Derrocado el secular Imperio de los Incas, ondeando triunfante el estandarte de Castilla desde Túmbez hasta el Cuzco, creían los vencedores asegurada su dominación en las auríferas tierras peruanas, cuando un acontecimiento inesperado vino á poner en grave aprieto el naciente poderío español: el alzamiento, en 1536, de los indios, los cuales, en formidable número, sitiaron el Cuzco, guarnecido solamente por 180 españoles de á pie y de á caballo.
Tres veces incendiaron la ciudad los sitiadores, arrojando piedras hechas ascuas y flechas encendidas sobre los techos de paja de los edificios, y otras tantas veces, sin ningún esfuerzo por parte de los sitiados, se apagó el fuego. Refiérenlo así los antiguos cronistas como los modernos historiadores, desde Cieza de León hasta W. Prescott.
Atribuyóse por todos á favor divino, con especialidad á la protección de la Virgen María, á quien, no sólo nuestra gente, sino los indios, declaraban haber visto con sus propios ojos, ornada de celestiales resplandores, sobre el paraje mismo en que había de alzarse después el templo consagrado á su culto.
Este poético episodio es el alma de la comedia de Calderón La Aurora en Copacavana. Y no digo el argumento, porque éste, como vamos á ver, es más amplio y complicado, si bien dicho episodio constituye en realidad el núcleo de la acción, en tales términos, que ha podido dar nombre á toda la comedia.
Subdivídese ésta en tantas otras piezas como actos, con asunto especial y propio: el primer acto se refiere en exclusivo á la primera llegada de Pizarro y los suyos á Túmbez; el segundo, al sitio del Cuzco y aparición de la Virgen; y el tercero, á la milagrosa imagen de Nuestra Señora de Copacavana. Los dos últimos actos tienen alguna relación y enlace; no así el primero con los demás, puesto que la Virgen no tiene en él arte ni parte, como en los otros.
Lígalos todos el poeta en una fábula interesante, invención de su ingenio: la historia de dos amantes, el indio Jupangui y la india Guacolda, que sirve de argumento secundario, pero general, á toda la comedia, desde el principio hasta el fin.
Guacolda, virgen consagrada al culto del Sol, ama á Jupangui, personaje principal de la corte del Inca Guaxcar, y es correspondida de Jupangui. Ámala también el poderoso Monarca, pero en secreto, hasta el día en que tocó en suerte á Guacolda ser sacrificada al Sol. Entonces el Inca no puede ocultar por más tiempo su ardoroso cariño, y lo confía, para que la salve, á Jupangui, bien ajeno de sospechar en él un rival
Guacolda, fugándose, resuelve el conflicto por el pronto. Búscala y hállala Jupangui, resuelto á morir con ella, cuando los sorprende el irritado Inca.
Son delicadas y poéticas las escenas en que Calderón nos presenta á los amantes pugnando á porfía cada uno por salvar al otro, atribuyéndose por entero toda la culpa. Mándalos Guaxcar matar; pero es impotente para conseguirlo, porque Guacolda se abraza á una cruz y Jupangui á un plátano, atributo de María, y no pueden arrancarlos de ellos los verdugos. Después de este prodigio, Guacolda y Jupangui se convierten, y son luego los mayores devotos de la Virgen, á cuyo culto se dedican toda la vida. Es Jupangui quien por sus toscas manos comienza á labrar la imagen de la Virgen de Copacavana, concluída después por ministerio de los ángeles.
El santuario de Copacavana es desde entonces en el Alto Perú, hoy Bolivia, lo que el de la Virgen de Guadalupe en Méjico. Hasta en sus orígenes guardan señalada relación las tradiciones de ambas Vírgenes. Ya el doctísimo Muñoz, en su Memoria sobre las apariciones y el culto de Nuestra Señora de Guadalupe de México, puso de manifiesto que la primera de estas apariciones se refiere á un indio; á un indio también, en la tradición peruana, se aparece la Virgen, sirviéndole de modelo para su imagen de Copacavana.
Desamparadas por sus antiguos dioses en los días de la derrota, las razas vencidas buscaban y encontraban igualmente en la Virgen María el puerto de su refugio y amparo, y en el culto de sus imágenes la satisfacción religiosa de sus corazones. Acaso, y sin acaso, nada haya influído tanto en la civilización de los indios, en su barbarie avezados á los sacrificios humanos, como el tierno y delicado culto de la Virgen María.
El de Nuestra Señora de Copacavana no sólo se difundió en el Perú, sino también por España. Sólo en Madrid recuerdo dos iglesias donde le erigió altares la piedad de nuestros mayores: la Parroquia de San Ginés y el derruído templo de San Antonio del Prado. En Madrid también salió á luz su historia, obra de Andrés de San Nicolás, en 1665, quince años antes de la muerte del madrileño cantor de la peruana imagen. Ya antes, en Lima, había sido escrita y publicada en prosa (1621) por Alfonso Ramos Gavilán, y en verso (1641) por Fray Fernando de Valverde. Diríase que su devoción y culto se propagaron tan rápidamente como en nuestros días los de Nuestra Señora de Lourdes. De todos modos, la comedia de Calderón será siempre fraternal vínculo y monumento de la fe americana y española.
Con relación á la conquista del Perú, y desde el punto de vista histórico, Calderon se ajusta unas veces á las tradiciones y crónicas, y en otras se aparta de ellas, rindiéndose en absoluto á la fuerza creadora de su ingenio. La llegada de los españoles á Túmbez, asunto del acto primero; el desembarco de Pedro de Candía; la cruz que deja plantada por señales,
se encuentra en el primer caso, y en el segundo las fieras, que se postran ante ella sumisas, y las flechas disparadas por los indios, que caen, sin tocarla, á su pie.
El sitio del Cuzco y aparición de la Virgen, del segundo acto, es el que contiene errores de mayor bulto, tales como los de atribuir dicho sitio á la segunda llegada de los españoles, el de poner al frente de los sitiados á Francisco Pizarro, y el de presentarnos al famoso conquistador escribiendo de su puño y letra á Carlos V y Felipe II la relación de sus victorias anteriores. Añádanse á éstos los de suponer reinando entonces á Guaxcar ó Huascar, tiempo antes muerto de orden de su hermano Atabaliba ó Atahualpa, y otros errores por el estilo. Y por lo que respecta al acto tercero, con decir que sigue generalmente á los historiadores de la imagen peruana, dicho está todo.
Ni la naturaleza, ni los indios, tales y como eran en los días de la conquista, ni las grandiosas escenas de audacia, valor, heroísmo y aun ferocidad verdadera de que dieron entonces señaladas pruebas los conquistadores, tienen en nuestra comedia el puesto natural y propio. Tejido de milagros, de alegorías convencionales y de escenas de amor, inverosímiles en los indios, trabajo costaría creer, si algunos rasgos felices no lo revelaran, que el autor de esta comedia es el mismo de La Devoción de la Cruz, y menos todavía del Alcalde de Zalamea.
Lo más extraño de todo es que poeta del vigor de Calderón no haya visto ni sentido la vigorosa figura de Francisco Pizarro, ejemplar y dechado como pocos de las excelencias y defectos del pueblo español en aquellos tiempos. Bien es verdad que ningún otro de los grandes conquistadores ha tenido tampoco la fortuna de inspirar con sus hazañas escenas de primer orden á nuestros autores dramáticos. Ténganlo en cuenta los que, sin pararse á comprobarlo, repiten uno y otro día que la historia de España en ambos mundos ha tenido su mejor órgano de expresión poética en nuestro viejo teatro.
DESCRIPCIÓN DE COPACAVANA