TRANSFORMACIÓN DE LA SUPERVALÍA EN CAPITAL
I. Reproducción en mayor escala. — Cuanto más acumula el capitalista más puede acumular. — La apropiación capitalista no es más que la aplicación de las leyes de la producción mercantil. — II. Ideas falsas acerca de la acumulación. — III. División de la supervalía en capital y en renta. — Teoría de la abstinencia. — IV. Circunstancias que influyen en la extensión de la acumulación. — Grado de explotación de la fuerza obrera. — Productividad del trabajo. — Diferencia creciente entre el capital empleado y el capital consumido. — Cantidad del capital adelantado. — V. El fondo del trabajo.
I. Reproducción en mayor escala.
Hemos visto en los capítulos precedentes cómo la supervalía nace del capital; ahora vamos a ver cómo el capital nace de la supervalía.
Si, en vez de ser consumida, la supervalía se adelanta y se emplea como capital, se forma uno nuevo que se añade al primitivo. Consideremos desde luego esta operación en lo que toca al capitalista individual.
Un industrial hilador, por ejemplo, adelanta 250.000 pesetas; las cuatro quintas partes, o sean 200.000 pesetas, en algodón, máquinas, etc., y la restante en salarios. Con esto produce anualmente 75.000 kilogramos de hilados de un valor de 4 pesetas cada kilogramo, o sea un total de 300.000 pesetas. La supervalía, que es desde luego de 50.000 pesetas, está contenida en el producto neto de 12.500 kilogramos, que es la sexta parte del producto bruto, pues vendidos a 4 pesetas el kilogramo producen una suma igual de 50.000 pesetas, y esta cantidad vale siempre 50.000 pesetas. Su carácter de supervalía indica cómo han llegado a manos del capitalista, pero no altera absolutamente su carácter de valor o de dinero.
Para capitalizar la nueva suma de 50.000 pesetas, el industrial no hace más que adelantar las cuatro quintas partes de ella para la compra de algodón y demás materiales necesarios, y la parte restante para adquirir hilanderos suplementarios. Después de hecho esto, el nuevo capital de 50.000 pesetas funciona en la filatura y produce a su vez una supervalía de 10.000 pesetas.
En sus comienzos, el capital ha sido adelantado en forma de dinero; la supervalía, al contrario, existe desde luego como valor de cierta cantidad de producto bruto. Si la venta de este último, su cambio por dinero, vuelve al capital a su forma primitiva, la forma dinero, también transforma el modo de ser primitivo de la supervalía, que es la forma mercancía. Pero después de la venta del producto bruto, valor-capital y supervalía son igualmente sumas de dinero, y su transformación en capital, que tiene lugar en seguida, se efectúa de idéntica manera para ambas cantidades. El capitalista adelanta, pues, las dos sumas para comprar las mercancías con cuyo auxilio vuelve a empezar de nuevo, y ahora en mayor escala, la fabricación de su producto.
Sin embargo, para poder comprar los elementos constitutivos de aquella fabricación, es necesario que los encuentre en el mercado. La producción anual debe suministrar, por consecuencia, no solamente todos los artículos necesarios para reemplazar los elementos materiales del capital gastado durante el año, sino también una cantidad de dichos artículos mayor que la consumida, así como fuerzas de trabajo suplementarias, a fin de que pueda funcionar el nuevo valor-capital, que ya es mayor que el primitivo.
El mecanismo de la producción capitalista suministra esta demasía de fuerza de trabajo, reproduciendo a la clase obrera como clase asalariada cuyo salario usual asegura, no solo el sustento, sino aun la multiplicación. Únicamente se necesita para esto que una parte del sobretrabajo anual se haya empleado en crear medios de producción y de subsistencia además de los necesarios para la reposición del capital adelantado, no habiendo que hacer entonces más que añadir las nuevas fuerzas de trabajo suministradas cada año en edades diversas por la clase obrera, al exceso de medios de producción que contiene la producción anual.
La acumulación resulta, por consecuencia, de la reproducción del capital en proporción creciente.
Cuanto más acumula el capitalista, más puede acumular.
