfico.

El país de los hymiaritas producía las materias más preciosas de aquella época, las que representaban el mayor de los lujos, el incienso, otras gomas olorosas, y las especias que miles de años después hubo que buscar en Asia. La altura de las cordilleras y sus frecuentes brumas favorecieron dicho cultivo. Además, la industria humana creó pantanos para el riego, cuyos restos milenarios se encuentran aún en las montañas de Arabia.

Dichas obras se arruinaron con el tiempo, y nuevas generaciones, decadentes y faltas de libertad, carecieron de energía para rehacerlas. Esto, unido á un cambio de las condiciones climatéricas, borró la remota civilización de los hymiaritas, convirtiéndose las antiguas plantaciones en arenales y montañas escuetas. Todavía en Abisinia y en las altas planicies de la Arabia Feliz subsiste un recuerdo de la antigua prosperidad con la abundancia de ganadería y campos cultivables, pero los terrenos profundos y ardientes entre estos dos macizos situados á orillas del mar Rojo no recuerdan en nada el famoso País de los Aromas.

Hace siglos que las dos riberas de este mar cayeron en un período de extrema regresión. Ya no producían aromas ni especias, y los comerciantes, al buscar tales productos en la India, preferían traerlos por medio de caravanas á través del istmo de Suez, transporte más rápido, no obstante sus dilaciones y peligros, que el marítimo. Los navegantes del mar Rojo no osaban en los tiempos primitivos apartarse de las costas, anclando todas las noches, y un viaje á la India costaba dos ó tres años. Sólo bajo la última dinastía faraónica descubrió uno de estos navegantes la periodicidad de los vientos monzones, que soplan durante seis meses en una dirección y seis meses en la opuesta, pudiendo lanzarse los buques á las travesías en alta mar, seguros de su llegada á la India y su regreso.

Actualmente, á pesar de hallarse tan próximas las dos costas del mar Rojo, sólo los barcos musulmanes realizan un tráfico insignificante entre los puertos moribundos de la orilla asiática y la orilla africana. Todo el movimiento de este mar es longitudinal desde Suez á Perim, y los miles de buques que pasan por año no se preocupan de las montañas de ambas riberas, que probablemente sirvieron de solar á la primera civilización conocida. Tal vez de la costa asiática que se extiende hasta el golfo Pérsico y de la africana que va hasta el cabo Guardafuí—llamado en otra época cabo de los Aromas—partieron agricultores hymiaritas para colonizar de Sur á Norte las riberas del Nilo hasta su desembocadura en el Mediterráneo.

Poco se sabe de su pasado, pero muchos suponen que además de agricultores fueron mineros, explotando hace miles de años las famosas minas de oro del territorio de Sofala, cuyos productos buscó doce ó quince siglos después el rey Salomón. No se conocen las ciudades que seguramente existieron del lado de la Arabia Feliz y en los montes africanos donde nace el Nilo Azul. Lo más antiguo que se ha descubierto de esta civilización desaparecida es la existencia de Hammurabi, conquistador y legislador surgido del pueblo hymiarita, y dicha existencia la conocen los arqueólogos por los textos cuneiformes de varias piedras tumulares encontradas en el país. Este caudillo del mar Rojo, avanzando por las orillas del golfo Pérsico, se enseñoreó de toda la Mesopotamia y acabó siendo dueño de Babilonia. La riqueza y el comercio de su país hicieron posible tal conquista.

Diez ú once siglos después de él menciona la leyenda á la fastuosa reina de Saba. Sin duda, se llamó Saba la capital floreciente de los hymiaritas, proporcionando á éstos su segundo título de sabeos. Todavía son llamados sabeos los adoradores de los astros que atribuyen al cielo una influencia planetaria sobre el destino de personas y ciudades. Esta astrología sabea fué una ciencia que los comerciantes hymiaritas ó de Saba esparcieron en la antigüedad «de factoría en factoría, de oasis en oasis, de pueblo en pueblo, contribuyendo á dar un carácter casi sacerdotal á una nación de la Arabia Feliz poco conocida». El mundo de entonces admitió con facilidad que una alta potencia mágica debía corresponder lógicamente á la riqueza y los excelentes géneros vendidos por los hombres del mar Rojo.

