De las demás lenguas habladas en España antes de la llegada de los romanos, el fenicio, el griego, el celta, no se conoce en el castellano palabra alguna que con certeza á ellas pertenezca. Cuanto griego encierra nuestro idioma vino latinizado á España. Del celta no podía esperarse otra cosa, puesto que son contadísimas las voces que le debe el mismo francés, con haber sido céltico el idioma principal prerromano de Francia. El fonetismo céltico es lo único que influyó en las hablas del Este y Noroeste de la Península, formando el portugués, el gallego y el llamado dialecto leonés, cuya manera más propia es el bable de Asturias, rodeado del leonés oriental, que corre por parte de León, Palencia y Santander, y el occidental por León, Zamora, Salamanca y buena parte de Extremadura. Dialectos lemosines son el catalán, el mallorquín y el valenciano. En la parte Nordeste de Huesca se nota otra variante más desleída, por influjo, sin duda, del catalán. El llamado aragonés, fuera de algunas salpicaduras catalanas en los antiguos escritos, en el habla vulgar, desde que se conoce, no difiere sustancialmente del castellano: sólo en el léxico de voces de pura cepa castellana hay diferencia, tan antiguas las más, que se usan en León; á Murcia pasó el habla aragonesa y allí se conserva con la misma riqueza léxica. Algo más se distingue el dialecto andaluz, sobre todo en el fonetismo, y se debe al influjo semítico de fenicios y árabes, que señorearon por tantos siglos aquellas tierras.
7. Acerca del cuándo y cómo naciera el romance castellano, parece que fué al primer choque entre el éuscaro ó lengua nacional de los españoles con el latín vulgar que traían los romanos, esto es en cuanto las gentes vulgares de España, que carecían de la instrucción romana de algunos españoles romanizados en las Colonias y Conventos jurídicos, quisieron darse á entender en latín, puesto que pronunciándolo según el fonetismo éuscaro, mezclando á medio latinizar muchas voces y radicales éuscaras, añadiendo sufijos latinos á éstos y sufijos vascongados á radicales del latín y perdiendo más de lo que lo estaban las desinencias flexionales, verbales y nominales, hubo de resultar en sus labios una habla que, sin ser éuscaro ni latín, con gramática más latina, pero con fonetismo y léxico más vascongado, era el verdadero romance castellano. Este chapurreo y transformación hubo de verificarse durante bastantes años, pasando de región á región, desde los centros romanos hasta las partes más alejadas de su trato. Así se hallan todavía huellas de vascuence en gran parte de España hasta la época de los árabes, y hoy en día aún no ha sido del todo vencido en España, conservándose en las provincias vascas.
8. No hay que figurarse que al día siguiente de haber puesto el pie en España los romanos ya los españoles habían tenido la humorada de dejar su lengua para aprender el Musa musae. Baste decir que, si en Cartago se hablaba todavía el púnico en el siglo iv, como afirma S. Agustín, y si, como ha probado Budinszky (Ausbreit. der latein. Spr., pág. 115), el galo no desapareció de las Galias hasta el siglo vi ó más tarde (Cfr. Diefenbach, Oríg. Europ., pág. 158), en España, donde la tenacidad del patriotismo llegó hasta el extremo de ser la última provincia dominada, habiendo sido la primera en ser invadida y atacada, de haber luchado doscientos años por su independencia, la lengua indígena tuvo que vivir más acá del siglo vii. Las primeras colonias que vinieron á España no tuvieron trato particular con los españoles, que preferían la alianza con los cartagineses, sus antiguos amigos. Hasta que Augusto emprendió la latinización sistemática de las provincias, la población indígena no había hablado latín. Por medio de la nueva organización administrativa, por medio de escuelas romanas, por el traslado continuo de grandes muchedumbres, por la abolición ó inobservancia de las leyes restrictivas del ius connubii, por la atribución progresiva del derecho de ciudadanía á todas las provincias, el Imperio fué latinizándose desde Augusto; pero antes de Jesucristo las colonias romanas eran las únicas que habían hablado latín en España. Situadas en las costas y en los grandes ríos y demás vías comerciales, sólo habían tenido intento á asegurar el dominio político, la posesión de las minas, la percepción de los impuestos y á facilitar el comercio y el cultivo de las tierras por los colonos romanos é italiotas. Poquísimos hubieron de ser los españoles que supieran entonces latín; el número de bilingües en las provincias fué rarísimo, dice Gröber (Sprachquellen und Wortg., Arch. Lat. Lex., I, 43). No mueren ni se dejan matar así como así las lenguas indígenas. El griego no desapareció de Sicilia y de Italia hasta la Edad Media, vencido por el árabe y el italiano (Budinszky, pág. 44); de Nápoles tenemos inscripciones griegas hasta el siglo vii de nuestra Era. En el siglo i se hablaba la lengua indígena en España. No sólo entre los vetones, en Tormes, donde cuenta Tácito (Ann., IV, 45) que un labriego, atormentado por el pretor L. Pisón, apostrofó á los romanos sermone patrio, "lo cual indica, dice Mohl, que el latín era generalmente desconocido en el país; no sólo en Galicia, donde dice Pomponio Mela que aún eran celtas sus habitantes, etiam nunc celticae gentis, es decir, que seguían apartados de toda influencia romana (Mohl, pág. 59), sino que hasta el año 74, en que Vespasiano concedió el ius civitatis optimo iure á todas las ciudades de España, municipales ó federadas, no cesaron las ciudades españolas de batir moneda, con su escritura y su leyenda propias é indígenas[10].
Si, pues, á fines del siglo i deja oficialmente de batirse esa moneda, ¿vamos á creer que dejó de repente de hablarse la lengua indígena en que se redactaba la leyenda? Por largo tiempo se siguió hablando aquella lengua en las mismas ciudades. Y si el influjo romano no fué aquí mayor que en Cartago y en Nápoles, aquella lengua duró todavía siglos. Y si tal acaecía en las ciudades, ¿qué había de suceder en los pequeños núcleos de población y en los campos? "Caesar Augustus, dice Justino (Hist., XLIV, 5); perdomito orbe victricia ad eos (Españoles) arma transtulit populumque barbarum ac ferum legibus ad cultiorem vitae usum traductum in formam provinciae redegit". Sería extraño que en el siglo ii todavía se hablara etrusco en Italia como lengua general (Aulo Gelio, XI, VII, 4) y se escribieran inscripciones griegas en Nápoles hasta en el siglo vii, y que en España se hubiera olvidado la lengua indígena en el siglo ii. Cuando Justino llama bárbaros á los españoles no hay que creer que eran más que extranjeros para los romanos. Un país donde por tradición se conservaban poemas, como Estrabón afirma, y de venerabilísima antigüedad, y que tiene su alfabeto propio, con el que escriben en su lengua, y donde tantas ciudades baten moneda, no es un país de bárbaros. El apego á su lengua tenía que ser conforme á esta cultura, y, más que nada, conforme al carácter tenaz y conservador de sus habitantes, cuya nota característica ha sido siempre el apego á sus tradiciones y costumbres. El famoso pasaje de Estrabón (III, 3): οὐδὲ τῆς διαλέκτου τῆς σφετέρας ἔτι μεμνημένοι, además de no ser más que una exageración, como dice Mohl, no reza más que con los turdetanos, los primeros que se romanizaron, cuyas ciudades, sobre todo Itálica y Córdoba, eran más romanas que españolas; en fin, trata de andaluces, los más amigos de novedades y los primeros en extranjerizarse de todos los españoles en todo tiempo. Nada de extraño que los colonos romanos de la Turdetania y los turdetanos que vivían con ellos en los establecimientos romanos no hablaran más que el latín; y aun Mohl cree que no eran más que bilingües, como los habitantes de las cercanías de Marsella y Narbona (Estrabón, IV, I, 12). Casos aislados que el geógrafo de la antigüedad cita para ponderar el influjo romano y que comprueban precisamente que la romanización de las provincias no estaba todavía muy adelantada. Otro tanto asegura de los samnitas, lucanos y brutios (VI, I, 2), para halagar al Emperador, diciendo que habían abandonado enteramente sus antiguas hablas; y con todo, la epigrafía, que es algo más verídica, prueba lo contrario, mostrándonos las inscripciones oscas y otros dialectos en las grandes ciudades, tales como Pompeya, por lo menos hasta el Imperio, y que, por consiguiente, esos dialectos tuvieron que durar muchísimos años más, sobre todo en el campo y en las aldeas. El mismo Estrabón, en otra ocasión, confiesa que aún se hablaban el tirreno, el véneto, el ligur y el insubrio en la Cisalpina (V, I, 6). Después de seiscientos años de dominación romana y de colonización activísima, las lenguas berberiscas todavía debieron hablarse, por lo menos en el campo, puesto que aún duran, á pesar del latín, que allí desapareció, y del árabe, que aún se habla. Señal de que si el latín era el habla de la gente instruida africana, el habla del pueblo era la lengua camítica indígena, la cual sobrevivió al latín venido de fuera. Cuatro siglos duró la dominación romana en la Gran Bretaña y no pudo implantar el latín como habla popular junto á la lengua céltica, dejando solamente algunas palabras latinas en aquellos dialectos córnicos y galos[11].
