The Project Gutenberg eBook of Por las dos Américas

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Title: Por las dos Américas

Notas y reflexiones

Author: Enrique Molina

Release date: February 26, 2024 [eBook #73044]

Language: Spanish

Original publication: Santiago de Chile: Casa Editorial Minerva, 1920

Credits: Santiago Yrla, Chuck Greif, Adrian Mastronardi and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive/American Libraries.)

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INDICE

ENRIQUE MOLINA


POR LAS DOS AMÉRICAS

NOTAS Y REFLEXIONES


Casa Editorial “Minerva”
M. Guzmán Maturana
SANTIAGO.—CHILE
1920



Es Propiedad

Imp. Universitaria.—Estado 63.—Santiago de Chile.



CAPITULO PRIMERO

DE VALPARAÍSO A COLÓN

Por las costas de Chile.—Mollendo.—El Callao.—Lima.—Espíritu español.—Atraso político de los peruanos.—Gentileza de la gente culta.—Problemas internacionales.—Panorama de la naturaleza y de los pasajeros.—Un atormentado.—Panamá.—El Canal.

El camino más corto para ir desde Chile a los Estados Unidos es a través del canal de Panamá. Los buenos vapores se demoran ya de Valparaíso a Nueva York sólo diez y ocho días, y es probable que antes de un año no necesiten más de quince y aún menos.

La rapidez y la economía que así resultan compensan la falta de otros atractivos que pudieran deleitar a los viajeros a lo largo de la costa del Pacífico meridional. Esta costa es monótona, y fuera de Valparaíso y tal vez de Antofagasta, no ofrece grandes puertos que puedan despertar la admiración o la curiosidad en algún sentido. Hablar de grandes puertos, refiriéndose a los lugares chilenos nombrados, debe entenderse dicho con relación a las ciudades, porque en cuanto puertos, bien sabido es que son detestables y que difícilmente habrá otros peores en el mundo. Si en cualquier peñón desierto en medio del océano se levantara un poste con un letrero que dijera «Puerto», seguramente resultaría más abrigado que cualquiera de los dos.

La costa occidental no presenta a la vista el regalo de algo semejante a los panoramas encantados de Río de Janeiro, Santos y otros puntos tropicales de la costa oriental.

Tampoco centellean de noche en ella los innumerables faros que animan sin cesar las pobladas orillas del Mar del Norte europeo; ni aguzan la vista de los pasajeros, como ocurría en este mar antes de la gran guerra, el pasar continuo de transatlánticos ni el deslizarse en medio de centenares de barquichuelos pescadores de pintorescas velas.

A bordo no se baila, y apenas se toca. Por lo demás, no es mucho lo que perdemos con no oir más seguido el piano de nuestro vapor, el Aysen, porque, por lo viejo, desafinado y chillón, resultan sus sonidos capaces de hacer temblar de irritación a los nervios más bien puestos. Un maestro se arrojaría al mar antes de poner las manos sobre ese teclado. Entre los pasajeros hay sólo tres niñas, que son las que hacen los gastos de nuestros escasos entretenimientos sociales con algún encanto femenino.

No se divisan más de dos parejas que «flirtean». En la rada de Coquimbo, primera escala del vapor, contemplaban un joven y su compañera a las vendedoras que habían subido a vender frutas, dulce de papaya, confitados, quesos, canarios, objetos adornados de conchas, etc.

—Estas cosas son traídas de La Serena y de los valles vecinos, le dijo él. Por haber llegado tan tarde el vapor, me ha fallado uno de los primeros números de mi programa de viaje. Tenía vivo interés en alcanzar a visitar La Serena, que es mi pueblo natal, ver sus calles coloniales adormecidas en su estagnación semi-secular; pero ya es de noche. Tengo que contentarme con divisar sus luces que parpadean cerca de la costa. Es un suplicio tantálico: anhelaba ir allá; tengo a la vista el lugar de mi anhelo y sé que será imposible conseguirlo. Es una imagen en pequeño de lo débiles que suelen ser nuestras fuerzas ante el destino. En estas circunstancias las lucecitas de la ciudad querida me parecen las miradas de una mujer que se desea y no se alcanza, aunque ella misma quisiera ser alcanzada.

—Quién sabe si tanto en el caso de la mujer como en el de la ciudad es lo mejor que pudiera ocurrir para no perder la ilusión, dijo suspirando un señor maduro, que estaba cerca.

La niña sonreía sin entender tal vez la pena del joven ni el dolor que palpitaba en la triste reflexión del señor maduro.

Uno de los «flirts» produjo resultados francamente saludables. Para aliviarlo de una honda neurastenia, llevaba un padre a su hijo a viajar; y el juego del amor, las dulces coqueterías de una simpática niña, pudieron más para mejorarlo, sin duda junto con la acción del descanso y del aire del mar, que todos los médicos que lo habían atendido y drogas que había engullido antes. He considerado el caso muy digno de ser mencionado, sin que piense que el remedio haya de ser recomendado siempre.

*
* *

Los pasajeros leen, se pasean, juegan a las cartas, al dominó, a los dados para beber los indispensables aperitivos antes de almuerzo y comida, o cualquier cosa a toda hora. Los norte-americanos dan pruebas de mayores aficiones gimnásticas que los demás. Juegan al lanzamiento de pequeños discos de madera en el puente, y lo hacen con grandes gritos y alboroto y en mangas de camisa. También gastan más empeño que otros en recorrer el vapor diariamente de popa a proa con trancos elásticos.

Hay un japonés que no se mete con nadie. Retraído, huraño, fuma, toma notas, y tiene una marcada fisonomía de bicho mal intencionado.

Viene un joven argentino, que es un pequeño «super-hombre». No muy alto, delgadito, anguloso, muy metido en sí mismo, de pantalón blanco irreprochablemente planchado y doblado abajo, de inmaculadas zapatillas blancas con suave suela de goma; se pasea abstraído en sus hondos pensamientos, muy derechito, lanzando las piernas como si obedecieran a resortes muy bien montados! Protesta de que no le preparan el baño a tiempo, llama a los mozos a grandes voces y habla de una comisión de su gobierno que lo lleva a los Estados Unidos. Parece que tuviera en sus manos los destinos de toda la América Española.

