SEXTA PARTE
DEL PASTOR DE FILIDA

Possible cosa será que mientras yo canto las amorosas églogas que sobre las aguas del Tajo resonaron, algún curioso me pregunte: Entre estos amores y desdenes, lágrimas y canciones, ¿cómo por montes y prados tan poco balan cabras, ladran perros, aullan lobos? ¿dónde pacen las ovejas? ¿á qué hora se ordeñan? ¿quién les unta la roña? ¿cómo se regalan las paridas? Y finalmente todas las importancias del ganado. A esso digo que como todos se incluyen en el nombre pastoral, los rabadanes tenían mayorales, los mayorales pastores y los pastores zagales, que bastantemente los descuidaban. El segundo objeto podrá ser el lenguaje de mis versos. También darán mis pastores mi disculpa con que todos ellos saben que el ánimo del amado mejor se mueve con los conceptos del amador que con el viento las hojas de los árboles. La tercera duda podrá ser si es lícito donde también parecen los amores escritos en los troncos de las plantas, que también haya cartas y papeles: cosa tan desusada entre los silvestres pastores. Aquí respondo que el viejo Sileno merece el premio ó la pena, que como vido el trabajo con que se escribía en las cortezas, invidioso de las ciudades hizo molino en el Tajo donde convirtió el lienzo en delgado papel, y de las pieles del ganado hizo el raso pergamino, y con las agallas del roble y goma del ciruelo y la carcoma del pino hizo la tinta, y cortó las plumas de las aves: cosa á que los más pastores fácilmente se inclinaron. Desta arte podría ser que respondiese á cuanto se me culpasse; mas ya que yo no lo hago, no faltará en la necessidad algún discreto y benigno que vuelva por el ausente. Confiado en lo cual prosigo que la ausencia de Pradelio se sintió generalmente en el Tajo, porque era bueno el pastor para las veras y las burlas; bastante para amigo y enemigo, hombre de verdad y virtud y de nunca vista confianza; pero sobre todos lo sintió Siralvo, que en muchas cosas le tenía probado. Lloraron sus nobles padres Vilorio y Pradelia; cubrieron sus cabellos de oro las dos hermosas hermanas Armia y Viana, y la misma Filena, causa de la partida, bañó sus ojos en llanto en presencia del nuevo amor Mireno. Tal fuerza tiene la razón, que el que la niega con la boca con el alma la confiesa. Guíe el cielo á Pradelio, que donde quiera que vaya amigos hallará y patria quizás más favorable que la suya; y vueltos á los que quedan, sabed que los dos caudalosos rabadanes Mendino y Cardenio y el pastor Siralvo quedaron desta siesta de Diana tan desaficionados de los campos, tan enemigos de sus chozas y tan sin gusto de sus rebaños, que á pocos días ordenaron desampararlo todo y buscar sólo su contento; y entrando en acuerdo sobre el orden que tendrían, á Cardenio le pareció que en el bosque del Pino hacia la falda del monte se edificasse un albergue ancho y cubierto de rama, donde, apartados del concurso de la ribera, pudiessen expender las horas á su gusto. No le pareció á Mendino que el lugar era seguro para esto, antes sería fácilmente barruntado su propósito, por ser aquella parte visitada muchas veces de las Ninfas; á lo cual dixo Siralvo desta suerte: Yendo por el cerrado valle de los fresnos hacia las fuentes del Obrego como dos millas de allí, acabado el valle entre dos antiguos allozares, mana una fuente abundantíssima, y á poco trecho se deja bajar por la aspereza de unos riscos de caída extraña, donde por tortuosas sendas fácilmente puede irse tras el agua, la cual en el camino va cogiendo otras cuarenta fuentes perenales que juntas con extraño ruido van por entre aquellas peñas quebrantándose, y llegando á topar el otro risco soberbias le pretenden contrastar; mas viéndose detenidas, llenas de blanca espuma, tuercen por aquella hondura cavernosa como á buscar el centro de la tierra; á pocos pasos en lo más estrecho está una puente natural por donde las aguas passando, casi corridas de verse assí oprimir, hacen doblado estruendo, y al fin de la puente hay una angosta senda que, dando vuelta á la parte del risco, en aquella soledad descubre al Mediodía un verde pradecillo de muchas fuentes pero de pocas plantas, y entre ellas de viva piedra cavada está la cueva del Mago Erión, albergue ancho y obrado con suma curiosidad. Este es el solo lugar que os conviene, porque el secreto dél es grande y el apartamiento no es mucho. ¿Qué podréis allá pedir que no halléis? Todo está lleno de caza y de frescura, y aunque es visitado continuamente de las bellas Ninfas, no es lugar común á todos como el bosque del Pino, pues la compañía de Erión seros ha muy agradable. Éste sabe en los cielos desde la más mínima estrella hasta el mayor planeta su movimiento y virtud; en los aires sus calidades y en las aves dél y alimañas de la tierra lo mismo; en la mar tiene fuerza de enfrenar sus olas y levantar tempestades hasta poner sobre las aguas las arenas: la división de las almas irracionales y la virtud de la inmortal con profundíssimo saber. Pues llegando á los abismos las tres Furias á su canto, Alecto tiembla, Tesifón gime y Megera se humilla; Plutón le obedece y los dañados salen á la menor de sus voces. Pues de las penas de amor, sin hierba ni piedra, con sólo su canto hace que ame el amado ó aborrezca el aborrecido; y si le viene la gana vuelto en lobo se va á los montes, y hecho águila á los aires, tornado pez entra por las aguas, y convertido en árbol se aparece en los desiertos; no tiene Dios desde las aguas del cielo á las ínfimas del olvido cosa que no conozca por nombre y naturaleza; no es de condición áspera ni de trato oculto; allí recibe á quien le busca y remedia á quien le halla. Aquí podemos irnos que en probarlo se pierde poco, y yo sé que el ser bien recebidos está cierto. Cardenio, como de la ribera había estado tanto tiempo ausente, quedó admirado del gran saber del nuevo Erión; pero Mendino, que dél y de su estancia tenía mucha noticia, aunque pudiera desde el Mago Sincero estar escarmentado, fácilmente dando crédito á sus loores, determinó que le buscassen el siguiente día por poner aquél en cobro lo que les importaba dexar, que fué fácilmente hecho, y recogiéndose á las cabañas de Mendino, pusieron orden en la cena, que fué de mucho gusto, y al fin della no faltó quien se le acrecentasse, porque vinieron Batto y Silvano, pastores conocidíssimos, ambos mozos y ambos de grande habilidad, á buscar juez á ciertas dudas que Batto sentía de versos de Silvano; y el juicio de Siralvo fué que si todos los poetas fuessen calumniados, pocos escaparían de algún objeto; y colérico Silvano, en un momento puso mil á Batto, y de razón en razón se desafiaron á cantar en presencia de aquellos pastores, pero pareciéndoles la noche blanda y el aire suave, se salieron juntos á tomarle y oirlos á la fresca fuente: donde sentados sacaron la lira y el rabel, á cuyo son assí cantó Silvano y assí fué Batto respondiendo:

SILVANO

Dime que Dios te dé para un pellico,
¿por qué traes tan mal vestido, Batto,
presumiendo tu padre de tan rico?

BATTO

Porque el pastor de mi nobleza y trato
no ha menester buscarlo en el apero,
que una cosa es el hombre y otra el hato.
Mas dime, esse capote dominguero
¿quién te le dió? ¿Quizá porque cantasses
en tanto que comía el compañero?

SILVANO

Si á quien yo le canté tú le bailasses,
yo sé, por más que de rico te alabes,
si te diesse otro á ti, que le tomasses.
Mas ¿por qué culpas tales y tan graves
de Lisio traes sus RIMAS desmandadas,
de lengua en lengua que ninguna sabes?

