LIBRO QUINTO
EXCELENCIA DE LA DESGRACIA

I
Mario indigente

La vida comenzó á ser difícil para Mario. Comerse la ropa y el reloj no era nada; pero se vió reducido á aquella situación inexplicable, que se llama comerse los codos, cosa horrible, que quiere decir: días sin pan, noches sin sueño y sin luz, hogar sin fuego, semanas sin trabajo, porvenir sin esperanza; la levita rota por las mangas, el sombrero viejo, dando que reir á las muchachas, la puerta que se encuentra cerrada de noche, porque no se paga á la patrona, la insolencia del portero y del hostelero, las risitas burlonas de los vecinos, las humillaciones, la dignidad ultrajada, la ocupación de cualquier clase aceptada, los disgustos, la amargura, el abatimiento. Mario aprendió á tragar todo eso, y á no tener que tragar muchas veces más que eso sólo. En aquel momento de la existencia en que el hombre tiene necesidad de orgullo, porque tiene necesidad de amor, se vió burlado porque andaba mal vestido, y ridículo porque era pobre. Á la edad en que la juventud os inflama el corazón con imperial altivez, bajó más de una vez sus miradas hasta los agujeros de sus botas, y conoció la injusta vergüenza, el punzador bochorno de la miseria. Prueba terrible y admirable de la que los débiles salen infames, y los fuertes sublimes; crisol en que el destino arroja al hombre cuando quiere convertirle en un ser despreciable, ó en un semidiós.

Porque se producen muchas acciones grandes en esas luchas pequeñas. Hay valientes, tercos é ignorados, que se defienden palmo á palmo en la sombra, contra la fatal invasión de las necesidades y de la ignominia. Hay nobles y misteriosos triunfos que no ve ninguna mirada, que ninguna fama recompensa, que ningún clarín saluda. La vida, la desgracia, el aislamiento, el abandono, la pobreza, son campos de batalla que tienen sus héroes, héroes obscuros, pero mas grandes á veces que los héroes ilustres.

Hay naturalezas firmes y raras que han sido así creadas, porque la miseria, que es casi siempre madrastra, es, á veces, madre; la desnudez engendra el vigor del alma y del talento; el desamparo engendra la altivez; el infortunio es una buena leche para los magnánimos.

Hubo una época en la vida de Mario en que él mismo barría su miserable cuarto, en que él mismo iba á comprar un sueldo de queso de Brie á la tienda de la frutera, ó que, esperando para ello la obscuridad del crepúsculo, entraba en la panadería á comprar un panecillo, que llevaba furtivamente á su buhardilla, como si lo hubiese robado. Alguna vez se veía deslizar en la carnicería de la esquina, por entre las bulliciosas cocineras que le codeaban, á un joven desmañado con sus libros bajo el brazo, y cierto aire tímido y furioso, que al entrar se quitaba el sombrero, dejando ver el sudor que corría por su frente; hacía un profundo saludo á la carnicera sorprendida, otro al mancebo de la carnicería; pedía después una chuleta de carnero, la pagaba con seis ó siete sueldos, la envolvía en un papel, la ponía debajo del brazo entre dos libros, y se iba. Aquel joven era Mario. Con aquella chuleta, que asaba él mismo, vivía tres días.

El primer día comía la carne, el segundo se bebía el caldo, y el tercero roía el hueso. Muchas otras veces su tía Gillenormand intentó nuevamente enviarle los sesenta escudos. Mario se los devolvió constantemente, diciendo que nada necesitaba.

Aún llevaba luto por su padre, cuando se verificó en él la revolución que hemos descrito; desde entonces no había abandonado el traje negro; pero el traje negro le abandonó á él. Vino un día en que no tuvo frac; pero aún podía durarle el pantalón. ¿Qué hacer? Courfeyrac, á quién había hecho algunos favores, le dió un frac viejo. Mario hizo que se le volviera del revés por seis reales un portero cualquiera, y se encontró con un frac que tenía todo el aspecto de nuevo. Pero era un frac verde: Mario desde entonces no salió sino después de caer el día, con lo cual hacía que su frac apareciese negro. Queriendo vestir siempre de luto, lo hacía con las tinieblas de la noche.

Á través de todo esto, llegó á tomar el grado y á recibirse de abogado. Creíase que habitaba en el aposento de Courfeyrac, que era decente, y donde, cierto número de obras viejas de jurisprudencia, sostenidas y completadas con tomos de novelas descabaladas, figuraban la biblioteca exigida por los reglamentos.