El capital primitivo se ha formado, en el ejemplo anterior, por el adelanto de 250.000 pesetas. ¿De dónde ha sacado estas riquezas el capitalista? De su propio trabajo o del de sus antepasados, responden a coro las eminencias de la Economía política; y su suposición parece que, en efecto, es la única conforme con las leyes de la producción mercantil.
No sucede lo mismo con el nuevo capital de 50.000 pesetas. Su procedencia nos es perfectamente conocida: dimana de la supervalía capitalizada. Desde su origen, no contiene la partícula más mínima de valor que no provenga del trabajo no pagado de otro. Los medios de producción a los cuales se añade la fuerza obrera suplementaria, así como las subsistencias que la mantienen, son partes del producto neto del tributo arrancado anualmente a la clase obrera por la clase capitalista. El hecho de que esta última, mediante cierta cantidad de dicho tributo, compre a la clase obrera una demasía de fuerza, aun en su justo valor, se asemeja a la magnanimidad de un conquistador que se halla dispuesto a pagar generosamente las mercancías de los vencidos con el dinero que les ha arrancado. Merced a su sobretrabajo de un año, la clase obrera crea el nuevo capital que permitirá el año próximo crear trabajo de más; esto es lo que se llama crear capital por medio del capital.
La acumulación de 50.000 pesetas por el primer capital supone que la suma de 250.000 pesetas, adelantada como capital primitivo, proviene del propio caudal de su poseedor, de su «trabajo primitivo». Pero la acumulación de 10.000 pesetas por el segundo capital supone la acumulación precedente del capital de 50.000 pesetas, que es la supervalía capitalizada del capital primitivo. Síguese de esto, que cuanto más acumula el capitalista, adquiere más medios de acumular. En otros términos, cuanto más trabajo no pagado de otro se haya apropiado anteriormente, más aún puede monopolizar en la actualidad.
La apropiación capitalista no es más que la aplicación de las leyes de la producción mercantil.
Este modo de enriquecerse resulta, es necesario comprenderlo bien, no de la violación, sino, al contrario, de la aplicación de las leyes que rigen la producción mercantil. Para convencerse de ello, basta echar una ojeada sobre las operaciones sucesivas que tienden a la acumulación.
Hemos visto que la transformación positiva de una suma de valor en capital se hace conforme a las leyes del cambio. Uno de los dos que cambian vende su fuerza de trabajo, que compra el otro. El primero recibe el valor de su mercancía, y el uso de esta, que es el trabajo, pertenece al segundo, quien transforma entonces los medios de producción, que le pertenecen, con el auxilio de un trabajo que le pertenece también, en un nuevo producto que es suyo con perfecto derecho.
El valor de este producto contiene desde luego el de los medios de producción consumidos; pero el trabajo no emplearía útilmente estos medios si su valor no pasase al producto. Dicho valor encierra, además, el equivalente de la fuerza de trabajo y una supervalía. Este resultado es debido a que la fuerza obrera vendida por un tiempo determinado, un día, una semana, etc., posee más valor del que su uso produce en el mismo tiempo. Pero al obtener el valor de cambio de su fuerza, el trabajador ha enajenado el valor de uso de ella, como sucede en toda compra y venta de mercancías.
Por más que el uso de este artículo particular, el trabajo, sea suministrar trabajo, y, por consiguiente, producir valor, eso no altera en nada la dicha ley general de la producción mercantil. Si, pues, la suma de valor adelantada en salarios se vuelve a encontrar en el producto con una demasía, esta no proviene de un engaño cometido con el vendedor, quien recibe el equivalente de su mercancía, sino del consumo que de esta hace el comprador. La ley de los cambios no exige la igualdad sino por relación del valor cambiable de los artículos enajenados mutuamente, pero supone una diferencia entre sus valores de uso, y no tiene nada que ver con su consumo, que solo comienza después de haberse llevado a cabo la venta.
La transformación primitiva del dinero en capital se efectúa, pues, conforme a las leyes económicas de la producción de mercancías y al derecho de propiedad que de ellos se origina. ¿En qué se modifica este hecho porque el capitalista transforme en seguida la supervalía en capital? Acabamos de decir que esta supervalía es propiedad suya; y los nuevos obreros que la supervalía recluta, funcionando a su vez como capital, no tienen que ver nada con que ella haya sido producida anteriormente por obreros. Todo lo que estos nuevos obreros pueden exigir es que el capitalista les pague también a ellos su fuerza de trabajo.