La costa de Chile va acompañada de cerros que en las latitudes del norte acentúan su carácter árido, estéril, monótono. Aquí limitan al desierto o a la pampa y son de un color café claro. Se presentan formados de una substancia al parecer blanda, sin una planta, repulsivos, contrarios a la vida, y como dispuestos a tragarse al hombre que se atreva a aventurarse en medio de ellos. Y detrás de esta barrera se encuentra el salitre, la inmensa riqueza que fecunda la tierra y es fuente de vida.

Antofagasta, la principal ciudad chilena del norte, se levanta en las faldas de estos cerros desolados. Contemplada desde a bordo, se presenta como un pequeño pueblo ahogado en los brazos de la montaña triste y aplastante. Mirada de cerca, ya es otra cosa. Pero no siempre es fácil desembarcar y llegar a ella. Hay días,—y el en que nosotros fondeamos fué uno de ellos,—en que el mar forma tantas olas aquí como en el lugar más abrupto de la larga costa chilena. Los vapores fondean lejos y danzan sin cesar, acompañados de los botes y vaporcitos que se acercan a ellos, y suben y bajan diez o doce metros en un movimiento continuo.

Los angustiados pasajeros, que desean o tienen que desembarcar, deben esperar el momento preciso en que el bote se acerca a la base de la escalera para saltar sin peligro, pero no sin que sea menester dar pruebas de gran agilidad y acrobacia. Aun así no escapa el pasajero libre de una buena mojada.

Las calles de Antofagasta son anchas, y en ellas reina la animación de una ciudad activa y llena de vida. Se hallan pavimentadas de asfalto de roca, hecho en mejores condiciones que en cualquiera otra ciudad de Chile, y las recorren automóviles y victorias limpios, nuevos, brillantes. La población tiene cincuenta años de existencia y cuenta sesenta mil habitantes más o menos. Hay buen alumbrado eléctrico, buen agua potable, y hasta jardines, quintas y parques preciosos. Los chilenos han creado un oasis al borde del desierto.

Iquique, más que una ciudad, es un campamento. Le falta de la verdadera ciudad el carácter de mansión definitiva, de lugar elegido por el hombre para establecer su hogar. Es una plaza de tránsito en que los hombres se congregan para enriquecerse y divertirse. Y en cuanto pueden se marchan. Es un campamento que no tiene nada de desagradable y donde se lleva una vida ligera y fácil. Cuenta con algunas calles amplias y hermosas y con un bello paseo a la orilla del mar. Desgraciadamente, según informaciones que recibí al pasar, en lo que más importa a la vida no es un campamento nacional, sino extranjero. Las principales industrias y el gran comercio se hallan en manos de extranjeros, y hasta el agua que usan y beben los habitantes la suministra una compañía foránea que cobra por ella los precios más exorbitantes que es dable encontrar en el mundo.

Después de recorrer la costa desnuda de toda vegetación de Antofagasta y Tarapacá, Arica se presenta a la vista como un pequeño vergel. Arica es la puerta de algunos ricos valles de la provincia de Tacna que producen, entre otras cosas, exquisita fruta. Las naranjas y las chirimoyas del valle de Azapa son de una dulzura deliciosa e insuperable.

Arica es un pueblo de calles estrechas, tristes, amodorradas, pavimentadas con piedra de río, y con aceras angostas que se extienden casi al mismo nivel de la calzada.

¡Qué laxitud se siente en la vida de este pueblo! La gente anda despacio, no gasta prisa para nada. La gente del pueblo anda sucia, desarrapada; y los ejemplares de la raza peruana que se encuentran evocan la mísera imagen de los tipos sud-africanos. Parece que todos vivieran en una comadrería condescendiente y resignada.

Al alejarnos del último puerto chileno, contemplamos al Morro de Arica, pelado, macizo, abrupto, teatro de las inmortales hazañas de nuestros guerreros; lo juntamos en nuestra mente con otro escenario de valor épico, la rada de Iquique, y sentimos que en estas tierras yérmicas y escuetas, ha dejado el heroísmo chileno palpitaciones inmortales y vigorizantes, que sumen el alma en un estado depurador de unción patriótica, casi religiosa.

*
* *

Mollendo, el primer lugar peruano en que tocamos, es un puertecito enclavado en las faldas de los estériles cerros de la costa, que continúa siempre desolada. El pueblo no tiene hacia donde extenderse abrigado entre el mar y la montaña. Sus casitas parecen palomares colgados de las paredes de un barranco. Tampoco existe una bahía propiamente dicha, y el mar se presenta de ordinario más agitado y terrible que en Antofagasta, con lo que se dice todo. Los pasajeros, para embarcarse o desembarcarse en el vapor o en el muelle, tienen que ser izados o bajados amarrados en sillas.

El principal puerto del Perú, El Callao, nos ofrece en una mañana de Septiembre, ligeramente envuelta en leves brumas, su bahía amplia, hermosa y tranquila. El puerto, con su desembarcadero propiamente dicho, es muy bueno y seguro. Pero el pueblo es pequeño, bastante sucio y sin importancia. Callao sufre con la proximidad de Lima, a la cual está unido por buenos tranvías eléctricos que hacen el viaje entre la capital y el puerto, en menos de una hora. Hay además carreteras muy bien tenidas para automóviles y otros carruajes. Toda la gente de cierta posición social prefiere no vivir en el puerto sino en Lima o en algunos de los bellos y graciosos balnearios de los alrededores, como Miraflores, Chorrillos, Barrancos. Entre Lima y El Callao se encuentran además San Miguel y Magdalena, lugares de residencia también, compuestos de pintorescos chalets, que aquí con cierta modestia y dejo de casticismo se llaman «ranchos».