BATTO

Calla y sabrás: ¿no ves cuán aprobadas
del mundo son las mías y la alteza
de mis LÍRICAS ODAS imitadas?
Tú tienes por tesoro tu pobreza,
y si lo es, está tan escondido
que para descubrirle no hay destreza.

SILVANO

Pastor liviano, ¿qué libro has leído
que de ti pueda nadie hacer caso,
si no estuviesse fuera de sentido?
El franco Apolo fué contigo escaso,
y por hacerte de sus paniaguados,
no te echarán á palos del Parnasso.

BATTO

Desso darán mis versos levantados
el testimonio y de mi poesía
sin ser como los tuyos acabados.
En diciendo fineza y hidalguía,
regalo, gusto y entretenimiento,
diosa, bizarro trato y gallardía.

SILVANO

¡Oh, qué donoso desvanecimiento!
Dessos vocablos uso, Batto mío,
porque son tiernos y me dan contento,
Pero las partes por do yo los guío,
son tan diversas todas y tan buenas,
que ellas lo dicen, que yo no porfío.

BATTO

¿Sabes lo que nos dicen? Que van llenas
de muy bajas razones su camino,
y si algunas se escapan son ajenas,
Y no hurtáis, Silvano, del latino,
del griego ó del francés ó del romano,
sino de mí y del otro su vecino.

SILVANO

Si tu trompa tomassen en la mano,
que la de Lisio apenas lo hiciste,
¿qué son harías, cabrerizo hermano?
Para vaciarla el sueño no perdiste,
para cambiarla sí, que no hallaste
otro tanto metal como fundiste.

BATTO

¡Basta! que tú en la tuya granjeaste
de crédito y honor ancho tesoro;
mas dime si en mis Rimas encontraste
La copla ajena entera sin decoro,
ó espuelas barnizadas de gineta,
con jaez carmesí y estribos de oro
.

SILVANO

Descubriréte á la primera treta
tu lengua sin artículos, defeto
digno de castigar por nueva seta.
Tu nombre es Piedra toque y en efeto,
usando descubrir otros metales,
el miserable tuyo te es secreto.

BATTO

¡Oh tú, que con irónicas señales,
cansas los sabios, frunces los misérrimos,
viviendo por pensión de los mortales!

SIRALVO

Pastores, dos poetas celebérrimos
no han de tratarse assí, que es caso ilícito
motejarse en lenguajes tan acérrimos.
Ni á vosotros, amigos, os es lícito,
ni á mi sufrirlo, y es razón legítima,
que ande el juez en esto más solícito.
La honra al bueno es cordial epítima,
y los nobles conócense en la plática,
dándose el uno por el otro en vítima.
Aquí, donde la hierba es aromática,
con el sonido de la fuente harmónica,
al claro rayo de la luz scenática,
Suene Silvano, nuestra lira jónica,
Batto rosponda el rabelejo dórico
y duerma el Jovio con su dota Crónica.
Cada cual es poeta y es histórico,
y cada cual es cómico y es trágico,
y aun cada cual gramático y retórico.
Pero dexado, en un cantar selvático,
si aquí resuena Lúcida y Tirrena,
más mueve un tierno son que un canto mágico.

SILVANO

En hora buena, pero con tal pato
si pierde Batto, que esté llano y cierto,
que por concierto deste desafío,
ha de ser mío su rabel de pino;
y si benino Apolo se le allana,
y en él se humana para que me gane,
que yo me allane y sin desdén ó ira
le dé mi lira de ciprés y sándalos.

BATTO

No hagas más escándalos, satírico,
ni presumas de lírico y bucólico;
con algún melancólico lunático
te precias tú de plático en poética;
que esté su lira ética y él ético,
que mi rabel poético odorífero
no entrará en tan pestífero catálogo
ni en tal falso diálogo ni cántico.

SIRALVO

Si estilo nigromántico bastasse
á poder sossegar vuestra contienda,
tened por cierto que lo procurasse,
O callad ambos ó tened la rienda,
ó poned premios ó cantad sin ellos,
pero ninguno en su cantar se ofenda.

SILVANO

Dos chivos tengo, y huelgo de ponellos,
para abreviar en el presente caso,
contento de ganallos ó perdellos.

BATTO

Pues yo tengo, Siralvo, un rico vaso
que á mi opinión es de ponerse dino
con las riquezas del soberbio Crasso.
El pie de haya, el tapador de pino,
de cedro el cuerpo y de manera el arte,
que excede el precio del metal más fino.
Dédalo le labró parte por parte,
tallando en él del uno al otro polo,
cuanto el cielo y el sol mira y reparte.
Y cuando en tanta hermosura violo,
fuese por Delfos, y passando á Anfriso,
dióle al santo pastor el rubio Apolo.
Y cuando al carro trasponerse quiso
el retor de la luz, dejó el ganado
y aqueste vaso con mayor aviso,
Á las Ninfas del Tajo encomendado;
y ellas después le dieron á Silvana,
de quien mi padre fué pastor preciado.
Ella á él y él á mí; mas si me gana
Silvano, ahora quiero que le lleve.

SIRALVO

Y yo juzgaros con entera gana.
Batto á pagar y á no reñir se atreve,
y tú, Silvano mío, bien te acuerdas
que has prometido lo que aquí se debe.
Pues fregad la resina por las cerdas,
muestren las claras voces su dulzura
al dulce son de las templadas cuerdas.
Sentémonos ahora en la verdura;
cantad ahora que se va colmando
de flor el prado, el soto de frescura.
Ahora están los árboles mostrando,
como de nuevo, un año fertilíssimo,
los ganados y gentes alegrando.
Ahora viene el ancho río puríssimo,
no le turban las nieves, que el lozano
salce se ve en su seno profundíssimo.
Descubrid vuestro ingenio mano á mano,
cada cual cante con estilo nuevo,
comience Batto, seguirá Silvano,
diréis á veces, gozaráse Febo.

BATTO

¡Oh, rico cielo, cuya eterna orden
es claro ejemplo del poder divino,
haz que mis versos y tu honor concorden!

SILVANO

Para que deste premio sea yo dino
en mis enamorados pensamientos,
muéstrame, Amor, la luz de tu camino.

BATTO

Lleven los frescos y suaves vientos
mis dulces versos á la cuarta esfera,
pues ama el mismo Apolo mis acentos.

SILVANO

Dichoso yo si Lúcida estuviera
tras estos verdes ramos escuchando,
y oyéndose nombrar me respondiera.

BATTO

Pues no me canso de vivir penando,
la que me está matando,
debría templar un poco de mi pena.
Ablándate, dulcíssima Tirrena,
que siendo en todo buena,
no es justo que te falte el ser piadosa.

SILVANO

Pues cuando te me muestras amorosa,
Lúcida mía hermosa,
muy humilde te soy, seime benina.
Regala, diosa, esta ánima mezquina,
que mi fineza es dina
de que tu gallardía me entretenga.

BATTO

Si quiere Amor que mi vivir sostenga,
de Tirrena me venga
el remedio, que es malo de otra parte.
Mira que de mi pecho no se parte,
Tirrena, por amarte,
un Etna fiero, un Mongibelo ardiente.

SILVANO

Si yo dijesse la que mi alma siente,
cuando me hallo ausente,
de tu grande beldad, Lúcida mía,
Etnas y Mongibelos helaría,
porque su llama es fría,
con la que abrasa el pecho de Silvano.

BATTO

Cuando en mi corazón metió la mano,
sin dejarme entendello,
robóme Amor la libertad con ella,
dejando en lugar della
el duro yugo que me oprime el cuello.

SILVANO

El duro yugo que me oprime el cuello,
por blando le he tenido
llevado del dulzor de mi deseo,
por quien de Amor me veo
menos pagado y más agradecido.

BATTO

Menos pagado y más agradecido,
Amor quiere que muera,
quiéralo él, que yo también lo quiero,
y veráse, si muero,
cuánto mi fe, pastora, es verdadera.

