Mohamed-Alí, tirano progresivo, y su civilización violenta.—Fundación de Kartum.—Aparece el Mahdí.—La guerra de los derviches.—El novelesco general Gordon.—Famoso sitio de Kartum.—El ferrocarril estratégico desde Port Sudán que venció al Califa.—Mis recuerdos juveniles de la época de Gordon.—Ruinas de Meroe.—Los etíopes agrupados en las estaciones.—Van pasando caravanas.—El asno y el camello.—En Kartum.—Hombres con camisa de mujer.—Yates alquilados para cazar hipopótamos y leones en el Nilo Blanco.—Otra vez el marfil.—«Vaya usted á Omdurmán.»—Los coptos.—El Nilo Azul en la noche.—La fresca canción del agua.

Cuando las tropas de la primera República francesa tuvieron que abandonar Egipto después de la huída de Bonaparte y del asesinato de Kleber, quedaron frente á frente disputándose la posesión del país los mamelucos, especie de guerreros feudales, á los que habían batido los franceses, y los caudillos del sultán de Turquía, poseedor de esta tierra desde siglos antes.

Entre los jefes secundarios del ejército turco figuraba un macedonio, un griego musulmán, llamado Mohamed-Alí, coronel de mil albaneses. El general del ejército turco intentó matarlo por creerle autor de una de sus derrotas, y Mohamed-Alí pasó al lado de los mamelucos, batiendo á sus antiguos amigos en todos los combates.

Dotado de raras condiciones de militar y de gobernante, se apoderó en poco tiempo del Egipto, expulsando á los turcos y suprimiendo á los mamelucos, sus nuevos compañeros. Al quedar solo, fué señor absoluto de todo el país, como cualquiera de los faraones de las dinastías más gloriosas. Por intervención de Inglaterra y otras potencias, se allanó á pagar al emperador de Turquía un tributo en señal de vasallaje, pero aparte de ello dispuso del valle nilótico como un soberano independiente.

Este Mohamed-Alí, fundador de la dinastía que aún gobierna Egipto en la actualidad, es el personaje más eminente que produjo dicho país en el pasado siglo. Quiso sacar al pueblo de su apatía secular, creó un ejército y una flota, intentó instruir al fellah y hacer de él un europeo, mejoró la agricultura, abrió escuelas, creó industrias nacionales, trajo de Europa numerosos instructores y maestros. Muchas de sus creaciones perecieron poco después, como ocurre casi siempre con las obras rápidas, de precipitada ejecución. Pretendió en unos cuantos años resarcir á su país de un quietismo de veinte siglos. Pero de todos modos su impulso violento sirvió para despertar á Egipto, y aún subsiste una mínima parte de las fundaciones de este dictador que difundía el progreso á golpes.

Una vez dueño del Nilo clásico, quiso extender sus conquistas por la Nubia y el Sudán. Como Egipto es una creación del Nilo, procuró, lo mismo que muchos faraones, someter á su gobierno las remotas fuentes de la gran vía acuática nutridora del país.

Su hijo Ismail-pachá, en 1820, avanzó por las riberas nilóticas de la Nubia y la parte del Sudán llamada Etiopía Baja, conquistando todas las tierras comprendidas entre la primera y la sexta catarata hasta llegar á la confluencia del Nilo Blanco y el Nilo Azul. En este cruzamiento, que es donde verdaderamente empieza el Nilo sin sobrenombre, encontró un pequeño grupo de cabañas, llamado Ras-el-Kartum, y dos años después Kartum (en árabe, «Trompa de Elefante») se transformó en una ciudad fortificada, capital del Sudán. Bajo el reinado de Mohamed-Alí y sus inmediatos descendientes, continuó el desarrollo de Kartum á causa de su posición geográfica, hasta convertirse en un importante centro comercial.

La autoridad egipcia sólo se hacía sentir desde El Cairo, á 2.700 kilómetros de distancia, por medio de gobernadores cuya firmeza y conducta moral dejaban mucho que desear. Todos ellos se enriquecían con el tráfico de esclavos, realizado descaradamente á pesar de las reclamaciones formuladas por los diplomáticos extranjeros residentes en Egipto.

En 1881, habitaba la isla de Abba sobre el Nilo un sudanés de origen humilde, un tal Mohamed-Ahmed, de cuarenta y siete años, doméstico en su juventud de un médico francés al servicio del gobierno egipcio. Este Mohamed-Ahmed empezó á gozar entre sus correligionarios gran reputación de santidad. Todos los indígenas, al descender ó remontar el Nilo, se detenían en la isla para entregar ofrendas al milagroso derviche y escuchar su palabra.

Cuando juzgó suficientemente numerosa su corte de fanáticos, se declaró Mahdí, título que significa «el Dirigido». Según la tradición musulmana, el Mahdí es un enviado de Dios, dirigido por él, que debe venir algún día, pues así lo anunció el mismo Mahoma, para completar la obra del Profeta, regenerar el islamismo y someter el mundo entero á la media luna. Los discípulos predilectos del Mahdí y los que después le sirvieron como lugartenientes se llamaron derviches, indicando de tal modo el carácter religioso de su campaña.

Como la isla de Abba empezaba á ser un centro de agitación para el Sudán, el gobernador egipcio de Kartum resolvió prender al santo personaje y enviarlo al Cairo á disposición de su gobierno. Para esto expidió doscientos cincuenta soldados de un regimiento negro, con dos cañones, dando á su jefe la orden de capturar al profeta por sorpresa ó á viva fuerza. Los negros desembarcaron en Abba, inquietos y temerosos á causa del carácter sagrado del Mahdí. Los más de ellos sabían por los sudaneses que bastaba una palabra suya para que la pólvora se convirtiese en agua. Cuando estos soldados temblorosos se presentaron ante la vivienda del santo derviche, los fanáticos cayeron sobre la tropa egipcia, matando á una tercera parte, mientras el resto se embarcaba en desorden y á toda prisa para llevar á Kartum la noticia de su derrota.

El efecto moral de este primer triunfo fué inmenso en todo el Sudán, apreciándolo las gentes como un milagro indiscutible. Pero el profeta no quiso aguardar sus homenajes y abandonó la isla de Abba para refugiarse en los bosques del Kordofan, afluyendo á él sectarios de todos los territorios cercanos. En poco tiempo se vió al frente de una horda de muchos miles de guerreros, y como á la vez se desarrollaba en Egipto la revuelta nacionalista del coronel Arabi-pachá contra la influencia extranjera, el gobierno egipcio no pudo reprimir inmediatamente la insurrección de los derviches.

Al fin, la insistencia de los representantes de Inglaterra consiguió que Egipto enviase un ejército de 12.000 hombres contra el Mahdí, mandado por un jefe británico á su servicio. La muchedumbre sudanesa, armada solamente de lanzas y azagayas, pero enardecida por la temeridad del musulmán fanático que desea morir para verse en el paraíso ofrecido por el Profeta, arrolló al ejército anglo-egipcio, á pesar de sus cañones y fusiles, aplastándolo completamente. Luego el Mahdí derrotó otras dos columnas egipcias, apoderándose de la mayor parte del Sudán, hasta cortar las comunicaciones entre Kartum y el mar Rojo, ó sea el camino que seguimos nosotros ahora en ferrocarril.

Así empezó en 1883 el sitio de Kartum, episodio que durante un año preocupó á todas las naciones, con inquietudes semejantes á las inspiradas por la suerte de Port-Arthur durante la guerra ruso-japonesa, ó la de Verdún en la gran guerra europea.

