EL SALARIO A JORNAL
El precio del trabajo. — Paros parciales y reducción general de la jornada de trabajo. — El bajo precio del trabajo y la prolongación de la jornada.
El salario reviste a su vez formas muy variadas; examinaremos sus dos formas fundamentales: el salario a jornal y el salario a destajo.
El precio del trabajo.
La venta de la fuerza de trabajo tiene siempre lugar, como hemos visto, por un periodo de tiempo determinado. El valor diario, semanal, etc., de la fuerza de trabajo se presenta, pues, bajo la forma aparente de salario a jornal, es decir, por días, por semanas, etc.
En el salario a jornal hay que hacer distinción entre el importe total del salario diario, semanal, etc., y el precio del trabajo. En efecto, es evidente que, según la extensión de la jornada, el mismo salario cotidiano, semanal, etc., puede representar precios de trabajo muy diversos. El precio medio del trabajo se obtiene dividiendo el valor medio diario de la fuerza de trabajo por el número medio de horas de la jornada de trabajo. Si el valor diario es, por ejemplo, de 3 pesetas y la jornada de trabajo de doce horas, el precio de una hora es igual a 3 pesetas divididas por 12, o sean 25 céntimos. El precio de la hora así averiguado, es la medida del precio del trabajo.
El salario puede quedar invariable y el precio del trabajo puede aumentar o disminuir. Si, por ejemplo, la jornada es de diez horas y el salario el mismo, de 3 pesetas, la hora de trabajo se paga a 30 céntimos; si la jornada es de quince horas, ya solo se paga la hora a 20 céntimos. Por el contrario, el salario puede elevarse aunque el precio del trabajo no varíe o disminuya. Si la jornada media es de diez horas y el valor cotidiano de la fuerza de trabajo es de 3 pesetas, el precio de la hora es de 30 céntimos; si, a consecuencia de un aumento de obra, el obrero trabaja doce horas en lugar de diez, entonces, sin cambiar el precio del trabajo, el salario cotidiano se elevará a 3,60 pesetas; hay que advertir que, en este último caso, a pesar de la elevación del salario, la fuerza de trabajo se paga a menos de su valor, pues esta elevación no compensa el mayor desgaste de la fuerza resultante del aumento de trabajo.
En general, dada la duración del trabajo diario o semanal, el salario cotidiano o semanal dependerá del precio del trabajo; dado el precio del trabajo, el salario por día o por semana dependerá de la duración del trabajo diario o semanal.
Paros parciales y reducción general de la jornada de trabajo.
Ya hemos dicho que el precio de una hora de trabajo, medida del salario a jornal, se obtiene dividiendo el valor diario de la fuerza de trabajo por el número de horas de la jornada ordinaria. Pero si el patrono no da ocupación al obrero con regularidad durante ese número de horas, este percibe tan solo una parte de su salario regular. He aquí, pues, el origen de los males que resultan para el obrero de una ocupación insuficiente, de un paro parcial.
Si el tiempo que ha servido de base para el cálculo del salario a jornal es de doce horas, por ejemplo, y el obrero no está ocupado más que seis u ocho, su salario por horas, que multiplicado por doce equivale al valor de sus subsistencias necesarias, desciende de este valor indispensable desde que, a consecuencia de una reducción de ocupación, no se halla multiplicado sino por seis o por ocho, es decir, por un número inferior a doce.
Como es lógico, no debe confundirse el efecto de esta insuficiencia de ocupación con su disminución, que resultaría de una rebaja general de la jornada de trabajo. En el primer caso, el precio ordinario del trabajo se calcula suponiendo que la jornada regular es de doce horas, y si el obrero trabaja menos, supongamos ocho horas, no percibe lo suficiente; mientras que, en el segundo caso, el precio ordinario del trabajo se calcularía estableciendo que la jornada regular fuese, por ejemplo, de ocho horas, y, por consecuencia, el precio de la hora sería más elevado. Podría suceder que aun entonces el obrero no percibiese su salario regular; pero esto solo sucedería si estaba ocupado menos de ocho horas, mientras que en el primer caso ocurre no estando ocupado doce horas.
El precio inferior del trabajo y la prolongación de la jornada.
En ciertos ramos de la industria en que domina el salario a jornal, es costumbre contar como regular una jornada de cierto número de horas, diez, por ejemplo. Después comienza el trabajo suplementario, el cual, tomando como tipo la hora de trabajo, está algo más remunerado. A causa de la inferioridad del precio del trabajo durante el tiempo reglamentario, el obrero se ve obligado, para obtener un salario suficiente, a trabajar durante el tiempo suplementario que está menos mal pagado. Esto conduce, en provecho del capitalista, a una prolongación de la jornada de trabajo. La limitación legal de la jornada de trabajo pone fin a esta canallada.
Hemos visto más arriba que, dado el precio del trabajo, el salario cotidiano o semanal depende de la duración del trabajo suministrado. De esto resulta que, mientras más inferior sea el precio del trabajo, más larga debe ser la jornada para que el obrero alcance un salario suficiente. Si el precio de la hora de trabajo es de 15 céntimos, el obrero debe trabajar quince horas para obtener un salario cotidiano de 2,25 pesetas; si el precio de la hora de trabajo es de 25 céntimos, una jornada de doce horas le basta para obtener un salario cotidiano de 3 pesetas. El precio inferior del trabajo, pues, hace forzosa la prolongación del tiempo de trabajo.
Pero si la prolongación de la jornada es el efecto natural del precio inferior del trabajo, puede ser también causa de una baja en el precio del trabajo, y, por consiguiente, en el salario cotidiano o semanal. Si, gracias a la prolongación de la jornada, un hombre ejecuta la tarea de dos, la oferta de trabajo aumenta, por más que no haya variado el número de obreros que hay en el mercado. La competencia así creada entre los obreros, permite al capitalista reducir el precio del trabajo, reducción que, como ya hemos visto, permite a su vez que prolongue aún más la jornada. Por consiguiente, el capitalista saca doble provecho de la disminución del precio corriente del trabajo y de su duración extraordinaria.
No obstante, esta facultad de disponer de una cantidad considerable de trabajo no pagado, no tarda en convertirse en medio de competencia entre los mismos capitalistas; para atraer el mayor número de compradores, rebajan el precio de venta de las mercancías, que les salen a menos coste; este precio concluye por fijarse en una cantidad excesivamente pequeña, la cual, a contar desde ese momento, forma la base normal de un salario miserable para los obreros de aquellos industriales.