Para que subsista una institución como el pan-americanismo, que ha de ser lazo de unión, solidaridad y cooperación entre las naciones de este continente, es menester que haya estimación entre ellas. Y me parece que si los norteamericanos nos creyeran poseedores de los caracteres con que nos pinta el señor Shepherd, no podrían estimarnos.

Por otra parte, una unión fundada tan sólo en la conveniencia de los norte-americanos y en la superioridad de ellos, no sería panamericanismo, ni cabría que fuera aceptada por nosotros.

Pero me imagino que afortunadamente los más de los norteamericanos que se preocupan de estas cosas, no piensan como el señor Shepherd y nos ven con mejores ojos, sobre todo a las naciones meridionales de nuestro continente. De esta suerte trabajan en los Estados Unidos en pro del panamericanismo un núcleo apreciable de estadistas, de escritores y de profesores. Debo decir que en casi todos los profesores que conocí encontré los mejores sentimientos hacia los hispano-americanos. Como el pan-americanismo presenta igualmente un aspecto industrial y comercial, que no es de los de menos monta, figuran también entre sus propulsores caracterizados financieros y hombres de negocios[13].

Perturba el franco desarrollo de un verdadero pan-americanismo la propia debilidad de los pueblos hispano-americanos que engendra suspicacias respecto de la política de los Estados Unidos. Esta suspicacia, no se puede negar, ha sido a veces muy justificada de parte de las naciones del mar antillano y de algunas de los trópicos en lo que se refiere sobre todo a la actitud del partido republicano que ha manifestado por lo común tendencias imperialistas.

Para que termine la situación de inferioridad de los pueblos hispano-americanos, no bastarán el crecimiento y los progresos aislados que ellos pueden alcanzar. Es menester que se unan y den lugar a la formación del latino-americanismo, que entraría a ser un miembro poderoso del pan-americanismo, capaz de presentarse dentro de él como una entidad más o menos equivalente a la fuerza enorme que significa la gran República del Norte. Y no se diga que se oponen a la consecución de tan elevado ideal rivalidades y enconos incurables que obran entre los pueblos de este continente, porque semejante aserto puede ser verdadero sólo en lo que se refiere al momento actual o a una perspectiva de corto tiempo; pero las naciones son organismos seculares y se debe pensar en orientar las almas de estos pueblos hacia fines que las edades por venir han de llevar a cabo. Entre Francia e Inglaterra y entre Francia y España, ha habido muchísimas más odiosidades y guerras en el curso de la historia que entre Chile y el Perú, lo cual no ha obstado a que lleguen a convivir en nuestros días en una situación de sincera amistad. ¿Por qué desconfiar de que el tiempo y la sabiduría de los hombres lleguen a producir una armonía análoga o superior entre nuestras colectividades separadas hasta ahora por agrios pleitos?

La política de los demócratas de los Estados Unidos ha sido favorable al panamericanismo, por cuanto no se ha dejado llevar por fantasías imperialistas. En dos discursos pronunciados en ocasiones solemnes, uno en Mobile en Octubre de 1913, y el otro en Washington en Enero de 1916, con motivo del Segundo Congreso Científico Pan-americano, el Presidente Wilson ha hecho declaraciones importantes y tranquilizadoras sobre las pretensiones de los Estados Unidos, que no significarían ninguna amenaza para la integridad territorial e independencia de las naciones latinas del Nuevo Mundo.

Pero de todas maneras, si éstas no se unen y no elevan de este modo su poder e importancia, sería de temer que el pan-americanismo no fuera nada más que una asociación formada por una gran nación rodeada de una clientela de pequeños estados.

No vendría sino a confirmar este temor la actitud de rechazo del tratado de paz asumida por la mayoría del Senado norteamericano, entre otras razones, por una celosa defensa de la doctrina Monroe.

Es sabido que en el tiempo en que fué formulada por el Presidente que le dió su nombre, vino esta doctrina a satisfacer una necesidad vital de los nacientes estados del Nuevo Mundo. Significó el «América para los americanos» un grito de política genial, un arma defensiva alzada para resguardar de las ambiciones europeas la autonomía y los territorios de las repúblicas de este lado del Atlántico que entonces se debatían en medio de las dificultades y debilidades de sus primeros ensayos de vida libre; fué un «vade retro» lanzado por las nuevas democracias en contra de las viejas monarquías absolutas de derecho divino agrupadas en la Santa Alianza.

Tuvo en aquellos momentos la doctrina exclusivamente el carácter político que le correspondía, y en nuestros días, a falta de otra aplicación mejor, ha tomado también caracteres económicos. Con el trascurso de los años y el afianzamiento de los estados hispanoamericanos, desapareció la posibilidad de que los europeos pudieran establecer colonias propias en el Nuevo Mundo; pero no por esto ha dejado de ser el monroísmo una preocupación constante de los políticos norteamericanos. Mas la doctrina ha perdido por completo en su concepción la claridad que la distinguía en un principio, cuando tenía un fin también claro que llenar y ha sido objeto de las más variadas lucubraciones respecto de su significado. Dicen ahora los monroístas que la inversión de capitales extranjeros en un país atrasado puede conducir fácilmente a la absorción económica y que ésta se convierte pronto de una manera abierta o disimulada en tutelaje político. Agregan que en la América Latina abundan las oportunidades para tales manipulaciones y que los Estados Unidos deben estar, en consecuencia, muy listos para intervenir a tiempo.

De aquí seguramente la nerviosidad con que la mayoría del Senado ha defendido el mantenimiento de la doctrina de Monroe dentro de la interpretación exclusiva del gobierno norte-americano; pero creemos que los pueblos latino-americanos que tienen que considerar esa doctrina como un principio que ya cumplió con su misión, no pueden dejar de estimar tal exclusivismo como contrario a la igualdad y confraternidad pan-americana e inaceptable para su independencia y soberanía.



CAPITULO VI

CARACTERES DE LOS NORTE-AMERICANOS

Juicios severos de algunos profesores.—Los caracteres esenciales.—Eficiencia económica.—Espíritu democrático y patriótico.—Sin ceremonias y rudos de maneras.—Actividad y alegría.—Moralidad (la familia y el divorcio).—Religiosidad.—Idealismo social.

Creo que ha llegado el momento de suspender la desordenada descripción de impresiones que he venido haciendo y tentar una síntesis de las cualidades que puedan presentarse como los rasgos característicos de este gran pueblo norte-americano. La tarea no es fácil y se halla expuesta a los errores que son propios de las grandes generalizaciones; pero de hecho todo el mundo la hace. Lo más frecuente es que entre personas que han pasado por Estados Unidos se hagan preguntas como esta: «¿Qué piensa Ud. de los yanquis?» y que el interrogado conteste que le parecen así o asá, expresando de una manera clara, terminante, sin matices, juicios favorables o adversos.

Voy a apuntar estas sugestiones de psicología social como notas para que otros las completen más adelante. Puedo anticipar que mi ánimo es el que resulta de una impresión favorable y que me inclino a no aceptar algunos juicios bastante severos que me ha tocado escuchar a dos profesores universitarios respecto de sus compatriotas.