La esplendorosa Balkis, nombre oriental de la reina de Saba, nació en dicho país, á un lado ó á otro del mar Rojo, pues la nación sabea ocupaba ambas costas. Como es sabido, Balkis visitó á Salomón atraída por su renombre y le «expuso varios problemas difíciles», como dice la Biblia, que el inteligente sultán del pueblo judío resolvió con facilidad.

Después de premiarle con el regalo de su cuerpo, volvió la reina de Saba á su tierra, dejándole un presente de «ciento veinte talentos de oro, gran abundancia de especias y no menos cantidad de piedras preciosas».

Esta visita de Balkis á Salomón ha sido recordada siempre en Arabia y Abisinia. Muchas familias creen descender del encuentro amoroso del rey de Judea con la reina del País de los Aromas, siendo la más principal de todas ellas la familia reinante en Abisinia.

El emperador ó Negus de Abisinia se titula «rey de los reyes» por considerarse heredero directo de Salomón. Mi amigo el eminente escritor francés Hugues Le Roux pasó varios años de su juventud al lado de Menelik, victorioso emperador de Abisinia, y gracias á tal intimidad pudo conocer las tradiciones de su dinastía, guardadas siempre en absoluto secreto.

Los abisinios no llaman Balkis á la reina de Saba, nombre usado por judíos y árabes, que adoptaron finalmente los pueblos de Europa. El nombre abisinio de la célebre reina es Makeda, y las crónicas imperiales cuentan que al volver á Saba tuvo un hijo de Salomón, llamado Baina-Lekhem, «el hijo del sabio». Cuando este príncipe de Etiopía llegó á los veinte años quiso conocer á su padre, y se encaminó á Jerusalén, llevando como identificación de su persona una sortija usada por su madre, recuerdo de amor que le había entregado el rey de Judea en el momento de su partida.

No necesitó Salomón examinar el anillo para reconocer á su hijo. Al ver entrar á éste en su palacio se levantó del trono, tendiéndole los brazos, y dijo á su corte:

—He aquí mi padre, el rey David, tal como era en su juventud. Ha resucitado entre los muertos para venir á visitarme.

Durante algunos meses se sucedieron grandes fiestas en Jerusalén, y el sabio monarca fué concediendo á su hijo toda clase de honores.

Mas en esto, un ángel se apareció en sueños varias noches al hijo de Makeda y á los principales etíopes de su séquito, ordenándoles que penetrasen en el Templo para robar las Tablas de la Ley, guardadas en el Arca Santa, y se las llevasen á su país. Así lo hicieron; y cuando Baina-Lekhem volvió al lado de su madre con dicho objeto divino, los sabeos lo aclamaron llamándole «rey David», nombre que usó el resto de su vida.

De este modo pasaron las Tablas de la Ley á ser guardadas por los emperadores de Abisinia descendientes de la reina de Saba, pero las ocultan y no quieren que sea conocida la existencia de tan valioso depósito, por miedo á que las roben los judíos.

Son los griegos los primeros autores que mencionan el País de los Aromas, pero llegaron á Egipto y conocieron el mar Rojo cuando ya habían terminado las dinastías faraónicas y el dominio del Nilo estaba en manos de los emperadores persas. Herodoto consagra á la deliciosa «tierra de los perfumes» una de sus Historias, afirmando que «esparce un olor divino». El país de Saba era abundante en gomas de rara virtud, como la mirra, el incienso y otras cuyo nombre no se ha podido identificar con los productos actuales. Además daba el kat, hierba que se emplea como el café y embriaga lo mismo que el hachich.

Herodoto escuchó en Egipto todas las leyendas que los navegantes fenicios habían inventado sobre el País de los Aromas para asombro de sus oyentes, y que á su vez los mercaderes gustaban de difundir, con objeto de aumentar el precio de los productos de esta tierra lejana y que nuevos rivales no vinieran á abaratar su negocio. Pequeñas serpientes de cuerpo pintarrajeado y con alas volaban en densas nubes alrededor de los árboles del incienso. Murciélagos feroces de grito estridente y uñas ponzoñosas defendían las plantaciones de canela. Pájaros gigantescos arrebataban á los hombres hasta las nubes, dejándolos caer como pasto dentro de sus nidos fabricados con varitas de cinamomo.