SILVANO

Cuánto mi fe, pastora, es verdadera
es falsa mi esperanza,
porque mejor entrambas me deshagan,
y aunque ellas no la hagan,
nunca mi corazón hará mudanza.

BATTO

Tirrena mía, más blanca que azucena,
más colorada que purpúrea rosa,
más dura y más helada
que blanca y colorada;
si no te precias de aliviar mi pena,
hazlo al menos de ser tan poderosa,
que queriendo tus ojos acabarme,
con ellos mismos puedas remediarme.

SILVANO

Lúcida mía, en cuya hermosura
están juntas la vida con la muerte,
el miedo y la esperanza,
tempestad y bonanza,
sin duda á aquél que de tu Amor no cura
darás vida, esperanza y buena suerte,
pues por amarte, Lúcida, me han dado
la muerte el miedo y el adverso hado.

BATTO

¿Di, quién, recién nacido
de un animal doméstico preciado,
del todo está crecido,
de padre sensitivo fué engendrado,
mas nació sin sentido
y en esto su natura ha confirmado;
después, materna cura,
muda su sér, su nombre y su figura?

SILVANO

Di tu, ¿quién en dulzura
nace, y en siendo della dividida,
la llega su ventura
á otra cosa, que teniendo vida
muere ella y si procura
vivir, queda la otra apetecida,
haciendo su concierto,
del muerto vivo y del vivo muerto?

BATTO

El canto se ha passado querellándonos,
de aquellas inhumanas que, ofendiéndonos,
quedan sin culpa con el mal pagándonos.

SILVANO

Al principio pensé que, defendiéndonos,
tan solos nuestros premios procuráramos,
menos desseo y más passión venciéndonos.

SIRALVO

Pastores, mucho más os escucháramos,
aunque en razones no sabré mostrároslo,
porque de oiros nunca nos cansáramos.
Ponerme yo en mis Rimas á loároslo,
por más que lo procure desvelándome,
no será más possible que premiároslo.

BATTO

Pues yo, Siralvo, pienso, que premiándome,
saldrás de aquessa deuda conociéndote,
y en tu saber y mi razón fiándome.

SILVANO

Yo no pienso cansarte persuadiéndote
á lo que tú, Siralvo mío, obligástete,
y la justicia clara está pidiéndote.

SIRALVO

Batto, de tal manera señalástete,
de suerte tus cantares compusístelos,
que de tu mano con tu loor premiástete.
Y tú, Silvano, tanto enriquecístelos
tus conceptos de amor, que deste premio
como de cosa humilde desviástelos.
Por esto sin gastar largo proemio,
firmen las nueve musas mi sentencia,
pues sois entrambos de su ilustre gremio.
Iguales sois en música y en ciencia,
iguales sois en arte, en voz, en gracia,
assí yo os imitara en elocuencia,
como en cantar vosotros al de Thracia.

Bien confiado estaba cada cual destos pastores en su vitoria, porque á la verdad les cupo mucho al repartir de la arrogancia, pero el punto de honrados, que lo eran en extremo, venció en ellos, y pasaron afablemente por la sentencia de Siralvo, la cual aprobaron Mendino y Cardenio, y juntos se retiraron á las cabañas, porque el aire comenzó á correr menos fresco y en el cielo parecieron unas nubecillas, que cubrían la claridad de la Luna, entre relámpagos, aunque pequeños, muy espesos, y ya con desapacibilidad estaban en descubierto; no pareció, después de recogidos, que Batto y Silvano quedasen cansados, porque nueva, aunque amigablemente, sacaron contiendas, muy dignas de su habilidad, recitando versos propios y ajenos: Batto loando el italiano, Silvano el español, y cuando Batto decía un soneto lleno de musas, Silvano una glossa llena de amores, y no quitándole su virtud al hendecasílabo, todos allí se inclinaron al castellano, porque puesto caso que la autoridad de un soneto es grande y digno de toda la estimación que le puede dar el más apassionado, el artificio y gracia de una COPLA, hecha de igual ingenio, los mismos Toscanos la alaban sumamente y no se entiende, que les falta gravedad á nuestras RIMAS, si la tiene el que las hace, porque siempre, ó por la mayor parte, las coplas se parecen á su dueño. Y allí dixo Mendino algunas de su quinto abuelo, el gran pastor de Santillana, que pudieran frisar con las de Titiro y Sincero. ¿Y quién duda, dixo Siralvo, que lo uno ó lo otro pueda ser malo ó bueno? Yo sé decir, que igualmente me tienen inclinado; pero conozco que á nuestra lengua le está mejor el propio, aliende de que las leyes del ajeno las veo muy mal guardadas, cuando suena el agudo que atormenta como instrumento destemplado; cuando se reiteran los consonantes, que es como dar otavas en las músicas; la ortografía, el remate de las canciones, pocos son los que lo guardan, pues un soneto que entra en mil epítetos y sale sin conceto ninguno, y tiénese por esencia que sea escuro y toque fábula, y andarse ha un poeta desvanecido para hurtar un amanecimiento ó traspuesta del Sol del latino ó del griego, que aunque el imitar es bueno, el hurtar nadie lo apruebe, que en fin cuesta poco; pues que tras un vocablo exquisito ó nuevo, al gusto de decirle, le encajarán donde nunca venga, y de aquí viene que muchos buenos modos de decir, por tiempo se dejan de los discretos, estragados de los necios hasta desterrallos con enfado de su prolija repetición. Hora yo quiero deciros un soneto mío á propósito de que he de seguir siempre la llaneza, que aunque alguna vez me salgo della, por cumplir con todos, no me descuido mucho fuera de mi estilo.

SIRALVO

Si para ser poeta hace al caso
hablar de musas ó del dulce riso,
por mi descargo de conciencia aviso
que haga de mí el mundo poco caso.
Esto que me sucede á cada passo,
si quien quise me quiso ó no me quiso,
esto tengo en mis versos por más liso
que andar por Helicón ó por Parnasso.
Si Domenga me miente ó me desmiente,
¿qué me harán los Faunos y Silvanos,
ó el curso del arroyo cristalino?
Todos son nombres flacos y livianos,
que á juicio de sabia y cuerda gente,
lo fino es: pan por pan, vino por vino.

Á todos agradó el soneto de Siralvo, pero Batto, que era de contraria opinión, dijo otros suyos, haciéndose en alguno, Roca contrapuesta al mar, y en alguno, Nave combatida de sus bravas ondas, y aún en alguno, Vencedor de leones y pastor de inumerables ganados; en estas impertinencias se passó la mayor parte de la noche, y cargando el sueño, Batto y Siralvo cortésmente se despidieron, y Mendino y Cardenio quedaron con mucho agradecimiento, y Siralvo pagadíssimo de la habilidad de entrambos, con lo cual se entregaron al reposo, que aunque necesitado dél, fué breve, porque apenas cogió Titán los postreros abrazos de la tierna esposa, y la estrella del Alba pidió albricias del alegre día, y en los verdes ramos, cargados del maduro fruto, las avecillas comenzaron á moverse, cuando Mendino de sus gallardos miembros sacudió el sueño, y libres de aquella imagen de la muerte, salió del lecho y sacó á Cardenio y Siralvo, y todos tres dexando bastantes pastores y zagales, se pusieron en camino para buscar al sabio Erión, y á pocos pasos oyeron el son de una melodiosa zampoña, el cual llevando sus ojos á la parte donde resonaba, vieron venir por entre los sombríos ramos uno que en hermosura de rostro y gallardía de miembros más cortesano mancebo que rústico pastor representaba; eran sus luengos cabellos más rubios que el fino ámbar, su rostro blanco y hermoso, bien medido, cuyas facciones, debajo de templada severidad, contenían en sí una agradable alegría. Traía un sayo de diferentes colores gironado, mas todo era de pieles finíssimas de bestias y reses, unas de menuda lana y otras de delicado pelo, por cuyas mangas abiertas y golpeadas salían los brazos cubiertos de blanco cendal, con zarafuelles del mismo lienzo, que hasta la rodilla le llegaban, donde se prendía la calza de sutil estambre. Bien descuidado venía de ser visto y assí hacía extremos extraños aunque no feos, entre los cuales fué el uno quebrar furiosamente la zampoña con que las cercanas selvas resonaban; pero después, como arrepentido ó constreñido de necesidad, se llegó á un verde sauce, donde con un pequeño cuchillo comenzó á labrar otra, sentado sobre la fresca hierba, y allí las manos en su oficio y los ojos en el cielo comenzó á decir:

