Toca entonces mi diestra.
HELENA
Tócola, pues, y te juro que, muerto, dejaré también la luz.
MENELAO
Y yo, sin ti, acabaré mi vida.
HELENA
¿Y cómo moriremos gloriosa muerte?
MENELAO
Después de inmolarte en este sepulcro, me suicidaré. Mas primeramente acometeremos por tu posesión peligrosa lucha. Acérquese quienquiera, no ajaré la gloria ganada en Troya, ni volveré a la Grecia para servir de mofa, ya que Tetis perdió por mi causa su hijo Aquiles, y presencié la muerte de Áyax Telamonio, y vi sin hijo al que engendró Neleo.[353] Después de esto, ¿no osaré morir por mi esposa? Sí, sin duda, porque si son sabios los dioses, cubrirán de leve tierra el sepulcro del varón esforzado que muera a manos de sus enemigos, pues en el duro suelo echan sobre los cobardes pesada carga.
EL CORO
¡Oh dioses, que alguna vez sea afortunado el linaje Tantáleo, y se vea libre de males!
HELENA
¡Desventurada de mí! ¡Funesta es mi suerte, oh Menelao! Todo se acabó para nosotros. Del palacio sale la fatídica Teónoe. La puerta suena, las barras crujen; huye. Pero ¿a qué huir? Ya esté ausente, ya presente, sabe que has llegado. ¡Oh infeliz de mí, cuán cierta es mi muerte! Lejos ya de Troya y de los bárbaros, por segunda vez te amenazan bárbaras espadas.
TEÓNOE (que sale del palacio, precedida
de dos
esclavas con antorchas).
Precédeme tú, llevando la brillante luz de las antorchas, y purifica con azufre el aire, como manda la religión, para que aspiremos las auras puras del cielo.[354] Que la llama lustral alumbre el sendero, por si alguno lo ha hollado, profanándolo con su pie impío, y sacude la antorcha ardiente antes que yo pase; y observando el rito que me han enseñado los dioses, llevad otra vez el fuego al hogar doméstico. (Volviéndose hacia Helena). ¿Qué hay, Helena? ¿Qué dices de mis vaticinios? Vino al fin tu esposo Menelao: este es, sin sus naves y sin tu imagen. (A Menelao). ¡Oh desventurado!, de cuántos trabajos te libra tu venida, y no sabes si volverás a tu patria o si te quedarás aquí; causa de discordia eres entre los dioses, y hoy mismo, en presencia de Zeus, celebrarán consejo para decidir de tu suerte. Hera, hasta ahora tu enemiga, te ama ya, y quiere que vuelvas a Esparta con Helena, para que sepa la Grecia que fueron falsas las nupcias de Alejandro, don de Afrodita. Esta diosa se opone a vuestro regreso, temiendo duras reconvenciones, no se crea que ganó la palma de la belleza por la promesa que hizo a Paris de casarlo con Helena.[355] En mi mano está la postrera resolución de este asunto, ya perdiéndote, como Afrodita desea, si digo a mi hermano que estás aquí, ya salvándote la vida, si me inclino al parecer de Hera y lo oculto a mi hermano, que me ordenó participarle tu venida. ¿Quién irá a anunciarle a Teoclímeno que está aquí Menelao, para librarme de responsabilidad?
HELENA
¡Oh virgen!, suplicante caigo a tus rodillas, y en tan humilde postura permaneceré impetrando tu gracia en nuestro favor, puesto que apenas encuentro a mi esposo cuando lo veo en peligro de muerte; no reveles a Teoclímeno su llegada a mis brazos, que tanto le aman; sálvalo, que te lo pido suplicante; por tu hermano no faltes a tu piedad, conciliándote su amor mala e injustamente. Dios odia la violencia, y nos manda que conservemos cuanto nos pertenezca, prohibiéndote el empleo de la fuerza. De todos los hombres es la tierra y el cielo, y conviene que los poderosos no se apropien lo ajeno, ni tampoco lo arrebaten. Hermes, por orden divina, pero con harta desdicha mía, me confió a tu padre, encargándole que me guardase para este esposo que ha venido ahora, ávido de recobrarme. ¿Cómo podrá lograrlo si muere? ¿Cómo me entregará viva al que no existe? Piensa, pues, en lo que debes al divino numen y a la religiosa memoria de tu padre, y si Hermes y él han de devolver o no ajeno depósito. Yo, en verdad, creo que sí. No ha de ser preferido tu hermano inicuo a tu honrado padre. Porque siendo tú profetisa, y creyendo en los dioses, te olvidas de la gloriosa justicia de tu padre por congraciarte con tu injusto hermano. Te deshonrarás si conociendo todas las cosas divinas, y cuánto es y no es, ignoras lo que es justo. Líbrame, pues, de los malos que me afligen, compadeciéndote de mi desdicha; no hay mortal que no aborrezca a Helena, a la que en Grecia fue infiel a su marido y habitó después en el opulento palacio de los frigios. Si vuelvo a mi patria y otra vez entro en Esparta y saben que han sido víctimas de los artificios de las diosas,[356] y que yo no falté a mis amigos, me devolverán mi honesta fama, casaré a mi hija, virgen ahora, y tranquila y dichosa gozaré de mis riquezas. Si Menelao hubiese muerto y el fuego de la pira lo consumiera, ausente y separada de él siempre lo lloraría; pero ¿me lo arrebatarán ahora, vivo y en salvo? Que no sea así, ¡oh virgen!, yo te lo ruego; de todo corazón te suplico que me concedas esta gracia, y que imites al piadoso Proteo: es en los hijos la mayor gloria, si nacieron de padres buenos, imitar las costumbres de los autores de sus días.
EL CORO
Digna eres tú de lástima, y a compasión mueven tus palabras; pero deseo oír a Menelao defendiendo su vida.