Venir al País de los Aromas era empresa temeraria. Una pintura egipcia representa el viaje de la flota del faraón al oloroso reino de Punt, viéndose en sus diversas escenas cómo las tripulaciones trasladan á las naves árboles de incienso metidos en cestas para replantarlos en su patria.

«Los marinos imaginativos del mar Rojo—dice Elíseo Reclús—es casi seguro que navegaron hasta el golfo Pérsico y las costas de la India, creándose de este modo, en el curso de los siglos, una enorme ola de fábulas griegas, egipcias, asirias, iranias é indostánicas, que rodó por el inmenso espacio comprendido entre el desierto de Sahara y el desierto de Goby, entre el Brahmaputra y el Guadalquivir, enriqueciéndose incesantemente la facilidad inventiva de cada narrador, hasta que al fin tomó forma concreta bajo la pluma de los escribas árabes, formando la maravillosa colección de Las mil y una noches en la Arabia mulsumana, el Javidan Khirad en la Persia y el Pantcha Tantra en la India.»

Como todos los grandes trasatlánticos siguen longitudinalmente su navegación por el mar Rojo, la entrada del Franconia en Port Sudán causa una verdadera emoción en los habitantes de dicho puerto. Pocas veces han visto un buque de tan considerable tonelaje.

Port Sudán tiene unos treinta años de existencia, habiendo sido creado como punto de partida del ferrocarril estratégico que va á Kartum. Al penetrar en su plaza acuática vemos un pequeño vapor italiano que hace escala antes de llegar á la vecina Eritrea, colonia de Italia.

Nuestro paquebote, por un alarde maniobrero de su capitán, en vez de anclar en el centro del puerto, ya que sólo debe permanecer aquí un par de horas, consigue situarse pegado al muelle, lo que aumenta el asombro de las gentes del país. Parece más pequeño este nuevo puerto cuando la muralla de metal con sus filas de ventanos redondos queda junto al malecón, como si continuase el suelo.

Casi todos los pasajeros siguen el viaje hasta Port Tewfik, en el canal de Suez, ansiosos de ver Egipto. Sólo unos cuantos descendemos aquí para internarnos en Sudán hasta la confluencia del Nilo Blanco y el Nilo Azul, atravesar luego el desierto de Nubia, salvando la línea de obstáculos fluviales que existe entre la sexta catarata y la segunda, y bajar el célebre río entre dicha catarata y la primera. De este modo llegaremos á Assuan, último límite para la mayoría de los visitantes de Egipto que suben el Nilo desde El Cairo, avanzando de Norte á Sur.

Abandonamos el Franconia en el mar Rojo, pero volveremos á encontrarlo en el puerto mediterráneo de Alejandría. Vamos ligeros de equipaje. Hemos de viajar en tren especial por el ferrocarril sudanés que construyó el gobierno británico y en vapores nilóticos del gobierno de Kartum, atravesando tres antiguas nacionalidades, el Sudán, la Nubia y el Egipto, este último en toda su longitud, desde su extrema frontera de Wady-Halfa, en el desierto nubio, hasta el delta.

Al pisar el muelle caemos en un mundo nuevo. Los cambios geográficos y étnicos son más bruscos en los viajes por mar que en los terrestres, donde el observador puede habituarse por gradaciones á las diferencias de personas, edificios y paisajes, entre una nación y otra. Más allá de los barracones del puerto veo arena, arena por todas partes, arena hasta la línea del horizonte: el desierto tal como aparece en los cuadros, con raros grupos de palmeras macilentas. El calor es ardiente, punza la piel apenas nos alejamos de la tibia humedad del mar.

