II

LA TRANSFORMACIÓN SOCIAL Y SUS ELEMENTOS

Después de una aventura galante que, según parece, ocurrió algunos días después de la creación del mundo, el hombre fue condenado por Dios a ganar el pan con el sudor de su frente. Hoy que Dios está en vísperas de morir sin posteridad, sin haber podido nunca asegurar la ejecución de su mandamiento, el Socialismo se propone constreñir a la observación de la sentencia divina a los que, desde hace mucho tiempo, ganan el pan, y más que el pan, con el sudor de la frente de otros. ¿Puede esto conseguirse? Sí, por la socialización de los medios de producción, a que tiende nuestro sistema económico.

Allí donde el trabajo proporciona escasamente lo que es indispensable para la vida de todos; allí donde, por consecuencia, aquel absorbe casi todo el tiempo de cada uno, la división de la sociedad en clases más o menos subdivididas es fatal. Una minoría consigue, por la violencia y el fraude, eximirse del trabajo directamente productivo, para dedicarse a la dirección de los negocios es decir, a la explotación de la mayoría, consagrada al trabajo. Gracias a la costumbre, a la tradición, esta mayoría llega a soportar sin resistencia una organización que considera al fin como natural, hasta el día en que esta organización, no respondiendo ya a las necesidades de la sociedad, se ve sustituida por una combinación más en armonía con la nueva manera de ser de la producción material.

La esclavitud y la servidumbre han existido en conformidad con la índole de la producción y han desaparecido cuando el grado de desarrollo de esta ha hecho más útil el trabajo del hombre libre que el del esclavo o el del siervo; la justicia y la fraternidad no han intervenido para nada en esta desaparición.

Cualquiera que sea el valor subjetivo de la moral, del progreso y otros grandes principios de relumbrón, esta bella fraseología no influye para nada en las fluctuaciones de las sociedades humanas; por sí misma es impotente para efectuar el menor cambio. Las evoluciones sociales las determinan otras consideraciones menos sentimentales. Sus causas se encuentran en la estructura económica, en el modo de producción y de cambio, que preside a la distribución de las riquezas y, por consiguiente, a la formación de las clases y a su jerarquía. Cuando esas evoluciones se efectúan, no es porque obedezcan a un ideal elevado de justicia, sino porque se ajustan al orden económico del momento.

No obstante, estos movimientos sociales jamás se efectúan pacíficamente; los nuevos elementos tienen que obrar violentamente contra el estado de cosas que los ha elaborado, y que deben destruir para poder continuar su evolución, al modo que el polluelo tiene que romper la cáscara en cuyo interior acaba de formarse.

Si el advenimiento de la burguesía ha traído la destrucción de los privilegios nobiliarios y la abolición del régimen corporativo, es porque el trabajo libre era necesario a la producción capitalista; la necesidad de instituir la libertad del trabajo ha acarreado la emancipación del trabajador de la dependencia feudal y de la jerarquía corporativa. Además, la burguesía necesitaba monopolizar las fuentes de riqueza, aboliendo las añejas prerrogativas de los nobles, ha entrado en posesión de la tierra, que detentaban estos, y del poder, que también monopolizaban.

El trabajador libre, pudiendo de derecho disponer de su persona, se ha visto obligado de hecho a disponer de ella para vivir, no teniendo otra cosa que vender. Desde entonces ha sido condenado al papel de asalariado durante toda su vida.

El derrumbamiento del orden feudal no se ha señalado por la supresión de las clases, sino por la sustitución de un nuevo yugo en lugar del antiguo, por el establecimiento de condiciones que reducen la lucha a los dos campos opuestos que poco a poco absorben toda la sociedad: la burguesía capitalista y el Proletariado.

En suma, lo que ha sido organizado hasta ahora de diferentes maneras, conformes exclusivamente con la diversa situación económica de los medios y de las épocas, es la satisfacción de las necesidades de una parte de la colectividad mediante el trabajo de la otra parte. Unos consumen superfluamente lo que los otros producen obligados por la necesidad, recibiendo para sí apenas lo necesario.

