Si grandes errores han intentado propalar los jingoes y sus periodistas en lo que á España atañe como nación conquistadora, estupendas aseveraciones han lanzado también al juzgar la civilización española. Mucho importa pues, precisar el papel de los dos pueblos contendientes, en la marcha de las sociedades modernas. Se ha presentado á España como una nación decrépita y llena de vicios, y á la nación anglo-americana como un país henchido de virtudes. No vamos á profundizar el tema de si España ha influido más en la civilización que los E. E. U. U. de Norte América, porque semejante empeño nos conduciría á escribir un libro; indicaremos únicamente lo que nos parece esencial en la cuestión.
Si la grandeza de las naciones se midiese en los actuales tiempos, por la extensión de sus fronteras y por su adelanto industrial, tendriamos que proclamar á voz en cuello que nuestros vecinos del Norte son el pueblo más grande de la tierra. Pero no miden así los que interpretan sabiamente la significación del encumbrado puesto que ocupa un grupo humano en la escala de las naciones, y todos los pensadores trabajan porque los pueblos aspiren, ante todo, á la más alta moralidad; por eso llaman grande á Suiza, aun cuando sea más pequeña que un condado de Texas y su industria valga menos que la de cualquier miembro de un poderoso sindicato yankee.
Los E. E. U. U. de Norte América son un pueblo grande, pero no un gran pueblo, son un coloso, pero no una gran nación, y si es verdad que han demostrado tener un vigor asombroso y que han dado pruebas de virilidad sin igual, lo es también que ésto lo han logrado á expensas de la moralidad. ¡Ay del que entre los anglo-americanos no adquiere el todo-poderoso oro! La posesión de este metal es entre ellos el único fin de la vida y para lograrla, todos los medios se justifican. De aquí resulta que en ninguna parte del globo florece tanto el crímen como entre los yankees. Los periódicos de sus principales ciudades anuncian diariamente en las noticias locales, de dos á tres suicidios. Los asesinatos son tan frecuentes que ya no causan aversión, menos espanto. La esclavitud de mujeres importadas de China para la prostitución, se permite, á pesar de que los periódicos relatan los medios empleados para efectuarla y dan detalles sobre lo que cuesta tapar los ojos de los funcionarios públicos. La frecuencia con que se practica el aborto criminal, disimulado con los hipócritas y siempre trasparentes velos del réclame, es un hecho entre nuestros vecinos.
Lo que se opone en los E. E. U. U. de N. A. á la adquisición de la riqueza se destruye; se ejecuta lo que puede darla en el acto aun cuando se destruya la del porvenir. Los naturales casi han desaparecido destruidos por el fuego y el hambre ó con el fomento de sus vicios y la inoculación de enfermedades. Los mexicanos que habitaban el territorio que nos fué arrebatado, y sus descendientes, han desaparecido también por medios semejantes. Los extensos y ricos bosques de maderas de construcción que tenían los yankees y que hubieran podido surtir á la nación por siglos, los han talado en pocos años. Los animales indígenas no han tenido mejor suerte, y las valiosas nutrias y el útil búfalo están exterminados; los pocos animales de una y otra especie que se conservan los ha preservado trabajosamente el interés científico contra la especulación comercial. No hay día en que no se cuelguen docenas de hombres sin formación de causa por medio del asesinato más cobarde que se conoce y que ellos llaman ley Linch, como se hizo en Nueva Orleans con una docena de pobres italianos y se practica en todas las regiones apartadas con polacos, mexicanos, negros, italianos, etc. ¿Qué sucede con los negros á pesar de que tienen todos los derechos civiles? Si alguna vez quieren ejercerlos en los Estados del Sur, se les recibe á balazos. Pero lo más grave es que á pesar de que esos crímenes son frecuentes y de que los que los perpetran son gente bien conocida, las autoridades no los castigan ni el público los reprueba. Es un hecho que entre nuestros invasores sólo con dinero se obtiene justicia. Ni un solo hombre rico ha sido ejecutado entre los yankees, á pesar de que en las clases ricas se cometen más delitos que en las otras.
Se nos dirá que exageramos y que es imposible que tal estado de cosas no fuese denunciado. No relatamos sino hechos conocidos, públicos en San Francisco, por ejemplo. La maldad siempre se ha cubierto con el manto de la hipocresía y por medio de ardides se logra lo que la razón no alcanza. El mal es tan universal en estos tiempos, que todos se interesan en ocultarlo como el leproso esconde sus llagas y el sifilítico sus lacras.
Cuando en Abril de 1896 el Congreso anglo-americano discutía la cuestión de Cuba, la Prensa Asociada, un sindicato que da noticias á los periódicos, inventó á sangre fría la noticia de que los Españoles en Cuba habían martirizado secretamente á cuatro patriotas cubanos con el garrote, el más cruel de los instrumentos de la Inquisición, se agregaba. Pocos días después algunos periódicos corrigieron la noticia, diciendo: que los cuatro patriotas eran cuatro asesinos negros, y que el garrote no era sino el instrumento para ejecutar á los criminales, infinitamente más humano que la cuerda usada por los yankees y que prolonga la agonía de los ejecutados hasta más de 15 minutos. ¿Qué fines perseguía el sindicato llamado «Prensa Asociada?» Influir en las discusiones de la Cámara de representantes.