La vieja Lima es un encanto. Uno se cree en medio de esas seductoras antiguas ciudades italianas que sugieren misterios, hacen convivir con siglos pasados y hechizan la imaginación. Las calles son estrechas y no bien pavimentadas; pero gustan mucho. Los balcones con vidrieras corridas, o con espesas celosías, las rejas moriscas, los patios andaluces producen una impresión artística propia, impresión de ensueño y de tranquilidad sonriente.

De las ciudades importantes de la América Latina, Lima es,—cediéndole el paso en esto tal vez a Méjico,—la que tiene más carácter genuinamente español y colonial; y es, por lo mismo, más interesante a los ojos del artista y del arqueólogo que otras ciudades como Buenos Aires y Santiago, de muchísimo más valor desde otros puntos de vista.

Los principales monumentos de la época colonial que se señalan en Lima son la catedral, el convento de San Francisco, el Palacio de Torre-Tagle, la casa de la Perricholi, y el Palacio del Senado, donde funcionaba la Inquisición.

La casa de la Perricholi fué hecha por el virrey Amat, en la segunda mitad del siglo XVIII, en obsequio de su querida, la célebre artista Villegas, a quien él, en los momentos de discordias semi-conyugales, llamaba en su mal pronunciado castellano «Perricholi», por decir «perra chola». Es una casa que se encuentra bastante en ruinas; no fué hecha de material noble y durable; y aun en su tiempo debe haber sido más pretensiosa que hermosa y recargada de colores y decoraciones. Hoy hace la impresión de una mujer que, a pesar de sus muchos años, ha seguido vistiéndose con telas claras un tanto raídas y conserva sin cesar en sus arrugas restos de afeites.

La catedral es una fábrica perfectamente bien tenida, pero de estilo poco definido, y tal vez algo pintarrajeada y sobrecargada de dorados. La sillería del coro tiene tallados admirables que la hacen una valiosa obra de arte. Entre las reliquias de la catedral se encuentran los restos del conquistador Pizarro, conservados en una urna de vidrio. En el mismo departamento hay un riquísimo altar de plata maciza y una madona muy bella, que, según dicen, fué un obsequio de Carlos V. Es una obra en que se ha combinado la pintura con el relieve. La virgen está pintada al óleo, y lleva una diadema de verdadero oro realzado; el conjunto da una impresión de armonía completa.

El palacio de los marqueses de Torre-Tagle data de 1735, y es la mansión más importante y típica que conserva Lima de la época colonial. Es una casa de dos pisos, de color obscuro, situada en el centro de la ciudad. Su patio español, sus maderos ricamente labrados en cuanto se ve de ellos, sus frisos de azulejos, sus azoteas, su fachada, hacen de este palacio un monumento único. Ocupa el segundo piso de la fachada un balcón corrido, sobresaliente a la calle, cerrado con espesas celosías; y al contemplar éstas desde afuera o mirar a través de ellas desde adentro, vuela la fantasía hacia el siglo XVIII y se complace en forjar romances de amor. Como todos los obstáculos que se oponen a los enamorados aumentan el incentivo de la pasión, las discretas celosías deben haber prestado cierto misterio a los encantos de las limeñas y enardecido los sentimientos de sus adoradores. Uno ve a un galán pasando por la calle y renegando de la cortina de madera que le impide disfrutar de los ojos de su amada; y ella, quizás una marquesita, que no se atreve a abrir la celosía, sufre también. Y la imaginación se representa este vulgar episodio de la eterna historia del corazón, hermoseado con toques artísticos por la mágica pátina del tiempo.

El convento de San Francisco, fundado en el siglo de la conquista, goza entre los peruanos de la fama de ser una maravilla en todo sentido. Sin embargo, debo confesar que no me pareció así. No es una obra de arte arquitectónico ni contiene grandes obras pictóricas o esculturales. La sillería del coro se halla magníficamente tallada, aunque, según mis recuerdos, los tallados no son de tanto mérito como los de la catedral.

El convento tiene, sí, la venerabilidad que prestan los siglos a todo lo inanimado que se mantiene a través del tiempo sin cambiar. Según las palabras del amable monje que me acompañaba, el convento se halla tal cual fué en la centuria decimosexta. Y no cuesta creerlo. El siglo de la conquista fué, sin duda, de fabulosas riquezas en la tierra de los incas, pero ni el carácter de la época ni los medios disponibles permitían emplear esa riqueza en hacer la vida confortable. Austeridad, frialdad, desmantelamiento, son las impresiones que produce esta casa de religiosos. La iglesia solitaria, el amplio coro, la alta sacristía, envuelven el ánimo en una sensación de encogimiento triste. El espíritu no se siente invitado a recogerse en sí mismo a meditar, porque quiere huir de ahí. Los corredores están adornados de altos frisos de hermosos azulejos; pero se hallan rodeados de rejas hacia el patio y la idea de encontrarse en una cárcel oprime el corazón. En el patio, sobre el suelo húmedo, languidece marchitándose, desplomándose, un pobre jardín.

Sin embargo, mi guía, que pasaba su vida entre esas paredes desoladas y frías, no denotaba nada de tristeza. No era en verdad el tipo del monje rechoncho, de carnes opulentas, que se nos suele pintar. Era pequeñito, delgado, de faz anémica; pero de todo su ser emanaba una conformidad risueña y se mostraba muy ufano del renombre y antigüedades de su convento.

Me mostró el buen monje, por último, una capilla muy mona, en que había una virgencita extremadamente milagrosa. Era el lugar predilecto de las devotas limeñas de la buena sociedad. Ah! en los días de grandes fiestas, la capillita parecía un canastillo de flores y un rincón del cielo lleno de soles y de estrellas. Una vez estalló un incendio que amenazaba devorar la hermosa nave. La virgencita bajó entonces por sí sola del alto sitial en que se encontraba, se puso a orar delante del altar y las llamas detuvieron como por encanto su avance destructor. Los que estaban empeñados en apagar el incendio, y vieron el prodigio, corrieron a dar cuenta de lo ocurrido a otros monjes y al superior; pero cuando volvieron, ya la virgen había subido de nuevo a su lugar, también por sí sola, y estaba ahí tan serena como si nada hubiera hecho.

