VI

NUESTRA REVOLUCIÓN

La experiencia de la historia nos demuestra que una clase no abdica; una casta propietaria no se desposee espontáneamente. Poner el interés general sobre el interés particular, cuando entre sí son antagónicos, es un acto de generosidad que solo pueden efectuar aisladamente ciertos individuos. Es más: con la competencia que rige la producción, un patrono no puede pagar a sus obreros un salario mayor que sus competidores, sin correr el riesgo de arruinarse y exponerse así a no poderles pagar ni poco ni mucho; pero este es un sacrificio de que no es capaz una clase considerada como clase. El gran revolucionario Augusto Blanqui, en Francia, y Marx, en Alemania, son los primeros que han afirmado que no había avenencia posible y que la transformación social se llevará a cabo, no con la burguesía o por la burguesía, sino contra la burguesía. Arrinconada en sus últimas trincheras, lo más que hará será conceder algunas reformas, a fin de acallar reivindicaciones alarmantes. Ciertamente, los socialistas no verían con disgusto que la burguesía entrase en ese camino.

Por ejemplo, acogerían con entusiasmo la limitación de las horas de trabajo. Las horas extenuantes empleadas en enriquecer a los capitalistas, podrían utilizarse entonces en beneficio de la acción política y de la propaganda socialista, a las que es físicamente refractario el obrero que pasa doce o quince horas en los presidios industriales. La desdicha perenne, la gran miseria, el padecimiento constante, lejos de excitar los ánimos y reanimar los espíritus, deprimen las inteligencias y abaten el valor, engendran la postración y no la fogosidad.

Conceder reformas equivale a proporcionarnos armas, a hacernos más fuertes contra nuestros adversarios, quienes se debilitan a medida que nosotros nos fortalecemos. El apetito se abre comiendo. Cuanto más se obtiene, más se exige; así, las reformas efectuadas, en vez de contener el movimiento revolucionario, excitarán a la lucha, suministrando al propio tiempo esas reformas los hombres más aptos para luchar. Los socialistas sacarán, pues, ventaja de todas las reformas. Solo que estas reformas, conquistas de detalle, no evitarán de ningún modo el combate final, puesto que, por muchas que sean las cesiones de privilegios que haga la burguesía bajo la presión de los acontecimientos, esta clase querrá siempre conservar algunos.

Deplorable o no, la fuerza es el único medio de proceder a la renovación económica de la sociedad. Aunque los intereses que representa el Partido Obrero son los de la mayoría, solo milita en él la minoría consciente del Proletariado, y, sin embargo, llama en su auxilio a la fuerza. ¡Qué ceguera! dirán algunos. Al criticarle sobre este punto, no se tiene en cuenta que la mayor parte de las revoluciones son obra de minorías, cuya voluntad tenaz y decidida ha sido secundada por la apatía de mayorías menos enérgicas. ¿Estaríamos en plena República, si para establecerla se hubiese esperado la adhesión de la mayoría del país a la idea republicana?

El número es una fuerza, pero no constituye exclusivamente la fuerza; puede ser tan solo uno de los elementos de ella y tener igual valor que el grado de desarrollo, la energía, la organización, las armas de que se dispone.

Por lo demás, el número no basta para economizar el empleo de la fuerza. El tercer estado estaba en 1789 en mayoría en la nación y en los Estados generales; a pesar de esta posición, hubiera sucumbido sin el 14 de julio: «aquella escaramuza —declaraba el 29 de junio de 1880 en la tribuna del Senado un historiador burgués, M. Henri Martin— salvó el porvenir de Francia.»

En materia de revolución, nosotros no predicamos el arte por el arte, como esos espantajos a lo Félix Pyat, revolucionarios de ópera bufa, que tutean al pueblo, hablándole siempre de la pólvora y tomando las de Villadiego en casos de apuro. La revolución no es nuestro fin, es solamente el medio que nos imponen las circunstancias para conseguirlo.

Lo que nos proponemos no es la instauración, por medio de un acto de violencia, de una forma social cuyo plan tengamos en la mente; sino la sustitución del orden capitalista por el orden cuyos elementos, como antes se ha visto, se desarrollan cada día más en el seno mismo del actual orden de cosas. Esta transformación se halla subordinada al advenimiento previo al poder político. La clase obrera debe apoderarse por la fuerza del gobierno, que será en sus manos el instrumento con que se llevará a cabo la expropiación económica de la burguesía y la apropiación colectiva de los medios de producción.

