CAPÍTULO XXIX

De la famosa aventura del barco encantado.

Y en esto llegaron a orillas del río Ebro y se encontraron allí con un pequeño barco sin remos ni otras jarcias algunas, y ¡es claro! barco sin remos ni otras jarcias y atado en la orilla, ¡aventura al canto! Donde veas algo en facha de espera, es que te espera a ti, no lo dudes. Y si es barco métete en él, desatrácalo y que te lleve a la buena de Dios.

Así hizo Don Quijote y no bien se habían apartado obra de dos varas de la orilla, cuando Sancho, que, como buen manchego, debía de ser hidrófobo, rompió a llorar. Y tan hidrófobo, pues al tentarse para comprobar si habían pasado la línea equinoccial, en pasando la cual mueren los piojos, topó no ya con algo, sino con algos. Y el barco fué a dar a una aceña, en que se hizo trizas, no sin antes haberse ido al agua Don Quijote y Sancho.

Y éste sí que es típico dechado de aventuras de obediencia, más aún que la del león. Recuerda lo que siendo General de la Compañía de Jesús «dijo diversas veces» Íñigo de Loyola, y es que «si el Papa le mandase que en el puerto de Ostia entrase en la primera barca que hallase y que sin mástil, ni gobernalle, sin vela, sin remos, sin las otras cosas necesarias para la navegación y para su mantenimiento, atravesase la mar, que lo haría y obedecería no sólo con paz, mas aun con contentamiento y alegría de su ánimo». (Riv., lib. V, cap. IV.)

¿Y para qué había puesto Dios allí aquel barquichuelo, sino para que, obedeciéndole, embarcase en él Don Quijote a busca de una aventura desconocida? Nadie sabe para qué le es más propio ni cuál la hazaña[2] que le está reservada.

Tu hazaña, tu verdadera hazaña, la que hará valer tu vida, no será acaso la que vayas tú a buscar, sino la que venga a buscarte, y ¡ay de los que van en busca de la dicha mientras está ella llamando a las puertas de su casa! Por algo se dijo lo de que las más grandes obras son obras de circunstancias.