«¡Oh Cielo, que adornado de claro Sol y de agradable Luna, más te me muestras hermoso que benigno, si después de tu ira sueles oir las voces de los que con dolor te llaman, oye agora las querellas deste á quien todo bien y contentamiento es ajeno! Cierto yo creo que la causa de tanta pena y fatiga, de tanto mal y cuidado, de sólo imaginarlo no se acuerde; la cual cosa, si cierto es verdad, no sé cómo te baste dureza, no sé, ¡oh alto Cielo! cómo te baste justicia para no remediar tan fiero daño, aplacando aquélla que con su rostro los ojos míos alegrar solía, mi alma con sus palabras confortaba, mi corazón con su belleza atraía domado, no como agora al yugo del desamor y olvido, pero á la sabrosa cadena de su templada voluntad. Cierto yo no sé quién de aquí adelante me sea agradable, ni quién remedie mis daños, ni dé alivio á la carga de mi mal, si la que más amo y es la causa dél, tan olvidado le tiene, y tú, cielo sordo, tan descuidado estás de esta memoria. ¡Ay, Arsia mía, causa principal, contigo me vi alegre en dulces pláticas, contigo en deleite cazando por los altos montes, contigo dichoso visitando los sacros templos; ya sin ti por pequeña ocasión me veo triste, lleno de dolor y miseria; sin ti me veo mezquino, siempre llorando, solo y sin voluntad de compañía; ¡ay cuántas veces contigo coroné los toros, reduje y estreché los ganados con el son de mi zampoña y tu lira, al cual unos de pacer olvidados escuchaban y otros de placer conmovidos rumiaban las tiernas y matutinas hierbas! ¡y cuántas veces sin ti, olvidado el hato por los riscos y solitarios valles, me lamento, donde mis ojos te dan ríos, ríos te dan mis ojos; y mi triste zampoña te canta, entre mis justas querellas, alguna parte de tus más justos olores; de manera que ya los árboles á tu suave nombre con sus hojas me responden, y yo enseñaré á las bestias que con sus bramidos, al son dél, muestren temor y humildad, escribiendo por estos olmos, por estas hayas, por estos pinos, tu crueldad y mi pena, tu beldad y mi firmeza; de manera que en largos tiempos dure tu memoria, y de temor sea tu nombre reverenciado, sin que jamás la fama de tu valor y mi dolor se acabe!».

Apenas el sin ventura había llegado á los postreros acentos de su querellosa plática, cuando repentinamente, sin poder los pastores avisarse, le vieron caído en tierra, y queriendo llegar á socorrelle, les fué forzado dexarle por no impedir á una Ninfa que lastimosa á él vieron llegar, cuya hermosura juzgaron digna de las palabras del desmayado amante; mas ella llorosa y con angustiado rostro vertió sobre el pastor abundantes lágrimas, y después con ardientes sospiros le decía:

«¡Oh, Livio, Livio, más hermoso que el sol, más gracioso que el alba y más suave que el aura! Tú solo, desde tu nacimiento, fuiste agradable á mis ojos, tú sólo fuiste dulce á mi alma, tú solo deleitoso á mis sentidos, mas tú solo injusto á mis orejas. ¡Oh, Livio, Livio, amarga fueque tu voluntad violaste; contentáraste con lo mucho que te amaba; miraras la amistad que te hacía, pues bastara á entretener cualquier ardiente deseo; mas ¡ay! que ni bastó mi honestidad á refrenar tu apetito ni mi respeto á mudar tu intención, y assí con ambas cosas me injuriaste y con tu valor me tienes en tu cadena: conténtate con que si penas, peno; si amas, amo, y si me sigues, huyo de mi mismo contento y alegría, y no quieras más mal de lo passado, y agora, pues con mi vista te arrodillaste y con mis lágrimas recuerdas, quédate á Dios, que no es justo que veas á quien con el corazón amas y con los hechos aborreces!».

En esto la hermosa Ninfa, temerosa del pastor que en su acuerdo volvía, comenzó á apresurar los passos por la espessura; mas el pastor, que con sobresalto en sí volvió, mirando á una y á otra parte se levantó del suelo y la comenzó á seguir repitiendo su nombre muchas veces: de la cual cosa nuestros pastores extrañamente admirados, quisieron ver el fin de aquella historia, y siguiéronlos á passo largo sin detenerse más de una milla, que no los perdieron de vista hasta la traspuesta de un monte, que como tragados de la tierra se desaparecieron; y casi corridos de no haberlos alcanzado, baxaron de la cumbre y no se dexaron andar por un valle espacioso donde á partes yermo y á partes plantado estaba lleno de frescura y deleite. Llamábase éste el valle del Venero, porque casi en medio de él estaba una fresquíssima fuente rodeada de olmos y salces. Aquí guiaron nuestros pastores con intención de reposar un rato en ella y aliviar del peso á los zurrones comiendo de lo que dentro traían; mas esto no pudo ser como pensaron, que á poca distancia antes que llegassen, ya que á sus oídos tocaba el rumor de la agradable corriente, toparon á Carpino que les salió al encuentro, rico y noble rabadán, de poca edad y de muchos casos, amigo de Amor pero más de su libertad, y assí á cada cosa acudía con un mismo cuidado; éste les dijo que se detuviessen si no querían turbar á cinco Ninfas que en la fuente reposaban, y él había esperado si alguna desmandada viniesse por allí con intenciún de hablarle; mas ellas, después de largas pláticas se habían quedado dormidas, y que á la otra parte del valle á la entrada de la selva tenían sus redes armadas y otra Ninfa que las estaba guardando; al razonar de Carpino, ó caso que ellas lo oyessen, ó que el cuidado les quitasse el sueño, comenzaron á hablar, y los pastores, por oirlas, se entraron con gran silencio entre las matas, donde fácilmente las conocieron y se vieron llenos de contentamiento. Por lo menos eran la sin par Filida, la discreta Filis, la gallarda Clori, la hermosa y agradable Albanisa y la graciosa y bella Pradelia, entre las cuales Filida, sacando la lira por su ruego casi divinamente tocada, y pienso que de los divinos espíritus atentamente oída, cantó esta letra antigua con estas coplas de su raro ingenio:

Letra.

FILIDA

Enjuga, Filis, tus ojos,
que el tiempo podrá curar
lo que no tú con llorar.

Coplas.

Si piensas que son las penas
con el llorar redimidas,
más lágrimas hay vertidas
que tiene la mar arenas;
y pues ellas no son buenas,
al tiempo debes llamar,
que puede más que llorar.
Si acaso el llorar bastara
á aliviar nuestros quebrantos,
yo que sufro y callo tantos,
hasta secarme llorara.
Pero pues es cosa clara,
que no tiene de bastar,
¿para qué sirve llorar?
No hay peligro tan ligero
que con llorar se asegure,
ni mal que el tiempo no cure,
por desvariado y fiero;
el reparo verdadero
el tiempo te le ha de dar,
que no, Filis, el llorar.
Si es fuego que Amor emprende,
no le mata el agua, no,
que como en la mar nació
con el llorar más se enciende;
pues mi consejo te ofende,
toma el tiempo en su lugar,
valdráte más que llorar.