Hacía que se le dirigiese la correspondencia á casa de Courfeyrac.

Una vez ya abogado, dió Mario parte de ello á su abuelo por medio de una carta fría, pero llena de respeto y sumisión. El señor Gillenormand tomó la carta con cierto temblor, la leyó presuroso, la hizo cuatro pedazos y la arrojó al cesto.

Dos ó tres días después, la señorita Gillenormand oyó á su padre que estaba solo en su cuarto y hablaba en voz alta. Esto le acontecía siempre que se sentía muy agitado. Aplicó el oído; decía el viejo:

—Si no fueras un imbécil, sabrías que no se puede ser á un tiempo abogado y barón.

II
Mario pobre

Pasa con la miseria como con todo. Llega á hacerse posible; acaba por tomar una forma y se acomoda. Vegeta uno, es decir, se desarrolla de cierta manera mezquina, pero suficiente á la vida. He aquí de que modo arregló Mario Pontmercy su existencia.

Había pasado lo más estrecho; el desfiladero se iba ensanchando delante de él. Á fuerza de trabajo, de ánimo, de perseverancia y voluntad, había conseguido sacar de su trabajo unos setecientos francos anuales. Había aprendido el alemán y el inglés; y gracias á Courfeyrac, que le había puesto en relaciones con su amigo el librero, desempeñaba en la literatura librera, el modesto papel de utilidad. Hacía prospectos, traducía periódicos, anotaba ediciones, compilaba biografías, etc.; producto neto, año bueno con malo, setecientos francos. Con ellos vivía. ¿Cómo? No mal. Vamos á decirlo.

Ocupaba Mario en la casucha de Gorbeau, mediante el precio anual de treinta francos, un tabuco sin chimenea, calificado de gabinete, donde no había, en materia de muebles, sino lo indispensable. Los muebles eran suyos. Daba tres francos al mes á la vieja, principal inquilina, para que le barriese el tabuco y le llevase todas las mañanas un poco de agua caliente, un huevo fresco y un panecillo de un sueldo. Con este pan y este huevo almorzaba. Su almuerzo variaba de dos á cuatro sueldos, según estaban los huevos baratos ó caros. Á las seis de la tarde bajaba por la calle de Santiago á comer en casa de Rousseau, frente al mercader de estampas Basset, esquina á la calle de Mathurins. No comía sopa. Tomaba una ración de carne de á seis sueldos, media ración de legumbres por tres, y un postre por tres más. Y finalmente, por otros tres sueldos le daban pan á discreción. En cuanto á vino, bebía agua. Al pagar en el mostrador donde estaba sentada majestuosamente la señora Rousseau, en aquella época, gorda siempre y todavía fresca, daba un céntimo para el mozo, la señora Rousseau le devolvía una sonrisa, y él se iba. Así era como por dieciséis sueldos tenía comida y sonrisa.

El restaurant Rousseau, en el que se desocupaban tan pocas botellas y tantas tinajas, era un calmante mejor que un restaurante.

Ya no existe. El dueño tenía un apodo chocante; llamábanle Rousseau el acuático. Así es que, almorzando por cuatro sueldos y comiendo por diez y seis, le salía el alimento en veinte sueldos diarios, esto es, en trescientos sesenta y cinco francos al año. Agréguense los treinta de alquiler, y los treinta y seis á la vieja, más algunos gastos menores, resulta que por cuatrocientos cincuenta francos, Mario estaba alimentado, alojado y servido. El vestido le costaba cien francos, la ropa blanca cincuenta, y el lavado y planchado cincuenta más, el total no pasaba de seiscientos cincuenta, así es que todavía le quedaban cincuenta. Era rico. Prestaba, cuando llegaba el caso, diez francos á un amigo; Courfeyrac llegó á tomarle un préstamo de sesenta francos. En cuanto á fuego para calentarse, no teniendo como no tenía chimenea, le había «suprimido».

Mario tenía siempre dos trajes completos; uno viejo, «para todos los días», y otro nuevo para las ocasiones. Ambos eran negros. No tenía más que tres camisas, una puesta, otra en la cómoda y otra en casa de la lavandera. Renovábalas á medida que se usaban, y estando casi siempre rotas, se abotonaba el frac hasta la barba.

