COOPERACIÓN
Fuerza colectiva del trabajo. — Resultados y condiciones del trabajo colectivo. — El mando en la industria pertenece al capital. — La fuerza colectiva del trabajo aparece como una fuerza propia del capital.
Fuerza colectiva del trabajo.
La producción capitalista comienza de hecho a establecerse cuando un solo dueño explota muchos asalariados a la vez; un número considerable de obreros que funcionan al mismo tiempo, bajo la dirección del mismo capital, en el mismo lugar para producir el mismo género de mercancías, he aquí el punto de partida histórico de la producción capitalista.
Las leyes de la producción del valor solo se realizan de una manera completa para el que explota una colectividad de obreros. En efecto, el trabajo, considerado como creador de valor, es trabajo de calidad media, es decir, la manifestación de una fuerza media. En cada ramo de industria el obrero aislado se diferencia más o menos del obrero medio; aunque emplee más o menos tiempo que el término medio para una misma operación, recibe el valor medio de la fuerza de trabajo, lo que es causa de que su patrón obtenga de su trabajo más o menos que el tipo general de la supervalía. Estas diferencias individuales en el grado de habilidad se compensan y desaparecen cuando se trata de un número grande de obreros. La jornada de un número considerable de obreros explotados al mismo tiempo, constituye una jornada de trabajo social, es decir, medio.
Aunque los procedimientos de ejecución del trabajo no experimenten variaciones, el empleo de un personal numeroso ocasiona una revolución en las condiciones materiales del trabajo. Un taller en que estén instalados veinte tejedores con veinte telares debe ser mayor que el de un patrón que solo ocupa a dos tejedores; pero la construcción de diez talleres para veinte tejedores que trabajan por grupos de dos, cuesta más que la de uno solo que sirva para veinte a la vez.
El valor de los medios de producción comunes y concentrados es menor que el valor de los medios diseminados que reemplazan; además, este valor se reparte entre una masa relativamente mayor de productos. La porción de valor que trasmiten a las mercancías disminuye, por consecuencia; el efecto es el mismo que si se las hubiese hecho más baratas; la economía en su empleo proviene de su consumo en común.
Cuando muchos trabajadores funcionan juntos para un objeto común, en el mismo acto de producción o en actos de producción diferentes, pero relacionados entre sí, cuando hay conjunto de fuerzas, el trabajo toma la forma cooperativa.
Así como la fuerza de ataque de un escuadrón de caballería difiere profundamente del total de las fuerzas puestas aisladamente en juego por cada uno de los jinetes, así el total de las fuerzas de los obreros aislados difiere de la fuerza que se desenvuelve desde el momento en que funcionan en conjunto en una misma operación. Se trata, pues, de crear, merced a la cooperación, una nueva fuerza que solo funciona como fuerza cooperativa.
Resultados y condiciones del trabajo colectivo.
Además de la nueva potencia que resulta de la reunión de numerosas fuerzas en una fuerza común, el solo contacto social produce una excitación que eleva la capacidad individual de ejecución.
La cooperación de trabajadores, repartiendo las diversas operaciones que ocasiona la confección de un producto entre diferentes manos, permite ejecutarlas al mismo tiempo y abreviar el tiempo necesario para su confección; permite también suplir la corta duración del tiempo disponible en ciertas circunstancias, por la gran cantidad de trabajo que ejecuta en poco tiempo una colectividad de obreros; permite, además, las grandes empresas, imposibles sin ella, limitando el espacio en que el trabajo se opera, en virtud de la concentración de los medios de producción y de los trabajadores, y disminuyendo por esta causa los gastos.
Comparada con un número igual de jornadas aisladas, la jornada de trabajo colectivo produce más objetos útiles y disminuye así el tiempo necesario para obtener el efecto que se busca; en resumen, el trabajo colectivo da resultados que no podría suministrar nunca el trabajo individual. Esta fuerza productiva especial de la jornada colectiva es una fuerza de trabajo social o común. Obrando simultáneamente con otros para un fin común y según plan concertado, el trabajador traspasa los límites de su individualidad y desarrolla su potencia como especie.
La reunión de hombres es la condición misma de su acción común, de su cooperación. Para que un capitalista pueda emplear al mismo tiempo cierto número de asalariados, es necesario que compre a la vez sus fuerzas de trabajo. El valor total de estas fuerzas, o cierta suma de salarios por día, semana, etc., debe estar reunida en la caja del capitalista antes que los obreros estén reunidos en el acto de la producción. El número de los cooperantes o la importancia de la cooperación depende, por consecuencia, ante todo de la magnitud del capital que puede ser adelantado para la compra de fuerzas de trabajo, es decir, de la relación en que un solo capitalista dispone de los medios de subsistencia de numerosos obreros.