Al monje no le asaltaba la menor duda sobre la veracidad de su relato. Por mi parte, complacido en la contemplación de ese cerebro adulto que se hallaba en tal estado de fe ingenua, me encontraba muy lejos de querer, con observaciones inconvenientes, arrojar sombras sobre la limpiedad de su creencia.

Y para corroborar que tal milagro cuadraba como si dijéramos en el orden natural de las cosas que podían ocurrir en la capital peruana, el monje agregó:

«Lima es un lugar de bendición, predilecto del Señor. No ve que ha sido tierra de santos, como Santa Rosa de Lima, Santo Toribio de Molgrovejo (y nombró algunos más que no recuerdo). Aquí no hay pestes ni calamidades de ninguna especie. Esta ciudad es un paraíso».

El viajero que pasa a la ligera por Lima no se resiste a aceptar que el monje estuviera en lo cierto. Para ello se juntan a los encantos de que ya he hablado la suavidad y dulzura del clima. Pero los que viven largo tiempo aquí, saben muy bien que esa blandura es enervante, debilitante y perjudicial para la salud, y que los habitantes del paraíso limeño se hallan muy expuestos a ser víctimas del paludismo, fiebre maligna causada por la picadura de un mosquito que se desarrolla en los pantanos de los alrededores.

Dicho sea de paso que cultivando mejor los terrenos circunvecinos, se obtendría la doble ventaja de aumentar la riqueza agrícola y de sanear más esta parte del país. Uno no puede dejar de hacer tal apuntación al observar cierto abandono en los campos que se extienden entre El Callao y Lima.

El espíritu español subsiste en el Perú incorporado no sólo en las cosas, sino en algunas costumbres. Y si no, díganlo las corridas de toros. No me tocó la suerte de asistir a ninguna, pero es sabido que las de Lima no le ceden en brillo, en importancia y en rendimiento pecuniario a las más pintadas de España. Los jóvenes limeños de ambos sexos adoran a los toreros famosos, y guardan sus retratos como los de héroes y grandes artistas. Toreros ha habido que han levantado fortunas de millones de soles, toreando en Lima. Un peruano cultísimo y profesional distinguido me decía al respecto:

«Yo prefiero una tarde en la Plaza de Toros a cinco noches de ópera en el Metropolitano de Nueva York; y usted haría lo mismo, agregaba, si hubiera asistido siquiera una vez en su vida a una buena corrida».

El pueblo peruano encierra en los cuatro millones de almas que lo forman, tres millones de raza india. Por esta razón tal vez es tan frecuente en las clases bajas el tipo pequeño, endeble, casi negro, que hace pensar en tipos sud-africanos. En los gendarmes de Lima se observan generalmente estas características y no hay mucho que admirar en ellos, por supuesto, en cuanto a apostura marcial.

Esta circunstancia racial debe ser también uno de los antecedentes que han obrado para producir el atraso político, la falta de preparación cívica en que aun se encuentra la nación peruana. El Perú no ha salido todavía del período de las asonadas militares y de los gobernantes que suben y bajan en virtud de afortunados golpes de mano y de motines de cuartel, período por que pasaron en diferentes décadas del último siglo todos los pueblos hispanoamericanos y que un buen número de ellos ha dejado atrás afortunadamente para siempre. Al parecer no hay en este país partidos sólidamente organizados ni opinión pública con fuerza bastante para servir de freno a los desmanes de los caudillos y del militarismo. El pueblo, en el más perfecto sentido de la palabra, entendido como concepto comprensivo de todas las clases sociales, teniendo la conciencia de formar una comparsa que no puede influir en la suerte de la República, permanece impasible ante las intrigas de palacio que derriban y elevan mandatarios[1].

¡Qué personas tan finas, amables y de vivaz inteligencia son los peruanos de las clases cultas! En este viaje no he tratado uno solo que no me haya dejado tal impresión.

Aun para discurrir sobre las más espinosas y peliagudas cuestiones internacionales, sobre aquellas que aprietan entre sus mallas el amor propio nacional, he encontrado en ellos espíritus claros y serenos. Charlando a bordo sobre tópicos de esta clase, me decía un diputado:

—El desenlace de la Guerra del Pacífico fué desgraciadamente una cosa natural y lógica. Nosotros teníamos que ser vencidos por un motivo racial. Como usted sabe, las tres cuartas partes de nuestra población están formadas de indios y con la indiada no se pueden hacer buenos soldados. ¿Cómo íbamos a combatir con éxito con el pueblo de ustedes, compuestos de fuertes mestizos o de tipos de raza blanca?

Hablábamos en otra ocasión con otro distinguido peruano a propósito de la, por parte de sus compatriotas, soñada intervención de los Estados Unidos para solucionar la cuestión de Tacna y Arica. Y me decía:

—Es un recurso empleado por algunos politicastros para agitar la opinión pública y mantenerla favorable a ellos, atizar la esperanza de que en el arreglo de nuestros conflictos vamos a contar con el apoyo de los norte-americanos. Esta es una pobre ilusión. Tal cosa no ocurrirá. Nosotros debemos levantarnos en virtud de nuestras propias fuerzas, y resolver directamente nuestros problemas, con cordura y equidad, sin la intervención de nadie de fuera de la América Española.

Escuché con hondo regocijo estas palabras que me producían una sensación de alivio y venían a confirmar y a dar más nitidez a muchos juicios y sentimientos que yo ya sustentaba de antemano. Han estado en lo cierto la inmensa mayoría de los chilenos que han considerado insensato el odio a los peruanos. No revelaría hidalguía odiar a una nación hermana que es militarmente más débil que nosotros. Es claro que no es posible remontar el curso de la historia; y que Chile y el Perú no pueden encontrarse de nuevo en la situación en que se hallaban antes de 1879 o de 1873; pero, dentro de la aceptación de los hechos consumados y del respeto a los derechos adquiridos, hay que buscar una pronta solución al conflicto existente, solución que signifique el principio de una nueva era en la historia de la América Española. La grandeza futura de las naciones de este Continente descansa en la unión de la América Latina. De otra suerte, serán fácil presa de los extranjeros, primeramente en el orden económico, y quién sabe después en cuántos sentidos más, lo que puede no permitirles llegar a desarrollar una personalidad vigorosa y acentuada en el concierto de los pueblos civilizados.