Asistí a una conferencia que en la Universidad de Columbia daba sobre americanización el profesor Franklin H. Giddings, catedrático de sociología en la misma universidad. Por su aspecto no se tomaría a Giddings por americano. Su cara más bien ancha, de ojos azules bondadosos, de barba recortada terminada en punta y de grueso bigote, hace pensar en un inglés que llevara en sus venas bastante sangre céltica. La sólida contextura de su cuerpo, de espaldas cuadradas y lo demasiado recio del bigote, sugieren la idea de un herrero o de un caballero medioeval. Uno se lo imagina fácilmente revestido de loriga y casco, teniendo por delante, asida a dos manos, la pesada espada de empuñadura de cruz. Pero es uno de los más eminentes cultivadores de la sociología en los Estados Unidos y autor de numerosas obras de alto valor científico en la materia.

Dijo Giddings que el problema de la americanización de la población del país se había hecho apremiante con motivo de la guerra europea. Hay centenares de miles o millones de habitantes que no hablan, ni leen, ni escriben el inglés. Hay millones que no reciben la sana influencia del hogar ni de iglesia alguna. Encareció la importancia de la escuela para llenar estos vacíos y entró a tratar de labores intelectuales. Con este motivo apuntó el juicio severo a que he hecho referencia. Dijo que a los americanos les faltaba el verdadero idealismo, el idealismo interno, espiritual, que conduce a admirar la inteligencia en todas sus formas.

Otro profesor en conversación privada me expuso: «Sería muy interesante escribir una buena psicología de los norteamericanos. Se me ocurre que como uno de los rasgos fundamentales se podría señalar la hipocresía o cant. Observe no más lo que ha pasado después de la guerra con el famoso principio de que los pueblos sean los únicos árbitros de sus propios destinos (principio de la self-determination). Este concepto ha tenido fuerza suficiente para afirmar los derechos a la autonomía de los polacos, checo-eslavos, yugo-eslavos, etc., es decir, de los súbditos de los imperios centrales; pero ha resultado sin ninguna eficacia en lo que respecta a los irlandeses, egipcios, indios, etc., ni tampoco lo será para los nicaragüenses, panameños y otros pueblos semejantes, esto es, para todos los que se encuentran dentro del bloque del Imperio Británico y de la República Norteamericana. A pesar de la proclamación de aquel brillante principio, el destino de los pueblos ha quedado ahora como antes, entregado al veredicto de la fuerza; los vencedores han llevado la bandera de la libertad al territorio de sus enemigos, pero no la han plantado en su casa. Mientras tanto, la gente se complace aquí en cerrar los ojos sobre estas cosas y en aparentar creer que la self-determination ha sido una gran norma aplicada con igual justicia en todas partes. Pura hipocresía. Otro rasgo fundamental sería el afán del dinero. El norteamericano no habla más que de negocios y dólares».

Me parece que tal vez la censura de Giddings no se haya muy lejos de lo cierto; pero que en los juicios avanzados por el otro profesor, cuyas palabras he transcrito, hay demasiada amargura y exageración.

Por mi parte preferiría señalar como caracteres fundamentales de la colectividad norteamericana la eficiencia económica y el espíritu democrático y patriótico. Resultan luego como cualidades sobresalientes en el término medio de los individuos, el buen fondo moral y la religiosidad, la actividad, la iniciativa y la alegría; pero, al mismo tiempo, hay que observar frecuentemente en ellos la exageración y la rudeza de las maneras.

Por último, en las clases cultas o élite—que aquí es muy vasta—es patente la inspiración de un generoso idealismo práctico orientado hacia las obras de progreso y de solidaridad social.

La eficiencia económica—Esta espléndida condición de la colectividad norteamericana es de aquellas que saltan desde el primer momento a la vista del más superficial viajero. Es de esas verdades sencillas que tienen la virtud de imponerse tanto a los espíritus sagaces como a los que no lo son. Conviene que la tomemos como punto de partida en el análisis en que estamos empeñados.

En todas las ciudades de este país, los rascacielos, los palacios, los magníficos hoteles, el brillo del comercio y la animación de las calles dan testimonio de una potencia económica extraordinaria, que se manifiesta todavía de mil otras maneras. El derroche de luz en las noches y la vida de los teatros, restoranes y cabarets, son exponentes de una gran riqueza general. Los monumentos de Washington y los ciclópeos puentes de Nueva York proclaman con una fuerza deslumbrante el vigor y la capacidad del pueblo que los ha hecho. Mes a mes corren millones en favor de obras de cultura, instituciones de beneficencia, iglesias y colegios. El Ejército de Salvación había dicho que necesitaba doce millones de dólares para atender a sus trabajos relacionados con la guerra y para reponerse de los quebrantos que ésta le había causado, y en una semana reunió quince. La Universidad de Cornell celebró en los primeros meses de 1919 el quincuagésimo aniversario de su fundación, y, entre los muchos obsequios de que fué objeto, había un cheque por un millón de dólares, mandados por un ex-alumno para que se atendiese a la renovación de los gabinetes de ciencias.

«El más notable rasgo del reciente desarrollo industrial de los Estados Unidos, dice Bogart[14], ha sido el enorme desarrollo de las manufacturas, sea considerado en absoluto o en comparación con otras industrias. Desde 1850 a 1900, la población del país aumentó en más del triple (de 23 191 876 a 76 149 386)[15], y los productos de la agricultura se triplicaron (de $1 600 000 000 a $4 739 000 000. En el mismo tiempo las manufacturas mostraron un crecimiento que equivale a un aumento de diez y nueve veces del monto del capital invertido (de $533 000 000 a $9 835 000 000) y a doce veces en el valor de los productos (de $1 019 000 000 a $13 014 000 000). La mayor parte de esta expansión fenomenal se verificó en las dos últimas décadas de la pasada centuria, que presenciaron el descubrimiento y utilización de los recursos naturales del país en una forma sin precedentes, la extensión de los mercados interiores, gracias a la mayor colonización del Oeste, el progreso y abaratamiento de los medios de transporte y la aplicación más completa de inventos que economizan el esfuerzo humano.

«Pocas fases del desarrollo industrial de los Estados Unidos, dice el mismo autor, ha llamado más la atención o sirve como mejor indicio de su maravillosa expansión económica que el crecimiento del comercio exterior de este país. Ha pasado como nación exportadora del cuarto lugar en el mundo que ocupaba en 1880 al segundo en 1911. Esto constituye una prueba del progreso que hemos alcanzado en nuestro poder productivo y sugiere la posibilidad de muchos cambios ulteriores en el comercio mundial. Hasta hace poco el pueblo de los Estados Unidos se encontraba absorbido por la tarea de apropiarse y desarrollar los recursos del país, y, al igual de otros países nuevos, compraba más que lo que vendía, comprometiéndose en pesadas deudas en razón de la adquisición de materias primas o de artículos manufacturados. Se puede decir que este período terminó en 1876. Hasta este momento sólo en tres años, en 1858, 1862 y 1876, excedieron las exportaciones a las importaciones, mientras que desde aquella fecha ha sucedido siempre lo contrario, con la única excepción de otros tres años, 1888, 1889 y 1893, en que las exportaciones fueron más bajas».[16]

La facilidad asombrosa con que los norte-americanos se prepararon para entrar a la guerra europea, la riqueza de medios que desplegaron en ella, y la rapidez y eficacia de su acción, fueron en gran parte el resultado de su potencia económica.