Se nos dirá que tan crasa ignorancia se limita á las masas cuya instrucción y criterio son periodísticos; no, un Judío rabí, muy popular por cierto entre las masas y profesor en la Universidad del Estado de California, dijo, que la reina Isabel primera de España, había sido castigada por Dios privándola de tener hijos por sus muchas crueldades! La misma lumbrera de la historia afirmó en Abril de 1896, que los derechos civiles que las mujeres quieren tener entre los yankees, ya los habían obtenido en Roma, y que todo el mundo conocía los resultados que dieron.
Una de las tendencias de los hombres es la exageración de su poder y el querer explicar los acontecimientos como obras propias. De aquí nació dar á los dioses la forma humana y dotarlos con las pasiones y flaquezas del hombre. Esta tendencia, bien exagerada entre los yankees, ha exaltado en ellos su orgullo y vanidad á un grado sumo, y la arrogancia de que dan pruebas á cada paso lo corrobora. Olvidan que así en el mundo inanimado como en el orgánico, en el intelectual como en el moral, en el político como en el social, poco es lo que una época produce de nuevo y ventajoso, menos aún lo que un individuo añade por sí mismo á los progresos de su edad. La última molécula de materia que produce la cristalización en una solución saturada, no posee en sí la virtud de crear el fenómeno; es el conjunto de moléculas anteriormente disueltas, unido á ella, lo que determina la formación del cristal. Estos principios elementales de la ciencia y de la filosofía los olvidan á cada paso los anglo-americanos y causa risa oirles hablar de Edison, por ejemplo, porque no hay para ellos Física sin el inventor del fonógrafo y porque no parece sino que este inventor ha creado la electricidad.
En el orden político y social los grandes hombres anglo-americanos nos los pintan perfectos sus historiadores, sin verrugas, no como á Cromwell, y no se conoce historia yankee donde no se pinte á Washington como dechado de sencillez republicana y modelo de virtudes cívicas y de austeridad, á pesar de que sus mismas cartas enseñan, proclaman, que era un aristócrata orgulloso y que pasaba parte de su vida en fiestas en que se bebía mucho vino; los yankees le llaman padre de la Patria, y la verdad es que Tomás Pain y Jefferson tienen más derecho á ese título; cierto es que éstos eran libre-pensadores y que olían mal á los olfatos hipócritas de los descendientes de los puritanos. No negamos á Washington sus grandes méritos, no le regateamos ningún elogio, es uno de nuestros santos, pero no admitimos que se le presente como hombre exento de imperfecciones y defectos. Lo propio pasa con Lincoln; sus compatriotas, por la exageración propia de ellos, lo ensalsan por la emancipación de los negros, no obstante que todos saben que jamás tuvo la idea de emanciparlos y que lo hizo obligado por los yankees del Norte, que careciendo de esclavos, adoptaron la medida como acto de represalia contra el Sur y no como acto de justicia y humanidad.
Al lado de los feos lunares de la civilización anglo-americana, se encuentran sorprendentes adelantos del orden puramente material. El inmenso desarrollo de los ferrocarriles y telégrafos, la magnificencia y esplendor de las ciudades, las riquezas acumuladas y todo lo que no pertenece al orden moral é intelectual, son muy superiores entre los yankees á todo lo europeo del mismo género. Esta sorprendente civilización material de nuestros vecinos del Norte, ha originado que se califique de extraordinario al pueblo yankee por los espíritus superficiales que creen en la generación espontánea y en la idea absoluta de civilización. Esta, como todas las cosas, es relativa y depende del trabajo sucesivo de todas las generaciones que conduce á nuestra especie hacia un límite que consiste en el orden social más conforme á nuestra naturaleza y á nuestra situación en el planeta. Dicho límite no puede alcanzarse inmediatamente, como lo han supuesto los yancófilos, y se alcanza de acuerdo con una marcha natural necesaria que marca los pasos de toda evolución. El Positivismo ha descubierto las leyes de esa evolución progresiva y á ellas no se sustrae la nación que tuvo por núcleo al pueblo inglés.