MENELAO
No me es posible caer a tus rodillas, ni humedecer con lágrimas mis párpados; disminuiría muy mucho la gloria que gané en Troya, si mostrase timidez, aunque, según dicen, es de nobles corazones llorar en la adversidad. Pero nunca lo haré, decoroso y todo como es, en desdoro de mi fortaleza. Pero si te place libertar a un extranjero que con derecho quiere recuperar a su esposa, devuélvemela y sálvame además; si así no piensas, por grande que sea mi desdicha presente, igual a las pasadas, tú parecerás siempre mujer injusta. Diré, pues, a este monumento lo que es digno de mí, lo que creo justo y lo que tocará tu corazón, recurriendo a tu padre: «¡Oh anciano!, que habitas en este sepulcro de dura piedra, dame mi esposa, que yo te la pido, la que te entregó Zeus en depósito, para que me la guardases. Sé que, muerto, no me la devolverás jamás; pero tu hija no sufrirá que se invoque vanamente a su padre, que yace bajo la tierra, y que se aje su fama, en vida tan gloriosa; en su mano está el hacerlo. ¡Oh infernal Hades!, también imploro tu auxilio, ya que por causa de Helena recibiste a tantos en tu reino que murieron al filo de mi espada, y fueron tu recompensa: o restitúyelos la vida, u obliga a Teónoe a devolverme mi esposa, si su poder no ha de superar al de su piadoso padre». Si me arrebatáis a Helena, os expondré las razones que ha callado ella. Un juramento me obliga, ¡oh virgen!, a pelear primero con tu hermano, y él o yo hemos de morir; nada hay más sencillo. Y si no nos encontramos uno frente a otro, y el hambre nos sitia, mientras yacemos suplicantes en este túmulo, he resuelto matar a esta y hundir después mi espada de dos filos en mis entrañas, para que corra dentro la sangre y ambos muramos sobre sus pulimentadas piedras, que serán testimonio de perpetuo dolor para ti y de la deshonra de tu padre. Ni tu hermano ni otro alguno se casará nunca con ella, que yo me la llevaré, ya que no a mi patria, al menos a los infiernos. Pero ¿por qué digo esto? Si femenil molicie me hiciera derramar lágrimas, sería más digno de lástima que haciendo alarde de mi entereza. Mata, pues, si lo deseas, que no será sin gloria mía; o, más bien, sigue mi consejo, para que seas justa, y yo recibiré a mi esposa.[357]
EL CORO
En tu mano está, ¡oh doncella!, decidir esta contienda. Falla, pues, y contenta a todos.
TEÓNOE
Amo la piedad por natural inclinación, no por la fuerza, y no me olvido de mí misma, y no mancharé la gloria de mi padre ni obtendré el favor de mi hermano llenándome de ignominia. Por naturaleza tributo a la justicia el más respetuoso culto, y ya que heredé de Nereo don inestimable,[358] intentaré salvar a Menelao. Hera desea favorecerte, y yo seguiré su dictamen; séame propicia Ciprina, aunque nunca me ha servido, pues quiero permanecer siempre virgen. Respecto a la invocación que hiciste a este sepulcro de mi padre, pienso como tú; obraré injustamente si no te la devuelvo, que él, si viviera, te la entregaría para que la poseyeses, porque en el infierno y en el cielo hay una justicia que venga las maldades de todos los hombres. El alma de los que mueren, propiamente no vive si no siente su inmortalidad cuando camina en alas del sempiterno Éter.[359] Para acabar en pocas palabras, accederé a tu súplica, guardando silencio, y no ayudaré a mi hermano en su necio empeño. Aunque no lo parezca, es un verdadero beneficio borrar su impiedad y traerlo al buen sendero. Buscad, pues, vosotros el medio de resolver estas dificultades; yo me retiro, y os prometo callarme. Pero comenzad vuestra obra suplicando a los dioses, y especialmente a Afrodita, que os deje volver a vuestra patria, y rogad a Hera que persista en su propósito de salvaros. A ti, ¡oh mi difunto padre!, jamás llamarán impío habiendo sido piadoso. (Entra en el palacio).
EL CORO
Nunca fue el injusto afortunado; solo en la justicia hay esperanza de salud.
HELENA
Nos salvamos en cuanto depende de esta virgen. Menester es ahora que veamos el medio de librarnos de estos males.
MENELAO
Oye, pues, tú que has estado largo tiempo en este palacio y has vivido con los servidores del rey.
HELENA
¿Por qué lo dices? Me infundes alguna esperanza que podrás hacer algo en nuestro provecho.
MENELAO
¿Podrías persuadir a alguno de los que tienen cuadrigas que nos diese una?
HELENA
Sí. Pero ¿cómo hemos de huir no conociendo estos campos y tierras bárbaras?
MENELAO
¿Dices que es imposible? ¿Y si ocultándome en el palacio mato al rey con esta cuchilla de dos filos?
HELENA
No lo sufriría su hermana, ni se callaría tampoco, sabiendo que intentabas matarlo.
MENELAO
Ni aun nave tenemos en donde huir, en el mar está la única que poseíamos.
HELENA
Óyeme, si es que la mujer puede hablar con prudencia.[360] ¿Quieres fingirte muerto?
MENELAO
De mal agüero es eso; pero si hemos de ganar algo, preparado estoy a morir de esa manera, no en realidad.
HELENA
Y yo golpearé mis mejillas delante de ese rey impío, y cortaré mis cabellos y me lamentaré amargamente.
MENELAO
¿Y de que nos servirá? Algo callas.
HELENA
Pediré licencia al tirano para ocultarte en un cenotafio, como si hubieses muerto en la mar.
MENELAO
Supongamos que la concede. ¿Cómo nos escaparemos sin nave, si depositas mi cuerpo en un cenotafio?
HELENA
Le rogaré que me conceda una, en la cual llevaremos tus fúnebres galas para lanzarlas a las olas del mar.