Por más que se empeñan los defensores de la unidad del latín vulgar, y por más que queramos conceder á todas las fuerzas unificadoras de la época imperial, si el latín vulgar hubo de tomar algo de las lenguas itálicas al salir del Lacio, no pudo menos de colorearse al llegar á las provincias. Con razón afirma Sittl que al pasar el Rubicón el latín fué de alteración en alteración. Algo, ó mucho si se quiere, llegaría á uniformarse después; pero las modificaciones dialectales, una vez adquiridas, nunca llegan á desaparecer del todo. Los autores nos hablan del latín squamosus, pingue sonans, agrestis, inquinatus atque barbarus, que se hablaba y aun se escribía en las provincias, y los retóricos amonestan á los que van á viajar por España ó las Galias que tengan cuidado con las verba non trita Romae (Cic., Brut., XL, VI, 171). "No se trata aquí, dice Mohl, más que del latín hablado por los colonos romanos, por la población romana ó italiota establecida en las ciudades y centros provinciales; no del lenguaje de los campesinos indígenas". Pero si estos defectos tenía el latín en labios de los colonos romanos, ¿qué defectos no tendría en labios de los colonos indígenas, que no eran romanos ni italiotas y que no habían aprendido el latín más que de esos mismos colonos? ¿Acaso los españoles hablaron jamás el latín mejor que los que se lo enseñaron? Yo creo que no. Á las modificaciones que ya traía el latín, debidas á su paseo por Italia y á los mismos colonos, italiotas en su mayor parte, hubieron de añadirse las que ese latín tomó al pasar á labios extraños, á labios españoles. Sería el único caso en la historia el que los discípulos hubieran sobrepujado á los maestros y hubieran evitado todos sus barbarismos, sin añadir otros nuevos, y sería el único caso en la historia el que una lengua hubiera pasado á raza extraña sin modificarse en lo más mínimo. Los mismos españoles é ingleses, con sólo apartarse de la madre patria, van modificando en América el español y el inglés. ¿Cómo no modificarse más en labios de criollos ó de otras razas extrañas? Parece increíble; pero, á pesar de ser cosa tan evidente, los romanistas siguen tan aferrados á la unidad del latín vulgar y, por consiguiente, suponen que el latín en nada se modificó en labios de españoles ó de galos. Lo que hay, en realidad de verdad, es que de tal modo hubo de modificarse el latín, que, al ser hablado, no digo por los romanos de España, ó por los primeros prosélitos que acudían como amigos y se romanizaban viviendo en común con ellos, pero sí por españoles de pura raza y algún tanto apartados de los focos romanos, se tuvo que convertir en romance; es decir, hubo de ser pronunciado á la española y recibir no pocos términos de la lengua indígena. Lo contrario no ha sucedido ni puede suceder jamás. Confiésese que no se conocen esas modificaciones extrañas; pero que no las hubo desde un principio no puede negarse sin ir contra todas las leyes históricas y fisiológicas. Puesto que al desenvolverse aquellas modificaciones, más ó menos patentes en un principio, dieron por resultado la diferencia del castellano, del francés y del italiano, hubo esas modificaciones, y las atestiguan los monumentos más antiguos, en los cuales siempre se notan las diversas tendencias fonéticas de cada uno de los romances. Las escuelas fueron un gran instrumento de propaganda; pero en ellas sólo se enseñaba el latín clásico, y á una minúscula parte de la población. El pueblo no aprende una lengua extraña en la escuela, sino en la calle y en el trato ordinario; y en ese trato ordinario el latín les llegaba bastante alterado, y ellos lo alteraban más. ¿Qué significa la escuela de Osca, fundada por Sertorio, ni la bola de oro de los patricios romanos que se daba á los premiados, con el resto de la población? Los labriegos de entonces no creo fuesen á que se les colgara del cuello esa bola, sino que irían á vender y comprar entre los romanos, dándose á entender de cualquier manera, es decir, chapurreando y destrozando el latín, no, ciertamente, hablándolo mejor que sus dominadores. De esas escuelas saldrán tan buenos escritores como de las escuelas romanas, y llegó una época en que los mejores literatos de Roma fueron españoles; pero una cosa es el estudio literario y otra el habla vulgar aprendida en calles y plazas. La necesidad y la moda, ésas llevaron el latín á todas partes. Véase lo que pasa hoy en las provincias vascas. Se tiene en poco el vascuence, porque el español es el habla de la gente granada de las poblaciones. Así los pueblos se degüellan á sí mismos con el mismo cuchillo, que, atraídos por la moda, se escogieron: "idque apud imperitos humanitas vocabatur, cum pars servitutis esset", dice Tácito al hablar del cebo con que Agrícola atraía á los britanos para romanizarlos. Todos quieren seguir á las personas de más cuenta, aprecian más sus términos extraños que los propios, por ser éstos usuales entre la plebe, se los apropian y mezclan en su habla. Poco á poco hablan castellano; pero con pronunciación vascongada, con no pocos términos y giros vascongados, y resulta una jerga como el castellano que hasta poco ha se hablaba en Bilbao. Estamos asistiendo á las últimas conquistas del latín entre las lenguas bárbaras. Pero ¡qué latín el que lucha hoy día contra el vascuence! Tan latín como el que luchó en otro tiempo en el resto de España. Latín es nuestro castellano actual; pero... romanceado. Y tal fué el latín que habló siempre la masa general del pueblo español.
9. Acerca de si se habló latín por todo el pueblo español, así como del influjo del vascuence en el romance, he tratado largamente en los Diálogos sobre el origen del castellano, donde pueden verse muchas autoridades. Añado aquí la de Simonet (Glosario, pág. xxxvii): "Aunque el latín logró predominar y hacerse vulgar en la antigua Iberia bajo la dominación romana, conservando sus fueros bajo la visigoda, su uso no debió ser universal y exclusivo. La lengua latina llegó á ser el idioma oficial, religioso, culto y literario de toda la Península, y aun el vulgar y corriente en su mayor parte; pero coexistiendo muchos dialectos vulgares, y, sobre todo, palabras y locuciones de distintos orígenes. Pruébanlo así: el dicho de Cicerón de que los españoles no serían entendidos en el Senado sin intérpretes; los nombres de sermo patrius y patria lingua, que aplican Tácito y Silio Itálico á palabras y modismos usados por los españoles en aquellos tiempos, y las voces ó formas no latinas que cita San Isidoro como usadas vulgarmente en su tiempo por los mismos españoles latinizados: vulgus vocat, Hispani vocant, vocamus. Quien desee más sobre esta materia, consulte lo que discurre el señor Ríos en su mencionada Hist. crít., tomo II, ilustr. I.ª, núm. 1, corrigiendo la opinión de Martínez Marina, quien pretendió negar la existencia de todo lenguaje español distinto del latín bajo la dominación romana. Baste á nuestro propósito observar que la corrupción del latín y su fusión con otros dialectos se debieron en gran parte á la influencia unificadora del espíritu cristiano y de la monarquía visigótica. Y aunque este hecho no puede apreciarse con exactitud en los documentos públicos y literarios de aquellos siglos, cuyos autores habían de afectar en lo posible las formas y propiedad latina, nos dan motivo suficiente para sospechar que en el habla corriente, en la poesía popular, y siempre que la ignorancia ó la necesidad no permitía ajustarse á la pureza y rigor clásico, se usaba ya un lenguaje muy distinto del escrito por los Marciales y Lucanos y aun por San Isidoro. Finalmente, documentos latinos del siglo viii, pertenecientes á la nueva Monarquía asturiana, acreditan con muchas palabras y frases la gran corrupción en que había caído el latín y la existencia de un romance hispano vulgar". Véanse estos documentos en la Colección de Fueros y Cartas municipales, publicada por D. Tomás Muñoz y Romero, y consúltese al Sr. Ríos, tomo II, pág. 390 y siguientes.
