CAPÍTULO X

LA JORNADA DE TRABAJO

I.  Límites de la jornada de trabajo. — II.  El capital hambriento de sobretrabajo. — III.  La explotación del trabajador libre, en la forma y en el fondo. — Trabajo de día y trabajo de noche. — IV.  Reglamentación de la jornada de trabajo. — V.  Lucha por la limitación de la jornada de trabajo.

I.  Límites de la jornada de trabajo.

Hemos partido del supuesto que la fuerza de trabajo es comprada y vendida en su valor. Este valor, como el de toda mercancía, está determinado por el tiempo de trabajo necesario para su producción. Habiendo comprado el capitalista la fuerza de trabajo en su valor diario, ha adquirido en consecuencia el derecho de hacer trabajar al obrero durante todo un día. Pero ¿qué es un día de trabajo?

La jornada de trabajo varía entre límites que imponen la sociedad por una parte y por otra la Naturaleza. Hay un mínimum, que es la parte de la jornada en la que el obrero debe trabajar necesariamente para su propia conservación, en una palabra, es el tiempo de trabajo necesario, hasta el cual no consiente descender nuestra organización social, basada en el sistema de producción capitalista; en efecto, descansando este sistema de producción en la formación de supervalía, exige cierta cantidad de trabajo además del trabajo necesario; en otros términos, cierta cantidad de sobretrabajo. Hay también un máximum que los límites físicos de la fuerza de trabajo, que el tiempo forzosamente consagrado cada día por el trabajador a dormir, a comer, etc., que la Naturaleza, en una palabra, no permite traspasar.

Estos límites son por sí mismos muy elásticos. De todos modos, un día de trabajo es menor que un día natural. ¿En cuánto? Una de sus partes está bien determinada por el tiempo de trabajo necesario; pero su magnitud total varía con arreglo a la magnitud del sobretrabajo.

Todo comprador procura sacar del empleo de la mercancía comprada el mayor partido posible, y en este sentido obra el capitalista comprador de la fuerza de trabajo; tiene un móvil único, acrecentar su capital, crear supervalía, absorber todo el sobretrabajo posible.

Por su parte, el trabajador tiende, con razón, a no gastar su fuerza de trabajo sino en los límites compatibles con su duración natural y su desarrollo regular. No quisiera gastar cada día más que la fuerza que puede rehacer, merced a su salario.

El capitalista sostiene su derecho como comprador cuando procura prolongar todo lo posible la jornada de trabajo. El obrero sostiene su derecho como vendedor cuando quiere reducir la jornada de trabajo, de suerte que solo transforme en trabajo la cantidad de fuerza cuyo gasto no perjudique a su cuerpo. Hay, pues, derecho contra derecho, ambos igualmente basados en la ley que regula el cambio de las mercancías. ¿Quién decide entre dos derechos iguales? La fuerza. He aquí por qué la reglamentación de la jornada de trabajo se presenta en la historia de la producción capitalista como una lucha entre la clase capitalista y la clase obrera.

II.  El capital hambriento de sobretrabajo.

El capitalista no ha inventado el sobretrabajo. Doquiera una parte de la sociedad posee el monopolio de los medios de producción, el trabajador, libre o no, está obligado a añadir al tiempo de trabajo necesario para su propio sostenimiento, un exceso destinado a suministrar la subsistencia del que posee los medios de producción. Importa poco que este propietario sea dueño de esclavos, señor feudal o capitalista.

Sin embargo, mientras la forma económica de una sociedad es tal que en ella se considera más bien la utilidad de una cosa que la cantidad de oro o plata por que puede cambiarse, en otros términos, el valor de uso más bien que el valor de cambio, el sobretrabajo encuentra un límite en la satisfacción de necesidades determinadas. Por el contrario, cuando domina el valor de cambio, llega a ser ley hacer trabajar todo lo posible.

Cuando pueblos cuya producción se opera aún por medio de las formas inferiores de esclavitud y servidumbre son arrastrados a un mercado internacional donde domina el sistema de producción capitalista, y cuando por este hecho llega a ser su interés principal la venta de sus productos en el extranjero, desde este momento los horrores del sobretrabajo, fruto de la civilización, vienen a añadirse a la barbarie de la esclavitud y de la servidumbre. Mientras que en los Estados del Sur de la Unión americana la producción tendía principalmente a la satisfacción de las necesidades inmediatas, el trabajo de los negros presentó un carácter moderado; pero a medida que la exportación del algodón llegó a constituir el interés principal de estos Estados, el negro fue extenuado por el trabajo, y el consumo de su vida en siete años de trabajo entró como parte de un sistema fríamente calculado. No se trataba ya, como antes, de obtener de él cierta masa de productos útiles; tratábase ante todo de la producción de supervalía. Lo mismo ha ocurrido con el siervo en los Principados danubianos.

