LA MONEDA O LA CIRCULACIÓN DE LAS MERCANCÍAS
I. Medida de los valores. — La forma precio. — II. Circulación de las mercancías. — Curso de la moneda. — El numerario o las especies y el papel moneda. — III. Reservas de oro y de plata o tesoros. — El dinero como medio de pago. — La moneda universal.
I. Medida de los valores.
Supongamos, para mayor claridad, que el oro es la mercancía moneda. Realmente, en los países como Francia en que dos mercancías, el oro y la plata, desempeñan legalmente la función de medida del valor, solo una de ellas se mantiene en su puesto.
La primera función del oro consiste en suministrar al conjunto de las mercancías la materia en que expresan sus valores, como productos de cualidad igual, comparables, por lo tanto, en el concepto de cantidad. Desempeña, pues, el papel de medida universal de los valores.
Pero no es el oro convertido en moneda lo que hace a las mercancías conmensurables; al contrario, porque son conmensurables, siendo de igual cualidad en concepto de valores y fuerza de trabajo materializada, pueden hallar todas juntas su magnitud de valor en una mercancía convertida en medida común. Esta medida de los valores mediante la moneda, no es más que la forma que debe revestir necesariamente su medida efectiva, que será siempre el tiempo de trabajo.
La forma precio.
La expresión en oro de la magnitud de valor de una mercancía es su forma moneda o su precio.
El precio de las mercancías no es cosa aparente por sí misma. El poseedor se ve obligado a ponerles unas etiquetas para anunciar su precio, para representar su igualdad con el oro. No hay comerciante que no sepa perfectamente que no necesita ni un grano de oro efectivo para estimar en oro el valor de millones de mercancías. Aun cuando en su función de medida de los valores solo se emplea la moneda como moneda imaginaria, no por esto la determinación de los precios deja de depender completamente de la materia de la moneda. Si esta materia fuese cobre en vez de oro, los valores estarían representados por cantidades de cobre diferentes de las cantidades de oro, en otros términos, por precios diferentes.
Como cantidades diversas de una misma cosa, del oro, las mercancías se comparan y se miden entre sí, y de aquí la necesidad de referirlas a una cantidad de oro que se fija como término de comparación, como unidad de medida. Debiendo tener esta cantidad de oro una autenticidad social, es determinada por la ley. Dividida en partes iguales, esta cantidad fija de metal se convierte en el tipo de los precios.
Por consecuencia, el oro desempeña aquí una segunda función. Sabemos que, como medida de los valores, sirve para transformar los valores de las mercancías en supuestas cantidades de oro, en precios; ahora, como tipo de los precios, mide estas diversas cantidades de oro por una cantidad fija y las refiere a un peso fijo de oro. Los precios, o las cantidades de oro en que se transforman imaginariamente las mercancías, se expresan desde este momento con los nombres monetarios de este peso fijo, unidad de medida y de sus subdivisiones, por ejemplo, en pesetas.
Los precios indican, pues, dos cosas al mismo tiempo: la magnitud del valor de las mercancías y la parte del peso de oro convertido en unidad de medida, por la cual, son cambiables inmediatamente.
Si el precio, como índice de la magnitud del valor de la mercancía, es la indicación de su relación de cambio con la moneda, no se ha de deducir que la indicación de su relación de cambio con la moneda se confunde necesariamente con la indicación de su magnitud de valor.
En efecto, la magnitud de valor expresa la relación íntima que existe entre una mercancía y el tiempo de trabajo social necesario para producirla. Desde que el valor se convierte en precio, esta relación aparece como la relación de cambio de la mercancía con la moneda. Pero la relación de cambio puede expresar, ora el valor mismo de la mercancía o bien lo más o lo menos que su cambio produce accidentalmente en circunstancias dadas.
Supongamos que un saco de trigo se produce en el mismo tiempo de trabajo que 13 gramos de oro, y que el nombre monetario de estos 13 gramos de oro sea el de dos escudos; la expresión moneda del valor del saco de trigo, o su precio, será dos escudos.