«La situación, dice Bogart, en los comienzos del siglo XX puede ser caracterizada de la manera siguiente: Tenemos en grande escala todos los recursos que se necesitan en la producción moderna; una población obrera de veinticinco millones más o menos, de los cuales muchísimos se encuentran altamente preparados; un fondo de capital industrial de no menos de seis mil millones de dólares; una muy eficiente organización de la industria, de los medios de transporte y de las finanzas, lo que permite la más económica producción e intercambio de las mercaderías; y, por último, condiciones políticas y sociales que son altamente favorables a la producción y adquisición de la riqueza».[17]

Nos importa averiguar ahora cuáles sean las razones y antecedentes de este hecho, de esta condición afortunada de la nación norte-americana; de dónde y cómo le han venido esa virtud y esa fuerza en el orden económico.

Lo más frecuente y lo más fácil es que se señale como causa única a la educación, y que, tomando pie de esta apreciación, se entonen alabanzas a los métodos y procedimientos de los institutos educativos norte-americanos y se censuren los de otros países menos ricos, indicándolos como principales culpables de la inferioridad económica de que se padece. En esto hay algo de cierto, pero no es todo. La educación estado-unidense, que se halla admirablemente organizada para favorecer el desarrollo económico de la nación, es a su vez efecto de otros antecedentes que deben ocupar un lugar muy importante entre las causas creadoras de la riqueza norte-americana.

En la formación del pueblo norte-americano han obrado un conjunto de circunstancias extraordinariamente favorables. Los primeros colonizadores del país, especialmente los puritanos y los cuáqueros, eran de una noble cepa de hombres austeros que vinieron al Nuevo Mundo a fundar comunidades democráticas, en que armonizaron la libertad política con los estrictos preceptos de una religión severa. Venían no a improvisarse ricos, sino a repartir su vida entre el culto de Dios y el culto al trabajo, lo que significa la mejor disposición de ánimo posible para llegar a una situación económica sólida. Desde ese momento, la corriente europea humana no ha cesado de afluir a los Estados Unidos, que han sido un crisol gigantesco, donde se han fundido los elementos de las mejores razas del Viejo Mundo y los de algunas que, sin ser tan buenas, se han depurado al contacto de las demás. No hay nación moderna compuesta de elementos tan heterogéneos como la americana. En el período de 1819 a 1910 han ingresado a ella más de veinticinco millones de inmigrantes. Primeramente los más de éstos venían de Alemania, de Inglaterra e Irlanda; pero en los últimos treinta y cinco años se operó un gran cambio en el carácter de la inmigración, y han sido Austria-Hungría, Rusia, Polonia e Italia los países que han dado el mayor porcentaje de ella. Todavía es menester agregar que no ha habido un simple traslado de fuerzas humanas a través del océano, sino un mejoramiento enorme en las condiciones de éstas. «Cuando uno considera, dice Channing, el clima de los Estados Unidos, su configuración física, su adaptibilidad al servicio del hombre civilizado, su fértil suelo y sus magníficas caídas de agua, sus inagotables recursos minerales, y el efecto de este medio sobre el organismo humano, se tiene que admitir que la raza europea ha ganado con trasladarse de su viejo hogar a la tierra norte-americana».

La situación geográfica de los Estados Unidos frente al Viejo Mundo y los tesoros del país, han sido sin duda un factor determinante del rumbo tomado por la emigración europea; pero no hay que olvidar cuánta influencia ha ejercido también sobre los hombres de todos los países el renombre de que gozan los Estados Unidos de ser la tierra de la libertad: las instituciones democráticas norte-americanas han funcionado como un centro de absorción de energías humanas, y de asimilación y multiplicación de ellas.

Una vez obtenida por las trece primeras colonias la independencia de Inglaterra, ocurrió un hecho transcendental para su porvenir económico. No continuaron ellas separadas, sino que lograron organizarse en un solo Estado. Este acontecimiento es considerado con razón como el más importante de toda la historia política de los Estados Unidos y Gladstone lo ha llamado «la obra más maravillosa llevada a cabo en cualquier tiempo por el cerebro y los propósitos del hombre». No cabe en realidad exagerar su alto significado e influencia. Mientras las colonias hispanoamericanas, después de conquistar su independencia veinticinco años más tarde, entraban a la vida libre divididas en una multitud de Estados rivales y desorganizados, las colonias inglesas, por haberlo hecho formando un solo organismo político, se libraron de verse desgarradas por rivalidades y guerras entre pueblos hermanos. Los pueblos hispano-americanos vieron transcurrir por la circunstancia apuntada y su carencia de educación política no escasa parte del siglo XIX sacudido por tormentas revolucionarias y discordias internacionales. No tuvieron así ni la capacidad ni la posibilidad de dedicarse en buenas condiciones a la explotación de las riquezas de su suelo. En cambio, los norte-americanos, bajo una dirección política única y sin las zozobras de las revoluciones, pudieron lanzarse a la conquista económica de un continente. Porque es de advertir que los Estados Unidos, considerados aún en sus límites estrictos, tienen más los caracteres y proporciones de un continente que los de un país. «Es probable, dice Shaler, que medida en caballos de fuerza o por los productos manufacturados, la energía derivada de las corrientes de los Estados Unidos sea ya más valiosa que la de todos los demás países tomados en conjunto». «No solamente, apunta Bogart,[18] se encuentran los Estados Unidos a la cabeza de todos los países en la producción de artículos de lechería, granos y trigo, de carbón, hierro, zinc, fosfato, azufre y petróleo, sino que la mayor parte de las maderas, carnes, tabaco y algodón que figuran en el comercio mundial salen de sus selvas y de sus campos. Esta diversidad de climas y de recursos ha traído consigo a su vez gran variedad de ocupaciones con la correspondiente diferencia de intereses, de modos de vivir y de maneras de pensar. Aunque este hecho ha tenido cierta influencia para dividir al pueblo en secciones animadas de intereses opuestos, con todo, en general, ha dado lugar más bien a cierta amplitud de miras y universalidad de sentimientos».

No cuesta ver que la descripción anterior corresponde sin dificultad más a las condiciones de un continente que a las de un país. A fin de apreciar bien las ventajas que se han derivado de estas circunstancias en que insisto, bastará imaginarse las que habrían resultado para nosotros, desde el punto de vista de nuestra prosperidad industrial y comercial, si, por ejemplo, Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Perú y Bolivia hubieran formado un solo gran Estado federal sin aduanas interiores ni hostilidades separadoras.

En la lucha por el dominio de su continente, los norte-americanos no han tenido otros obstáculos que vencer que la resistencia de los franceses, con los cuales combatieron en el siglo XVIII por la posesión de la hoya del Mississipi; y la de los mejicanos, a quienes quitaron en 1848, después de una fácil guerra, vastos estados en la región del Pacífico.

Fué, asimismo, una fortuna inmensa para esta nación que los ingleses fracasaran en sus tentativas de encontrar un camino inter-oceánico a través del mar Artico, y que no pudieran ni siquiera pensar en llegar al Pacífico por algunos de los istmos de la América Central. Si en la época de la conquista ponen ellos su planta en el Grande Océano, como lo hicieron desde temprano los españoles, habrían, como éstos, fundado nuevas colonias en el Oeste, y los estados del Este se habrían visto detenidos en su desarrollo por una barrera inamovible de naciones de su misma raza, tal cual les ha acaecido a los pueblos hispano-americanos. A no ser por el hecho que apuntamos, tendríamos hoy por lo menos dos en lugar de una gran república anglo-americana, y no se puede negar que la forma en que se verificaron las cosas ha significado la mayor suerte posible para los Estados Unidos.