Un personaje de raza blanca, tan interesante y novelesco como el Mahdí, se irguió de pronto frente al sitiador. Inglaterra tuvo en la segunda mitad del siglo XIX una especie de cruzado de la colonización británica: el general Carlos Jorge Gordon. Sus compatriotas, orgullosos de su gloria, lo consideraban al mismo tiempo un tipo exótico, llamándole comúnmente Gordon «el Chino» ó Gordon-pachá.

Había mandado el ejército chino en 1870 para combatir á los enemigos del Imperio, llamados Tai-Ping ó «revoltosos de los cabellos largos». Con unos cuantos europeos reorganizó las tropas chinas, salvó á Shanghai y acabó por vencer á los insurrectos. Era un personaje algo místico, que tenía gran confianza en su influencia espiritual. En realidad, su energía serena le proporcionaba un gran ascendiente sobre las razas inferiores. Hacía la guerra sin armas, con un simple bastoncito en la diestra, pero marchaba á la cabeza de sus soldados cuando éstos cargaban á la bayoneta, colocándose el primero en los lugares de mayor peligro. Los chinos estaban convencidos de que ninguna bala podía tocarle. Después de salvar á la dinastía manchur no quiso ser más tiempo generalísimo de su ejército y regresó á Inglaterra como simple teniente coronel.

En 1874 entró al servicio de Egipto y fué nombrado gobernador del África ecuatorial, extendiendo las fronteras egipcias considerablemente. Cinco años después presentó la dimisión por divergencias con Tewfik, el nuevo kedive, pasando á la India, donde obtuvo el grado de mayor general.

Al quedar sitiado Kartum, el gobierno del Cairo pensó en él. Los soldados egipcios lo adoraban como un guerrero sobrenatural, lo mismo que los chinos. Era el único caudillo capaz de batir á un personaje milagroso como el Mahdí.

Gordon volvió á Egipto, iniciando su campaña con una decisión novelesca que sólo él podía adoptar. En vez de pedir que le diesen tropas, montó en un camello, y sin otro séquito que un guía, emprendió la marcha desde la costa del mar Rojo, deslizándose entre las hordas del Mahdí hasta penetrar en Kartum.

Se asombró el mundo al ver cómo este hombre, completamente solo, iba á encerrarse en una ciudad que todos veían próxima á rendirse. Durante trescientos diez y siete días se defendió Kartum, y la atención de Europa estuvo pendiente de la suerte de esta capital, desconocida hasta poco antes, que todos buscaban en el mapa. La energía mística de Gordon, su fe en las influencias sobrenaturales, parecían haber contagiado á gran parte de la tierra. Además, como en aquel momento no ocurría ningún suceso más importante, la atención general se concentró en la lejanísima ciudad, interesándose todos por la suerte de este guerrero de leyenda, convencido de que luchaba por la civilización.

Esto ocurrió entre 1884 y 1885, cuando era yo estudiante. Todas las mañanas repetíamos en la Universidad las mismas preguntas que en aquel momento formulaba el resto de Europa:

—¿Qué dicen los diarios?... ¿Qué se sabe de Gordon?... ¿Continúa defendiéndose?...

Cerca de un año duró esta inquietud. Al fin, los mahdistas penetraron en Kartum aprovechando la traición de ciertos correligionarios suyos residentes en ella, y Gordon fué hecho pedazos por los fanáticos ante la puerta de su palacio de gobernador, donde los esperaba con intrépida serenidad.

Como Kartum era para el Mahdí la ciudad de la abominación, después de saquearla ordenó que destruyesen sus edificios y trasladaran los escombros á la vecina población de Omdurmán, creada durante el sitio. También se llevaron cautivos á los habitantes que no habían sido asesinados, familias de ingleses, austríacos y otros europeos al servicio del gobierno egipcio ó de griegos é italianos que monopolizaban el comercio de dicha plaza.

Murió el Mahdí á los cinco meses de su victoria; hubo una corta guerra civil entre sus principales discípulos, y al fin tomó el título de Califa su teniente Abdullah, quien intentó dar carácter de nación á las hordas de Nubia, Sudán y el África ecuatorial, atraídas al sitio de la metrópoli sudanesa como á una peregrinación guerrera. Este gobierno de los derviches triunfantes duró quince años.

Inglaterra, para salvar á Gordon, había enviado un ejército anglo-egipcio al mando de lord Wolseley, pero cuando éste, á costa de penosos esfuerzos, pudo llegar á las cercanías de Kartum, la ciudad ya no existía, Gordon había muerto, y consideró prudente retirarse, temiendo una gran derrota.

El Sudán fué abandonado á sus destinos después de este fracaso, é Inglaterra pensó únicamente en los asuntos del verdadero Egipto. Sólo en 1899 consiguió su reconquista un ejército anglo-egipcio, del cual era sirdar ó generalísimo lord Kitchener, el mismo que figuró en la guerra europea y pereció en el mar del Norte por haber sido torpedeado el buque que le llevaba á Rusia.

Avanzar contra los derviches siguiendo el Nilo aguas arriba, como lo había intentado lord Wolseley, resultaba difícil y peligroso como operación única. Pero Inglaterra construyó este ferrocarril en el que viajo ahora, y pudo enviar desde el mar Rojo otro ejército para que batiese de flanco á los derviches. Así logró apoderarse del Sudán, que ya no fué provincia egipcia, pasando á figurar como posesión británica.

Cuando despierto en el vagón-dormitorio recuerdo al Mahdí y á Gordon, personajes históricos de mi juventud, que inspiraron á los de mi época el mismo interés que si fuesen héroes de novela. Nunca se me ocurrió entonces la posibilidad de ver algún día directamente este país tantas veces contemplado en las publicaciones ilustradas de aquel tiempo. ¿Por qué motivo iba yo á conocer Kartum? ¿Cómo llegar á un sitio tan apartado de mi país, tan al margen de los viajes corrientes que realizan la mayoría de los europeos?... Y sin embargo, antes de que se ponga el sol estaré en la misteriosa ciudad africana que imaginé tantas veces como algo exótico y quimérico.

Voy notando desde la ventanilla de mi compartimento que el paisaje matinal, aunque no es fértil, revela en su vegetación áspera y compacta la existencia de cierta humedad. Nuestro tren ha cambiado de rumbo, y en vez de ir de Este á Oeste cruzando el desierto, como lo hizo durante la noche, rueda de Norte á Sur, paralelo al Nilo, con dirección á Kartum.

Nos mantenemos á cierta distancia del gran río. Algunas veces nos aproximamos á él. Es una enorme faja verde con peñascos de basalto orlados de espuma, entre los cuales hierven los rápidos, formando pequeñas cascadas. Estamos en el Nilo de las famosas cataratas, entre la segunda y la sexta, donde resulta imposible una larga navegación. Pero estas visiones fluviales son casi instantáneas. Unas veces el río se aleja, otras es el ferrocarril quien se aparta, interponiéndose entre ambos una cadena de dunas ó barreras de espinosa vegetación.

Surgen por el Este pequeñas montañas de asombrosa regularidad en sus aristas y superficies. Necesitamos que un empleado del tren nos afirme que dichas montañas son una ciudad en ruinas. Desorientados por los espejismos y el exceso de luz de estas tierras desiertas, nuestros ojos sufren continuos errores.

La ciudad es Meroe, capital de reino durante varios siglos, período que puede llamarse corto en relación con los miles de años de la historia egipcia. Este reino de Meroe fué teocrático. El monarca, creado por los sacerdotes, debía obedecerles ciegamente. Vemos pirámides, columnatas de templos, esfinges medio sumidas en la arena, los restos de una metrópoli, iguales á las ruinas del Bajo Egipto tantas veces contempladas en los libros.