¿Qué es una jornada de trabajo? ¿Cuál es la duración del tiempo en que el capital tiene el derecho de consumir la fuerza de trabajo cuyo valor compra por un día? ¿Hasta qué punto puede prolongarse la jornada más del trabajo necesario para la reproducción de esta fuerza? A todas estas preguntas responde el capital: la jornada de trabajo comprende veinticuatro horas completas, deduciendo las horas de descanso sin las cuales la fuerza de trabajo estaría en la imposibilidad absoluta de volver a la labor.

No queda, pues, tiempo para el desarrollo intelectual, para el libre ejercicio del cuerpo y del espíritu. El capital monopoliza el tiempo que exigen el desarrollo y sostenimiento del cuerpo en cabal salud, escatima el tiempo de las comidas y reduce el tiempo de sueño al mínimum de pesado entorpecimiento sin el cual el extenuado organismo no podría funcionar. No es, pues, el sostenimiento regular de la fuerza de trabajo el que sirve de regla para la limitación de la jornada de trabajo; al contrario, el tiempo de reposo concedido al obrero está regulado por el mayor gasto posible por día de su fuerza.

III.  Explotación del trabajador libre, en la forma y en el fondo.

Suponiendo que la jornada de trabajo esté compuesta de seis horas de trabajo necesario y seis horas de sobretrabajo, el trabajador libre suministra al capitalista treinta y seis horas de sobretrabajo en los seis días de la semana. Es lo mismo que si trabajase tres días para sí y tres días gratis para el capitalista. Pero esto no salta a la vista; el sobretrabajo y el trabajo necesario se confunden entre sí. Distinta cosa ocurre con la servidumbre corporal. En esta forma de servidumbre el sobretrabajo es independiente del trabajo necesario; el labriego ejecuta esto último en su campo propio y aquel en la tierra señorial; de este modo distingue claramente el trabajo que ejecuta para su propio sostenimiento y el que realiza para el señor.

La explotación del trabajador libre es menos visible, tiene una forma más hipócrita. Pero, en realidad, la diferencia de forma en nada altera el fondo sino es para empeorarlo. Tres días de sobretrabajo por semana son siempre tres días de trabajo que nada producen al mismo trabajador, sea cualquiera el nombre que tengan, servidumbre corporal o beneficio.

Hemos dicho que lo que únicamente interesa al capital es el máximum de esfuerzos que, en definitiva, puede arrancar a la fuerza de trabajo en una jornada. Procura conseguir su objeto sin inquietarse por lo que pueda durar la vida de la fuerza de trabajo; así ocasiona la debilitación y la muerte prematura, privándola, por la prolongación impuesta de la jornada, de sus condiciones regulares de actividad y de desarrollo, así en lo físico como en lo moral.

Parece, sin embargo, que el interés mismo del capital debería impulsarle a economizar una fuerza que le es indispensable. Pero la experiencia enseña al capitalista que, por regla general, hay exceso de población, es decir, exceso con relación a la necesidad del momento del capital, aunque esta masa abundante esté formada de generaciones humanas mal desarrolladas, entecas y en disposición de extinguirse.

La experiencia demuestra también al observador inteligente con qué rapidez la producción capitalista, que, históricamente hablando, es de fecha reciente, ataca en la misma raíz la sustancia y la fuerza del pueblo; manifiesta cómo el aniquilamiento de la población industrial se hace más lento por la absorción constante de elementos nuevos tomados a los campos, y cómo los mismos trabajadores de los campos empiezan a decaer.

Pero el capital se preocupa tanto de la extenuación de la raza como de la dislocación de la tierra. En todo periodo de especulación, cada cual sabe que un día ocurrirá la explosión, pero cada uno espera no ser arrollado por ella después de haber obtenido, sin embargo, el beneficio ansiado. ¡Después de mí, el diluvio! Tal es el lema de todo capitalista.

Trabajo de día y trabajo de noche.