Por otro lado, el incremento de la parte variable del capital necesita el de su parte constante; con la cooperación, el valor y la cantidad de los medios de producción, materias primeras e instrumentos de trabajo, aumentan considerablemente. Cuanto más se desarrollan las fuerzas productivas del trabajo, mayor es la cantidad de primeras materias que se invierten en un tiempo determinado. La concentración de los medios de producción en manos de capitalistas es, pues, la condición material de toda cooperación entre asalariados.
Hemos visto en el capítulo decimoprimero que el poseedor de dinero necesitaba tener un mínimum de este que lo permitiese explotar bastantes obreros para descargarse en ellos de todo trabajo manual. Sin esta condición, el pequeño patrón no hubiese podido ser sustituido por el capitalista, y la producción no hubiera podido revestir la forma de producción capitalista. El mínimum de magnitud del capital que debe encontrarse en manos de los particulares, se presenta ahora como la concentración de riqueza necesaria para la transformación de los trabajos aislados en trabajo colectivo.
El mando en la industria pertenece al capital.
En los comienzos del capital, su mando sobre el trabajo tiene un carácter casi accidental. El obrero trabaja bajo las órdenes del capital en el sentido de que le ha vendido su fuerza por carecer de los medios materiales para trabajar por su propia cuenta. Pero desde el momento en que hay cooperación entre obreros asalariados, el mando del capital se manifiesta como una condición indispensable de la ejecución del trabajo. Todo trabajo social o común reclama una dirección que armonice las actividades individuales. Un músico que ejecuta un solo se dirige a sí propio, pero una orquesta necesita un director. Esta función directriz de vigilancia llega a ser la función del capital cuando el trabajo que le está subordinado se hace cooperativo, y, como función capitalista, adquiere caracteres especiales.
El aguijón poderoso de la producción capitalista es la necesidad de hacer valer el capital; su fin determinante es la mayor fabricación posible de supervalía, o, lo que es lo mismo, la mayor explotación posible de la fuerza de trabajo. A medida que aumenta el número de obreros explotados en conjunto, mayor es su fuerza de resistencia contra el capitalista y es preciso ejercer una presión más enérgica para domar toda resistencia. En manos del capitalista la dirección no es solo la función especial que nace de la naturaleza del trabajo cooperativo o social, es además, y sobre todo, la función de explotar el trabajo social, función que tiene por base el antagonismo inevitable entre el explotador y la fuerza que explota. La forma de esta dirección llega a ser indefectiblemente despótica. Las formas particulares de este despotismo se desenvuelven a medida que se desarrolla la cooperación.
El capitalista empieza por dispensarse del trabajo manual. Después, cuando aumenta su capital y con este la fuerza colectiva que explota, abandona su función de vigilancia inmediata de los obreros y de los grupos obreros y la confía a una especie particular de asalariados. Cuando llega a encontrarse a la cabeza de un ejército industrial, necesita oficiales superiores (directores, gerentes) y oficiales inferiores (vigilantes, inspectores, contramaestres) que, durante el trabajo, mandan en nombre del capital. El trabajo de la vigilancia se convierte en función exclusiva de estos asalariados especiales.
El mando en la industria pertenece al capital, como en los tiempos feudales pertenecían a la propiedad territorial la dirección de la guerra y la administración de la justicia. Augusto Comte y la escuela positivista han intentado demostrar la eterna necesidad de los señores del capital; hubieran podido igualmente y con las mismas razones demostrar la de los señores feudales.
La fuerza colectiva del trabajo aparece como una fuerza propia del capital.
El obrero es propietario de su fuerza de trabajo mientras discute el precio de venta con el capitalista, y solo puede vender lo que posee, su fuerza individual. Así es como el capitalista contrata con uno o con cien obreros independientes unos de otros y que podría emplear sin hacerlos cooperar. El capitalista paga por separado a cada uno de los cien obreros su fuerza de trabajo, pero no paga la fuerza combinada de los ciento.
Como personas independientes, los obreros son individuos aislados que entran en relación con el mismo capital, pero no unos con otros. El vínculo entre sus funciones individuales, su unidad como cuerpo productor, se encuentra fuera de ellos, en el capital que los reúne. Su cooperación solo empieza en el acto del trabajo, pero entonces han dejado ya los obreros de pertenecerse. Desde que figuran en el trabajo no son más que una forma particular de existencia del capital. La fuerza productora que los asalariados desarrollan al funcionar como trabajador colectivo es, por consecuencia, fuerza productora del capital. La fuerza social de trabajo parece ser una fuerza de que por naturaleza está dotado el capital, fuerza productora que le pertenece como propia, porque esta fuerza social del trabajo nada cuesta al capital, y además porque el asalariado la desarrolla, después que su trabajo pertenece al capital.
Si la potencia colectiva del trabajo desarrollada por la cooperación aparece como fuerza productora del capital, la cooperación aparece como forma particular de la producción capitalista; en manos del capital, esta socialización del trabajo aumenta las fuerzas productoras solo para explotarlas con más provecho.