SECCIÓN TERCERA
Producción de la supervalía absoluta.
PRODUCCIÓN DE VALORES DE USO Y PRODUCCIÓN DE LA SUPERVALÍA
I. El trabajo en general y sus elementos. — El trabajo ejecutado por cuenta del capitalista. — II. Análisis del valor del producto. — Diferencia entro el valor de la fuerza de trabajo y el valor que puede crear. — El problema de la transformación del dinero en capital está resuelto.
I. El trabajo en general y sus elementos.
El uso o el empleo de la fuerza de trabajo es el trabajo. El comprador de la fuerza de trabajo la consume haciendo trabajar al que la vende. Para que el trabajador produzca mercancías, su trabajo debe ser útil, esto es, realizarse en valores de uso. Luego el capitalista hace producir a su obrero un valor de uso particular, un artículo útil determinado. La intervención del capitalista no puede modificar en lo más mínimo la naturaleza misma del trabajo, por cuya razón vamos a examinar ante todo el movimiento del trabajo útil en general.
Los elementos simples de todo trabajo son: 1.º, la actividad personal del hombre o trabajo propiamente dicho; 2.º, el objeto en que se ejerce el trabajo; 3.º, el medio por el cual se ejerce.
1.º La actividad personal del hombre es un gasto de las fuerzas de que está dotado su cuerpo. El resultado de esta actividad existe, antes del gasto de fuerza, en el cerebro del hombre, no siendo otra cosa que el propósito a cuya realización el hombre aplica a sabiendas su voluntad. La obra exige, mientras dura, además del esfuerzo de los órganos en acción, una atención sostenida que solo puede resultar de un esfuerzo constante de la voluntad, y lo exige tanto más cuanto menor atractivo ofrece el trabajo, por su objeto y su modo de ejecución.
2.º La tierra es el objeto universal de trabajo que existe independientemente del hombre. Todas las cosas cuyo trabajo se limita a romper la unión inmediata con la tierra, por ejemplo, la madera cortada en la selva virgen, el mineral extraído de su vena, son objeto de trabajo por la gracia de la Naturaleza. El objeto en que se ha ejercido ya un trabajo, como el mineral lavado, se llama primera materia. Toda primera materia es objeto de trabajo; pero todo objeto de trabajo no es primera materia: solo llega a serlo después de haber sufrido una modificación cualquiera efectuada por el trabajo.
3.º El medio de trabajo es una cosa o un conjunto de cosas que el hombre pone entre sí y el objeto de su trabajo para ayudar a su acción. El hombre convierte cosas exteriores en órganos de su propia actividad, órganos que añade a los suyos. La tierra es el almacén primitivo de sus medios de trabajo. Ella le suministra, por ejemplo, la piedra de que se vale para frotar, cortar, lanzar, comprimir, etc. Tan luego como el trabajo alcanza algún desarrollo, por pequeño que sea, no puede prescindir de medios ya trabajados. Lo que distingue una época económica de otra, lo que muestra el desenvolvimiento del trabajador, no es tanto lo que se fabrica como la manera de fabricar, como los medios de trabajo con cuyo auxilio se fabrica. Además de las cosas que sirven de instrumentos, de auxiliares de la acción del hombre, los medios de trabajo comprenden, en una acepción más lata, todas las condiciones materiales que, sin entrar directamente en las operaciones ejecutadas, son sin embargo indispensables o cuya falta haría defectuoso el trabajo, como son los obradores, talleres, canales, caminos, etc.
De consiguiente, en la acción de trabajo, la actividad del hombre efectúa, con ayuda de los medios de trabajo, una modificación voluntaria de su objeto. Esta acción tiene su fin en el producto terminado, es decir, en un valor de uso, en una materia que ha experimentado un cambio de forma que la ha adaptado a las necesidades humanas. El trabajo se ha materializado al combinarse con el objeto de trabajo. Lo que era movimiento en el trabajador aparece ahora en el producto como una propiedad en reposo. El obrero ha tejido y el producto es una tela. Si se considera el conjunto de este movimiento con relación a su resultado, al producto, que es entonces medio y objeto de trabajo, se presentan ambos como medios de producción, y el trabajo mismo como trabajo productivo.
Fuera de la industria extractiva, explotación de minas, caza, pesca, etc., en que la Naturaleza sola suministra el objeto de trabajo, en los demás ramos de la industria entran primeras materias, es decir, objetos en que se ha efectuado ya un trabajo. El producto de un trabajo llega a ser así el medio de producción de otro.
