MNESÍLOCO.
¡Oh Júpiter! ¿Cuándo aparecerá la golondrina?[3] Este hombre va a acabar conmigo haciéndome correr desde el amanecer. ¿Podré, antes de que mi bazo[4] estalle, saber adónde me conduces, Eurípides?
EURÍPIDES.
No debes oír lo que pronto has de ver.[5]
MNESÍLOCO.
¿Cómo dices? Repítelo. ¿No debo de oír...?
EURÍPIDES.
Lo que pronto vas a ver...
MNESÍLOCO.
¿Tampoco deberé ver...?
EURÍPIDES.
No, lo que luego has de oír.
MNESÍLOCO.
¿Qué es lo que me aconsejas? Confieso, sin embargo, que hablas muy bien. ¿Dices que no debo oír ni ver?
EURÍPIDES.
Esas dos funciones son en efecto distintas; una cosa es no ver, y otra no oír; tenlo entendido.
MNESÍLOCO.
¿Cómo distintas?
EURÍPIDES.
Escucha. Cuando el Éter principió a separarse del Caos y engendró los animales que en su seno se agitaban, con objeto de que viesen, les hizo primero los ojos redondos como el disco del sol, y después les abrió los oídos en forma de embudo.
MNESÍLOCO.
¿Y por causa del embudo, ni oigo ni veo? ¡Cuánto me alegro de haber aprendido estas cosas! ¡Qué bueno es conversar con los sabios!
EURÍPIDES.
Yo puedo enseñarte otras muchas parecidas.
MNESÍLOCO.
¡Ojalá entre ellas me enseñaras el modo de quitarme la cojera![6]
EURÍPIDES.
Acércate y atiende.
MNESÍLOCO.
Heme aquí.
EURÍPIDES.
¿Ves esa puertecita?
MNESÍLOCO.
Sin duda; digo, creo verla.
EURÍPIDES.
Calla.
MNESÍLOCO.
¿Qué calle yo la puerta?
EURÍPIDES.
Escucha.
MNESÍLOCO.
¿Qué yo escuche y calle la puerta?
EURÍPIDES.
Agatón,[7] famoso poeta trágico, vive ahí.
MNESÍLOCO.
¿Qué Agatón es ese?
EURÍPIDES.
Es un cierto Agatón...
MNESÍLOCO.
Moreno y robusto, ¿verdad?
EURÍPIDES.
No, es otro; ¿no lo has visto nunca?
MNESÍLOCO.
¿Tiene una gran barba?
EURÍPIDES.
¿Pero no lo has visto nunca?
MNESÍLOCO.
No, que yo sepa.
EURÍPIDES.
Pues estuviste con él,[8] aunque quizá sin conocerlo. Pero apartémonos, porque sale uno de sus criados, trayendo fuego y ramas de mirto: sin duda va a ofrecer un sacrificio para el buen éxito de sus poesías.
EL CRIADO.
Guarda, oh pueblo, un silencio religioso; cierra tu boca; el coro sagrado de las Musas entona sus himnos en la morada de mi señor.[9] Refrene el Éter apacible el soplo de los vientos: cese el rumor de las cerúleas ondas...
MNESÍLOCO.
Bombax.[10]
EL CRIADO.
Duerma la gente alada; párese el correr de las feroces alimañas en las selvas...
MNESÍLOCO.
Bómbalo bombax.
EL CRIADO.
Porque Agatón nuestro amo, el poeta de armoniosa lira, se prepara...
MNESÍLOCO.
¿A prostituirse?[11]
EL CRIADO.
¿Quién ha hablado?
MNESÍLOCO.
El Éter apacible.
EL CRIADO.
A colocar el armazón de un drama; para lo cual redondea nuevas formas poéticas, tornea unos versos, suelda otros, forja sentencias, inventa metáforas, funde, modela y vierte en el molde el asunto, que en sus manos es como blanda cera.
MNESÍLOCO.
Y se dispone a una infamia.[12]
EL CRIADO.
¿Qué patán se aproxima a este recinto?
MNESÍLOCO.
Uno que para perforar tu recinto y el del poeta de armoniosa lira, trae un excelente instrumento.[13]
EL CRIADO.
Anciano, en tu juventud debiste ser muy insolente.
EURÍPIDES.
(A Mnesíloco.) Vamos, déjale en paz. — (Al criado.) Y tú, vete a llamar a Agatón sin perder un instante.
EL CRIADO.
No hay necesidad; mi amo vendrá muy pronto, porque ha principiado a componer versos, y en el invierno no es fácil redondear las estrofas sin salir a tomar el sol.[14]
(Vase.)
MNESÍLOCO.
Y yo, ¿qué haré?
EURÍPIDES.
Espera; ya sale. ¡Oh Júpiter! ¿Qué suerte me reservas hoy?
MNESÍLOCO.
Por los dioses, quiero saber lo que te pasa. ¿Por qué gimes? ¿Por qué te lamentas? Siendo mi yerno, no debes tener secretos para mí.