Hace siete días los indígenas que nos rodeaban eran indostánicos sonrientes, tímidos, bien educados. Ahora nos vemos entre negros atléticos, de jeta bestial, con los miembros de ébano surcados por rayas profundas, cicatrices de bárbaras heridas. Llevan faldellines de fibras colorinescas y á modo de bastón se apoyan en una jabalina que puede servir de lanza.

Otros son beduínos de astroso albornoz, con una cuerda de pelo de camello atada á las sienes y la barba tan larga que parece un adorno postizo adherido al enjuto y picudo rostro. Estos musulmanes de tez pálida ó rojiza recuerdan los personajes de ciertas láminas en las ediciones románticas de la Sagrada Escritura. Todos ellos van horriblemente sucios y son al mismo tiempo bellamente majestuosos.

Algunos milicianos del país encargados de la policía del puerto llevan al cinto una bayoneta de cubo, reveladora de la antigüedad del fusil que dejaron en su cuartel. El uniforme de estos guerreros negros al servicio del gobernador del Sudán es de color kaki, como el de cualquier soldado inglés. Lo más original es su tocado, un turbante azul obscuro en forma de pan de azúcar, llevando delante, á guisa de escarapela, el sello dorado de Salomón.

Las damas que vienen en el buque y van á continuar su viaje á Suez han despertado antes de salir el sol, lanzándose á tierra atraídas por el pequeño mercado que acaban de instalar algunos beduínos. Todo lo que venden es de marfil, collares, pulseras, chapas de cepillo, peines, etc. Estamos en África y es difícil resistirse á la tentación de hacer compras en el país del marfil.

Veo cómo los artículos ofrecidos en los diversos puestos van disminuyendo con rapidez entre las manos ávidas de las pasajeras, especialmente los collares. Y estos «hijos del desierto», que no saben leer y abominan de otra intelectualidad que la de escuchar con la cabeza baja el recitado del Corán hecho por algún santón de negra túnica, conocen muy bien la existencia del dólar así como su importancia monetaria. Todo lo ofrecen en dólares y se niegan á admitir otro signo de cambio. Los collares de marfil son vendidos sin regateo á tres ó cuatro dólares. Las americanas se entusiasman pensando en los regalos que podrán hacer á sus amigas cuando vuelvan á Nueva York. Precisamente ahora están de moda dichos collares.

Sigo contemplando la blancura inmaculada del marfil y aprecio mentalmente la cantidad de dicha materia invertida en los objetos que ofrecen estos vendedores. El contenido de sus cajas representa media docena de colmillos de elefante viejo, y bien sabido es la rareza creciente de este animal en África y el precioso valor de sus defensas, enviadas inmediatamente á Londres y otras plazas comerciales para la producción de obras artísticas que exigen marfil puro, sin falsificación alguna. Además, ¿en qué talleres fabrican estos indígenas tanto collar, tantos objetos de tocador, cuyo uso desconocen seguramente?... Pienso en el celuloide, en la caseína, en otras materias que desde hace años sirven para las enormes cantidades de falso marfil que usamos, sin preocuparnos de su legitimidad.

El Franconia empieza á separarse de la orilla. Todas las pasajeras asomadas á las cubiertas saludan á nuestro pequeño grupo, que parece en medio del muelle una cuadrilla de desterrados. Tal vez ofrecemos desde lo alto del buque un aspecto de prisioneros, á causa de los negros armados de lanzas y los beduínos con aspecto de ladrones que nos rodean. Algunas americanas agitan, como pañuelos, los manojos de collares que acaban de adquirir, alegres y orgullosas de su negocio.

Empiezan los vendedores á guardar el sobrante de sus géneros, considerando terminado el mercadillo. En buena regla comercial, creo llegado el momento de intervenir ofreciendo precios muy rebajados, ya que sólo quedo yo como comprador. Pero negros y beduínos me contestan con desprecio. Ó venden en dólares y al mismo tipo que á las damas, ó no venden. Y siguen guardando en las cajas sus preciosidades.

Ofendido por esta desdeñosa testarudez, suelto la verdad, guardada hasta ahora. Todo su marfil es falso. ¿Dónde se encuentran elefantes en esta tierra? Hay que ir á buscarlos al centro del Sudán, y cada día son menos numerosos. Me huelen sus artículos á fabricación alemana remitida desde Hamburgo para que la ofrezcan los indígenas con el prestigio de un decorado exótico.

