EL CORO
¿Por qué callas, Creonte, sofocando tu voz en silencio? No es menor mi sorpresa que la tuya.
CREONTE
¿Qué podrá decir nadie? Claras son mis palabras. Jamás llegaré a la deplorable extremidad de consentir en el sacrificio de Meneceo por salvar a Tebas. Todos los hombres aman la vida de sus hijos, y ninguno los ha entregado jamás a la muerte.[213] Que no me alaben por la suya. Por salvar a mi patria, ya en la edad madura, estoy dispuesto a morir. Pero tú, hijo mío, antes que lo sepa toda la ciudad, y sin hacer caso de odiosos oráculos, huye cuanto antes de esta tierra. Lo dirá a todos los próceres y capitanes, y se dirigirá a las siete puertas y lo repetirá a los siete jefes que las defienden; si nos adelantamos a él, te salvas; si tardas, somos perdidos y morirás.
MENECEO
¿Adónde he de huir? ¿A qué ciudad? ¿En dónde me darán hospitalidad?
CREONTE
Vete de aquí lo más lejos que puedas.
MENECEO
Di tú adónde, y yo te obedeceré.
CREONTE
Pasando por Delfos...
MENECEO
¿Adónde me he de encaminar, ¡oh padre!?
CREONTE
Al país de los etolios...
MENECEO
¿Y de allí adónde he de ir?
CREONTE
Al país de los tesprotas.[214]
MENECEO
¿Al sagrado bosque de Dodona?[215]
CREONTE
Justamente; me has entendido.
MENECEO
¿De qué me servirá?
CREONTE
El dios te protegerá.
MENECEO
¿Y cómo hallaré el sustento?
CREONTE
Yo te daré oro.
MENECEO
Dices bien, padre; vete pues, que yo veré a Yocasta, tu hermana, cuyo seno me alimentó primero cuando perdí a mi madre y quedé huérfano, y me despediré de ella y salvaré mi vida. Vete, pues, para que no me sirvas de obstáculo. (Retírase Creonte).
¡Oh mujeres! ¡Cómo he desvanecido los temores de mi padre, engañándolo para conseguir lo que anhelo! Él desea que yo me aleje, y privar a Tebas de su bien y prostituirme en aras de su cobardía. Pero es preciso perdonarlo, porque es anciano; yo sí que no merezco perdón si soy traidor a la patria que me engendró. Sabed, pues, que iré y salvaré a la ciudad, y al morir exhalaré por ella el alma. Vergonzoso sería, ¿por qué no?, que aquellos a quienes no aluden los oráculos ni obliga la fuerza divina del destino, embrazaran los escudos y no vacilaran en morir peleando por su patria delante de las torres, y que yo fuese traidor a mi padre y a mi hermano y a mi ciudad, y me alejara de aquí como un cobarde. ¡En dondequiera que viva seré siempre un villano! No, por Zeus, que mora entre los astros, y por el sanguinario Ares, que dio el cetro de esta región a los Espartos, nacidos de la tierra. Yo iré adonde mi deber me llama, y desde las altas almenas de las murallas me mataré, y arrojándome a la oscura gruta del dragón, como ha ordenado el adivino, salvaré a Tebas. Tal es mí propósito. Voy, pues, a cumplirlo, y con mi muerte haré a mis conciudadanos no despreciable beneficio. Yo libraré de mal a esta región. Si todos a medida de sus fuerzas hiciesen con perseverancia todo el bien que pueden en aras de su país, menores males sufrirían las ciudades, y serían después felices.
EL CORO
Estrofa. — Viniste, viniste, ¡oh alabada e híbrida virgen, hija de la Tierra y de la infernal Equidna,[216] azote de los hijos de Cadmo, fuente de lágrimas para muchos y de daño para otros, monstruo cruel de alas formidables y desgarradoras uñas, y desde la fuente Dircea te llevabas a los niños con tristes lamentos y pernicioso estrago, y a Tebas, sí, a Tebas causabas terribles dolores! Sanguinario fue el dios que tales cosas hizo. El llanto de las madres, el llanto de las vírgenes resonaba en las casas, lúgubre voz, lúgubre voz, y triste, triste lamento; todos gemían en la ciudad. Sollozos y clamores semejantes al trueno oíanse por doquier siempre que la virgen alada arrebataba a alguno de la ciudad.
Antístrofa. — Al fin vino por orden de Apolo a esta tierra tebana el mísero Edipo, primero causa de alegría y después de dolor. Con su madre celebró himeneo infausto, vencedor de la virgen de los enigmas; profanó la ciudad y la llenó de sangre, arrastrando con sus maldiciones a execrable lucha a sus propios hijos. Admiremos, admiremos al que caminó a la muerte por salvar a su patria, dejando a Creonte anegado en lágrimas, pero dando también preclara victoria a esta ciudad de las siete torres. ¡Ojalá que nosotras seamos madres, ojalá que lo seamos de hijos tan ilustres, ¡oh Palas amada!, que con piedras mataste al dragón, alentando a Cadmo a dar cima a esta empresa, desde cuyo tiempo daños infernales han azotado a estos campos!
EL MENSAJERO
¡Hola! ¿Quién está a la puerta del palacio? Abrid, que salga Yocasta. ¡Hola otra vez! Tarde, en verdad, pero al fin saliste, ínclita esposa de Edipo: óyeme, y cesen tus llantos y tu dolor.