El sistema del salario, sustituyéndose a las demás formas de trabajos forzosos, ha relevado al capitalista de la manutención de los productores. Que se le obligase o no a trabajar, el esclavo tenía asegurada su pitanza cotidiana; el asalariado no puede comprar la suya sino a condición de que el capitalista necesite su trabajo; y la inseguridad de esto para el verdadero productor es tal, que la caridad pública se encarga de alimentar a aquellos a quienes incumbe, según la presente organización social, la tarea de alimentar a la sociedad, y que por esa organización misma se ven frecuentemente en la imposibilidad de cumplir su misión.

El Socialismo lucha por la desaparición del salario. Ciertamente, nuestra teoría es adecuada a la idea de justicia, como la engendran en nuestro estado económico los intereses humanos que hay que satisfacer igualmente; pero no porque sea justa es por lo que tratamos de ponerla en práctica, pues sabemos, en efecto, que las más generosas reivindicaciones formuladas por la razón pura no pueden suplir los resultados de la experiencia.

Para que una teoría sea aplicable, por legítima que parezca, es preciso que su fundamento se encuentre en los hechos antes que en el cerebro. Así, los primeros socialistas teóricos no pudieron sacar al Socialismo del dominio de la utopía, en una época en que aún no existían las condiciones económicas que permiten, que imponen su realización. No bastando la experiencia por ellos adquirida a dar una base material a sus intuiciones, a pesar de su genio, de sus aspiraciones filantrópicas, de sus justas recriminaciones, de los agudos sufrimientos a que querían poner remedio, no podían hacer el Socialismo practicable. Si lo es en la actualidad, es porque la solución comunista, adecuada a la manera de ser de las fuerzas productivas, no es otra cosa que el término natural de la fase social por que atravesamos.

Apoyada en la insuficiencia de la producción, la división en clases no tiene ya razón de ser. La industria mecánica ha desarrollado prodigiosamente la potencia productiva del hombre, disminuyendo así el tiempo de trabajo necesario para la satisfacción de las necesidades generales. Por primera vez se presenta la posibilidad de procurar a cada uno, mediante un corto tiempo de trabajo, grandes facilidades de existencia material, que irán aumentándose. La esclavitud de unos ha sido la condición del bienestar de otros; con las máquinas, esclavos de hierro, el bienestar de todos es posible.

Quien dice maquinismo, quien dice vapor, dice necesariamente concentración económica, y el colectivismo no es más que el complemento de esta concentración, que procede, no de nuestra imaginación, sino del estado de las cosas.

Es verdad que desde el punto de vista agrícola, la concentración está poco adelantada en nuestro país; que nuestro suelo está dividido, y nuestro régimen de pequeños propietarios labradores impide la división del trabajo, el maquinismo, la explotación metódica; pero este régimen contiene los elementos de una disolución más próxima de lo que se cree.

El labrador no puede contentarse con producir solo para su uso personal; a fin de comprar lo poco que necesita, de pagar los impuestos y los intereses de sus deudas, tiene que producir para cambiar, es decir, entrar en competencia con los demás productores. Dada esta situación, que la concentración se efectúe en cualquiera parte y los pequeños propietarios sentirán sus efectos.

Ahora bien; la competencia americana, todavía en sus comienzos, trae a nuestros mercados productos a más bajo precio que los de nuestros agricultores. Para luchar contra los productos americanos es preciso disminuir rápidamente los gastos de producción y recurrir a la maquinaria, incompatible con la pequeña propiedad y con el cultivo en corta escala. Sin embargo, si no se modifican los métodos de producción, la lucha será bien pronto imposible; nuestros propietarios se hallan reducidos a buscar los mejores medios de salvarse de la ruina.

Notaremos de paso que esta pequeña propiedad rural, tan ensalzada y tan poco remuneradora, es una de las principales causas, por la esterilidad premeditada de gentes que no quieren que su pequeño patrimonio se desmorone, del estancamiento de la población en Francia; en los departamentos en que la tierra está más dividida, en que los pequeños propietarios son más numerosos, es donde hay menos nacimientos.

