«Huc ades, o Galatea; quis est nam ludus in undis?
Hic ver purpureum; varios hic flumina circum
Fundit humus flores...
Huc ades: insani feriant sine litora fluctus...»

Ninfa hermosa, no te vea
Jugar con el mar horrendo...
Huye del mar, Galatea,
Como estás de Licio huyendo.
Ven conmigo al bosque ameno
Y al apacible sombrío
De olorosas flores lleno,
Do en el día más sereno
No es enojoso el estío...
Huye los soberbios mares,
Ven, verás cómo cantamos
Tan deleitosos cantares,
Que los más duros pesares
Suspendemos y engañamos...

Y, sin embargo, ésta no es poesía artificial ni de escuela. El sentimiento de la antigüedad la penetra hondamente, la diáfana serenidad del paisaje es clásica de todo punto; pero ese paisaje es el de la costa de Valencia, que el poeta comprende y siente con filial cariño; y el mar, la atmósfera, el suelo de aquella deleitosa ribera parece que le arrullan de consuno, dando á su estilo una transparencia dorada y luminosa, una gracia muelle y ondulante, un ritmo tan ágil y al mismo tiempo tan espontáneo y dulce, una tan suave visión de los aspectos más risueños de la naturaleza levantina, que verdaderamente se sumerge el ánimo en una especie de éxtasis al manso y regalado son de aquellas quintillas, entre las cuales algunas llegan á la perfección de lo sencillo:

¡Qué pasatiempo mayor
Orilla el mar puede hallarse
Que escuchar el ruiseñor,
Coger la olorosa flor
Y en pura fuente bañarse!

Una combinación métrica de las más nacionales, pero que por su misma facilidad y soltura se presta al desaliño y á la insulsa verbosidad, quedó ennoblecida en estas quintillas de Gil Polo, que trabajó aquella materia blanda y esponjosa como trabajaban el barro los maestros de la cerámica antigua.

Tanto por las cualidades nativas de su ingenio tan fácil, ameno y gracioso, como por el amor á la tierra natal, Gil Polo es uno de los poetas más valencianos que han existido. No se harta de encarecer «la fertilidad del abundoso suelo, la amenidad de la siempre florida campaña, la belleza de los más encumbrados montes, los sombríos de las verdes sylvas, la suavidad de las claras fuentes, la melodía de las cantadoras aves, la frescura de los suaves vientos, la riqueza de los provechosos ganados, la hermosura de los poblados lugares, la blandura de las amigables gentes, la extrañeza de los sumptuosos templos y otras muchas cosas con que es aquella tierra celebrada». En este amor regional, que es el alma escondida del libro de Gil Polo, está inspirado el siguiente soneto, menos conocido de lo que merece:

Recoge á los que aflige el mar airado,
¡Oh, Valentino! ¡oh, venturoso suelo!
Donde jamás se cuaja el duro hielo
Ni da Febo el trabajo acostumbrado.
Dichoso el que seguro y sin recelo
De ser en fieras ondas anegado,
Goza de la belleza de tu prado
Y del favor de tu benigno cielo.
Con más fatiga el mar sulca la nave
Que el labrador cansado tus barbechos:
¡Oh, tierra! antes que el mar se ensoberbezca,
Recoge á los perdidos y deshechos,
Para que cuando en Turia yo me lave,
Estas malditas aguas aborrezca.

En este carácter local, en este valencianismo de Gil Polo, encuentro la mayor originalidad de su obra, que tiene algo de poema panegírico en que van entalladas las glorias de la que él llama «la más deleitosa tierra y la más abundante de todas maneras de placer de cuantas el sol con sus rayos escalienta». El río mismo, personificado al modo mitológico, el viejo Turia, que celebró Claudiano en el epitalamio de Serena: («Floribus et roseis formosus Turia ripis»), toma parte en esta apoteosis, tan propia del gusto del Renacimiento: «No mucho después vimos al viejo Turia salir de una profundísima cueva, en su mano una urna ó vaso muy grande y bien labrado, su cabeza coronada con hojas de roble y de laurel, los brazos vellosos, la barba limosa y encanescida[737], y sentándose en el suelo, reclinado sobre la urna, y derramando della abundancia de clarísimas aguas, levantando la ronca y congojada voz, cantó desta manera:

Regad el venturoso y fértil suelo,
Corrientes aguas, puras y abundosas,
Dad á las hierbas y árboles consuelo
Y frescas sostened flores y rosas;
Y ansí, con el favor del alto cielo,
Tendré yo mis riberas tan hermosas,
Que grande envidia habrán de mi corona
El Pado, el Mincio, el Ródano y Garona...»