Mis afirmaciones escandalizan á los empleados del puerto, á los milicianos, á todos los curiosos de Port Sudán que han acudido para ver el Franconia. Se indignan como si oyesen un sacrilegio, como si atentase yo contra el honor del país. No hay quien dude de la legitimidad del marfil, cual si esto fuese un dogma, y cuando vuelvo á preguntar dónde están las fábricas, uno que va vestido á la europea, con casco blanco, interpreta el pensamiento de sus convecinos diciendo con una voz autoritaria que no admite réplica:

—Aquí no hay fábricas de objetos de marfil; pero cuando llegue usted á Kartum las verá á docenas, y le enseñarán, además, verdaderas montañas de colmillos.

Se alejan los mercaderes con sus cajas, y yo debo seguir á mis compañeros de viaje, que se dirigen á la población de Port Sudán, situada al final del puerto. Cruzamos éste en una lancha para descansar en el hotel hasta las diez de la mañana, hora de la salida de nuestro tren para Kartum.

La ciudad es un arenal con edificios esparcidos. Desembarcamos frente á la casa del gobernador, única construcción de dos pisos, que tiene ante su puerta una batería de piezas de campaña. La calle consiste en un entarimado de tres metros de anchura, y gracias á él nos libramos de hundir los pies en la arena. En esta avenida de tablones nos cruzamos con varios oficiales italianos y otros pasajeros de igual nacionalidad que vuelven al vapor para continuar su viaje á la próxima Eritrea.

Cerca del hotel vamos pasando entre dos filas de presos negros, vestidos de gris, con una cadena del pie á la cintura, que acarrean á hombros grandes vasijas de agua. Un miliciano de rostro simiesco, carabina corta y mitra negra de persa con el sello de Salomón basta para vigilar esta doble hilera de veinticinco ó treinta presidiarios. En la puerta del hotel algunos marineros árabes nos ofrecen hermosos peces de color de plata, casi tan grandes como sus congéneres de brillo fosfórico que han corrido dos noches junto á la proa de nuestro vapor.

Visitamos con rápida curiosidad las calles de Port Sudán habitadas por los indígenas. Como el terreno debe costar muy poco, estas calles merecen por su anchura el título de plazas estiradas. De un edificio á otro puede soplar el viento libremente, arremolinando la arena del suelo. Muchas casas parecen de piedra, pero vistas de cerca, sus bloques resultan de coral. Todas son con soportales y la mayor parte están ocupadas por cafés.

No se comprende cómo tienen dinero para pagar sus clientes de sucio alquicel, careciendo este país de campos y rebaños. Deben vivir todos ellos del tráfico del puerto ó del comercio de las caravanas. Algunas puertas empavesadas con trapos de abigarrados colorines revelan la existencia de bazares indígenas. Las mujeres usan mantos rojos, y á pesar de ser musulmanas, llevan el rostro descubierto, con joyas bárbaras de cobre en la frente, las orejas y la nariz.

Después de vagar por las tres ó cuatro calles de la pequeña ciudad, nos encontramos en el campo. Arena por todos lados, el desierto con algunos grupos de plantas espinosas. Los camellos, hundidos en dichos matorrales, rumian trabajosamente, con el cuello muy estirado. Blanquean sobre el suelo huesos esparcidos, costillares curvos como aros de tonel, todo lo que resta del esqueleto de una de estas bestias.

Cambia un poco el paisaje al alejarnos de Port Sudán. Los ingleses tuvieron que construir la población en esta llanura arenosa para aprovechar un puerto natural. En las costas del mar Rojo abundan los arrecifes coralinos, son frecuentes los naufragios cuando se navega cerca de la orilla, y la existencia de un buen puerto resulta inapreciable.