MENELAO
¡Qué bien me parece! El único inconveniente que se me ocurre, es que si manda que me sepultes en tierra es inútil tu invención.
HELENA
Pero diremos que en Grecia no es costumbre sepultar en la tierra a los que perecieron en la mar.
MENELAO
También apruebo esto. ¿Y yo navegaré contigo, y en la misma nave irán mis fúnebres galas para arrojarlas a la mar?
HELENA
Es necesario que subas en ella[361] cuanto antes con tus compañeros de navegación que se libraron del naufragio.
MENELAO
Y cuando me embarque, echada el áncora, cada griego, armado de su espada, podrá atacar a nuestros enemigos.
HELENA
A ti te toca esto: que los vientos nos sean después favorables para llenar nuestras velas y dirigir nuestro rumbo.
MENELAO
Basta ya; los dioses pondrán término a mis sufrimientos. Pero ¿cómo dirás que supiste mi muerte?
HELENA
Diré que de ti la supe; tú fingirás que eres el único que se ha salvado cuando navegabas con el hijo de Atreo, y que lo viste morir.
MENELAO
Y al contemplar estos harapos que cubren mi cuerpo, restos del naufragio, quedará más convencido.
HELENA
A propósito vinieron; lástima ha sido que se perdieran tus vestidos; pero acaso este mal redundará en beneficio nuestro.
MENELAO
¿He de entrar contigo en el palacio, o permaneceremos en este sepulcro?
HELENA
Quédate aquí, porque si emplea contra ti la fuerza, este sepulcro y tu espada podrán defenderte. Yo entraré en el palacio, y cortaré antes mis cabellos, y en vez de vestidos blancos me los pondré negros, y con mis manos llenaré de sangre mis mejillas. Grande es el peligro, y resultará una de dos cosas: o moriré si descubren nuestro artificio, o volveré a mi patria, salvándote. ¡Oh Hera veneranda! que yaces en el lecho de Zeus, protege a dos desdichados que te lo ruegan tendiendo sus brazos al cielo, en donde habitas entre sus espléndidos astros. Y tú, Afrodita, que obtuviste la palma de la belleza al precio de mis nupcias, no me pierdas. Bastante daño me has hecho ya, dando a los bárbaros mi nombre, no mi cuerpo. Si quieres que muera, que sea en mi patria. ¿Nunca te compadecerás de los míseros mortales, olvidándote de amores, artificios y engaños, manantial de sangre que brota del seno de las familias, seducidas por tus dulces atractivos? Si te moderases serías la diosa más amada de los hombres. Nada más diré. (Vase).
EL CORO
Estrofa 1.ª — Ruiseñor de triste canto, rey de las aves cantoras, que revuelas gozoso en las umbrías arboledas habitadas por las musas; ven a acompañar mis lamentaciones y modula tus trinos con tu garganta, recordando los trabajos de la mísera Helena y las desdichas deplorables de los hijos de Troya, vencidos por las lanzas griegas, cuando guiado por Afrodita vino Paris, tu infausto esposo, ¡oh Helena!, turbando la mar con bárbaros remeros, y llevándose de Lacedemonia la compañera de Menelao, tan funesta a los hijos de Príamo.
Antístrofa 1.ª — Muchos aqueos sufrieron dolorosa muerte, ya atravesados por la lanza, ya heridos por las piedras, obligando a cortar sus cabellos a sus esposas, que desde entonces yacen viudas en solitario hogar. A muchos perdió también el marino que usa un solo remo y alumbra con luz ardiente la isla de Eubea,[362] encendiendo luminar engañoso, y arrastrándolos a las rocas Cafereas o a las costas del mar Egeo. Funestos fueron los montes sin hospitalarios puertos, cuando el soplo de las tempestades llevó a Menelao lejos de su patria, acompañado de bellísimo portento, vestido a la bárbara usanza, causa de contienda entre los griegos, sagrada imagen que formó Hera de la niebla.
Estrofa 2.ª — ¿Qué hombre de los que investigan la razón de todo podrá afirmar que hay dioses o que no los hay, viéndolos girar en todos sentidos por los accidentes más imprevistos?[363] Tú, ¡oh Helena!, hija de Zeus que transformado en ave te engendró en el seno de Leda, infame has sido en la Grecia, que te llama deshonesta, traidora, pérfida e impía, y al fin no sé lo que creerán los hombres. Pero la palabra de los dioses ha sido para mí verdadera.
Antístrofa 2.ª — Insensatos sois cuantos ansiáis bélica gloria, dirimiendo neciamente las míseras contiendas humanas con la punta de la guerrera lanza. Si ha de resolverlas lucha sangrienta, nunca huirá la discordia de las ciudades. También invadió los lechos nupciales de la tierra de Príamo, cuando por medios pacíficos hubiesen podido arreglar sus encontradas pretensiones acerca de tu posesión, ¡oh Helena! En el Orco yacen ahora los troyanos, y la llama arrasó, cual rayo de Zeus, las murallas, y unas desdichas siguen a otras, y nunca cesan las calamidades que afligen a los míseros troyanos. (Mientras canta el Coro, Menelao se esconde detrás del sepulcro de Proteo. Así permanece oculto a la vista de Teoclímeno, que llega del campo acompañado de monteros y perros).