El Canto de Turia (no del Turia), compuesto en octavas reales, no todas buenas, es un vaticinio de «los varones célebres y extraños», que en tiempos venideros habían de ilustrar sus márgenes: pontífices como Calixto y Alejandro, hombres de guerra como los Borjas y Moncadas, filósofos y humanistas como Vives, Honorato Juan y Núñez; poetas en gran número, comenzando por Ausias March, el más grande de todos. Hasta 54 son, salvo error, los nombres que conmemora Gil Polo, ilustres algunos, oscurísimos otros, siendo para todos uniforme y monótona la alabanza, principal escollo de este género de catálogos rimados. Ya D. Luis Zapata en su Carlo Famoso (canto XXXVIII) y Nicolás de Espinosa en su Segunda Parte de Orlando (canto XV) habían introducido los loores de algunos ingenios contemporáneos suyos, siguiendo en esto, como en lo demás, las huellas del Ariosto; pero pienso que la Canción de Orfeo de Montemayor fué la que verdaderamente sugirió á Gil Polo la idea del Canto de Turia, aunque el poeta portugués celebre á las damas y el valenciano á los escritores y poetas principalmente. Su poema sirvió desde luego de modelo al Canto de Caliope de Cervantes, que tanto admiraba á Gil Polo, y andando los tiempos tuvo la suerte de ser ilustrado con selecta y recóndita erudición por uno de los varones más doctos y beneméritos del siglo XVIII, D. Francisco Cerdá y Rico, de quien son las notas insertas en la edición de Sancha de 1778, aunque á ellas contribuyeron en gran manera los hermanos Mayans, D. Gregorio y D. Juan Antonio, especialmente el segundo. Estas notas fueron un complemento utilísimo á las dos Bibliotecas Valencianas de Rodríguez y Ximeno, preparando el terreno para la de Fuster, y en un concepto todavía más general puede decirse que fueron el primer ensayo histórico sobre una parte de la poesía catalana, llamada entonces impropiamente lemosina. Todavía los catalanistas y valencianistas de nuestro tiempo han encontrado mucho que espigar en estas notas, y nunca se recurre á ellas sin provecho. Para la historia del humanismo español del siglo XVI encierran también curiosos documentos.

Pero no conviene dejar enterrada la Diana bajo el imponente aparato de su comentador, que casi triplicó su volumen. Por sí sola merece tener lectores, y los ha logrado siempre, no sólo en la tierra donde nació, sino entre todos los finos estimadores de la poesía castellana. Sólo en las pastorales de Lope de Vega y del obispo Valbuena se encontrarán versos que igualen ó superen á los de la Diana Enamorada; pero el gusto de Gil Polo es más seguro, menos empañado por las sombras de la afectación ó del desaliño. De todos nuestros poetas bucólicos es el más parecido á Garcilaso, en cuya lectura estaba tan empapado que le acontece copiar de él versos enteros, maquinalmente sin duda. La elegancia y cultura inafectada de Garcilaso, su delicadeza en la expresión de afectos, la limpieza y tersura de su dicción, la melodía pura y fácil de sus versos, han pasado felizmente al imitador, que á veces se confunde con él. Los ecos de la zampona de Sireno y de Arsileo no sonarían mal mezclados con los de Salicio y Nemoroso, con los de Tirreno y Alcino. Véanse algunas muestras:

Las mansas ovejuelas van huyendo
Los carniceros lobos, que pretenden
Sus carnes engordar con pasto ajeno.
Las benignas palomas se defienden
Y se recogen todas en oyendo
El bravo son del espantoso trueno...
......................................................
¿Viste jamás un rayo poderoso,
Cuyo furor el roble antiguo hiende?
Tan fuerte, tan terrible y riguroso
Es el ardor que l'alma triste enciende.
¿Viste el poder de un río poderoso
Que de un peñasco altísimo desciende?
Tan brava, tan soberbia y alterada
Diana me parece estando airada.
......................................................
¿Viste la nieve en haldas de una sierra
Con los solares rayos derretida?
Ansi deshecha y puesta por la tierra
Al rayo de mi estrella está mi vida.
¿Viste en alguna fiera y cruda guerra
Algún simple pastor puesto en huída?
Con no menos temor vivo cuitado
De mis ovejas propias olvidado...
......................................................

Tauriso.

Juntó á la clara fuente
Sentada con su esposo
La pérfida Dïana estaba un día,
Y yo á mi mal presente
Tras un jaral umbroso,
Muriendo de dolor de lo que vía.
Él nada le decía,
Mas con mano grosera
Trabó la delicada
Á torno fabricada
Y estuvo un rato así que no debiera.
Y yo tal cosa viendo,
De ira mortal y fiera envidia ardiendo.

Berardo.

Un día al campo vino,
Aserenando el cielo,
La luz de perfectísimas mujeres,
Las hebras de oro fino
Cubiertas con un velo,
Prendido de dorados alfileres;
Mil juegos y placeres
Pasaba con su esposo,
Yo tras un mirto estaba,
Y vi que él alargaba
La mano al blanco velo, y el hermoso
Cabello quedó suelto,
Y yo de vello en triste miedo envuelto.

No se limitó Gil Polo á cultivar magistralmente casi todos los metros largos y cortos usados en su tiempo, casi todas las combinaciones sin excluir la rima percossa[738] y los tercetos esdrújulos acreditados por el ejemplo de Sannazaro[739], sino que fué un verdadero innovador métrico, que continuando la obra de Boscán y Garcilaso, intentó añadir nuevas cuerdas á la lira castellana. Dos tipos de estrofas líricas introdujo en nuestro Parnaso, dignas entrambas de haberle sobrevivido, aunque apenas han tenido imitadores. Una y otra son curiosas además porque prueban trato íntimo con literaturas poco conocidas ó ya olvidadas en España. Á la una llamó rimas provenzales, á la otra versos franceses. Es de presumir que por poetas provenzales entendiese los catalanes del último tiempo, únicos que es verosímil que hubiese leído; no creo, sin embargo, que abunde en ellos el tipo estrófico usado por dos veces en la Diana. Yo sólo recuerdo uno, no igual en el número de los versos, sí análogo por la combinación de endecasílabos y pentasílabos, en unos versos del notario barcelonés Antonio de Vallmanya, que obtuvo la joya en un certamen de 1457[740]. Los de Gil Polo son encantadores, y parecen nacidos para puestos en música:

