143. Antes de escribirse el Mio Cid hubo cantares populares sobre el mismo Campeador, sobre el rey Rodrigo, los Infantes de Lara, el Infante García, Fernán González, etc., etc.; pero que se escribiesen ya es harto más dudoso, aunque algunos lo dan por averiguado por aquello de que "no es probable que este primer documento conservado sea el primero que se escribió". Los mismos asuntos épicos nacionales y después otros franceses y caballerescos siguiéronse cantando por el pueblo y aún siguen cantándose hasta nuestros días; pero los cantares populares siempre fueron menospreciados de los eruditos, que son los que escriben, y así, sólo en el siglo xv, hartos los poetas eruditos de sus aguados versos cortesanos á lo provenzal, se abajaron á oir la musa popular y á consignar sus cantares por escrito: tales son los romances viejos, escritos según los cantaba el pueblo desde hacía siglos. Alguno que otro escritor tomó el asunto de esos cantares plebeyos y lo trató más ó menos eruditamente cuanto al metro y manera, como vemos en el poema de Fernán González y en la Crónica rimada del Cid. Si estos malos poemas eruditos posteriores á Mio Cid se conservaron, por haberse escrito, lo probable es que si antes se hubiesen escrito otros también se hubiesen conservado. Lo que de gestas hallamos desleído en la prosa de las Crónicas había que probar que eran gestas escritas y para ello que estaban en alejandrinos; ahora bien, los versos en las Crónicas más parecen prosificación de romances que no de alejandrinos: las tales gestas eran, por consiguiente, las populares que se cantaban, no las eruditas que se escribían, pues ya hemos visto que el escribir en castellano vino del influjo francés entre los eruditos, y éstos, al escribir, escribieron en el metro de los franceses, en alejandrinos, siendo siempre menospreciado el pie de romance, como todo lo popular, hasta fines del siglo xv. La fecha de Mio Cid está entre 1140 y 1157, ya que parece aludirse á él en la Conquista de Almería, en 1147, ó Crónica de Alfonso VII, escrita en latín, aunque también pudiera aludir á las gestas cantadas y no escritas, de las cuales sacó su obra el autor de Mio Cid:
"Ipse Rodericus, Mio Cid saepe vocatus,
De quo cantatur quod ab hostibus haud superatur".
El códice de Per Abbat, procedente de la aldea de Vivar, donde el Cid nació, fué propiedad de don Alejandro Pidal, de cuyos herederos debe de serlo ahora. Es copia hecha en la era 1245 ó, según otros, de 1345, según se lea C (ciento) ó e la letra raspada en la suscripción final. Per Abbat, el copista, remozó palabras destruyendo asonantes, trastrocó otras y aun hemistiquios enteros. De esta copia sacó Juan Ruiz de Ulíbarri la que se conserva en la Biblioteca Nacional (R. 200), Burgos, 1596. Antonio Sánchez publicó el Cantar en el t. I de su Colección de poesías castellanas anteriores al siglo xv, Madrid, 1799; después Janer, Madrid, 1864, en la Bibl. de Rivadeneyra, t. LIX; Vollmöller, Poema del Cid nach der einzigen Madrider Handschrift, Heall, 1879; Huntington, 1898; Menéndez Pidal, Poema del Cid, Madrid, 1900, y Poema de Mio Cid, Madrid, 1913 (con algunas variaciones entre las dos ediciones). Hace falta publicar el facsímil para saber á qué atenernos. En la primera Crónica general de Alfonso X y en la Crónica de Veinte Reyes de Castilla se halla la mayor parte del asunto del Cantar con otras cosas que en él faltan, y por cierto, con el mismo criterio: ¿es prosificación de él ó de otros cantares populares no escritos? Cierto que no lo es de la copia de Per Abbat, y las frases comunes al Cantar y á las Crónicas bien pudieran provenir de cantares populares con los cuales pudo tejer su obra el autor de Mio Cid; de ellos son, sin duda, otras frases, versos y trozos enteros que en Mio Cid no se hallan. El espíritu es el mismo, el que hemos visto en M. Pelayo ser propio de la epopeya castellana, de suerte que es dificultoso deslindar lo que en Mio Cid haya del autor que lo compuso y que lo tomó de los cantares populares. Menéndez Pidal suple lo que falta al principio "con algunos versos de una Segunda Refundición de nuestro Cantar, conservados en la Crónica de Castilla y en la Particular del Cid. Estos versos darán idea de los que inmediatamente precedían á los primeros conservados en la copia de Per Abbat". Están en pie de romance y, por consiguiente, se tomaron de cantares populares. Véanse:
"e los que conmigo fuéredes—de Dios ayades buen grado,
e los que acá fincáredes—quiérome ir vuestro pagado".