Para llegar Mario á esa situación floreciente había necesitado años: años rudos, difíciles de atravesar los unos, de salvar los otros; pero Mario no había flaqueado un solo día. Todo lo había sufrido en materia de pobreza; todo lo había hecho, á excepción de contraer deudas. Dábase testimonio á sí propio de no haber debido nunca un céntimo á nadie. En su concepto, una deuda era el principio de la esclavitud. Llegaba á decir que un acreedor es peor que un amo; porque un amo no posee más que la persona, mientras que el acreedor posee la dignidad, y puede abofetearla.

Antes que pedir prestado prefería no comer. Había ayunado muchos días. Conociendo que todos los extremos se tocan y que, si no se pone cuidado, la baja en la fortuna puede conducir á la bajeza del alma, vigilaba celosamente por su altivez. Tal fórmula ó tal paso que, en otra situación, le hubiese parecido deferencia, considerábala ahora rebajamiento, y alzaba su frente. No arriesgaba nada por no querer retroceder. Veíase en su semblante una especie de rubor severo. Era tímido hasta la aspereza.

En todas sus pruebas se sentía alentado, y algunas veces arrastrado por una fuerza secreta que había en su interior. El alma ayuda al cuerpo, y hay momentos en que le sostiene. Es el único pájaro que puede sostener su jaula.

Al lado del nombre de su padre, otro nombre estaba grabado en el corazón de Mario, el de Thénardier. Mario, con su temperamento entusiasta y grave, rodeaba de una especie de aureola al hombre á quien, á su entender, debía la vida de su padre, aquel intrépido sargento que había salvado la vida al coronel entre las balas y la metralla de Waterloo. Nunca separaba el recuerdo de aquel hombre del recuerdo de su padre, y los asociaba juntos en su veneración. Era una especie de culto de dos grados, el altar mayor para el coronel, y el otro menor para Thénardier. Lo que redoblaba la ternura de su agradecimiento era la idea del infortunio en que suponía caído y abismado á Thénardier. Mario había sabido en Montfermeil la ruina y quiebra del infeliz posadero. Desde entonces había hecho grandes esfuerzos para descubrir sus huellas y procurar llegar á él, en aquel tenebroso abismo de miseria en que había desaparecido.

Mario había recorrido todo el país: había estado en Chelles, en Bondy, en Gournay, en Nogent, en Lagny. Durante tres años se había obstinado sin tregua, gastando en sus exploraciones el poco dinero de sus ahorros. Nadie había podido darle noticias de Thénardier; creíanle ausente, en país extranjero. Sus acreedores le habían buscado también, con menos amor que Mario, pero con tanta obstinación, sin haber conseguido echarle mano. Mario se acusaba, y casi se reprendía, el poco acierto de sus pesquisas.

Era la única deuda que le había dejado el coronel, y cifraba su honra en cancelarla. ¡Cómo! pensaba para sí. Cuando mi padre yacía moribundo en el campo de batalla, Thénardier supo dar con él al través del humo y de la metralla, y llevarle sobre sus espaldas; sin embargo, él nada le debía, y yo, que debo tanto á Thénardier, ¡no he de saber encontrarle en la sombra en que agoniza, y llevarle á mi vez, de la muerte á la vida! ¡Oh, yo le encontraré! Por encontrar á Thénardier, en efecto, Mario habría dado un brazo, y por arrancarle de la miseria, toda su sangre. Ver á Thénardier, hacerle un servicio cualquiera, decirle: «¿No me conocéis? ¡Pues yo sí os conozco! Aquí estoy, disponed de mí»; tal era el más dulce y magnífico de los sueños de Mario.

III
Mario crecido

En aquella época, Mario tenía veinte años. Hacía tres que había dejado á su abuelo. De una y otra parte habían quedado sumidos en los mismos términos, sin intentar aproximarse ni tratar de verse. Por otro lado, volver á verse, ¿con qué fin? ¿Para chocar? ¿Quién de ambos habría llevado la razón sobre el otro? Mario era el vaso de bronce, pero el abuelo Gillenormand era la olla de hierro.

