ESQUILO.
BACO.
¡Eurípides!
EURÍPIDES.
¿Qué hay?
BACO.
Recoge velas; pues esta alcuza va a convertirse en huracán.
EURÍPIDES.
Poco se me importa, por Ceres; ya verás cómo se lo hago soltar de las manos.
BACO.
Continúa recitando, y mucho ojo con la alcuza.
EURÍPIDES.
ESQUILO.
BACO.
¡Ay, amigo mío! Cómprale esa bendita alcuza, pues, si no, nos va a echar a pique todos los prólogos.
EURÍPIDES.
¡Cómo! ¿yo comprársela?
BACO.
Si me haces caso.
EURÍPIDES.
No, por cierto. Puedo citarle una porción de prólogos, a los que no podrá aplicarles la alcuza.
ESQUILO.
BACO.
¿Lo ves? De nuevo le ha colgado su alcuza. Vamos, Esquilo, véndesela a cualquier precio; que tú por un óbolo podrás comprar otra hermosísima.
EURÍPIDES.
Te digo que no; aún me quedan muchos.
ESQUILO.
EURÍPIDES.
Déjame acabar el primer verso.
ESQUILO.
BACO.
¡Durante el sacrificio! ¿Quién se la quitó?
EURÍPIDES.
Permíteme, amigo mío, que pruebe con este verso:
BACO.
Estás perdido; en seguida va a añadir: «Perdió su alcuza.» Porque la tal alcuza se adhiere a tus prólogos como el orzuelo a los párpados. Pero, por todos los dioses, pasa ya a ocuparte de la parte lírica de sus dramas.
EURÍPIDES.
Puedo demostrar hasta la evidencia que sus cantos son perversos y llenos de las mismas repeticiones.
CORO.
¿En qué parará esto? Ansioso estoy de saber qué censuras se atreverá a presentar contra sus infinitos y bellísisimos cantos, tan superiores a los de los poetas del día; no acierto a comprender en qué podrá motejar a este rey de las fiestas de Baco,[364] y le auguro una derrota.
EURÍPIDES.
¡Sí! ¡Admirables cantos líricos! Ahora se verá, pues voy a reunirlos todos en uno.
BACO.
Y yo a llevar la cuenta con estas piedrecitas.
EURÍPIDES.
BACO.
Ya tienes dos trabajos, Esquilo.
EURÍPIDES.
BACO.
Ya el tercer trabajo, Esquilo.
EURÍPIDES.
BACO.
¡Soberano Júpiter! ¡Qué infinidad de trabajos! Quiero ir a bañarme; pues con tantos trabajos, se me han inflamado los riñones.
EURÍPIDES.
Por favor, no te vayas antes de oír este canto arreglado para cítara.
BACO.
Sea; pero pronto y sin trabajos.
EURÍPIDES.[371]
BACO.
¿Qué es ese flatotrat? ¿En Maratón, o dónde has recogido ese canto de aguadores?
ESQUILO.
No; yo di a lo que era ya bueno una forma igualmente bella, para que no se dijese que cogía en el jardín sagrado de las Musas las mismas flores que Frínico.[372] Pero Eurípides, para tomar sus cantos, acude a los de todas las meretrices, y a los escolios de Meleto,[373] a los aires de la flauta caria, a los acentos doloridos, y a los himnos coreográficos, como os lo voy a demostrar sobre la marcha. Traedme una lira. ¿Pero qué necesidad hay de lira para este? ¿Dónde está la mujer que toca las castañuelas? Ven, oh Musa de Eurípides. Tú eres la única digna de modular sus canciones.
BACO.
¿No ha imitado nunca esa Musa a las Lesbenses?[374]
ESQUILO.[375]
¿Ves tú el ritmo?
BACO.
Lo veo.
ESQUILO.
¡Cómo! ¿Lo ves?
BACO.
Lo veo.
ESQUILO.
¿Y tú, autor de semejantes versos; tú que imitas al componerlos las doce posturas de Cirene,[377] te atreves a censurar los míos? Tales son sus cantos líricos: examinemos ahora sus monólogos:[378]
BACO.
Basta de coros.
ESQUILO.
Sí, basta. Ahora quiero traer una balanza, pues es el único medio de aquilatar el valor de nuestra poesía, y calcular el peso de nuestras palabras.
BACO.
Vamos, venid. Me veo reducido a vender por libras el numen de los poetas, como si fuese queso.[380]
CORO.
Las gentes de talento son muy ingeniosas. He ahí una idea peregrina, admirable y extraña que antes a nadie se le había ocurrido. Yo, si alguno me lo hubiese contado, no le hubiera dado crédito pensando que deliraba.
BACO.
Ea, acercaos a los platillos...
ESQUILO Y EURÍPIDES.
Ya estamos.
BACO.
Recitad teniéndolos cogidos, cada uno un verso, y no los soltéis hasta que yo diga: ¡Cucú!
ESQUILO Y EURÍPIDES.
Ya están cogidos.
BACO.
Decid ya un verso sobre la balanza.
EURÍPIDES.
ESQUILO.
BACO.
¡Cucú! Soltad. ¡Oh! el verso de Esquilo baja mucho más.
EURÍPIDES.
¿Por qué?
BACO.
Porque, a ejemplo de los vendedores de lana, ha mojado su verso, poniendo en él un río, y tú le has aligerado poniéndole alas.
EURÍPIDES.
Que recite otro y lo pese.
BACO.
Coged de nuevo los platillos.
ESQUILO Y EURÍPIDES.
Ya están.
BACO. (A Eurípides.)
Di.
EURÍPIDES.
ESQUILO.
BACO.
Soltad, soltad. De nuevo la balanza cae hacia el lado de Esquilo; y es porque ha echado en el plato la Muerte, que es el más pesado de los males.
EURÍPIDES.
Y yo la Persuasión; mi verso es inmejorable.
BACO.
Pero la Persuasión es cosa ligera y de poco peso. Vamos, busca entre tus versos más pesados uno muy robusto y vigoroso que incline la balanza a tu favor.
EURÍPIDES.
¿Pero dónde encontrarlo? ¿Dónde?
BACO.
Yo te lo diré: «Aquiles ha sacado dos y cuatro.»[385] Recitad; esta es la última prueba.
EURÍPIDES.
ESQUILO.
BACO. (A Eurípides.)
Otra vez te ha vencido.
EURÍPIDES.
¿Cómo?
BACO.
Ha puesto dos carros y dos cadáveres, cuyo peso no podrían levantar ni cien egipcios.[388]
ESQUILO.
Dejémonos de disputar verso por verso: póngase Eurípides en un plato de la balanza, con sus hijos, su mujer, Cefisofonte[389] y todos sus libros, y yo pondré solamente dos versos en el otro.
BACO.
Ambos poetas son amigos míos, y no quiero decidir la cuestión, pues sentiría enemistarme con uno de ellos. El uno me parece muy diestro; el otro me encanta.