Aunque las condiciones de la producción no varíen, siendo necesario el mismo tiempo de trabajo si se presentan circunstancias que permiten estimar el saco de trigo en tres escudos u obligan a bajarlo a un escudo, en tal caso tres escudos y un escudo son expresiones que aumentan o disminuyen el valor del trigo, y sin embargo, son sus precios, porque expresan la relación de cambio del trigo y de la moneda.
Es, pues, posible que exista una diferencia cuantitativa entre el precio de una mercancía y su magnitud de valor, cuya posibilidad proviene del doble papel que representa la misma forma precio.
En el precio, es decir, en el nombre monetario de las mercancías, su equivalencia con el oro no es todavía un hecho consumado. Para producir prácticamente el efecto de un valor de cambio, la mercancía debe dejar de ser oro simplemente imaginado y convertirse en oro real y positivo para darla un precio, basta con declararla igual a una cantidad de oro puramente imaginaria; pero hay que reemplazarla con oro efectivo para que preste a su poseedor el servicio de procurarle, por medio del cambio, las cosas que necesita.
La forma precio manifiesta simplemente que las mercancías son enajenables y en qué condiciones su poseedor quiere enajenarlas. Los precios son como miradas amorosas que las mercancías lanzan al dinero; para que el dinero se deje atraer por las mercancías es preciso que su valor útil esté reconocido. No hablamos de los errores más o menos intencionados que se cometen al fijar los precios, cuyos errores son bien pronto corregidos en el mercado por la tarifa de los concurrentes.
II. Circulación de las mercancías.
El cambio transporta las mercancías de manos en que son valores de uso negativos a manos en que sirven de valores de uso. Llegadas al punto en que sirven de objetos de utilidad, las mercancías desaparecen de la esfera de los cambios y caen en el dominio del consumo, lo cual, solo se verifica después de una serie de cambios de forma.
Consideremos en el mercado un cambista cualquiera, un tejedor. Cambia su mercancía, 20 metros de tela, por ejemplo, por 2 escudos de oro; después de lo cual cambia estos dos escudos por un vestido. Al operar así el tejedor, enajena la tela, que para él no es más que porta-valor, por el oro, y el oro, figura del valor de la tela, por otras mercancías, el vestido, que va a ser para él valor de uso. De cuya operación resulta que el tejedor se ha proporcionado, en lugar de su primera mercancía, otra mercancía de valor igual, pero de utilidad diferente; proporcionándose, de esta manera, medios de subsistencia y de producción.
En último resultado, el tejedor no hace más que sustituir una mercancía por otra, o cambiar productos. Pero este cambio se efectúa dando lugar a dos transformaciones opuestas y complementarias: transformación de la mercancía en dinero y nueva transformación del dinero en mercancía, cuyas transformaciones representan, bajo el punto de vista del poseedor de la mercancía, dos actos: venta, o cambio de la mercancía por dinero, y compra o cambio del dinero por la mercancía. El conjunto de los dos actos contenidos en la operación (tela - dinero - vestido) o lo que es lo mismo (mercancía - dinero - mercancía) se resume así: vender para comprar.
El mismo acto que es venta para el tejedor es compra para el que da 2 escudos por su tela; y estos 2 escudos eran ya el producto de una venta en manos del comprador de la tela. Porque, aparte del cambio del oro en su fuente de producción, es decir, en el punto donde se cambia como producto inmediato del trabajo por otro producto de igual valor, el oro representa, en manos de cada productor cambista, un precio de mercancía realizado.
Supongamos que el comprador de la tela ha obtenido estos 2 escudos de la transformación de un saco de trigo en dinero, y veremos en tal caso, que la tela, que, como cosa vendida, es el principio del movimiento de cambio (tela - dinero - vestido), como cosa comprada es el término de otro movimiento de cambio (trigo - dinero - tela).