EURÍPIDES.
Me amenaza una gran desgracia.
MNESÍLOCO.
¿Cuál?
EURÍPIDES.
Hoy se decidirá si Eurípides ha de vivir o morir.
MNESÍLOCO.
¿Cómo es posible, no habiendo hoy sesión en los tribunales ni en el Senado, por ser el tercer día de la fiesta, el día del medio de las Tesmoforias?[15]
EURÍPIDES.
Precisamente eso es lo que me hace presentir mi perdición. Las mujeres se han conjurado contra mí, y están reunidas en el templo de las dos diosas[16] para tratar de mi muerte.
MNESÍLOCO.
¿Por qué motivo?
EURÍPIDES.
Porque las injurio en mis tragedias.
MNESÍLOCO.
Por Neptuno, se les está muy bien empleado. ¿Y cómo podrás evitar el golpe?
EURÍPIDES.
Si consigo que el poeta trágico Agatón se presente en la fiesta.
MNESÍLOCO.
¿Para qué? Dime.
EURÍPIDES.
Para que asista a la reunión de las mujeres, y me defienda si hay necesidad.
MNESÍLOCO.
¿Franca o disimuladamente?
EURÍPIDES.
Disimuladamente, disfrazado de mujer.
MNESÍLOCO.
Excelente idea y muy propia de ti. Tratándose de astucias, el triunfo es nuestro.
EURÍPIDES.
Calla.
MNESÍLOCO.
¿Pues?
EURÍPIDES.
Sale Agatón.
MNESÍLOCO.
¿Dónde está?
EURÍPIDES.
Míralo: lo traen por tramoya.[17]
MNESÍLOCO.
Sin duda estoy ciego; no veo ningún hombre; solo veo a Cirene.[18]
EURÍPIDES.
Silencio; ya se prepara a cantar.
MNESÍLOCO.
¿Va a entonar una marcha de hormigas?[19]
AGATÓN.[20]
Doncellas, recibid la sagrada antorcha,[21] y festejad con danzas y alaridos a las diosas infernales y a vuestra libre patria.
CORO DE AGATÓN.[22]
¿De qué deidad se celebra hoy la fiesta? Pronto estoy siempre a adorar a los dioses.
AGATÓN.
Canta, oh Musa, a Febo, el del arco de oro, que levantó los muros de la ciudad del Simois.[23]
CORO.
¡Salve, Febo; para ti mis himnos mejores, pues tú llevas la palma en el sacro certamen de las Musas!
AGATÓN.
Ensalzad a Diana, la virgen cazadora, errabunda por montañas y bosques.
CORO.
Celebremos a porfía, y ensalcemos a la casta Diana, augusta hija de Latona.
AGATÓN.
Y a Latona y a la cítara asiática, imitando el ritmo y el cadencioso compás de las Gracias de Frigia.[24]
CORO.
Celebremos a la augusta Latona, y a la cítara madre de los himnos, para que nuestros acentos varoniles hagan con fulgor repentino brillar los ojos de la adorable diosa. ¡Ensalcemos al poderoso Apolo! ¡Salve, hijo feliz de la augusta Latona!
MNESÍLOCO.
¡Venerandas Genetílides,[25] qué dulce y voluptuosa melodía! ¡Los besos son menos tiernos y lascivos! ¡Todo mi cuerpo se ha estremecido de placer![26] Escucha, muchacho, quienquiera que seas, pues voy a interrogarte con las palabras de Esquilo en su Licurgo.[27] ¿De dónde ha salido ese hombre afeminado? ¿Cuál es su patria y su traje? ¡Qué contradicciones! ¡Una cítara y una túnica azafranada! ¡Una lira y un tocado de mujer! ¡Un frasco de gimnasia y un ceñidor! ¿Hay cosas más opuestas? ¡Un espejo y una espada! Tú mismo, jovenzuelo, ¿qué eres? ¿Eres hombre? Entonces ¿dónde están las pruebas de tu virilidad,[28] y el manto y el calzado propios de este sexo? ¿Eres mujer? Entonces ¿dónde está el pecho levantado? ¿Qué dices? ¿Por qué callas? Sea como quieras, pero te advierto que por la voz te conoceré en seguida.
AGATÓN.
¡Anciano! ¡Anciano! He oído el silbido de la envidia, sin sentir el dolor de sus mordeduras. Yo llevo un traje en consonancia con mis pensamientos. Pues un poeta debe tener costumbres análogas a los dramas que compone. Si el asunto de sus tragedias son las mujeres, su persona debe imitar la vida y el porte mujeril.
MNESÍLOCO.
¿De suerte que al componer la Fedra montarás a caballo?[29]
AGATÓN.
Si los asuntos son varoniles, ya tiene en su cuerpo todo lo necesario. Pero lo que no tenemos por naturaleza, preciso es adquirirlo por la imitación.
MNESÍLOCO.