Nada maravilloso tiene el progreso de los yankees cuando se reflexiona un poco sobre sus orígenes. Por una parte, los colonos que han poblado el país se encontraron en presencia de grandes riquezas naturales; por otra, destruyeron á los aborígenes que eran para ellos un obstáculo á sus adelantos, y por otra más el elemento industrial europeo del tiempo de las guerras religiosas, expulsado de Europa por su fanatismo, fué el que pobló en su origen el país de que hablamos. No negamos cualidades á los anglo-americanos, pero hay diferencia entre concedérselas y admitir que son un prodigio de hombres cuando nada sobrenatural constituye la explicación de sus grandes adelantos. Tampoco debe sorprendernos el elogio hiperbólico tributado á los yankees si atendemos al carácter de nuestra época. La situación general de las sociedades europeas, desde el siglo XIV se caracteriza por la subordinación del progreso moral al progreso material é intelectual; en el presente siglo dicha situación ha empeorado y el progreso intelectual se subordina actualmente al progreso industrial. La ciencia no se concibe por ahora sino como un auxiliar de la industria, y el arte no es más que un medio de perfeccionar los procedimientos de satisfacción personal que la industria crea. Con tales ideas, la palabra progreso significa desarrollo industrial ilimitado. De aquí que para un gran número de espíritus activos, el ideal de la civilización consiste en transportarse rápidamente de un sitio á otro y en comunicar sus impresiones instantáneamente de un lugar á otro. Se considera en estos tiempos como más importante la rapidez del transporte que la calidad de los cerebros transportados y como más urgente el perfeccionamiento del telégrafo eléctrico, que el mejoramiento de los sentimientos é impresiones que transmite. Resumiendo, se cree más necesario descubrir nuevos medios, que moralizar el empleo de los que ya existen. Nada extraño tiene de consiguiente, que se proclame la gran superioridad del pueblo yankee sobre los demás pueblos por encontrarse en él los mejores medios de transporte y los más perfeccionados para la instantánea transmisión de las ideas. Desde principios del siglo ha llamado la atención á todos los observadores el carácter de la civilización anglo-americana; el Gral. Bernard escribía en 1817 ó 1818 una carta á Augusto Comte, en la cual, después de lamentar amargamente el espíritu puramente práctico de los yankees, agregaba para concluir: «Si Lagrange viniese á los Estados Unidos, no podría vivir aquí sino como agrimensor.»
Si de la sociedad pasamos á su representante, ó sea al Estado, nada hay que admirar entre los yankees.
Un gobierno cuyo jefe da gracias á Dios por las victorias de su ejército y que cree, por tanto, en la influencia de agentes sobrenaturales en la dirección de los asuntos terrestres, enseña claramente que está compuesto de personas que se hallan apenas en el estado preliminar de evolución de nuestra especie, y trae á la memoria al Dios de Tirso, á que alude el ilustre escritor en los versos siguientes:
Pasaron ya los tiempos en que se creía que la forma más ó menos avanzada en que se constituye políticamente una sociedad, cambia su esencial modo de ser, y pasaron gracias á Augusto Comte, que nos enseña que los fenómenos sociales dependen del estado general de la cultura de los pueblos, de su mayor ó menor progreso intelectual y moral. Un observador tan sagaz como Herbert Spencer, ha calificado á la Constitución anglo-americana como Constitución de papel, es decir, que el «pueblo soberano» yankee no es sino un maniquí manejado por políticos de baja clase que especulan de manera muy escandalosa. Las instituciones de nuestros vecinos serán excelentes consideradas en abstracto, prácticamente no han conducido á ningún resultado superior, y sí han producido una corrupción gubernativa de la que no hay ejemplo en la historia. Todos los que conocen un poco la democracia anglo-americana, nodriza de la corrupción política, saben bien lo que significa el nombre de Tammany, cuya última victoria, victoria de corrupción, ha entusiasmado á los europeos por la pureza de sus administraciones en parangón con la municipal de Nueva York. Un concienzudo escritor inglés, S. H. Swinny, refiriéndose á dicha última victoria, ha dicho: «El pueblo de Nueva York acaba de declarar por medio de su voto, que prefiere la corrupción municipal á la malvada tiranía de los que se declaran santos á sí mismos.» En el ensayo de Herbert Spencer sobre el Gobierno Representativo hay algunos elocuentes testimonios de la corrupción del Ayuntamiento de Nueva York, que es crónica y data de hace muchos años. El número, el dinero y muy pronto el sable son las tres grandes fuerzas sociales de la gran democracia anglo-americana, en la que los «boss» y los «trusts» y los ejércitos de «pensionistas» regentean votos para el que les ofrece mejores recompensas en empleos, en modificaciones al arancel ó en aumento á las pensiones. ¡Oh democracia, tú también eres un sueño! exclaman los jóvenes entusiastas de cinco lustros no cabales, al conocer el federalismo yankee y al recordar al célebre romano.
Que el número es una gran fuerza social entre los yankees, lo prueba la guerra con España y lo prueba mejor aún el hecho de que hayan pisado en son de guerra nuestro territorio, realizando la más insolente y la más injustificada de las invasiones que conoce nuestra especie.
Los anglo-americanos instruidos piensan ya en que su pais puede llegar á ser el que gobierne material é intelectualmente al mundo, y como lo piensan y dicen de buena fe, hay que atribuirlo á una candidez. En efecto, semejante papel no está reservado á una nación que se ha ocupado exclusivamente en luchar contra la naturaleza hasta estos últimos tiempos y cuyas energías se han absorbido en esa lucha; á un pueblo completamente incapaz para tan elevado puesto por su situación y sus antecedentes y por su falta de grandeza de miras en lo que atañe al progreso colectivo, que se ve con el mayor desdén en la tierra clásica de la libertad individual asociada á la opresión industrial, en el país del individualismo más grosero asociado al materialismo industrial.