10. El latín solo no se hubiera podido modificar tanto en el corto espacio de dos ó tres siglos para llegar á formar un idioma tan distinto como el castellano. Aquí hubo una lucha con alguna ó algunas de las lenguas indígenas. Lo está diciendo esa misma repentina transformación, que contrasta con el desenvolvimiento lento de las indo-europeas antiguas y con el del griego moderno respecto del griego antiguo, y del alemán respecto del antiguo alemán y godo. Lo está diciendo el que todavía viva la lengua indígena de España, con la que hubo de encontrarse frente á frente el latín. Lo está diciendo el fonetismo castellano, tan opuesto al fonetismo latino y tan semejante al fonetismo del éuscaro. Lo está diciendo el cúmulo de sufijos derivativos y gran parte del vocabulario eusquérico, que forman parte importantísima de nuestra lengua.
Y esa lengua es el éuscaro: si el latín fué el padre, el éuscaro fué la madre del castellano.
El influjo del éuscaro difiere enteramente del influjo del latín: en la formación y evolución del castellano influyó, ha influido y sigue influyendo el latín, puesto que, si no en el elemento popular, en el erudito ha seguido siempre dando nuevos vocablos al castellano; el éuscaro influyó solamente en su primitiva formación, y una vez pasada la primera niñez, durante la cual lo amamantó á sus pechos, murió, como quien dice, de sobreparto, dejándolo á su desarrollo propio bajo la tutela de su padre. Metáforas son éstas y nada más, pero que expresan de alguna manera lo que yo pretendo decir y resumen en pocas palabras el problema etimológico de la lengua castellana.
Lo más íntimo del organismo de un idioma es su fonetismo, pues, no sólo le da todo su aspecto exterior, que pende del elemento sonoro, sino que él es el que más influye en todo su desenvolvimiento. No influyó el éuscaro en el castellano más que hasta el momento de darlo á luz; una vez nacido, hubo por el mismo hecho de morir la madre. Pero la adaptación continua del elemento sonoro del mismo latín tuvo que irse verificando en la hija después de muerta su madre, de la misma manera que en el período de su gestación. Dado el fonetismo eusquérico en nuestro romance, las leyes fonéticas que han convertido al latín en castellano son meras aplicaciones de ese mismo fonetismo. Y las leyes fonéticas castellanas, manifestaciones de ese fonetismo eusquérico, son las que más han contribuido al desenvolvimiento y á la caracterización del idioma.
Proceden igualmente del éuscaro ciertas tendencias morfológicas del castellano, un gran número de sufijos derivativos, que lo separan enteramente de las demás neolatinas, y casi la mitad del vocabulario, esfinge de la lingüística. Hace, por lo menos, diez y seis á diez y ocho siglos que el castellano fué destetado de los pechos del éuscaro, y, sin embargo, es asombrosa la enorme cantidad de raíces que de él conserva nuestra lengua, y no vocablos comoquiera, sino raíces fecundísimas, más fecundas que las raíces latinas, y de un empleo el más vulgar y cuotidiano. Si hubiera poseído el éuscaro la literatura y la cultura que el latín, no sólo hubiera entrado éste á formar nuestra lengua como un elemento muy secundario, sino que ni siquiera hubiera podido llegar á ser un romance, á tener, digo, el corte y la estructura del latín, lo cual sucedió con el godo y el árabe, que traían una escasísima cultura, comparada á la romana viviente en España, y así sólo pudieron prestarnos algunos vocablos. Pero la cultura romana en la religión y la filosofía, en la política y en la literatura, en la ciencia y en las artes, era tan ingente y avasalladora que arrolló la precaria cultura índígena, y sus modas se impusieron y su lengua dió el tono, transformando el idioma indígena en su gramática y en la mitad de su vocabulario. La lucha de las dos lenguas que concurrieron á la formación del castellano está como estereotipada en el mismo castellano. El verbo comer no ha vencido al indígena yantar hasta el comienzo de la Edad Moderna. Los españoles empleaban su yantar, latinización del ianta eusquérico; los romanos traían su comedere, que por ser de moda empezarían á emplear las altas clases sociales españolas; después el comer, contracción española de comedere, fué bajando hasta las últimas capas sociales y fué arrinconando al yantar, hoy ya anticuado, pero sin duda más antiguo en el romance que el comer, puesto que lo debió de usar el pueblo cuando el comedere sólo lo empleaba la gente alta, y el comer no derivó más que después, cuando el comedere llegó á los labios del pueblo.
El vocablo de origen latino joven no debió de emplearlo el pueblo hasta muy posteriormente, puesto que poseía los de origen eusquérico chico, pequeño, mozo, niño, muchacho, y algo se tardaría en convertir iuven-em en ioven-em, ioven, xoven, joven. Más moderno es párvulo, de origen eclesiástico y canónico, entierro de párvulo, de donde después escuela de párvulos, etc., y que en la primera formación del castellano lo olvidaron los romanos españoles, prefiriendo los vocablos indígenas anteriormente citados. Los de puer y adolescente quedaron perdidos por completo, pues adolescente es de introducción erudita muy posterior, como que no ha llegado aún á las últimas capas sociales del pueblo español.
Fatigarse debió de ser aristocrático y de moda, y nunca pudo destronar al cansarse de cepa eusquérica, ni siquiera generalizarse tanto entre el pueblo. Ambos son castizos; pero no habrá quien no tenga por más castellano el cansarse y el cansar que el fatigarse y el fatigar, como el halagar eusquérico que el adular, y los vulgarísimos asir, agarrar, arrebatar y atrapar, que el recibir y el mismo coger. El satis y satis esse hubieron de ceder ante bastante, bastar y asaz. El quaerere tuvo que cambiar un poco el sentido originando el querer, porque el eusquérico buscar no se daba por vencido, como ni callar, que tapó la boca al tacere y al silere. Otro tanto sucedió al lucrari, que hubo de convertirse en lograr, mudando de significación, porque el ganar eusquérico no le dejaba á sol ni á sombra, y el eiicere no pudo levantar cabeza ante los eusquéricos y vulgarísimos echar, arrojar, lanzar, tirar y botar. Soltar derivó posteriormente de suelto, pero para entonces ya habían dominado echar y dejar, que no se le han sometido jamás.
Bueno es el juego y el jugar latinos, pero la holganza y el holgar no les van en zaga, y el divertirse, si vino á significar lo mismo, fué porque su primitivo valor lo tenía acaparado el dis-traerse; el gaudere no pudo vivir entre los españoles, que tenían su eusquérico gozar, y aun alegre, alegrarse, tomaron su significación, tan distinta de la de alacre-m, porque el gozo para los euscaldunas era un esse alacrem.
11. La evolución del romance con casi solos elementos eusquéricos muestra la energía del elemento popular sobre el elemento de los conquistadores. Déjase el término rostrum y se conservan los indígenas pico, morros y hocico == focico de buz, con el sufijo -ico.
Si el bec céltico hubiera sido el origen de pico, no se hubieran formado los derivados siguientes: picar, piqu-era, pico-ta, pico-tero, picote-ar, pic-udo, pic-aza, piqu-illo, pic-a, pica-cho, pica-do, pico-tazo, pica-dura, pica-joso (picaxo-so), pic-aro, picar-esco, picar-on, picaronazo, picar-illo, pic-ardía, pica-dero, pica-dillo, picard-ear, pica-za, pi-cara-da, picara-za. Todos estos sufijos son eusquéricos, excepto el -ar verbal. Añádanse las formas latinizadas pica-do, pica-nte, repicar, pica-miento, picante-mente, pícara-mente. De un bec céltico no se hacen tantos guisos, como no se hacen de un término arábigo ó gótico, cuyos vocablos, entrando en nuestra lengua, pierden la fecundidad de reproducirse. Ese bec céltico es el biko del éusquera pronunciado por los semi-íberos del Sur de Francia.
Ni los nombres sueltos latinos han tenido tanta riqueza de derivados como los nombres sueltos eusquéricos. De un verbo latino derivan muchos nombres; pero vinieron ya formados en su mayor parte del Lacio. No así de las palabras indígenas; como tenían fuerte arraigo, tomaron multitud de sufijos: unos puramente eusquéricos, otros latinos, otros comunes á las dos lenguas. La comunidad de raíces y sufijos fué un gran factor en la evolución del nuevo romance.