Cuando con mil colores devisado
Viene el verano en el ameno suelo,
El campo hermoso está, sereno el cielo,
Rico el pastor y próspero el ganado,
Filomena por árboles floridos
Da sus gemidos,
Hay fuentes bellas,
Y en torno dellas
Cantos suaves
De Ninfas y aves;
Mas si Elvinia de allí sus ojos parte,
Habrá continuo hibierno en toda parte.
Cuando el helado cierzo de hermosura
Despoja hierbas, árboles y flores,
El canto dejan ya los ruiseñores,
Y queda el yermo campo sin verdura,
Mil horas son más largas que los días
Las noches frías,
Espesa niebla
Con la tiniebla
Escura y triste
El aire viste;
Mas salga Elvinia al campo y por doquiera
Renovará la alegre primavera.
........................................................................
Si Delia en perseguir silvestres fieras,
Con muy castos cuidados ocupada
Va de su hermosa escuadra acompañada
Buscando sotos, campos y riberas;
Napeas y Hamadryadas hermosas,
Con frescas rosas
Le van delante,
Está triunfante
Con lo que tiene;
Pero si viene
Al bosque donde caza Elvinia mía,
Parecerá mejor su lozanía.
Y cuando aquellos miembros delicados
Se lavan en la fuente esclarescida,
Si allí Cintia estuviera, de corrida
Los ojos abajara avergozados,
Por que en la agua de aquella trasparente
Y clara fuente
El mármol fino y peregrino
Con beldad rara
Se figurara,
Y al atrevido Actéon, si la viera,
No en ciervo, pero en mármol convirtiera![741]

Los que Gil Polo llama versos franceses son, como puede suponerse, alejandrinos, quizá los únicos que en todo el siglo XVI se compusieron en España, pero no dispuestos en la horrible forma de pareados, ni en el tetrástrofo monorrimo que nuestros poetas de clerecía usaban en los siglos medios, sino combinados con su hemistiquio, formando una estrofa de mucha amplitud y pompa lírica, que parece forjada sobre el modelo de alguna de las de Ronsard. En este metro compuso Gil Polo el epitalamio de Diana y Sireno, uno de los mejores trozos que hay en la Diana:

De flores matizadas se vista el verde prado,
Retumbe el hueco bosque de voces deleitosas,
Olor tengan más fino las coloradas rosas,
Floridos ramos mueva el viento sosegado.
El río apresurado
Sus aguas acreciente,
Y pues tan libre queda la fatigada gente
Del congojoso llanto,
Moved, hermosas Ninfas, regocijado canto...
...........................................................
Casados venturosos, el poderoso cielo
Derrame en vuestros campos influjo favorable,
Y con dobladas crías en número admirable
Vuestros ganados crezcan cubriendo el ancho suelo.
No os dañe el crudo hielo
Los tiernos chivaticos,
Y tal cantidad de oro os haga á entrambos ricos,
Que no sepáis el cuánto.
Moved, hermosas Ninfas, regocijado canto...
...........................................................
Remeden vuestras voces las aves amorosas,
Los ventecicos suaves os hagan dulce fiesta,
Alégrese con veros el campo y la floresta,
Y os vengan á las manos las flores olorosas:
Los lirios y las rosas,
Jazmín y flor de Gnido,
La madreselva hermosa y el arrayán florido,
Narciso y amaranto.
Moved, hermosas Ninfas, regocijado canto...

El primor y lindeza de la mayor parte de las poesías contenidas en la Diana de Gil Polo han hecho que queden algo en la sombra los indisputables méritos de su prosa, muy culta, amena y limada, si bien no dejan de notarse en ella, lo mismo que en los versos, algunos giros y frases propios de la nativa lengua del autor y tal cual italianismo, que desdicen de la pureza con que generalmente escribió el castellano. Tales son las voces tempesta por tempestad y superbos por soberbios, alguna rima falsa por efecto de pronunciación valenciana:

Medres y crescas
En yerbas frescas,

y el extraño modismo tan mala vez por inmediatamente después dos veces repetido; pequeños lunares que sólo por curiosidad advertimos.

Á la circunstancia fortuita de haber salido á luz primero y de ir unida á la obra de Montemayor debió la detestable Diana del salmantino Pérez el honor inmerecido de tener en lo antiguo muchas más ediciones que la de Gil Polo. Llegan á nueve, sin embargo, las que de ésta registran los bibliógrafos, comenzando por la rarísima de Valencia, 1564[742]. Pero trocándose la fortuna en el siglo XVIII, la Diana del poeta valenciano fué mucho más leída, encomiada y reimpresa que la de Montemayor. Aun antes que Cerdá y Rico renovara espléndidamente en la memoria de los doctos el nombre de su conterráneo, corría en Inglaterra una elegante reimpresión de 1739, dedicada á una señora estudiosa de nuestra lengua[743]. Posteriormente, el texto de Cerdá ha sido reimpreso cuatro veces por lo menos[744], lo cual prueba la popularidad persistente del libro y el recreo que todavía proporciona su lectura. No como obra acéfala, sino formando cuerpo con las otras dos Dianas, fué traducida al francés por Gabriel Chappuis y Antonio de Vitray, al inglés por Bartolomé Yong, al alemán por Kuffstein y Harsdöfer. Todas estas versiones quedan indicadas al hablar de Montemayor.