Con razón ha podido decir Bogart que «la clave de la historia nacional de los Estados Unidos se encuentra en esta obra de ganar un continente a la naturaleza y someterlo a los usos del hombre».

En esta obra colectiva, la nación ha procedido generalmente guiada por una política proteccionista y animada de un valiente espíritu nacionalista.

En los primeros años de vida independiente, «a pesar, dice Farrand, de los esfuerzos gastados por hombres como Washington y el Coronel David Humphreys y aun por sociedades agrícolas, había muy poca lana fina producida en el país, de manera que los americanos tenían que traer del extranjero los artículos de lana manufacturada que necesitaban y aún lana en bruto».[19] Las guerras napoleónicas y el bloqueo continental dictado por el

Emperador tuvieron resonancia en el pueblo americano a principios del siglo XIX, perturbaron profundamente sus relaciones comerciales con Francia e Inglaterra y lo hicieron entrar por el camino de bastarse económicamente a sí mismo. Del Presidente Madison se dijo que el día de su inauguración en el poder había sido un argumento andando para alentar la manufactura de la lana del país. Su levita hecha en la hacienda del Coronel Humphreys y el chaleco y demás piezas de su traje en la del canciller Livingston eran de lana merino americana.

La guerra de 1812 con Inglaterra vino a consumar esta orientación. Una de las primeras disposiciones tomadas después del conflicto, fué una nueva tarifa aduanera que es considerada como la primera medida protectora adoptada por los Estados Unidos. Contribuyó ésta a afirmar el establecimiento de las manufacturas y después de ella se puede decir que el país pasó de la edad de los tejidos domésticos a la de las maquinarias. «La guerra de 1812 se considera con justicia como la segunda guerra de la independencia, porque, dice Farrand, señala el verdadero comienzo de nuestra libertad industrial y comercial trabada antes por la dependencia en que estábamos de Gran Bretaña y Europa; y es todavía de mayor importancia que por primera vez en la historia de los Estados Unidos, el pueblo de las costas atlánticas entrase a apreciar la importancia del Oeste, y que, volviendo las espaldas a Europa, mirase resueltamente hacia el Pacífico».[20]

Dejando para tratar más adelante en párrafos especiales de otras cualidades que significan también factores importantes en la vida económica digamos dos palabras sobre la educación.

La educación norteamericana merece sin duda casi todas las alabanzas de que se la hace objeto y ya he dicho que se halla admirablemente organizada para preparar al pueblo a la lucha económica. No es posible entrar aquí en detalles completos sobre el particular, ni estaría tampoco en situación de hacerlo. La educación vocacional, o sea la que tiende al desarrollo de la eficiencia económica de los individuos, es materia de una atención constante en todos los grados de la enseñanza. Grandes institutos superiores están consagrados exclusivamente a este fin, como ser el Instituto de Tecnología de Massachussets en Cambridge, que ya he mencionado, un instituto para investigaciones científicas relacionadas con la industria, anexo a la Universidad de Pittsburgo, los Colegios de Agricultura y Minería de la Universidad de California, los Colegios de Agricultura y Química Industrial de la Universidad de Wisconsin, el Sheffield Colegio de la Universidad de Yale, y el Departamento de Física de la Universidad de Princeton.

En otro capítulo he mencionado el Liceo Técnico de Oakland. Como éste o si no tan completos, semejantes establecimientos se encuentran en las principales ciudades para dar preparación técnica y comercial a la juventud en la segunda enseñanza.

Fuera de lo que se hace directamente por medio de la instrucción vocacional, son propios de la educación americana dos caracteres muy favorables al fomento de la eficiencia económica, a saber los métodos activos y prácticos y el sistema de ramos elegibles y no de plan fijo, como existe entre nosotros. Cada alumno puede elegir para estudiar en el curso de cuatro o seis años los ramos que más convengan a sus inclinaciones y aptitudes intelectuales. Todos los alumnos deben estudiar una misma cantidad de tiempo; pero no todos se hallan obligados a estudiar las mismas cosas ni todas las cosas. Esta organización, junto con los métodos que he mencionado, tiende poderosamente a estimular la iniciativa, el trabajo con gusto, y, por consiguiente, la actividad y la eficiencia.

En relación con la iniciativa, no debemos silenciar la inventiva, como una de las cualidades características del pueblo yanqui, que debe ocupar un lugar muy importante entre las causas creadoras de su potencia económica. Ya a mediados del siglo XIX, un comisionado de la Cámara de los Comunes decía: «Debo expresar que la mayor parte de los nuevos inventos introducidos últimamente en este país (Inglaterra) han venido de afuera; y que, en especial casi todas las ideas relativas a maquinarias nuevas o al perfeccionamiento de las existentes, han tenido su origen en Norte América».

Cuando se habla del valor de la iniciativa individual, de cómo se la desarrolla en los Estados Unidos y de que éste es un país de promisión para ella, uno no puede dejar de acordarse al mismo tiempo de las organizaciones que la limitan. Estas son los trusts, que nacieron poco después de 1880,[21] como grandes combinaciones de compañías industriales y comerciales encaminadas a alcanzar los siguientes principales fines: suprimir la competencia; regularizar y obtener economías en la producción; división de los mercados y mantenimiento de los precios. Estas organizaciones gigantescas arrollan y aplastan sin dificultad a toda empresa que asome en el mercado con pretensiones de hacerles competencia y no dan lugar, es claro, a más iniciativas que a las que puedan desenvolver sus asociados y empleados dentro de las férreas mallas de la institución misma. En estas condiciones, no ha sido difícil que los trusts fueran culpables muchas veces de los abusos del monopolio. Todo monopolio es odioso y los trusts han dado bastante que hacer a gobiernos y legisladores en los últimos treinta años. Se pensó primero en combatirlos levantando al frente de cada trust otro que le hiciera competencia; pero este procedimiento no dió resultados.

Uno de los trusts quebraba y las cosas seguían a veces peor que antes. Dejarlos en completa libertad no era posible y menos aun eliminarlos enteramente. No ha habido otro camino que someterlos a regularizaciones establecidas por la ley, que es lo que se ha verificado.

Con anterioridad a la organización de los trusts y luego en combinación con ellos, se ha operado una gran concentración de las riquezas en las manos de unas pocas familias. De una estadística hecha sobre la propiedad rural y urbana en los Estados Unidos en 1890, se ha sacado en claro que el noventa y uno por ciento de las familias del país no poseen más del veinticinco por ciento de la riqueza y que el nueve por ciento de las familias tienen en sus manos el setenta y cinco por ciento de las riquezas.

A propósito de estos hechos, dice Bogart con cierta amargura: «Es evidente que nos hemos alejado mucho de las condiciones democráticas de una relativa igualdad económica que existía hace setenta y cinco o cien años. Las fortunas colosales son un fenómeno del siglo XX, y muchas de los Estados Unidos se han formado gracias a que los recursos naturales han sido monopolizados por unos pocos que se han hecho ricos con el aumento de la población y la consiguiente mayor demanda. Situados esos individuos en puntos estratégicos del mundo industrial, han arrancado tributos a la sociedad ni más ni menos como lo hacían los caballeros bandidos de otros tiempos. Bajo esta circunstancia, el aumento de la riqueza no ha significado ni una eficiente utilización de los recursos del continente, ni una mayor ventaja social derivada de su uso. El aumento de la producción ha venido acompañado de aumento de desigualdad en la distribución».