Esta canción fué solenizando Filida con su gracia, las Ninfas con sus loores y los pastores con su silencio, pero Filis con sus sospiros, y al fin della, con ellos y este soneto acompañó la lira:

FILIS

Pues la contraria estrella de mi vida
no hace cosa que no sepa á muerte,
tenga piedad de mi dolor la muerte,
poniendo fin á tan cansada vida,
Tal ha sido el discurso de la vida,
que mil vidas daré por una muerte;
quizás satisfaré con esta muerte
á quien siempre ofendí con esta vida.
Siempre fueron contrarias vida y muerte,
que va la muerte á quien querría la vida,
que está la vida en quien desea la muerte.
Yo que soy enemiga de la vida,
líbrame della, perezosa muerte,
antes que muera á manos de tal vida.

Acabó Filis su cantar, mas no cessaron sus sospiros, á la cual Clori piadosamente dixo: Desde ayer te veo llorosa, Filis, y no te he preguntado la causa; pero pues Filida te ha procurado consolar, dime qué nueva passión te aflige para que yo también lo haga. A esto respondió Filis: «No es nuevo tener yo que llorar, ni dolerte tú de mis pesares; mas ahora son de manera que los extraños lo pueden hacer, cuanto más Filida y tú á quien yo tanto amo. El descuido de Mendino me tiene llena de sospechas, y nunca el alma me dice cosa que me engañe». Palabras fueron estas que hicieron temblar el corazón de alguna que allí estaba y por muy amada de Mendino se tenía; turbó el color de su rostro y atravesó razones que descubrieron más su sentimiento, lo cual mirando Clori con gracioso semblante dixo: Todos los hombres son mudables, y á la verdad menos nosotras nos dexamos olvidar, pero yo muy disculpada estoy en haber dexado Castalio por Cardenio, pues hice la voluntad de su padre y el mío, y aun mi negocio y el suyo: pésame que Mendino te dé ocasión de quexarte aunque ya tú le conoces; bien sabes á quién amó en el Henares, y en apartándose en lo que se entretuvo, y que apenas murió Elisa, cuando se ocupó en otras partes, que antes de llegar á ti tuvo muchas leguas de mal camino. A esto dixo Filis: ¡Oh, Clori, qué engaño tan grande es pensar que tenga Mendino olvidado su primer amor! Más vivo está en su alma que nunca estuvo; con esta carga le tomé, Ninfa; y de otras muertas y vivas antes de mí, poco me penó, que es agua passada: cosas nuevas son las que escuecen y lo harán hasta la muerte. Esso me admira, dixo Clori; luego cuando trata Mendino, ¿pasatiempo y burla es? Tenlo por cierto, dixo la bella Albanisa; que yo soy bastante testigo de sus veras y sé que con nadie las puede tener, porque las consagró á buen lugar. Su hado lo sea, dixo Pradelia, que el contento general sería. A esto Filis quiso responder, mas fué impedida de Florela, que estaba en guarda de las redes, y como vido llena la selva de aves que se venían á recoger del sol, presurosa le vino á avisar, y ellas sin detenerse dejaron la plática y la fuente y siguieron á Florela. Los pastores, que ni palabra ni afecto habían perdido, cuál confuso y cuál contento se fueron con el mismo secreto siguiéndolas por entre las plantas; hasta que, sin avisarse, toparon con una de las redes, teñida en verde perfetíssimo, que de dos altos chopos hasta la tierra pendía. A un lado estaba una alta peña cubierta con las copas de árboles, donde los cuatro pastores subiéndose sin ser vistos, descubrían la selva: vieron las hermosas Ninfas, que, puestas en ala, con largos ramos en las manos comenzaron á sacudir las plantas, trayendo cada una las aves hacia sus redes, que, espantadas del ruido, de rama en rama venían hasta dar en ellas. No á cuarto de hora que desta suerte fatigaron la selva, sus anchas redes se sembraron de más de cien maneras de aves, desde el simple ruiseñor hasta la astuta corneja. Y á este tiempo, passando Ergasto por la selva, sentado sobre el asnillo, las Ninfas le llamaron para que las ayudasse á desprender, las redes: ésta tomaron los pastores por propicia ocasión, y decendiendo á las Ninfas, alegremente fueron dellas recibidos. Allí vió Siralvo todo su bien; Cardenio todo su gusto, porque era general con Ninfas y pastoras; pero Mendino, que había oído hablar tan profundamente de sí, con más recato gozó de aquella buena suerte; y todos juntos llegándose á las redes, baxó Siralvo las de Filida, Cardenio las de Clori, Mendino las de Albanisa, que era su deudo y verdadero amigo; Carpino las de Filis y Ergasto las de Pradelia, y echándolas sobre el asnillo, á Florela se le encomendó que las llevasse al monte, y en tanto que tornaba acordaron de volverse juntos á la fuente. ¡Oh, amadas Ninfas; oh, pastores míos! ¿quién podrá decir lo que allí passastes? ¿Quién viera á Siralvo ardiendo en su castíssimo amor, donde jamás sintió brizna de humano deseo; á Cardenio tan enriquecido de despojos; á Carpino tan inclinado á todas, y á Mendino de todas tan juzgado, que sola Albanisa le defendía? No se descuidó Cardenio en decir cómo los tres iban buscando la cueva de Erión, con intención de habitar en ella, ni las Ninfas contradijeron su propósito, antes le aprobaron; y al fin de sus razones Filida pidió á Siralvo que cantasse, y él, que quizá lo tenía más gana, sacó la lira, á cuyo son dixo mirando los ojos de la hermosa Ninfa:

SIRALVO

Ojos llenos de consuelo,
si vuestra luz me faltasse,
fálteme él, si no esquivasse
los míos de la del cielo;
quien de vuestro mírar tierno
gozó la gloria algún día,
fuera della, ¿qué vería
que no le fuesse un infierno?
Van el daño y el provecho
tan juntos en esta historia,
que vuestra sola memoria
fabrica un cielo en mi pecho;
pero si el helado miedo
de perderos llega allí,
¿quién dará señas de mí?
Hable Amor, que yo no puedo.
No será poca osadía
tenerla Amor en hablar,
que yo le he visto temblar
á vuestra luz más de un día;
él me ofende y yo le ofendo
si nuestras causas callamos,
ojos, hablemos entramos,
él temblando y yo muriendo.
Vos sabéis que no hay quien huya
de essos rayos vencedores,
y él sabe que sois señores
de mi alma y de la suya;
yo sé que si me dexáis
llevará Muerte la palma,
pues tanto tengo en el alma,
ojos, cuando me miráis.
Cuando miráis producís
mayos de contentamiento,
y á cualquier apartamiento
inviernos los convertís,
y en la sequedad mayor,
como tornéis á mirar,
el más marchito lugar
vuelve de vuestro color.
Teniendo tales maestros,
tal espíritu quisiera,
que quien mis loores oyera
conociera que eran vuestros;
mas si en la intención se gana,
en el efecto se yerra:
mal podrá pincel de tierra
sacar labor soberana.
A la gloria de miraros
sólo iguala el bien de veros,
y á la pena de perderos
el dolor de no hallaros;
el punto que os puedo ver
es el que tiene el deseo,
y si no os veo, no veo;
ved si hay más que encarecer.
Aunque mi alma sustenta
vuestra luz en mis enojos,
la sed de veros, mis ojos,
con miraros se acrecienta;
y ¿qué señal más segura,
qué razón más conocida
de estar sin alma y sin vida,
que haber en veros hartura?
Sois grandezas peregrinas,
sois milagros inmortales,
sois tesoros celestiales,
sois invenciones divinas,
sois señales de bonanza,
sois muertes de los enojos,
sois ídolos de mis ojos,
sois ojos de mi esperanza.