La primera materia puede constituir la sustancia principal de un producto o solo entrar en él bajo la forma de materia auxiliar. En tal caso esta queda consumida por el medio de trabajo, como la hulla por la máquina de vapor o el heno por el caballo de tiro, o bien se une a la primera materia para modificarla en algún concepto, como el color a la lana, o, finalmente, favorece la realización del trabajo, como las materias usadas en el alumbrado y calefacción del taller.
Poseyendo todo objeto propiedades diversas y prestándose por ellas a más de una aplicación, el mismo producto es apto para formar la primera materia de diferentes operaciones. Así, los granos sirven de primera materia al molinero, al destilador, al ganadero, etc., y como semilla sirven de primera materia en su propia producción.
En la misma producción el mismo producto puede servir de medio de trabajo y de materia primera; en la cría de ganado, por ejemplo, el animal, materia trabajada, funciona también como medio de trabajo para la preparación del estiércol.
Existiendo ya un producto bajo forma que le hace adecuado para el consumo, puede llegar a ser a su vez primera materia de otro producto. La uva es la primera materia del vino. Hay también productos que solo sirven para primeras materias, en cuyo caso se dice que el producto no ha recibido más que una semielaboración: el algodón, entre otros.
Se ve que el carácter de producto, de materia primera o de medio de trabajo, depende, cuando se trata de un valor de uso u objeto útil, del lugar que ocupa en el acto del trabajo, y al cambiar de lugar cambia de carácter.
Entrando todo valor de uso en operaciones nuevas como medio de producción, pierde, pues, su carácter de producto y únicamente funciona en calidad de colaborador del trabajo en actividad, para la producción de nuevos productos.
El trabajo gasta sus elementos materiales, objeto de trabajo y medio de trabajo, siendo, por consecuencia, un acto de consumo. Este consumo productivo se distingue del consumo individual en que el último consume los productos como medios de satisfacción del individuo, mientras que el primero los consume como medios de ejercicio del trabajo. El producto del consumo individual es el consumidor mismo; el resultado del consumo productivo es un producto distinto del consumidor.
El movimiento del trabajo útil, tal como acabamos de analizarlo desde el punto de vista general, es decir, la actividad que tiene por objeto la producción de valores de uso, la adaptación de los medios exteriores a nuestras necesidades, es una exigencia física de la vida humana, común a todas las formas sociales; su estudio en general no puede, por lo tanto, indicarnos con arreglo a qué condiciones sociales especiales se realiza en un caso dado.
El trabajo ejecutado por cuenta del capitalista.
El capitalista en agraz compra en el mercado, escogiéndolo de buena calidad y pagándolo en su justo precio, todo lo necesario para la realización del trabajo, medios de producción y fuerza de trabajo.
La naturaleza general del trabajo, que acabamos de exponer, no se modifica evidentemente por la intervención del capitalista. Como consumo de fuerza de trabajo para el capitalista, el movimiento del trabajo presenta dos particularidades.
En primer lugar, el obrero trabaja bajo la inspección del capitalista a quien pertenece su trabajo. El capitalista vigila cuidadosamente para que los medios de producción se empleen con arreglo al fin que desea, para que la tarea se haga concienzudamente y para que el instrumento de trabajo solo sufra el daño inseparable de su empleo.
En segundo lugar, el producto es propiedad, no del productor inmediato, que es el trabajador, sino del capitalista. Este paga el valor cotidiano, por ejemplo, de la fuerza de trabajo; el uso de esta fuerza de trabajo le pertenece, por lo tanto, durante un día, como el de un caballo que se alquila diariamente. En efecto, el uso de la mercancía pertenece al comprador, y al dar su trabajo el poseedor de la fuerza de trabajo, el obrero, solo da en realidad el valor de uso que ha vendido; desde su entrada en el taller, la utilidad de su fuerza de trabajo pertenece al capitalista. Al comprar este la fuerza de trabajo ha añadido el trabajo, como elemento activo del producto, a los elementos pasivos, a los medios de producción que poseía. Es una operación de cosas que ha comprado, que le pertenecen. Por lo tanto, el producto resultante le pertenece con igual título que el producto de la fermentación en su bodega.