Carrus es término suelto en latín, tomado á los íberos de la Galia, así es que no tiene equivalente en las I-E, ni más derivados que carrūca ó silla volante, en Suetonio, carrucarius y carrŭlus, diminutivo y aun la terminación -ca es ibérica. Pero ese carrus lleva la terminación latina -us; en éuscara, e-karr-i, llevar, kar, raíz de todo el verbo. Véanse los derivados del romance: carr-aca, embarcación de acarreo; carra-co, viejo tardo; carr-al, barril para llevar vino en carro; carralero, carre-ar, a-carrear, carrejar, dim. carrello == carrillo, carr-era, ca-rrer-illa, carrer-a, carr-eta, carreta-da, carreta-je, carreta-r, carre-te, ca-rrete-ar, carrete-l, carret-ela, carret-era, carreter-ía, carreteri-l, carre-ter-o, carret-illa, carretill-ero, carret-illo, carret-ón, carreton-ero, carri-car, con -ka éusc., carri-ego, carri-l, carrill-ada, carrill-ar, carril-era, carr-illo, carrillu-do, carri-ño, carro-za, carroc-ero, carro-cha, carro-mato, carromat-ero, carru-aje, carru-co, a-carrear y todos sus derivados. Todos éstos no vienen de carrus ó carro, sino que, en su mayor parte, derivan de la raíz kar, habiendo contribuido el uso del carrus latino, sin duda alguna, á tanta fecundidad. Viene luego car-ga con -ga eusquérico, y tras él otros tantos derivados: cargar, des-cargar, re-cargar, en-cargar, cada uno de los cuales cuenta con una nueva prole, y otro tanto digo de des-carri-ar, des-carrilar, en-carrilar. Y nótese que ya no se trata de carro, sino de llevar, idea del kar, ekarri, que está aún en el acarreóme muchos disgustos, etc.
La infinidad de derivados aumenta si pasamos á la variante garra, mano en cuanto coge y lleva, que suena y es la misma en éusquero que en castellano, y es la misma raíz suave del kar fuerte. ¡Cuántos derivados no salen de garra, a-garrar, des-garrar, gar-za, engar-zar, des-engarzar, garro, garro-te! ¡Y todavía nos vendrán con que de carrus viene toda esa balumba de términos! Muchos de ellos podrían usarse también en éuscaro como en castellano, mientras que no podrían serlo en latín: es que los sufijos y la raíz son eusquéricos, mientras que sólo carrus es latino por préstamo, y ni la raíz car lo es, ni la mayor parte de los sufijos.
Comparando la masa etimológica que el castellano posee directamente del latín y del éuscaro, se nota en seguida que del latín tiene muchos términos en las explosivas c-, p-, t-, y poquísimos en las suaves g-, b-, d-, y al revés del éuscaro. La razón es manifiesta: las suaves son en éuscaro las más numerosas, por eso lo son los términos castellanos tomados directamente del éuscaro. Por el contrario, como esas suaves eusquéricas se hicieron fuertes al pasar á las indo-europeas, y entre ellas el latín, los términos que el castellano tomó del latín llevan de ordinario esas explosivas fuertes. Por manera que, cuando en algunos casos el romance suavizó las fuertes latinas, vino á parar por un círculo completo á los sonidos primitivos. Por otra parte, cuando el mismo romance reforzó las suaves eusquéricas, no hizo más que lo que habían hecho las demás indo-europeas. Y esta ley de refuerzo, aunque no sin excepciones, se halla en el paso del éuscaro al castellano, lo mismo que en el del éuscaro á las demás indo-europeas. Es la ley de Grimm, inexplicable hasta hoy, pero que en nuestro caso paréceme que se vislumbra la razón y por qué. El pasar de las fuertes á las suaves no necesita otra explicación que el principio de la degeneración fónica, del descuido en articular. Lo difícil está en explicar el hecho opuesto: el paso de las suaves á las fuertes. La pronunciación eusquérica y castellana es notable por la suavidad de los sonidos suaves; relativamente, es mucho más suave que en las demás lenguas antiguas y modernas. Por eso, cuando los extranjeros aprenden estas lenguas, pronuncian las explosivas suaves tan fuertemente, que nos choca, y parécennos articular más bien las explosivas fuertes. Del bibere hemos hecho nosotros un beber, que mejor se escribiría wewer; viene un francés y le oímos casi peper. Por la misma razón se originaron en castellano la z y la j, espirantes nacidas de la extremada suavidad de t = d, k = g. Así óyese decir Madriz, Valladoliz, y la j casi siempre viene de x, ó sea antiguamente ch francesa y eusquérica. Ahora bien: á los romanos les pasó, sin duda alguna, lo mismo que les pasa á los franceses al articular éstos el castellano ó el éuscaro, aquéllos el éuscaro ó ibero y el naciente romance: hicieron fuertes las suaves eusquéricas. Esta tendencia se hacía más necesaria por el deseo de pronunciar claro unos sonidos que á los oídos poco acostumbrados siempre parecen obscuros, sobre todo si son suaves. Así acontece que el extranjero, instintivamente, hace hincapié en cada sonido de la lengua que le es extraña, por lo mismo que deletrea y recalca cada una de las sílabas por no poseer todavía la rapidez propia del que, sin reflexionar, pronuncia en su lengua propia.
12. Sobre el éuscaro: W. v. Humboldt, Prüfung der Untersuchungen über die Urbewohner Spaniens, vermittelst der Vaskischen Sprache, 1821; Emil Hübner, Monumenta linguae ibericae, Berolini, 1893; Edouard Philipon, Les Ibères, París, 1909, y las obras de Erro sobre el alfabeto celtibérico, Astarloa, Larramendi y demás vascófilos (Allende Salazar, Biblioteca del Vascófilo, y la que después escribió Vinson).
Sobre el celta: H. d'Arbois de Jubainville, Cours de Litt. Celt., t. XII, 1902; íd., Les celtes en Espagne, Rev. Celt., t. XIV, 1893, página 357; t. XV, 1; t. XVI, 383; K. Müllenhoff, Deutsche Altertumskunde, II2, pág. 237; Gröber, Grundriss der Roman. Philol., t. I, página 388.
En general, sobre el origen del castellano: Förster, Spanische Sprachlehre, Berlín, 1880; Cejador, Tesoro de la lengua castellana, 10 vols., 1908-1914; íd., La lengua de Cervantes, 2 vols., Madrid, 1905-1906; Gröber, Grundriss, citado; F. Gorra, Lingua e letteratura spagnuola delle origine, Milano, 1898; F. D. M. Ford, Old Spanish-text, Boston, 1906; J. Cejador, Diálogos sobre el origen del castellano, Madrid, 1915.
13. En el castellano primitivo, formado del latín vulgar y del éuscaro, hay que distinguir: 1.º, el elemento éuscaro de voces las más corrientes y que expresaban los conceptos más tradicionales; 2.º, el elemento vulgar latino, de voces también comunes y de otras que el buen tono de la sociedad romana ponía de moda y de las que la cultura latina trajo como ideas nuevas para los indígenas; 3.º, finalmente, el elemento de evolución, que fué formando nuevas voces y acepciones, barajando los radicales y sufijos de entrambas lenguas. Por cima de esta habla vulgar, los eruditos, romanos y españoles, fueron añadiendo el elemento erudito, que no llegando al pueblo, no entraba de lleno en la turquesa fonética castellana, y cuando á medias entraba, formaba voces que decimos semieruditas. Unas y otras comenzaron á usarse desde el principio y han seguido tomándose del latín literario, como son las eclesiásticas, que el cristianismo trajo á poco; las forenses, las gramaticales, literarias y artísticas, etc. Como espuma que flota, han sido usadas unas un tiempo, olvidadas otras. Desde el renacimiento el prurito por estos vocablos ha ido creciendo, sobre todo en la época del gongorismo, y hoy más á imitación del francés (idioma que fué perdiendo la herencia evolutiva popular, sustituyéndola por otro léxico latino muerto y erudito, sacado del diccionario) lleva nuestro idioma el mismo camino, de arte que en nuestro diccionario sobrepuja el número de estas voces á las evolutivo-vulgares, menospreciándose éstas en cambio, que no hallan en él cabida, aunque entre la gente popular sigan vivas y lozanas. Así se divorcia el habla erudita de la nacional cada vez más.
El elemento griego ha llegado siempre al castellano pasando primero por el latín, esto es, latinizado, lo mismo las palabras que desde el principio vinieron, que se atienen á las leyes fonéticas de la evolución latino-castellana, como las que después fué trayendo la erudición, ya sean puramente eruditas, ya semieruditas. Hoy se traen infinitas técnicas, pronunciándolas á la latina para que pasen por la hilera tradicional.
Una vez formado el romance al choque del latín vulgar con el éuscaro, resultando un latín vulgar pronunciado á la española, perdidas las terminaciones casuales, con la mitad del léxico éuscaro, los idiomas que después influyeron en él tan sólo le tocaron en la superficie, prestándole algunas palabras sueltas, sin modificar en nada la gramática, la estructura ni apenas la derivación.