Arcaica, primitiva, conocida de antaño es la civilización yankee, que emana directamente y sin mezcla alguna de la occidental ó europea; pero los jingoes no han querido considerarla así, y despreciando la esencial diferencia entre ella y la hispano-americana que es la resultante de la fusión de dos civilizaciones distintas, las han parangonado con motivo de la insurrección de Cuba para denigrar á España por habernos dado una civilización atrasada, retrógrada y desordenada. Con un marcado desprecio se han ocupado de nosotros los hispano-americanos, los políticos jingoes yankees é ingleses, y poco ha faltado para que nos inviten á estudiar las primeras nociones de lectura en sus escuelas primarias. Nos han declarado casi indignos de habitar el continente donde viven los descendientes de los colonos ingleses en América, los jingoes yankees y sus padres. Los que han favorecido la intervención yankee en Cuba han presentado como prueba de que toda civilización española es mala, el atraso de los pueblos hispano-americanos, mientras que los partidarios de la dominación española en Cuba han encontrado en los característicos desórdenes de las naciones que rompieron el yugo español, un gran argumento contra la independencia Cubana. Unos y otros han cometido el viejo sofisma que consiste en juzgar á un país por sus diferencias con otro país standard.
No tememos la comparación entre las emancipadas colonias españolas y la antigua colonia de ingleses; nuestros progresos habrán sido lentos (slows, como dicen los que se titulan nuestros superiores) aun cuando de rápidos califican muchos á los que hemos realizado en el último cuarto de este siglo; pero en muchos importantes puntos nos hemos manifestado superiores al gran pulpo de Norte América. Estos progresos rápidos nos han rodeado de un grave peligro, el que corremos si la falta de prudencia nos empuja á gastar nuestras fuerzas en querer lograr de un salto el mismo nivel industrial que los yankees.
En todas las repúblicas hispano-americanas la civilización es esencialmente pacífica é industrial, y ninguna de ellas presenta el triste espectáculo de los anglo-americanos que pasan de un estado de paz á uno de guerra, que de sociedad industrial se convierten en sociedad de presa, que de actividad pacífica se transforman en actividad guerrera. La rapacidad de los padres de los yankees, que parecia comprimida en los hijos, vuelve á surgir después de haberse saciado durante medio siglo con el medio cuerpo de que nos despojaron.
Ninguna acusación de rapacidad puede formularse contra tas repúblicas hispano-americanas, y si bien es cierto que algunos diplomáticos de nuestro país han tenido el inmoral pensamiento de que nos anexemos Centro América, no menos lo es que jamás se han atrevido á emitir á las claras sus ideas, y menos aún por escrito, debido al temor que les ha inspirado la certeza de alcanzar entre nosotros una universal reprobación.
Deshonroso es para los hijos de los ingleses de América el no haber sabido apreciar las ventajas de una sociedad en la que el ejército por su número y sus funciones tenia los caracteres de una verdadera gendarmería; vergonzoso es para los mismos demostrar con elocuentes hechos, que no decian la verdad los publicistas que decian: la creencia que habian reputado como ilusión muchas personas, relativa á la posibilidad de vivir sin guerras, ha encontrado una prueba entre los anglo-americanos, y la esperanza en el reinado de la paz entre las naciones es entre ellos un precedente y una confirmación.
Las consecuencias de la guerra actual no escapan á la penetración común de las gentes, los E. E. U. U. de N. A. sostendrán un gran ejército y una numerosa armada, la ambición de adquirir de la raza anglo-americana quedará por lo pronto satisfecha con la adquisición de nuevos territorios y McKinley y sus colaboradores cargarán con la responsabilidad de haber convertido á su país, de país que profesaba amor á la justicia y respeto á las libertades ajenas, en nación conquistadora. Un pueblo que retrocede del estado industrial á la actividad conquistadora ó guerrera, va en busca de su propia derrota é inaugura su decadencia histórica; creemos que ésta comienza para el gigante de Norte-América.
La historia de la proclamación de la república en el Brasil y de la rebelión contra el nuevo Gobierno son la mejor prueba de que los brasileños son capaces de defender y sostener su incomparable divisa: «Orden y progreso.» En los años de 1886 á 1896, llenos de trastornos para los brasileños, el comercio marítimo del Brasil aumentó en más de la mitad de lo que era anteriormente, mientras que el mismo comercio de la Guayana Inglesa permaneció casi estacionario.
Los pueblos hispano-americanos al emanciparse de la Metrópoli, se encontraron en presencia de tres grandes peligros, uno de ellos muy serio, los otros menos serios pero siempre reales. El primero era el considerable poder político del clero católico, que continuaba gozando del mismo prestigio que en la época colonial, en la marcha de la sociedad. La gran campaña efectuada contra la dominación clerical en la América latina, cuyo glorioso comienzo inició el Dr. Francia en el Paraguay y cuyo último resultado ha sido el rompimiento con la Iglesia en el Brasil, como consecuencia de la gloriosa revolución de 1889, alcanzó su triunfo más espléndido con la luminosa victoria intelectual y moral del hombre de Estado más grande de América, del incomparable Benito Juárez.