Lo primero que debe hacerse es arrojar a la burguesía del gobierno, así como esta arrojó de él a la nobleza. En efecto, el Estado no es otra cosa que el aparato gubernamental que permite mantener bajo el dominio de los poseedores a la clase desposeída, y si la burguesía consolida este instrumento de dominación, es para servirse de él de una manera legal o ilegal el día que se viera en peligro. Es necesario, pues, quitarle en primer lugar toda posibilidad de resistencia.

Así es como la lógica enseña a proceder, y así es como procedió el tercer estado. Lo primero que hizo fue apoderarse del gobierno, y después atacó la propiedad. Y la revolución burguesa ha sido tan duradera que los representantes de la sociedad aristocrática fueron impotentes en 1815, aun con el auxilio del extranjero, para resucitar el antiguo orden de cosas, lo cual, entre paréntesis, demuestra la eficacia de este método revolucionario. La Carta borbónica se vio obligada a consagrar la irrevocabilidad de las adquisiciones hechas por los detentadores de los bienes nacionales; la cuestión de propiedad, base del edificio social, tal como había sido reglamentada, quedó a salvo.

Como una revolución social no es un fenómeno espontáneo ni local, no podemos declararnos partidarios de los movimientos parciales debidos a la iniciativa de individualidades, de grupos ni aun de ciudades, pues semejantes movimientos merman las filas de los revolucionarios sin compensación ninguna. La Commune, cuyo aniversario celebramos como el de una de las etapas de la evolución socialista, no triunfó por haber cometido la falta gravísima de limitar su acción a París. La emancipación de París va unida a la emancipación de la Francia obrera; casi todos los parisienses que se batieron en 1871 lo hicieron por las ideas burguesas de federalismo y de comunalismo, cuando habría sido menester sublevar, o a lo menos tratar de sublevar, toda la masa obrera del país, interesándola directamente en la lucha.

La tarea de los revolucionarios no consiste en determinar el momento de esta revolución, que surgirá fatalmente de las complicaciones económicas y políticas de que Europa será pronto teatro. Una vez demostrada la tendencia de los fenómenos económicos, una vez analizados y conocidos los elementos materiales de la transformación que se prepara, los revolucionarios no tendrán que hacer sino organizar los elementos intelectuales, reclutar el ejército capaz de hacer redundar en provecho suyo los sucesos que se elaboran, y tener la fuerza obrera dispuesta para las luchas que provocará necesariamente el desenfreno de los antagonismos sociales.

Los revolucionarios no han de escoger sus armas como tampoco el día de la revolución. En este punto, solo tendrán que preocuparse de una cosa, de la eficacia de sus armas, sin inquietarse de su naturaleza. No hay duda que, a fin de asegurar las probabilidades de victoria, deberán ser aquellas superiores a las de sus adversarios, y, por consecuencia, habrán de utilizar todos los recursos que la ciencia pone a disposición de los que tienen alguna cosa que destruir.

En resumen, el Proletariado debe recurrir a la fuerza para conquistar el poder político, cuya posesión es indispensable para llevar su emancipación. A la fuerza burguesa, a la legalidad burguesa, sistematización de la fuerza puesta continuamente al servicio de los privilegios económicos de la burguesía, es necesario oponer la fuerza obrera, la cual, una vez dueña del poder político, creará a su vez una legalidad nueva, y procederá legalmente a la expropiación económica de los mismos a quienes habrá derribado violentamente del poder. Este modo de acción está prescrito por los hechos: los que emplean la fuerza no pueden ser vencidos sino por la fuerza.

En cuanto a la transformación económica, que ha de efectuarse legalmente, son igualmente los hechos los que formarán los elementos directores de las modificaciones sucesivas que habrán de llevarse a cabo.

El fin del socialismo es proporcionar a cada uno los medios de poner en actividad sus facultades desarrolladas, mientras que hoy la acción de la mayoría se halla subordinada a un capital de que carece, y nosotros sabemos que este fin no puede conseguirse sino por la socialización de las fuerzas productivas.

Donde los medios de trabajo se encuentren en manos de quien los pone en movimiento, aunque afecten la forma de apropiación individual, el Partido Obrero dejará libre la acción de los acontecimientos, que eliminan de día en día esta forma de apropiación. Por ejemplo, en el caso del labrador que cultiva por sí mismo el pedazo de tierra que posee, del pequeño industrial que maneja él mismo el modesto instrumento de trabajo que le pertenece, hay esfuerzo personal, no existe explotación. Lejos de ser explotadores, son también a su vez explotados, y víctimas de los intermediarios financieros y comerciales a quienes necesitan recurrir forzosamente. No hay en tal caso lugar a confiscación; lo único que les arrebatará su pequeña propiedad serán las necesidades de la producción, a que tarde o temprano tendrán que someterse.