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* *

Para muchos, el viaje se prosigue dentro de la monotonía de una vida siempre igual. Todos los días los mismos paseos, los mismos juegos, las mismas comidas, el mismo matar somnoliento de las horas en las cómodas sillas de cubierta, el mismo esperar lánguido de la próxima distribución.

Sin embargo, la monotonía es en muchos aspectos sólo aparente. Las bellezas naturales, el mar y el cielo que en su grandeza nos arrastran hacia las misteriosas vaguedades de lo infinito, sobrepasan el concepto de lo monótono. El mar es un objeto que invita a la contemplación serena y plácida, al arrobamiento, no al hastío, ya se presente con la tranquila magnificencia de un lago sin límites, ya se agite en olas irritadas por la acción levantisca del viento, ya tomen sus aguas tintes verdosos de algas, o azules obscuros, tenebrosos, que hacen pensar en algún líquido abetunado, pegajoso.

Navegamos casi siempre en un mar tranquilo, muy digno de su nombre de Pacífico. Sólo entre Antofagasta y Mollendo un viento sur fuerte nos azotó algo de costado, encrespó el mar de manera formidable e hizo bailar al vapor como un barquichuelo insignificante. Aquí fué el protestar de la gente mareada. Muchas señoras creían morirse y no pocos señores también, y clamaban en contra de lo pequeño, de lo inseguro y de lo inestable del buque. Este resultaba el fracaso más completo de la arquitectura naval. Pero el mal tiempo fué cuestión de dos o tres días y pasó.

La naturaleza volvió a recobrar su hermosa placidez. En Paita se nos presentó con todas las galas de una belleza tropical, brillante, nítida, transparente. Era una noche placentera, tibia, amorosa. La bóveda azulada parecía una tersa piedra preciosa en que estuvieran engastadas centelleantes la luna y las estrellas. Se sentía un aire grato que envolvía en laxitud. Las aguas se mecían balanceando en sus ondas los rayos de la luna: correspondían con la suavidad del movimiento a la caricia de la luz. El alma se sentía inclinada a caer en adoración y a divinizar el mar, las estrellas, la luna, como deidades palpitantes de amor, sonrientes y benévolas.

Paita es famosa por tres capítulos: por la luna, los sombreros de jipijapa y la chancaca. En esta ocasión sólo de esta última no pudimos dar fe. Ya hemos visto cuán justificada es la fama de la luna, tomada como representativa de un cielo tropical esplendoroso. Por lo que respecta a los sombreros, una nube de vendedores subió al vapor a ofrecerlos. Eran individuos de tipo indio muy acentuado, aunque no enteramente puro y con caracteres de mestizos. Traen los sombreros en bolsas de tela y algunos son tan finos que se pueden doblar como el más delicado tejido de seda o de hilo. Pero se permiten pedir por éstos de ocho a diez libras esterlinas. Con el regateo bajan a cinco, a cuatro, y cuando el vapor va ya a levar anclas es fácil obtener alguno bastante bueno por dos libras.

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Así como el panorama de la naturaleza no resulta monótono para el que sabe mirarlo con amor e interés, de igual manera el panorama, por decirlo así, que van presentando las personas de los viajeros ofrece siempre algo de nuevo si se le observa con atención. Nunca alcanza a conocer uno a todos sus compañeros de viaje ni siquiera de vista en los primeros días. A lo mejor, extrañado de una facha que no ha visto antes, se pregunta: ¿Y este señor de dónde salió? Otros van subiendo y bajando en los puertos en que se hace escala. Hay contactos de almas que duran el fugaz minuto de una cortesía, y luego se apartan en diversas trayectorias, tal vez para siempre. Los hay también un poco más largos, lo suficiente para que se alcancen a tejer las etéreas fibras de una mutua simpatía; pero también viene luego el apartamiento, a menudo para siempre. En general el trato con los demás resulta, con raras excepciones, provechoso. Acercándose a las personas y penetrándose de lo que son, se desvanecen prejuicios, esquiveces, y se las juzga con más ecuanimidad y justicia.

¡Cuántas veces bajo un cielo azul bruñido, que es una lluvia de dicha para los que saben recibirla, y sobre un mar que se mece con suaves ondas de ensueño, soplan a bordo en los corazones vientos de tormentas pasionales horrorosas, vientos de tragedia!

A este respecto me interesó hondamente la situación espiritual desgarradora de un joven médico en quien no había reparado en los primeros días, el doctor N. Era un hombre de aspecto sereno, pero, observándolo con cuidado, se veía que un hondo desgano, una displicencia que le venía de las entrañas le encogían el ánimo y que él luchaba para mantener por lo menos en apariencia el equilibrio de su alma. Le faltaba la alegre espontaneidad característica de las personas que gozan de plena salud corporal y espiritual.

Notando el interés que me inspiraba, empezó a ser franco conmigo, y una tarde me abrió su pecho en una dolorosa confesión:

—Estoy desesperado, amigo mío, me dijo. La idea del suicidio me obsesiona, me ahoga el corazón, me tiene seco el cerebro, me impide pensar en cualquier cosa e interesarme por nada. Cuando me paseo solo, sobre todo en las tardes y en las noches, las aguas ya obscuras del mar y la estela que va dejando el vapor, me atraen. Siento que lo mejor, lo mejor que podría hacer, sería arrojarme a ellas y acabar de una vez. No llevo cuenta de las veces que he deseado tener un revólver y de las en que me lo he puesto imaginariamente en las sienes. Mi fantasía se ocupa en combinar las mejores maneras de terminar instantáneamente con mi vida. Pienso en lo eficaz que sería sentarme en la barandilla de popa, pegarme un tiro y caer al mismo tiempo al mar. Pero sería un escándalo, y esto no se aviene con mis sentimientos. Busco un suicidio que pudiera pasar por un accidente natural. La idea del escándalo me aterra. Oh! qué golpe significaría esto para mi pobre madre, mis hermanitos, algunos de mis amigos!