TEOCLÍMENO
Salve, sepulcro de mi padre: a la puerta de mi palacio te sepulté, ¡oh Proteo!, atento solo a mi salvación, y siempre tu hijo Teoclímeno, cuando sale o entra en él, te saluda respetuosamente, ¡oh padre mío! Vosotros, servidores, llevad a la regia estancia los perros y las redes de las fieras.[364] Muchas veces me he arrepentido de no castigar a los malvados con la muerte. Y ahora poco supe que cierto griego había arribado públicamente a esta costa y engañado a los espías, ya él también lo sea, ya trate de robar a Helena; pero morirá si cae en mis manos. ¡Hola! Ya, según parece, ha realizado su propósito, porque, abandonando el sepulcro, la hija de Tindáreo ha huido en alguna nave de este país. Eh, servidores, abrid las puertas, desatad los caballos y sacad los carros, para que en cuanto pueda no me engañen, arrebatándome la esposa que deseo. (Sale Helena del palacio vestida de luto, cortados los cabellos y derramando lágrimas). Pero no os mováis, que en el palacio está la que vamos a perseguir, y no ha huido. ¡Hola! ¿Por qué te vistes de negro, no de blanco, y has cortado con el hierro los cabellos de tu bella cabeza y lloras, regando tus mejillas lágrimas abundantes? ¿Te hacen gemir nocturnos sueños o la fama te ha traído triste nueva, llenándote de aflicción?
HELENA
¡Oh señor!,[365] que ya te debo llamar así, muerta soy. Completa es mi ruina, todo se acabó ya para mí.
TEOCLÍMENO
¿Qué calamidad te aqueja? ¿Qué ha ocurrido?
HELENA
Menelao, ¡ay de mí!, ¿cómo lo diré?, ha muerto.
TEOCLÍMENO
No creas que me alegra esa noticia, aunque por otra parte me haga feliz. ¿Cómo lo has sabido? ¿Te lo dijo acaso Teónoe?
HELENA
Ella me lo dijo, y además quien presenció su muerte.
TEOCLÍMENO
¿Ha llegado acaso alguno que lo anuncie con toda certeza?
HELENA
Sí, y ojalá que se presente como yo deseo.
TEOCLÍMENO
¿Quién es? ¿En dónde está? Quiero saberlo con seguridad.
HELENA
El que se sienta trémulo cerca de este monumento. (Aparece entonces Menelao).
TEOCLÍMENO
¡Oh Apolo!, y qué traza tan miserable es la tuya.
HELENA
¡Ay de mí! Paréceme que veo a mi marido.[366]
TEOCLÍMENO
¿Cuál es la patria de este hombre y de dónde viene?
HELENA
Es griego, y uno de los aqueos que navegaban con mi esposo.
TEOCLÍMENO
¿Y dice cómo pereció Menelao?
HELENA
Del modo más deplorable, en las húmedas ondas del mar.
TEOCLÍMENO
¿En qué paraje bárbaro navegaba?
HELENA
La tempestad le arrojó contra los escollos inaccesibles de la Libia.
TEOCLÍMENO
Y estando en la misma nave de Menelao, ¿cómo no pereció también?
HELENA
A veces los malos son más afortunados que los buenos.
TEOCLÍMENO
Y el recién venido, ¿en dónde dejó los restos de la nave?
HELENA
En donde valiera más que hubiese muerto, en vez de Menelao.
TEOCLÍMENO
Murió, pues. ¿Qué buque ha traído a ese mensajero?
HELENA
Según dice, lo recogió uno que sobrevino en el momento del naufragio.
TEOCLÍMENO
¿Y qué se hizo de la calamidad que en tu lugar estuvo en Troya?
HELENA
¿Aludes a mi vaporosa imagen? Se desvaneció en el aire.
TEOCLÍMENO
¡Oh Príamo y míseros troyanos, cuán vanamente perecisteis!
HELENA
Víctima soy también de las desdichas de los troyanos.
TEOCLÍMENO
¿Dejó insepulto a tu marido, o lo enterró?
HELENA
Dejolo insepulto. ¡Ay de mi desventura, ay de mis males![367]
TEOCLÍMENO
¿Y por eso cortaste los rizos de tu blonda cabellera?
HELENA
Ámolo siempre, aunque yazga en los infiernos.
TEOCLÍMENO
¿Y es verdad que deploras esta desdicha?
HELENA
¿Es fácil acaso ocultarla a tu hermana?[368]
TEOCLÍMENO
De ninguna manera. Y después de esto, ¿continuarás habitando en este sepulcro?[369]
HELENA
¿Por qué me mortificas con preguntas y ni aun a los muertos respetas?
TEOCLÍMENO
Fiel eres, sin duda, a tu esposo, negándote siempre a acceder a mis deseos.
HELENA
Pero ya no; dueño eres de mi mano.
TEOCLÍMENO
Tarde has consentido, y sin embargo lo apruebo.
HELENA
¿Sabes lo que has de hacer? Olvidémonos de lo pasado.
TEOCLÍMENO
¿Bajo qué condición? Un favor se paga con otro.
HELENA
Hagamos las paces; roconcíliate conmigo.
TEOCLÍMENO
Desaparezca, pues, mi indignación contra ti, y que el viento la lleve.
HELENA (arrojándose a sus pies).
Por estas rodillas te ruego, ya que me amas...
TEOCLÍMENO
¿Qué deseas, suplicándome así?
HELENA
Que me dejes sepultar a mi difunto esposo.
TEOCLÍMENO
¿Cómo, pues? ¿Se sepulta a los ausentes? ¿Enterrarás acaso una sombra?
HELENA
Es costumbre entre los griegos, si alguno muere en la mar...
TEOCLÍMENO
¿Qué se hace? Astutos son los Pelópidas en tales ocasiones.
HELENA
Sepultar el vacío tejido de un peplo.[370]
TEOCLÍMENO
Celebra sus funerales; levántale un túmulo en el campo, en donde quisieres.
HELENA
No sepultamos así a los navegantes que murieron.
TEOCLÍMENO
¿Cómo, pues? Ignoro los ritos funerarios de los griegos.
HELENA
Lanzamos al mar cuanto se consagra al muerto.
TEOCLÍMENO
¿Qué quieres, pues, que te conceda en su favor?
HELENA
No lo sé. (Mirando a Menelao). Nuevo es para mí todo, habiendo sido antes feliz.