II. Análisis del valor del producto.
El producto, propiedad del capitalista, es un valor de uso, como tela, botas, etc. Pero, de ordinario, el capitalista no fabrica por amor a la tela. En la producción mercantil el valor de uso, el objeto útil, solo sirve de porta-valor; para el capitalista, lo principal es producir un objeto útil que tenga un valor cambiable, un artículo destinado a la venta, una mercancía. Quiere además el capitalista que el valor de esta mercancía supere al valor de las mercancías empleadas en producirla, es decir, al valor de los medios de producción y de la fuerza de trabajo en cuya compra invirtió su dinero. Quiere producir, no solo una cosa útil, sino un valor, y no solamente un valor, sino también una supervalía.
Así como la mercancía es a la vez valor de uso y valor de cambio, del mismo modo su producción debe ser a la vez formación de valor de uso y de valor. Examinemos ahora la producción desde el punto de vista del valor.
Sabemos que el valor de una mercancía está determinado por la cantidad de trabajo que contiene, por el tiempo socialmente necesario para su producción. Necesitamos, pues, calcular el trabajo contenido en el producto que nuestro capitalista ha hecho fabricar, 5 kilogramos de hilados, por ejemplo.
Para producir esta cantidad de hilados se necesita una primera materia; pongamos 5 kilogramos de algodón, comprados en el mercado en su valor, que es, por ejemplo, 13 pesetas; admitamos que el desgaste de los instrumentos empleados, brocas, etc., asciende a 3 pesetas. Si una masa de oro de 16 pesetas, que es el total de los guarismos anteriores, es el producto de 24 horas de trabajo, se deduce que, siendo la jornada de trabajo de 12 horas, hay ya dos jornadas contenidas en los hilados.
Sabemos ya cuál es el valor que el algodón y el desgaste de las brocas dan a los hilados: es igual a 16 pesetas. Falta averiguar el valor que el trabajo del hilandero añade al producto.
En esto es indiferente el género especial de trabajo o su cualidad; lo que importa es su cantidad: no se trata, como cuando se considera el valor de uso, de las necesidades particulares que la actividad del trabajador tiene por objeto satisfacer, sino únicamente del tiempo durante el cual ha gastado su fuerza en esfuerzos útiles. No hay que olvidar, por otra parte, que el tiempo necesario en las condiciones ordinarias de la producción es el único que se cuenta para la formación del valor.
Desde este último punto de vista, la primera materia se impregna de cierta cantidad de trabajo, considerado únicamente como gasto de fuerza humana en general. Verdad es que esta absorción de trabajo convierte la primera materia en hilados, gastándose la fuerza del obrero en la forma particular de trabajo que se llama hilar; pero el producto en hilados solo sirve por el momento para indicar la cantidad de trabajo absorbido por el algodón. Por ejemplo, 5 kilogramos de hilados indicarán seis horas de trabajo, si para hilar 833 gramos se necesita una hora. Ciertas cantidades de productos, determinadas por la experiencia, representan el gasto de la fuerza de trabajo durante una hora, dos, un día.
Al realizarse la venta de la fuerza de trabajo, supongamos que se ha sobreentendido que su valor diario era de 4 pesetas, suma equivalente a seis horas de trabajo, y, por consiguiente, que era preciso trabajar seis horas para producir lo necesario al sustento cotidiano del obrero. Pero nuestro hilandero ha transformado en seis horas, en media jornada de trabajo, los 5 kilogramos de algodón en 5 kilogramos de hilados. Habiéndose fijado este mismo tiempo de trabajo en una cantidad de oro de 4 pesetas, ha añadido al algodón un valor de 4 pesetas.
Hagamos ahora la cuenta del valor total del producto. Los 5 kilogramos de hilados contienen dos jornadas y media de trabajo; algodón y brocas representan dos jornadas y la operación de hilar media jornada. La misma cantidad de trabajo existe en una masa de oro de 20 pesetas. El precio de 20 pesetas expresa, pues, el valor exacto de 5 kilogramos de hilados; el precio 4 pesetas el de un kilogramo.
En toda demostración los guarismos son arbitrarios, pero la demostración es la misma, cualesquiera que sean los guarismos y el género de producto que se ha tenido en cuenta.
El valor del producto es igual al valor del capital adelantado. Este capital no ha procreado, no ha engendrado supervalía, y el dinero no se ha convertido, por consecuencia, en capital. El precio de 5 kilogramos de hilados es de 20 pesetas, y 20 pesetas se han gastado en el mercado en la compra de los elementos constitutivos del producto: 13 pesetas para 5 kilogramos de algodón, 3 pesetas por desgaste de las brocas durante seis horas, y 4 pesetas por la fuerza de trabajo.