Consideramos inaudito que el tren no se detenga en Meroe para ponernos en contacto con esta primera muestra del Egipto clásico. Semanas después, al conocer los monumentos del Nilo Bajo, tan explorados y estudiados, comprendemos dicha preterición. No existe ningún pueblo junto á la ciudad muerta: sólo el desierto en torno á sus ruinas. Estos monumentos cubiertos de arena empiezan á ser excavados y los sabios que los estudian se hallan aún al principio de sus investigaciones.

Perdemos de vista las ruinas gigantescas de Meroe. En las aldeas sudanesas donde nos detenemos después, se nota la influencia de esta vecindad histórica. Junto á las estaciones se alzan casas de adobes que tienen forma de pilón, ó sea de pirámide truncada. Algunas de ellas ostentan en sus fachadas columnas de barro, cortas y gruesas, semejantes á las de granito en los templos faraónicos. Las mujeres usan mantos de azul añil y las niñas van peinadas en menudas trencitas que les caen á ambos lados del rostro, como las antiguas egipcias.

Veo algunas viejas picudas, que tienen epidermis de cuero hondamente arrugado y ojos mates y malignos, lo mismo que si fuesen momias vivientes. Algunas recuerdan la cara de Ramsés II dentro de su ataúd de cristal en el Museo del Cairo. A la sombra de la estación hay siempre algún derviche de manto negro y turbante verde que lee el Corán y tiene acurrucado ante sus pies un semicírculo de silenciosos oyentes. Estos sacerdotes de mirada hostil nos hacen pensar en el Mahdí.

La mayor parte de la gente que se agolpa en las estaciones, atraída por el paso de un tren especial, es negra, intensamente negra. Estamos en la Baja Etiopía, país de los famosos esclavos. Muchos pequeñuelos van desnudos por completo, con un botón saliente en mitad de la barriga y otro más prolongado que cuelga al final de ésta. Todos tienen un rostro tan graciosamente feo, que es imposible mirarlo sin reir. Sólo una minoría de etíopes son cobrizos, mejor dicho, de una palidez sucia, que les hizo denominarse «rojos».

Siempre se dividió la humanidad que habita junto al Nilo en estos dos grupos, desde hace miles de años: hombres negros y hombres rojos. Lo de «rojos» fué un eufemismo, una exageración, para distanciarse de los negros. En realidad son de bronce, y sin embargo es posible que el título de mar Rojo dado al más azul de los mares se deba á que los habitantes de sus costas se llamaron «hombres rojos».

Entre las estaciones, vemos marchar por una pista cercana al tren las primeras caravanas de camellos. Cada uno de dichos animales lleva dos fardos á ambos lados de su giba, y tiene atado el hocico por una cuerda sutil al rabo del precedente. De este modo, en las caravanas cortas, el único conductor, marchando delante, no teme que le roben un camello ó que retarde su paso, acabando por extraviarse.

Casi siempre, en estas caravanas modestas, el dueño abre la marcha montado en un asno. Esto parece atentar contra las leyes de lo pintoresco, pero así es. El arriero del Sudán no se preocupa de poetizar el paisaje; busca su comodidad, y los «navíos del desierto», con las violentas ondulaciones de su espinazo, acaban por marear á los jinetes novicios y fatigan hasta á los más acostumbrados á tal medio de locomoción. Además, los que acarrean mercancías á través del desierto nubio prefieren montar en burro, pues esto les permite apearse con más facilidad para atender á la vigilancia de su caravana.

Debo añadir que el camello, tan difundido en África, no es africano. El viejo Egipto sólo lo conoció, importado de Asia, en las últimas dinastías faraónicas. En cambio, el asno es del Sudán, y de esta tierra lo tomó Egipto, siendo durante miles de años el fiel compañero del fellah. Según las tradiciones etíopes, la hermosa reina de Saba montaba habitualmente en asno.

Volvemos á ver colinas rojas y puntiagudas, sucediéndose en el horizonte como pirámides. Pero ahora son simplemente colinas. En esta tierra de continuos espejismos, sol rojizo y arena reverberante, se acaba por no distinguir las obras de la Naturaleza y las del hombre. Todo tiene el mismo color é idénticas líneas. Atravesamos campos cultivados, en los que trabajan mujeres con la cabellera aceitosa partida en trencitas faraónicas y hombres sin más traje que una larga camisa blanca y solideo del mismo color. Estas plantaciones de algodón las riegan los canales de un río que se deja ver unos instantes, desaparece y vuelve á mostrarse más lejos. No es el Nilo grande que hemos entrevisto durante la mañana; se llama el Atbara, y desciende de los montes de Abisinia, como un hijo emancipado del Nilo Azul.

Son las dos de la tarde. Llevamos ya veintiocho horas de viaje. Debemos estar cerca de su término. Los algodonales han desaparecido. Rodamos nuevamente sobre la aridez del desierto. De pronto vemos la arboleda de un gran oasis, casas en forma de cubo ó de blocao que se levantan en los límites del interminable arenal, luego un río anchísimo con una flota anclada de veleros, todos de forma arcaica, y vaporcitos que son casas flotantes partidas por dos ó tres balconajes. En la orilla opuesta de este río hay paseos umbrosos, pequeños palacios rodeados de jardines, todo verde, todo fresco, extremándose verdura y humedad por el rudo contraste con el desierto que se extiende como un mar amarillo en torno al oasis. Ya estamos en Kartum.

El cochero que nos conduce al hotel lleva por todo indumento una camisa blanca hasta los pies y un turbante. La cara la tiene cubierta de tajos reveladores de su origen. En el brazo derecho ostenta un brazalete de cuero con dos cartuchos que contienen oraciones del Corán. Este es el traje de los sudaneses más elegantes, y parecido lo vamos á ver, Nilo abajo, á lo largo del Egipto.

Todo hombre nilótico es un varón con camisa de mujer. Si quiere añadir tela á su sencilla vestimenta la arrolla en torno á su cabeza, para aumentar el volumen del turbante. Cuando sopla el huracán, levantando trombas del suelo, las viajeras pudibundas tienen que cubrirse los ojos, no por la arena precisamente, sino por la ligereza de las camisas masculinas, que se hinchan y remontan, haciendo ver que los egipcios actuales ni siquiera usan vendajes como las momias.

Kartum es de ayer. La arrasó el Mahdí, como ya dije, utilizando los escombros aprovechables en su ciudad de Omdurmán. El gobernador inglés goza de amplia autonomía, y las distintas personalidades que han ocupado dicho gobierno procuraron embellecer la reciente capital con nuevos edificios. Hay numerosos centros de enseñanza, oficinas públicas, cuarteles, rodeados siempre de jardines, junto á calles de frondosa arboleda. El agua es abundante y activa los progresos de esta vegetación excitada á la vez por la humedad de sus raíces y el ardor de la luz que barniza sus hojas.

Muchos edificios públicos llevan el nombre de Gordon. En el centro de la ciudad se alza el monumento del héroe, estatua original, única tal vez en el mundo. Gordon se muestra jinete en un camello, que es el caballo de guerra de los sudaneses. A pesar del cuello largo y la giba de dicha montura algo ridícula, conserva el monumento un aspecto noble, digno de este guerrero místico y visionario.

Bajo el dominio de los ingleses, el caserío se ha ensanchado considerablemente. Frente al antiguo Kartum, en la otra orilla del Nilo Azul, se formó una ciudad industrial, llamada Kartum del Norte, y los dos centros urbanos con el cercano Omdurmán representan más de cien mil habitantes. Los vecinos del Kartum actual proceden de igual origen que los del antiguo, degollados por el Mahdí ó conducidos como esclavos á su campamento. Hay muchos italianos, pero la mayoría son griegos.