Por más agradable tuviéramos á Florela, á ser esta vez menos diligente, porque no hizo más de llegar al monte y en lugar señalado dejar en guarda la caza y volverse con el asnillo de Ergasto á llamar á las ninfas que la fuessen á repartir. Llegó cuando Siralvo acababa su canción, y acabóseles á todos el contento, porque á la hora, dejando sentimiento en el lugar cuanto más en los corazones, que más que á sí las amaban, las ninfas se despidieron; también el galán Carpino se fué por su parte, Ergasto por la suya; Cardenio, Mendino y Siralvo atravessaron por sendas y veredas al valle de los Fresnos, y á la misma hora de medio día bajaron los riscos y passaron á la morada de Erión, donde le hallaron curando con hierbas á un miserable pastor que, siguiendo á una ninfa á quien amaba y se huía, con rabia y dolor se había despeñado, y sus amigos lleváronle al mago sin sentido. Luego conocieron los pastores que era el mismo que ellos venían siguiendo, y después de saludar á Erión y ser dél alegremente recebidos, ayudaron allí en lo que pudieron, hasta que Livio, que si os acordáis assí le llamó la ninfa, volvió en sí, y haciéndole beber de un precioso licor, quedó totalmente reparado y arrepentido, que tal fuerza puso Díos en el saber humano. Con esto Mendino apartó al mago y le dixo cómo los tres venían por algunos días á habitar su morada, de que Erión recibió mucho contento, y despidiendo á Livio y á sus compañeros, entró con los tres por los secretos de su cueva, que, para no la agraviar, era de realíssima fábrica, pero toda debajo de tierra, con anchas lumbres que en vivas peñas se abrían á una parte del risco, donde jamás humano pie llegaba. No sé yo si esto fuesse por fuerza de encantamiento ó verdadero edificio, pero sé que su riqueza era sin par. Primero entraron á una ancha y larga sala de blanco estuco, donde, en concavidades embebidas, estaban de mármol los romanos Césares, unos con bastones y otros con espadas en sus manos, y en los pedestales abreviados versos griegos y latinos, que ni negaban á Julio César sus vitorias ni callaban á Heliogábalo sus vicios. El techo desta sala era todo de unos pendientes racimos de oro y plata, que por sí pudieran clarificar el alto aposento, en medio del cual estaba una mesa redonda de precioso cedro sobre tres pies de brasil, diestramente estriados, y alrededor los assientos eran de olorosa sabina. Aquí pienso que el mago adivinó la necessidad, porque los hizo sentar y sacó fresquíssima manteca y pan, que en blancura le excedía, sin faltar precioso vino, que con el agua saltaba de los curiosos vasos, y habiendo satisfecho á esta necessidad, entraron á otros aposentos (aunque no tan grandes), de mucha más riqueza. Admirados quedaron los pastores de que en las entrañas de los riscos pudiesse haber tan maravillosa labor, pero á poco rato perdieron la admiración desto, y la hallaron mayor en un fresco jardín que sólo el cielo y ellos le veían, donde la abundancia de fuentes, árboles y hierbas, la harmonía de las diversas aves y la fragancia de las flores, representaban un paraíso celestial; á la una parte del cual estaba una lonja larga de cien passos y ancha de veinte, cubierta de la misma labor de la primera sala. Era el suelo de ladrillo esmaltado, que por ninguna parte se le veía juntura; á una mano era pared cerrada y á otra abierta, sobre colunas de un hermoso jaspe natural; por todas partes se veía llena de varias figuras que, de divino pincel, con la naturaleza competían, y en la cabecera se levantaba, sobre diez grados de pórfido, un suntuoso altar, cubierto de ricos doseles de oro y plata, y en él la imagen de la ligera Fama, cubierta de abiertos ojos y bocas, lenguas y plumas, con la sonora trompa en sus labios; tenía á sus lados muchos retratos de damas de tan excesiva gracia y hermosura, que todo lo demás juzgaron por poco y de poca estima. Aquí Erión los hizo sentar en ricas sillas de marfil, y él con ellos, al son de una suave baldosa, assí les dixo, puestos los ojos en la inmensa beldad de las figuras:

