No alardea don Juan Manuel, que bien pudiera, de erudiciones empalagosas, como los autores renacentistas. Su erudición está en los consejos, sentencias y cuentos, á la manera oriental eslabonados, que parecen se traen de la mano unos á otros, sin extremar el enchufado, como en las Mil y una noches acontece. En el lenguaje no faltan voces propias y particulares, mayormente en el Libro de la Caza, aunque no sea tan rico como el del Arcipreste de Hita, que por allegarse más al pueblo y ser tan soberano poeta y juglar de castiza cepa, gana en riqueza de vocabulario á todos los autores de la Edad Media. Tampoco tiene su gracejo, su alegría, y menos su ironía socarrona el príncipe don Juan Manuel, el cual nunca desciende de su gravedad principesca ni se mezcla con la gente villana de plazas y encrucijadas.

235. El infante Juan Manuel, Obras, ed. P. de Gayangos, Bibl. de Aut. Esp., t. LI; Libro de las tres razones, ed. A. Benavides, en Memorias de don Fernando IV de Castilla, Madrid, 1860, t. I, págs. 352-362; Libro de los Estados, ó del Infante, ed. A. Benavides, Memorias de don Fernando IV de Castilla, Madrid, 1860, t. I, págs. 444-599; El Conde Lucanor, ed. H. Knust [y A. Birch-Hirschfeld], Leipzig, 1900; El Conde Lucanor, ed. E. Krapf, Vigo, 1898; El Conde Lucanor, ed. E. Krapf, Vigo, 1902; Libro de la Caza, ed. J. Gutiérrez de la Vega, en Biblioteca venatoria, Madrid, 1877, t. III; Libro de la Caza, ed. G. Baist, Halle, 1880; El Libro del Cauallero y del Escudero, ed. S. Gräfenberg, en Romanische Forschungen, Erlangen, 1893, t. VII, págs. 427-550; La Cronica complida, ed. G. Baist, en Romanische Forschungen, Erlangen, 1893, t. VII, págs. 551-556. Consúltense: G. Baist, Alter und Textüberlieferung der Schriften don Juan Manuels, Halle, 1880; R. Menéndez Pidal [recensión de las obras publicadas por los señores Gräfenberg y Baist, en Romanische Forschungen, t. VII], en Revista Crítica, etc., Madrid, 1896, t. I, págs. 111-115; Sra. de Menéndez Pidal, en Romania (1900), t. XXIX, págs. 600-602; F. Dönne, Syntaktische Bemerkung zu don Juan Manuels Schriften, Jena, 1891; F. Hanssen, Notas á la versificación de Juan Manuel, en Anales de la Universidad de Chile (1901), t. CIX, págs. 539-563; A. Giménez Soler, Un autógrafo de don Juan Manuel, en Revue hispanique (1906), t. XIV, págs. 606-607; A. Giménez Soler, Don Juan Manuel (en publicación).

236. Fray Guido de Terrena († 1342), natural de Perpiñán, general de los carmelitas desde 1318, escribió Super octo libros physicorum Aristotelis. In libros de anima. In XII libros metaphysicae. Quodlibetorum liber I. Quaestionum liber I. Super IV libros Sententiarum. De perfectione vitae. Concordia Evangeliorum. Expositio in tria cantica. De haeresibus. Correctio Decretorum. De vita et moribus Christi, etc.

Fray Juan de Claravó, catalán, carmelita y obispo de Cerdeña desde 1327, escribió Commentariorum in libros Sententiarum libri IV. Lecturae. Sermones.

Álvaro Pelagio (Peláez, Páez ó Payo), franciscano y escotista, obispo de Silves, escribió en 1330 De planctu Ecclesiae. Apologia pro Ioanne XXII adversus Guillelmum Ockam. Speculum Regum. Collyrium fidei contra hacreses. Summa Theologiae.

Hasta 1336 vivió el M. Alfonso converso de Valladolid, antes Rabbi Abner, que trasladó de hebreo en romance, por mandado de la infanta doña Blanca, señora del monasterio de las Huelgas, de Burgos, el Libro de las batallas de Dios, que había escrito primero en hebreo (núm. 217).

237. Año 1343. El Libro de buen Amor, del Arcipreste de Hita, acabado de escribir el año 1343, es el libro más valiente que se ha escrito en lengua castellana. Nuestra literatura ofrece tres cimas, que se yerguen hasta las estrellas y sobresalen entre las obras más excelsas del ingenio humano. El Quijote en el género novelesco, La Celestina en el dramático, El Libro de Buen Amor en el satírico, en el lírico, en el dramático, en todos los géneros, porque todos los confunde la reventazón creadora de un poeta solitario, que alza su voz poderosa en el silencio de una sociedad medio guerrera y medio bárbara. Pero en reciura de músculos, en volubilidad de meneos, en fuerza de rugiente vida, en desenfadada sinceridad y abertura de pecho, el Arcipreste de Hita se adelanta á todos los artistas del mundo. Este hombre es el gigantazo aquel, llamado Polifemo, que nos pintó Homero, metido á escritor. Los sillares con que levanta su obra son vivos peñascos, arrancados de la cumbre de las montañas y hacinados sin argamasa ni trabazones convencionales, de las que no pueden prescindir los más celebrados artistas.

"¡Qué lástima—dice benditamente Martínez de la Rosa—que un hombre de tanto ingenio naciese en un siglo tan rudo!". ¡Acaso—digo yo—naciendo en el que nacisteis hubiera sido de vuestra atildada escuela! Porque ¿quién sabe si vuestro ingenio académico, puesto en el siglo xiv, hubiera volado tan sin pihuelas como el del Arcipreste?