—Veo que usted ha empezado por hacer lo que debe hacer toda persona que se encuentre en el malhadado caso de usted: luchar con la obsesión y dejar siempre para el día siguiente la ejecución del nefando proyecto. ¿Pero su situación tendrá algunos antecedentes?

—Ah! sí, muy fáciles de exponer, pero no de remediar, como es fácil que se diga porque álguien tiene tuberculosis en último grado y que, con diagnóstico y todo, no haya salvación para el enfermo.

—Creamos que su mal no sea de último grado.

—En mí han obrado la acción disolvente y morbosa de un mal estado espiritual general, y el dominio de una pasión que entró en mi corazón con alborozos y resplandores de celestial aurora; y luego me ha deshecho lo que me quedaba de voluntad y carácter; ha deshecho mi vida. Sin duda lo primero que me ocurrió fué que insensible, paulatinamente, fueron secándose en mí las fuentes vivas de un idealismo sólido y desinteresado. El mundo sensual y frívolo, la falta de una religiosidad honda, el espectáculo de una moral hipócrita y de un patriotismo y civismo declamatorios, dieron los primeros golpes a la contextura de mi alma. Luego la ciencia pura, imposible de acompañar por sí sola con alguna concepción ética salvadora, y cierta literatura hicieron tambalear más aún las amarras ideales a que yo me aferraba. Pocas obras más funestas para el mantenimiento de la voluntad y de la fuerza moral que las de Eça de Queiroz, de Anatole France y otros franceses por el estilo, y las de algunos españoles. No niego las grandes cualidades artísticas y literarias que casi siempre las adornan. Pero el escepticismo que campea en ellas, la ironía y el sarcasmo que gastan en sus pinturas de la vida humana, la insistencia con que presentan a sus héroes dominados por las pasiones sensuales, dejan en el alma una impresión de vacío, un estado abúlico, un desprecio de los hombres y un menosprecio de la vida que abisman. La conciencia herida de esta suerte mira con sonrisa de duda cualquier gesto noble, cualquier esfuerzo levantado, cualquier sacrificio, se pregunta ante ellos: «¿Para qué sirve eso?» «A quoi bon?» y el veneno del desánimo y de la apatía que la ha emponzoñado, sugiere la respuesta de: «Para nada, al fin todo será igual».

—¡Cuánta razón tiene usted! Qué descripción y qué diagnóstico tan bien hechos! Pero lo que importa es salir de ese estado.

—¿Dónde encontrar una filosofía sólida de la vida, una filosofía que nos conforte y nos haga avanzar con esperanzas por los senderos del tiempo? Ah! las religiones! Felices los que creen. Mientras nuestros cuerpos marchan en la tierra con planta segura, nuestros espíritus andan a tontas y a locas. La tierra, sólida para los pies, es frágil para el alma, y ésta se debate desolada entre la insuficiencia de nuestro planeta y los misterios del cielo. Me imagino a los hombres y a sus obras como insignificantes monigotillos que se agitan y tejen débiles telarañas en tinieblas y entre dos abismos.

—Todo esto puede ser muy cierto desde un punto de vista cósmico y eterno, haciendo tabla rasa de toda palpitación de un corazón humano. Pero el valor de la vida no depende de su comparación con las dimensiones del cosmos y de la eternidad, sino de nuestros sentimientos. Se puede defenderla indudablemente con argumentaciones y razonamientos sólidos; pero cualquiera alegación, por bien fundada que sea, no es lo esencial de ella. El valor íntimo de la existencia resulta simplemente y siempre de la afirmación categórica del ser que vive, como se ve en la graciosa ingenuidad de un niño que hace de todo motivo de juego, en las abnegaciones inagotables de una madre, en la virtud de una joven que trabaja alegremente día a día sin preguntarse jamás para qué sirve la vida.

—Es cuestión de sentimiento, quizás de amor.

—Sí, sí; pero distingamos, no se trata del amor sexual.

—Sin embargo, ¡cuántas veces es el amor de una mujer lo que presta su encanto supremo a la vida!

—En ciertas edades, por supuesto.

—Y si él no es correspondido o no es posible, caemos en un limbo de tedio y desesperación. Es lo que me ha ocurrido a mí. Hace algunos años conocí una mujer, una señora, cuya hermosura, gracia, talento y trato, me atrajeron. Empezó por ser un pasatiempo delicioso. Luego estar con ella, verla, oirla, eran las mejores horas de mis días. A ella le gustaba también mi compañía. Con el tiempo mi simpatía se convirtió en una pasión arrebatadora que me elevó en un sueño de amor y vino a dar nueva luz a mi existencia. ¿Y cómo no amarla? Había tan grande armonía en su persona: la viveza de sus palabras, la frescura de su talento y de su ingenio, lo sano y delicado de sus sentimientos, su capacidad de amar: todo formaba un conjunto feliz que, cuando hablaba, su voz me deleitaba el alma como las notas de una cajita de música espiritual. Así solía decirle: «cajita de música». A menudo la llamaba también «vidita» y cuando hacía esto, se me iba el alma por los labios. Perdone que entre en estos detalles, tal vez pueriles, pero ¡qué quiere! me complazco tanto en recordarlos. No ir a verla a veces me causaba un dolor como si me desgarraran las entrañas. Yo estaba loco de pasión, pero ella tenía un concepto demasiado claro de sus deberes para que nuestro cariño pudiera conducir a algo ilícito. Jamás pasé más allá de besarle la mano. Tomando del sentimental libro «La Sombra Inquieta», pensamientos de Fogazzaro, nos decíamos que seríamos «esposos sin bodas, que nos querríamos como se quieren los astros y los planetas, no con el cuerpo, sino con la luz, como las palmeras, no con las raíces, sino con las ramas más altas de sus copas».