Entonçes fabló Álvar Fáñez—su primo cormano:
"convusco iremos, Cid,—por yermos e por poblados,
ca nunca vos fallesceremos—en quanto seamos sanos,
convusco despenderemos—las mulas e los cavallos
......................—e los averos e los paños,
siempre vos serviremos—como leales vasallos".
Entonçe otorgaron todos—quanto dixo don Álvaro;
mucho grandesçio mio Çid—quanto allí fué razonado...
Mio Cid movió de Bivar—pora Burgos adeliñado,
assi dexa sus palaçios—yermos e desheredados.
(comienza Per Abbat en alejandrinos:)
De los sos ojos tan fuertemientre lorando,
tornava la cabeça i estávalos catando".
La obra tiene 3.729 versos, faltan el comienzo y dos páginas de á 50 versos, una después del 2.337 y otra después del 3.307, más algunos otros después de los versos 181, 440 y 934. El segundo cantar comienza:
"Aquis conpieça la gesta de mio Cid el de Bivar".
Y acaba:
"Las coplas deste cantar aquis van acabando.
El Criador vos vala con todos los sos santos".
De estos versos parece sacarse que eran cantares separados ó que de otros tales enhebró el autor su obra, á la cual llama gesta y cantar. El tercero comienza con la cobardía de los Condes y acaba:
"en este logar se acaba esta razón".
Si hubiera pretendido el autor dar unidad artística al Cantar pudiera haber comenzado, como se suele, por la mitad, después del destierro, por ejemplo. Sobre la puntualidad histórica y geográfica, así como sobre los ligeros episodios ficticios, véase M. Pidal, edición de 1913. Allí mismo está la historia verdadera del Cid.
144. Si se prescinde del metro, el Mio Cid ofrece el mismo espíritu, la misma naturalidad, la misma sencillez, la misma gravedad, la misma alteza de sentimientos, y en cuanto cabe, según la diferencia de los tiempos, el mismo estilo y lenguaje, el mismo predominio de la realidad sobre la imaginación que el Romancero, conocido á fines del siglo xv. Es un zurcido de largos romances. Cuanto han dicho los autores de Mio Cid puede aplicarse al Romancero, sacada la extensión, el metro y el lenguaje de las diferentes épocas. Y es que el asunto, la manera de tratarlo, el espíritu del pueblo español es el mismo; sólo hay diferencia en el metro y la extensión. Ahora bien: metro y extensión débense á ser obra escrita por un erudito; de lo demás del poema el verdadero autor fué el pueblo, el mismo que lo fué del Romancero. No sabemos hasta dónde pueda alcanzar lo que, fuera de la extensión y del metro, se deba al autor que escribió el Mio Cid; pero la semejanza con el Romancero prueba que fué bien poca cosa. En el poema de Mio Cid el pueblo español se canta á sí mismo, poniendo en sus sones toda su alma, como es el pueblo griego el que se canta á sí mismo en los poemas homéricos. Nada de afectaciones, exageraciones y adornos postizos, nada de fantasía; todo es naturalidad, realidad viva, visión de los hechos escueta, seca y grave. Esa no es obra de erudito; es obra popular. El erudito no hizo más que zurcir en uno varios romances siguiendo la vida pública del Cid y ponerlos medianamente en metro francés. De aquí que el Cid, que después conocemos en las obras siguientes de eruditos, ya es otro Cid, caballeresco, novelesco, exagerado, porque la levadura de la caballería, venida de fuera, había echado á perder la natural y sencilla visión popular, la cual no vuelve á los escritos hasta que se escribe el Romancero, saliendo á relucir el mismo auténtico autor del Mio Cid, el pueblo.