Debemos decirlo: Mario se había equivocado con respecto al corazón de su abuelo. Habíase figurado que el señor Gillenormand no le había tenido nunca cariño, y que aquel buen hombre, breve, duro y risueño, que juraba, gritaba, echaba pestes y levantaba el bastón, no le profesaba á todo extremo, más que ese afecto leve á un tiempo y severo de los padres gruñones de comedia. Mario se engañaba. Hay padres que no aman á sus hijos; pero no hay abuelo que no adore á su nieto. Como ya hemos dicho, en el fondo, el señor Gillenormand idolatraba á Mario. Idolatrábale á su modo, con acompañamiento de empujones y hasta de cachetes; pero una vez fuera de su vista el chico, sintió un negro vacío en su corazón; exigió que no le hablaran de él, lamentando por lo bajo de ser tan exactamente obedecido. Al principio esperó que volviera aquel buonapartista, aquel jacobino, aquel terrorista, aquel setembrista. Pero pasaron las semanas, pasaron los meses, pasaron los años, y con gran desesperación de Gillenormand, el bebedor de sangre no volvió.—Yo no podía menos de echarle de casa,—se decía el abuelo, y se preguntaba:—Si volviera á pasar lo mismo, ¿volvería yo á obrar del mismo modo?—Su orgullo respondía inmediatamente que sí; pero su blanca cabeza, que movía en silencio, respondía tristemente que no. Tenía sus horas de abatimiento. Faltábale Mario, y los viejos tienen tanta necesidad de cariño como del sol. Para ellos el afecto también es calor. Por más fuerte que fuése su naturaleza, la ausencia de Mario había producido cierto cambio en él. Por nada del mundo hubiera querido dar un paso hacia «aquel picaruelo»; pero sufría. Nunca preguntaba por él, pero nunca pensaba en otra cosa. Vivía cada vez más retirado en el Marais. Era aún, como en otros tiempos, alegre y violento; pero su alegría tenía una dureza convulsiva, como si contuviese dolor y cólera, y sus violencias terminaban siempre con una especie de abatimiento dulce y sombrío. Estas alternativas se repetían á menudo. Decía algunas veces:—¡Oh! ¡Si volviera, qué cachete se llevaría!

En cuanto á la tía, pensaba harto poco para amar mucho; Mario no era para ella más que una especie de contorno negro y vago, y había acabado por cuidarse de él mucho menos que del gato ó del loro, que ella probablemente tuviese. Lo que acrecentaba el sufrimiento interior del señor Gillenormand, era que se lo guardaba íntegro sin dejar adivinar nada. Su pesadumbre era como uno de esos hornillos de nueva invención que queman su mismo humo. Ocurría á veces que llegaba algún oficioso importuno, y hablándole de Mario, le preguntaba: ¿Qué hace, ó qué le ha pasado á vuestro nieto? El viejo respondía suspirando, si estaba triste, ó sacudiéndose las chorreras, si quería parecer alegre: «El señor barón de Pontmercy hace de abogadillo en algún rincón».

Mientras el abuelo se lamentaba, Mario se aplaudía á sí mismo. Como á todos los buenos corazones, la desgracia le había hecho perder la amargura. Sólo pensaba en el señor Gillenormand con dulzura; pero se había propuesto no recibir nada del hombre que había sido malo para su padre. Era aquello como la traducción mitigada de su primera indignación. Por otra parte, se creía dichoso por haber sufrido, y por sufrir aún, porque lo hacía por su padre. La dureza de su vida le satisfacía y le agradaba.

Decíase, con cierta alegría, que aquello era lo menos, que era una expiación; que sin esto habría sido castigado de otro modo y más tarde, por su impía indiferencia hacia su padre, un padre como el suyo; que no habría sido justo que su padre sobrellevase tantos sufrimientos y él ninguno. Por otra parte, ¿qué eran sus trabajos y su desnudez comparados con la vida heroica del coronel? Y en fin, el único medio de acercarse y asemejarse á su padre era ser tan valiente contra la indigencia como el coronel lo había sido contra el enemigo; y esto era sin duda lo que el coronel había querido decir con estas palabras: será digno de ello. Palabras que Mario seguía llevando, no sobre su pecho, porque había desaparecido el escrito del coronel, sino en su corazón.