Vemos desde el tren cauces de ríos completamente secos y muy anchos. Sólo deben estar llenos unas cuantas horas durante el año, cuando llueve en las montañas de Abisinia y el agua que no recoge el Nilo Azul corre hacia el mar por caminos supletorios. Estos cauces tienen una arena más fina, más próxima á la contextura de la tierra vegetal. A trechos surgen de sus entrañas plantas de un verde más claro y jugoso que el polvoriento de los matorrales.

Junto á esta vegetación extraordinaria y tentadoramente comestible descubrimos unos venados de formas esbeltas, ligeros en sus movimientos, con patitas largas sutiles como agujas, que, al galopar, tienen la vertiginosa actividad de un volante ó una rueda de maquinaria. Son las primeras gacelas que encontramos en este país donde tanto abundan.

Pasa el tren ante varias aldeas rodeadas de árboles. En todas se adivina la presencia invisible de algún exiguo curso de agua. Hay rectángulos de verdura, pequeños campos de plantas comestibles, junto á chozas de techo cónico, que me recuerdan los ranchos de algunos países de la América del Sur.

En las estaciones donde hacemos alto para que la locomotora tome agua, apreciamos de cerca el aspecto de los sudaneses. Hombres y muchachos ostentan un puñal corvo atravesado en la cintura y un garrote de madera blanca en su diestra. La especialidad de estas gentes es que, varones, mujeres y niños, llevan todos la cara surcada de tajos en forma de letras misteriosas ó de jeroglíficos. Sus padres les hicieron estas heridas en su infancia. Son las marcas de la tribu, del pueblo, de la tradición familiar. Un sudanés se consideraría abandonado sin esta historia escrita en su rostro para siempre.

Visten túnica blanca, que ondea detrás de ellos con el aire que levanta su marcha, y ciertos jóvenes de porte audaz, satisfechos de su persona, indudablemente los elegantes del país, llevan colgando sobre el cogote una melena dividida en numerosos tirabuzones.

Permanecen las camellas inmóviles en los campos, rodeadas de sus pequeñuelos, que inician sus primeros galopes con grotesca violencia. Los niños, que sólo ven pasar el tren tres veces en el curso de la semana, regocijados por este convoy extraordinario, todo de vagones lujosos y con un comedor á la cola, desean prolongar su examen, y cuando parte de la estación trotan junto á él, siguiendo el borde de la vía, sin perder terreno, revelando la solidez de sus pulmones, hasta que al fin empiezan á quedar rezagados.

La gente sudanesa parece poco habituada al uso del metal. No conocen otro que el de sus armas. Sus instrumentos agrícolas son de madera dura, como en tiempo de los faraones. Las joyas de mujeres y hombres consisten en collares de pelo de camello trenzado con piedras azules. Los tejidos que usan son igualmente de pelo de camello.

Vamos entrando en el enorme reino—todo el continente africano—de esta bestia ruda y útil, que sirve de navío en los mares de arena, da con su leche la única alimentación animal que ordinariamente conocen estas gentes, y con su pelo y su piel sustenta la rudimentaria industria del país.

A nuestra izquierda, por la parte del mar Rojo, vemos un grupo de montañas de diversos colores, bermejas, pardas ó muy negras, como si las hubiesen quemado recientemente. Se inicia el crepúsculo sobre sus cumbres. Algunas nubecillas reflejan los últimos resplandores del sol, que se hunde al otro lado de nuestro vagón, en el horizonte rectilíneo de una llanura monótona.

Dormiremos en el tren, rodando sobre una línea férrea que nunca hubiese existido de no ocurrir la famosa sublevación del Mahdí y la toma de Kartum por los fanáticos de este profeta. Necesitó Inglaterra construir esta línea estratégica para dominar sólidamente el Sudán y afirmarse en la confluencia de los dos Nilos, el Azul y el Blanco.

Mañana estaré en Kartum, viendo realizada una de las mayores ilusiones de mi viaje.

Todos hemos tenido en nuestra juventud una ciudad predilecta y misteriosa, que nos interesaba extraordinariamente por lo mismo que estábamos seguros de que jamás iríamos á ella.

Para mí, antes de los veinte años, esta ciudad fué Kartum.

XIII

NILO BLANCO Y NILO AZUL