Otro de los peligros con que hemos tropezado, ha sido nuestro furor por las instituciones de los yankees. Efectuamos nuestra independencia los hispano-americanos, una generación después que los yankees. Al efectuarla encontramos próspera y libre á la república anglo-americana, y muy seriamente creimos que tomando sus instituciones por modelo seriamos tan felices como ella. No tuvimos en cuenta que las instituciones copiadas no eran artificiales sino naturales, no nos fijamos en que tenían su origen y debían su vitalidad á un pasado, al que habían sido totalmente extrañas las colonias españolas. El Parlamento Inglés, la Asamblea General de Virginia, las reuniones de las ciudades de Nueva Inglaterra, los miembros del gobierno propio de las iglesias, la oposición de las sectas rivales, etc., todos estos antecedentes nos eran desconocidos, y por haber desconocido las huellas profundas de nuestro pasado y haber querido adaptar á un medio diferente del yankee las instituciones de este pueblo, provocamos la anarquía y vivimos en pleno desorden durante muchos años. Ese desorden lo aprovecharon los yankees en sus vecinos los mexicanos, para saciar sus apetitos desordenados. Cuánto mejor hubiese sido que nos hubiéramos contentado con desarrollar nuestras fuerzas sin pensar en imitaciones! Todo nuestro pasado colonial habia sido una convergencia completa de todos los elementos directores hacia una autoridad central, y la huella fué tan profunda, que en toda la América latina, las dictaduras constitucionales han sido hasta hoy las mejores formas de gobierno.
Por lo que atañe al tercer peligro, apenas reconocido, consiste en la impaciencia nuestra por pregonar que tenemos muchas obras materiales, por decir que somos unos pequeños yankees. En la América Española, las obras públicas, como ferrocarriles y tranvías, alumbrado eléctrico y canalización y drenaje de las ciudades, mejoramiento de los puertos y alumbrado de las costas, construcción de palacios y de sitios de recreo, etc., han caminado más aprisa que la acumulación del capital. Estas obras se han efectuado casi siempre con capital extranjero y los intereses de los empréstitos contratados para el efecto tienden á tener y tienen de hecho los caracteres económicos de un tributo (Véase la Economía Política de John Stuart Mill, Libro III, cap. 21, sección 4ª, edición inglesa); de manera que los pueblos hispano-americanos no sólo pagan intereses, sino que sufren una pérdida adicional por verse obligados á sufrir las condiciones de los mercados extranjeros que les venden caro y les compran barato. Es necesario, de consiguiente, al tener en cuenta las ventajas de toda obra pública, cuando se hace con dinero extraño, no sólo si pagará los intereses, sino también si su utilidad es tal que compense la carga que resulta del perjudicial efecto que acarrea la sujeción á un mercado exterior; el olvido de esta consideración pone en peligro á los pueblos latinos de América, de convertirse en simples tributarios de sus acreedores de Europa y de crecer pobres en medio de las apariencias de una gran riqueza.
Ninguno de los peligros ó tropiezos que han hallado en su marcha los pueblos ibero-americanos, tuvieron los yankees en su desarrollo y nada tiene de extraño por lo mismo que hayan progresado más que nosotros; para nosotros el camino ha estado lleno de espinas, ellos se han paseado sobre alfombra de fragantes rosas. Y sin embargo, no debemos envidiarlos; demos las razones.
El orgullo de raza, obstáculo el más grande para la fraternidad humana, el defecto de ridiculizar el patriotismo, el inmoderado amor al oro y demás caracteres del yankee, no han echado raíces en los puebles latino-americanos. Los descendientes de los aborígenes que poseían tierras en la América española ó de los negros emancipados, continúan poseyendo sin que nadie los despoje y toman parte en la vida pública de sus respectivos países, sin temor y sin insulto. En los E. E. U. U. de Norte América los indios fueron declarados sin derecho á la existencia y la sangre de los negros asesinados clama al cielo venganza.
Los pueblos hispano-americanos no han protestado contra los horrores de las prisiones de Siberia ó los asesinatos de Armenia; no envian misioneros á convertir á los gentiles; pero al menos en lo que atañe á sus ciudadanos de color, no son reos de esa mezcla de tiranía é insulto que mancha la civilización yankee por su tratamiento á los chinos, á los indios y á los negros. Nunca ha llamado la atención entre los anglo-americanos encontrar á una tribu de indios preparándose para buscar abrigo ó refugio en México, ni ver salir á los negros que les niegan una carrera en su propia patria, con rumbo al extranjero, donde resultan eminencias. En México, los indígenas saben bien que el Presidente de la República los recibe y trata afablemente, y no es raro ver que los salones de la Presidencia estén llenos de humildes labradores que estrechan sin dificultad la mano del Jefe del Estado. Cuando el negro José Knight, capitalista de Guatemala, volvió á visitar el plantío de Alabama en donde nació como esclavo, para ver á sus antiguos camaradas y á la viuda de su amo, la cual vivía de su generosidad y á cuyo hijo ocupaba como empleado, se sentía humillado á cada paso con las restricciones insultantes impuestas á los negros en su patria, se vió obligado á viajar sin la compañía de sus compatriotas blancos en los ferrocarriles; lo relegaban á los peores asientos en los teatros y por todas partes lo trataban como hombre de raza inferior. En Guatemala había sido un eminente consejero de dos Presidentes y había recibido la consideración que merecía por su probidad y espíritu público. En su tierra natal no hubiera podido tomar la más pequeña participación en la vida pública, sin correr un gran peligro. Acusado de un crimen, se habría visto privado de las garantías más comunes de la justicia, habría sido objeto de un crimen y se habria visto á su asaltante escapar de la cárcel sin castigo alguno.