Diferencia entre el valor de la fuerza de trabajo y el valor que puede crear.
Examinemos esta cuestión más de cerca. La fuerza de trabajo importa 4 pesetas, porque esto es lo que cuestan las subsistencias necesarias para el sustento diario de esta fuerza. El dueño de ella, el obrero, produce un valor equivalente en media jornada de trabajo, lo cual no significa que no pueda trabajar una jornada entera ni producir más. El valor que la fuerza de trabajo posee y el que puede crear difieren, pues, en magnitud. En su venta, la fuerza de trabajo realiza su valor determinado por sus gastos de sostén cotidiano; en su uso puede producir en un día más valor del que ha costado. Al comprar la fuerza de trabajo, el capitalista ha tenido precisamente en cuenta esa diferencia de valor.
Por lo demás, nada hay en todo esto que no se acomode a las leyes del cambio de las mercancías. En efecto, el obrero, vendedor de la fuerza de trabajo, como el vendedor de toda mercancía, obtiene el valor cambiable y cede el valor de uso: no puede obtener el primero sin entregar el segundo. El valor de uso de la fuerza de trabajo, es decir, el trabajo, no pertenece al que lo vende, así como no pertenece al tendero el empleo del aceite que ha vendido. El dueño del dinero ha pagado el valor diario de la fuerza de trabajo, cuyo uso le pertenece por todo un día, durante una jornada entera. El hecho de que el sustento diario de esta fuerza solo cuesta media jornada de trabajo, pudiendo, sin embargo, trabajar la jornada entera, esto es, que el valor creado por su uso en el espacio de un día es mayor que su propio valor diario, constituye una buena suerte para el comprador, pero que no lesiona en nada el derecho del vendedor.
Desde este momento, el obrero encuentra en el taller los medios de producción necesarios, no para medio día, sino para un día de trabajo, para doce horas. Puesto que 5 kilogramos de algodón, al absorber seis horas de trabajo, se convertían en 5 kilogramos de hilados, 10 kilogramos de algodón, absorbiendo 12 horas de trabajo, se convertirán en 10 kilogramos de hilados. Estos diez kilogramos contienen entonces cinco jornadas o días de trabajo; cuatro estaban contenidos en el algodón y las brocas consumidas y uno ha sido absorbido por el algodón durante la hilanza. Pero si una masa de oro de 16 pesetas es el producto de 24 horas de trabajo, la expresión monetaria de cinco días de trabajo de 12 horas, será 40 pesetas.
Este es, pues, el precio de los 10 kilogramos de hilados. El kilogramo cuesta lo mismo que antes, 4 pesetas, pero el valor total de las mercancías empleadas en la operación es de 36 pesetas: 26 pesetas por 10 kilogramos de algodón, 6 pesetas por el desperfecto de las brocas durante 12 horas, y 4 pesetas por la jornada de trabajo.
Las 36 pesetas anticipadas se han convertido en 40 pesetas, habiendo engendrado una supervalía de 4 pesetas. La jugada está hecha, el dinero se ha transformado en capital.
El problema de la transformación del dinero en capital está resuelto.
El problema, tal como lo habíamos planteado al final del capítulo quinto, está resuelto en todos sus términos.
El capitalista compra en el mercado cada mercancía en su justo valor (algodón, brocas, fuerza de trabajo), y luego hace lo que todo comprador: consume su valor de uso. Siendo el consumo de la fuerza de trabajo al mismo tiempo producción de mercancías, suministra un producto de 10 kilogramos de hilados, que valen 40 pesetas. El capitalista que había salido del mercado después de hacer sus compras, vuelve entonces a él como vendedor. Vende los hilados a 4 pesetas el kilogramo, ni un céntimo más de su valor, y, sin embargo, retira de la circulación 4 pesetas más de lo que había puesto. Esta transformación de su dinero en capital se efectúa y no se efectúa en el dominio de la circulación, la cual sirve de intermediaria. La fuerza de trabajo se vende en el mercado para ser explotada fuera del mercado, en el dominio de la producción, donde es origen de supervalía.
La producción de supervalía no es, pues, otra cosa que la producción de valor prolongada más allá de cierto límite. Si la acción del trabajo dura solo hasta el momento en que el valor de la fuerza de trabajo pagada por el capital es reemplazada por un valor equivalente, hay simple producción de valor. Cuando pasa de este límite, hay producción de supervalía.