La pequeña propiedad rural está condenada a desaparecer; pero su fin irremediable será tanto menos ruinoso para los interesados directamente y para la nación, cuanto más pronto se prevea lo que no puede evitarse.

Desde el punto de vista comercial, la concentración ha comenzado y está en buen camino; las ventajas que de ella resultan en el concepto de la variedad y de la baratura, aseguran al comercio en grande escala una rápida extensión.

Desde el punto de vista industrial, que afecta especialmente a la clase obrera, la concentración está en gran parte realizada. La propiedad industrial reviste cada vez más la forma societaria y anónima. Toda idea de volver a la forma individual primitiva es quimérica, dado el desarrollo de la producción.

Desde el punto de vista financiero, la concentración está hecha, y el crédito es el motor más poderoso de la centralización económica; la alta banca es la que rige la producción y el cambio, atrayendo el dinero de los pequeños capitalistas y aglomerando los capitales, que maneja como soberana; ella es quien preside a la política interior y exterior, a los diversos movimientos de la sociedad moderna.

Desde todos los puntos de vista, la gran apropiación colectiva sucede progresivamente a la pequeña apropiación privada. Los puentes, los canales, que antes eran propiedad individual, son hoy casi sin excepción propiedad nacional o colectiva. Propiedad nacional son asimismo los correos y telégrafos; nacionalizados están en parte los ferrocarriles.

No porque esto sea un argumento que prueba que la evolución económica tiende en todos sentidos a la centralización de las fuerzas productivas, ha de deducirse, a imitación de los partidarios del socialismo o del comunismo de Estado, que esta centralización tiende a la forma especial de centralización representada por el servicio público.

El fenómeno importante, incontestable, es que la centralización económica se efectúa; ahora bien, que esta se efectúe en manos de las individualidades de la clase dominante o entre las del Estado, al mando de esta clase, para el resultado final es indiferente: en sí misma, la absorción por el Estado de las empresas particulares no haría dar un paso a la solución de la cuestión social.

No es necesario reflexionar mucho tiempo para cerciorarse de que la mayor parte de los ramos de producción, si bien tienden a centralizarse, de ningún modo tienden a constituirse en servicios públicos. Desde el instante en que esta forma especial de centralización no resulta de la naturaleza de las cosas, se hace preciso examinar si deberíamos favorecerla cuando llegara el caso.

El Estado no es, como dice cierto burgués que ha entrado en el Partido Socialista, como el gusano en la fruta, para contentar sus miserables apetitos desorganizándolo, «el conjunto de los servicios públicos ya constituidos,» es decir, una cosa que no tiene necesidad sino de correcciones y adiciones.

No se trata de perfeccionar, sino de suprimir el Estado, que no es más que la organización de la clase explotadora para garantizar su explotación y mantener en la sumisión a sus explotados. Luego es mal sistema para destruir una cosa comenzar por fortificarla. Y se aumentaría la fuerza de resistencia del Estado favoreciendo su monopolio de los medios de producción, es decir, de dominio. ¿No vemos a los obreros de las industrias del Estado sometidos, comparativamente con los demás, a un yugo más difícil de sacudir?

Mientras que, de esta suerte, sería perjudicial a los obreros, la transformación en servicios públicos, por las compras a que daría lugar, sería una nueva fuente de especulaciones financieras y beneficiaría a los capitalistas.

Por otra parte, esta transformación no facilitaría en nada la obra del Socialismo. No será más difícil apoderarse del Banco de Francia o de los ferrocarriles que de los correos y telégrafos; la toma de posesión de los grandes organismos de producción pertenecientes a las Sociedades capitalistas, será tan cómoda como si perteneciesen al Estado.

La centralización económica se verifica: tal es el hecho. En todas partes la pequeña propiedad de uno solo va cediendo el puesto a la gran propiedad de varios. La comunidad de las cosas y de los hombres es cada vez más general.

¿Acaso no es una aplicación diaria del régimen comunista la organización del trabajo en los talleres importantes y en las fábricas?