No, mil veces no; la libertad no se halla exclusivamente entre los yankees, Herbert Spencer lo ha dicho: hay entre ellos pérdida de substancia de la libertad. Los pueblos hispano-americanos tienen sus buenas cualidades, propias de ellos, y sus títulos para que se les honre y se les respete. ¿Estaremos en un error al afirmar que en algunos puntos somos superiores los latino-americanos á los yankees? No lo creemos ni creemos necesario profundizar el paralelo para crear la convicción en nuestros lectores.
De las diferentes naciones que tuvieron colonias en América, sólo España é Inglaterra han dejado una herencia de civilización. Los restos del antiguo imperio colonial de España los pierde España en estos días, pero las leyes, las tradiciones, las costumbres, la lengua, la religión españolas, etc., están destinadas á vivir y á compartir con las de Inglaterra el futuro glorioso del Mundo de Colón. Ojalá que las dos civilizaciones, la hispano y la anglo-americana, puedan vivir juntamente, en harmonía y mutuo respeto, trabajando por la felicidad del género humano. Ojalá que las dos se confundan en una misma, constante y noble aspiración: vivir en paz y atendiendo paralelamente al desarrollo de los buenos sentimientos, de la inteligencia y de la actividad.
Como social é históricamente no hay diferencia sensible entre Portugal y España, cuanto decimos de esta nación debe subentenderse que se aplica á la primera.
Las repúblicas hispano-americanas, á causa de las guerras de independencia y á causa también de una política de incuria con la Metrópoli, tienen poca simpatía por España y desconocen los lazos de cercano parentesco que las ligan con la civilización española. Por otra parte, las ideas revolucionarias y metafísicas que penetraron en nuestros países después de la Independencia, nos alejaron más todavía de España y colocándonos exclusivamente en un punto de vista material, nos condujeron á la ciega admiración de la sociedad anglo-americana que no considera al hombre sino como una máquina de producción. Afortunadamente, comienza á variar la opinión y una vigorosa tendencia á la integración de todos los elementos que constituyen la gran familia española en el Viejo y en el Nuevo Continente, domina ya los cerebros pensadores de los iberos é ibero-americanos. Sin embargo, desconocemos á tal grado la civilización española, que hemos creido obra útil esbozarla al mismo tiempo que la anglo-americana para que se comparen. Importa saber de donde venimos, cuáles son nuestras cualidades y cuáles nuestros defectos para que sepamos conducirnos en el camino que sigamos, aprovechando todos los elementos que poseemos.
España entró á la corriente progresiva de la Humanidad por la conquista romana, y su incorporación al pueblo conquistador por excelencia fué tan completa, que en poco tiempo se apropiaron los españoles las costumbres, la legislación y la lengua romanas. Mi venerable Director Pierre Laffitte, en su ya citado estudio sobre la civilización militar, se expresa de los Españoles así: «......fueron sin duda alguna los que más pronto y de modo más completo se convirtieron en romanos. Fueron el primer pueblo subyugado por Roma fuera de Italia, y desde el tiempo de Sertorio enviaban á sus hijos á las escuelas romanas y se esforzaban por imitar á sus vencedores en el traje, en los usos y en el habla. Hacia la mitad del primer siglo, aparecen por todas partes y quieren reemplazar las viejas y agotadas razas romana é italiana. El filósofo y el poeta de la época son cordobeses: Séneca y Lucano. Al rededor de ellos figuran toda una multitud de literatos y sabios del mismo país; los dos hermanos de Séneca, Sextilio Hena, Estatirio Victor, Moderado Columela, Turanio Gracilio y el geógrafo Pomponio Mela; y más tarde Quintiliano, Marcial y Eneas Floro. Pronto se convierte en poca cosa el hecho de brillar en las artes secundarias, para los ciudadanos originarios de Tarraconense y Bética; se ejercitan igualmente en el arte supremo, el que consiste en gobernar. Entonces, á los emperadores romanos de la familia de César y á los emperadores romanos de la familia Flavia, se suceden una serie de emperadores cuyo acento español provoca la risa cuando hablan en el Senado, pero cuyo genio y bondad son al mismo tiempo el honor y las delicias del género humano. El primero, grande igualmente como administrador y como capitán, merece que después de su muerte se desee á cada nuevo emperador que sea más feliz que Augusto y mejor que Trajano. El segundo, Adriano, emplea quince años de su reinado en recorrer sus Estados, cubre el país con caminos, canales, acueductos, templos, escuelas, circos, fortifica las ciudades, administra justicia, reforma y unifica la legislación y se inicia en todas partes en las costumbres y en las religiones. El tercero, amigo del reposo, proporciona al mundo los veintitrés años más tranquilos y más dulces de que se tiene noticia y recibe los títulos de padre de los hombres y de multiplicador de los ciudadanos. Con Marco-Aurelio, en fin, la filosofía sube al trono y gobierna á la Humanidad.» España forma, pues, parte integrante del principal núcleo civilizador por su asimilación perfecta de todas las manifestaciones de la vida civilizada romana. Aqui llamamos la atención de nuestros lectores sobre una teoría que proclama como regla para juzgar de la superioridad de una civilización, el examen de los caracteres fisiológicos de los individuos; esta falsa teoría desconoce por completo la influencia sucesiva de unas generaciones sobre las siguientes. La superioridad de una civilización consiste en la suma de influencias que ha ejercido y no en su adelanto presente en cualquier época que se le considere.