Pero hay una especial de la Diana de Gil Polo, que tanto por la lengua en que fué escrita como por su rareza y particulares circunstancias, reclama más individual mención. Me refiero á la latina que publicó en Hannover, 1625, el docto y extravagante humanista alemán Gaspar Barth, en quien algunos han creído sin fundamento ver el prototipo del Licenciado Vidriera. Era Barth sumamente versado en nuestra literatura y fino estimador de ella, como lo mostró traduciendo y comentando prolijamente la Celestina con el título de Pornoboscodidascalus (1624). Á la traducción de la Diana de Gil Polo puso el rótulo de Erotodidascalus sive Nemoralium libri V[745], y en el prólogo hizo de ella el más caluroso elogio. «Es composición egregia (dice), y que si hubiese sido escrita en lengua latina ó griega hace muchos siglos, estaría hoy contada entre los poemas clásicos del amor. Hay en ella admirables sentencias, tomadas de la experiencia de la vida, y en esta parte juzgo que el autor arrebata la palma á todos los demás que han tratado de análoga materia. El argumento del libro nada tiene de torpe ó deshonesto: achaque de que suelen adolecer no pocos monumentos de los antiguos escritores. Las historias están limpiamente narradas, sin obscenidad alguna, y entretejidas con mucha gracia artificiosa y suave. No hay que buscar aquí alusiones y dichos picantes, ó más bien procaces y lascivos. Los versos parecen nacidos bajo el más favorable influjo de las Musas y de las Gracias, de tal modo que sin escrúpulo podemos oponer las invenciones de este autor á las de los más felices poetas»[746].

El filólogo de Brandeburgo traduce con suma puntualidad el texto de Gil Polo, suprimiendo sólo el Canto de Turia, sobre el cual pone en castellano esta curiosa acotación: «El siguiente canto para [por] ser hecho á las alabanças de Varones muy señalados del Reyno de Valencia, cuyos nombres y virtuosas ationes no son conoscidas en otras tierras, no es traducido para [en] Latin, como los otros hasta á esse, tratantes cosas de Amores pastoriles y plazeres de Nymfas enamoradas, donde las ficiones tocan á todos los hombres sujetos al poder del valoroso Cupido y su madre la más renombrada Diosa de los Poetas».

Todo lo demás está vertido á la letra, la prosa en prosa, los versos en verso, procurando remedar la variedad métrica del original. Para que se juzgue de tan singular ensayo, copio en nota una parte de la Canción de Nerea, que, por ser tan conocido el texto español, se presta fácilmente al cotejo[747].

La moda de escribir continuaciones de la Diana no terminó con Alonso Pérez y Gil Polo. Hubo dos terceras Dianas, y una de ellas llegó á imprimirse. Fue su autor, ó más bien compilador desvergonzado, un tal Jerónimo de Tejeda, intérprete de lengua castellana en París. No he visto la edición de 1587, citada por los traductoreFuée Ticknor, pero sí otra de 1627, que existe en la Biblioteca Nacional entre los libros que fueron de Gayangos[748]. Á otro ejemplar de la misma se refiere el Dr. Hugo Rennert en su precioso opúsculo sobre la novela pastoril, donde ha desmenuzado el libro de Tejeda, mostrando que es un puro plagio[749]. Todas las poesías están tomadas de Gil Polo, á excepción de dos ó tres composiciones cortas. La prosa de los cuatro primeros libros tiene el mismo origen, con algunos cambios infelices y disparatados. En el quinto libro zurce Tejeda la historia de Amaranto y Dorotea, imitada de la Diana de Alonso Pérez. En el sexto, Parisiles, personaje de la misma Diana, refiere la historia del Cid. Completan esta fastidiosísima rapsodia otros episodios de la leyenda nacional, tales como la historia de los Abencerrajes y el tributo de las cien doncellas. Tejeda manifiesta la ignorancia más supina hasta en el modo de copiar los versos ajenos. Era sin duda un aventurero famélico, que procuró remediar su laceria con el producto de esta piratería literaria.

Antes de él, un cierto Gabriel Hernández, vecino de Granada, había obtenido en 28 de enero de 1582 privilegio por diez años para imprimir una tercera parte de la Diana, fruto de su ingenio; pero tal impresión no llegó á verificarse, si bien consta que Hernández traspasó en quinientos reales su privilegio al librero Blas de Robles en 8 de agosto del mismo año. Debo esta noticia, hasta ahora enteramente desconocida, al docto investigador D. Cristóbal Pérez Pastor, que con tan peregrinos datos ha enriquecido nuestros anales literarios de los siglos XVI y XVII[750].