145. Juicios sobre Mio Cid[20]. Sánchez (1779): "la sencillez y venerable rusticidad", "el aire de verdad". Capmany (1786) lo tiene por simple crónica rimada y toma dos pasajes "de los menos inelegantes y bárbaros". Forner (1790): "algún cartapelón del siglo xiii, en loor de las bragas del Cid". Mendibil (1819): "nada tiene de épico y aun casi pudiera disputársele el título de poema". Quintana (1807): "no está tan falto de talento que de cuando en cuando no manifieste alguna intención poética". Martínez de la Rosa (1828): "embrión informe".
Moratín resume todos estos juicios de nuestros afrancesados escritores hallándolo todo deforme: lenguaje, estilo, versificación y consonancia (Orígenes del teatro español, nota 3). Southey (1808): "decididamente, y sobre toda comparación, el más hermoso poema escrito en lengua española". Autor anónimo de la Quarterly Review, t. XII, pág. 64: "los españoles no conocen aún el alto valor que como poema tiene la historia métrica del Cid, y mientras no desechen el falso gusto que les impide percibirlo, jamás producirán nada grande en las más elevadas esferas del arte; bien puede decirse sin temor que de todos los poemas que se han compuesto después de la Ilíada, el del Cid es el más homérico en su espíritu, si bien el lenguaje de la Península era en aquella época rústico é informe". Hallam (1818): "aventaja á todo lo que se escribió en Europa antes del aparecimiento de Dante". Ticknor (1849): "puede asegurarse que en los diez siglos transcurridos desde la ruina de la civilización griega y romana hasta la aparición de la Divina Comedia ningún país ha producido un trozo de poesía más original en sus formas y más lleno de naturalidad, energía y colorido". Wolf (1831): "reproducción inconsciente de la realidad, por eso mismo más veraz, más sorprendente"; "la exposición desnuda de arte", "por la íntima verdad y elevada naturalidad". Publicado el poema francés de Roland en 1837, la crítica coteja entrambas obras. Damas Hinard (Poème du Cid texte et traduction, París, 1858), dice que el poeta de Roland era más docto que el del Cid; conocía de la antigüedad clásica cuanto era conocido en su época; condujo su obra con muy buen juicio, y por la unidad y simplicidad de su composición puede ser mirado como precursor de los clásicos franceses del siglo xvii. Pero le faltaba la gran cualidad del poeta: el sentimiento de la vida humana y el poder de expresarlo. La geografía de la Chanson es fantástica; sus personajes son á menudo imaginarios y monstruosos, como los paganos de Micenes, de cabeza enorme y cerdosos cual jabalíes. La acción de estos fantasmas es también imposible. El sonido de la trompa de Roldán se oye á treinta leguas; Turpin, con cuatro lanzadas en el cuerpo, ó Roldán, con la cabeza hendida y los sesos que le brotan por los oídos, obran y combaten como sanos. Los ejércitos son enormes, de 360.000 y de 450.000 caballeros. Cinco franceses matan á 4.000 sarracenos. Y la misma falta de naturalidad se observa en la exposición; baste como ejemplo el abuso de las repeticiones... Muy al contrario, el juglar del Cid no quiere ostentar su imaginación; la emplea sólo en hacer aparecer ante nosotros la realidad misma; no nos presenta un cuadro de la España del siglo xi, sino que nos transporta á ésta y nos hace asistir á los acontecimientos. Los personajes están pintados con las convenientes medias tintas. El tono y color de la narración se amoldan blandamente al diverso carácter de cada episodio; compárense entre sí el de las arcas de arena, el del conde de Barcelona, el del robredo de Corpes y el más importante de todos, el de la corte de Toledo, en el cual el oscuro juglar recuerda al más ilustre narrador de los tiempos modernos, á Walter Scott. Cuando así se contemplan uno frente á otro, el Poema del Cid y la Chanson de Roland, no puede menos