La distribución desigual va acompañada generalmente de una pobre economía y de baja eficiencia en la obra de la producción. Mientras por un lado se ha desarrollado en el país un espléndido tipo de organizador de negocios, hay que notar por el otro las pérdidas sociales que resultan del exceso de trabajo, de la labor de los niños, de las enfermedades profesionales, de los accidentes y del vivir en arrabales y malas habitaciones. Una mejor organización de la industria y de la distribución de la riqueza evitaría muchos de estos males y elevaría el nivel general de la eficiencia. Gran desigualdad significa también menos placer en el consumo de la riqueza. Lo que se necesita es no solamente más y más riqueza, sino que ésta sea de tal manera distribuída que el bienestar, la satisfacción económica de la sociedad pueda ser llevada a su más alto grado. La suma total de las satisfacciones económicas tiene que ser mayor en una sociedad donde reine una justa igualdad de distribución que en otra donde el millonario se codee con el vagabundo. Da prueba, por último, de cierta inconsistencia, por no decir que se halla amenazada de un peligro, la sociedad que es en el orden político democrática, y, al mismo tiempo, en el económico plutocrática».[22]

Sin embargo, con motivo de la guerra europea tuvo el Gobierno que entrar por el camino de tomar medidas consideradas por algunos como propias de un estado socialista, como ser la apropiación y manejo de los ferrocarriles, y de otras inspiradas en un amplio criterio de justicia social, como la ley que ha venido a gravar la renta y llegado hasta imponer el sesenta y cinco por ciento de contribución a las más grandes fortunas.

Aunque nunca haya sido el socialismo una entidad política preponderante en los Estados Unidos, no por esto deja de inspirar cuidado. «Hasta ahora no es muy extenso el número de adeptos oficiales al partido socialista en nuestro país, dice N. Murray Butler, pero las doctrinas y enseñanzas del socialismo se están difundiendo sistemática y vehementemente entre nosotros. Muchas escuelas y colegios y muchos púlpitos se dedican consciente e inconscientemente a tal labor. En las elecciones de 1916, el partido socialista de los Estados Unidos obtuvo casi exactamente el 3.3 por ciento de la votación total. Es probable que a causa de haber adoptado oficialmente la política internacional de los bolchevistas rusos se haya alienado el partido socialista la simpatía de sus primitivos defensores, hasta el punto de que los votos a su favor se redujeran a menos del dos por ciento. Por pequeño que parezca este número representa una organización y actividad desproporcionada con su importancia. No es posible equivocarse respecto de su programa. Califica abiertamente de inmoral nuestra Constitución. Acusa de mercenarios, de pillos, de hombres de inteligencia mediocre y de abogados de la clase capitalista a los padres de la nación. La plataforma del partido socialista en 1912 demandaba explícitamente no sólo la política comunista, sino la abolición del Senado de los Estados Unidos y de la facultad del Presidente de imponer el veto; la abolición de los tribunales federales, con excepción de la Corte Suprema y la elección de todos los jueces por corto tiempo»[23].

Tampoco faltan los anarquistas, como lo prueban los numerosos atentados dinamiteros llevados a cabo en 1919, en las principales ciudades de la Unión, en contra de miembros de la judicatura de financieros y de hombres públicos. Entre las asociaciones obreras es tenida por francamente maximalista la de los I. W. W. (Industrial Workers of the World. Trabajadores industriales del mundo).

Los detalles apuntados sobre los trusts y los anarquistas manifiestan que el espléndido cuadro económico y social de los Estados Unidos no carece de sombras. Es condición de los extranjeros dejarse deslumbrar por las grandezas que encuentran fuera de su patria y exagerarlas para presentarlas con la mejor intención como modelos. Esto les ocurre a muchos sud-americanos, y no sería raro que en especial a los chilenos, con las magnificencias de los Estados Unidos. El edificio económico de este país es sin duda imponente y superior a cuanto se ha visto hasta ahora en la historia, pero, como toda sociedad humana, sin excepción, la norte-americana no puede sustraerse a la ley de que vayan apareciendo desperfectos en ella, que engendran descontentos y reclaman reformas.

El espíritu democrático.—Falta de ceremonias y rudeza de maneras.—En otro capítulo he hablado ya de las instituciones de la democracia americana y en este momento no cabe sino recordar cómo su espíritu se muestra en la manera de ser de los americanos.

Este es un pueblo muy poco afecto a las ceremonias. Recién llegado a Berkeley, le pregunté a un profesor de la Universidad de California, cómo debería tratar a un decano que me acababan de presentar y si era la costumbre dirigirse a ese funcionario con su título más alto y llamarlo Decano Jones o decirle simplemente profesor Jones. «Oh no, fué la contestación», llámelo Mr. Jones y basta. Nosotros somos un pueblo sin ceremonias. Cuando vaya a ver al Presidente de la República no se preocupe de fórmulas de especial cortesía ni de nada semejante y dígale con toda naturalidad «¿Cómo le va, Mr. Wilson?».

No es raro que a las personas a quienes se ha invitado a tomar el lunch o a comer las conviden también los dueños de casa, después de los postres, a lavar junto con ellos los platos en la repostería o en la cocina. Es este, sin duda, un caso de falta de ceremonias; pero es igualmente un resultado de la falta de servidumbre que proviene de la elevación creciente de las clases sociales bajas y de las oportunidades que se les ofrecen de ocuparse en mejores condiciones en las fábricas y talleres.

Los hombres no se sacan generalmente el sombrero para saludar a otros hombres y ni los estudiantes proceden de otra manera con sus profesores.

Los comerciantes suelen no ser muy amables. Quieren despacharse pronto y no se insinúan con el cliente. A veces dan ganas de quedarse descalzo antes que comprarle botines a un sujeto que se le pone a uno por delante y parece decirle con su actitud: «No se demore tanto, señor, apúrese, elija pronto, pague y váyase». En cierta ocasión un joven sud-americano, estaba comprando una maquinita para afeitarse y pedía explicaciones sobre su mecanismo. «No pregunte tanto, señor, le contestó el vendedor, ejercite su propio juicio».

De regreso de Washington a Nueva York nos quedamos un día en Baltimore. Buscamos una pieza en uno de los mejores hoteles de la ciudad y como nos pidieran seis dólares por ella al día, sin comidas, quisimos verla antes de tomarla. Subimos cinco o seis pisos. No era muy buena; pero, en fin, es por un día, nos dijimos mi esposa y yo. Era pleno verano; el día de mucho calor y veníamos sofocados por el viaje en tren. Pedimos agua fresca para beber y nos dispusimos a lavarnos. En esto suena el teléfono de la pieza. Era el administrador que me llamaba desde la oficina.

—No ha dicho usted si se queda con la pieza.

—Si me quedo, le contesté.

—Baje entonces a inscribirse en el libro del establecimiento.

—En cuanto me lave bajaré.

Poco después entró el mozo con el agua fresca y me dijo:

—El administrador dice que baje a inscribirse, señor.

—Ya le he contestado que en cuanto me lave bajaré.

Al poco rato nuevamente el repiqueteo del teléfono. Otra vez el administrador.

—Ya le he dicho, señor, que baje a registrarse, me observó en un tono que no tenía nada de amable...