Abunda el griego en Egipto desde hace veinticinco siglos, y actualmente, para huir de la rivalidad comercial con sus compatriotas, va avanzando río arriba, hasta el corazón del África nilótica. En todas las factorías sudanesas, si existe algún mercader de Europa es siempre un griego. La suprema ambición comercial de la mayor parte de los helenos establecidos en Egipto consiste en llegar algún día á poseer un café. Tal vez á causa de ello abundan tanto en Kartum los establecimientos de dicha especie. Todas las casas tienen arcadas en su piso bajo, y al amparo de estos soportales de azulada sombra hay siempre mesas y sillas, periódicos arrugados, é interminables enjambres de moscas que esperan zumbando la llegada de los consumidores.

Me instalo en el Gran Hotel, frente al Nilo Azul, en la avenida principal de la ciudad. Famosos personajes de Europa y América, herederos de trono, multimillonarios de la industria y del comercio, celebridades militares, han vivido en este hotel, que no es más que una gran casa colonial de frescos patios pavimentados con baldosas europeas y altísimos techos. Imposible compararlo con los suntuosos establecimientos de igual clase que vamos á encontrar en Egipto.

Aquí descansan, á la ida y al regreso, los que van á cazar en el corazón de África. Frente al hotel hay anclados algunos vapores blancos, yates de forma graciosa al servicio del gobierno autónomo del Sudán. Éste los alquila á todo el que quiera hacer un viaje por el Nilo Blanco, atravesando el África todavía misteriosa, donde es posible cazar hipopótamos, rinocerontes, elefantes y leones. El yate se toma por semanas, con su tripulación, su capitán y hasta su cocinero. En el precio entra la alimentación, y sólo hay que preocuparse para hacer dicho viaje de pagar la cantidad convenida.

Con el entusiasmo inspirado por tales facilidades, que me explican algunos funcionarios británicos y el director del hotel—joven suizo, oficial de caballería en su país—, prometo volver el año próximo para realizar una expedición hasta el lago Nianza, donde nace el Nilo, buscando luego salida por el lado del mar, en un pequeño ferrocarril que va á Mozambique. Todo esto lo digo de buena fe porque estoy en Kartum, lo que significa tener hecha ya una parte considerable del viaje. Ahora sonrío pensando en mi entusiasmo. Para alquilar uno de los yates del gobierno del Sudán, hay que empezar por ir á Kartum, ¡y está tan lejos!...

Encuentro en la terraza del hotel una nube de vendedores ofreciendo los mismos objetos de marfil vistos en Port Sudán. Éstos no son beduínos de ropas astrosas. Tienen un aspecto internacional; parecen indostánicos venidos desde un puerto del mar Rojo, egipcios que huyeron del Cairo ó de Luxor, negros vestidos á la europea, todos parlanchines, osados, valiéndose de su confianza á estilo oriental para contestar desvergonzadamente, pidiendo el céntuplo del valor de los objetos y acordando á continuación escandalosas rebajas.

Surge de ellos un coro de indignación y protesta cuando dudo de la autenticidad de su marfil. Uno afirma que el gobernador del Sudán los metería en la cárcel si vendiesen marfil falso. Cuando le pregunto dónde puedo ver las fábricas de dichos objetos y los depósitos de colmillos, duda, se rasca la cabeza por debajo de un gorrito redondo bordado de oro, y al fin responde con autoridad:

—Aquí no hay fábricas ni depósitos; pero si va usted mañana á Omdurmán, verá los talleres donde se fabrica todo esto, y montones de colmillos de elefantes así... ¡así!...

Y levanta los brazos, estirándolos con grandes esfuerzos, para indicarme la altura inconmensurable de los montones de colmillos que puedo ver mañana.

Empieza el crepúsculo; el Nilo Azul se va sumiendo en la obscuridad. Surgen de sus flotillas al ancla los mismos ruidos de los puertos poco frecuentados cuando se aproxima la noche: choques de maderas, voces de tripulantes llamándose, chirridos de garruchas lejanas, chapoteos acuáticos bajo remos invisibles, canciones lentas, nostálgicas.

La avenida principal de Kartum, que es al mismo tiempo el muelle más importante de la ciudad, tiene dos filas de álamos gigantescos, con la exageración lujuriante de este árbol cuando sus raíces se hallan próximas al agua corriente.

Encuentro junto al hotel la fachada de un templo modesto con una cruz en su remate. Es la iglesia copta. El lector sabe sin duda que los coptos son los cristianos egipcios. Después de perder su religión nacional hace dos mil años, el pueblo egipcio no tuvo tiempo para aceptar las creencias de sus dominadores los romanos, y el cristianismo fué su nuevo dogma, adoptándolo con reconcentrado entusiasmo. Muchos santos fueron egipcios, y en los desiertos de la Tebaida, junto á las ruinas menospreciadas de la antigua Tebas, surgieron los eremitas y se crearon las primeras órdenes religiosas.

Cuando Egipto fué invadido por los musulmanes, la gran masa de los fellahs cambió de religión, aceptando la de los vencedores, por considerar que su eterno destino consiste en seguir las creencias de todo amo que puede pegarles. Una parte del país se mantuvo fiel á las ideas cristianas, y este cristianismo primitivo, que conserva sus ceremonias de culto iguales á las de las primeras asociaciones creadas por los apóstoles, es la llamada religión copta.

Ha cerrado la noche. Un canto de voces infantiles, que suenan desacordes por el aislamiento y muy separadas unas de otras, atrae mi atención. Al ir hacia ellas, noto que más allá de la línea exterior de álamos, en la misma ribera del Nilo, existe una serie de pozos ó excavaciones verticales sobre la corriente acuática.

Hay en cada uno de estos pozos una noria de madera, con cangilones que son pequeñas tinajas de barro. Un burro enano y animoso marcha en círculo haciendo rodar este mecanismo primitivo, inventado tal vez hace cincuenta siglos. El animal, al dar su vuelta, pisa un segmento de círculo formado con ramas y tierra apisonada, balconaje rústico debajo del cual se abre la profundidad del Nilo Azul. La bestia laboriosa pasa y repasa sobre este suelo tembloroso sin darse cuenta de que sus patas trotadoras tienen debajo el vacío.

Un muchacho cobrizo, de ojos de gacela, camisa larga y blanco solideo, lo anima cantando una estrofa temblona, con cierta languidez sentimental. Es la canción del agua, que hace miles de años entonan los ribereños del Nilo en una orilla doble de tres mil kilómetros.

Así la cantaban indudablemente en los tiempos faraónicos; y como un rasgueo de guitarras invisibles que acompañasen en sordina esta romanza fresca, suenan los murmullos del líquido al caer de los cangilones y huir saltando por un riachuelo para refrescar las huertas inmediatas.

Un hálito caliente llega de la otra orilla del río, del desierto amarillento, oculto ahora en las tinieblas. Son bocanadas del ardor acumulado en sus entrañas durante las horas solares.

Respiro con delicia el vaho húmedo que sale de las norias. Me imagino la tierra con las fuentes cegadas, los cauces de los ríos secos, las muchedumbres aullantes de sed. Recuerdo los desiertos atravesados hace unas horas, donde se puede viajar mucho tiempo en ferrocarril sin ver una persona ó un animal y los pequeños grupos humanos aglomeran sus viviendas junto al más insignificante riachuelo.

El murmullo del agua, la voz de la mujer querida y el retintín del oro son las tres músicas más dulces, según los poetas árabes.

¡Ah, la divina y fresca canción del agua, primera melodía conocida por los hombres, bajo cuyo arrullo, favorecedor del ensueño, empezaron á pensar!...