No obstante, mientras que los hechos hayan efectuado esta expropiación inevitable y hayan obligado al labrador a ser, en vez de propietario nominal de un trozo de tierra gravado con hipotecas, y que solo le procuraba una vida dulce y penosa, copropietario del suelo nacional con remuneración equivalente al tiempo que trabaje, el Partido Obrero le interesará en el orden comunista.

Tan pronto como haya alcanzado el poder, el Proletariado anunciará a los labradores la anulación de todas sus deudas no hipotecarias, la supresión del impuesto territorial en particular, la facultad de pagar en especie todos sus censos y la confiscación a beneficio de la colectividad de las deudas hipotecarias, reducidas a un 50 por 100, poniendo además gratuitamente a su disposición pastos, semillas y máquinas agrícolas.

El labrador propietario individual de la tierra que él mismo cultiva, hallaría así beneficioso para él el nuevo régimen, hasta el día en que la necesidad resultante de la competencia de las grandes propiedades actuales socializadas, o las ventajas reales que viera dimanar de la explotación social del suelo, le hiciesen renunciar a la propiedad exclusiva de su pedazo de tierra.

La modificación económica del orden social es inmediatamente posible en todo lo que sea grande industria y comercio al por mayor, doquiera se haya efectuado la concentración de los capitales.

Tocante a lo que se encuentre en poder del Estado, no surgirá la menor dificultad. Habrá que añadir a la toma de posesión de los servicios públicos, la supresión de esa espantosa deuda por cuyos intereses paga Francia anualmente 1.200 millones, es decir, 32 francos por cabeza, 160 francos, término medio, por familia de cinco personas.

Respecto a lo que se halle constituido bajo la forma societaria, tampoco ocurrirá dificultad de ningún género; lo único que habrá que hacer será anular los títulos, acciones u obligaciones, reduciendo todos esos papeles pintados a su valor al peso. Una vez realizada, la apropiación colectiva de los capitales revestirá así, en lugar de la forma societaria que solo beneficia a algunos y a casi todos perjudica, la forma social en beneficio de todos.

Esto será pura y simplemente una recuperación. Pero la idea de expropiación sin ninguna indemnización hace poner el grito en el cielo a los defensores de la burguesía.

¿De dónde ha salido esa propiedad, que aún no cuenta un siglo de existencia? De una expropiación parecida a la que tanto les repugna. La nobleza y el clero han sido expropiados sin ninguna indemnización, así como sus bienes, y, lo que es más grave, una parte de los bienes comunales han sido transformados en dominios privados. La venta de estos bienes, pura y simplemente confiscados, de los cuales, a pesar de solemnes promesas, los proletarios no han percibido ni un átomo, solo fue, según uno de los hombres que más concienzudamente han estudiado el periodo revolucionario, Jorge Avenel, «una especie de orgía territorial, en la que todos los capitalistas hicieron su agosto».

¿No se ha visto, en nuestros días, que los talleres de tejidos mecánicos han expropiado de su instrumento de trabajo a los dueños de los telares de mano? ¿Se les ha indemnizado acaso por aquellos telares, que han tenido que quemar? Los ferrocarriles, en que cada nueva línea hace inútil un servicio de diligencias, ¿indemnizan acaso a los empresarios de ellas? Ahora bien: el interés público es el que exige igualmente la expropiación de la burguesía, del mismo modo, sin indemnización de ningún género.

En oposición a lo que ha hecho el tercer estado, practicando aquello de «quítate tú para ponerme yo», la expropiación socialista será una expropiación en beneficio de todos. Habiendo ingresado todos los capitales en la colectividad, el capitalista habrá desaparecido como capitalista; como hombre, los medios de producción socializados estarán a disposición de su actividad en iguales condiciones que para todos, y, lo mismo que todos, percibirá la retribución correspondiente al tiempo que trabaje. Si es viejo o está impedido, la colectividad atenderá a su subsistencia, como atenderá también ampliamente a la de todos los viejos y enfermos.

En definitiva, la evolución del medio económico tiende fatalmente a hacer desaparecer la apropiación estrictamente individual. Tal es el hecho contra el cual nada pueden nuestras preferencias personales. Pero si la centralización de las fuerzas económicas, que es cada día más completa, tiene por término necesario la apropiación colectiva, solo en el momento en que, a consecuencia de la acción revolucionaria de la clase productora y no propietaria, haya aquella entrado en su periodo socialista, esta evolución inevitable no se duplicará, como en régimen capitalista, con la miseria de los trabajadores y la ruina de los propietarios expropiados.