Al mismo tiempo que la aglomeración de productores regularmente organizados ha coincidido con la comunidad de las cosas, las capacidades directrices y administrativas que reclama toda producción en grande escala, se han constituido fuera de la minoría privilegiada. A medida que el instrumento de trabajo alcanzaba las proporciones gigantescas que hoy tiene, escapaba a la intervención y al impulso de su poseedor, que gradualmente iba dejando en manos de gerentes o empleados la vigilancia y la administración de aquel.

Antes, el éxito de su pequeña industria dependía de la actividad del patrono, de su inteligencia, de su economía; éxito que estaba íntimamente ligado con la persona del dueño, quien desempeñaba de este modo una función social.

Hoy, destronado el patronato individual por la forma societaria, el poseedor del capital no se ocupa más que de percibir, o, más bien, de comerse sus ganancias, sin necesidad de conocimientos especiales. ¿Qué papel desempeña el accionista, el propietario actual? Que sea idiota o derrochador, que muera o que se arruine, ¿qué importa para la prosperidad de la empresa de la cual monopoliza, en forma de acciones, una parte más o menos considerable de propiedad?

Los que hoy desempeñan las antiguas funciones del propietario, donde la forma colectiva de la propiedad ha sucedido a la individual, son asalariados; ingenieros o administradores más o menos retribuidos, pero al fin asalariados. Independientemente del feudalismo capitalista se ha formado el personal inteligente, dotado de la aptitud necesaria para poner en actividad las fuerzas productivas. Por consecuencia, la supresión de los accionistas, es decir, del propietario convertido en rueda inútil, no ocasionaría el menor desorden en la producción.

Como el capitalista no interviene en el acto de la producción más que para apropiarse el beneficio obtenido, solo ve en aquella la ganancia que ha de percibir, y por eso la empresa no tiene para él más que un fin, un objeto: la realización del mayor beneficio posible.

Para conseguir esto, en primer lugar extenúa, agota al productor y después altera el producto. Los productos no tienen de tales más que la apariencia; en todo y en todas partes la falsificación es la regla establecida. Poco importa que economías sórdidas produzcan la degeneración de la raza por la caquexia del productor; el envenenamiento del consumidor por la adulteración de los alimentos; la muerte o la mutilación por accidentes en las vías férreas, etc.: lo principal es llenar la caja. El reinado grosero de la burguesía ha hecho descaradamente de todo cuestión de dinero, artículo de comercio, y de este una estafa legalizada.

Por otra parte, como mientras más se vende más se gana, cada empresa o sociedad piensa en monopolizar todas las ventas para sí propia, y a este efecto produce tanto como puede; y se ve obligada a producir sin cesar por el interés que hay en no dejar descansar un momento los costosos instrumentos de producción. De este modo el mercado se atesta; las mercancías se amontonan, abundantes e invendibles; estallan crisis, que se renuevan periódicamente, y entonces los obreros dejan de trabajar y mueren de hambre porque se les ha obligado a producir demasiados artículos de consumo.

De todo esto se desprende que las exigencias de la producción entrañan una aplicación cada día más amplia de la división del trabajo y del maquinismo; el producto es cada vez menos obra individual; el instrumento de trabajo, colosal, necesita para ponerse en movimiento una colectividad de obreros; el propietario no solo pierde toda función útil, sino que es perjudicial, siendo, por consecuencia, necesaria su eliminación; las fuerzas productivas caminan fatalmente a la destrucción de los obstáculos que impiden su evolución normal, y que provienen del modo de apropiación.

Lo mismo que sucedió con la revolución del pasado siglo, la preparación preliminar de toda transformación social se efectúa a favor del colectivismo; los elementos materiales e intelectuales de la renovación que perseguimos, engendrados por el medio actual, están suficientemente desarrollados.