Por otra parte, el acto que es compra para el tejedor, es venta para el sastre, que a su vez convierte los 2 escudos procedentes de la venta de su vestido en otra mercancía, en una pipa de vino, por ejemplo. El término del movimiento (tela - dinero - vestido) es de este modo el principio de otro movimiento (vestido - dinero - vino).
La primera transformación de una mercancía, la tela, es, pues, la última de otra, el trigo. La última transformación de la misma mercancía, la tela, es la primera de otra, el vestido, y así sucesivamente. El conjunto de estos movimientos que se encadenan constituye la circulación de las mercancías.
Como la circulación de las mercancías conduce, según acabamos de ver en cada uno de sus movimientos particulares, a un cambio de productos, esta circulación de las mercancías se distingue esencialmente de su cambio inmediato. No hay duda que nuestro tejedor ha cambiado en definitiva su mercancía, es decir, la tela, por otra que es el vestido; pero este hecho solo es verdadero desde su punto de vista. El vendedor del vestido, ante el cual se presentó el tejedor con el oro, representación del valor de su tela, no creía probablemente que cambiaba su vestido por tela. La mercancía del sastre ha reemplazado la mercancía del tejedor, pero tejedor y sastre, en las condiciones generales de la circulación de las mercancías, no cambian sus productos recíprocamente, no ven más que la moneda, y las monedas no pueden decir por qué artículo las han trocado.
La circulación no acaba tampoco, como el cambio inmediato, en el cambio de dueño de los productos. El dinero no desaparece. En el movimiento (tela - dinero - vestido), la tela, vendida a quien quiere usarla, sale de la circulación, reemplazándola el dinero; el vestido sale después, reemplazándolo también el dinero, y así sucesivamente. Cuando la mercancía de un cambista, que en este caso es el sastre, reemplaza la de otro, el tejedor, el dinero pasa siempre a un tercero, el vendedor de vino.
La compra es el complemento forzoso de la venta; pero no es forzoso que estas dos operaciones complementarias se sucedan inmediatamente; puede separarlas un periodo de tiempo más o menos largo. Si la separación de las dos operaciones se prolonga demasiado, su unión íntima se demuestra por la crisis que surge.
Curso de la moneda.
Desde el momento que el vendedor completa la venta por la compra, el dinero sale de sus manos. En nuestro ejemplo, la moneda pasa de manos del tejedor a las del sastre y de las de este a las del mercader de vino, realizando sucesivamente el precio de su mercancía. El movimiento que la circulación de las mercancías imprime a la moneda, la aleja, por lo tanto, de su punto de partida, para trasmitirla sin interrupción de mano en mano: esto es lo que se llama curso de la moneda. Trátase ahora de saber la cantidad de moneda que el movimiento de circulación puede absorber.
En un país se realizan diariamente ventas más o menos numerosas de mercancías diversas. El valor de las mercancías vendidas se hallaba expresado antes de su venta, por su precio, es decir, por una cantidad de oro imaginado. La moneda realiza el precio de estas mercancías, trasmitiéndolas del vendedor al comprador; en otros términos, representa realmente las cantidades de oro ya expresadas imaginariamente en el total de los precios. La cantidad de dinero exigida por la circulación de todas las mercancías que existen en el mercado, se halla determinada, por lo tanto, por el total de sus precios. Siempre que varíe este total, variará en la misma proporción la masa de moneda circulante.
Ciertas variaciones de esta masa dependen, en último resultado, de la moneda, del oro mismo.
Antes de que el oro funcione como medida del valor, su propio valor se halla determinado, y si funciona como tal, se debe a qué es un producto del trabajo, es decir, un valor variable. En este concepto, cada vez que su valor sufra alteración, se alterará evidentemente la estimación del valor de las mercancías, hecha con arreglo al suyo.