Su boca dice todo lo que encierra su pecho, y el pecho de este poeta primitivo es grande como el universo. ¡Una verdad tan sin tapujos que tumba de espaldas al más arrojado! ¡Un realismo tan cimarrón, que ciega y acobarda al más atrevido! Tan grande, tan colosal es el Arcipreste de Hita, que sobrepujando á toda previsión y escapándose de toda medida, se les ha ido de vuelo á los críticos más avizores y de más firme mirar. El Greco se queda corto en pintura, para lo que en literatura es Juan Ruiz[22]. Su obra, repito, es el libro más valiente que se halla en esta literatura castellana de escritores valientes y desmesurados sobre toda otra literatura.

La obra del Arcipreste es toda suya, personal, originalísima. ¿Que glosó una comedieta latina, que engarzó en su libro fábulas orientales, de todos conocidas entonces, que tomó de la literatura francesa algún fabliau y el tema del combate entre don Carnal y doña Cuaresma? Ésos son materiales en bruto, que el poeta labró, pulió, vivificó con aliento nuevo y no soñado por los autores que tales materiales le ofrecieron.

Levántase el Arcipreste entre dos épocas literarias sin pertenecer á ninguna de las dos, aunque con dejos de la que le precedió: la de los apólogos sentenciosos y últimos vagidos del mester de clerezia, que fué lo que hasta entonces se había escrito, y el renacimiento de torpe y retorcido decir de don Enrique de Villena y del Marqués de Santillana, que vino á poco, seguido de la lírica postiza y desleída de los cortesanos de don Juan el II.

¡Increíble parece que, resonando todavía y retiñendo en lo hondo de los corazones aquel metal de voz de un tan verdadero vate como Juan Ruiz, tuvieran valor de chirriar, no uno, ni una docena de afeminados boquirrubios, sino toda aquella cáfila y enjambre de ahembrados poetillas, cuyas ñoñeces nos conservó Baena en su Cancionero, cerrando la procesión de tan almibarados donceles el por luengos años de más estruendo y más enrevesado y menos delicado y natural poeta que conozco, el famosísimo Juan de Mena!

Pasados los tiempos heroicos de la épica castellana con sus gestas, de las cuales nos ha quedado el más acabado modelo en el cantar de Mio Cid, nació, en los comienzos del siglo xiii, un género de poesía, ni épica ni lírica, que los mismos poetas llamaban mester de clerezia. Clérigos eran, efectivamente, por la mayor parte, porque apenas si la cultura y las letras alcanzaban más que á los clérigos. Fruto de la erudición latino-eclesiástica, por medio de la cual les llegaba por una cierta manera mitológica algo de la antigua historia y de sus héroes, eran aquellos poemas para leídos por monjes y estudiantes de las nacientes universidades; sus voces no llegaban á las mesnadas de guerreros, á las cortes de los reyes ni á las fiestas y regocijos populares. Así era de prosaico y didáctico el tono de aquellas leyendas devotas y poemas de Berceo, del Alixandre, del Libro de Apolonio y otros, á vueltas de cierta candidez y color primitivos, que si no enardece y levanta los pensamientos, agrada, y, sobre todo, contentaba á sus poco leídos lectores y más á sus autores, los cuales despreciaban la verdadera poesía del pueblo, que llamaban mester de juglaria.

Pero la cultura arábiga, fomentada por Alfonso el Sabio, trajo á España el saber grave, diluido en apólogos y sentencias, y de él se alimentó la prosa castellana, llevada á la legislación, á la historia y á la ciencia por el sabio Rey. Á poco, la corriente lírica gallega se derramó por toda la Península, escribiéndose nuestra lírica erudita en aquella dulce lengua, y desaparece el pesado alejandrino, sustituyéndole la riqueza métrica de aquellos cantares cantables y ligeros de la musa, ya erudita, ya popular, venida de Galicia. La sociedad medieval se transformaba á la par de caballeresca en burguesa, y el empuje realista del popular pensar y sentir no pudo menos de llegar á la literatura. Estos cambios se verificaron en el siglo xiv, en que vivió el Arcipreste de Hita. El añejo mester de clerezia se coloreó no poco con estas novedades, y á él pertenecen en el siglo xiv el rabí don San Tob de Carrión y el canciller Pero López de Ayala. No menos pertenece á él nuestro Arcipreste, por la intención moralizadora de su libro y por la doctrina y fábulas orientales de que lo entreveró; pero no menos, antes mucho más, ha de tenerse por poeta popular del mester de juglaria, como él mismo francamente lo proclama, sin desdeñarse por ello (c. 1633):

Señores, hevos servido con poca sabidoria:
por vos dar solás á todos, fablévos en juglería.

Con estas palabras, y mucho más con su libro, sus cantares y "cantigas de dança e troteras, para judios e moros e para entendederas, para ciegos y escolares, para gente andariega" (c. 1513, 1514), alzó bandera revolucionaria en el campo de la literatura erudita, injertándole la savia popular, la única que suele y puede engrandecerla. Él fué quien enterró el mester de clerezia, desgarrándose de la tradición latino-eclesiástica; él quien rompió todos los moldes de erudiciones trasnochadas, de ritmos apesadumbrados y de entorpecidos andares; él quien supo aprovechar como nadie en sus apólogos la manera pintoresca y sentenciosa de la literatura oriental, harto mejor que en sus prosas don Juan Manuel, su contemporáneo; él quien dió vida á la sátira moral, harto mejor que el Canciller y el Rabí; él quien llevó á la literatura castellana las cantigas, las villanescas y las serranillas gallegas; él quien zanjó para siempre el realismo de nuestra literatura; él, en una palabra, quien dió vida de un golpe y en un solo libro á la lírica, á la dramática, á la autobiografía picaresca, y, sobre todo, á la sátira en todos sus matices.