—Y yo le he respondido que en cuanto me lave bajaré repuse, y corté la comunicación.

Después de unos pocos minutos golpean a la puerta.

—Adelante.

Nadie entra. Nuevos golpes.

—Adelante, exclamé con más fuerza.

Nadie entró tampoco. En mangas de camisa y sin cuello tuve que abrir yo mismo la puerta. Era el administrador en persona que venía a insistir en que bajara inmediatamente a inscribirme. Le repetí lo que ya le había dicho, agregándole que no me explicaba su proceder que encontraba muy descortés. Le dije también quien era (aunque esto en verdad no significaba un argumento de mucho peso) y le presenté mi tarjeta.

—No tengo nada que ver con quien sea usted, me contestó; o baja inmediatamente a registrarse o deja la pieza.

—No cabe la menor duda, señor, le dejo la pieza.

No era grato quedarse en una casa dirigida por semejante energúmeno. Guardamos precipitadamente los objetos de tocador y ropa que ya habíamos sacado de las maletas, arreglamos nuestras personas como pudimos y nos marchamos. Me fuí pensando que seguramente los reglamentos de policía exigen que todo pasajero se inscriba en el registro del hotel antes de instalarse; pero que ese administrador era un majadero cuyo cerebro estrecho no le consentía elasticidad para aplicarlos y llegaba hasta la grosería en lo que él estimaba el cumplimiento de su deber.

No son escasas las veces, por otro lado, en que los empleados de tiendas y almacenes, especialmente algunas niñas, dan prueba de una paciencia estoica y de amabilidad sincera. Después que el cliente solicita los precios de cuanta cosa se le ocurre, lo revuelve y lo mira todo, hace perder media hora y no compra nada, la empleada lo despide con la más dulce sonrisa diciendole:

«I see you again, come again», «hasta la vista, venga otra vez.».

Actividad.—Es un hecho reconocido que el clima de los Estados Unidos, continental, variable y crudo como es, posee grandes virtudes vigorizantes y estimulantes. Un viejo marino inglés decía que él se tomaba una botella de vino en cada comida en Liverpool, y no podía, por efecto del clima, tomar más de media botella en Nueva York.

En un párrafo anterior hemos visto cómo este clima ha transformado favorablemente a los retoños de las razas europeas transplantadas al Nuevo Mundo.

Aquí tenemos indicados dos de los antecedentes explicativos de la actividad norte-americana: el clima y la raza. Habría que tomar en cuenta también la acción de las instituciones democráticas. Ya hemos dicho en una página reciente de qué manera éstas han obrado como focos de absorción para atraer a las gentes de todo el mundo, seduciéndolas con sus oportunidades de vida libre y próspera. El federalismo y la falta de centralización son aspectos muy importantes de este mismo fenómeno. En los Estados Unidos no hay una sola gran capital, un gran centro que sea considerado por los habitantes del país como el único lugar posible para vivir, y hacia el cual vuelvan todos la atención de sus espíritus dócilmente imantados. No ocurre lo que en Francia y la Argentina donde la gente se disloca por París y Buenos Aires, ni tampoco lo que pasa en nuestro pequeño mundo de Chile, cuyos habitantes provincianos parecen sufrir de una especie de desviación espiritual a fuerza de mirar tanto hacia Santiago y de suspirar por él. En los Estados Unidos, Washington, la capital federal, no puede competir, en cuanto centro de atracción, con los grandes emporios del comercio y de la industria; y el hecho de que Nueva York sea una metrópoli colosal de siete millones de habitantes, no quita que muchas ciudades como Chicago, Filadelfia, Baltimore, Boston, San Francisco, Los Angeles, Buffalo, San Luis, y varias otras, constituyan centros importantes, autónomos en cuanto a sus elementos de cultura y con caracteres distintivos y propios. Muchas de estas condiciones se encuentran aún en pequeñas ciudades universitarias como New Haven, Berkeley, Ithaca, Princeton, Palo Alto, etc. De aquí resulta en general la existencia por doquiera de un ambiente favorable a la actividad porque el norteamericano encuentra en cualquier parte los elementos de una vida completa y hace dar a su iniciativa donde le toca el mayor rendimiento posible, sin que necesite esperar algo de un centro más o menos remoto.

Al lado de la influencia externa de las instituciones en el desarrollo de las iniciativas individuales es menester no olvidar la de la educación, que tiende a la formación de personalidades independientes y vigorosas. La educación, obrando de consuno en muchos casos con cierta religiosidad tradicional y honda, llega a sugerir un concepto serio de la vida, apartado de frivolidades y que busca la realización del destino humano en el cumplimiento del deber y en las satisfacciones que ofrece una existencia interior armónica y tranquila.

La actividad norteamericana lleva generalmente como perfume propio una sana alegría, según hemos tenido ocasión de hacerlo ver más de una vez en estas notas.

Patriotismo.—Los norteamericanos han dado múltiples pruebas de patriotismo en el curso de su historia y los ideales nacionales han sido resortes poderosos en muchas de sus empresas de carácter político y económico, como ser la lucha contra la esclavitud, la colonización del Oeste y la ocupación de Oregón hacia 1842. Después de haber fijado los límites entre los Estados Unidos y Canadá, hasta los montes Roqueños, había quedado en suspenso la decisión relativa a las tierras del Oeste, o sea principalmente Oregón. No inspirando confianza la actitud de Inglaterra al respecto, los norte-americanos se lanzaron a ocupar de hecho ese Estado, y gracias a su empuje quedó incorporado a la Unión.

En los días en que estos apuntes fueron tomados las manifestaciones de patriotismo habían pasado a ser detalles de la vida cotidiana. A donde volviera uno la vista encontraba la bandera estrellada flameando sola o en compañía de las de las naciones aliadas. En las ventanas de las casas se la veía frecuentemente al lado de la pequeña banderola en que se indicaba con estrellitas cuantos miembros de la familia habían ido a la guerra. A veces las estrellitas eran negras, lo que significaba que ellos ya no volverían más. En las oficinas públicas y privadas y en los almacenes, grandes banderas, a menudo con centenares de estrellitas, decían la contribución de sangre que el personal había enviado al Ejército de la Patria. Todo espectáculo empezaba invariablemente con el himno nacional, ejecutado por la orquesta, a veces cantado, y que la concurrencia escuchaba con recogimiento de pie.

La cooperación de todas las clases sociales en esos momentos supremos era manifiesta. Ya he indicado en otro capítulo de qué manera se levantaron los primeros empréstitos de la libertad en San Francisco. Una vez terminada la guerra le llegó el turno al último de ellos, al de la victoria, destinado a saldar la situación. Fué como un levantamiento general de las poblaciones en un movimiento arrebatador de festividad patria y de civismo intensificado por los mil recursos de la propaganda americana. Las amplias calles de altísimos edificios ricamente embanderados y los faroles adornados con los colores nacionales que terminaban en panoplias de flámulas y gallardetes parecían estar de gala para recibir a un ejército victorioso.

La operación se inició con un discurso pronunciado por un alto funcionario administrativo a mediodía en las gradas del edificio del Tesoro en Nueva York. Los acordes marciales de una banda militar detuvieron por un instante la inmensa corriente de gente que a esas horas llenaba Wall Street y las inmediaciones de la Bolsa, y el orador, bajo un sol de verano y al lado de la estatua de Washington, expuso las razones de suscribir con creces el empréstito de la victoria.