Por consiguiente, cuando escribas dramas satíricos,[30] llámame y yo me pondré detrás de ti en la actitud requerida.[31]
AGATÓN.
Además parecerá muy mal un poeta grosero y velludo. Íbico,[32] Anacreonte de Teos y Alceo, tan hábiles en la armonía, llevaban mitras y bailaban las voluptuosas danzas de la Jonia;[33] el mismo Frínico,[34] de quien has oído hablar, unía a su propia hermosura la de sus vestidos; así es que en sus dramas todo era hermoso. Cada cual imprime a sus obras su propio carácter.
MNESÍLOCO.
Por eso Filocles,[35] que es feo, compone obras feas; Jenocles,[36] que es malo, malas; y Teognis,[37] que es frío, frías.
AGATÓN.
Es de absoluta necesidad. Y sabiéndolo yo, he cuidado de mi persona.
MNESÍLOCO.
¿Cómo, por los dioses?
EURÍPIDES.
Cesa de ladrar. Yo era lo mismo cuando a la edad de ese principié a escribir.
MNESÍLOCO.
¡Vaya unos modales, amigo!
EURÍPIDES.
Pero déjame decir a lo que he venido.
AGATÓN.
Habla.
EURÍPIDES.
Agatón, «es de hombres sabios el decir muchas cosas en pocas palabras. Herido por una desgracia nueva, vengo a suplicarte.»[38]
AGATÓN.
¿Para qué me necesitas?
EURÍPIDES.
Las mujeres, reunidas en el templo de las dos diosas, han resuelto hoy mi perdición, porque hablo mal de ellas.
AGATÓN.
¿Y qué socorro puedes esperar de mí?
EURÍPIDES.
Uno grandísimo. Si te mezclas furtivamente entre las mujeres de modo que parezcas una de tantas, y defiendes mi causa elocuentemente, conseguirás salvarme. Tú eres el único capaz de hablar dignamente de mí.
AGATÓN.
¿Por qué no vas a defenderte tú mismo?
EURÍPIDES.
Te lo diré. En primer lugar, yo soy muy conocido, y además cano y barbudo; mientras que tú eres de hermosa figura, blanco, imberbe; tienes voz atiplada y aspecto delicado.
AGATÓN.
Eurípides...
EURÍPIDES.
¿Qué?
AGATÓN.
¿No has dicho en alguna parte: «el ver la luz te alegra; ¿crees que no le alegra también a tu padre?»?[39]
EURÍPIDES.
Cierto.
AGATÓN.
No esperes, por tanto, que yo me exponga en tu lugar: sería una locura. Sufre, como es natural, tu propio infortunio. Las desgracias no deben sobrellevarse con astucia, sino con paciencia.
MNESÍLOCO.
Así es como tú has llegado al colmo de la infamia: a fuerza de paciencia.[40]
EURÍPIDES.
¿Pero por qué temes ir allá?
AGATÓN.
Me tratarían peor que a ti.
EURÍPIDES.
¿Cómo?
AGATÓN.
¿Cómo? Parecería que iba a robarles sus placeres nocturnos, y arrebatarles su Venus íntima.
MNESÍLOCO.
¡Mira! ¿A robarles? Di más bien a prostituirte.[41] ¡Por Júpiter! ¡Vaya un pretexto!
EURÍPIDES.
En qué quedamos, ¿lo harás?
AGATÓN.
No lo esperes.
EURÍPIDES.
¡Desdichado de mí! ¡Estoy perdido!
MNESÍLOCO.
Eurípides, mi querido yerno, no te desalientes.
EURÍPIDES.
¿Qué hacer?
MNESÍLOCO.
Échale a ese al infierno, y dispon de mí a tu antojo.
EURÍPIDES.
Pues tú mismo te me ofreces, acepto. Vamos quítate ese vestido.
MNESÍLOCO.
Ya está en el suelo. ¿Qué intentas hacer de mí?
EURÍPIDES.
Afeitarte la barba y quemarte el pelo de más abajo.[42]
MNESÍLOCO.
Haz lo que gustes, ya que me he ofrecido.
EURÍPIDES.
Agatón, tú siempre llevas navajas, préstanos una.
AGATÓN.
Cógela de ese estuche.
EURÍPIDES.
Gracias. Siéntate e hincha el carrillo derecho.
MNESÍLOCO.
¡Ay!
EURÍPIDES.
¿Por qué gritas? Te voy a meter un tarugo en la boca, si no callas.
MNESÍLOCO.
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
EURÍPIDES.
¿A dónde corres?
MNESÍLOCO.
Al templo de las Euménides;[43] no, por Ceres, no me he de estar ahí para que me hagas tajadas.
EURÍPIDES.
Se van a reír de ti al verte con la cara medio afeitada.
MNESÍLOCO.
Poco me importa.
EURÍPIDES.
No me abandones, por los dioses te lo pido, ven acá.
MNESÍLOCO.
¡Desdichado de mí!
EURÍPIDES.
Estáte quieto y levanta la cabeza. ¿Adónde te vuelves?