Después de la caída del imperio romano, España formó parte del vasto sistema occidental dirigido por el catolicismo y constituido por la feudalidad. En este concierto occidental, España desempeñó un gran papel y adquirió el renombre de nacionalidad original, enérgica y dotada de grandes cualidades sociales y morales. La situación geográfica de España y la memorable lucha de ocho siglos que sostuvieron sus hijos para recobrar de los moros el suelo de su patria, contribuyeron á formar de ella una poderosa nacionalidad. Las dificultades y vicisitudes de esa lucha y su duración varias veces secular, dieron al carácter español energía y perseverancia indomable, cualidades que salvaron á España de la infame invasión de Bonaparte. Además de esas cualidades que adquirieron los Españoles en la lucha contra los moros, robustecieron su fe y crearon una verdadera fraternidad entre todas las clases, logrando que el sentimiento de la dignidad humana se extendiese á toda la sociedad.
Al mismo tiempo que el pueblo español sentía la importancia capital de su papel en los combates contra los árabes, crecía á sus propios ojos en valor y en dignidad. Orgulloso y respetuoso á la vez, destruyó antes que otros, todos los restos de la antigua esclavitud. «La necesidad de mantener en movimiento una población numerosa y armada, dice el juicioso historiador inglés Hallam, daba á las clases inferiores un carácter de libertad personal y un conjunto de privilegios de que apenas se tenía idea en las otras monarquias en una época tan atrasada. La condición de los campesinos privados del ejercicio de los derechos civiles, no ha existido nunca en los Estados hispano-góticos. Declararé, sin embargo, que no era totalmente desconocida en el reino de Aragón, cuyas instituciones se habian modelado sobre el feudalismo. Siendo una verdad que nada contribuye tanto á borrar las distinciones arbitrarias de las categorías, como la participación en una calamidad común, cada uno de aquellos hombres que habian sobrevivido al gran naufragio de la libertad y de la religión, en las montañas de Asturias, se rodeó de cierta dignidad que lo ennobleció á sus propios ojos y á los de sus conciudadanos. Es de presumir, que este sentimiento, transmitido á la posteridad, haya producido insensiblemente, por su influencia sobre el carácter nacional, las maneras distinguidas que los viajeros observan en el campesino castellano.» (Hallam, Europa en la Edad Media. Traducción francesa, tomo I pág. 324).
Hay un carácter de la civilización española que aunque existe en los otros pueblos europeos, presenta en España mayor intensidad y extensión. Nos referimos al perfeccionamiento de la familia por medio de la elevación de la mujer en dignidad, en pureza y en ternura, y por su mayor influencia sobre el hombre y la sociedad. La poesía española en sus principales producciones, romances, novelas y dramas, se ha consagrado casi exclusivamente á pintar é idealizar los diferentes cuadros de la vida doméstica, y en todas las producciones literarias de España resplandece el amor y el culto á la mujer con el fuego y entusiasmo y los sentimientos caballerescos propios de los meridionales. Abundante y original tenía que ser la literatura española como consecuencia de un estado social bien caracterizado y ninguna otra literatura moderna nos ha dejado una pintura más viva y más completa de las costumbres, de las creencias y de los sentimientos de un pueblo, que la que nos legaron los españoles. Desde los griegos hasta nuestros días sólo en España se ha realizado la condición esencial de las grandes producciones estéticas, la concordancia de sentimientos é ideas entre el poeta y el público. La maravillosa composición de Cervantes, la luminosa constelación de autores dramáticos españoles y los incomparables romanceros de España son suficientes para engrandecer á un pueblo.
Por su pasado y por un conjunto de fatales circunstancias políticas, España fué destinada á ser el centro de la resistencia católica, tan necesaria para evitar el triunfo universal del protestantismo que habría retardado la emancipación final del Occidente, y soportó un régimen de opresión que pesa todavía sobre su desarrollo intelectual. El teologismo manifestó libremente en España su oposición á todo movimiento de la actividad pacífica y acabó por matar la industria española cuya decadencia se inició con las salvajes medidas tomadas contra los Judíos y los Arabes. Esta acción paralizadora y retrógrada, ejerció una influencia tanto mayor cuanto que la concentración política excesiva que reinaba en España, ponía todo en las manos de un gobierno todo-poderoso é íntimamente ligado con la Iglesia católica. Los espíritus activos españoles que hubiesen podido contener este movimiento retrógrado, hallaban la compensación en las colonias, partían para el Nuevo Mundo, «de manera que no es dudoso, como lo dice Augusto Comte, que para esta enérgica nación, la expansión colonial contribuyó á retardar gravemente la evolución fundamental.» El gran número de espíritus selectos de España que figuran en nuestra historia colonial, pone de relieve el abandono de la sociedad española al teologismo retrógrado. Las condiciones que acabamos de esbozar, fueron las que detuvieron á España en su marcha progresiva.
El catolicismo no es en España una potencia tan absoluta como se le cree, y el viajero encuentra, si trata á la sociedad española, un número considerable de espíritus emancipados aun en el seno de los proletarios. Lo que si creemos innegable es que ninguna doctrina moderna ha logrado despertar simpatías en la masa del pueblo español.