XIV

LA CIUDAD DEL MAHDÍ

El despertar en el oasis.—Un harén en tranvía.—Campamento convertido en ciudad.—Los descendientes de los mahdistas.—El palacio de los Califas.—Las ametralladoras, el landó y el piano del heredero del Mahdí.—La tumba del «Dirigido por Dios».—Un fantasma alimentado con dátiles.—El mercado de Omdurmán.—Pierdo la pista del marfil.—Hacia la frontera egipcia á través del desierto.—Pirámides que se transforman en montañas y lagos que no existen.—Las olas de arena.—Cómo desapareció una compañía de soldados egipcios.—Estaciones sin nombre.—Los viajes de las gacelas para beber.—Llegada al Nilo.—Un hotel blanco de tres pisos.—Dulzuras de la atmósfera húmeda.—El hotel se despega de la orilla.

Apenas se difunden las claridades del amanecer, me veo obligado á saltar del lecho.

Mi habitación está en el piso bajo del hotel y sus ventanas dan á un jardín de frondosidad tropical. Palmeras, eucaliptos y sicomoros, como tienen sus raíces al nivel de los rezumamientos del Nilo, son enormes. Los pájaros se amontonan y reproducen en este oasis, sin aventurar sus vuelos sobre el mar de arena que lo rodea, y cada árbol parece temblar, envuelto en un estremecimiento de aleteos y cánticos. Puede decirse que hay en ellos tantos pájaros como hojas. Nunca he oído un concierto animal tan regocijado y tan hostil para el sueño. En el hotel de Kartum, son pocos los que pueden dormir después de la aurora.

Antes de que salga el sol llegamos en un carruaje de caballos al sitio donde se inicia la confluencia de los dos Nilos, para tomar el primer vapor que vaya á Omdurmán. Se ve con claridad el encuentro de las dos corrientes. En el momento de la crecida anual, las aguas del Nilo Azul son las rojas, las cargadas de limo, pues las lluvias de la meseta abisinia arrastran la tierra volcánica de sus laderas. En cambio, las del Nilo Blanco se muestran verdes en los primeros días de la inundación, por acarrear grandes masas de vegetación acuática.

Ahora el Nilo tiene un nivel muy bajo. Han quedado al descubierto bancos de arena é islotes de piedra que permanecen invisibles una gran parte del año. La época presente es la seca, y sólo en Junio se iniciará el aumento de nivel que anuncia la nutridora inundación. Las aguas del Nilo Azul son en este momento azules y claras, mientras las del Nilo Blanco ruedan hasta aquí rojas y fangosas, marcándose con una raya larguísima el lugar donde chocan y se confunden los dos aportes líquidos de distinto color.

Mientras llega nuestro buque examino la marina de cabotaje de los dos Nilos, que sube por el Azul hasta los primeros contrafuertes del macizo abisinio y por el Blanco navega hasta el corazón del África ecuatorial, á través de estepas y selvas, comerciando con tribus que aún se hallan en los primeros titubeos de la civilización.

Estos barcos son idénticos á los que figuran en las pinturas sepulcrales de Egipto. Recuerdan las flotas faraónicas que hace cuatro mil años exploraban las orillas hostiles de la Nubia y la Etiopía ó los puertos del País de los Aromas. Su casco largo y de poca altura hace pensar en el caparazón del cocodrilo nadando á flor de agua. Lo más extraordinario es su timón, tan prolongado que equivale á una cuarta parte de la nave y de una altura doble que la del casco. Su barra queda al nivel del piloto, que va de pie en la popa, y éste la apoya en un hombro para imprimirle movimiento. El mástil único está sujetado por ocho cuerdas en cada banda, y su verga, con la vela recogida, no descansa sobre la embarcación; permanece izada en las horas de calma al final del palo.

Como Kartum se extiende á lo largo del río, un tranvía de vapor circula por el muelle más importante, desde la estación del ferrocarril, por donde vinimos ayer, hasta el embarcadero para Omdurmán. Llegan casi al mismo tiempo el vapor procedente de dicha ciudad y el tranvía con locomotora que partió del otro extremo de Kartum.

Desembarcan los primeros viajeros que recibe hoy la capital del Sudán, procedentes de la ciudad fundada por el Mahdí. Son personajes árabes que pasan junto á nosotros sin mirarnos, derviches y escribas que protestan con su afectada indiferencia de la dominación británica, y muchos trabajadores negros. Luego vemos cómo toman asiento en los vagones abiertos del tranvía varias damas árabes procedentes del harén de algún vecino rico de Omdurmán, para visitar á sus parientas ó amigas en otros harenes de Kartum.

Parecen gozar de cierta importancia social y no van con el rostro descubierto, como las mahometanas pobres vistas por nosotros en las estaciones del ferrocarril. Visten á la moda egipcia, tapadas de cabeza á pies por una especie de dominó de raso negro. Además llevan otra pieza de seda colgando desde la mitad de su nariz hasta sus rodillas, á modo de máscara. Sólo quedan visibles los ojos, y como todas los tienen pintados con una aureola azul y agrandados por rayas negras, resultan hermosas é interesantes. Algunas ostentan un canuto de oro cincelado puesto verticalmente entre los dos ojos, desde el filo de la capacha que cubre su cabeza al borde de la especie de delantal que tapa su rostro, y esta separación metálica aumenta el interés exótico de sus miradas.

Aprovechando que los buenos musulmanes han emprendido á pie su marcha hacia Kartum, estas máscaras negras miran á cristianas y cristianos con un atrevimiento de colegialas en libertad, comentando en voz baja las modas occidentales. Nosotros las miramos igualmente, y al poco rato de examinar sus ojos misteriosos vamos encontrando en ellos, á través de pinturas y agrandamientos, una fijeza bovina, una enormidad sin expresión, algo bestial.

Entramos en el vaporcito. Varios soldados indígenas nos siguen con sus caballos. Presiento que esta media docena de jinetes va á Omdurmán con motivo de nuestro viaje. La ciudad del Mahdí vive ahora resignada á la dominación británica, pero una gran parte de sus vecinos, todos los de edad madura, fueron mahdistas, hicieron la guerra dirigidos por los derviches, y puede resucitar su antiguo fanatismo al ver en las calles un grupo extraordinario de infieles.

Ya he dicho que Omdurmán nació durante el sitio de Kartum. Era un fortín en la orilla izquierda del Nilo Blanco, dominando el curso del Nilo Azul que desemboca frente á él y la continuación de las dos corrientes, ó sea el Nilo único.

Este fortín se hallaba al lado de la miserable aldea de Omdurmán, nombre que significa «Madre de Durmán».

Como el sitio se prolongó un año, fueron llegando refuerzos de media África, y las hordas negras tuvieron que levantar numerosas chozas y casitas de adobes, convirtiéndose el campamento en una ciudad desordenada que ocupa enorme espacio. Al triunfar el Mahdí, arrasó los principales edificios de Kartum para construir los de su nueva capital.

Cuando murió, cinco meses después, su heredero Abdullah tuvo la ambición de convertir el antiguo campamento en metrópoli digna de su Imperio religioso, edificando un caserón extenso y bajo para alcázar de los califas, una mezquita principal, cuyas obras dirigieron alarifes musulmanes venidos de fuera, y la tumba del Mahdí.

La navegación es corta y á los quince minutos descendemos en una ribera arenosa. Como el Nilo cambia de nivel en este punto hasta diez metros, dicha orilla resulta muy escarpada; pero la ciudad negra ha hecho sus progresos, y vemos con asombro un tranvía inmediato al desembarcadero. Consiste simplemente en unos vagones-jardineras destartalados, con ruido de ferretería vieja apenas se ponen en movimiento, y de los que tiran varias mulas guiadas por negros.