MNESÍLOCO.
¡Mu! ¡Mu!
EURÍPIDES.
¿Por qué muges? Ya está concluido todo.
MNESÍLOCO.
¡Infeliz, voy a pelear armado a la ligera![44]
EURÍPIDES.
No pienses en eso. Vas a estar hermosísimo. ¿Quieres mirarte?
MNESÍLOCO.
Sí, dame un espejo.
EURÍPIDES.
¿Te ves?
MNESÍLOCO.
A mí no, a Clístenes.[45]
EURÍPIDES.
Levántate para que te queme el vello; ahora inclínate.
MNESÍLOCO
¡Cielo santo! ¡Me vas a chamuscar como a un cerdo!
EURÍPIDES.
Traedme una antorcha o una lámpara. Inclínate y cuídate solo de una cosa.[46]
MNESÍLOCO.
Ya la cuidaré, por Júpiter. ¡Oh, yo me abraso! ¡Agua, vecinos, agua, antes de que la llama incendie mi trasero!
EURÍPIDES.
Tranquilízate.
MNESÍLOCO.
¿Quién puede estar tranquilo cuando le están asando?
EURÍPIDES.
Ya no tienes por qué inquietarte; lo peor está hecho.
MNESÍLOCO.
¡Oh, qué hollín! Estoy completamente chamuscado
EURÍPIDES.
No te cuides de eso; ya se te lavará con una esponja.
MNESÍLOCO.
¡Pobre del que se atreva a lavarme el trasero!
EURÍPIDES.
Agatón, ya que no quieres ayudarme, préstame a lo menos esa túnica y ese ceñidor; no puedes decir que no los tienes.
AGATÓN.
Con mucho gusto; tomad y usadlos.
MNESÍLOCO.
¿Qué me pongo?
AGATÓN.
Ponte primero esa túnica de color de azafrán.
MNESÍLOCO.
¡Por Venus, qué buen olor echa a hombre![47] Pónmela pronto: dame el ceñidor.
EURÍPIDES.
Toma.
MNESÍLOCO.
Ahora dame algo para adornarme las piernas.[48]
EURÍPIDES.
Necesitas una cinta y una mitra.[49]
AGATÓN.
Toma mi gorro de dormir.
EURÍPIDES.
Por Júpiter, es lo más a propósito.
MNESÍLOCO.
¿Me caerá bien?
AGATÓN.
Admirablemente.
EURÍPIDES.
Venga el manto.
AGATÓN.
Cógelo de encima de la cama.
MNESÍLOCO.
Necesito zapatos.
AGATÓN.
Ten estos míos.
MNESÍLOCO.
¿Me vendrán bien? Que a ti te gusta el calzado ancho.[50]
AGATÓN.
Pruébatelos. Ya tenéis todo cuanto os hace falta. Llevadme pronto adentro.[51]
EURÍPIDES.
Pareces completamente una mujer. Cuando hables, ten mucho cuidado de imitar la voz femenina.
MNESÍLOCO.
Lo procuraré.
EURÍPIDES.
Vete ya.
MNESÍLOCO.
No, por cierto, si antes no me juras...
EURÍPIDES.
¿Qué?
MNESÍLOCO.
Emplear todos los medios para salvarme, si me ocurre alguna desgracia.
EURÍPIDES.
«Lo juro por el Éter, morada de Júpiter.»[52]
MNESÍLOCO.
¿No era mejor que jurases por la familia de Hipócrates?[53]
EURÍPIDES.
Pues bien, juro por todos los dioses sin excepción.
MNESÍLOCO.
«Acuérdate de que ha jurado el corazón y no la lengua.»[54] Los juramentos de esta no los quiero.
EURÍPIDES.
Anda listo; ya se ve en el templo de Ceres la señal de reunirse. Yo me retiro.
(Mutación de escena. Aparece el templo de Ceres y Proserpina.)
MNESÍLOCO.[55]
Ven, Trata, sígueme. Mira, Trata, cuánto humo despiden las antorchas. ¡Oh bellísimas Tesmóforas, recibidme y despedidme propicias! Descárgate la cesta, Trata, y saca la torta para que se la ofrezca a las dos diosas. ¡Oh augusta divinidad, Ceres adorada, y tú, venerable Proserpina, permitidme presentaros muchas veces oblaciones como esta! (y sobre todo que no me descubran). Conceded a mi hija un esposo rico, aunque sea estúpido y necio, para que no piense más que en divertirse.[56] ¿Dónde encontraré un sitio para poder oír a los oradores? Tú, Trata, márchate; las esclavas no pueden asistir a esta reunión.[57]
UNA MUJER HERALDO.[58]
Guardad el silencio religioso: guardad el silencio religioso. Orad a las Tesmóforas Ceres y Proserpina, a Pluto.[59] a Caligenia,[60] a Curótrofe,[61], a la Tierra, a Mercurio, a las Gracias, para que esta asamblea nos sea propicia y útil a Atenas y a nosotras mismas. Pedidles también que aquella que por sus ilustres hechos y discursos merezca más aplausos del pueblo ateniense y de las mujeres, sea la vencedora. Dirigidles estas súplicas, y haced votos por vuestra propia dicha. ¡Io Peán! ¡Io Peán! Congratulémonos.