Si el valor del oro aumenta, si, por ejemplo, se duplica, un escudo valdrá lo que antes valían dos escudos, y las mercancías que valían dos escudos, valdrán, por consecuencia, uno. Si disminuye, por ejemplo, en la mitad, dos escudos valdrán lo que antes uno y las mercancías que valían dos escudos valdrán cuatro. Hay que admitir, naturalmente, en ambos casos que el valor particular de las mercancías, es decir, que el tiempo necesario para su producción, sigue siendo el mismo.
Así, pues, los precios, estimación del valor de las mercancías en oro, varían con el valor de este; y como no hay alteración en el valor de las mercancías, los precios bajan si aumenta el valor del oro y suben si disminuye.
Hallándose determinada la cantidad de moneda corriente por el total de precios que deben realizarse, toda variación en estos precios produce una alteración en la cantidad de moneda circulante; cuya variación puede depender, según hemos visto, de la misma moneda, en su cualidad, no de instrumento de la circulación, sino de medida del valor. Dicho esto, suponemos que el valor del oro se haya establecido, como lo está efectivamente, en el momento de fijar los precios.
Consideremos cierto número de ventas sin relación entre sí, por ejemplo, las ventas aisladas de un saco de trigo, de veinte metros de tela, de un vestido y de una pipa de vino. Siendo el precio de cada artículo dos escudos, para realizar el precio de los cuatro, habría que poner ocho escudos en circulación. Por el contrario, si estas mismas mercancías forman la serie de transformaciones expuestas en el párrafo precedente: un saco de trigo — dos escudos — un vestido — dos escudos — veinte metros de tela — dos escudos — un barril de vino — dos escudos, los mismos dos escudos que se detienen en la mano del mercader de vino ponen en circulación las cuatro mercancías, realizando su precio sucesivamente; en cuyo caso, la velocidad del curso de la moneda suple a su cantidad.
El cambio de lugar, cuatro veces repetido, de los dos escudos resulta de las transformaciones completas (su venta seguida de compra) y en relación unas con otras, del trigo, de la tela y del vestido, que terminan con la primera transformación de la pipa de vino. Los movimientos complementarios entre sí, que forman esta serie, se verifican sucesivamente; necesitan más o menos tiempo para realizarse y la velocidad del curso de la moneda que, según acabamos de ver influye en su cantidad, se mide por el número de mutaciones de las mismas monedas en un tiempo dado. Supongamos que la circulación de nuestras cuatro mercancías dure un día; la masa de moneda corriente, dos escudos, multiplicada por el número de mutaciones de las mismas monedas, es decir, por cuatro, es igual al total del precio de las mercancías, o sean ocho escudos.
La circulación en un país comprende, durante un tiempo dado, las ventas o compras aisladas, es decir, las transformaciones parciales en que la moneda solo cambia de lugar una vez, y las series de transformaciones más o menos extensas, en que las mismas monedas experimentan traslaciones más o menos numerosas. Cada una de las monedas que componen la suma total de dinero en circulación, funciona, pues, con actividad diferente, pero el conjunto de las monedas semejantes realiza, durante un tiempo determinado, un total de precios; por consecuencia, se establece una velocidad media en el curso de la moneda. Conocida esta velocidad media, queda determinada la masa de oro que puede funcionar como instrumento de la circulación, puesto que esta masa multiplicada por el número medio de sus mutaciones debe ser igual al total de precios que hay que realizar.
La velocidad del curso de la moneda solo indica la velocidad de las transformaciones de las mercancías, la mayor o menor rapidez con que desaparecen de la circulación y su reemplazo por nuevas mercancías.
En el curso rápido de la moneda aparece la unión de la venta y de la compra como dos actos alternativamente realizados por los mismos cambistas. Por el contrario, la lentitud del curso de la moneda pone de manifiesto la separación de estas dos operaciones, y la interrupción de los cambios de forma de las mercancías. Es muy común la tendencia a explicar esta interrupción por la cantidad insuficiente de moneda circulante, siendo así que (y esto resulta de lo que precede) la cantidad de los medios de circulación, en un periodo dado de tiempo, se halla determinada por el precio total de las mercancías circulantes y por la velocidad media de sus transformaciones, en dinero, por medio de la venta, y en otras mercancías por medio de la compra.