TEOCLÍMENO
¡Oh extranjero!, grata nueva has anunciado.
MENELAO
No para mí, al menos, ni tampoco para el difunto.
TEOCLÍMENO
¿Cómo sepultáis a los muertos que perecieron en la mar?
MENELAO
Con arreglo a la fortuna de cada uno.
TEOCLÍMENO
No repares en gastos y di lo que quieras, que lo conseguirás, si algo vale mi amor a Helena.
MENELAO
Primeramente se les ofrecen libaciones de sangre.
TEOCLÍMENO
¿Sangre de qué? Dilo, que se te facilitará cuanto quieras.
MENELAO
Manda tú lo que mejor te parezca; bastará lo que dieres.
TEOCLÍMENO
Entre los bárbaros se acostumbra inmolar un caballo o un toro.[371]
MENELAO
Pero no nos hagas algún presente que sea de poco valor.
TEOCLÍMENO
En mis numerosos rebaños no escasean nobles víctimas.
MENELAO
Y se lleva un lecho preparado, por supuesto sin el cadáver.
TEOCLÍMENO
Se cumplirán tus deseos. ¿Y qué otra cosa falta con arreglo a vuestros ritos?
MENELAO
Bronceadas armas, porque era aficionado a ellas.
TEOCLÍMENO
Dignas del hijo de Pélope serán las que te demos.
MENELAO
Y además cuantas bellas flores produzca la tierra.
TEOCLÍMENO
¿Y para qué? ¿De qué manera arrojáis a la mar todo esto?
MENELAO
Necesitamos una nave con sus remeros.
TEOCLÍMENO
¿Y a qué distancia se ha de alejar de la tierra?
MENELAO
Apenas se han de ver desde la orilla las ondas que la cerquen.
TEOCLÍMENO
¿Con qué objeto? ¿Quién instituyó entre los griegos esta costumbre?
MENELAO
Para que las ofrendas no sean rechazadas por las olas contra la costa.
TEOCLÍMENO
Pondré a vuestra disposición ligera nave fenicia.
MENELAO
Basta esto, y lo agradecerá Menelao.
TEOCLÍMENO
¿Y puedes hacerlo sin el concurso de Helena?
MENELAO
Al contrario, ha de presidir la madre, la esposa o los hijos.
TEOCLÍMENO
¿Ella, pues, según dices, ha de celebrar las exequias de su marido?
MENELAO
Piadosa obligación es para los justos no defraudar las legítimas esperanzas de los muertos.
TEOCLÍMENO
Así sea. Interésame que sea piadosa la compañera de mi lecho. Iré, pues, al palacio y enviaré las fúnebres galas; y cuando te vayas, no será con las manos vacías, si en algo estimo el favor que Helena me dispensa. Por haberme traído tan fausta nueva, recibirás, en vez de tus sórdidos harapos, un nuevo traje y abundantes provisiones, para que puedas volver a tu patria, ya que tu estado es tan miserable. Tú, ¡oh desventurada!, no te atormentes deplorando una desgracia irreparable. Se ha cumplido el destino de Menelao, y muerto ya, no puede resucitar.
MENELAO (a Helena).
Deber tuyo es, ¡oh joven!, amar a tu esposo mientras exista, y cuando muera no acordarte de él; paréceme lo mejor que puedes hacer ahora. Si llego con felicidad a la Grecia, lavaré tu antigua mancha, si, como espero, te comportas cual debes con tu marido.
HELENA
No lo dudes; no podrá quejarse, como tú mismo has de ver. Pero entra, ¡oh desventurado!, lávate y deja esos harapos. No tardaré en probarte mi bondad. Con más afición harás a mi querido Menelao sus exequias, si de nosotros consigues lo que mereces. (Vanse los tres).
EL CORO
Estrofa 1.ª[372] — La rústica madre de los dioses recorrió en otro tiempo con pies ligeros los agrestes bosques, y atravesó las corrientes de los ríos, y las ondas del mar que resuena gravemente buscando a su perdida hija, que no debemos nombrar,[373] mientras las báquicas campanillas se agitaban con ruido, y al carro de la diosa, tirado por fieras, acompañaban ágiles doncellas, en busca de la que fue arrebatada de los coros virginales, y Artemisa, armada de sus saetas, y Palas, de semblante adusto, empuñando la lanza. Pero Zeus, mirándolas desde el cielo...
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
otra cosa decretaba.
Antístrofa 1.ª — Cuando después de vagar incesante descansó de sus trabajos la afligida madre y supo el pérfido rapto de su hija, tan difícil de hallar, recorrió las nevadas rocas de las ninfas del Ida, y se arrojó llorosa sobre los peñascos cubiertos de nieve; y como el arado no surcaba los campos, nada producían para los mortales, y el hambre azotaba a los pueblos; no brotaba lozana y abundante hierba, alegre pasto de los ganados; faltó el alimento a las ciudades, cesaron los sacrificios a los dioses, las ardientes libaciones no regaban las aras y de las húmedas fuentes no manaban límpidas aguas; anunciaba todo el dolor que sentía por la pérdida de su hija.
Estrofa 2.ª — Cuando los dioses y el linaje humano llegaron a carecer de su ordinario sustento, Zeus, para aplacar la ira funesta de la triste madre, dijo: «Andad, Gracias venerandas, id a desvanecer con vuestro canto la aflicción de Deméter, airada por el rapto de su hija, y vosotras, Musas, cantad himnos en vuestro coro». Afrodita, la más bella de los bienaventurados, tocó primero la resonante trompeta, y tomó el tambor, cubierto de piel, y sonrió la diosa, y cogió en sus manos la flauta de sonido grave, deleitándose con sus modulaciones.