YOCASTA
¿Vienes acaso, ¡oh tú el muy amado!, a anunciar alguna desgracia? ¿Ha muerto Eteocles, junto a cuyo escudo siempre te hallas para librarlo de los dardos enemigos? ¿Qué nueva vienes a anunciarme? ¿Vive mi hijo, o ha muerto? Dímelo.
EL MENSAJERO
Vive; nada temas; no te inquietes por eso.
YOCASTA
¿Qué hay, pues? ¿Qué ha sucedido en el recinto de las siete torres?
EL MENSAJERO
Resiste incontrastable, y la ciudad no ha sido tomada.
YOCASTA
¿Probaron ya el empuje de las lanzas argivas?
EL MENSAJERO
Vinieron ya a las manos; pero el Ares de los cadmeos ha vencido a las lanzas de Micenas.
YOCASTA
Dime solo si sabes algo de Polinices, cuya vida me interesa.
EL MENSAJERO
Hasta ahora viven tus dos hijos.
YOCASTA
Que seas feliz. ¿Cómo peleando desde las torres rechazasteis de las puertas a las tropas argivas? Dilo para que me regocije y vaya al palacio en busca del anciano ciego, y le diga que Tebas se ha salvado.
EL MENSAJERO
Después que el hijo de Creonte (muerto por la patria) se atravesó el pecho con su reluciente espada en lo alto de las torres y salvó a la ciudad, tu hijo dispuso que siete cohortes y otros tantos capitanes defendiesen a las siete puertas de los ataques del ejército argivo, y distribuyó la caballería que había de hacer frente a la enemiga y los infantes que habían de resistir a los armados de escudo, para que en todos los lugares más peligrosos de las murallas hubiese fuerzas suficientes. Desde lo más elevado del alcázar[217] vimos hacia el Teumeso[218] al ejército argivo, que brillaba con sus fulgurantes escudos, y ya cerca del foso asaltar a la carrera a la ciudad de Cadmo, sonando a un tiempo el Peán[219] y las trompetas mientras nosotros les respondíamos desde las murallas. Partenopeo, el primero, hijo de la cazadora, embistió a la puerta Neista con una cohorte erizada de clípeos, llevando en el centro del suyo a Atalanta, que con su arco de largo alcance mataba al jabalí etolio. El vate Anfiarao se dirigía contra la puerta Prétida, llevando víctimas en su carro, sin soberbios emblemas, con armas modestas. El rey Hipomedonte atacó la puerta Ogigia, y por divisa llevaba en su clípeo a Argos mirando con sus varios ojos: con unos a los astros que nacen, con otros a los que se ocultan, según pudimos ver después de muerto. Tocó a Tideo la puerta Homoloide, y llevaba cubierto su clípeo con una piel de león de hórrida melena; en la diestra, como el gigante Prometeo, agitaba una antorcha para incendiar la ciudad. Tu hijo Polinices acometió a la puerta Crenea; destacábanse de su clípeo las ligeras yeguas Potniades,[220] que saltaban tremebundas, moviéndose sin duda por un resorte interior junto al manubrio, obra de ingenio, y de suerte que parecían estar furiosas. No menos valor que Ares respiraba Capaneo capitaneando su hueste hacia la puerta Electra; un gigante de la Tierra, de férrea forma, aparecía en su clípeo y sostenía en sus hombros una ciudad entera arrancada de raíz, emblema de la suerte que aguardaba a Tebas. En la séptima puerta estaba Adrasto, que ostentaba en su brazo izquierdo un clípeo con una hidra de cien pintadas víboras, alarde de la jactancia argiva, puesto que los dragones arrebataban en sus fauces de las murallas a los hijos de Tebas. Todo esto vi minuciosamente al llevar la seña a los capitanes de las cohortes. Primero peleamos con arcos y dardos, con hondas de largo alcance y con peñascos. Como llevábamos la mejor parte de la batalla, tu hijo y Tideo exclamaron de repente: «¿Vaciláis, hijos de Dánao, antes que nos ofendan las armas arrojadizas en acometer todos a las puertas, así los armados a la ligera como los caballeros y los que rigen los carros?». Todos al oírlo arremetieron con vigor; muchos caían con la cabeza ensangrentada; muchos de los nuestros caían también precipitados desde las murallas, y regaban la seca tierra con ríos de sangre. Aquel arcadio, hijo de Atalanta, no argivo,[221] atacó la puerta como un torbellino, y pidió fuego y hachas como si hubiese de derribar la ciudad; pero lo contuvo en su furia Periclímeno, el hijo del dios marino, lanzando a su cabeza un peñasco capaz de llenar un carro, puesto que era una almena de la muralla; descompuso su rubia cabellera, y rompió la juntura de sus huesos, y llenó sus mejillas de sangre, y su madre la Menalia,[222] ilustre por su arco, no volverá a verlo. Cuando tu hijo, a quien yo seguía, vio segura esta puerta, se encaminó a otra. Entonces vi a Tideo y a sus numerosos satélites lanzando contra las altas torres sus dardos etolios para que huyesen los nuestros y abandonaran las murallas; pero tu hijo los reunió otra vez como un cazador, y los apostó de nuevo en las torres. Así que reparábamos el daño de una