El numerario o las especies y el papel-moneda.
El numerario tiene su origen en la función que desempeña la moneda como instrumento de circulación. El peso de oro adoptado como unidad de medida y sus subdivisiones deben presentarse ante las mercancías en el mercado bajo la forma de numerario o de especies acuñadas. De la misma manera que el establecimiento de la unidad de medida, la acuñación es de la incumbencia del Estado. El oro y la plata revisten así, en concepto de numerario, una forma oficial, un uniforme nacional, que abandonan en el mercado del mundo.
Las monedas de oro o de plata se desgastan más o menos en su circulación y pierden, por consecuencia, mayor o menor cantidad de peso. Especies de igual nombre, que vienen a ser, de este modo, de valor desigual por carecer del mismo peso, se consideran iguales en la circulación. Aun cuando pierden parte de su peso, conservan su valor nominal. La circulación tiende, pues, a transformar el numerario en un emblema de su peso metálico oficial.
La función numeraria del oro, desprendida así de su valor metálico por el roce mismo de su circulación, puede ser desempeñada por cosas relativamente sin valor, tales como unos pedazos de papel. Y desde este momento, como la moneda, en concepto de numerario o instrumento de circulación, queda reducida a ser el signo de sí propia, puede reemplazársela en esta función con simples signos. Solo es necesario que el signo de la moneda, el papel moneda, sea, como ella, socialmente valedero; cuyo carácter lo adquiere por la acción del Estado. Además, ocupando el lugar de la moneda, el papel moneda debe ser proporcionado, en su emisión, a la cantidad de moneda que represente y que realmente debería circular. En el caso en que excediera de esta proporción legítima, los hechos la reducirían al tipo indicado. Si la masa de papel moneda llegara a ser el doble de la proporción debida, un billete de 100 pesetas, por ejemplo, no representaría más que 50 pesetas. No se trata aquí más que del papel moneda puesto en circulación por el Estado y con curso forzoso.
III. Reservas de oro y de plata o tesoros.
Al desarrollarse la circulación de las mercancías se desarrollan también la necesidad y el deseo de adquirir y de conservar lo que, en el régimen de producción mercantil, constituye el nervio de todas las cosas: el dinero.
Todo productor debe hacer provisión de dinero. En efecto, las necesidades del productor se renuevan sin cesar y le imponen constantemente la compra de mercancías ajenas, mientras que la producción y la venta de las suyas exigen más o menos tiempo y dependen de mil eventualidades. Para poder comprar sin vender, es preciso antes haber vendido sin comprar. Las mercancías no se venden desde luego para comprar inmediatamente otras, sino para reemplazarlas con dinero que se conserva, y se va empleando según las necesidades. La moneda, detenida intencionadamente en su circulación, se petrifica, por decirlo así, convirtiéndose en tesoro, y el vendedor se transforma en acumulador de dinero. Fórmanse de este modo, en todos los puntos que se hallan en relaciones de negocios, reservas de dinero en las proporciones más diversas.
Ya hemos visto que la cantidad de moneda corriente se halla determinada por el total de los precios de las mercancías circulantes y por la velocidad de su circulación. Esta cantidad aumenta, pues, al mismo tiempo que la circulación de las mercancías y disminuye con ella. En su consecuencia, unas veces debe entrar en circulación una masa mayor de moneda, y otras debe salir de la circulación una parte. Esta condición se cumple por medio de las reservas de dinero que entran o salen de la circulación, esto es, por la forma tesoro.
El dinero como medio de pago.
En la forma de circulación de las mercancías examinada hasta aquí, los cambistas se presentan unos con la mercancía y otros con el dinero. Sin embargo, a medida que se desenvuelve la circulación, se desarrollan también varias circunstancias que tienden a establecer un intervalo, más o menos largo, entre la venta de la mercancía y la realización de su precio.