Las cosas no se presentarían así si se examinasen las relaciones que hay entre el capitalista y los obreros, no ya separadamente, sino en su encadenamiento, y si se tuviesen en cuenta la clase capitalista y la clase obrera. Mas como la producción mercantil no pone frente a frente sino vendedores y compradores independientes unos de otros, para juzgar esta producción según sus propias leyes es preciso considerar cada transacción aisladamente, y no en su unión con la que le precede o con la que le sigue. Además, como las compras y ventas se hacen siempre de individuo a individuo, no deben buscarse en ellas las relaciones entre una y otra clase.
Asimismo, cada uno de los esfuerzos en función del capital le presta nuevo impulso; y conforme al derecho de la producción mercantil, en régimen capitalista la riqueza puede ser cada día más monopolizada, merced a la apropiación sucesiva del trabajo no pagado de otro. ¡Qué ilusión es, pues, la de ciertas escuelas socialistas que pretenden quebrantar el régimen del capital aplicándole las leyes de la producción mercantil!
II. Ideas falsas acerca de la acumulación.
Las mercancías que el capitalista compra como medios de goce, no le sirven evidentemente como medios de producción y de multiplicación de su valor; el trabajo que paga con el mismo fin, tampoco es trabajo productivo. De este modo derrocha la supervalía a título de ganancia, en vez de hacerla fructificar como capital.
También la Economía política burguesa ha predicado, como el primero de los deberes cívicos, la acumulación, es decir, el empleo de una gran parte de la ganancia en el reclutamiento de trabajadores productivos, que producen más de lo que reciben.
Ha combatido además la creencia popular que confunde la acumulación capitalista con el hacinamiento de tesoros, como si el guardar el dinero bajo llave no fuese el método más seguro para no capitalizarlo. No debe, pues, confundirse la acumulación capitalista, que es un acto de producción, con el aumento de los bienes que figuran en el fondo de consumo de los ricos y que se gastan lentamente, ni tampoco con la formación de reservas o provisiones, hecho común a todos los sistemas de producción.
La Economía política clásica ha sostenido con perfecta razón que el rasgo más característico de la acumulación es que las gentes que viven del producto neto deben ser trabajadores productivos y no improductivos. Pero se equivoca cuando de aquí saca la conclusión de que la parte del producto neto que se transforma en capital, es consumida por la clase obrera.
Dedúcese de esta manera de ver, que toda la supervalía transformada en capital se adelanta únicamente en salarios. La supervalía se divide, al contrario, lo mismo que el valor-capital de donde procede, en precio de compra de medios de producción y de fuerza de trabajo. Para poder transformarse en fuerza de trabajo suplementaria, el producto líquido ha de contener un exceso de subsistencias de primera necesidad; pero, para que esta fuerza suplementaria pueda ser explotada, debe contener, además, nuevos medios de producción que no entran en el consumo personal de los trabajadores ni tampoco en el de los capitalistas.
III. División de la supervalía en capital y en renta.
Una parte de la supervalía la gasta el capitalista como ganancia, y la otra la acumula como capital. Siendo las mismas todas las demás circunstancias, la proporción según la cual se hace esta división, determinará la cantidad de la acumulación. El propietario de la supervalía, el capitalista, es quien la divide, según su voluntad. De la parte del tributo arrancado por él, y que él mismo acumula, se dice que la ahorra, porque no la consume, es decir, porque cumple su papel de capitalista, que es el de enriquecerse.
El capitalista no tiene ningún valor histórico, ningún derecho histórico a la vida, ninguna razón de ser social, en tanto no funciona como capital personificado. Solo bajo esta condición, la necesidad momentánea de su propia existencia es una consecuencia de la necesidad pasajera del sistema de producción capitalista. El fin determinante de su actividad no es, pues, ni el valor de uso ni el goce, sino el valor de cambio y su continuo acrecentamiento. Agente fanático de la acumulación, obliga incesantemente a los hombres a producir para producir, impulsándolos así instintivamente a desarrollar las potencias productoras y las condiciones materiales que por sí solas pueden formar la base de una sociedad nueva y superior.