Este tranvía sube en zigzag la ribera, atraviesa varias calles de casas hechas de barro y se detiene en una plaza, cerca de la mezquita principal. La ciudad del Mahdí es una reproducción de la misma calle, hasta el infinito. Todas las construcciones resultan iguales: paredes de adobes, con techos de troncos de palmera. Dichas casas se alinean en el centro de la ciudad y al alejarse no guardan formación alguna. Abandonan la fila, se esparcen como guerreros indisciplinados, colocándose cada una á su capricho. En las calles con aceras son éstas de tierra apisonada, sostenidas por tablas, y quedan á veces á gran altura sobre el centro de la vía, desmenuzándose por abajo de su tablazón. Las lluvias y el paso de las caravanas han ahondado las calles, convirtiéndolas en barrancos, de los que surgen columnas de polvo rojo al menor soplo de viento.

Lo más interesante en Omdurmán son los habitantes. Su diversidad de aspectos y razas hace recordar á las tropas heterogéneas del Mahdí. Todos tienen un aire belicoso; son antiguos combatientes ó hijos de combatientes. Las cicatrices que ostentan en el rostro ó en los brazos aumentan su expresión guerrera.

Hay muchos beduínos de origen árabe, que tienen una tez pálida, barbillas negras, y usan luengos trajes musulmanes á pesar del calor; pero los más son negros y van medio desnudos. Unos proceden del África ecuatorial. Vinieron atraídos por el prestigio del profeta sudanés para batirse contra los incrédulos. También, mientras duró el califato del sucesor del Mahdí, fué Omdurmán un lugar de peregrinaciones, y las muchedumbres pasajeras dejaron como sedimento religioso muchos devotos junto á la tumba del santo derviche.

Además abundan los nubios, hijos de los guerreros preferidos del profeta, hermosos negros de cuerpo atlético, con la melena recortada sobre los hombros y fija en las sienes por una trenza de fibras, tocado semejante al de los egipcios milenarios en las pinturas sepulcrales. Son los famosos baggaras (en nubio, «boyeros»), descendientes de los pastores nómadas del Sudán que formaron la caballería del ejército mahdista. Estos jinetes, con escudo redondo de cuero de hipopótamo y lanza de ancho hierro, no montaban caballos. Iban sobre camellos más ágiles é inteligentes que los de las caravanas, y sus cargas resultaron decisivas en la primera guerra del Mahdí contra las tropas anglo-egipcias.

Existen también en Omdurmán sirios, armenios y griegos. Unos llegaron atraídos por el comercio africano que afluye á dicha población. Otros tal vez son hijos de los habitantes del Kartum de Gordon, encarcelados en Omdurmán, los cuales sólo recobraron su libertad catorce años después, cuando ya se habían acostumbrado al lugar de su esclavitud.

Intento detenerme ante una puerta de la gran mezquita. Es el momento de la oración matinal. Veo su interior con escuetos arcos enjalbegados y una multitud vestida de rojo, de azul, de amarillo oro. Entre los turbantes blancos se destacan otros de honorable verde, el color de los tantos personajes que hicieron su viaje á la Meca. Aquí abundan mucho, por ser dicha peregrinación relativamente fácil, pues basta con pasar á la orilla opuesta del mar Rojo. Mi guía se alarma y me tira de un brazo antes de que vuelvan su cabeza algunos de los devotos que permanecen erguidos, de espaldas á nosotros. Luego me explica que Omdurmán no es Constantinopla, El Cairo ó Argel, donde los europeos pueden entrar en las mezquitas. La fe musulmana continúa siendo agresiva en la ciudad del Mahdí y no admite contactos con los enemigos. Estos fieles guardan un alma semejante á la de los primeros guerreros de Mahoma.

Vamos á visitar los dos únicos «monumentos» de esta capital de cabañas: el palacio del Califa y la tumba del profeta.

El tal palacio consiste en una sucesión de casitas de un solo piso, con las paredes revestidas de cal. Los salones del monarca sudanés y sus baños á la turca son piezas enormes y destartaladas, sin otro detalle arquitectónico que el arco de herradura en que terminan puertas y ventanas, dando todas ellas sobre patios semejantes á corrales.

En una de las salas vemos montones de hierro viejo y de madera, ametralladoras y fusiles comprados hace treinta años en Europa, cuando ya eran restos de armamento, bueno solamente para moros y negros. En otra habitación están los recuerdos del Califa que pueden llamarse «civilizados».

Una vez tomada Kartum, los vencedores—según relato de los prisioneros europeos—se entregaron á las más bárbaras orgías en Omdurmán, para celebrar su triunfo. El sucesor del profeta fué recibiendo en el curso de catorce años las visitas de audaces viajantes de comercio y aventureros de Europa, encargándoles compras para la civilización de su metrópoli y comodidad de su palacio.

Como recuerdo de tal época encontramos en un corral las ruedas y parte de la caja de un landó fabricado en París. El carruaje de gala del Califa se va desmenuzando al aire libre. En otro lugar vemos un piano con sus maderas rotas y cuyas entrañas contienen montoncitos de arena depositados por el viento. Cuando llegan visitantes, uno de los guardianes sudaneses encargados de vigilar estas ruinas toca á capricho las teclas con sus dedazos y sonríe, mostrando el marfil feroz de sus dientes. Una musiquita débil, temblorosa, sale del fondo del instrumento despanzurrado, y por breves momentos da cierto ambiente melancólico á esta mansión de monarca derviche obedecido por hordas de fanáticos. Algunos metros más allá del bárbaro alcázar existe todavía la cárcel donde vivieron en una esclavitud de bestias las familias europeas capturadas en Kartum.

Llegamos á la tumba del Mahdí, la construcción más alta de Omdurmán. Esta mezquita cuadrada tuvo una cúpula blanca de veinte metros, lo que la hizo descollar sobre una ciudad de chozas como edificio maravilloso, viéndosela á enorme distancia.

El califato madhista pereció en la derrota que lord Kitchener, sirdar del ejército anglo-egipcio, hizo sufrir á los derviches junto á Omdurmán en Septiembre de 1898. Los vencedores, temiendo el fanatismo de los mahdistas, se preocuparon ante todo de suprimir la veneración religiosa del profeta muerto. La tumba del Mahdí fué demolida en gran parte á cañonazos y su cadáver arrojado al Nilo, para que no recibiese más adoraciones.

Aún existe el mausoleo, pero en ruinas. La bóveda, por ser la parte más frágil, se derrumbó casi enteramente. El edificio ha sido rellenado con tierra, y ahora se escapan por los arcos de sus ventanas cegadas las verdes cabelleras de una vegetación parásita. En el momento de nuestra visita se hallan cubiertas de flores, lo mismo que la hierba del abandonado jardín.

Un sudanés al servicio de los ingleses nos abre la verja de hierro que rodea la capilla. Esta verja es igualmente del tiempo del califato, y la colocó un arquitecto árabe venido de fuera para dirigir la construcción del sepulcro. Al avanzar hacia el macizo de tierra que fué un panteón, notamos esparcidos en el suelo gran cantidad de dátiles. Algunos de ellos aún se mantienen frescos, y resulta incomprensible cómo las gentes del país pueden malgastar un fruto tan apreciado, arrojándolo por encima de la verja.

Me explica el guía que para muchos vecinos de Omdurmán el Mahdí no ha muerto. Siempre es «el Dirigido por Dios», y permanece oculto hasta que llegue la hora de su segunda aparición, decisiva y victoriosa. Como su espíritu vaga errante en torno á la antigua sepultura, los devotos le arrojan dátiles, el manjar más caro y rico del país, para que se mantenga vigoroso en su destierro de ultratumba.