España se ha quedado atrás sin contribuir sensiblemente al desarrollo científico, filosófico é industrial de los últimos tres siglos. En cambio, el soplo devastador del excepticismo religioso y del egoísmo industrial no ha secado los corazones españoles y éstos han conservado en toda su pureza las nobles cualidades adquiridas en los siglos anteriores. Poseen los españoles en mayor grado que otros pueblos, el sentimiento de la dignidad humana, fundamento esencial de la moralidad; combinan con un poderoso espíritu de nacionalidad, un gran sentimiento de fraternidad universal que se observa en todo el país y en todas las clases sociales. En España es en donde los servidores de las familias se consideran como verdaderos miembros de ellas. La encantadora y profunda sociabilidad de los españoles, sus maneras amables y distinguidas, las reconocen cuantos han tenido ocasión de tratar con ellos. Su corazón no está empedernido por el desenfrenado industrialismo de la época y está lleno de afectos generosos. En España encuentran los europeos el mejor tipo femenino, el que auna en maravillosa combinacion la belleza y la ternura, el valor y el entusiasmo, que dan á la mujer española un encumbrado lugar que se afirma por el hecho de conservar su indispensable influencia doméstica y social.
Escuchemos al historiador inglés Thomas Buckle, que puede reputarse como enemigo de los Españoles, por su profundo odio contra el catolicismo y todo lo católico. Dice lo siguiente: «El valor del pueblo Español no se ha puesto nunca en duda, y el puntilloso honor del hidalgo Español es proverbial en el mundo entero. En cuanto á la nación en general, los mejores observadores declaran que los Españoles son nobles, generosos, francos, íntegros, amigos sinceros y serviciales, afectuosos en todas las relaciones privadas de la vida, caritativos y humanos. Su sinceridad en materias religiosas es incontestable. Son además eminentemente sobrios, y su frugalidad es bien conocida. La probidad comercial española es proverbial y resplandece en todas sus relaciones mercantiles. Seguramente, si se considera en masa, no hay pueblo más humano que los Españoles, ni pueblo cuyos sentimientos hacia sus semejantes sean más benévolos. Desde este punto de vista, los Españoles están probablemente más bien por encima que debajo de las otras naciones.»
En resumen, excelentes disposiciones morales en el conjunto de la población y un atraso indiscutible en el desarrollo intelectual é industrial, pero no absoluto y menor que el de otros países, caracterizan actualmente á España.
Para nosotros, positivistas de la escuela de Augusto Comte, el progreso moral, es decir, el predominio del altruismo sobre el egoísmo, debe considerarse en primer término al apreciar el grado de perfeccionamiento alcanzado por una civilización. Sostenemos con el Maestro que, consistiendo en el fondo nuestra evolución en desarrollar nuestra unidad, es preciso tratar como abortados, ó considerar como puramente preparatorios, todos los progresos de la inteligencia y de la actividad que no influyen en nada sobre el sentimiento, origen exclusivo de la susodicha unidad.
El individualismo y el egoísmo han alcanzado proporciones colosales entre los anglo-americanos y casi han llegado éstos á idealizar al hombre que posee grandes riquezas, aun cuando las haya adquirido engañando á sus semejantes.
Llegamos al término de nuestro ensayo y esperamos que se nos juzgará por las sentencias que encabezan este trabajo. Salvo el plan de estas reflexiones, nada es nuestro, todo es de nuestros Maestros Augusto Comte, Pierre Laffitte y sus discípulos que nos son conocidos. Para los positivistas de la escuela de Comte, nada extrañas serán nuestras conclusiones, para otras personas tal vez lo sean; decimos tal vez, porque tenemos confianza en nuestro método y lo juzgamos capaz de convencer, aun cuando no nos forjamos ilusiones sobre los resultados á que conduce, manejado por cerebros inexpertos. Si la verdad no ilumina nuestras afirmaciones, no se culpe al método positivo, sino al que no ha sabido manejarlo.
Como positivistas, somos enemigos por principio de las colonias y creemos firmemente con Augusto Comte, Pierre Laffitte, Herbert Spencer y otros, que España prosperará más desde el día en que pierda por completo las posesiones que le quedan. En cambio, afirmamos que los yankees caminarán á su ruina si se dedican á colonizadores.
Creemos sinceramente en la futura grandeza de España; las virtudes del pueblo Español salvarán y engrandecerán á la patria de Calderón y de Cervantes. Los Españoles cuentan con el progreso más precioso y más difícil de obtener, el progreso moral, y rápidamente podrán apropiarse los progresos científicos é industriales de los otros países; mientras que los anglo-americanos, con grandes dificultades llegarán á adquirir los hábitos sociales y morales que se necesitan para alcanzar plenamente el régimen pacífico hacia el cual marcha la Humanidad. Nuestra fe en el futuro engrandecimiento de España fue engendrada por las profundas palabras de nuestro gran Maestro, que hoy repetimos con él enérgicamente y con verdadera convicción: Comparándose á las naciones protestantes, la nación Española está autorizada á proclamar su superioridad moral y social, de ningún modo neutralizada por su inferioridad teórica y práctica.
México, 23 Dante 110.—Tomás de Kempis.—Agosto 7 de 1898.
Agustín Aragón,
5ª de Carpio 2817.
Nacido en Jonacatepec (Estado de Morelos)
el 28 de Agosto de 1870.