CORO DE MUJERES.
Esos son nuestros votos. ¡Dígnense los dioses acogerlos! Omnipotente Júpiter, dios de la lira de oro, adorado en Delos;[62] y tú, invencible diosa, doncella de cerúleos ojos y áurea lanza, patrona de la más floreciente ciudad,[63] acudid a mi llamamiento; acude tú también, hermoso retoño de Latona,[64] la de fúlgida mirada, virgen cazadora, adorada bajo cien advocaciones; y tú, venerable Neptuno, soberano de las olas, abandonando tu líquido palacio arremolinado por las tempestades y recorrido por los peces, ven acompañado de las hijas de Nereo, y de las montañesas ninfas. Mézclense a nuestras oraciones los acentos de la dorada lira, y reine el orden en esta asamblea de nobles matronas.
EL HERALDO.
Orad a los dioses y diosas del Olimpo, de Delfos, de Delos, y a las demás deidades. Si hay algún malvado que conspire contra el pueblo femenino o que ofrezca a Eurípides[65] o a los Medas una paz perjudicial a las mujeres, o que aspire a la tiranía, o se proponga restablecer a un usurpador; si hay un delator que denuncie a una mujer culpable de suposición de prole, o una esclava que después de haber sido alcahueta de su señora le vaya con el cuento al marido, y, encargada de llevar un recado, traiga falsas noticias; si hay algún galanteador que engañe a una mujer y después no la dé lo prometido; si hay una vieja que compra sus amantes o una cortesana que por los regalos de otro abandona a su querido; si hay un tabernero o tabernera que al vendernos un congio o una cótila[66] nos engaña en la medida, pedid al cielo los confunda a todos, con toda su familia, y que al propio tiempo os colme de bienes a vosotras.
CORO.
Unánimes pedimos que se cumplan nuestros votos en favor del pueblo y la república, y que, como es justo, se otorgue la victoria a las que den mejores consejos. Las que cometen fraudes y violan los más sagrados juramentos en provecho propio y daño del común; las que tratan de derogar las antiguas leyes y decretos promulgando otros nuevos; las que revelan nuestros secretos a los enemigos, e introducen a los Medas en nuestro país para arruinarlo, esas son impías y enemigas de la patria. Acoge tú nuestras preces, omnipotente Júpiter, para que, aunque somos mujeres, nos sean propicios los dioses.
EL HERALDO.
Escuchad todas. «El Consejo de las mujeres, siendo presidente Timoclea, secretario Lisila, y Sóstrata orador,[67] ha decretado: Que mañana día del medio de las Tesmoforias, por ser el más desocupado, se destine ante todo a deliberar sobre el castigo que debe imponerse a Eurípides, por sus ultrajes a todas.» ¿Quién pide la palabra?[68]
MUJER PRIMERA.
Yo.
EL HERALDO.
Pues ponte esa corona antes de hablar.[69]. Callad. ¡Silencio! ¡Atención! Ya escupe, según acostumbran los oradores. Parece que el discurso va a ser largo.
MUJER PRIMERA.
No es la ambición, ¡oh mujeres!, lo que me mueve a usar de la palabra, os lo juro por las diosas. Muéveme solamente la indignación que me sofoca al veros vilipendiadas por Eurípides, ese hijo de una verdulera.[70] ¿Qué ultrajes hay que no nos prodigue? ¿Qué ocasión de calumniarnos desperdicia, en cuanto tiene muchos o pocos oyentes, actores y coros? Nos llama adúlteras, desenvueltas, borrachas, traidoras, charlatanas, inútiles para nada de provecho, peste de los hombres; con lo cual cuando nuestros maridos vuelven del teatro nos miran de reojo, y registran la casa para ver si hay oculto algún amante. Ya no nos permiten hacer lo que hacíamos antes: ¡tales sospechas ha inspirado ese hombre a los esposos! ¿Se le ocurre a una de nosotras hacer una corona? Ya la creen enamorada.[71] ¿Se deja otra caer una vasija al correr en sus domésticas faenas? El marido pregunta en seguida: «¿En honor de quién se ha quebrado esa olla?, sin duda del extranjero de Corinto.»[72] ¿Está enferma alguna joven? Su hermano dice al punto: «No me gusta el color de esa muchacha.»[73] Si una mujer que no tiene hijos quiere suponer un parto, ya no puede hacerlo, porque los hombres nos vigilan de cerca. Para con los viejos que antes contraían matrimonio con jóvenes, también nos ha desacreditado, y ninguno se casa después de haber oído aquel verso:
Él es asimismo la causa de que nos cierren con cerrojos y sellos,[75] y tengan para guardarnos esos perrazos molosos,[76] terror de los amantes. Y esto, pase; pero ahora no podemos, como antes, sacar nosotras mismas de la despensa harina, aceite y vino; pues nuestros maridos llevan siempre consigo no sé qué condenadas llavecitas lacedemonias,[77] secretas y de tres dientes. Sin embargo, aún hubiéramos podido abrir las puertas más selladas, mandándonos hacer por tres óbolos un anillo con la misma marca; pero ese maldito Eurípides, perdición de las familias, ha enseñado a los hombres a llevar colgados del cuello complicadísimos sellos de madera.[78] Creo, por consiguiente, que es necesario librarnos a toda costa de ese enemigo, dándole muerte con veneno u otro medio cualquiera. Eso es lo que digo en alta voz; lo demás lo haré constar en el registro del secretario.