14. "La lengua, ha escrito Novicow[12], caracteriza por excelencia las facultades mentales de los pueblos: el vocabulario de una lengua es como una enciclopedia popular, porque no se da nombre más que á las cosas de que se tiene noción; la gramática y la sintaxis son la quintaesencia de la lógica de un pueblo; la lengua es la trama más íntima de las facultades mentales". Cada pueblo se mueve dentro de un círculo de ideas propias y á ellas corresponden los vocablos de su idioma: diferentes son las ideas de un francés moderno de las de un esquimal y de las de un griego de la antigüedad. El pueblo español prelatino se movía en un círculo de ideas bastante diferente del romano. Por muy adelantados que supongamos á los españoles de entonces, hay que convenir en que la cultura latina era mucho más extensa. Aun descartando los elementos esotéricos de cultura, propios de un número poco considerable de romanos, en la religión, en la filosofía, en la política, en las ciencias y en las artes, los cuales no pudieron generalizarse en España sino muy poco á poco, todavía quedan bastantes otros más exotéricos y populares que, en mayor ó menor grado, todo romano poseía. Estos elementos populares de cultura, que no tenían los españoles, los trajeron los primeros colonizadores romanos á España, y desde el primer momento en que al choque del latín con la lengua indígena quedaron como esbozadas las primeras líneas del nuevo romance, éste tuvo que apropiarse los vocablos latinos correspondientes á las ideas de esos nuevos elementos de cultura, que acá no tenían propia expresión.
Tal es el estrato de cultura, cuyos vocablos, ciertamente, formaron parte del habla que entonces nacía entre los españoles que se latinizaban y los romanos que se españolizaban; pero no respondiendo á ideas genuinamente españolas, hay que colocarlos en una capa superior, menos primitiva, menos general, menos castiza en una palabra, que los de las capas de que voy á hablar en seguida: son el terreno terciario del romance.
Vengamos al estrato de aristocracia. Al nacer el romance por el choque del latín con la lengua indígena de España, sucedió lo que siempre sucede: que ni los españoles (hablo de la masa popular) hablaban latín, ni los romanos podían hablar latín con los españoles, ni la lengua indígena, que no conocían; los españoles latinizaban sus vocablos propios y los romanos españolizaban los suyos. Pero en esta lucha y entrechoque de elementos lingüísticos ya se podía conjeturar cuál sería el vencedor: el más fuerte. No el más fuerte por las armas, pues godos y árabes no pudieron con ellas vencer y matar la lengua nacional, ni el más fuerte por el número, pues los árabes conquistadores impusieron su lengua en Persia y Egipto, y los romanos en España, á pesar de ser menos en número que los pueblos vencidos; sino el más fuerte por la civilización, que es lo que, al fin y al cabo, se impone siempre, como se impuso la civilización indígena española á la gótica y arábiga, y como á la española se impuso la romana. Ya no trato aquí de los elementos de cultura, sino del poder debido á la civilización y á esa misma cultura. Veamos lo que pasa hoy día. Las naciones más civilizadas imperan moralmente: Francia impone sus modas en todos los países latinos: en Italia, España, Portugal y América, y aun, en parte, puede decirse que en toda Europa; en el siglo xvi las imponía España. Si el trato de los franceses con los españoles fuera más íntimo y doméstico, si vivieran con nosotros, en nuestros mismos hogares, sucedería respecto de los vocablos lo que hoy sucede respecto de las modas en el vestir, de la quincallería y juguetes de la industria parisiense, de la literatura y de otras muchas cosas. Quiero decir que, así como en todas éstas la moda francesa se impone, por una especie de poderío como aristocrático que ejerce, haciendo que en la opinión pública pase como de buen tono lo que viene de Francia, así en los españoles de aquellos tiempos influía ese poder mágico como aristocrático y de buen tono de cuanto llevase el sello romano, y mucho más de los vocablos y modos de decir. Los términos indígenas se menospreciarían y se irían arrinconando poco á poco, prefiriéndose los términos latinos de moda, quizá menos expresivos, pero de mejor tono. Las clases sociales superiores, que estaban más en contacto con los romanos, serían las primeras en aceptar, en procurar distinguirse por el empleo de dichos términos, y, como hoy sucede, las clases inferiores seguirían más ó menos gustosamente á las clases como aristocráticas. Es lo que vemos suceder en el país vascongado, que teniendo vocablos eusquéricos prefieren, los que viven en contacto con los castellanos, emplear los vocablos castellanos, y esto aun cuando hablen en vascuence, y, por el contrario, castellanizan no pocos vocablos vascongados, resultando, por ejemplo, el patois bilbaíno que se habló hasta hace poco en Bilbao, ó la mezcolanza que se nota en todas las poblaciones vascongadas. Hasta los predicadores piensan en castellano y, por consiguiente, sus discursos vascongados están empedrados de términos castellanos con las terminaciones eusquéricas, y mucho más el pueblo, al hablar su lengua, la rellena de castellanismos, y al revés, cuando hablan castellano emplean muchos vocablos, terminaciones y giros vascongados. Pero el castellano va ganando terreno por estar de moda y ser de buen tono: y lo mismo en otros tiempos iba ganando terreno el latín, aun en el empleo de vocablos comunes á las dos lenguas que luchaban por su independencia. Tal es el estrato aristocrático, ó de moda, si se quiere, el cual está formado por términos latinos, pero más castizos que los del estrato de cultura, en cuanto que responden á ideas no traídas de fuera, sino propias del pueblo indígena, como que tenían sus términos propios en el país, sino que fueron cediendo ante la moda y el poder cuasi aristocrático de los términos latinos.
Y á este estrato, que podemos comparar al terreno secundario, creo yo que corresponde el influjo del latín en nuestro romance, cuanto á los elementos gramaticales: por ese influjo, el habla indígena de los españoles entró en la gramática latina tan de lleno, que el nuevo idioma vino á ser un romance. Y si no, véase lo que pasa en las poblaciones vascongadas, que han abandonado ó están abandonando y olvidando su propia lengua en nuestros días. La gramática castellana es la que impera: muchas terminaciones, muchos vocablos y, sobre todo, el fonetismo, son eusquéricos: ni más ni menos que en nuestro castellano respecto del latín, ó sea el latín que hablamos en España respecto del éuscaro. El castellano es un latín por la gramática y por la mitad ó más de sus vocablos; pero contiene muchísimos eusquéricos, casi la mitad de su vocabulario doméstico y popular; contiene muchas terminaciones derivativas eusquéricas, y el fonetismo, la pronunciación, es del éuscaro casi exclusivamente.
El estrato de formación, el terreno primitivo, como quien dice, de nuestro romance, está formado por un corto caudal de verbos sobre todo, demostrativos y nombres latinos, que son del uso más vulgar y necesario para la vida ordinaria. Los verbos decir, hablar, haber, tener, ser, estar, ir, llevar, traer, coger, dar, recibir, ver, oir; los nombres de los miembros corporales, de los utensilios más comunes en el ajuar doméstico, pertenecen á este estrato, el más castizo y primitivo, el que concurrió desde el principio á la formación del romance.
Por estos tres estratos, el terciario, el secundario, el primario, es por lo que el latín puede decirse que es padre del castellano, sobre todo por el primario y secundario, por los cuales le infundió su gramática y la parte esencial de su vocabulario.