Antístrofa 2.ª — (A Helena). Y te olvidaste, orgullosa, de celebrar en tu aposento tan santa fiesta, e incurriste en la cólera de la divina madre, ¡oh hija!, no sacrificando a los dioses. Mucho pueden, en verdad, las pieles de los manchados cervatillos, y las sagradas férulas, y las fuentes ceñidas de hiedra, y las ondulaciones que en el aire imprimen las campanillas dispuestas en círculo, y la cabellera desordenada de las bacantes, y las fiestas nocturnas de la diosa ...
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Pero solo te envanecías con tu hermosura.
HELENA (que sale del palacio con Menelao, ya armado).
Todo va bien en el palacio, ¡oh amigas! La hija de Proteo, que favorece nuestro engaño, interrogada por su hermano acerca de la muerte de mi marido, que estaba presente, no lo ha descubierto; al contrario, dijo que había muerto y que ya no veía la luz. Muy importante es para mi esposo tan oportuno beneficio; lleva las armas, que debe lanzar al mar, y embrazando el escudo con siniestra mano, y empuñando con la diestra la lanza, se prepara a celebrar conmigo tan gratos funerales. No esquivará así la pelea, y triunfará de innumerables bárbaros cuando entremos en la nave, armada de numerosos remos. Ya dejó los vestidos de náufrago y se puso otros, y yo misma le ayudé a lavarse en agua de río, después de tanto tiempo. Pero debo callar, porque sale del palacio quien se lisonjea de celebrar conmigo en breve su himeneo; ruégote (Al Coro) que me pruebes tu afecto, y que cierres tus labios, si es posible, para que todos nos salvemos.
TEOCLÍMENO
Adelantaos en buen orden, servidores, a celebrar las marinas exequias, como ha dispuesto el extranjero. Tú, Helena, obedéceme, si no te desagrada mi consejo; quédate aquí; lo mismo honrarás a tu marido presente que ausente. Temo que tu aflicción y tristes recuerdos te trastornen lo bastante para que te precipites también a las olas del mar; aunque no asistas a esa ceremonia, lo llorarás, sin embargo, cuanto quieras.
HELENA
¡Oh ínclito esposo mío!, necesario es que yo honre al primero que visitó mi lecho nupcial tan grande es mi amor a él, que quisiera morir también. Pero ¿de qué servirá? Déjame, pues, que vaya y que celebre sus exequias. Que los dioses te concedan lo que deseo, y a este extranjero que ahora nos ayuda.[374] Y en el palacio seré para ti tan buena esposa como anhelas, por los beneficios que a Menelao y a mí dispensas. Parece que la fortuna protege estos funerales; pero manda que nos entreguen la nave en que hemos de llevarlo todo, para que el favor sea completo.
TEOCLÍMENO (a uno de sus servidores).
Ve tú y dales una nave sidónica de cincuenta remos, con los necesarios remeros.
HELENA
¿Pero no manejará el timón el que ha dispuesto los funerales?
TEOCLÍMENO
Sin duda, y lo obedecerán mis marineros.
HELENA
Repite, pues, tus órdenes con toda claridad.
TEOCLÍMENO
Lo mandaré dos y hasta tres veces, si quieres.
HELENA
Que seas feliz y que el mejor éxito corone mis proyectos.
TEOCLÍMENO
No llores demasiado, que marchitarás tu belleza.
HELENA
Hoy sabrás hasta dónde llega mi gratitud.
TEOCLÍMENO
Vano trabajo nos tomamos por los muertos.
HELENA
Aquí y allí hay algunos a quienes aludo.
TEOCLÍMENO
En mí tendrás un esposo en nada inferior a Menelao.
HELENA
Exento estás de culpa; solo falta que me proteja la fortuna.
TEOCLÍMENO
De ti dependo, si me amas.
HELENA
Hace ya tiempo que aprendí a estimar a los amigos.
TEOCLÍMENO
¿Quieres, acaso, que yo te acompañe y gobierne la nave?
HELENA
No, rey, que no has de servir a tus esclavos.
TEOCLÍMENO
Ea, pues, olvidemos ya los ritos de los hijos de Pélope; puro está nuestro palacio, pues Menelao no expiró en él. Anuncíese a mis sátrapas que me traigan presentes nupciales; conviene que en todo mi reino resuenen faustos epitalamios por mi himeneo con Helena, y que celebre mi dicha. Vete, extranjero, y cuando abandonares en los brazos de la mar al primer esposo de esta, vuelve pronto a mi palacio con Helena para solemnizar mis bodas, ya regreses luego a tu patria, ya prefieras quedarte con nosotros y ser feliz. (Retírase).
MENELAO
¡Oh Zeus!, llamado padre y dios sabio, míranos y líbranos de nuestros males, y ayúdanos diligente, ya que hasta ahora arrastro penosa cadena de males. Basta que nos toque tu dedo, y alcanzaremos la dicha que deseamos. Innumerables trabajos hemos sufrido ya. Muchas veces, ¡oh dioses!, os he invocado en vano para que os compadezcáis de mis miserias; no siempre he de ser desdichado; concededme al fin próspera fortuna. Acceded ahora a mis ruegos, y seré después feliz. (Vase con Helena).
EL CORO
Estrofa 1.ª — Veloz nave fenicia de Sidón, que cortas las ondas mugidoras,[375] amada de los remeros, y precedes danzando a los graciosos coros de los delfines, cuando los vientos no agitan las olas; que Galanea,[376] la azulada hija del Ponto, diga así: «Tended las velas a las marinas brisas, y empuñad los remos de abeto, ¡oh marineros!, y llevad a Helena a los puertos de Perseo».[377]
Antístrofa 1.ª — (A Helena). Cerca de la corriente del río[378] hallarás a las doncellas Leucípides,[379] o ante el templo de Atenea, mezclándote al fin, aunque tarde, en los coros o en las fiestas nocturnas de Jacinto,[380] muerto a manos de Apolo cuando intentó llegar a la meta con el disco, origen de las fiestas anuales que fundó entonces en la Laconia el hijo de Zeus. Y casarás a la tierna doncella[381] que dejaste en su casa ... pues todavía no han lucido en su honor las antorchas.