de declararse, como hacían los antiguos jueces de campo, que la victoria pertenece al poeta español. L. de Monge (Études morales et littéraires, Bruxelles, 1887, pág. 285, "Le Cid et Roland"): "En el Roland nos choca la dureza de las costumbres, la ferocidad, la intolerancia; en el Cid, la humanidad, la caridad, la dulzura, al menos relativa". "En suma: el Poema del Cid es menos grandioso acaso que la Chanson de Roland: pero es menos bárbaro á la par que más real, más viviente, más humano, de una emoción más directamente accesible á los hombres de todos los tiempos". Bello (1830): "son dignos de Homero, por el sentimiento, las imájenes i la noble simplicidad del estilo". A. de Puibusque (Hist. comp. des littérat. espagn. et franc., I, 1843, pág. 41): "dans ces divers tableaux, tout l'art du poète est son naturel; mais ce naturel n'a-t-il pas quelque chose du sentiment élevé qui inspira l'Iliade? n'est ce pas la même simplicité d'héroisme?". Volvamos á los españoles. Amador de los Ríos (1863): "acaso se la podría colocar entre los poemas épicos", "tampoco sería gran despropósito el clasificar este peregrino poema entre las epopeyas primitivas". Milá (1874): "bien puede calificarse el Mio Cid de obra maestra. Legado de una época bárbaro-heroica, fecunda en aspectos poéticos y no desprovista en el fondo de nobilísimos sentimientos, aunque en gran manera apartada del ideal de la sociedad cristiana, es, no sólo fidelísimo espejo de un orden de hechos y costumbres que no serían bastantes á suplir los documentos históricos, sino también un monumento imperecedero, ya por su valor literario, ya como pintura del hombre." M. Pelayo: "Lo que constituye el mayor encanto del Poema del Cid y de canciones tales es que parecen poesía vivida y no cantada, producto de una misteriosa fuerza, que se confunde con la naturaleza misma y cuyo secreto hemos perdido los hombres cultos..., el ardiente sentido nacional, que, sin estar expreso en ninguna parte, vivifica el conjunto... al temple moral del héroe en quien se juntan los más nobles atributos del alma castellana, la gravedad en los propósitos y en los discursos, la familiar y noble llaneza, la cortesía ingenua y reposada, la grandeza sin énfasis, la imaginación más sólida que brillante, la piedad más activa..., la ternura conyugal más honda que expansiva..., la lealtad al monarca y la entereza para querellarse de sus desafueros...". Si esto quiere decir algo, es que la obra, así, inconsciente y castiza, tiene al mismo pueblo por autor. Que es lo que viene á decir E. Baret (Hist. de la littér. esp., París, 1863, pág. 28) al afirmar que el Poema del Cid comparte la exactitud de Homero en lo que concierne al conocimiento de los lugares; pero sólo atento á los cantos del pueblo, no procura hacer obra de poeta, bien diferente del autor de Roland, que ha leído á Virgilio y se entretiene en crear una geografía fantástica, unos personajes y hazañas imaginarios. Fitzmaurice-Kelly (1904): "Le sujet et l'esprit, dans le Poema, sont essentiellement espagnols et, en tenant compte de ce fait que le juglar se sert de la formule épique conventionnelle, son œuvre est grande en vertu de sa simplicité, de sa force, de sa rapidité et de sa fougue". De Menéndez Pidal había de copiarse toda su Introducción á la edición de 1913; baste este magnífico cotejo: "El Roland, por su simplicidad esquemática, por su unidad de acción y de tiempo y por su esmero en la presentación, anuncia la clásica tragedia francesa. El Mio Cid, por su carácter más histórico, por buscar una superior verdad artística dentro de las complejidades de la vida entera y por el abandono de la forma, es precursor de las obras maestras de la comedia española. Los Nibelungos, en su grandioso desorden, tan preñado de aspectos, muestran su parentesco con las trágicas concepciones shakespearianas".