ERIÓN

Desde los Etíopes abrasados
hasta los senos del helado Scita,
fueron nueve varones consagrados
á la diosa gentil que al alma imita;
los nueve de la Fama son llamados,
y lo serán en cuanto el que se quita
y se pone en Oriente para el suelo,
no se cansare de habitar el cielo.
Agora cuanta gloria se derrama
por todo el orbe, nuestra Iberia encierra
en otras lumbres de la eterna Fama,
por quien sus infinitas nunca cierra;
recuperaron con su nueva llama
aquella antigua que admiró la tierra,
para que, como entonces de varones,
muestre de hoy más de hembras sus blasones.
Estas cuatro primeras son aquellas
que á nuestro cristianíssimo monarca
han prosperado las grandezas dellas
más que cuanto su fuerte diestra abarca;
después que el mundo vió su fruto en ellas,
segó las flores la violenta Parca.
Luso, Galia, Alemania con Bretaña
lloran, y Iberia el rostro en llanto baña.
Tras ellas la Princesa valerosa,
aquella sola de mil reinos dina,
á quien fué poco nombre el de hermosa,
no siendo demasiado el de divina;
á cuya sombra la virtud reposa
y á cuya llama la del sol se inclina,
ínclita y poderosa doña Juana,
por todo el mundo gloria Lusitana.
Las dos infantas que en el ancho suelo
con sus rayos claríssimos deslumbran
como dos nortes en que estriba el cielo,
como dos soles que la tierra alumbran,
son las que á fuerza de su inmenso vuelo
el soberano nombre de Austria encumbran,
bella Isabel y Catarina bella,
ésta sin par y sin igual aquélla.
De claríssimos dones adornadas
luego veréis las damas escogidas
que, al soberano gremio consagradas,
rinden las voluntades y las vidas;
ni de pincel humano retratadas,
ni de pluma mortal encarecidas,
jamás pudieron ver ojos mortales
otras que en algo pareciessen tales.
Aquel rayo puríssimo que assoma,
como el sol tras el alba en cielo claro,
es doña Ana Manrique, de quien toma
la bondad suerte y el valor amparo;
la siguiente es doña María Coloma,
que en hermosura y en ingenio raro,
en gracia y discreción y fama clara
su nombre sube y nuestra vida para.
Hoy la beldad con el saber concuerda[1271],
hoy el valor en grado milagroso,
en otras dos que cada cual acuerda
la largueza del cielo poderoso;
ésta de Bobadilla y de la Cerda,
con estotra de Castro y de Moscoso,
una Mencía y otra Mariana:
ésta el lucero y ésta la mañana.
Doña María de Aragón parece
esclareciendo al mundo su belleza;
su valor con su gracia resplandece,
su saber frisa con su gentileza,
y la que nuestra patria ensoberbece,
y á Lusitania pone en tanta alteza
con cuantos bienes comunica el cielo,
es la bella Guiomar, gloria de Melo.
La más gentil, discreta y valerosa,
la de más natural merecimiento,
será doña María, en quien reposa
el real nombre de Manuel contento;
y esta Beatriz, tan bella y tan graciosa,
que excede á todo humano entendimiento,
luz de Bolea, diga el que la viere:
Quien á tus manos muere, ¿qué más quiere?
Doña Luisa y doña Madalena
de Lasso y Borja, el triunfo que más pessa,
vida de la beldad, de amor cadena,
de la virtud la más heroica empressa,
que cada cual con su valor condena
á la fama inmortal que nunca cessa,
ni cessará eu su nombre eternamente:
veislas allí, si su beldad consiente.
Aquel cuerpo gentil, aquel sereno,
rostro que veis, aquel pecho bastante,
es de doña Francisca, por ser bueno
Manrique, porque va tan adelante;
y aquellas dos, que no hay valor ajeno
que se pueda llamar más importante,
son doña Claudia y Jasincur, adonde
con el deseo la gloria corresponde.
De Diatristán el nombre esclarecido,
en Ana y en Hipólita se arrima,
y en ellas vemos el deseo cumplido
de cuantos buscan de beldad la cima;
su mucho aviso, su valor crecido,
de suerte se conoce, assí se estima,
que vista humana no se halla dina
para mirar tal dama y tal Menina.
Doña Juana Manrique viene luego,
doña Isabel de Haro en compañía,
y doña Juana Enríquez, por quien niego
que haya otras gracias ni otra gallardía;
por estas tres espera el Amor ciego
quitar la venda y conocer el día,
que esta estrella, este norte, este lucero,
serán prisión de más de un prisionero.
Aquesta es la claríssima compaña
que el invicto Felipe escoge y tiene
con los soles puríssimos de España,
y cuanto el cielo con su luz mantiene;
de lo que el Tajo riega, el Ebro baña,
mostraros otras lumbres me conviene,
que donde aquestas son fueron criadas,
y otras no menos dinas y estimadas.
La que con gracia y discreción ayuda
á su mucha beldad, con ser tan bella,
que si estuviera su beldad desnuda,
gracia y saber halláramos en ella,
doña Luisa Enríquez es sin duda;
duquesa es del Infantado, aquella
en quien el cielo por igual derrama
hermosura, linaje y clara fama.
Desta rama esta flor maravillosa,
de aqueste cielo aquesta luz fulgente,
deste todo esta parte gloriosa,
de aquesta mar aquesta viva fuente;
bella, discreta, sabia, generosa,
es gloria y ser de inumerable gente,
dice doña Ana de Mendoza el mundo,
y el Infantado queda sin segundo.
Aquellas dos duquesas de un linaje,
entrambas de Mendoza, entrambas Anas,
á quien dan dos Medinas homenaje,
de Sidonia y Ruiseco, más humanas
rinden las alabanzas vassallaje,
á sus altas virtudes soberanas,
Mendoza y Silva, en sangre y en ejemplo
de valor y beldad el mismo templo.
Doña Isabel, gentil, discreta y bella,
de Aragón y Mendoza, allí se muestra
marquesa de la Guardia, en quien se sella
todo el ser y valor que el mundo muestra;
¿qué bien da el cielo que no viva en ella?
¿qué virtud hay que allí no tenga muestra?
Diga el nombre quién es, que lo que vale,
no hay acá nombre que á tal nombre iguale.
Mirad las dos de igual valor, doña Ana
y doña Elvira, cada cual corona
de cuanto bien del cielo al mundo mana,
como la fama sin cessar entona,
Enríquez y Mendoza, por quien gana
tal nombre Villafranca y tal Cardona,
que de su suerte y triunfo incomparables
quedarán en el mundo inestimables.
Humane un rayo de su rostro claro
en mi pecho, si quiere ser loada,
aquélla que en virtud é ingenio raro
es sobre las perfetas acabada:
ser condesa de Andrada y ser amparo
de Apolo, es alabanza no fundada;
ser doña Catarina, ésta lo sea
de Zúñiga y del cielo viva idea.
Veis las dos nueras del segundo Marte,
y de la sin igual en las nacidas,
á quien el cielo ha dado tanta parte,
que son por gloria suya conocidas:
la una dellas en la Albana parte,
y la otra en Navarra obedecidas,
son María y Brianda y su memoria,
de Toledo y Viamonte honor y gloria.
Aquella viva luz en quien se avisa
para alumbrar el claro sol de Oriente,
que entre sus ojos lleva por devisa
la gracia y la prudencia juntamente,
será la sin igual doña Luisa
de Manrique y de Lara procediente,
duquesa de Maqueda, y más segura
reina y señora de la hermosura.
Aquella que los ánimos recuerda
á buscar alabanza más que humana,
á donde, si es possible que se pierda,
hallaréis la beldad, pues della mana,
la gloria de Mendoza y de la Cerda,
es la sabia y honesta doña Juana,
por quien la gracia y el valor se humilla
y se enriquece el nombre de Padilla.
Aquella en quien natura hizo[1272] prueba
de su poder, y el cielo y la fortuna,
doña Isabel riqueza de la Cueva,
duquesa es de la felice Ossuna;
y el claro sol que nuestros ojos lleva
á contemplar sus partes de una en una,
es doña Mariana Enríquez, bella,
fénix del mundo, para no ofendella.
La que con sus virtudes reverbera
en su misma beldad, luz sin medida,
es doña Guiomar Pardo de Tavera,
en quien valor y discreción se anida;
y la que levantando su bandera
es á las más bastantes preferida,
es doña Inés de Zúñiga, en quien cabe
cuanto la fama de más gloria sabe.
Veis aquella condesa generosa
de Aguilar, á quien Amor respeta,
entre las muy hermosas más hermosa
y entre las muy discretas más discreta,
que de virtud y gracia milagrosa
tocar la vemos una y otra meta,
doña Luisa de Cárdenas se llama,
gloria del mundo y vida de la fama.
Ved el portento que produjo el suelo
donde natura mayor gloria halle,
Madalena gentil, que el cortés cielo
Cortés le plugo su consorte dalle,
Cortés levanta de Guzmán el vuelo,
Guzmán resuena en el felice Valle,
porque el descubridor del Nuevo Mundo
goce del nuevo triunfo sin segundo.
Aquella de valor tan soberano
que es agravio loarla en hermosura,
aunque natura, con atenta mano
se quiso engrandecer en su figura,
en quien linaje y fama es claro, y llano
poner su raya en la suprema altura,
condesa de Chinchón; mas es el eco,
que lo cabal es doña Inés Pacheco.
Doña Juana y doña Ana, son aquéllas
de la Cueva y la Lama, madre y hija,
Medina Celi y Cogolludo en ellas
tienen el bien que al mundo regocija:
hermosura y valor que están en ellas,
sin que halle la invidia que corrija,
fama y linaje deste bien blasonan
y las virtudes dellas se coronan.
Aquella fortaleza sin reparo,
aquella hermosura sobre modo,
aquella discreción, aquel don raro
de dones, y el de gracia sobre todo,
del tronco de Padilla, lo más claro