El desarrollo de la producción capitalista exige un acrecentamiento continuo del capital invertido en una empresa, y la competencia obliga a cada capitalista individual a obrar de grado o por fuerza conforme a las leyes de la producción capitalista. La competencia no le permite conservar su capital sin aumentarlo, y no puede continuar aumentándolo sino mediante una acumulación cada vez más considerable. Su voluntad y su conciencia no expresan más que las necesidades del capital que representa; en su consumo personal no ve sino una especie de robo, o de préstamo al menos, hecho a la acumulación.
Pero, a medida que se desarrolla el régimen de producción capitalista, y con él la acumulación y la riqueza, el capitalista deja de ser simple personificación del capital. Mientras que el capitalista chapado a la antigua omite todo gasto individual que no es indispensable, no viendo en él más que una usurpación hecha a la riqueza, el capitalista a la moderna es capaz de ver en la capitalización de la supervalía un obstáculo para sus necesidades insaciables de goces.
En los comienzos de la producción capitalista —y este hecho se renueva en la vida privada de todo industrial principiante—, la avaricia y el afán de enriquecerse le dominan exclusivamente. Pero el progreso de la producción no solamente crea todo un nuevo mundo de goces, sino que abre, con la especulación y el crédito, mil fuentes de súbito enriquecimiento. Llegado a cierto grado el desarrollo, impone aun al infeliz capitalista una prodigalidad puramente convencional, muestra a la vez de riqueza y de crédito. El lujo llega a ser una necesidad del oficio y entra en los gastos de representación del capital.
No es esto todo. El capitalista no se enriquece, como el labrador o el artesano independiente, en proporción a su trabajo particular y a su sobriedad personal, sino proporcionalmente al trabajo gratuito de otro que absorbe, y a la privación de todos los placeres de la vida que inflige a sus obreros. Su prodigalidad se acrecienta a medida que acumula, sin que su acumulación esté necesariamente restringida por su gasto. De todas maneras, hay en él lucha entre la tendencia a la acumulación y la tendencia al placer.
Teoría de la abstinencia.
Ahorrar, ahorrar constantemente, es decir, volver a transformar sin descanso en capital la mayor parte posible de la supervalía o del producto líquido, acumular para acumular, producir para producir, tal es el lema de la Economía política al proclamar la misión histórica del periodo burgués; si el proletario no es más que una máquina que produce supervalía, el capitalista es también una máquina que capitaliza esta supervalía.
Pero después de 1830, en la época en que se propagaban las doctrinas socialistas, el fourierismo y el sansimonismo en Francia, el owenismo en Inglaterra, mientras el proletariado de las ciudades tocaba en Lyon el somatén de alarma, y en Inglaterra el proletariado del campo paseaba la tea incendiaria, fue cuando la Economía política reveló al mundo una doctrina maravillosa para salvar la sociedad amenazada.
Dicha doctrina transformó instantáneamente las condiciones del movimiento de trabajo del capitalista en otras tantas prácticas de «abstinencia» del capitalista, aunque admitiendo que su obrero no se abstiene de trabajar para él. El capitalista «se impone», escribe M. G. de Molinari, «una privación al prestar sus instrumentos de producción al trabajador»; dicho de otro modo, se impone una privación cuando hace valer los medios de producción como capital añadiendo a ellos la fuerza obrera, en vez de comerse los piensos, los animales de tiro, el algodón, las máquinas de vapor, etc.
En resumen, todo el mundo se compadeció de las mortificaciones del capitalista. No es solamente la acumulación, no, «la simple conservación de un capital exige un esfuerzo constante para resistir a la tentación de consumirlo» (Courcelle-Seneuil). Sería preciso, en verdad, haber renunciado a todo sentimiento humanitario para no buscar el modo de librar al capitalista de sus tentaciones y de su martirio, librándole de su capital.
IV. Circunstancias que influyen en la extensión de la acumulación.
Determinada la proporción según la cual la supervalía se divide en capital y en beneficio, la cantidad del capital acumulado depende evidentemente de la cantidad de la supervalía. Supongamos, por ejemplo, que la proporción es de 80 por 100 lo capitalizado y de 20 por 100 lo consumido, entonces el capital acumulado se eleva a 2.400 pesetas o a 1.200, según la supervalía sea de 3.000 o de 1.500 pesetas. Así, todas las circunstancias que determinan la cantidad de la supervalía, contribuyen a determinar la extensión de la acumulación. Recapitulémoslas desde este último punto de vista solamente.