146. Cid (Poema del). Ed. R. Menéndez Pidal, Cantar de Mio Cid: texto, gramática y vocabulario, Madrid, 1908-1911 [ed. paleográfica, t. III, págs. 907-1016; ed. t. III, págs. 1017-1164]; ed. Archer M. Huntington, New York, 1894-1903, 3 vols. (con trad. inglesa); ed. popular, New York, 1909, 3 vols.; ed. V. E. Sidforss, en Acta Universitatis Lundensis, Lund, 1895-1896, t. XXXI y XXXII; ed. K. Vollmöller, Halle, 1879; ed. J.-S.-A. Damas-Hinard [con trad. francesa], París, 1858; ed. A. Bello, Obras completas de Don A. B., Santiago de Chile, 1881, t. II; ed. F. Janer, Bib. de Aut. Esp., t. LVII; edic. Men. Pidal, "La Lectura", Madrid, 1913, cuya ortografía está mudada sin razón alguna, y aun otras cosas más que la ortografía. Consúltense: R. Dozy, Recherches, etc., Leyden, 1882, 2 vols.; J. Adam, Uebersetzung und Glossar des altspanischen Poema del Cid, Breslau, 1911; J. Cornu, Études sur le Poème du Cid, en Romania (1881), t. X, páginas 75-79; J. Cornu, Études sur le Poème du Cid, en Études romanes dédiées à Gaston Paris, París, 1891, págs. 419-455; J. Cornu, Revision des Études sur le Poème du Cid, en Romania (1893), t. XXII, páginas 531-536; J. Cornu, Verbesserungsvorschläge, etc., en Symbolae Pragenses, Prag., 1893, págs. 17-23; J. Cornu, Beiträge zu einer künftigen Ausgabe des Poema del Cid, en Zeitschrift für romanische Philologie (1897), t. XXI, págs. 461-528; F. Koerbs, Untersuchung der sprachlichen Eigentümlichkeiten des altspanischen Poema del Cid, Bonn, 1893; A. Restori, Osservazioni sul metro, sulle assonanze e sul testo del Poema del Cid, Bologna, 1887; A. Restori, La Gesta del Cid, Milano, 1890; F. Araujo Gómez, Gramática del Poema del Cid, Madrid, 1897; P. Roca, Rectificación de algunas lecciones del "Poema del Cid", en Revista de Archivos, etc. (1897), t. I, págs. 262-265; R. Menéndez Pidal, El Poema del Cid y las Crónicas generales, en Revue hispanique (1898), t. V, págs. 435-469; E. de Hinojosa, El derecho en el Poema del Cid, en Homenaje á Menéndez y Pelayo, Madrid, 1899, t. I, págs. 551-581; M. Menéndez y Pelayo, Tratado de los romances viejos, en Antología de poetas líricos, etc., t. XI, págs. 290-322; A. Coester, Compression in The "Poema del Cid", en Revue hispanique (1906), t. XV, págs. 98-211; E. Baret, Du poème du Cid dans ses analogies avec la Chanson de Roland, París, 1863; J. Ormsby, The Poem of the Cid [trad. inglesa incompleta, con prefacio importante], London, 1879; L. de Monge, Études morales et littéraires, Bruxelles-París, 1889, t. I, págs. 202-283.