Yo tenía que ir a Europa a estudiar los últimos adelantos de la cirugía y debimos separarnos. Lo hicimos en una despedida dolorosa que ha significado tal vez un adiós para siempre.

He quedado, como le decía al empezar esta confesión, herido de muerte, con una congoja que me atenacea sin cesar el corazón, me aprieta la garganta y hace que mi vida sea como un prolongado sollozo interior. Qué de lágrimas he vertido hacia adentro que me ahogan el pecho! Y ve usted la ironía del destino: en tal estado voy a buscar la mejor manera de curar las heridas corporales de los hombres.

—Y así paulatinamente curará también la de su alma. Si no un cirujano, el tiempo es sin duda por lo menos un gran médico. Pero hay que ayudarlo con la voluntad y la reflexión, y con la suspensión de todo acto que pueda significar una sugestión de mera impulsividad.

En este momento pasaron corriendo por delante de nosotros un joven sud-africano y una niñita americana, muy dije, encantadora, de ocho a diez años de edad, a quien él llamaba en broma sweetheart[2]. El era un tipo sanote; gordo, macizo como un toro, rebosaba salud y alegría. De maneras un tanto bruscas, con todos charlaba, a todos embromaba: no conocía las penas. Pasaron ambos con gran algazara, ella casi llevada en el aire por él y con su preciosa cabellerita rubia suelta al viento, a sentarse en el extremo de proa, a gozar de la tarde que estaba espléndida.

El médico había extendido los brazos y hecho amago de coger a la niñita al pasar.

—Criaturas como éstas se me hace que fueran hijas de la mujer amada y me las comiera a cariños. Con qué fruición sumerjo mis manos en las onditas de su pelo rubio, cuando la tengo a mi alcance. Sin duda que de las cabelleras de los niños se desprenden flúidos que confortan y hace bien bañar las manos en ellas.

La travesía del trópico no había tenido esta vez los inconvenientes del gran calor que durante ocho días suele agobiar a los pasajeros en estas latitudes. Navegábamos ya en el golfo de Panamá. Invité al médico a que fuéramos también a proa, pensando que, al alivio que pudiera haberle traído su confesión, se agregara el del espectáculo de una naturaleza espléndidamente majestuosa y serena. La tarde se presentaba en verdad con una serenidad imponente, el cielo ligeramente gris y las aguas tranquilas, obscuras, con cierta pesadez de alquitrán. El vapor avanzaba lentamente. Sentado a proa, a la puesta del sol, creí encontrarme en un sitio ideal para gozar de la paz suprema que puede acordarse a un ser humano. La brisa templada no hacía más que acariciar el rostro. Las nubes en el poniente formaban castillos de hadas iluminados fantásticamente.

—¿No siente usted, pregunté a mi compañero, que esta hora derrama un bálsamo sobre el espíritu y lo substrae a sus inquietudes?

Me dió una mirada en que había un destello de luz, que envolvía casi aquiescencia a mi afirmación y se sonrió débilmente sin decir palabra.

*
* *

El día siguiente llegamos a Panamá; pero no fondeamos ni en este lugar ni en Balboa, que es el puerto de la Zona del Canal por el lado del Pacífico.

Era una mañana radiante. Bajo un cielo claro y envuelta en una atmósfera cristalina, deleitosa, se ofrecía la tierra a uno y otro lado. El mar hacía resaltar en el azul de las ondas el verde vivísimo de los numerosos y pintorescos islotes e islas de que se halla sembrado y la costa regalaba la vista con su vegetación paradisíaca.

La entrada del Canal se halla cerrada por cordones de minas que se abren para dar paso a las embarcaciones que tienen la autorización respectiva.

Sin exageración, cabe decir que el Canal de Panamá es una de las obras más maravillosas de todos los tiempos y que significa una gloria para la ciencia y el arte contemporáneos, y para el gran pueblo norte-americano, que con su capacidad técnica y su colosal potencia económica, ha podido llevarla a cabo.

El vapor avanza primeramente por un corto canal natural, para entrar a la primera de las exclusas, la de Miraflores. La obra en todo su trayecto presenta sólo en las exclusas el aspecto de grandes canales artificiales. En las demás partes, por colosales que hayan sido los trabajos realizados, como no hay grandes murallas de piedra ni de concreto, se conservan las apariencias de cauces naturales.

El Canal, como tal vez se sabe, no es una corriente de aguas de un mismo nivel, de uno a otro océano. Las aguas en la parte central, en una extensión que viene a ser más de la mitad de la longitud total del canal, se encuentran a un nivel superior en más de ochenta pies al del Océano Pacífico, y un poco más todavía al del mar antillano. Las exclusas tienen precisamente por objeto levantar los buques al nivel más alto de las aguas del medio.

Las exclusas son grandes canales de concreto de ciento diez pies de ancho más o menos, con gigantescas compuertas de fierro que se abren y cierran herméticamente por medio de la electricidad. Al buque que se acerca lo detiene, antes de que se abra la compuerta, una gran cadena de hierro que tiene por objeto resguardar la entrada por si la embarcación pudiera no venir bien manejada. Paradas las máquinas del buque, se le ata con gruesos cables de hierro a cuatro pesadas locomotoras, dos en cada orilla, que deben remolcarlo lentamente; y una vez en el interior y detenido de nuevo, se cierra la compuerta que ha quedado atrás, y, por medio de magníficos mecanismos interiores, se hace subir rápidamente el agua al nivel requerido. Otra vez se ponen en movimiento las locomotoras de las orillas y remolcan el vapor fuera de la exclusa.

No falta en las exclusas la sencilla elegancia, compatible con la severidad propia de la obra. En las orillas alternan armónicamente los colores blancos del concreto con el verde de los prados artísticamente dibujados a lo largo de la construcción, y toda ella va acompañada a ambos lados por altas columnas, también de concreto, que sostienen dobles focos de luz eléctrica, lo que presta al conjunto cierto aspecto de esplanada de paseo.

Después de un corto trayecto fuera de las exclusas de Miraflores, se entra a las de Pedro Miguel, donde se repite más o menos la misma operación que ya he descrito.