de las reliquias del linaje godo,
en quien del mundo lo mejor se muestra,
es marquesa de Auñón y gloria nuestra.
Aquélla es la princesa por quien suena
la temerosa trompa tan segura,
y dice doña Porcia Madalena,
por quien Asculi goza tal ventura;
y aquella que el nublado sol serena
y el claro ofusca con su hermosura,
tal que en Barajas vencerá la fama,
doña Mencía de Cárdenas se llama.
Otra más dulce y más templada cuerda,
otra voz más sonora y no del suelo,
cante á doña María de la Cerda,
que en la Puebla podrá poblar un cielo;
y pues el son con el nivel concuerda,
que escucha atento el gran señor de Delo,
y la voz oye y la harmonía siente,
doña Isabel de Leiva es la siguiente.
Aquella que entre todas raya hace
en valor, en saber y en gentileza,
que de Mendoza y de la Cerda nace,
y de Leiva quien goza su belleza;
por quien la Fama tanto satisface,
que con lo llano sin buscar destreza,
hace que el suelo Mariana diga
y que el deseo tras otro bien no siga.
La que á los ojos con beldad admira,
y á los juicios con saber recrea,
Denia la ofrece, espérala Altamira,
y quien la goza más, más la desea;
doña Leonor de Rojas, con quien tira
Amor sus flechas y su brazo emplea,
Fama se esfuerza, pero no la paga,
porque no hay cosa en que su prueba haga.
Veréis las dos de Castro, á quien Fortuna
impossible es que al merecer iguale,
son Juana, á quien jamás llegó ninguna;
Francisca, que entre todas tanto vale,
que el claro sol y la hermosa luna
de Mendoza y Pizarro en ellas sale,
Juana y Francisca Puñonrostro canta
y el mundo al son los ánimos levanta.
Hermanas son y bien se les parece
en valor y beldad y cortesía
las dos, do más el nombre resplandece
de Zapata, que el sol á medio día,
son Jerónima y Juana, en quien ofrece
el cielo cuanto por milagro cría,
Rubí se engasta de su esmalte puro,
Puertocarrero el puerto ve seguro.
En el discurso de la grave lista
id con nuevo recato apercebidos,
que la belleza ofuscará la vista
y el valor y el saber á los sentidos:
la condesa mirad de Alba de Lista,
veréis en ella los deseos cumplidos,
que cuanto el mundo considera y sabe,
doña María de Urrea es en quien cabe.
Aquella viva lumbre, decendiente
de Mendoza, Velasco se apellida,
Juana Gentil, en quien Ramírez siente
bondad y gracia y triunfo sin medida;
es doña Juana Cuello la siguiente,
donde tal suerte y tal valor se anida,
tal beldad, tal saber, tal gentileza,
que empereza la Fama su grandeza.
Si queréis ver de discreción la suma,
si queréis de valor ver el extremo,
de hermosura el fin, donde la pluma
se ha de abrasar y al pensamiento temo,
golfo de bienes que, aunque más presuma,
no correrá el deseo á vela y remo,
volved, veréis las cuatro lumbres bellas,
y lo más que diré, lo menos dellas.
Brianda, Andrea serán, Teresa y Ana,
nortes del mundo y más de nuestra Iberia,
por quien gozan vitoria más que humana
Béjar, Gibraleón, Arcos y Feria;
Guzmán, Sarmiento, Zúñiga, que llana
hacen la palma nuestra y dan materia
á la Fama, que haga formas tales,
que durarán por siglos inmortales.
Gracia, bondad, valor, beldad, prudencia,
linaje, fama y otras celestiales
partes se ven en firme competencia,
para quedar en un lugar iguales:
es Mariana quien les da excelencia,
la gloria de Bazán, por quien son tales
y á quien la casa de Coruña llama,
para más nombre, gloria, triunfo y fama.
Entre estas maravillas singulares
doña María Pimentel se mira,
valerosa condesa de Olivares,
en quien el valor mismo se remira;
y aquella preferida en mil lugares,
doña Luisa Faxardo es quien admira
á la natura, y Medellín, dichoso
por ella, al mundo dexará invidioso.
Aquella gracia y discreción que iguala
á la beldad, con ser en tanto grado,
que lo menos que vemos tiende el ala
sobre lo más perfecto y acabado,
miradla bien, que es doña Inés de Ayala,
sin poder ser de otra aquel traslado,
aquel extremo de amistad y vida,
de antigua y clara sangre producida.
Mirad, veréis á la gentil doña Ana
Félix, felicidad de nuestra era;
es condesa de Ricla, es quien allana
al siglo el nombre de la edad primera;
y aquella que se muestra más que humana
en valor, suerte y gracia verdadera,
doña Guiomar de Saa, será su historia
luz de Vanegas, de Espinosa gloria.
En Tavara y Cerralvo contemplamos
nueva luz, que los ánimos assombre,
con estas dos bellezas que juzgamos,
engrandeciendo de Toledo el nombre:
si ofuscada la vista retiramos,
veremos otro sol de tal renombre,
que el de Guzmán adelantado queda,
por quien compite con el cielo Uceda.
Allí se muestra en rostro grave y ledo
aquella admiración de los vivientes,
honor de Enríquez, gloria de Acevedo,
siendo condesa sin igual de Fuentes;
y aquella (si en tan poco tanto puedo
que, dexadas sus partes excelentes,
diga su nombre) es doña Catarina
de Carrillo y Pacheco la más dina.
Mirad las dos de extraña maravilla
en valor, en saber y en hermosura:
la una de Escobedo, otra de Arcilla,
gloria y honor, y más de la natura,
María y Catarina, á quien se humilla
todo lo digno de alabanza pura,
ambas por albedrío y por estrella,
aquésta de Bazán, de Hoyo aquélla.
Llegue doña María de Peralta,
en quien se alegra y enriquece el suelo;
doña Angela de Tarsis, do se esmalta
más viva luz que la que muestra el cielo;
doña Isabel Chacón aquí no falta,
que faltara la gloria y el consuelo;
tres tales son que, para no agraviallas,
gastar debía tres siglos en loallas.
Vamos á aquella de la antigua cepa
de Córdova, sin par doña María,
es marquesa de Estepa, y con Estepa,
serlo de un mundo entero merecía;
y á ti en quien no es possible que más quepa
suerte, valor, beldad y gallardía,
del tronco de Velasco, Mariana,
por quien el de Alvarado tanto gana.
Las tres hermanas que en mirar se goza
con atención el regidor de Oriente,
veislas aquí cómo las muestra Poza,
y cómo Aranda, y cómo Avilafuente;
en ellas el real nombre se alboroza
de Enríquez, y un misterio nuevo siente,
que aunque no es nuevo en él el bien cumplido,
eslo en el mundo el que ellas han tenido.
De Castro y de Moscoso llana hacen
dos Teresas la luz, y al sol escaso,
por quien Mendoza y Vargas satisfacen
sin haber cosa que más haga al caso,
con doña Mariana más aplacen,
por quien Mendoza, enriqueciendo á Lasso,
se alegra el Tajo, y su feliz corriente
dirá Lasso y Mendoza eternamente.
Las dos hermanas en quien cupo tanto,
que en lengua humana su loor no cabe,
son Blanca y Catarina, y son espanto
de quien lo menos de sus partes sabe,
el claro nombre de la Cerda, en tanto
abre su lumbre y éstas son la llave
con su gracia y virtud resplandecientes,
una de Denia y otra de Cifuentes.
Aquella que, aunque el sol más se le acerque,
es impossible que á su luz parezca,
y por más vueltas con que el cielo cerque,
no hallará quien tanto loor merezca,
es la gentil duquesa de Alburquerque,
por quien después que todo el bien parezca,
recobrarse podrá en la antigua Cueva,
que ha de ser siempre milagrosa y nueva.
De singulares dones mejorada
se ve doña María de Padilla,
del mundo por valor Adelantada,
siéndolo por estado de Castilla;
y la que fué de tal beldad dotada,
que la misma belleza se le humilla,
doña Juana de Acuña, en quien se halla
tanto, que más la alaba el que más calla.
La de Velada y la del Carpio vienen,
aquésta de Toledo, ésta de Haro,
y ambas del cielo en lo que en sí contienen
de beldad y valor é ingenio raro;
junto con ellas á su lado tienen
á la que no fué el cielo más avaro,
es señora de Pinto, y es aquella
luz de Carrillo y de Faxardo estrella.
No nos encubre la alta Catarina
de Mendoza su aspecto valeroso,
marquesa de Mondéjar, sola dina
de hacer nuestro siglo venturoso;
ni aquella de bondad tan peregrina
del nombre de Velasco generoso,
que desde Peñafiel hinche la tierra
de cuanto bien y gloria el mundo encierra.
La que al sol mira en medio de su esfera,
y el sol se ofusca al resplandor jocundo,
es doña Ana del Aguila, do espera
Ciudad Rodrigo, y goza el bien del mundo;
quise cantar aquesta luz primera,
al cabo de este templo sin segundo,
ya que en el orden no hay otro remedio
para igualar principio y fin y medio.

Dixo el mago Erión; y vuelto á los tres pastores, que con sumo contento le escuchaban, recibió dellos las debidas gracias, y tornando del fresco jardín, les señaló aposentos en que habitassen y familiares suyos que los sirviessen; donde gozaban sin medida su deleite, cuándo con las diosas de los montes, siguiendo las fieras, cuándo con las deesas de las selvas, cazando las aves, y cuándo con las ninfas del sagrado río, apartando el oro de entre la menuda arena; vida dulce, más fácil de ser invidiada que imitada, donde era la razón señora, el deseo cautivo, el gusto honor, el honor regalo, Amor ardía y el respeto no se helaba; bien se puede aquí esperar firmeza, que donde falta virtud, difícil es la perseverancia. Y ahora volvamos á la ribera, donde, con su bien ó su mal, quedaron nuestros pastores esperándonos.