puerta, nos encaminábamos a hacer lo mismo en otra. ¿Cómo describiré los furores de Capaneo? En su mano traía una larga escala, y decía con arrogancia que ni el fuego sagrado de Zeus le impediría derribar las altas murallas de la ciudad; y mientras así hablaba y las piedras se estrellaban contra su cuerpo, se resguardaba bajo su escudo y subía sus pulimentados peldaños; mas el rayo de Zeus lo hirió cuando estaba a punto de pasar las almenas; resonó horriblemente la tierra, y todos se estremecieron, y sus miembros, como lanzados por una honda, caían de lo alto de la escala separados unos de otros, y al cielo entregó su alma y a la tierra su cuerpo, y dando vueltas sus pies y sus manos, como en la rueda de Ixión,[223] al fin quedó en el suelo su cadáver calcinado. Cuando observó Adrasto que Zeus se mostraba contrario a sus armas, formó al ejército argivo fuera del foso; pero los nuestros, animados con el signo favorable de Zeus, carros, caballeros e infantes rompen en tropel las huestes argivas. Todos los males se desencadenaron a un tiempo: morían, caían de los carros, saltaban las ruedas, los ejes se amontonaban sobre los ejes, y los cadáveres sobre los cadáveres. Por hoy hemos evitado que las torres vengan a tierra, pero a los dioses toca decidir si en lo sucesivo ha de ser o no afortunada esta ciudad; algún numen benéfico la ha salvado también ahora.[224]
EL CORO
Grata es la victoria; pero si otra cosa hubiesen ordenado los dioses, sería yo feliz.
YOCASTA
Los dioses y la fortuna nos son propicios, y mis hijos viven, y la ciudad se ha salvado. Paréceme que el infeliz Creonte expía mis malhadadas nupcias con Edipo, perdiendo a su hijo en bien de la patria, aunque con dolor suyo. Pero prosigue: después de esto, ¿qué hicieron mis hijos?[225]
EL MENSAJERO
No me preguntes más; hasta aquí eres afortunada.
YOCASTA
Tus palabras excitan mis sospechas; no calles.
EL MENSAJERO
¿Qué puedes desear sino que tus hijos vivan?
YOCASTA
Quiero saber si en todo ha sido igual mi ventura.
EL MENSAJERO
Déjame; a tu hijo Eteocles hace falta su escudero.
YOCASTA
Algo siniestro me ocultas y lo envuelves en tinieblas.
EL MENSAJERO
Después de tan gratas nuevas, no las daré infaustas.
YOCASTA
No será así, a no escaparte por los aires.
EL MENSAJERO
¡Ay, ay! ¿Por qué no me has dejado alejarme, oído este alegre mensaje, y me obligas a participarte su triste conclusión? Tus hijos maquinan una maldad de las más negras, y quieren pelear en singular combate, separados de sus ejércitos. En público, y ante argivos y tebanos, han dicho lo que nunca debieron decir. Eteocles el primero, desde una elevada torre, impuso silencio a los soldados y exclamó: «Oh capitanes griegos y nobles argivos que habéis venido aquí, y vosotros, hijos de Cadmo, no deis vuestras vidas por Polinices ni por mí: yo solo, tomando sobre mí todo riesgo, pelearé en singular certamen con mi hermano, y si lo mato, gobernaré mi palacio; si soy vencido, le entregaré la ciudad. Y vosotros, sin pelear más, volveréis al territorio argivo, y no dejaréis aquí la vida». Al concluir salió de las filas tu hijo Polinices, y alabó su propósito. Todos los argivos y el pueblo de Cadmo lo aprobaron con favorables murmullos, estimándolo justo. Celebrose una tregua bajo estas condiciones, y a igual distancia de ambos ejércitos los capitanes juraron su observancia. Entonces los dos hijos del viejo Edipo se revistieron sus armaduras[226] de bronce, ayudando al rey de esta tierra los príncipes tebanos, y al otro los próceres argivos. Resplandecientes estaban ambos y serenos, y no se alteraron los colores de sus rostros, y ambos furiosos se arrojaron mutuamente sus lanzas. Acercáronse los amigos de uno y otro, y excitábanlos a la pelea con estas palabras: «En tu mano está, ¡oh Polinices!, erigir a Zeus una estatua como trofeo de tu victoria y alcanzar gran fama, que redundará en gloria de Argos». Decían también a Eteocles: «Ahora peleas por tu patria; ahora que la victoria te corona, poseerás solo el cetro». Así los animaban al combate. Los adivinos sacrificaban ovejas y examinaban las entrañas de las víctimas, y los líquidos que de ellas corrían, y la extremidad de las llamas, que contiene dos signos, el de la victoria y el de la derrota. Si conoces algún remedio para sanar estos males, si tu elocuencia es bastante poderosa, o si puedes preparar eficaces encantos, ve e impide la lucha cruel de tus dos hijos, que grande es el peligro.
YOCASTA
Sal, ¡oh hija Antígona!, del palacio; tu adversa fortuna no te deja ya asistir a los coros y vivir con tus vírgenes compañeras; con tu madre debes oponerte a que tus dos hermanos, varones esforzados, caminen a la muerte y sucumban en lucha fratricida.