Grado de explotación de la fuerza obrera.
Se sabe que el tipo de la supervalía depende, en primer lugar, del grado de explotación de la fuerza obrera. Al tratar de la producción de la supervalía, hemos supuesto siempre que el obrero recibe el justo valor de su fuerza. Los cercenamientos hechos a este valor juegan, no obstante, en la práctica un papel muy importante. En cierto modo, este procedimiento transforma el fondo de consumo necesario para el sustento del trabajador en fondo de acumulación del capitalista. La tendencia del capital es también reducir los salarios todo lo posible, y eliminar del consumo obrero lo que él llama lo superfluo. El capital ha sido auxiliado en esta tarea por la competencia cosmopolita que el desarrollo de la producción capitalista ha hecho nacer entre todos los trabajadores del globo. Hoy día se trata nada menos que de hacer descender, en una época más o menos próxima, el nivel europeo de los salarios al nivel chino.
Además, una explotación más intensa de la fuerza de trabajo permite aumentar la cantidad de trabajo sin aumentar la maquinaria, es decir, el conjunto de medios de trabajo, máquinas, aparatos, instrumentos, edificios, construcciones, etc. Un establecimiento que emplea, por ejemplo, cien hombres trabajando ocho horas por día, recibirá diariamente ochocientas horas de trabajo. Si, para aumentar este total en una mitad más, el capitalista admitiese cincuenta nuevos obreros, necesitaría hacer un adelanto no solamente en salarios, sino también en maquinaria. Pero, si hace trabajar a sus cien obreros doce horas diarias en lugar de ocho, obtiene el mismo resultado, y la antigua maquinaria es suficiente. En adelante, esa maquinaria va a funcionar en mayor escala, se desgastará más pronto y habrá que reponerla antes, y esto será todo. Obtenido de esa manera un excedente de trabajo por un esfuerzo más considerable exigido a la fuerza obrera, aumenta la supervalía o el producto líquido, fundamento de la acumulación, sin que haya necesidad de un aumento previo y proporcional a la parte del capital adelantado en maquinaria.
Un simple excedente de trabajo, sacado del mismo número de obreros, basta en la industria extractora, la de las minas, por ejemplo, para aumentar el valor y la masa del producto que suministra gratuitamente la Naturaleza, y, por consecuencia, el fondo de acumulación. En la agricultura, en que la sola acción mecánica del trabajo sobre el suelo aumenta maravillosamente su fertilidad, un excedente de trabajo idéntico produce mayor efecto; como en la industria extractora, la acción directa del hombre sobre la Naturaleza favorece la acumulación. Además, como la industria extractora y la agricultura suministran materias a la industria manufacturera, el acrecentamiento de productos que el excedente de trabajo procura en las dos primeras, sin aumento de adelantos, redunda en provecho de la última. Merced únicamente a la fuerza obrera y a la tierra, fuentes primitivas de la riqueza, el capital aumenta, pues, sus elementos de acumulación.
Productividad del trabajo.
Otro elemento importante de la acumulación es el grado de productividad del trabajo social.
Estando determinada la supervalía, la abundancia del producto líquido, del cual ella es el valor, corresponde a la productividad del trabajo puesto en función. Así, pues, a medida que el trabajo desarrolla sus facultades productivas, aumentando la eficacia y la cantidad de los medios de producción, rebajando su precio, el de las subsistencias y el de las materias primeras y auxiliares, el producto líquido encierra más medios de gozar y de acumular. De este modo, la parte de la supervalía que se capitaliza puede aumentar a expensas de la otra que constituye la renta, sin que el consumo del capitalista disminuya por eso, pues en lo sucesivo un valor más pequeño se realiza en una cantidad mayor de objetos útiles.
Diferencia creciente entre el capital empleado y el capital consumido.
La propiedad natural del trabajo, al crear nuevos valores, es de conservar los antiguos, pues el trabajo transmite al producto el valor de los medios de producción consumidos. A medida, pues, que sus medios de producción aumentan en actividad, en masa y en valor, es decir, a medida que se hace más productivo y favorece más la acumulación, el capital conserva y perpetúa un valor-capital siempre creciente.