Ya hemos tenido ocasión de mencionar el rarísimo libro de la Clara Diana á lo divino, publicado en 1582 por el cisterciense Fr. Bartolomé Ponce, á quien debemos la noticia más positiva de la muerte de Montemayor. Las Dianas, que á los lectores de hoy parecen tan insulsas y candorosas, no satisfacían ni mucho menos los escrúpulos de los moralistas del siglo XVI. Malón de Chaide, por ejemplo, las incluía en la misma condenación que á los libros de caballerías: «¿Qué ha de hacer la doncellica que apenas sabe andar, y ya trae una Diana en la faldriquera? Si (como dijo el otro poeta) el vaso nuevo se empapa y conserva mucho tiempo el sabor del primer licor que en él se echase, siendo un niño y una niña vasos nuevos, y echando en ellos vino venenoso, ¿no es cosa clara que guardarán aquel sabor largo tiempo? Y ¿cómo cabrán allí el vino del Espíritu Santo y el de las viñas de Sodoma (que dijo allá Moisés)? ¿Cómo dirá Pater noster en las Horas la que acaba de sepultar á Piramo y Tisbe en Diana? ¿Cómo se recogerá á pensar en Dios un rato la que ha gastado muchos en Garcilaso? ¿Cómo? Y ¿honesto se llama el libro que enseña á decir una razón y responder á otra, y á saber por qué término se han de tratar los amores? Allí se aprenden las desenvolturas y las solturas y las bachillerías, y náceles un deseo de ser servidas y recuestadas, como lo fueron aquellas que han leído en estos sus Flos Sanctorum; y de ahí vienen á ruines y torpes imaginaciones, y destas á los conciertos ó desconciertos, con que se pierden á sí y afrentan las casas de sus padres y les dan desventurada vejez; y la merecen los malos padres y las infames madres que no supieron criar sus hijas, ni fueron para quemalles estos libros en las manos. Los Cantares que hizo Salomón más honestos son que sus Dianas: el Espíritu Santo los amparó; el más sabio de los hombres los escribió; entre esposo y esposa son las razones; todo lo que hay alli es casto, limpio, santo, divino y celestial y lleno de misterios; y con todo eso, no daban licencia los hebreos á los mozos para que los leyesen hasta que fuesen de más madura edad. Pues ¿qué hicieran de los que son faltos de tantas circunstancias de abonos como tienen los Cantares en su favor? Esto es para desengañar á los que se toman licencia de leer en tales libros con decir que son honestos»[751].

El P. Ponce, que sin duda pensaba lo mismo que el elocuente y pintoresco autor de La Conversión de la Magdalena, pero al propio tiempo admiraba sobremanera el talento poético de Jorge de Montemayor, quiso buscar antídoto al veneno de la amorosa pasión, valiéndose del medio de parodiar en sentido místico la obra de su adversario y aplicar á los loores de la Santísima Virgen los encarecimientos que hace aquél de la belleza profana. Siguió, pues, el mismo rumbo que los autores de libros de Caballería celestial, el mismo que Sebastián de Córdoba en su Boscán y Garcilaso á lo divino (1575) ó D. Juan de Andosilla Larramendi en el extraño centón á que dió el título de Cristo Nuestro Señor en la Cruz hallado en los versos de Garcilaso (1628). Pero no empeñándose como éstos en la tarea absurda de seguir paso á paso y verso por verso la obra que parodiaba, hizo de la Clara Diana un libro no enteramente despreciable, á lo menos por la pureza y abundancia de su prosa. Los versos valen poco[752].

De las novelas pastoriles posteriores á Montemayor y Gil Polo, la primera en orden cronológico es la del soldado sardo Antonio de Lofrasso, que lleva por título Los diez libros de la fortuna de amor, obra de las más raras y de las más absurdas de nuestra literatura que salió de las prensas de Barcelona en 1573[753]. Su principal celebridad la debe á estas palabras del cura en el donoso escrutinio de los libros de Don Quijote:

«Por las órdenes que recebí... que desde que Apolo fué Apolo, y las Musas Musas, y los poetas poetas, tan gracioso ni tan disparatado libro como ese no se ha compuesto, y que por su camino es el mejor y el más único de cuantos deste género han salido á la luz del mundo, y el que no le ha leído puede hacer cuenta que no ha leído jamás cosa de gusto; dádmele acá, compadre, que precio más haberle hallado que si me diesen una sotana de raja de Florencia; púsole aparte con grandíssimo gusto»[754].

Buen chasco se llevaría el que fiándose de esta burlesca recomendación se enfrascase en la lectura del libro de Lofrasso, donde si bien aparece lo disparatado por cualquier parte que se le abra, es imposible tropezar con lo gracioso por ninguna. Se conoce que Cervantes, con el alma cándida y buena que suelen tener los hombres verdaderamente grandes, sentía cierto infantil regocijo con la lectura de disparates que á un lector vulgar hubieran infundido tedio. Porque Lofrasso merece con toda justicia los calificativos de «poeta inculto y memo» que le da Pellicer, no sólo por lo rudo de su invención y la rusticidad de sus versos, sino por infringir á cada momento en ellos las reglas más elementales de la prosodia, de tal modo que apenas hay ninguno que lo sea, ó por sobra ó por falta de sílabas, ó por no tener la acentuación debida[755]. Además, el lenguaje está plagado de solecismos, que delatan el origen extranjero y la corta educación del autor. La prosa puede presentarse como un dechado de pesadez, siendo Lofrasso tan inhábil en la construcción de los períodos que más de una vez le acontece escribir de seguido cinco ó seis páginas sin un solo punto final[756]. Del argumento de la obra no se hable, porque realmente no existe.