Estrofa 2.ª — ¡Ojalá que aladas cortáramos los aires, formando escuadrón como las aves líbicas,[382] cuando emigran huyendo del invierno, obedientes a la voz de su capitán, resonando a su paso por los campos áridos y los llenos de frutos! ¡Oh aves de largo cuello, que rivalizáis con las nubes, llegad hasta las Pléyades y el nocturno Orión, y anunciad, deteniéndoos en la orilla del Eurotas, que Menelao, después de tomar a la ciudad de Dárdano, volverá a su patria!
Antístrofa 2.ª — Surcando el aire de vuestro carro, venid al fin, hijas de Tindáreo, que habitáis en el cielo bajo los torbellinos de los brillantes astros, y velad por Helena en el mar azulado, y en sus olas espumosas y cerúleas, enviando desde vuestra morada vientos propicios a los navegantes; no consentid que llene a vuestra hermana de ignominia su bárbaro himeneo, resultado de la contienda del Ida, causa para ella de graves penas, aunque nunca haya pisado las torres febeas[383] del Ilión.
EL MENSAJERO
¡Oh rey!, muy oportunamente te encuentro en tu palacio; pronto oirás males inesperados.
TEOCLÍMENO
¿Qué hay?
EL MENSAJERO
Busca otra mujer, que Helena desapareció ya de aquí.
TEOCLÍMENO
¿Volando, u hollando la tierra?
EL MENSAJERO
Menelao, el mismo que se presentó a anunciarte su propia muerte, se la llevó en la nave.
TEOCLÍMENO
¿Qué prodigio cuentas? ¿Pero cúyo era el bajel en que huyeron? Increíble es lo que dices.
EL MENSAJERO
El mismo que cediste al extranjero. En una palabra, se escapó con tus marinos.
TEOCLÍMENO
¿Cómo? Deseo saberlo. No puedo creer que uno solo haya vencido a tantos como te acompañaban.
EL MENSAJERO
Después que la hija de Zeus se encaminó desde este palacio a la orilla del mar, astuta, andaba con molicie, y gemía al lado de su esposo, no en verdad muerto. Cuando llegamos a la cerca en que se guardan tus naves, sacamos a la mar un bello buque sidonio, que contaba cincuenta remos con sus bancos. Todos trabajaban a porfía: uno preparaba el mástil, otro ponía el remo al alcance de su mano, estos desataban las blancas velas, aquellos soltaban las riendas del timón. Mientras nos afanábamos así, ciertos griegos, compañeros de viaje de Menelao, que nos esperaban, se acercaron a la orilla, vestidos como náufragos y de escuálido aspecto, al menos en la apariencia. Cuando los vio el hijo de Atreo, les habló así, fingiendo dolor engañoso: «¡Oh desdichados!, ¿en qué lancha os salvasteis? ¿Qué nave griega os trajo? ¿Queréis acompañarnos a celebrar los funerales del difunto Atrida, al cual, aunque ausente, tributa los últimos honores la hija de Tindáreo, que aquí veis?». Ellos, derramando falsas lágrimas, entraron en la nave, ofreciendo a Menelao las libaciones que él mismo hacía a la mar. Mas nosotros empezábamos ya a desconfiar y hablábamos unos con otros, viendo la multitud que llenaba el buque, y callábamos, sin embargo, obedientes a tus órdenes insensatas, pues habías mandado que el extranjero manejase el timón. Ya todo estaba pronto, no con mucho trabajo, y solo faltaba que el toro salvase el tablado por donde se entraba en la nave; mugía, revolviendo los ojos a todas partes, y bajaba la cabeza y nos miraba, sin permitir que nos acercásemos. Entonces exclamó el marido de Helena: «Vosotros los que derribasteis a Troya, ¿no cargaréis al toro en vuestros hombros, como los griegos acostumbran, y lo arrojaréis a la proa, y mi cuchilla, ya pronta, herirá la víctima, que se ha de inmolar al muerto?». Ellos, dóciles a su mandato, se apoderaron de él y lo llevaron a las tablas de la nave, y Menelao, acariciando su cuello y su frente, sujeta con un solo nudo, lo hizo entrar en ella. Al fin, después que todo estuvo preparado, subió Helena las escalas con sus pies bellos, y tomó asiento en medio de la nave, y junto a ella Menelao, el que se decía difunto. Los griegos, sin separarse unos de otros, formando grupos iguales a la derecha y a la izquierda de ambos, sentáronse también, ocultando sus espadas bajo los vestidos. Al oír la voz del capitán de los remeros, resonaron en la mar nuestros clamores. Cuando estábamos a cierta distancia de la tierra, el piloto que regía el timón hizo esta pregunta: «¿Navegamos más allá, ¡oh extranjero!, o nos quedamos aquí, ya que tú eres nuestro capitán?». Él dijo «Basta», y empuñando la espada en la diestra se encamino a la proa a degollar al toro, aunque sin hacer mención del muerto, y al cortar su cuello, se expresó así: «¡Oh marino Poseidón, que habitas en el salado piélago, y castas hijas de Nereo, de aquí llevadme en salvo, con mi esposa, hasta la costa Nauplia!». Ya la sangre saltaba a borbotones a la mar, feliz presagio de la navegación del extranjero. Alguno exclamó entonces: «Nos engaña, marineros, retrocedamos; tú ordena la maniobra, y tú da vuelta al timón». Pero el hijo de Atreo, así que mató al toro, derecho, en medio de sus compañeros, los exhortó con estas palabras: «¿Por qué titubeáis, ¡oh flor de la Grecia!, en degollar y matar a estos bárbaros y en arrojarlos a la mar?». Tu prefecto entonces, por la otra parte, arengó de esta suerte a los marineros: «¿No habrá quien empuñe un trozo de lanza, quien rompa un banco, ni quien arranque un remo para resistir, como nos sea posible, a estos extranjeros?». Y todos se levantaron, unos con remos y otros con espadas. La sangre corrió por el navío. Helena animaba así a los suyos desde la popa: «¿Qué se hizo de la gloria que ganasteis en Troya? Probad vuestro esfuerzo contra estos bárbaros». Caían unos, que se precipitaban demasiado, otros se levantaban y otros yacían sin vida. Pero Menelao, bien armado, observaba cuándo cedían sus compañeros, y acudía allí, esgrimiendo sus armas hasta echarnos del buque y quitar los remos a tus marineros. Después, apoderándose del timón, dirigió el rumbo hacia la Grecia. Levantaron el mástil, soplaron vientos favorables, y se alejaron de la costa. Yo, por evitar la muerte, me tiré al mar junto al áncora, y me echaron una cuerda desde la orilla, que me salvó, y llegué a tierra para anunciarte lo ocurrido. Nada es tan útil a los hombres como una prudente desconfianza.