El capital solo piensa, pues, en la formación de supervalía, sin preocuparse de la salud ni de la vida del trabajador. Verdad es que, considerando las cosas en su conjunto, esto no depende tampoco de la mala o buena voluntad del capitalista como individuo. La concurrencia anula las voluntades individuales y somete a los capitalistas a las leyes imperiosas de la producción capitalista.

Estando inactivos los medios de producción, son causa de pérdida para el capitalista, porque durante el tiempo que no absorben trabajo representan un adelanto inútil de capital, además de exigir con frecuencia un gasto suplementario cada vez que se vuelve a empezar la obra. Siendo físicamente imposible para las fuerzas de trabajo trabajar cada día veinticuatro horas, los capitalistas han vencido la dificultad; había en esto una cuestión de ganancia para ellos e imaginaron emplear alternativamente fuerzas de trabajo por el día y por la noche, lo cual puede efectuarse de diferentes maneras: una parte del personal del taller hace, por ejemplo, durante una semana el servicio de día y durante la siguiente semana el servicio de noche.

El sistema de trabajo de noche aprovecha tanto más al capitalista cuanto que se presta a una escandalosa explotación del trabajador; tiene además una influencia perniciosa sobre la salud, pero el capitalista realiza un beneficio y esto es lo único importante para él.

IV.  Reglamentación de la jornada de trabajo.

De todas suertes, el capitalista abusa sin tasa del trabajador en tanto que la sociedad no se lo impide. El establecimiento de una jornada soportable de trabajo es el resultado de una larga lucha entre capitalista y trabajador. La historia de esta lucha presenta, sin embargo, dos tendencias opuestas.

En tanto que la legislación moderna acorta la jornada de trabajo, la antigua legislación procuraba prolongarla; se quería obtener del trabajador, con el auxilio de los Poderes públicos, una cantidad de trabajo que la sola fuerza de las condiciones económicas no permitía imponerlo todavía. En efecto, se necesitarían siglos para que el trabajador libre, a consecuencia del desarrollo de la producción capitalista, se prestase voluntariamente, es decir, se viera obligado socialmente a vender todo su tiempo de vida activa, su capacidad de trabajo, por el precio de sus habituales medios de subsistencia, su derecho de primogenitura por un plato de lentejas. Es, pues, natural que la prolongación de la jornada de trabajo, impuesta con la ayuda del Estado desde mediados del siglo XIV hasta el siglo XVIII, corresponda poco más o menos a la disminución del tiempo de trabajo que el Estado decreta e impone acá y allá, en la segunda mitad del siglo XIX.

Si en Estados como Inglaterra las leyes moderan, por una limitación oficial de la jornada de trabajo, el encarnizamiento del capital por absorber trabajo, es porque, sin hablar del movimiento cada vez más amenazador de las clases obreras, esta limitación ha sido dictada por la necesidad. La misma concupiscencia ciega que agota el suelo, atacaba en su raíz la fuerza vital de la nación y ocasionaba su aniquilamiento, como acabamos de demostrar.

V.  Lucha por la limitación de la jornada de trabajo.

El objeto especial, el fin real de la producción capitalista es la producción de supervalía o la sustracción de trabajo extra; téngase presente que solo el trabajador independiente puede, en calidad de poseedor de la mercancía, contratar con el capitalista; pero el trabajador aislado, el trabajador como vendedor libre de su fuerza de trabajo, debe someterse sin resistencia posible cuando la producción capitalista alcanza cierto grado.

Preciso es confesar que nuestro trabajador sale del dominio de la producción de distinto modo que entró en ella. Se había presentado en el mercado como poseedor de la mercancía «fuerza de trabajo» enfrente de poseedores de otras mercancías, mercader frente a mercader. El contrato mediante el cual vendía su fuerza de trabajo, parecía resultar de un acuerdo entre dos voluntades libres, la del vendedor y la del comprador. Una vez concluido el negocio, se descubre que él no era libre, que el tiempo por el cual puede vender su fuerza de trabajo es el tiempo por el cual está obligado a venderla y que, en realidad, el vampiro que le chupa no le deja mientras quede una gota de sangre que extraer; para defenderse contra esta explotación es necesario que los obreros, por un esfuerzo colectivo, por una presión de clase, obtengan que un obstáculo social les impida venderse ellos y sus hijos por «contrato libre» hasta la esclavitud y la muerte. La pomposa «declaración de los derechos del hombre» es reemplazada de este modo por una modesta ley que indica cuándo termina el tiempo que vende el trabajador y cuándo empieza el tiempo que le pertenece.