ANTÍGONA
¿Qué nuevo horror, ¡oh madre que me concebiste!, anuncias a tus amigas delante de este palacio?
YOCASTA
¡Oh hija!, tus hermanos mueren.
ANTÍGONA
¿Qué dices?
YOCASTA
Han resuelto pelear en singular combate.
ANTÍGONA
¡Ay de mí! ¿Qué oigo, madre?
YOCASTA
Nueva nada grata; pero sígueme.
ANTÍGONA
¿Adónde? ¿Abandonaré mi tálamo virginal?
YOCASTA
Al ejército.
ANTÍGONA
Me avergüenzo de presentarme delante de tantos guerreros.[227]
YOCASTA
Tu propio interés exige que no te avergüences ahora.
ANTÍGONA
¿Y qué he de hacer, pues?
YOCASTA
Poner término a la enemistad de tus hermanos.
ANTÍGONA
¿Y de qué manera, ¡oh madre!?
YOCASTA
Prosternándote conmigo en tierra.
ANTÍGONA
Precédeme al atravesar las filas, que no es ocasión de vacilar.
YOCASTA
Pronto, pronto, hija mía; porque si llegamos a tiempo, antes que mis hijos comiencen el combate, podré vivir; si ya han muerto, moriré también con ellos.
EL CORO
Estrofa. — ¡Ay, ay, ay! Trémulo de horror, trémulo está mi pecho; mi compasión, mi compasión por esta desdichada madre me hace estremecer. ¿Cuál de sus dos hijos llenará al otro de sangre? ¡Ay de mis sufrimientos! ¡Oh Zeus! ¡Oh tierra! La muerte, atravesando sus escudos, separará de sus cuerpos dos cuellos fraternales, dos almas de hermanos. ¡Cuán desdichada, cuán desdichada soy! ¿A cuál de los dos lloraré cuando muera?
Antístrofa. — ¡Oh tierra, tierra! Dos fieras, dos almas sedientas de sangre decidirán con la lanza de su suerte; después, como enemigos, sí, como enemigos, regarán la tierra. ¡Desventurados, que nunca debieran pelear frente a frente! Prorrumpiendo en bárbaros clamores, y llorosa, gemiré como a los muertos agrada. Pronto se decidirá el duelo; este día verá su término. ¡Nefanda, nefanda muerte, obra de las Furias! Pero veo a Creonte, que se acerca triste a este palacio; enjugaré mis lágrimas.
CREONTE
¡Ay de mí! ¿Qué he de hacer? ¿Lloraré mi desgracia, o lloraré la de la ciudad, envuelta por todas partes en negra nube, como para ser sumergida en el Aqueronte?[228] Mi hijo ha muerto por la patria y ha conseguido inmortal renombre, pero debo deplorarlo; lo recogí en la gruta del dragón, muerto por su mano, y, desventurado, lo traje yo mismo y llené todo el palacio con mis clamores. Yo, anciano, vengo a buscar a mi hermana Yocasta, también anciana, para que lave y tribute los últimos deberes a mi hijo difunto, pues conviene que el que vive honre a los muertos y adore piadosamente al dios de los infiernos.
EL CORO
Tu hermana ha salido del palacio, ¡oh Creonte!, y con ella su hija Antígona.
CREONTE
¿Adónde y para qué? Dímelo.
EL CORO
Supo que sus hijos decidirían en singular combate cuál de los dos había de mandar en este real palacio.
CREONTE
¿Qué dices? Yo, que solo me cuido del cadáver de mi hijo, no he venido a saber esto.
EL CORO
Ya hace tiempo que se fue tu hermana; yo creo, ¡oh Creonte!, que los hijos de Edipo terminaron ya su duelo a muerte.
CREONTE
¡Ay de mí! Señal de esto será lo que veo; un mensajero de semblante y ojos tristes, que anunciará la conclusión de todo.
EL MENSAJERO
¡Desdichado de mí! ¿Qué diré? ¿Cómo me lamentaré?
CREONTE
¡Ay de nosotros! Tu exordio no promete nada bueno.
EL MENSAJERO
¡Ay de mí!, vuelvo a exclamar otra vez; anuncio tristes males.
CREONTE
¿Tienes que añadir alguno a los que ya han sucedido?
EL MENSAJERO
Los hijos de tu hermana no ven ya la luz, ¡oh Creonte!
CREONTE
¡Ay, ay! Gran daño me anuncias, y también a esta ciudad. ¡Oh palacio de Edipo!
EL CORO
Lloraría si pudiese.
CREONTE
¡Oh calamidad sin ejemplo! ¡Cuántos son mis males! ¡Cuánta mi desdicha! ¡Cuán grande mi infortunio![229]
EL MENSAJERO
¡Si supieses lo que ha ocurrido después!...
CREONTE
¿Alguna otra desgracia más grave?
EL MENSAJERO
Tu hermana ha muerto con sus dos hijos.
EL CORO
Llorad, llorad, y con las blancas manos golpead vuestra cabeza.
CREONTE
¡Oh mísera Yocasta! ¡Cuál ha sido el fin de su vida y de sus nupcias, desde que la Esfinge vio adivinados sus enigmas! ¿Cómo se han dado la muerte los dos hijos de Edipo? ¿En qué pararon las maldiciones de este? Cuéntamelo.