Increíble parece que obra tan necia é impertinente obtuviera en Inglaterra, á mediados del siglo XVIII, los honores de una edición ilustrada y lujosa[757]. Tuvo la extravagancia de hacerla un judío de origen español, Pedro de Pineda, intérprete ó maestro de lengua castellana, conocido por su diccionario inglés-español y por haber corregido con bastante esmero el texto de la famosa edición del Quijote hecha en Londres en 1738 bajo los auspicios de lord Carteret. Pineda, tomando al parecer por lo serio las palabras del cura, buscó afanoso el libro de Lofrasso, tan raro ya en aquella fecha, que compara su hallazgo con el de la piedra filosofal, y ora fuese por ignorancia y falta de gusto, ora por explotar la codicia bibliománica, no dudó en estamparle de nuevo, con láminas bastante bien grabadas, aunque de tan ridícula composición como el texto. Á sus ojos no podía menos de ser producción muy apreciable por su «bondad, elegancia y agudeza», la que había encomiado el «águila de la lengua española Miguel de Cervantes». Sin duda no había tropezado nunca Pineda con el Viaje del Parnaso, en que Cervantes, tan indulgente de continuo, se encarniza más que con ningún otro poeta con el desventurado Lofrasso:

Miren si puede en la galera hallarse
Algún poeta desdichado, acaso,
Que á las fieras gargantas puede darse.
Buscáronle, y hallaron á Lofraso,
Poeta militar, sardo, que estaba
Desmayado á un rincón, marchito y laso.
Que á sus diez libros de fortuna andaba
Añadiendo otros diez, y el tiempo escoge
Que más desocupado se mostraba.
Gritó la chusma toda:—«Al mar se arroje.
Vaya Lofraso al mar sin resistencia».
—«Par Dios, dijo Mercurio, que me enoje.
«¿Cómo, y no será cargo de conciencia
Y grande echar al mar tanta poesía,
Puesto que aquí nos hunda su inclemencia?
«Viva Lofraso, en tanto que dé al día
Apolo luz, y en tanto que los hombres
Tengan discreta, alegre fantasía.
«Tocante á ti (oh, Lofraso) los renombres
Y epítetos de agudo y de sincero,
Y gusto que mi cómitre te nombres».
Esto dijo Mercurio al caballero,
El cual en la crujía en pie se puso,
Con un rebenque despiadado y fiero.
Creo que de sus versos le compuso,
Y no sé cómo fué, que en un momento
(O ya el cielo ó Lofraso lo dispuso)
Salimos del estrecho á salvamento,
Sin arrojar al mar poeta alguno
(Tanto del sardo fue el merecimiento).

Así en el capítulo III, y luego en el VII, vuelve á la carga contra Lofrasso, contándole en el número de los que desertaron de las banderas del divino Apolo para unirse al ejército enemigo:

Tú, sardo militar Lofraso, fuiste
Uno de aquellos bárbaros corrientes
Que del contrario el número creciste.

Pero como no hay libro tan malo que no contenga alguna cosa útil, hay en el de este bárbaro grafómano algunas curiosidades filológicas é históricas que el erudito no debe desdeñar. Curiosa es la persona misma del autor, español á medias, nacido en una isla italiana, donde la soberanía de nuestra lengua, aun en el uso oficial, llegó á arraigarse de tal suerte, que sobrevivió á nuestra dominación política, y todavía se conservaba muy entrado el siglo XVIII[758]. Lofrasso escribió en castellano como otros muchos compatriotas suyos, por ejemplo, el poeta Litala y Castelví y el Marqués de San Felipe, historiador de la guerra de Sucesión. Pero su lengua nativa no era ésta, ni tampoco el dialecto de la isla, sino el catalán, que entonces como ahora se hablaba en la ciudad de Alguer, de donde era hijo. Su libro contiene dos poesías en dialecto sardo[759] y una sola en catalán[760]; pero en la misma lengua está también el acróstico que forman las iniciales de los cincuenta y seis tercetos del Testamento de amor, en esta forma: «Antony de Lofraso sart de Lalguer me feyct estant en Barselona en lany myl y sincasents setanta y dos per dar fy al present libre de Fortuna de Amor compost per servycy del ylustre y my señor Conte de Quirra».

Á semejanza de los demás autores de novelas pastorales que gustaron de dejar en ellas algún recuerdo de su tierra natal ó de las extrañas en que habían amado y cantado, Lofrasso encabeza su libro con una curiosa descripción de la isla de Cerdeña, extendiéndose en la ponderación de sus minas y de sus pesquerías de coral[761], y dedica mucho más espacio, á la relación de su viaje á Barcelona, á donde llegó como náufrago y donde vivió como poeta mendicante, fatigando con dedicatorias á todos los magnates catalanes. Esta parte del libro vale la pena de leerse despacio, y es una fuente que me atrevo á indicar á los eruditos del Principado. Allí encontrarán un catálogo encomiástico de cincuenta damas de Barcelona, con sus nombres y apellidos; descripciones minuciosas de la Aduana, de la Lonja y del palacio del comendador mayor de Castilla D. Luis de Zúñiga y Requesens; interesantes noticias de su hija doña Mencía, y el proceso sumamente detallado de unas justas reales, en que tomaron parte cincuenta caballeros barceloneses, para no ser menos en número que las damas. El estilo de Lofrasso, que nunca es bueno, parece más tolerable en esta prosa de gaceta, y como no puede dudarse que todas estas páginas son historia pura, tienen un interés retrospectivo muy grande. Quien busque estos trozos hará bien en pasar de largo por «los honestos y apacibles amores del pastor Frexano y de la hermosa pastora Fortuna» y por «la sabrosa historia de D. Floricio y de la pastora Argentina».