Mientras escucho tales explicaciones, algo cae junto á nosotros. Dos dátiles han cortado el aire, pasando sobre la verja. Volvemos los ojos á tiempo para ver cómo huye un muchacho y desaparece en una callejuela inmediata. Guardo como recuerdo este par de dátiles destinados á la alimentación del fantasma del «Dirigido». No sé lo que ocurrirá en lo futuro. Tal vez los ingleses acaben por borrar la influencia del Mahdí, pero en el momento presente, los nietos de sus guerreros se privan de comer golosinas para arrojárselas á su sombra.

Atravesamos el zoco de Omdurmán, vasta plaza entre cuatro filas de tiendas instaladas en casitas de adobes. El centro del mercado lo ocupan toldajes de cuero ó de tela haraposa, á cuya sombra se acogen los vendedores sin domicilio.

Tiene gran importancia la ciudad del Mahdí para el comercio de los sudaneses. Equivale á un puerto seco abierto continuamente á las flotas de las caravanas. La influencia religiosa de su fundador, la fama de sus victorias, abrieron en los desiertos nuevos rumbos que siguen confluyendo á Omdurmán. Aquí se encuentran mercaderes de las costas del mar Rojo, del África ecuatorial, de los oasis del Sahara y del desierto Líbico. Es el centro de una estrella mahometana de numerosas puntas.

En este zoco se ofrecen diversos productos del suelo africano y otras especies de tierras remotas, todo revuelto, como es costumbre en los mercados orientales: sedas, vasijas de cobre repujado á martillo, drogas, perfumes, salitre, sal sosa, betel, opio, estatuitas talladas por negros representando divinidades grotescas, escudos de piel de hipopótamo, venablos y lanzas, puñales pendientes de un brazalete para llevarlos en la muñeca izquierda, á estilo del país, espadas cortas, más anchas en su punta que en la empuñadura, con vaina de cuero rojo, cajones pintarrajeados, ornamentos bárbaros, quesos de cabra y de camella, cascos de cuero endurecido, con un enrejado de metal que defiende el rostro. Las vendedoras se envuelven en mantos rojos ó azules, pero conservan descubierta la cara negra, mofletuda, de nariz achatada, con grietas profundas por el curtimiento de la tez. Venden el pan en piezas redondas y obscuras de gran peso; guisan al aire libre para las gentes que acudieron al mercado, dejando sus camellos y borricos en las calles próximas.

Dentro de las tiendas permanentes, instaladas en las casas, se encuentran los tipos de todo mercado oriental: judíos iguales á los de los puertos de Levante, griegos, armenios, indostánicos. Pero todos ellos, á pesar de la importancia de sus establecimientos, parecen perdidos en esta concurrencia enorme de negros y árabes.

Compro un escudo de cuero de hipopótamo, manojos de dardos, varias dagas y espadas sudanesas, pero en vano busco las fábricas de objetos de marfil y las montañas de colmillos de elefante que me prometieron en Kartum. Un griego, dueño de una de las tiendas más ricas, me muestra cuatro colmillos de elefante joven, defensas pequeñas que trajo una caravana desde el interior del Sudán. Dicha compra la ha hecho para enviarla á uno de sus corresponsales en Egipto. El comercio del marfil era abundante en otro tiempo, cuando se cazaban todos los años miles de elefantes. Ahora escasean éstos cada vez más.

Pregunto por los talleres de marfil en Omdurmán, y el mercader parece no comprenderme. Aquí no hay otra industria que algunos tallercitos de herrería, donde se fabrican espadas y lanzas sudanesas para ofrecerlas á los viajeros. Me convenzo de que he perdido definitivamente la pista del marfil y deberé renunciar á las fábricas que vengo buscando desde Port Sudán.

Al día siguiente salimos de Kartum para Wady-Halfa, donde termina el Sudán gobernado por los ingleses y empieza el Egipto independiente.

La primera parte de dicho viaje no es más que una repetición del que realizamos hace tres días. Vemos otra vez las ruinas de Meroe, y en Berber deja el tren á su derecha la línea á Port Sudán, continuando su marcha hacia el Norte, en dirección á Egipto.

Costeamos el Nilo mucho tiempo, pero en la quinta catarata nos separamos de él. Se aleja el río hacia el Oeste, trazando una curva enorme, que obligó siempre á las caravanas á correr los peligros de un viaje por el desierto de Nubia, desde Abuamed á Wady-Halfa.

El paisaje conocido en nuestra travesía de Port Sudán á Kartum nos parece ahora un jardín, comparado con el que vemos, después de haber pasado la noche en el vagón.

Estamos en el desierto, en el verdadero desierto, arenal amarillento, monótono, sin la más leve vegetación, sin vestigio alguno de madera leñosa, sin otras alteraciones que las numerosas colinas amontonadas á capricho del viento, las cuales volverán á cambiar de sitio al primer huracán. Luego la línea del desierto se va haciendo sinuosa, y vemos montañas completamente peladas, de color rosa obscuro, agudas y regulares como pirámides.

Dichas montañas, que parecen absorber la luz sin devolverla, nos entretienen y desorientan al mismo tiempo con los caprichos del miraje. Al pie de todas ellas hay un lago, en cuyas aguas inmóviles y cristalinas se refleja la cumbre invertida.

Hemos oído hablar del espejismo del desierto, sabemos hasta dónde puede llegar el engaño de tal ilusión óptica, mas estas lagunas son tan claras que consiguen hacernos creer en su existencia, reconociéndolas como algo excepcional. Deben ser depósitos de agua espesa y salobre; pero indudablemente existen, sería temerario dudar de su realidad. Sólo cuando el ferrocarril se aproxima á las mencionadas montañas vemos cómo el lago va desapareciendo, cual si la arena absorbiese sus aguas, cómo el desierto invade con su ola amarilla y seca la fantástica cavidad líquida... Poco después, cuando reímos del engaño, surgen ante nuestros ojos nuevas montañas y nuevas lagunas, que nos hacen dudar otra vez y repiten la misma ilusión mentirosa.

Muchas estaciones no tienen nombre. Ostentan simplemente un número. Se componen de una casita única de ladrillo, en torno á la cual parecen agazapadas las chozas de los empleados subalternos, cuatro ó cinco. Más allá, la arena, el desierto. Para la media docena de hombres blancos, cobrizos ó negros instalados aquí, lo más precioso es el enorme receptáculo de metal semejante á un gasómetro que guarda la provisión de agua traída en vagones especiales. Este tesoro líquido sirve para el consumo del grupo de solitarios y alimento de las locomotoras.

En algunas de las estaciones las chozas se muestran caídas, y los pedazos de muro que aún se mantienen derechos parecen cortados por un cuchillo enorme. Es la obra del viento del desierto que sopló hace pocas semanas.

Los criados de los coches-dormitorios son unos buenos mozos, cuya estatura se aproxima á dos metros, y aún parecen más grandes á causa de su túnica blanca hasta los pies, con faja roja, y un tarbuch de igual color, muy erguido y alto, á la moda egipcia. El destinado á mi compartimento me cuenta las leyendas del desierto de Nubia que oyó siendo pequeño.

Cuando el Sudán pertenecía á Egipto, una compañía de soldados que iba á Kartum (tal vez en tiempo de Mohamed-Alí) tuvo que desembarcar en Wady-Halfa para hacer la travesía de este mar de arena, siguiendo la pista de los camelleros hasta Abuamed. De este modo evitaban el larguísimo rodeo por la ribera del Nilo entre la segunda catarata y la quinta. Sopló el viento del desierto, que alza olas más grandes que las del Océano, y la tropa desapareció instantáneamente. Nadie la ha visto más: se la tragó la arena.