El Corte de la Culebra, que viene en seguida, es un largo canal cuyos bordes los forman los terrenos mismos, sin revestimientos especiales. A uno y otro lado no se extienden bosques tropicales, sino que la vista se dilata en verdes colinas cubiertas en gran parte de palmeras y de otros árboles y arbustos de no muy crecida talla.

Soportando el calor en gracia de lo mucho que había que ver, los pasajeros permanecían afuera afirmados en las barandillas, contemplando ya el paisaje, ya las grandiosas construcciones. De máquinas fotográficas no hablemos. Estábamos en tiempo de guerra y por orden superior habían sido todas quitadas a sus dueños y guardadas durante la travesía a fin de que no se tomaran vistas del Canal.

A popa se había formado un pequeño grupo íntimo en que se encontraba el doctor N. Alguien le dijo a éste:

—¿No le levanta el espíritu, doctor, la contemplación de estas obras del esfuerzo, de la ciencia y del ingenio humanos, la contemplación de esta maravilla de nuestra época?

—Oh, sí, cómo nó!, contestó maquinalmente el aludido.

—Hombre, usted está terrible, nada le entusiasma, repuso el interlocutor, que era un joven de aspecto muy sano y vivaz. Le recomiendo que en cuanto llegue a Nueva York no deje de ir a los «cabarets».

—Los conozco ya.

—Pueda ser que ahí encuentre remedio para sus males.

El joven tenía razón. Parecía que el doctor había perdido la facultad de admirar y que todo lo percibía como si estuviera en un estado de sonambulismo. Recibía las impresiones de las cosas que pasaban por delante de él y formaba los juicios correspondientes más o menos acertados, pero la serpiente de la pena que lo ahogaba no le permitía experimentar grandes emociones fuera de su dolor y ante todo permanecía tan frío como deben dejar a la cinta cinematográfica las imágenes que registra.

—Usted, doctor, no sólo sufre de una pasión, le dije poco después, sino que en parte por esto mismo, se halla enfermo de la voluntad y se imagina, como todos los enfermos de esta clase, que recobrará el gusto por la vida el día en que se mejore su ánimo, sin ver que precisamente el principal remedio para que esa mejoría llegue es poner desde luego en juego la acción, obrar. La actividad sana aleja poco a poco las ideas que obsesionan, debilita los hábitos funestos que se habían ido formando al calor de la pasión y va abriendo nuevos horizontes que el enfermo no ha sospechado. Fuera de la gracia de que hablan los teólogos, hay otra que toda persona puede alcanzar trabajando con ahinco en su perfeccionamiento. El espíritu encierra tesoros que no se divisan cuando las aguas del alma se hallan enturbiadas por la pasión, y que a veces por desgracia no se revelan nunca si el mal se convierte en empedernimiento. Volver su transparencia cristalina a las aguas agitadas no es cuestión de un día; pero algo de esa luz interior se va viendo a medida que la voluntad se afirma y orienta su actividad e interés hacia fines lícitos y serenos.

—Bien por la receta psicológica, contestó el doctor con cierta malicia.

Volvimos nuestra atención al panorama.

Después de pasar el Corte de la Culebra, el canal sigue por una parte siempre estrecha, aunque no tanto como la anterior, hasta que se ensancha en el lago Gatún, que está cerrado por la exclusa del mismo nombre, la última antes del término formado por la bahía de Limón en las riberas del mar antillano.

—A propósito del Canal, recuerdo un rasgo que puede ser típico de la psicología yanqui, me dijo el médico. Hay en el Museo de Historia Natural de Nueva York, un gran mapa en relieve del istmo y del canal con esta pomposa inscripción: «Obsequio hecho por los Estados Unidos al mundo». ¿Qué tal? Si hubiera sido un editor de Chicago el autor de tal leyenda puesta en un mapa hecho con colores llamativos, no habría nada que decir. Se trataría de un negocio comercial, probablemente de un recurso de reclamo. Pero es muy distinto el caso, presentado como se encuentra en el primer establecimiento nacional de su clase. Desde luego me parece bastante difícil que una nación hubiera dado el zarpazo de Panamá sin otro objeto que el de hacer un obsequio al mundo. Sería simpatizar demasiado con los procedimientos propios de un bandido romántico. Los norte-americanos han hecho el canal por razones comerciales y estratégicas: para que sus flotas mercantiles puedan llegar fácilmente al Pacífico y a los puertos sud-americanos y para que su marina de guerra pueda hacer lo mismo y, en cualquier evento, no queden desguarnecidas las costas occidentales de la Unión. Han debido tomar muy en cuenta también las Filipinas y el Extremo Oriente. Por lo demás, es claro que la obra tiene importancia y proyecciones mundiales.

—¿Y cuál es el rasgo psicológico de que usted me hablaba?

—Franca e imparcialmente, ¿cómo se podría calificar en castellano esto de llamar «regalo hecho al mundo» lo que ha sido realizado ante todo por interés nacional? Yo no encuentro otros términos que los de ingenuidad o fanfarronada. El pueblo norte-americano, que es esencialmente bueno en el fondo, revela cierta tendencia a la exageración que resulta tal vez de su disposición a la actividad. Esta vendría a ser una de las características fundamentales y la exageración una de las secundarias de su psicología.

Ibamos llegando a Colón. El vapor había tardado más o menos diez horas en atravesar el Canal. Al considerar en conjunto esta obra, fluye de toda ella, fuera de las cualidades de inmensidad, solidez, prueba de habilidad técnica, que le son propias, cierta impresión de belleza. Se ve que esta sutil condición de ser bellas no está vinculada exclusivamente a las cosas creadas por el arte o a aquellas que perduran respetadas por los siglos, como las ruinas y restos gloriosos, ni a muchos aspectos de la naturaleza, sino que se infunde también en todo lo que da testimonio de un gran esfuerzo humano, del heroísmo del trabajo capaz de moldear y someter la substancia material a grandes miras[3].



CAPITULO II

DE COLÓN A SAN FRANCISCO