Algunas especies de mercancías, exigen para su producción más tiempo que otras, las épocas de producción no son las mismas para todas, etc. Puede ocurrir, pues, que uno de los cambistas esté dispuesto a vender en tanto que el otro no tiene aún medios de comprar. Cuando las mismas transacciones se renuevan constantemente entre las mismas personas, las condiciones de venta y compra de las mercancías, se regulan según las condiciones de su producción. El uno venderá una mercancía presente, el otro comprará sin pagar inmediatamente en calidad de representante de dinero por venir. El vendedor se hace acreedor y el comprador deudor; el dinero adquiere una nueva función, se hace medio de pago.
La aparición simultánea en una venta de la mercancía y del dinero deja de existir. Desde este momento, el dinero funciona principalmente como medida de valor en el señalamiento del precio de la mercancía vendida. Establecido mediante contrato, este precio indica la obligación del comprador, es decir, la suma de dinero de que es deudor a plazo fijo.
Funciona además como medio de compra imaginaria. Aunque solo existe en la promesa del comprador le transfiere, sin embargo, la mercancía.
Al finalizar el plazo solamente entra como medio de pago en la circulación, es decir, que pasa de manos del comprador a las del vendedor.
Medio de circulación, el dinero se convertía en tesoro porque el movimiento de circulación se había detenido en su primera mitad, no siguiendo a la venta la compra. Medio de pago, solo entra en circulación cuando la mercancía ha salido ya de ella. El vendedor transformaba la mercancía en dinero para satisfacer sus necesidades por medio de la compra de objetos útiles; el acumulador de dinero para conservarle bajo su forma de permutabilidad inmediata con toda clase de mercancías, es decir, bajo su forma dinero; el comprador deudor para poder pagar. Si no efectúa esta transformación, si no paga al vencimiento tiene lugar una venta forzosa de su hacienda. El cambio de la mercancía en dinero constituye, pues, una necesidad social que se impone al productor cambista, independientemente de sus necesidades y caprichos personales.
Los pagos a efectuar pueden compensarse, cuando en vez de efectuarse de hecho se saldan recíprocamente anulándose. Teniendo esto en cuenta, se organizan instituciones a fin de realizar estas compensaciones que disminuyen la masa de numerario empleado. Además, circula en un tiempo determinado, un día por ejemplo, cierta cantidad de dinero destinada a pagar las obligaciones que vencen este día y que representan mercancías mucho tiempo ha fuera de la circulación. En estas condiciones, la cantidad de moneda que circula en cierto periodo, dada la velocidad de los medios de circulación y de los medios de pago, es igual al total de los precios de las mercancías a realizar, añadiendo a esto el total de los pagos que cumplen en este periodo y descontando, por ejemplo, el total de los pagos que se compensan.
La moneda de crédito (letras, pagarés, etc.), tiene su origen inmediato en la función del dinero como medio de pago. Los certificados que acreditan las deudas contraídas por las mercancías compradas, circulan también a su vez para transferir a otros los créditos que representan. A medida que se extiende el sistema de crédito, la moneda, como medio de pago, reviste formas de existencia especiales, merced a las cuales se regulan las grandes operaciones comerciales, en tanto que las especies de oro y plata quedan reducidas principalmente al comercio al por menor.
Establécense en cada país ciertos términos generales, ciertas épocas determinadas en que los pagos se hacen en grande escala; y la función del dinero como medio de pago exige la acumulación de las sumas necesarias para las fechas de los vencimientos.
La moneda universal.
Al salir de la circulación interior de un país, el metal moneda abandona las formas locales que había revestido para recobrar su forma primitiva de barra o lingote.
En el recinto nacional de la circulación una sola mercancía es la que puede servir de medida de valor; en el mercado universal reina una doble medida de valor: el oro y la plata.