Tal vez se han creado aquí muchas leyendas falsas, como ocurre en todos los lugares peligrosos del planeta, especialmente á orillas del mar. Pero las exageraciones de la tradición tienen siempre una verdad por base. A pesar de las comodidades del tren, de las bebidas frígidas que sirven sus criados, del vagón-comedor, cuyas mesas elegantes son preparadas tres veces al día, toda persona con un poco de imaginación siente cierta angustia en su pecho cada vez que mira por las ventanillas.

Con frecuencia vemos esqueletos de camellos, blanqueados como marfil por el fuego solar y el pulimento de la arena. Desde que la vía férrea atraviesa el desierto, las caravanas siguen su trazado, pues de este modo se ahorran el trabajo de orientarse.

Algunos montoncitos de boñiga seca indican el tránsito reciente de una caravana. El sol tuesta con rapidez este excremento, que sirve á los camelleros de combustible cuando hacen alto, al cerrar la noche. En otros lugares vemos junto á la vía unas cuantas piedras amontonadas. Las trajeron de muy lejos los arrieros del desierto para señalar la fosa de un camarada desaparecido para siempre en la arena.

Aquí se aprecia en todo su valor la importancia del agua. Se reconoce, sin necesidad de imágenes, que la vida únicamente es tolerable y dulce bajo la caricia de la humedad en las riberas del mar ó á orillas de ríos y lagos.

Admiro en las estaciones sin nombre á los funcionarios egipcios ó sudaneses del ferrocarril. Los de origen europeo llevan casco blanco para defenderse del calor, gafas azuladas, camisas sin mangas, pantalones cortos, de bañista. Los del país, orgullosos de su traje europeo, que parece colocarlos en una casta superior, no se despojan nunca de la corbata, del cuello de la camisa, del chaleco y del tarbuch ó fez rojo, de duro fieltro, muy alto y angosto, que es el característico de los egipcios. No se comprende en esta llanura de horno cómo los empleados humildes conservan en la cabeza el turbante ó el mencionado gorro, que debe tirar de sus cráneos como una ventosa. Además, desconocen el uso de anteojos ahumados y tampoco necesitan la sombra de una visera. Miran de frente la llamarada cegadora del sol y reciben en sus pupilas los latigazos cortantes de un viento arenoso. Así se explica que Egipto sea el país de las oftalmías y las muchedumbres de los países orientales abunden en ciegos purulentos, con las cuencas rojas y huecas.

Empieza el atardecer del segundo día de viaje. Nos aproximamos á su término. Nuestra llegada á Wady-Halfa será poco después de haber cerrado la noche.

Surge otra cadena de montañas, cinco ó seis de las cuales son de líneas tan perfectamente geométricas, que parecen obra del hombre. Las creemos algún tiempo pirámides perdidas en el desierto, de las que nadie habla. Tal vez estas obras caprichosas de la Naturaleza obsesionaron á las tribus emigrantes en su descenso hacia el Nilo Bajo, repitiéndolas por tradición junto al delta para tumbas de los faraones.

Tiene la llanura amarillenta color de camello, y las montañas, cada vez más ensombrecidas, recuerdan el color del elefante.

Vemos correr numerosas gacelas que van cortando el desierto de Este á Oeste y forman ángulo con la marcha de nuestro tren. Es imposible describir la velocidad de una gacela asustada. Se la ve, y al mismo tiempo no puede decirse cómo es.

Una de ellas se aproxima trotando suavemente; pero alarmada por el tren, salta la vía con vuelo de acróbata, trazando un arco ante la locomotora. Luego corre por el lado opuesto como un bulto indeciso, mezcla de blanco y de oro, acompañada de una nubecilla roja que surge incesantemente bajo sus patas finas é incansables. Bastan unos segundos para que sea un punto obscuro en el horizonte. Otros segundos después ya ha desaparecido.

Este animal, que se alimenta con la vegetación leñosa de montes lejanos, desciende al Nilo para beber, realizando un viaje de muchos kilómetros, y cuando apaga su sed vuelve al punto de partida. La asombrosa ligereza de sus patas le permite tal lujo de velocidad.

Cierra la noche. Llega hasta el tren una caricia húmeda y fresca. Después de la jornada ardorosa nos parecen empapadas las tinieblas por una lluvia invisible. Todos creemos oler el Nilo; lo adivinamos en la sombra.

Nos detenemos en una estación más grande que las otras, con nombre propio, sin un simple número por título. Es Wady-Halfa.

Seguimos unas pasarelas con barandilla para bajar el rudo declive de la ribera nilótica. Los enormes cambios de nivel que sufre el río obligan á estos descensos en la estación seca. Unos jóvenes con alto gorro rojo, chaleco de seda listada y chaqué europeo nos preguntan si llevamos algo que pueda defraudar los aranceles de la monarquía egipcia, contentándose con una simple negativa. Son los aduaneros del antiguo kedive, ahora rey independiente de Egipto.

Pasamos sobre varias tablas horizontales á un edificio de tres pisos, todo blanco, con largos balconajes y deslumbradora abundancia de luces eléctricas. Es un hotel que tiene una chimenea en su centro. Además, los criados que salen á recoger nuestras maletas llevan uniforme de marinero, rematado por el inevitable gorro egipcio. Este hotel, en el que vamos á vivir dos días, flota, y pasados unos minutos se despegará de la ribera.

A pesar de su movilidad, resultaría impropio compararlo con un buque. Su casco se levanta muy poco sobre el agua. Es simplemente la base de tres pisos de viviendas construídos encima de su plataforma. En el más bajo de ellos se puede tocar el agua sólo con inclinarse sobre la borda.

Dentro de sus habitaciones hay que concentrar la atención para saber con certeza si avanza ó permanece inmóvil. Únicamente el ruido de la gran rueda adosada á su popa, funcionando igual que la de un molino, puede denunciar su marcha. Sobre este río de aguas mansas, los vapores-hoteles permiten á sus huéspedes vivir y dormir sin el más leve balanceo.

Me instalo en el comedor, vasto salón blanco, donde encontramos camareros egipcios, iguales á los del tren. Una agradable humedad penetra por las ventanas. El buque se pone en movimiento lentamente, y empieza el servicio de la comida.

Creemos haber caído en otro mundo, un paraíso de divina frescura. Nos acordamos de las interminables horas en vagones lujosos pero de rudo movimiento, teniendo que luchar con la arena que, á pesar de las precauciones empleadas en la construcción de dichos vehículos, ennegrece los platos del restorán, las sábanas de las camas, el agua de los lavabos, obstruye narices y garganta, hiere los ojos, haciéndolos lagrimear, y en mitad de la noche despierta al durmiente con angustias de pesadilla, cortando su respiración.

Prolongamos nuestra sobremesa en este comedor, que parece de porcelana por su blancura, y á través de cuyos respiraderos se desliza una brisa cargada de perfumes vegetales, aliento de las verdes é invisibles orillas nilóticas. Navegamos con voluntaria lentitud. El buque sólo va á realizar un viaje de dos ó tres horas, y anclará á media noche para no turbar el sueño de sus pasajeros.

Han salido á nuestro encuentro varios platos y bebidas de Europa. Algunos domésticos se expresan en italiano y en francés. Todo nos impulsa á seguir aquí para desquitarnos del viaje al través del desierto; pero nos recomiendan la conveniencia de irnos pronto á la cama.

Debemos levantarnos en plena noche, antes que apunte el alba, si queremos presenciar el más hermoso espectáculo que puede verse en el verdadero Nilo Alto, mucho más arriba de Assuan y el lago de Filaé, que es adonde llegan únicamente la mayor parte de los viajeros procedentes de Europa.