147. Los rastros de más viejos cantares de gesta parecen ser los de la Pérdida de España, esto es, del rey Rodrigo, que alude á los acontecimientos del año 711 y los de Bernardo del Carpio y de Mainete, que tocan á la venida de Carlomagno á España. Hállanse estos rastros en la Primera Crónica de España, reinados de Fruela I, y en la Primera Crónica general, reinados de Alfonso II el Casto y de Alfonso III el Magno. Sobre Carlomagno y todo á lo á él tocante, el libro más conocido fué la Crónica latina del seudo Turpin, hecha en gran parte en Santiago de Galicia y conocida por un códice dado hacia 1140 á la iglesia de Santiago de Compostela por el francés Aimeric Picaud (De Pseudo-Turpino, tesis latina de Gastón Paris, París, Franck, 1865; Dozy, Le Faux Turpin, en el t. II, 3.ª ed. de Recherches, 1887, páginas 372-431 y xcviii y cviii). No hay que atribuir esta obra al Arzobispo de Reims, Turpin, muerto hacia el año 800, sino á dos falsarios muy posteriores. Parece que fué francés y clérigo ó monje el autor de los primeros capítulos, de los que residían en Compostela; desde el capítulo VI, donde predomina la épica francesa, es de otro francés, y probablemente lo escribió también en Santiago, donde se ha conservado su libro formando parte del célebre Códice Calixtino. Este libro propaló la epopeya carolingia entre los clérigos españoles. La mejor edición es la de M. Castets. Debió de escribirse poco antes de 1140. Más antigua es la Chanson de Rolland, del siglo xi, y, según Rajna, debió componerla algún juglar francés que, yendo á Santiago ó volviendo de allí, pasó por Roncesvalles. Hubo de conocerse en España en el mismo siglo xi. Sobre la leyenda de Bernardo, véase M. Pelayo (Antol., t. XI, pág. 176).
Sobre el Cid hubo otros cantares, y más antiguos, como el Cantar del Rey Fernando y su continuación el Cantar del Cerco de Zamora, que pintaba al Cid más joven que el Mio Cid. Entrambos perecieron; pero se transparentan en la Primera Crónica general de España. Otro tanto sucedió á los antiguos cantares sobre los Infantes de Lara, los siete hijos de Gonzalo Gustios, que murieron peleando con los moros en Almenar por celada que les puso su tío Ruiz Velázquez para vengar el insulto hecho á su mujer doña Lambra el día de sus bodas. Otra Gesta de los Infantes de Lara, posterior á esos cantares, fué cantada el siglo xii y pasó en parte á la Primera Crónica general; y á fines del siglo xiii otra más extensa, que pasó á un arreglo de otra Crónica general del reinado de Alfonso XI, acabado en 1344, y á una refundición la tercera Crónica general de principios del siglo xv.
La Conquista de Almería en latín vemos que alude á otros cantares más antiguos sobre el Cid; de los posteriores, que el pueblo siguió cantando, habla la Crónica general: "Non lo sabemos por cierto sinon quanto oymos decir á los juglares en sus cantares de gesta", y en las Partidas (2.ª part., ley 20), ordenando á los juglares que "non dixiessen otros cantares sinon de gesta o que fablasen de fecho de armas". "La Estoria d'Espanna, dice M. Pelayo (Antol. poet. lír. cast., t. II, pág. xxvi) nos ha conservado, pues, no solamente el fondo, sino en muchos casos las mismas palabras de los cantares, y hay páginas enteras donde la restitución de la forma métrica es facilísima. En este caso se hallan gran parte de la leyenda de Bernardo y de la de los Infantes de Lara, no menos que la caballeresca de Maynete y Galiana. Pero ha de observarse que cuando algún asunto tradicional había ya caído en manos de los poetas cultos, el Rey Sabio y sus colaboradores prefieren el texto erudito al popular. Así la parte relativa á Fernán González en la General es transcripción, no de los cantares de gesta primitivos (de los cuales sólo algún retazo ha llegado á nosotros en el caótico prefacio de la Rimada), sino del poema de mester de clerezia, compuesto por un monje de Arlanza. Respecto de otras fuentes de la General, como la Estoria del romanz del Infant D. Garcia (el asesinado en León por los Velas), no es fácil decidir por su solo título y por el breve resumen de la Crónica, si se trata de una obra popular ó erudita, ni siquiera si estaba en verso ó en prosa".