De muy diverso temple es la novela pastoril que siguió á ésta: El pastor de Fílida de Luis Gálvez de Montalvo (1582), una de las pastorales mejor escritas, aunque por ventura la menos bucólica de todas. «No es este pastor sino muy discreto cortesano; guárdese como joya preciosa». En estas palabras de Cervantes va implícita la principal censura, así como el mayor elogio del libro. El mismo Gálvez Montalvo se había adelantado á ella en uno de sus proemios: «Posible cosa será que mientras yo canto las amorosas églogas que sobre las aguas del Tajo resonaron, algún curioso me pregunte: Entre estos amores y desdenes, lágrimas y canciones, ¿cómo por montes y prados tan poco balan cabras, ladran perros, aullan lobos? ¿Dónde pacen las ovejas? ¿Á qué hora se ordeñan? ¿Quién les mata la roña? ¿Cómo se regalan las paridas? Y finalmente, todas las demás importancias del ganado. Á esso digo, que aunque todos se incluyen en el nombre pastoral, los rabadanes tenían mayorales, los mayorales pastores y los pastores zagales, que bastantemente los descuidaban»[762].

Nada menos pastoril, en efecto, que la vida y ejercicios del pastor de Fílida y de sus amigos, que son con ligero disfraz Gálvez Montalvo y los suyos. Nació este buen ingenio en la ciudad de Guadalajara, aunque su familia procedía de las riberas del Adaja, probablemente de la villa de Arévalo, donde es antiguo y noble su apellido, cuyas armas son puntualmente las mismas que él describe por boca del pastor Siralvo: «Tú sabes, que yo no soy natural desta ribera (la del Tajo). Mis bisabuelos en la de Adaxa apacentaron, y allí hallaron y dejaron claras y antiquísimas insignias de su nombre, só las alas de una águila de plata, sobre color de cielo, que es de inmemorial blasón suyo. Mis abuelos y padres, trasladados al Henares, me criaron en su ribera». Acaso se refiere á él la partida bautismal de un Luis, hijo de Marcos de Montalvo y de su mujer Francisca, nacido en febrero de 1549, según consta en los libros parroquiales de Santa María de Guadalajara[763]. El padre de Siralvo, que en la novela está designado con el nombre de Montano, era «mayoral del generoso rabadán Coriano», es decir, administrador ó cosa tal del Marqués de Coria. Su hijo Luis, cuya educación debió de ser esmeradísima, á juzgar por la refinada cultura y cortesanía que sus escritos revelan, vivió también en la casa y servicio de un magnate alcarreño, D. Enrique de Mendoza y Aragón, con título de su gentilhombre. Este es el Mendino de la novela, «quinto nieto del gran pastor de Santillana» (es decir, de D. Iñigo López de Mendoza), como en ella misma se expresa, nieto del cuarto Duque del Infantado, llamado también don Iñigo, é hijo de D. Diego Hurtado de Mendoza, Conde de Saldaña, casado con doña Isabel de Aragón, hija del Duque de Segorbe D. Enrique, á quien llamaron el infante Fortuna. Era tradición no interrumpida en la casa de Mendoza honrar á las letras y á sus cultivadores, y acaso por méritos literarios logró Montalvo su puesto de honrosa domesticidad, que era bastante distinguido según las ideas de aquel tiempo, y además sumamente descansado, á lo que se infiere de su carta dedicatoria: «Entre los venturosos que á V. S. conocen y tratan, he sido yo uno, y estimo que de los más, porque deseando servir á V. S. se cumplió mi deseo, y así dejé mi casa y otras muy señaladas dó fui rogado que viviese, y vine á ésta, donde holgaré de morir, y donde mi mayor trabajo es estar ocioso, contento y honrado, como criado de V. S. Y así, á ratos entretenido en mi antiguo ejercicio de la divina alteza de la poesía, donde son tantos los llamados y tan pocos los escogidos, he compuesto El Pastor de Fílida, libro humilde y pequeño»[764].

Este libro contiene, á vueltas de otros muchos episodios, la historia anovelada de los amores del autor con la pastora Fílida y de los de su Mecenas con Elisa. El nombre pastoril adoptado por Luis Gálvez fué Siralvo, el cual habla de sí mismo con más satisfacción que modestia por boca de la pastora Finea: «Yo te diré lo que hace Siralvo, forastero pastor que aquí habita. Yo compré ovejas y cabras, conforme á mi poco caudal, y con pocos zagales las apaciento. Siralvo, aunque pudo hacer otro tanto, gustó de entrar á soldada con el rabadán Mendino, por poder mudar lugar, cuando gusto ó comodidad le viniese, sin tener cosa que se lo estorbase.—¿Quién es ese Siralvo? dijo Alfeo.—Es un noble pastor (dijo Finea) de tu misma edad, honesto y de llanísimo trato; amado generalmente de los pastores y pastoras de más y menos suerte, aunque hasta agora no se sabe de la suya más de lo que muestran sus respetos, que son buenos, y sus ejercicios de mucha virtud.—¿Cómo vería yo á Siralvo? dijo Alfeo.—Bien fácilmente, porque las cabañas de Mendino están muy cerca de aquí, y Siralvo por maravilla sale dellas, y más agora que está su rabadán ausente y él no podrá apartarse del ganado».