EL CORO
Nunca hubiese creído, ¡oh rey!, que Menelao en persona te engañase a ti y a nosotros, como lo ha hecho.
TEOCLÍMENO
¡Desventurado de mí, víctima de artificios mujeriles! Desvaneciéronse mis bodas. Si pudiese salir en persecución de la nave y apoderarme de ella, me consolaría, vengándome pronto de los extranjeros; ahora castigaré a mi hermana, que me ha vendido, y que, viendo a Menelao en mi palacio, no me lo dijo. No volverá a engañar a nadie con sus vaticinios.
EL CORO
¿Adónde te diriges, señor? ¿Vas a derramar sangre?
TEOCLÍMENO
Adonde me lleva la justicia. Pero no me lo impidas.
EL CORO
No soltaré tu vestido: te precipitas en vasto abismo de males.
TEOCLÍMENO
¿Y mandarás a tu señor, siendo su esclavo?
EL CORO
Bien sé lo que digo.
TEOCLÍMENO
No lo creeré, si no me dejas...
EL CORO
Al contrario, no te dejaremos...
TEOCLÍMENO
Matar a mi hermana, malvada si las hay...
EL CORO
Te equivocas; es la más piadosa.
TEOCLÍMENO
Que me vendió...
EL CORO
Traición honrosa en verdad, para que no fueses injusto.
TEOCLÍMENO
Entregando mi esposa a otro...
EL CORO
Que tiene más derecho a ella.
TEOCLÍMENO
¿Quién es dueño de lo mío?
EL CORO
El que la recibió de su padre.
TEOCLÍMENO
Pero la fortuna me la dio.
EL CORO
Y el destino te la quitó.
TEOCLÍMENO
Tú no eres juez de mis asuntos.
EL CORO
Sin duda, si son más sensatas mis palabras.
TEOCLÍMENO
Luego servimos, no mandamos.
EL CORO
Para ser piadoso, no para cometer injusticias.
TEOCLÍMENO
Paréceme que deseas la muerte.
EL CORO
Mata. No consentiré que sacrifiques a tu hermana. Aquí me tienes. Nada glorifica tanto a nobles esclavos como morir por sus dueños.
LOS DIOSCUROS
Refrena, ¡oh Teoclímeno!, rey de este país, la ira que te extravía; somos los gemelos Dioscuros, hijos de Leda y hermanos de Helena, que huyó de tu palacio. Te enfureces al verte obligado a renunciar a un himeneo que no aprobaba el destino; ni Teónoe, tu hermana, la doncella que nació de la diosa nereida, te hizo injuria; adora a los dioses y obedece los justos mandatos de tu padre. Hasta ahora debía Helena residir en tu palacio; pero arruinada Troya y desvaneciéndose su imagen, obra de Hera, ha de unirse otra vez a su primer esposo, y volver a su palacio y habitar en su compañía. Aleja, pues, de tu hermana la negra espada, y no dudes que su conducta ha sido prudente. Ya ha mucho tiempo que protegemos a Helena, desde que Zeus nos hizo dioses; pero cedimos al destino y a las deidades autoras de estos sucesos. Tales son las palabras que te dirigimos. Tú, ¡oh hermana!, navega con tu marido; soplará viento favorable, velarán por ti tus hermanos gemelos y, cabalgando a tu lado en los mares, te llevaremos a tu patria. Y cuando llegues al término de la vida y fallezcas, te llamarán diosa y, con los hijos de Zeus, participarás de los sacrificios: así lo quiere Zeus. Y el lugar en donde te depositó el hijo de Maya, cuando te robó de Esparta, dejando las mansiones celestiales, para que no te llevase Paris, isla que como baluarte se extiende junto al Ática, se llamará Helena en adelante por los hombres,[384] porque te hospedó después de tu rapto. Fatalmente han ordenado también los dioses que Menelao, que tanto ha peregrinado, habitará en las islas Afortunadas. Los dioses no odian a los nobles, y reservan los trabajos para los hombres vulgares, que son innumerables.[385]
TEOCLÍMENO
¡Oh hijos de Leda y de Zeus!; reprimo mi rabia al verme sin vuestra hermana, y no mataré ya a la mía. Que vaya, pues, a su patria, si así place a los dioses. Pero sabed vosotros, unidos a ella por un lazo común de parentesco, que es la mejor y la más casta. Adiós, pues, que noble es su corazón, prenda rara en muchas mujeres.
EL CORO
Varia es la forma sensible con que los dioses nos revelan su voluntad, y muchas veces es contraria a lo que esperábamos; y lo que aguardábamos no sucede, y Dios, sin tener en cuenta nuestros cálculos, resuelve lo que le parece. Así ha sucedido ahora.[386]
FIN DEL TOMO SEGUNDO