15. Respecto del elemento semierudito del castellano, las leyes fonéticas más esenciales se guardan en parte también en todos sus vocablos; pero aun esas mismas y las que obraron después de la primera formación del castellano dejan de guardarse, haciendo que las tendencias fonológicas del idioma los modifiquen á medias. Los escritores en las diversas épocas los allegan al latín cuanto pueden; el pueblo los castellaniza: resultado, que viven en continuo vaivén, sin acabar de entrar enteramente en el molde castellano. La reacción erudita comenzó á oponerse al curso evolutivo natural de las lenguas románicas desde su mismo nacimiento. ¿Cómo explicar la unidad del latín vulgar y de las románicas sin ese poderoso freno que las contenía? ¿Cómo pudo aguardar el latín en España cuatro siglos, hasta aparearse con las demás y presentar idénticos fenómenos? Durante todo ese tiempo en España no pudo quedarse estacionario el latín; evolucionaba. Pero la lengua oficial lo tenía á raya y lo iba atrayendo hacia sí, y cuando ya el latín se había extendido por todo el Imperio, la reacción del habla oficial y la mutua comunicación entre las provincias igualó el habla de todas ellas, por lo menos superficialmente, como por medio de un rasero. No hay dialecto románico alguno que no posea términos abstractos: todos ellos son de origen erudito, como ha notado Mohl. Esos abstractos, dejados á merced de la evolución popular, se hubieran modificado; pero la reacción erudita estaba siempre allí para no permitir se alejasen de la latinidad. Los verdaderos abstractos nacionales son los posverbales, abstracto-concretos propiamente. Artificialmente ha ido renovando á la continua esa misma reacción erudita todos los términos de menor empleo entre el vulgo y de uso cotidiano entre las personas instruidas, que siempre tendían hacia el latín. La palanca principal de esta reacción fué siempre la Iglesia, conservadora en sus ritos y entre su clero del latín más ó menos clásico. De la Iglesia eran los que algo sabían y escribían, eran clérigos, ellos mismos se llamaban del mester de clerecía: en sus escritos tenían que mezclar el latín, y por la preocupación de que el romance no era más que latín estropeado, se creían obligados á reformarlo, á volverlo siempre hacia el tipo latino, único para ellos castizo y perfecto. Cierto es que el latín de la Iglesia, nacido precisamente como ella, de entre el pueblo, distaba bastante del clasicismo ciceroniano. Pero una vez que la jerarquía eclesiástica subió al poder, gobernó el mundo europeo y quedó dueña exclusiva de la enseñanza y de la cultura, tendió hacia el clasicismo cuanto se lo permitieron los tiempos. Si no llegó del todo á él, sino en contado número de escritores, fué porque siempre se resentía su latín de su vulgar origen, porque el pueblo, á quien se dirigía, llevaba la dirección opuesta, porque la literatura clásica era una literatura muerta, que sólo admitía imitación más ó menos lejana. Pero todos los términos eclesiásticos son eruditos en su origen, y, cuando llegados al pueblo, empiezan á evolucionar, arrastrados por el cauce común, la erudición eclesiástica los renueva otra y otra vez. Así se explican las mil variantes de tales términos: cabildo, capitol y capítulo, deán y decano. Pero en los primeros tiempos el agente principal de la restauración fué la administración romana, oficial y letrada por oficio. La sintaxis apenas pudo modificarse; pero sí los términos sueltos, el fonetismo particular. El ejército es un gran instrumento nivelador, y no lo fué menos durante el Imperio. Las escuelas, donde sólo el latín clásico se aprendía, eran focos de reacción contra las tendencias vulgares. La literatura, con su autoridad, presentaba la forma típica, á la que trataban de amoldarse en lo posible en su manera de hablar las personas cultas y los funcionarios todos imperiales. Todos estos elementos dieron cierta unidad al latín vulgar de aquella época y reaccionaron sobre muchas tendencias que llevaba consigo desde la época de la antigua rusticitas y desde la época republicana, en la que había tomado tantos elementos itálicos.
Una vez muerta la lengua literaria, su poder fué menor; pero nunca cesó de reaccionar, más ó menos, según la mayor ó menor cultura de los tiempos. En los siglos más decadentes, los romances, dejados libremente, fueron subdividiéndose y multiplicándose, á la par que políticamente se subdividían y multiplicaban los pequeños Estados. La tendencia que después llevó á éstos á unirse en grandes nacionalidades, llevó también á las hablas populares á unirse, predominando unos dialectos sobre otros. El castellano ha ido oscureciendo los antiguos dialectos y provincialismos, borrando casi las pequeñas variantes navarras, aragonesas, leonesas, salmantinas, extremeñas, andaluzas, murcianas. La lengua va adonde la llevan la unidad ó la multiplicidad de la política. Pero en todos tiempos todas las hablas románicas hallaron un freno y un elemento reaccionario que las volvía hacia el latín, en los eruditos, escritores y eclesiásticos.
Como elemento erudito que influye en el lenguaje hay que poner la escritura, que en otros tiempos apenas podía reaccionar por el corto número de personas que sabían escribir y leer; pero que en el presente, merced á la vulgarización de la cultura, pone en grave peligro el lenguaje. Á pesar de lo natural que parece el principio de que la escritura debe acomodarse á la pronunciación, puesto que no es más que un instrumento para perpetuarla, no han faltado quienes hayan proclamado que la pronunciación debe acomodarse á la escritura, por la especiosa razón de que ésta se halla menos expuesta á corromperse que no aquélla. Es el triunfo de lo artificial sobre lo natural, que se verifica en todos los órdenes y asuntos de la sociedad humana, que de suyo parece tender al convencionalismo, á la falsedad y á la rutina. Todas las instituciones sociales, todas las obras humanas, degeneran en convencionalismos: omnis homo mendax. Hoy se aprenden las lenguas por los ojos, más bien que por los oídos; no sólo las lenguas extrañas, sino hasta, en parte, la lengua materna. La mitad del vocabulario castellano lo hemos aprendido por la lectura, puesto que entre el pueblo no se usa, fuera de alguno que otro de esos infinitos términos latino-eruditos, que la generalización de la cultura va sedimentando y haciendo penetrar hasta en las más hondas capas sociales. Naturalmente todos esos vocablos los aprendemos y pronunciamos como los hallamos escritos, es decir, como quisieron propinárnoslos los eruditos que los trajeron, no del latín hablado, sino del latín escrito. Tomaron esos cadáveres seculares, que son las palabras latinas escritas, y medio vistiéndolos á la española, nos los dieron como seres vivos; pero no son más que monigotes, maniquíes que se mueven mecánicamente por el resorte de la escritura.
Llegará un día en que pronunciemos septiembre, obscuro y substancia, porque así han querido los eruditos que escribamos estos términos, que todo el mundo pronuncia setiembre, oscuro, sustancia. La psíquica, en el lenguaje, tiene poder para todo eso y mucho más. Porque mucho más es lo que ha conseguido: es una máquina que tritura y modifica cuanto se le eche en la tolva. El castellano rechazó la f latina, la cual en antiguo castellano sólo servía como signo de otra articulación muy diferente, de cierta aspiración. Pero vinieron los ignorantes eruditos y, viendo escrita la f, dieron en pronunciarla á la latina, y hoy no sólo decimos fatuo, sino fuego, y hasta en Folgaba el rey Rodrigo pronunciaremos la f, que nunca sonó, porque era mera variante ortográfica de h, letra añadida á olg-aba, de olga, olgueta en éusquera. En halagar, por el contrario, no suena f, por haberse sustituido h- por f-, falagar, y esa sustitución ortográfica ha cambiado la forma hablada. Los castellanos pronuncian tan suave la b, que pudo escribirse falagar el balaka-tu vascongado; pero en su variante empalagar tenían la etimología bien clara. En fecha la f es puramente ortográfica; pero ha servido para distinguir de sí mismo al vocablo, que sin ella es hecha, hecho.
Por centenares se cuentan en Madrid los rótulos en los que se lee carnecería: pronto diremos todos carnecería en vez de carnicería. Debió ocurrir á algún mentecato, si no fué á algún erudito consultado, que debía decirse carnecería, puesto que de carne se trata y no de carni; mandó ponerlo así en su rótulo, y los demás lo han seguido. Ó tal vez fué algún aragonés el que lo puso de moda, trayéndolo de Aragón, donde por etimología popular se dice carnecería. Pero esta palabra no viene de carne directamente, sino de carnic-ero, y nadie dice carnecero, como que carnicero deriva de carn-iza, ó sea el despojo de las carnes, las carnes, como quien dice, despojadas, partidas, de las que trata el carnicero ó cortador. Con haber puesto la Academia en su Diccionario vagabundo, quitando el vagamundo castizo, los escritores escribirán vagabundo y vagabundear, verbo no castellano, pero derivado de ese esqueleto vagabundo. La etimología de vagamundo es popular, por creerse que encerraba los vocablos vagar por el mundo, ya que -bundo nada dice á los oídos castellanos, como no sea á los eruditos, que nos han traído treme-bundo, nausea-bundo, lacrima-bundo, furi-bundo, etc. Nuestros padres decían dino, y así lo escribían; pero los latinizantes y etimólogos escribieron después digno para vestirlo á la latina, siendo así que en castellano gn da ñ, y dino es de préstamo posterior: hoy, á fuerza de leer digno, lo pronunciamos como lo leemos. Es tan antipático al castellano el núcleo gn, que por evolución natural dió ñ, cuñado de cognatus, empeño de pignus; y tomado después digno por los eruditos, por la misma tendencia tuvieron que reducirlo á dino. Otra vez vienen los eruditos y nos escriben digno: esta vez la escritura ha vencido, y digno decimos todos los que sabemos leer y aun los que no saben y no quieren pasar por rústicos. De electus la evolución fónica hubiera hecho elecho, como pecho de pectus; pero yo estoy seguro que se dirá siempre electo; y que el pueblo no erudito dirá eleto. ¿La razón? La escritura, que se impone á la evolución. ¡Bonita lengua vamos á trasmitir á nuestros nietos! Como dijo á este propósito Darmesteter: "La lengua escrita deforma la lengua hablada", es la gran palanca en manos de los eruditos y de las Academias, con la cual antes no contaban.