La acción de la novela no pasa en las orillas del Henares, sino en las del Tajo, y probablemente en la imperial ciudad de Toledo, donde fijó por algún tiempo su residencia D. Enrique de Mendoza. Así lo dan á entender estas palabras de enfática y lujosa retórica, con que la primera parte comienza: «Cuando de más apuestos y lucidos pastores florecía el Tajo, morada antigua de las sagradas Musas, vino á su celebrada ribera el caudaloso Mendino, nieto del gran rabadán Mendiano, con cuya llegada el claro río ensoberbeció sus corrientes; los altos montes de luz y gloria se vistieron; el fértil campo renovó su casi perdida hermosura, pues los pastores dél, incitados de aquella sobrenatural virtud, de manera siguieron sus pisadas, que envidioso Ebro, confuso Tormes, Pisuerga y Gualdaquivir admirados, inclinaron sus cabezas, y las hinchadas urnas manaron con un silencio admirable. Solo el felice Tajo resonaba, y lo mejor de su son era Mendino, cuya ausencia sintió de suerte Henares, su nativo río, que con sus ojos acrecentó tributo á las arenas de oro. Bien le fué menester al gallardo pastor, para no sentir la ausencia de su carísimo hermano, hallar en esta ribera al gentil Castalio su primo, al caudaloso Cardenio, al galán Coridón, con otros muchos valerosos pastores y rabadanes, deudos y amigos de los suyos, con quien pasaba dulce y agradable vida Mendino, en quien todos hallaban tan cumplida satisfacción, que como olvidados de sus propias cabañas, sitios y albergues, los de Mendino estaban siempre acompañados de la mayor nobleza de la pastoría; de allí salían á los continuos juegos, y allí volvían por los debidos premios; allí se componían las perdidas amistades, y por allí pasaban los bienes y males de amor, cuales pesada, cuales ligeramente».

Allí comenzaron los amores de Siralvo con la que llama Fílida. No era aquella su primera pasión: ya en las riberas del Henares había puesto los ojos en una principal señora, á quien llama Albana, y que por ventura tendría algún parentesco con la casa de Alba: «Sólo esto me descontenta de Siralvo (dice la pastora), ser tan demasiado altanero: en el Henares á Albana, en el Tajo á Fílida; á otra vez que se enamore será de Juno ó Venus.—Amigo es de mejorarse (dijo Dinarda), que aunque Albana no es de menos suerte, y de más hacienda, Fílida es muy aventajada en hermosura y discreción» (pág. 153).

¿Sería esta Albana por ventura la «hermosa y discreta Albanisa, viuda del próspero Mendineo, hija del rabadán Coriano, que en la ribera del Henares vivía, y allí, desde las antiguas cabañas de su padre, apacentaba, en la fértil ribera, mil vacas, diez mil ovejas criaderas y otras tantas cabras en el monte?» (pág. 24). Con esta señora vino á casar en segundas nupcias, si no interpreto mal el texto de El Pastor, un caballero toledano del apellido Padilla, «el sospechoso Padileo», competidor de Mendino en los amores de Elisa: y quizá fué ésta la ocasión de que Siralvo dirigiese á otra parte sus altivos pensamientos, que no eran de humilde pastor, sino de muy alentado caballero.

Era Fílida doncella de nobilísimo linaje, parienta de un gran señor andaluz (el rabadán Vandalio), del cual y de sus pastores andaba recatándose Siralvo, sin duda porque se oponían á tan desiguales amores. No sabemos cuánto duró este honesto galanteo, ó más bien pasión platónica, cuya pureza tanto se encarece en el libro: «¡Quién viera á Siralvo ardiendo en su castísimo amor, donde jamás sintió brizna de humano deseo!» (pág. 228). Ni siquiera llegaba su presunción hasta el punto de creerse favorecido (pág. 136):—«Y dime (dijo Alfeo), ¿estima tu voluntad?—No soy (dijo Siralvo) tan desvanecido, que quiera tanto como eso; basta que no se ofenda de que la ame, para morir contento por su amor... Yo la amo sobre todas las riquezas que Dios ha criado, y ella sabe dónde llega mi amor, y no fuera Fílida quien es si despreciara esta obra fabricada de su mismo poder... Digo que no le pido á Fílida que me ame, pero que vivo contentísimo con que no se disguste de mi amor».

Era Fílida de tanta discreción como hermosura, y de mucha entereza y constancia en sus afectos; recibió con buen talante las poéticas ofrendas del humilde amador, y por no acceder á un matrimonio que los de su casa le proponían, acomodado á su condición, pero no á su gusto, «dejó los bienes, negó los deudos y despreció la libertad; consagróse á la casta Diana, y llevóse tras sí á los montes la riqueza y hermosura de los campos» (pág. 218); lo cual, traducido del estilo bucólico al corriente, quiere decir, si no me engaño, que se encerró por más ó menos tiempo en un monasterio. Á esta voluntaria reclusión, que no creemos que llegase á ser profesión religiosa, aluden estos tercetos de una elegía de Montalvo (pág. 273):