La parte del capital que se adelanta en forma de maquinaria, funciona siempre por completo en la producción, mientras que, no desgastándose sino poco a poco, solo transmite su valor por fracciones a las mercancías que ayuda a confeccionar sucesivamente. Su aumento produce una diferencia de cantidad cada vez más considerable, entre la totalidad del capital empleado y la parte de este consumido de una sola vez. Compárese, por ejemplo, el valor de los ferrocarriles europeos diariamente explotados, con la cantidad de valor que pierden por su uso cotidiano. Luego estos medios creados por el hombre prestan servicios gratuitos, en proporción de los efectos útiles que contribuyen a producir sin aumento de gastos. Estos servicios gratuitos del trabajo de otro periodo, puestos en actividad por el trabajo de hoy, se acumulan merced al desarrollo de las fuerzas productivas y a la acumulación que le acompaña.
El concurso cada vez más potente que, en forma de maquinaria, el trabajo pasado lleva al trabajo vivo, se atribuye por los economistas, no al obrero que ha ejecutado la obra, sino al capitalista que se la ha apropiado. Desde su punto de vista, el instrumento de trabajo y el carácter de capital que reviste en el medio social actual no pueden separarse jamás, así como, en la mente del plantador de la Georgia, el trabajador mismo tampoco podía separarse de su carácter de esclavo.
Cantidad del capital adelantado.
Dado el grado de explotación de la fuerza obrera, la cantidad de la supervalía se determina por el número de obreros explotados a la vez, y este número corresponde, aunque en proporciones variables, a la cantidad del capital adelantado. Luego, cuanto más se acrecienta el capital mediante acumulaciones sucesivas, más se acrecienta también el valor que ha de dividirse en fondo de consumo y en fondo de nueva acumulación.
V. El fondo del trabajo.
Los capitalistas, sus hijos y sus gobiernos derrochan cada año una parte considerable del producto líquido anual; además, guardan en su fondo de consumo una porción de objetos que se gastan lentamente y son aptos para un empleo reproductivo, y hacen estériles, al adaptarlas a su servicio personal, una multitud de fuerzas obreras. La cantidad de riqueza que se capitaliza no es, pues, nunca tan grande como podría ser. La relación de cantidad con el total de la riqueza social varía con todo cambio en la división de la supervalía en renta personal y en nuevo capital. Así, lejos de ser una parte determinada de adelanto y una parte fija de la riqueza social, el capital social solo es una porción variable de esta.
Sin embargo, ciertos economistas se hallan propensos a no ver, en el capital social, más que una parte determinada de adelanto de la riqueza social, y aplican esta teoría a lo que ellos llaman «fondo del salario» o «fondo del trabajo». Según ellos, este es una porción particular de la riqueza social, el valor de una cantidad dada de subsistencias, cuya naturaleza fija a cada momento los límites fatales que la clase trabajadora trata inútilmente de franquear. De creer esto, estando así determinada la suma que debe distribuirse entre los asalariados, se sigue que si la parte que toca a cada uno es demasiado pequeña, ocurre esto porque su número es demasiado grande, y que, finalmente, su miseria es un hecho, no del orden social, sino del orden natural.
En primer lugar, los límites que el sistema capitalista impone al consumo del productor, no son «naturales» sino dentro del medio adecuado a este sistema, así como el látigo no funciona como aguijón «natural» del trabajo más que en el sistema esclavista. En efecto, es propio de la naturaleza de la producción capitalista el limitar la parte del productor a lo que es indispensable para el sustento de su fuerza obrera, y el atribuir la demasía de su producto al capitalista. Lo que sería menester demostrar ante todo es que, a pesar de su origen completamente reciente, el sistema capitalista de la producción social es, no obstante, su sistema irrevocable y «natural».
Pero, aun con la manera de ser del sistema capitalista, es falso que el «fondo del salario» esté determinado de antemano por la suma de la riqueza social o del capital social. Puesto que este es solamente una porción variable de la riqueza social, el fondo del salario, que no es más que una parte de este capital, no sería una parte fija y determinada de antemano de la riqueza social.