CORO.
Nunca he visto mujer más hábil y elocuente; todo lo que dice es justo; ha examinado la cuestión bajo todos sus aspectos y los ha pesado todos. Su argumentación es nutrida, sagaz y selecta; de suerte que si al lado de ella perorase Jenocles,[79] hijo de Cárcino, os parecería, a mi modo de ver, que solo decía vaciedades.
MUJER SEGUNDA.
Habiendo abarcado perfectamente la preopinante todos los extremos de la acusación, diré muy pocas palabras, concretándome a manifestaros lo que a mí misma me sucede. Murió mi marido en Chipre, dejándome cinco hijos pequeños, a los que sostenía a duras penas, haciendo coronas en la plaza de los Mirtos.[80] Con este recurso vivía así, así, es verdad; pero al fin vivía: pues bien, desde que ese hombre en sus tragedias ha demostrado al público que no existen los dioses,[81] no vendo ni la mitad que antes.[82] Por lo cual opino y os aconsejo que no dejéis de castigarle: sobran causas para ello, pues siempre, amigas mías, nos está ultrajando con la grosería propia del que se ha educado entre legumbres. Yo voy a la plaza; tengo que hacer veinte coronas que me han encargado.
CORO.
Sus palabras han sido más mordaces que las del primer discurso. ¡Qué gracia! ¡Qué oportunidad! ¡Qué agudeza y qué astucia! Todo es claro y convincente. Sí, es necesario imponerle una pena ejemplar por sus ultrajes.
MNESÍLOCO.
No me asombra, oh mujeres, que tales acusaciones os irriten vivamente contra Eurípides, y hagan hervir vuestra bilis. Yo misma, os lo juro por la salud de mis hijos, yo misma detesto a ese hombre, pues sería menester estar loca para no aborrecerle. No obstante, conviene que tengamos en confianza algunas explicaciones; ahora estamos solas, y no hay miedo de que nuestras palabras se divulguen. ¿Por qué le acusamos, por qué le hacemos gravísimas inculpaciones solo por haber revelado dos o tres de nuestros defectos, cuando los tenemos innumerables? Yo misma, para no hablar de otras, me reconozco culpable de muchísimos pecados; el más grave lo cometí a los tres días de casada: mi marido dormía a mi lado; yo tenía un amante, que me había seducido a la edad de siete años: el tal, arrastrado por su amor, vino a la puerta de mi casa y la arañó suavemente. Yo comprendí en seguida, y bajé con precaución: mi marido me preguntó: «¿Adónde vas? — ¿Adónde? le respondí; siento dolores y retortijones de vientre y bajo al excusado. — Anda, pues», me dijo. Él se puso a majar semillas de cedro, anís y salvia,[83] y en tanto yo, después de tomar la precaución de mojar los goznes,[84] me reuní a mi amante, y apoyada sobre el altar del pórtico,[85] y agarrándome al tronco del laurel, me entregué a sus deseos. Sin embargo, notadlo bien, nunca Eurípides ha hablado de esto, ni de nuestras complacencias con los esclavos y muleteros cuando faltan amantes, ni de que después de haber pasado una noche de libertinaje, acostumbramos a comer ajos[86] a la mañana, para que al volver el marido de su guardia no conciba la menor sospecha. ¿Lo veis? De esto nunca ha dicho nada. Si maltrata a Fedra, ¿qué se nos importa? En cambio nunca ha hablado de esas mujeres que despliegan a la luz un gran manto, y mientras el marido admira los primores del trabajo, el galán logra escurrirse a favor de la estratagema. Yo conocí a una que estuvo diez días fingiendo dolores de parto hasta comprar una criatura. Su esposo, en tanto, corría por toda la ciudad en busca de medicinas para acelerar el alumbramiento. Una vieja le trajo al fin, metido en una olla, un niño con la boca tapada con cera para que no gritase: entonces, a una señal de su cómplice, la mujer empezó a gritar: «Vete, marido mío, vete que ya voy a parir.» La criatura, en efecto, pegaba pataditas en el vientre... de la olla. Él se retiró tan contento; ella le quitó el taponcillo de cera, y el niño principió a llorar. Entonces la maldita vieja que lo había traído, corrió al esposo y le dijo sonriendo: «Un león, un león te acaba de nacer; es tu vivo retrato, se te parece en todo.»[87] ¿No es verdad que cometemos estas perfidias? Sí, por Diana. ¿Entonces a qué irritarnos contra Eurípides porque dice de nosotras menos de lo que en realidad hacemos?[88]
CORO.