Unos trescientos versos del primitivo cantar de los Infantes de Lara ha sacado Menéndez Pidal de las Crónicas. Puyol y Alonso ha sacado de la Crónica del Cid un Cantar de Gesta de Don Sancho II de Castilla, que en su forma original pudo componerse en el siglo xi.
Todos estos cantares anteriores y contemporáneos de Mio Cid, ¿fueron gestas largas ó no fueron más que retazos cortos? Además, ¿fueron escritas y eruditas ó puramente cantadas y populares? Estas preguntas no suelen hacerlas los que no distinguen bien la poesía erudita y la popular, las gestas largas y los romances ó gestas cortas. La prosificación en las Crónicas muestra más bien el pie de romance que el alejandrino (véase sobre Bernardo la Antol., de M. Pelayo, t. X, pág. 205); además eran cantares de juglares, esto es, populares, y lo que es más significativo, todos estos cantares encierran cierta lucha contra Francia y los franceses, cosa propia de los populares, mientras que la clerecía estaba afrancesada y afrancesado nació el mester de clerezia, la primera poesía castellana escrita. Otra nota es la enemiga que muestra contra el reino de León, por ser puramente castellanos, entre los cuales los franceses no influyeron como entre gallegos y leoneses. Si esto es así, lo más probable es que fueran romances y populares, no escritos, puesto que el alejandrino vino con la literatura erudita. Nο menos probable es que fueran anteriores á Mio Cid, del siglo xi y primera mitad del xii, ó acaso del siglo x algunos de ellos y que en ellos no influyó la epopeya francesa. Es cuanto sabemos del mester de juglaria.
148. Cantar de los Infantes de Lara. Consúltense: R. Menéndez Pidal, La Leyenda de los Infantes de Lara, Madrid, 1896; G. Paris, La Légende des Infants de Lara (Extracto del Journal des Savants, mayo y junio, 1898); G. Paris, Poèmes et légendes du moyen âge, París, 1899, págs. 215-25.
Cantar de Gesta de Don Sancho II de Castilla, ed. J. Puyol y Alonso, Madrid, 1912 (con estudio).
149. El Auto de los Reyes Magos fué compuesto á fines del siglo xii ó principios del xiii. Sacado de la liturgia latina, traída por los benedictinos franceses de Cluny, es un paso dramático para representarse en la fiesta de la Epifanía, en la catedral de Toledo. Tiene 147 versos eruditos y algunos leoninos, de seis, ocho y doce sílabas, perdido el final. La fuerza dramática, la sinceridad y realismo, la viveza del diálogo, lo ponen muy por cima de los oficios latinos y piezas dramático-litúrgicas que conocemos de otras partes. Se ve que todavía le soplaba al autor la musa popular; pero ya es un poeta erudito del mester de clerezia, que sigue la moda francesa.
150. Halló el Auto de los Reyes Magos, en 1785, en un códice de la Biblioteca toledana, Felipe Fernández Vallejo, Arzobispo de Santiago (1798-1800). Según Morel-Fatio, procede de uno de los oficios latinos utilizados en Limoges, Ruau, Nevers, Compiègne y Orleáns, y los oficios franco-latinos son interpretaciones de piadosas tradiciones orales y en parte amplificaciones del apócrifo Protevangelium Iacobi Minoris y de la Historia de Nativitate Mariae et de Infante Salvatoris (Ioannes Karl Thilo, Codex apocryphus Novi Testamenti, Lipsiae, 1833, págs. 254-261, 383-393). Carl Lange (Die lateinischen Osterfeien, München, 1887, págs. 2, 5, 24-25) ha examinado 224 oficios latinos pascuales, de los cuales 159 de Alemania, 25 de Francia, siete de Italia, tres de los Países Bajos, dos de España, y por cierto de los más antiguos del siglo xi, y uno de Inglaterra. Estos oficios latinos no debieron tardar en traducirse á las lenguas vulgares. En el Auto de los Reyes Magos se hallan los tres mismos versos de Virgilio (Eneida, VIII, 112-114) que en el texto del rito de Orleáns.