EL MENSAJERO
Ya sabes cómo nos favoreció la fortuna en las murallas; no está tan lejos su recinto para que ignores lo sucedido en ellas. Después que los jóvenes hijos del viejo Edipo se vistieron las armaduras de bronce (los dos capitanes, generales los dos),[230] se adelantaron con firmeza en medio de las filas para decidir la suerte de la guerra en singular combate. Mirando hacia Argos, Polinices profirió esta súplica: «Tuyo soy, ¡oh Hera veneranda!,[231] desde que me casé con la hija de Adrasto y habito en su territorio; concédeme que mate a mi hermano y que llene con su sangre mi diestra victoriosa. Pido nefanda corona: matar a mi hermano». Muchos lloraron al pensar en su desdicha, y se miraban unos a otros con tristes miradas. Eteocles, dirigiéndose al templo de Palas, la del escudo de oro, habló así: «Concédeme, ¡oh hija de Zeus!, que mi brazo y mi mano hundan en el pecho de Polinices mi lanza vencedora, y que lo mate por haber venido a destruir su patria». Después que sonó la trompeta tirrénica, clara como la luz de una antorcha,[232] señal del sangriento combate, en veloz carrera se embistieron uno y otro, y como jabalíes que aguzan sus crueles colmillos, despidiendo relámpagos sus ojos y revolviéndolos en todos sentidos, trabaron la pelea, llenos sus labios de espuma. Primero comenzaron el duelo con las lanzas, pero evitaban los golpes bajo sus escudos circulares y no los alcanzaba el hierro. Si el uno veía los ojos del otro por encima de su clípeo, dirigía la lanza contra su rostro, ansioso de herirlo antes; mas siempre se resguardaban con cautela debajo de sus escudos para que no los ofendiese el arma mortífera. Más sudor corría por los cuerpos de los amigos de entrambos, llenos de temor, que por los de los mismos combatientes; pero Eteocles, tropezando en una piedra, ofreció a su adversario un blanco; entonces lo acometió Polinices y le atravesó la pierna con el asta argiva, y todo su ejército lo alentó con un grito unánime. El que primero fue herido, al ver descubierto el hombro de su hermano Polinices, reuniendo sus fuerzas quiso alcanzarlo con la lanza, y reanimó las esperanzas de los descendientes de Cadmo; pero se le rompió al mismo tiempo, y se encontró desarmado. Retrocedió, y tirándole una piedra partió a su vez la de su contrario por el centro; ya era igual la lucha, puesto que los dos carecían de lanzas. Empuñaron entonces las espadas y pelearon de cerca; juntando sus escudos hacían gran ruido, envolviendo el uno al otro. Eteocles se acordó en este instante de un ejercicio tesalio que había aprendido en ese país; cesando en sus ataques cuerpo a cuerpo, echó atrás el pie izquierdo, resguardando sus entrañas, y adelantando el derecho le hundió en el vientre la espada y se la clavó hasta las costillas. El desdichado Polinices, sin fuerzas para sostenerse, cayó en tierra anegado en sangre. Y el vencedor, poniendo a un lado su espada, lo despojaba de sus armas sin acordarse de otra cosa. Esto lo perdió, porque Polinices, que había caído primero, conservando la suya en su deplorable caída, aunque ya con escaso vigor, la introdujo, sin embargo, en el hígado de Eteocles. Los dos mordieron la tierra y juntos cayeron, y quedo indecisa la victoria.
EL CORO
¡Ay, ay, Edipo, cuántos son sus males! ¡Cómo me hacen llorar! Los dioses han realizado tus imprecaciones.
EL MENSAJERO
Oye las desgracias que acaecieron, a más de las dichas. Mientras los hijos exhalaban en tierra el alma, llegó su mísera madre. Viéndolos heridos de muerte, gimió así: «Tarde, ¡oh hijos!, vengo a socorreros». Abrazaba ya al uno, ya al otro, y lloraba, y de sus ojos corrían dos ríos de lágrimas, y acompañábale en sus sollozos Antígona, la hermana de los muertos, y decía: «¡Oh báculos de mi vieja madre! ¡Oh hermanos muy amados, que impedís con vuestra discordia mi himeneo!».[233] El rey Eteocles, revolviendo en su pecho un horrible suspiro, oyó a su madre y la presentó su mano trémula, pero no habló, sino la saludó con lágrimas de sus ojos, significándole su amor. El otro respiraba aún, y mirando a su hermana y a su anciana madre, dijo así: «Morimos, ¡oh madre!; me compadezco de ti y de esta hermana mía, y de mi hermano muerto; nació para amarme, fue mi enemigo y lo amé, sin embargo. Sepultadme, ¡oh madre y hermana!, en mi país natal, y aplacad a la ciudad irritada; que al menos posea ese pedazo de tierra suyo, ya que perdí mi palacio. Con tu mano, ¡oh madre!, cierra mis ojos (y él mismo la llevó a ellos), y sed felices; ya las tinieblas me cercan». Los dos exhalaron el alma a un mismo tiempo. Pero la madre, así que presenció estos horrores, vencida por el dolor, arrancó del cadáver la espada y ejecutó una acción atroz: con el acero se atravesó el cuello, y yace muerta entre sus dos hijos muy amados, abrazada a ambos. Gran alboroto se promovió en los dos ejércitos; nosotros decíamos que había vencido nuestro rey, ellos que Polinices; los capitanes también disputaban, y mientras los argivos sostenían que Polinices había herido el primero con su lanza, los cadmeos afirmaban que, muertos los dos, ninguno había alcanzado la victoria. Corrimos a las armas; nosotros, los cadmeos, por una inspiración providencial, no habíamos abandonado nuestros escudos, y como los argivos no estaban ya defendidos por sus carros, los atacamos de repente, y no resistieron el choque; los fugitivos llenaban los campos, y ríos de sangre corrían de los cadáveres, heridos por las lanzas. Como ganamos la batalla, unos en trofeo ofrecieron a Zeus una estatua, otros los escudos de los argivos muertos, y, ricos con sus despojos, entramos en la ciudad. Algunos, con Antígona, traen aquí los cadáveres para que los lloren sus amigos. Esta batalla ha sido en parte muy afortunada para Tebas, en parte fecunda en desdichas.