¡No vuelvo de mi asombro! ¿De dónde ha sacado esas invenciones? ¿En qué país se ha criado esa desvergonzada? Nunca hubiera creído que ninguna mujer se atreviese a contar, ni aun entre nosotras, semejantes atrocidades. Pero ya puede esperarse todo; tiene razón el proverbio antiguo: «Es necesario mirar debajo de todas las piedras, no se oculte algún orador pronto a picarnos.»[89] No hay nada peor que una mujer naturalmente desvergonzada, como no sea otra mujer.
MUJER TERCERA.
Por Aglaura,[90] amigas; habéis perdido el juicio, o estáis hechizadas, u os sucede otro grave mal, para dejar a esa peste insultarnos a todas. Si alguna de vosotras... pero no, nosotras y nuestras criadas nos encargamos de vengarnos; vamos a coger ceniza de cualquier parte, y a dejarla sin un pelo.[91] Así aprenderá a no hablar mal de las mujeres en lo sucesivo.
MNESÍLOCO.
¡Oh, no hagáis tal! Si en una asamblea donde todas las ciudadanas podemos exponer con toda libertad nuestras ideas he dicho lo que me parecía en defensa de Eurípides, ¿será justo que me condenéis a la depilación?
MUJER TERCERA.
¿Cómo no ha de ser justo castigarte? Tú eres la única que te has atrevido a defender a un hombre que ha colmado de oprobio a nuestro sexo; a un hombre que escoge de intento para argumento de sus dramas aquellos asuntos donde hay mujeres perversas, Fedras[92] o Melanipes[93], y nunca se le ocurre escribir sobre Penélope,[94] solo porque fue casta.
MNESÍLOCO.
Yo sé el motivo. Entre todas las mujeres del día no podréis encontrar una Penélope, y sí infinitas Fedras.
MUJER TERCERA.
¿No oís lo que esa bribona vuelve a decir de nosotras?
MNESÍLOCO.
Pero, por Júpiter, si aún no he dicho todo lo que sé. ¿Queréis más todavía?
MUJER TERCERA.
No puedes decir más: ya has vomitado cuanto sabías.
MNESÍLOCO.
Ni tampoco la diezmilésima parte de lo que hacemos. No he dicho, por ejemplo, que formamos con nuestras diademas una especie de tubo para sorber el vino.
MUJER TERCERA.
¡Así estalles!
MNESÍLOCO.
No he dicho que en las Apaturias[95] damos las viandas a nuestros amantes, y después echamos la culpa al gato...
MUJER TERCERA.
¡Eso es insoportable! No sabes lo que te dices.
MNESÍLOCO.
Ni que una mujer mató de un hachazo a su esposo, ni que otra le hizo perder la razón con un filtro, ni que debajo de la bañera...[96]
MUJER TERCERA.
¡Que la peste te lleve!
MNESÍLOCO.
Enterró Acárnica a su padre.
MUJER TERCERA.
¿Hay paciencia para oír esto?
MNESÍLOCO.
Ni que habiendo parido tu esclava un varón, supusiste que era tuyo, y le entregaste tu hija.
MUJER TERCERA.
Por las diosas, lo que es eso no lo dejo yo pasar: te voy a arrancar el pelo.
MNESÍLOCO.
¡No me tocarás por Júpiter!
MUJER TERCERA. (Dándole una bofetada.)
¡Toma!
MNESÍLOCO. (Contestándole con otra.)
¡Toma tú!
MUJER TERCERA.
Recoge mi manto, Filista.[97]
MNESÍLOCO.
Acércate nada más, y por Diana yo te...
MUJER TERCERA.
¿Qué harás tú?
MNESÍLOCO.
Te haré echar[98] la torta de sésamo que has comido.
CORO.
Basta de riñas; una mujer se dirige hacia nosotras corriendo: callad antes que llegue, para oír con sosiego lo que va a decirnos.
CLÍSTENES.
Queridas mujeres, a quienes imito en todo, mis mejillas imberbes demuestran la afección que os tengo; maniático por vosotras, estoy siempre dispuesto a defendemos. Hace un instante he oído hablar en el mercado de un negocio importantísimo que os concierne, y vengo a revelároslo; y al propio tiempo a aconsejaros toméis las precauciones necesarias para que no os coja desprevenidas un grande y terrible daño.
CORO.
¿Qué hay, niño mío? (Tienes tan tersas las mejillas, que bien puede llamársete así.)
CLÍSTENES.
Dicen que Eurípides ha enviado hoy a aquí mismo a un anciano pariente suyo.
CORO.
¿Para qué? ¿Con qué objeto?
CLÍSTENES.