En nuestro Auto hállanse los nombres de los Reyes Magos, los cuales, según Hartmann, sólo les fueron atribuidos después del descubrimiento de sus restos en Milán, el año 1158, y se divulgaron después de la inserción de un pasaje apócrifo en la Historia Scholastica, de Pedro Comestor († 1179). El Auto se halla en el códice toledano, después de un comentario alegórico al primer capítulo de las Lamentaciones de Jeremías, atribuido á Gilberto el Universal, canónigo de Auxerre († 1134). Téngase, sin embargo, en cuenta, para señalar la fecha del Auto, que los nombres de los Reyes Magos se leen en el Poema del Cid, que es anterior y algo modificados en una crónica latina del siglo viii. Puede verse el texto latino de la catedral de Nevers en Romania, 1875, publicado por Leopoldo Delisle.
151. Auto de los Reyes Magos, ed. R. Menéndez Pidal, en Revista de Archivos, etc. (1900), t. IV, págs. 453-462; ed. G. Baist, Erlangen, 1879; ed. Κ. A. M. Hartmann, Ueber das altspanische Dreikönigsspiel, Bautzen, 1879; ed. V. E. Lidforss, en Jahrbuch für romanische und englische Literatur, Leipzig, 1871, t. XII, págs. 44-59; ed. J. Amador de los Ríos, Historia crítica de la literatura española, Madrid, 1863, t. III, págs. 658-660. Consúltese: A. Graf, Studii drammatici, Torino, 1878, págs. 249-325; K. Lange, Die lateinischen Osterfeiern, München, 1887; H. Anz, Die lateinischen Magierspiele, Leipzig, 1905; A. D'Ancona, Origini del teatro italiano, segunda ed., Torino, 1891; Μ. Cañete, Sobre el drama religioso antes y después de Lope de Vega (28 septiembre 1862), en Memorias de la Academia Española (1870), t. I, páginas 368-412.
152. Á fines del siglo xii un monje, probablemente de San Salvador de Oña, puso en romance, y en 37 versos alejandrinos, un trozo de la Rixa animi et corporis, con el título de la Disputa del Alma y el Cuerpo. Es un diálogo entre el alma y el cuerpo de un difunto recién enterrado, que se increpan mutuamente, achacándose la causa de los pecados de su vida.
153. Fué descubierto este trozo por Tomás Muñoz y Romero († 1867) al reverso de un pergamino del Archivo Histórico Nacional y publicólo Pedro José Pidal (1809-1865) en 1856. Cotéjese el comienzo con el Débat du corps et de l'âme:
Un sabado exient, domingo amanescient
Vi una grant vision en mio leito dormient.
..............................................................
Un samedi par nuit endormi dans mun lit
Et vi en mun dormant une vision grant.
En el siglo x fué vertida al inglés la misma obra latina.
154. Disputa del alma y el cuerpo. Ed. R. Menéndez Pidal, en Revista de Archivos, etc. (1900), t. IV, págs. 449-453; ed. J. Μ. Octavio de Toledo, en Zeitschrift für romanische Philologie (1878), t. II, páginas 60-62. Consúltese: G. Kleinert, Ueber den Streit zwischen Leib und Seele, Halle, a. S., 1880; M. Batchioukof, Débat de l'âme et du corps, en Romania (1891), t. XX, págs. 1-55 y 513-576.