EL CORO
Nuestros oídos no serán solo los que conozcan los males del real linaje: nuestros ojos verán los tres cadáveres delante de los atrios, y sus almas yacen en el reino de las tinieblas, y han muerto los tres a un tiempo.
(Mientras pronuncia el coro estos versos, llegan los conductores de los tres cadáveres y hacen alto en la timele. Antígona viene también con ellos y entona este canto):
ANTÍGONA
No vengo velando mis tiernas mejillas cubiertas de rizos, ni ocultando su purpúreo carmín con el rubor que tiñe mi rostro virginal, sino como una infernal bacante sin sujetar con la redecilla mis cabellos[234] y desatada la estola,[235] color de azafrán, para llorar a los muertos y presidir sus funerales. ¡Ay, ay, ay de mí! ¡Oh Polinices, no has desmentido tu nombre! ¡Ay de mí! ¡Ay de Tebas! Tu querella, mal digo tu querella, tantas muertes horribles, acumuladas unas sobre otras, han perdido al linaje de Edipo y lo han envuelto en sangre cruel, en triste sangre. ¿A qué cantor, a qué poeta llamaré para que llore, ¡oh palacio!, ¡oh palacio!, cuando traigo estos tres cuerpos ensangrentados, unidos por los lazos del parentesco, una madre y sus hijos, delicias de Erinis?[236] Sí, Erinis resolvió acabar con el linaje de Edipo desde que adivinó, sagaz, los oscuros enigmas de la Esfinge, pérfida poetisa, y la hizo morir. ¡Ay de mí, oh padre! ¿Qué griego o bárbaro, o qué otro noble mortal de los pasados tiempos sufrió tantos males ni derramó tantas lágrimas como yo? ¿Qué ave posada en el ramaje del abeto o de la encina igualará en sus lamentos a los míos, huérfana de madre? Ayes y sollozos expresarán mi dolor; yo viviré solitaria, derramando siempre perenne llanto. ¿A quién lloraré? ¿A quién ofreceré primero las primicias de mis cabellos? ¿A los pechos de mi madre que me alimentaron con su leche, o a las funestas heridas de mis dos hermanos? ¡Ay, ay! Deja, ¡oh padre anciano!, tu palacio; acude con tus ojos que no ven; que todos, ¡oh Edipo!, contemplen tu triste vejez, la penosa vida que arrastras en tu morada después que tú mismo te cegaste. ¿Me oyes tú, que vagas por el palacio y arrastras tus trémulos pasos por el aposento en que duermes?
EDIPO
¿A qué quieres, ¡oh hija!, traerme a la luz con mis vacilantes pasos y sacarme con tus misérrimas lágrimas del tenebroso tálamo en que siempre vegeto, para ofrecer a las gentes esta blanca[237] y vana imagen del éter, sombra infernal o fugitivo fantasma?
ANTÍGONA
Oye la fatal nueva que voy a anunciarte, ¡oh padre!: no verán ya la luz tus hijos ni tu esposa, que junto a tu báculo cuidaba siempre de dirigir tus pasos trémulos. ¡Oh padre, ay de mí!
EDIPO
¡Ay de mí! ¡Ay de mis males! Solo me es dado gemir así, clamar de esta manera. Di, ¡oh hija!: ¿cómo murieron? ¿Cómo estas tres almas abandonaron la luz?
ANTÍGONA
No para escarnecerte ni insultarte, sino con dolor mío lo digo: tu genio infausto, armado del acero y del fuego, y ávido de crueles combates, acometió también a tus hijos. ¡Ay de mí, oh padre!
EDIPO
¡Ay, ay de mí!
ANTÍGONA
¿Por qué gimes así?
EDIPO
¡Oh hijos!
ANTÍGONA
Mayor sería tu pena si vieses la cuadriga del sol y contemplares estos cuerpos exánimes al esplendor de sus rayos.
EDIPO
Los males de mis hijos a todos son manifiestos; pero ¿cómo ha muerto mi mísera esposa, ¡oh hija!?