Para que se entere de vuestros discursos y le tenga al tanto de vuestros proyectos y resoluciones.
CORO.
¿Pero cómo no hemos conocido a ese hombre entre tantas mujeres?
CLÍSTENES.
Eurípides le ha quemado y arrancado los pelos, y lo ha disfrazado completamente de mujer.
MNESÍLOCO.
¿Podéis creer eso? ¿Ha de haber un hombre tan estúpido que se deje pelar de esa manera? Yo no lo creo, ¡venerandas diosas!
CLÍSTENES.
¿Qué sabes tú? Yo no hubiera venido a comunicaros esa noticia, si no se la hubiera oído a personas que tienen motivos para saberla.
CORO.
Terrible es la noticia. Ea, mujeres, no perdamos un momento; registremos, busquemos a ese hombre, y veamos dónde ha podido ocultarse. Ayúdanos, Clístenes, y así, amigo mío, te estaremos agradecidas por doble concepto.
CLÍSTENES.
Bueno, manos a la obra. ¿Quién eres tú, la primera?
MNESÍLOCO. (Aparte.)
¿Dónde me esconderé?
CLÍSTENES.
Vais a ser reconocidas.
MNESÍLOCO. (Aparte.)
¡Pobre de mí!
MUJER CUARTA.
¿Quién soy yo, preguntas? La mujer de Cleónimo.
CLÍSTENES.
¿Conocéis a esta mujer?
CORO.
La conocemos; pasa a otras.
CLÍSTENES.
¿Quién es esa que lleva un niño?
MUJER CUARTA.
Mi nodriza, por Júpiter.
MNESÍLOCO. (Aparte.)
¡Perdido soy! (Hace un movimiento para huir.)
CLÍSTENES. (A Mnesíloco.)
¡Eh, tú! ¿A dónde vas? Quieta en tu puesto. ¿Qué te pasa?
MNESÍLOCO.
Déjame ir a orinar.
CLÍSTENES.
Eres una desvergonzada. Anda; aquí te aguardo.
CORO.
Aguárdala y no la pierdas de vista; es la única a quien no conocemos.
CLÍSTENES.
¿Vas a estar orinando eternamente?
MNESÍLOCO.
¡Ay! sí, amigo mío. Ayer comí berros, y tengo retención de orina.[99]
CLÍSTENES.
¿Qué estás hablando de berros? Ven acá pronto.
MNESÍLOCO.
¡Ah! no arrastres así a una pobre enferma.
CLÍSTENES.
Responde: ¿quién es tu marido?
MNESÍLOCO.
¿Dices que quién es mi marido? ¿Conoces en Cotócides[100] a cierto...?
CLÍSTENES.
¿A cierto...? ¿Quién?
MNESÍLOCO.
¿A aquel a quien cierto día, el hijo de cierto...?
CLÍSTENES.
Tú chocheas. ¿Has venido aquí antes de ahora?
MNESÍLOCO.
Sí, todos los años.
CLÍSTENES.
¿Cuál es tu compañera de tienda?[101]
MNESÍLOCO.
Es una tal... ¡Pobre de mí!
CLÍSTENES.
¿No contestarás?
MUJER QUINTA.
Déjate, voy a hacerle varias preguntas sobre la ceremonia del año pasado; retírate, porque como eres hombre no debes oírlas. Dime, ¿cuál fue la primera ceremonia que hicimos?
MNESÍLOCO.
¿Cuál fue la primera dices? Beber.
MUJER QUINTA.
¿Y la segunda?
MNESÍLOCO.
Brindar.
MUJER QUINTA.
Te lo habrá dicho alguno. ¿Y la tercera?
MNESÍLOCO.
Jenila pidió una copa; porque no había orinal.
MUJER QUINTA.
Eso no es decir nada. — Ven acá, Clístenes: este es el hombre de que hablabas.
CLÍSTENES.
¿Qué hago?
MUJER QUINTA.
Quítale los vestidos, pues contesta mal a todo.
MNESÍLOCO.
¡Cómo! ¿os atrevéis a desnudar a una madre de nueve hijos?
CLÍSTENES.
Suéltate pronto el ceñidor, desvergonzadísima.
MUJER QUINTA.
¡Qué fuerte y robusta parece! ¡Calla! ¡y no tiene pechos como nosotras!
MNESÍLOCO.
Es que soy estéril, y nunca he tenido hijos.
MUJER QUINTA.
¿Ahora con esas? Hace un momento tenías nueve.
CLÍSTENES.
Estáte derecho. ¿Qué veo?[102]
MUJER QUINTA.
No cabe duda que es un hombre.[103]
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¡Ah malvado! por eso nos llenó de ultrajes en su defensa de Eurípides.
MNESÍLOCO.
¡Infeliz, en qué berenjenal me he metido!
MUJER QUINTA.
¿Qué hacemos?
CLÍSTENES.
Guardadlo bien, para que no se escape. Yo voy a dar parte de lo ocurrido a los Pritáneos.