Los progresos de la industria mecánica permiten reducir considerablemente el tiempo de trabajo indispensable para la producción, aumentando esta en proporciones enormes; el modo de apropiación concluye por ajustarse al modo de producción; mas como este es colectivo, la apropiación estrictamente individual va sin cesar disminuyendo; la organización del trabajo correspondiente a este estado de cosas ha eliminado la casta propietaria, independientemente de la cual se reclutan las capacidades directrices; la posesión por la burguesía ha traído como consecuencia el más funesto derroche de productores, de medios de producción y de productos.

Tales son los hechos ya determinados por la fuerza de los sucesos, hechos que conducen a una organización económica en que la producción, socialmente reglamentada, lo estará en vista de las necesidades de una sociedad que solo considerará los productos con relación a su utilidad respectiva; en que al gobierno desordenado de los hombres reemplazará la administración consciente de las cosas sometidas al poder del hombre, en vez de pesar tiránicamente sobre él; en que, al mismo tiempo que el propietario privado, habrá desaparecido el sistema de trabajar para otros, o sea el salario.

Esta supresión de la propiedad individual y, por tanto, del salario y de toda clase de males que aquella entraña, no es una fatalidad que la justicia prescribe, sino que la evolución del organismo productor la impone imperiosamente. «El Socialismo —ha escrito Engels— no es más que el reflejo en el pensamiento del conflicto que existe en los hechos entre las fuerzas productivas y la forma de producción.»

Como teoría científicamente deducida, nuestro colectivismo o comunismo se apoya en la observación, comprueba las tendencias y concluye afirmando que los medios de producción, una vez efectuada su evolución actual, sean socializados. Decimos socializados y no comunalizados, como algunos querrían, porque los inconvenientes de la propiedad individual reaparecerían en la propiedad comunal o municipal, y también en la corporativa, principalmente a causa de las particiones desiguales que serían su resultado, de la productividad diferente de los medios de producción, etc. Que la lucha se empeñe entre municipios y municipios, corporaciones y corporaciones, o patronos y patronos, siempre habrá desigualdad entre trabajadores que proporcionan una misma cantidad de trabajo y concurrencia ruinosa; esto sería, aunque bajo otra forma, la continuación de la sociedad presente.

Ateniéndose a los hechos, el Socialismo científico no puede precisar experimentalmente sino el modo de apropiación hacia el que caminan las fuerzas productivas, el cual rige el modo de repartición de los productos. Es evidente que una vez socializados los medios de producción, es decir, cuando estos hayan revestido como apropiación la forma comunista que ya tienen como acción, seguirá como consecuencia una distribución comunista de los productos. Solo que no se operará con arreglo a la antigua fórmula tan querida de los anarquistas y posibilistas, y que establece que «dando cada uno lo que permitan sus fuerzas, recibirá con arreglo a sus necesidades».

Pero ¿quién mediría las fuerzas de cada uno? Bien fuese el mismo individuo o cualquiera otro, siempre se tocaría en lo arbitrario. Por lo demás, no es nuestra tendencia exigir del hombre el máximum de esfuerzos que es capaz de producir; por el contrario, tratamos de disminuir el esfuerzo humano, de abreviar todo lo posible el tiempo de trabajo a fin de aumentar el consagrado a las distracciones físicas e intelectuales y al placer.

¿Quién sería capaz de medir las necesidades de cada uno? Si el organismo productor es tal que los productos están en cantidad suficiente para que cada uno pueda consumir a su antojo sin limitar el consumo de los demás, ¿por qué no dicen aquellos, dar a cada uno según su voluntad y no según sus necesidades? Si los productos son insuficientes para satisfacer por completo todas las necesidades de todos, ¿cómo proclamar el derecho de cada uno a consumir proporcionalmente para atender a las necesidades por él mismo apreciadas? No puede negarse que, en esta última hipótesis, se impondría una limitación del consumo individual, basada en las condiciones de existencia material realizadas; y ¿qué limitación concordaría mejor con el nuevo modo económico, que aquella cuya medida fuese, no la productividad individual, que favorecería a los individuos dotados de ventajas naturales, en detrimento de los menos bien dotados, sino el tiempo de trabajo que, igual para todos, garantizaría a todos los trabajadores una posibilidad de consumo igual?