ELEGÍA QUINTA.
ARGUMENTO.

Alégrase de haber poseido á su amiga.

Hacia mucho calor; era el medio dia, y yo me recosté en la cama para descansar. Las ventanas estaban entreabiertas, dando paso á una media luz semejante á la que suelen dejar los árboles del bosque, ó á la que destella el crepúsculo cuando el sol se pone, ó bien la que se distingue cuando acaba la noche, pero aun no ha principiado el dia. Tal es la luz que ha de prepararse á las niñas vergonzosas, para que su tímido pudor pueda cohonestarse con la penumbra.

Hé aquí que llega Corina, con la túnica recojida y con el cabello dividido sobre su blanco cuello, cual se dice iba al tálamo la hermosa Semíramis, ó como Lais se presentaba á sus numerosos amantes. Le separé la túnica, que por lo fino no perjudicaba gran cosa, pero luchaba por cubrirse con ella, y así luchando, como quien no quiere vencer, fué vencida sin gran pena.

Cuando se descubrió ante mis ojos sin velo alguno, no apareció ni una imperfeccion en todo su cuerpo. ¡Qué hombros, qué brazos ví y toqué! ¡qué seno formado para las caricias! ¡Qué liso vientre bajo su preeminente pecho! ¡Qué esbelto talle! ¡Qué juvenil pierna! ¿Por qué descender á detalles? No he visto nada tan perfecto, y desnudo oprime su cuerpo con el mio. ¿Quién ignora lo demás? Fatigados, descansamos los dos. ¡Así pueda yo pasar á menudo las calurosas horas del medio dia!