ANTÍGONA
Derramando en presencia de todos lúgubres lágrimas, mostraba a sus hijos su pecho; sí, lo mostraba como dolorida suplicante. Encontrolos junto a la puerta Electra, en el prado en que crece el loto, peleando con sus lanzas en lucha fratricida como leones de una misma cueva, llenos de sangrientas heridas, y ofreciendo ya libaciones de su sangre helada al infernal Hades, aunque eran obra de Ares. Arrancó de los muertos la espada de bronce, y la introdujo en su cuerpo, y cayó con dolor al lado de sus hijos. Sea cual fuere el dios autor de las calamidades de nuestra familia, hoy, ¡oh padre!, se ha desencadenado como nunca.
EL CORO
Fuente de muchos males para el linaje de Edipo ha sido este día. ¡Ojalá que su vida sea más feliz en adelante!
CREONTE
Acábese el llanto, que ya es tiempo de acordarnos de los funerales. Oye, ¡oh Edipo!, estas palabras: tu hijo Eteocles me ha instituido heredero de su imperio, como dote de Hemón[238] cuando celebre sus nupcias con Antígona. Yo no consentiré que tú vivas en Tebas: claramente dijo Tiresias que nunca será afortunada esta ciudad mientras residas en ella. Vete, pues; y no te lo digo por escarnecerte, ni como enemigo, sino a causa de las furias que te atormentan, y temiendo los males que podrá sufrir este país.
EDIPO
¡Oh destino! Desgraciado como pocos he sido desde que me engendraste. Antes que mi madre me diese a luz, cuando aún no me había concebido, Apolo profetizó a Layo que yo lo mataría. ¡Oh desventurado de mí! Y después que nací, mi padre decretó mi muerte, mirándome ya como a enemigo, pues que fatalmente había de perecer a mis manos, y como presa que les era debida me arrojó a las fieras cuando solo deseaba mamar, y así me salvé. ¡Ojalá que el Citerón se hubiese sumergido en los profundos abismos del Tártaro! Y después que, infortunado, maté a mi padre, subí al lecho de mi mísera madre, y engendré hijos que eran también mis hermanos, y los he perdido, profiriendo contra ellos las imprecaciones que Layo pronunciara contra mí. No soy tan insensato que, sin la influencia de algún dios, hubiese hecho contra la vida de mis hijos y contra mis ojos lo que ya sabéis. Pero así y todo, ¿qué partido tomaré ahora? ¿Quién me acompañará y guiará mis trémulos pasos? ¿Será esta, ya muerta? De cierto sé que lo haría si viviera. ¿Serán mis hijos? ¡Ay, bienaventurada yunta! Ya no existen. ¿Soy yo joven bastante para proporcionarme el sustento? ¿De dónde? ¿Por qué, ¡oh Creonte!, me anonadas así de un solo golpe? Me matarás, sin duda, si de aquí me expulsas. No me rebajaré abrazando tus rodillas; no desmereceré de mi antigua nobleza por adversa que me sea la fortuna.
CREONTE
Bien has pensado en no estrechar mis rodillas, que yo no he de consentir por eso que estés aquí más tiempo. Menester es que se lleven ya estos muertos al palacio; arrojad sin sepultura, fuera de los límites de este país, el cadáver de Polinices, que vino con otros enemigos a arruinar su patria. Hágase saber a todos los tebanos que, cualquiera que fuere aprehendido coronándolo o cubriéndolo con tierra, pagará con la vida su delito. Tú, Antígona, enjuga ya las lágrimas que derramas por estos tres cadáveres, y vuélvete al palacio, y vive como las vírgenes, esperando el día en que dormirás en el lecho de Hemón.
ANTÍGONA
¡Oh padre, cuántos son nuestros males! Más mereces tú que te llore que los muertos: los infortunios que te agobian, ¡oh padre!, no son graves ni leves, sino que eres horriblemente desdichado. A ti pregunto yo ahora, ¡oh nuevo tirano!: ¿por qué condenas a un muerto inofensivo?
CREONTE
Es orden de Eteocles, no mía.
ANTÍGONA
Necia, sin embargo, y necio tú también que la obedeces.
CREONTE
¿Cómo? ¿No es justo obedecer lo que se manda?
ANTÍGONA
No, si es injusto e impío.
CREONTE
¿Cómo, pues? ¿No será justo abandonar a los perros el cadáver de Polinices?
ANTÍGONA
La pena que le impones no es legítima.
CREONTE
Ha sido enemigo de su patria, cuando por su nacimiento no debía serlo.
ANTÍGONA
¿Con su muerte no ha expiado su delito?[239]
CREONTE
Pero que además lo expíe careciendo de sepultura.[240]
ANTÍGONA
¿Por qué crimen, si reclamaba la parte de reino que le pertenecía?
CREONTE
Ten entendido que este hombre no será enterrado.
ANTÍGONA
Yo lo sepultaré aunque lo prohíba la ciudad.
CREONTE
Te sepultarás con él.
ANTÍGONA
Glorioso es, sin duda, que dos que se aman yazgan juntos en un mismo sepulcro.
CREONTE
Prendedla y llevadla al palacio.
ANTÍGONA (abrazando el cadáver).
De ningún modo; no soltaré este cadáver.
CREONTE
Lo ha decretado así un dios, ¡oh virgen!, no quien tú sospechas.
ANTÍGONA
Y decretado está también que no se insulte a los muertos.
CREONTE
Que nadie cubra este cuerpo con deleznable polvo.