Luego millares de oradores continuaron insistiendo en todas partes sobre el mismo asunto durante una semana. Tinglados y tabladillos se levantaron en las principales plazas y en las más concurridas boca-calles de todas las avenidas donde pequeñas bandas de músicos tocaban para atraer a la gente a oir la oración patriótica de los propagandistas del empréstito. Los guardianes que dirigen el tráfico callejero llevaban en la mano un disco con una V, que se levantaba sobre la muchedumbre cada vez que ellos paraban o hacían continuar el movimiento, para hacer presente la victoria y la necesidad que había de pagarla. Agentes del empréstito recorrían las grandes arterias en autos embanderados y tocando cencerros. Desde garitas levantadas en las esquinas, damas ofrecían bonos a todos los transeuntes; y vendedores de todas clases, hombres, mujeres y niños, lo asaltaban a uno en las aceras y en los hoteles. En todos los teatros, hacia la mitad del espectáculo un orador pronunciaba un discurso sobre el empréstito y luego empleadas de la empresa iban a vender bonos entre la concurrencia. A veces el orador mostraba al público un casco prusiano que decía haber sido tomado a un oficial del Kaiser y lo ofrecía como premio al que comprara una suma alzada en bonos. No pasaba mucho rato sin que el casco fuera entregado a algún señor de la platea o de un palco. Se había organizado una sugestión inmensa, irresistible para saldar la victoria; las ciudades competían unas con otras a fin de sobrepasar la cuota que se les había señalado y de esta suerte se suscribieron muchísimos más millones de los fijados por el Gobierno.

Moralidad (la familia y el divorcio.)—Me atrevo a apuntar como cualidades concomitantes de la actividad norteamericana en términos generales a la moralidad y la religiosidad. No se me oculta que si es arriesgado hablar de la psicología de un pueblo, no lo es menos hacerlo de la moralidad. Nunca faltan razones y datos para sostener en este terreno las tesis más opuestas. En contra de la moralidad americana se recuerdan los estupendos golpes de mano que suelen dar los criminales de aquel país. A no pocos he oído quejarse de la falta de honradez y seriedad de los comerciantes yanquis. No obstante algunos incidentes apuntados en estas notas, que pudieran pesar en contrario, mi impresión general, formada con detalles que también he referido y con el trato de gente principalmente universitaria, es que los norte-americanos son por lo común buenos y honrados. Llegaría a decir que en la apreciación que este pueblo hace de las facultades y valores humanos prefiere la bondad a la habilidad.

Se suele afirmar también que en los Estados Unidos la familia casi no existe, que se halla en plena disolución. En verdad no existe con los caracteres tradicionales con que se suele presentar en algunos pueblos de Chile donde se ven casos de que vivan sólidamente unidas en un mismo hogar tres generaciones, de abuelos a nietos, incluyendo un respetable número de yernos y de nueras. Se encuentra, sí, la familia en el sentido estricto del término, es decir, como el grupo formado por un matrimonio y sus hijos o un matrimonio solo. Nicolás Murray Butler habla en el estudio ya citado de que en los Estados Unidos hay más de diez y ocho millones de viviendas ocupadas aproximadamente por veintiún millones de familias y de que seis millones de familias poseen propiedades sin gravamen y otros tres millones son propietarios de bienes sujetos a hipotecas.

También es cierto, que esta familia en sentido estricto no tiene en los Estados Unidos los caracteres de inmutabilidad y solidez que la distinguen en Chile; pero quedaría todavía por averiguar si las condiciones de acá son mejores que las de allá.

Se observa que el número de los divorcios ha ido en proporción creciente de año en año después de la guerra separatista, como se ve en las siguientes columnas:

AñosDivorcios
18679.937
187714.800
188625.535
189642.937
190672.062
1916124.000

Sería razonar de una manera muy incompleta limitarse a inferir de estas cifras que la inmoralidad aumenta de un modo alarmante en los Estados Unidos y que la familia norte-americana se halla amenazada de muerte.

El número de los divorcios ha venido siendo mayor de año en año, no porque los hombres y las mujeres se hayan vuelto más malos, sino porque la evolución social, después de la mencionada guerra, ha puesto en acción fuerzas nuevas que no han podido dejar de modificar la constitución del hogar y a cuya influencia no han podido sustraerse los individuos. El enorme florecimiento económico y la transformación industrial que se notan desde aquel momento histórico, han hecho perder gradualmente a la familia su antiguo carácter de centro de producción, han abierto vastos horizontes de trabajo a la mujer, permitiéndole de esta suerte alcanzar su independencia económica, y han aumentado al mismo tiempo las exigencias de la vida.

Dentro de las condiciones anteriores al momento histórico indicado, el hombre y la mujer habían podido soportarse mutuamente muchos defectos e incompatibilidades espirituales y morales porque el hogar les ofrecía ventajas económicas indispensables para la vida y difíciles de alcanzar de otra manera. La mujer especialmente, sin preparación para desempeñar ningún oficio o empleo fuera de la casa, no concebía la existencia sin los medios que le proporcionaba el marido y se encontraba sometida a éste por una estrecha dependencia económica.

Desaparecidas esas ventajas y arrancadas esas raíces materiales por decirlo así, los cónyuges hanse tornado más exigentes en cuanto a condiciones de armonía y de felicidad interior y menos tolerantes para aguantar fricciones llevaderas en otro tiempo. Se considera ahora que es menos inmoral la disolución que la permanencia de los matrimonios sin amor.

Comprendido en este proceso de que hablamos se observa triunfante el reconocimiento amplio de los fueros de la individualidad humana. La moral dogmática ha podido sostener la indisolubilidad del matrimonio y condenar el divorcio; y, más o menos de acuerdo con ella, ciertas doctrinas sociológicas y jurídicas afirman que la célula social es la familia y no el individuo y que éste debe resignarse a vivir férreamente encerrado entre las mallas sin escapatorias de las instituciones matrimoniales y familiares. Pero estos conceptos no se avienen con el espíritu norte-americano. Como dice un profesor de sociología de la Universidad de Pennsilvania, «a la par que se han hecho más intensos los sentimientos de nacionalidad y de conciencia social se ha reconocido mayor valor a la personalidad del ciudadano. Creadas sobre una base de franco utilitarismo, las formas e instituciones sociales de cualquiera clase que sean no existen para llenar un fin en sí, sino para el bien de los miembros de la colectividad. Libres de muchas de las tradiciones, propias de los gobiernos monárquicos o despóticos y relativas al carácter sagrado de algunas instituciones, los americanos no temen ningún desastre por el hecho de llevar a cabo los cambios requeridos por la expansión de la vida social. Los cambios no significan para nosotros muestras de desintegración social, sino que los consideramos más bien como la condición de un progreso sostenido. Miramos a la familia desde el mismo punto de vista que a todas las demás instituciones sociales y no goza de ninguna protección especial o tabú que pueda excusarla de ser sometida a la prueba del utilitarismo. Ella, la familia, como todas las demás, debe servir a los fines de su existencia o sufrir las transformaciones necesarias. Desde que no es compatible con los ideales americanos de justicia y de libertad que la familia sea tenida por más sagrada que el individuo, el remedio debe buscarse en la modificación de la primera antes que en el sacrificio del último».[24]

El mismo autor estudiando el problema desde un punto de vista moral, dice: «Nuestras modificadas ideas éticas nos hacen sentir hoy día que el matrimonio ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el matrimonio, y que el valor moral de

éste depende de la mutua felicidad que asegure a los desposados. Cuando esta condición no se realiza ni se puede realizar, los más altos intereses, tanto del individuo como del estado reclaman que se rompa ese matrimonio perjudicial y que se coloque a los cónyuges en situación de encontrar la felicidad que les ha faltado. De esta suerte un nuevo humanitarismo ha venido a ocupar en religión y en ética el lugar que antes llenaban las reglas teóricas de la ortodoxia de generaciones pasadas. Descansa él sobre una moralidad práctica que estima el valor de las instituciones en proporción al servicio que hacen en la formación del carácter y en la producción del bienestar humano».[25]

Con estas palabras queda señalada la actitud americana ante el divorcio y desvanecido el cargo de inmoralidad que por este motivo se pudiera formular.