Los términos eruditos pueden ya dividirse en dos clases: los antiguos, que mejor se llamaran semieruditos, puesto que se acomodan en parte al fonetismo castellano, y los modernos, eruditos enteramente, que, merced á la generalización de la escritura, vienen al castellano sin modificación alguna. De éstos, muchos no son ni latinos, pues no suenan como en latín; son ultralatinos, pues se pronuncian como los encontramos escritos y como no se pronunciaban en latín. Implicar se dice, sin tomarnos la molestia de darle la modificación del semierudito plegar, cuya variante vulgar es llegar. Hoy suenan ce, ci como dentolinguales; en latín sonaban ke, ki. Encontramos escrito exceptum, y escribimos excepto, y pronunciamos con la dentolingual: somos ultralatinos. Ellos dirían tal vez eskeptum; nosotros pronunciamos la x, sonido que nunca fué castellano: es que hemos aprendido que x era sc en latín. El núcleo xt sonaba en latín st; pero nosotros, que encontramos escrito extendere, escribimos extender y pronunciamos xt: somos, repito, más latinos que los romanos. Pero eso no es limpiar ni dar esplendor al castellano: es matar á la hija ¿para resucitar á la madre?—No; á la abuela, con todos sus carcamales á cuestas. Pero de resucitarla, había que resucitarla del todo, y no á medias. ¿No dicen, aunque no es verdad, que tino viene de dignus? Pues escribamos y digamos: tiene usted mucho tigno, ha atignado usted. ¿No dicen que acontecer viene de adcontingescere? Pues digamos: adcontingesció quod illos hispaniolos stabant laxiatos de illa manu de Deus. Tal es el ideal de los latinizantes. Eso ¿es purificar el castellano, ó volver al modo de escribir de los tiempos medios y á un modo de hablar que nunca fué? Ciertas pronunciaciones actuales se deben á una falsa lección: dícese danza macabra de danse macabre; pero la variante verdadera es danse Macabré, y Macabré era un nombre propio de persona, que, por errada lectura, ha parado en adjetivo, por no llevar acento la -e en las ediciones antiguas de "la Dance Macabre". Un necio me corrigió compaña, diciéndome que era errata ortográfica por compañía en el dicho "en buena paz y compaña". Pero compañ-ía y compañ-ero ¿de dónde viene, sino del castizo compañ-a, como montañ-és de montañ-a y fontan-ero de fontan-a? Si resucita el antiguo maguer, se dirá magüer, porque así han dado en escribirlo con diéresis y pronunciarlo los que no sabían que se pronunciaba maguer, y que la u se puso para que la g no tuviera la antigua pronunciación, para que no se dijera majer, ó antiguamente madjer. Tal es el poder de la escritura. Y esto ha sucedido, más ó menos, en todos tiempos. Hemos convenido en que Berceo escribió, con mayor ó menor dosis poética, en lengua castellana. Yo estoy convencido de que más de la mitad del Diccionario de Berceo no es castellano, y que, por tanto, escribió en una lengua convencional de la gente leída y para la gente leída. Escribía con palabras de los libros, no con palabras vivas de lengua alguna. Ni las pronunciaban así los españoles ni las pronunciaron los romanos. Pero escribir entonces era calcar el latín con un mal transparente castellano. Entonces, ahora y siempre el arte de escribir tiene mucho de artificial y reniega del lenguaje que emplean los que no escriben. El castellano rancio que oye uno en las aldeas no forma parte del léxico berceano, como ni de otros muchos escritores. Buscando sus ideas en los libros, más que en el mundo real, es natural que también dejen las palabras del habla real por copiar las muertas de los libros. Hay que repetir, pues, que "la lengua escrita deforma la lengua hablada".
16. Como los eruditos han continuado sacando del latín nuevos términos en todas las épocas, después de separado el castellano de la lengua madre, desfigurado un vocablo latino y á veces modificado en el sentido, se ha puesto en uso otro derivado del mismo original latino. Antojo, por ejemplo, de ante-oculum == delante del ojo, es de formación antigua; pero ante-ojo es posterior, de formación erudita, sacado del mismo ante-oculum. Tales son los multiformes que han enriquecido el idioma. Desde luego, se echa en ellos de ver su mayor ó menor antigüedad y su origen popular ó erudito. En nuestra lengua hay unos 1.800 temas ó estirpes latinas que, por este medio, han dado origen á más de 4.000 palabras diferentes; en francés, unas 3.000 de 1.400 temas; en portugués, 1.000, de unos 300 temas; en italiano hay muchas menos. Pueden clasificarse las voces multiformes con arreglo á la modificación fónica que las distingue. 1.º. Por simple cambio de género: el cura, la cura; el canal, la canal; el vista, la vista. 2.º. Por simple mutación de vocal final, cambie ó no el género: fruto y fruta, de fructum; madero y madera, de materies (y materia); ramo y rama, de ramus; base y basa, de basis; mangla y mangle; tinto, tinte y tinta, de tinctus, -a, -un; tardo y tarde, de tardus; huerto y huerta, de hortus; grado y grada, de gradus; talle y tallo, de thallus; alegre y alegro, de alacer. 3.º. Por alteración de consonante: hervor y fervor, de fervor; hondo y fondo, de fundus, aunque hondo puede ser el ondo eusquérico; aliñar y alinear, aunque aliño parece ser el lein; allanar y aplanar, de planus; domeñar y dominar, de dominari; hilo y filo, de filum; hosco y fosco, de fuscus; jalma y salma, horma y forma, aunque el primero parece venir de orma, éuscaro, y el segundo de forma, latín; tajar y tallar y talar, cambio y cange, balurdo y palurdo. 4.º. Por modificación de vocal interior: braña y breña, torta y tarta, calvario y calavera, campaña y campiña, cerco y circo, antojo y anteojo, vedija, vedeja y guedeja. 5.º. Por alteración de vocal y consonante: cáliz, caz y cauce, de calix; lucha y luto, de lucta; alnado y entenado, payo y Pelayo, diz y dice, trueno y es-truendo, zarcillo y cerquillo. 6.º. Por aféresis, síncopa, apócope, epéntesis, etc. Son voces de diferente forma y significación, aunque de común origen. La una es obra del pueblo, la otra del literato; una es más antigua, otra más moderna.
Entre las mismas populares hay formas que sólo difieren por el sufijo, empleándose en sentido algo diferente; otras veces se diferencian por la suavización de las explosivas, ley antigua de nuestro romance, que la formación erudita no tiene en cuenta. De modo que nuestra lengua obedece á dos series de principios muy encontrados, porque casi es lengua doble. Las formaciones antiguas populares constituyen el castellano verdadero; las eruditas son un emplasto de puro latín ó griego, con ligeras modificaciones en las desinencias, jerga parecida al latín macarrónico que se quisiera añadir al habla del Lacio, y que consiste en dar terminaciones latinas á las palabras castellanas.
Según el genio del castellano se formaron los sufijos -ado, -ago, -blo, etc.; los eruditos han introducido formas en -ato, -aco, -plo, etcétera, verdolaga, de portulaca; clérigo, de clericus; amigo, de amicus; higo, de ficus; lego, de laicus; cantiga, de cantica; fuego, de focus. Van contra esta ley: bellaco, cántico, público, apostólico, cívico, cáustico, cómico, famélico, lumínico, músico, laico, físico, etc. Decir famélico, de fames, teniendo hambriento, es como decir hambrienticus en latín macarrónico. El sufijo -za es más antiguo que -cia, -tia, pereza y pigricia, pigritia, dureza y duricies; avaricia, codicia, justicia, planicie, franquicia, son eruditos; franqueza, llaneza, son populares en su origen. Terneza y ternura, pureza y puridad, tienen diverso sufijo y diverso valor. Llano y plano, tilde y título, cabildo y capítulo, frío y frígido, tizón y tizne, velar y vigilar, venganza y vindicta, tienen el mismo origen, algunos con sentido diverso; pero otros ni aun en esto difieren, y sólo se deben al capricho de los autores, que han querido ostentar originalidad necia y vana palabrería. No tienen razón de ser frígido, vigilar, vindicta, como la tienen huebra, obra y ópera, sueldo y sólido, fragua y fábrica, habiendo demás el francés forja. Á veces la ignorancia, ó el quererse atener á la letra, han originado ciertas voces, como, por ejemplo, algunas eclesiásticas: monaco, monago y monje, de monacus; deán y decano, episcopado y obispado, decanato, pináculo, cenáculo y cenador, dominica y domingo, todas litúrgicas.