ANTÍGONA
¡Suplícote por mi madre Yocasta, que ves aquí!
CREONTE
Vana es tu súplica; no lo conseguirás.
ANTÍGONA
Déjame al menos que lo lave.
CREONTE
También lo han prohibido los ciudadanos.
ANTÍGONA
Siquiera vendaré sus mortales heridas.
CREONTE
De ninguna manera honrarás a este muerto.
ANTÍGONA (abrazando de nuevo el cadáver).
Te besaré el rostro tan solo, ¡oh hermano!, el más amado.
CREONTE
No llorarás por este, estando tan próximo tu himeneo.
ANTÍGONA
¿Crees acaso que, mientras viva, me casaré con tu hijo?
CREONTE
Mucho lo necesitas; ¿cómo, pues, osarás rehuirlo?
ANTÍGONA
Se repetirá aquella noche de boda de las Danaides.
CREONTE
¿Oís la criminal amenaza que me hace?
ANTÍGONA
Sea testigo este acero: esta espada responderá de lo que digo.
CREONTE
¿Por qué intentas oponerte a este himeneo?
ANTÍGONA
Acompañaré en su destierro al más desdichado de los padres.
CREONTE
Noble es tu propósito, pero poco prudente.
ANTÍGONA
Y también moriré con él, para que lo sepas todo.
CREONTE
Vete; no matarás a mi hijo;[241] deja este país. (Retírase Creonte).
EDIPO
Alabo, ¡oh hija!, tu decidida abnegación.
ANTÍGONA
Y si yo me caso, ¿vivirás solo, padre mío?
EDIPO
Sé aquí dichosa; yo sufriré mis males con paciencia.
ANTÍGONA
¿Quién te cuidará ciego, ¡oh padre!?
EDIPO
Cuando el destino me haga sucumbir, yaceré en tierra.
ANTÍGONA
¿Qué fue de aquel Edipo y de sus preclaros enigmas?
EDIPO
Murió: un día me hizo feliz, otro me perdió.
ANTÍGONA
Luego yo debo compartir tus desdichas.
EDIPO
Vergonzoso es para una hija ser desterrada con su ciego padre.
ANTÍGONA
No, que es honroso para la hija modesta, ¡oh padre!
EDIPO
Guíame para que palpe el cuerpo de tu madre.
ANTÍGONA
Hela aquí; toca a esta anciana muy querida.
EDIPO
¡Oh madre! ¡Oh esposa muy amada!
ANTÍGONA
¡Vedla en tierra, moviendo a compasión, víctima de todos los males!
EDIPO
¿En donde están los cadáveres de Eteocles y de Polinices?
ANTÍGONA
Aquí yacen, uno junto a otro.
EDIPO
Pon mi mano ciega en sus infortunados rostros.
ANTÍGONA
Helos aquí; toca con ella a tus hijos exánimes.
EDIPO
¡Oh cadáveres queridos, desdichados hijos de un padre también desdichado!
ANTÍGONA
¡Oh Polinices, nombre muy amado!
EDIPO
Ahora, ¡oh hija!, se cumple el oráculo de Apolo.
ANTÍGONA
¿Cómo, pues? ¿Anuncias nuevos males?
EDIPO
Que moriré en Atenas desterrado.
ANTÍGONA
¿En dónde? ¿Qué torre del Ática te servirá de asilo?
EDIPO
La sagrada Colono[242] y el templo del dios ecuestre. Pero vamos, guía mis ciegos pasos, ya que deseas acompañarme al destierro.
ANTÍGONA
Estrofa 1.ª[243] — Anda, emprende tu mísera peregrinación; dame la mano querida, ¡oh padre anciano! Yo te llevaré como el viento lleva a las naves.
Aquí, aquí, anda hacia mí; aquí, aquí, pon tus pies, padre, que tus fuerzas son de vano fantasma.
EDIPO
Estrofa 2.ª — Ya me voy, ¡oh hija! Guía mis pasos, desdichada.
ANTÍGONA
Antístrofa 1.ª — Yo soy, yo soy la más mísera de las vírgenes tebanas.
Antístrofa 2.ª — A mis compañeras amadas dejo mis lágrimas para memoria, y me ausento errante de mi país natal, no como acostumbran las vírgenes. ¡Ay de mí! Famosa seré en el mundo por mis piadosos sentimientos, pues intento consolar a un padre desventurado.
EDIPO
Estrofa 3.ª — Destierro infausto es el de un anciano a quien expulsan de su patria. La justicia castiga los delitos de los mortales, pero horrible, horrible es mi desgracia.
ANTÍGONA
Antístrofa 3.ª — Mísera yo, que sufre afrenta mi hermano; yacerá insepulto lejos del palacio de sus padres; mísero él, a quien yo debo enterrar ocultamente, aunque muera.
EDIPO
Estrofa 4.ª — ¿En dónde asiento mi trémulo pie? Dame el báculo, ¡oh hija! Yo soy el que adivinó los enigmas de la vencedora poetisa, y la precipitó en el abismo.
ANTÍGONA
Antístrofa 4.ª — ¿Recuerdas ahora la gloria que alcanzaste triunfando de la Esfinge? ¡Olvida, olvida tu pasada dicha! Aguárdante horribles sufrimientos, ¡oh padre!, y morir lejos de tu patria en cualquier parte.