Religiosidad.—El Estado norte-americano no tiene religión oficial, y, por lo mismo, florecen aquí las religiones como plantas espontáneas en un terreno libre de las limitaciones planeadas por los hombres y donde obran con toda libertad las fuerzas naturales fecundantes. En los Estados Unidos prosperan más de cincuenta religiones y sectas, que cuentan con más de cuarenta y dos millones de adeptos.

Es característico de las religiones en Norte América que orienten su actividad en un sentido humano de bien y de servicio social y que sean amplias, hospitalarias y tolerantes.

Estos rasgos han sido descritos de la manera siguiente por el católico inglés William Barry: «Los americanos en otro tiempo creían con pavor en la total depravación del hombre, de la cual sólo un pequeño número de agraciados sería redimido. Ahora creen que el hombre es por naturaleza bueno, por destino perfecto, y completamente capaz de salvarse a sí mismo. En una especie de América ideal señalan el motivo fundamental de esta vida más humana, a la cual deben tender sin cesar. La república, la comunidad es su fin, los negocios el camino para el cielo, el progreso su deber, la libre competencia su método. Rechazan el misterio, la obediencia y la renunciación de la propia personalidad; pero admiran la disciplina que condena y proscribe lo contrario a la dignidad del hombre, o, deferentes a una idea delicada, practican la temperancia. Forman los americanos una casta de héroes más que de ascetas. Para ellos la divinidad es un amigo y no un señor omnipotente o un hado misterioso. Su creencia en la naturaleza humana como algo que posee valor intrínseco que debe ser perfeccionado significa la libre aceptación de una idea divina que el hombre tiene la obligación de realizar. De esta suerte civilización y religión no son más que diferentes fases de una misma gloria».

En muchas universidades privadas hay templos. En el de Princeton se celebran servicios religiosos diariamente, pero ahí ofician los ministros de todas las religiones, alternando, por consiguiente, el católico con los de las diversas sectas protestantes o con un predicador de los Jóvenes Cristianos. Los estudiantes no son obligados a asistir al templo sino una vez cada quince días.

La misma índole de hogar cristiano, sin confesión determinada, abierto al más dilatado espíritu religioso, es propia del templo de la universidad de Leland Stanford Junior. Muchas tardes se dan aquí recitales de órgano, sin ninguna ceremonia o acto del culto, y hasta el alma más descreída puede disfrutar de una hora de reposo y recogimiento íntimo, y sentirse llevada en alas del arte a las regiones de una pura religiosidad.

En medio del más agitado torbellino mundano, en Broadway, la gigantesca arteria de Nueva York, en la puerta de un templo se lee la siguiente dulce invitación: «No importa lo que pienses, no importa lo que creas; entra; esta es la casa de Dios abierta para todos; entra a descansar». Y aunque uno no entre, agradece la invitación, y siente que una sensación de placidez discurre por todo su ser.

El ambiente norte-americano de libertad y la falta de una religión de Estado son favorables al desarrollo del sentimiento de religiosidad. No ocurre aquí lo que en aquellos países hispano-americanos, donde el catolicismo goza de la preeminencia de religión privilegiada, llega generalmente hasta las urnas electorales a defender sus privilegios, y queda degradado por ambiciones de predominio social y político y por las enconadas pasiones que se suscitan en su contra. No encontrando además los espíritus por lo común en la América latina otra manera de ser religiosos que la que les ofrece el credo católico, y no pudiendo comulgar con éste por razones científicas, filosóficas o políticas, caen en el indiferentismo con perjuicio a veces de su completa vida espiritual y moral y de su paz interior. En los Estados Unidos, en cambio, se puede ser religioso de muchos modos y el sentimiento y la fantasía encuentran más posibilidades que en otras partes de llenar el vacío angustioso que los misterios de lo desconocido suelen abrir en algunas almas.

Idealismo.—Grandes ideales han movido a los norteamericanos en momentos culminantes de su historia, como ser la unión de las trece colonias que obtuvieron su independencia de Inglaterra en 1783, la defensa de la autonomía del continente americano, encarnada en la doctrina de Monroe, la lucha por la abolición de la esclavitud, y el amor a la democracia, que constituye un leitmotiv en la evolución social y la política de este pueblo.

La fuerza de un resorte idealista se observa hoy día en la acción de una élite formada por millares de personas de ambos sexos que comprenden desde sacerdotes de todas las religiones y profesores hasta los millonarios. No hay problema de la colectividad que no traten de resolver, no hay dolor que no vayan a aliviar, y los beneficios de su voluntad filantrópica y de sus millones pasan las fronteras del país y llegan hasta los huérfanos de Francia y Bélgica o van a tender una mano salvadora al infeliz y secularmente atormentado pueblo de la Armenia.

Es un idealismo práctico de carácter social. Su acción se muestra de una manera estupenda en toda obra de cultura, y en el sostenimiento de bibliotecas y de institutos de educación. Existen en el país, debidas casi en su totalidad a la iniciativa privada, más de tres mil bibliotecas con un total de setenta y cinco millones de volúmenes. Se gastan al año en el mantenimiento de escuelas para el pueblo en toda la nación cerca de seiscientos cincuenta millones de dólares. La renta de las universidades se ha elevado, en virtud de las donaciones y legados que han recibido, de diez y siete millones de dólares que era en 1892 a ciento veinte millones en 1915.

Es este idealismo tan propio del alma americana que es el que informa las doctrinas de sus más genuinos filósofos y pensadores. Como hemos recordado en un capítulo anterior, Emerson fué un moralista y William James ha preconizado en su pragmatismo la prioridad de la acción sobre el pensamiento y la busca de la verdad, no por la verdad misma, sino en cuanto puede servir para la vida. Ideas más o menos semejantes sustenta el filósofo más representativo del momento actual, Juan Dewey; y, aun pensadores que no han comulgado con el pragmatismo, como el sociólogo Lester F. Ward, han señalado a la existencia del hombre la finalidad del «meliorismo» o sea el mejoramiento de la vida, lo que equivale a llegar por distinto camino al mismo objetivo.

Esta filosofía, que puede presentarse como no satisfactoria e incompleta para inteligencias especulativas y ansiosas de ahondar en las últimas razones de las cosas, ha probado ser bastante para espíritus ante todo activos, como los americanos, y, ya hemos visto en el párrafo anterior, que hasta la religión misma ha recibido el sello de esa orientación distintiva del alma nacional.



CAPITULO VII

CARTAS DEL DOCTOR N.—CONCLUSION