La pronunciación varía á veces, otras la sola ortografía, fundada acaso en una etimología falsa: holgar y folgar, faca, haca y jaca, hatajo y atajo, hasta y asta, buhardilla y guardilla, hosco y fosco, agur y abur, halda y falda, hanega y fanega, arpado y harpado, holgorio, folgorio y jolgorio, atiborrar y atiforrar, crear y criar, hierba y yerba, fleco y flueco, frey y fray, menjuí y benjuí, albóndiga y almóndiga, aspaviento y espaviento, moñiga y boñiga, bodrio y brodio, bolondro y molondro, cuáquero y cuácaro, cogulla y cugulla, entremeter y entrometer. No poco influye en esta variedad el uso de los diversos dialectos, que no se han fundido todavía. Por lo mismo, esta variedad fué mucho mayor antiguamente, y en sus principios debió de haber una espantosa confusión. No habiendo las comunicaciones de hoy ni la literatura, elementos que fijan las formas en cada provincia y en cada población, era natural se formasen los vocablos con cierta variedad y libertad: dentro del genio del castellano caben muchas particularidades, puesto que las leyes fonéticas se fundan en principios generales cuya aplicación permite cierta amplitud, y los sufijos y raíces, no teniendo otro valor que el convencional del uso, fácilmente se modifican en los labios del pueblo. Los sufijos latinos, por su mayor parte, tienen una significación muy vaga, no responden á una idea fija: de aquí que se aplicaran con mucha libertad y poca precisión al derivarse nuevas formas. Esto no sucede con los sufijos de origen eusquérico, cuyo valor es exactísimo y determinado, y así lo conservan y se conservan ellos mismos más intactos en castellano.
El genio del castellano tiende á formar diptongo de cualquier combinación de vocales; los eruditos tienden á conservar el reflejo etimológico de las voces. De aquí la varia pronunciación: los eruditos dicen amoníaco, zodíaco, Calíope, miríada, saúco, Esaú; pero el pueblo quita ese acento y forma los diptongos zodiáco, Caliópe, miriáda, sáuco, Esáu, y tiene el derecho de hacerlo, pues una cosa es hablar griego ó latín y otra hablar castellano y como lo pide el genio del castellano.
17. Los radicales helénicos del castellano pueden dividirse en cuatro clases:
1.ª. Los que han dado palabras y derivados vulgares en castellano. Todos han venido por el latín vulgar y se atienen á la fonética de los radicales vulgares latinos. Tales son los radicales vulgares latino-helénicos.
2.ª. Los que vinieron desde el tiempo del Imperio como vocablos de erudición y de cultura, con la religión, las artes, las letras, las ciencias. Han penetrado más ó menos en el castellano vulgar, según que las ideas que consigo llevan han llegado á ser patrimonio del pueblo. Pero en la fonética se atienen á los radicales latino-eruditos, no transformándose enteramente y mudando de pronunciación según los tiempos, como herencia exclusiva del clero, de los sabios, de los artistas, etcétera, en la cual sólo indirectamente el vulgo tiene parte. Son los radicales semieruditos.
Es de advertir que aun en Occidente la lengua de la Iglesia en los primeros siglos, fué el griego, y que en los dos primeros se empleaba el griego en la liturgia, en la predicación, en las cartas de los Pontífices, en los escritos de los Padres y autores eclesiásticos, y en las inscripciones sepulcrales, como puede verse en la Roma subterránea.
3.ª. Los que han llegado al castellano pasando por el árabe ó por el italiano y el francés entran en el caudal común de radicales románicos, ateniéndose á su fonética. Son los radicales que podemos denominar helénico-extraños.
4.ª. Los que se han traído ó ídose formando artificialmente por los eruditos con el transcurso del tiempo, conforme á los nuevos inventos y doctrinas, necesitando de un tecnicismo apropiado: han acudido los eruditos como á conocido arsenal al Diccionario helénico. Son los términos eruditos técnicos, que, con la gran expansión de la cultura moderna, se han multiplicado, sobre todo desde la época del Renacimiento, y más desde la Revolución francesa. Este caudal, que, con algunos términos latinos, otros híbridos de latín y griego y otros de las lenguas modernas, forma un diccionario particular de cada ciencia, arte y oficio, por ejemplo, el tecnicismo de medicina, de las ciencias físicas, de las matemáticas, de la filosofía, de la gramática y literatura, etcétera, contiene algunos vocablos que van llegando hasta las últimas capas sociales, en razón de lo generales que son las ideas y objetos que designan. Son términos cosmopolitas, como son cosmopolitas esas ideas y objetos, por manera que se han introducido en todas las lenguas cultas, no sólo de Europa, sino del mundo entero. Si el individualismo de las naciones y pueblos no opusiera constantemente sus tendencias diferenciadoras, llegaría un día que el mundo entero se hallaría, sin saberlo, dueño de una lengua realmente universal. Esta lengua, que ya es universal para la ciencia, la industria, las artes y el comercio, iría arrinconando multitud de vocablos particulares de cada idioma, reemplazándolos con otros cosmopolitas grecolatinos. Porque no se limita al tecnicismo, sino que esta lengua universal va infiltrándose hasta en el léxico general y vulgar, introduciendo vocablos para designar ideas y objetos de uso antiguo, haciendo que la moda y el buen tono les hagan lugar y se les prefiera á los antiguos vocablos. Es que la cultura transforma poco á poco todas las instituciones, todas las ideas, todos los artefactos, el modo de ser de las ciencias, de las artes, de los oficios, y las nuevas modificaciones traen consigo nuevos términos, que se sacan, generalmente, del léxico griego, fuente de la cultura europea y arsenal de nuestra civilización.
Los que pretenden generalizar esas lenguas artificiales, tan desastrosamente fabricadas por gentes que poco ó nada entienden de lingüística, bautizándolas con el pomposo nombre de lenguas universales, aunque sólo tengan la efímera vida de dos ó tres años entre algunos aficionados á este género de deporte, que lo es tanto como el del boxeo, de la esgrima, del automovilismo, de la filatelia, llegará un día en que se darán de bruces con la verdadera lengua universal, que, sin manos de hombre, como todas las cosas naturales y necesarias, se había ido formando por sí sola y sin sentir, como efecto consiguiente de la comunidad de ideas y de la expansión mundial de la civilización, que llena ya el mundo, se arraiga y afianza hasta en las regiones más salvajes, y allega todas las razas en una sola comunidad humana.
La lucha entre estas tendencias niveladoras de la civilización, con su instrumento propio, que se está formando, quiero decir con esta lengua helénica universal, y entre las tendencias separatistas de los pueblos con sus correspondientes idiomas, está entablada tiempo ha, y ha venido á heredar la de los antiguos imperios conquistadores, con sus propios idiomas, contra los pueblos inferiores con los suyos. Como el Imperio griego con su lengua griega dominó el oriente, como el Imperio romano con su lengua romana dominó el occidente, porque no fueron imperios apoyados puramente por la fuerza bruta, cual el de los bárbaros del Norte ó el de los árabes, sino fundados en la cultura, y que lo que llevaban á los pueblos vencidos era la cultura, eso mismo pasará, y está ya pasando con la cultura europea y su lengua propia, que es la helénico-científica.
No puede desconocerse el resultado de la lucha: la cultura será vencedora, tarde ó temprano, como siempre lo fué, y lo que el griego y el latín antiguamente, será para el mundo entero esta nueva lengua, que á nuestros ojos vemos formarse en nuestros días y crecer y recorrer el universo. Tal es el porvenir del tecnicismo helénico.
Cosa de risa es oir á los que creen tachar de pobres algunos idiomas, pongo por caso el vascuence, con echarle en cara su falta de términos científicos, artísticos, industriales. ¿Acaso los tiene el castellano ó el francés? Ese lenguaje de las artes, de la industria, de la ciencia, tan vascongado es como francés ó castellano. Es griego científico, ó, digamos mejor, griego artificial, á veces muy mal fraguado por manos inexpertas, ajenas á todo conocimiento lingüístico, y que se contentaron con hojear un léxico helénico y pegotear malamente raíces y sufijos.