Además, el día en que su abuelo le había expulsado no era más que un niño; pero á la sazón era ya un hombre, y así lo sentía. La miseria, repetimos, había sido buena para él. La pobreza en la juventud, cuando acierta á salir adelante, tiene un resultado magnífico, cual es el de dirigir toda la voluntad hacia el esfuerzo, y toda el alma hacia la aspiración. La pobreza pone luego de manifiesto la vida material en toda su desnudez, y la hace horrible; de ahí provienen esos inexplicables impulsos hacia la vida ideal. El joven rico tiene cien distracciones, brillantes y groseras: las carreras de caballos, la caza, los perros, el tabaco, el juego, los banquetes y todo lo demás; ocupaciones de las regiones bajas del alma, á costa de las regiones más altas y delicadas. El joven pobre encuentra gran dificultad en ganar su pan; come, y cuando ha comido, no le queda más que el divagar y soñar. Asiste gratis á los espectáculos que da Dios; contempla el cielo, el espacio, los astros, las flores, los niños, la humanidad entre la que sufre, la creación en la que resplandece. Mira tanto á la humanidad, que llega á ver el alma; mira tanto á la creación, que ve á Dios. Medita, y conoce que es grande; medita más, y conoce que es sensible.

Del egoísmo del hombre que sufre, pasa á la compasión del hombre que medita. Un admirable sentimiento brota en él, el olvido de sí mismo y la piedad para todos. Al pensar en los goces sin número que la naturaleza ofrece, da y prodiga á las almas abiertas, y niega á las almas cerradas; llega á compadecer, millonario de la inteligencia, á los millonarios del dinero. De su corazón va borrándose el odio á medida que va penetrando toda la claridad en su espíritu. Por otra parte, ¿es acaso desgraciado? No; la miseria de un joven no es nunca miserable. Cualquier joven, por pobre que sea, con su salud, su fuerza, su andar vivo, sus ojos brillantes, su sangre que circula ardorosa, sus cabellos negros, sus mejillas frescas, sus labios sonrosados, sus dientes blancos, su aliento puro, dará siempre envidia á un viejo, aunque este sea un emperador. Cada día por la mañana se pone á ganar el sustento, y mientras sus manos ganan el pan, su espina dorsal adquiere gallardía, su cerebro ideas; y cuando concluye el trabajo, vuelve á los éxtasis inefables, á la contemplación, á los goces; vive con los pies en la aflicción, en los obstáculos, en el suelo, en los abrojos, y á veces en el lodo, y con la cabeza en la luz. Es firme, sereno, dulce, pacífico, atento, grave; está satisfecho con muy poco, y benévolo; bendice á Dios que le ha dado dos riquezas de las que carecen muchos ricos; el trabajo que le hace libre, y la inteligencia que le hace digno.

Esto era lo que había pasado por Mario quien, para decirlo todo, se había inclinado tal vez demasiado del lado de la contemplación. Desde el día en que había podido ganar su vida casi con seguridad, se había estacionado, encontrando buena la pobreza, y descontando algo del trabajo, para dárselo al pensamiento; es decir, que pasaba días enteros meditando, sumergido y abstraído como un visionario en las mudas voluptuosidades del éxtasis y de la irradiación interior. Había planteado de este modo el problema de la vida: dar el menor tiempo posible al trabajo material, para dar el mayor tiempo posible al trabajo impalpable; ó en otros términos, dedicar algunas horas á la vida real, y el resto al infinito. No advertía, pareciéndole no carecer de nada, que la contemplación así comprendida acaba por ser una de las formas de la pereza; que se había satisfecho con dominar las primeras necesidades de la vida, y que se entregaba al descanso demasiado pronto.

Era evidente que para aquella naturaleza enérgica y vigorosa, ese no podía ser más que un estado transitorio, y que al primer choque con las inevitables complicaciones del destino, Mario despertaría.

En tanto, y aunque fuése ya abogado, y á pesar de lo que pensaba el señor Gillenormand, no defendía pleitos, no hacía ni siquiera el abogadillo. La meditación le había alejado de la abogacía. Tratar con los procuradores, ir á la audiencia, buscar causas; esto le fatigaba. ¿Y para qué había de hacerlo? Ninguna razón veía para cambiar de modo de vivir. Aquel librero mercantil y obscuro le daba ya trabajo seguro, trabajo poco penoso y que, como acabamos de decir, le bastaba.

Uno de los libreros para quienes trabajaba, creo que el señor Magimel, le había ofrecido emplearle en su casa, alojarle bien, darle un trabajo regular y mil quinientos francos al año. ¡Estar bien alojado! ¡Mil quinientos francos! Es verdad; pero ¡renunciar á la libertad! ¡Estar asalariado! ¡Ser una especie de literato hortera! En el pensamiento de Mario, de aceptar, su posición mejoraba y empeoraba al mismo tiempo; ganaba en bienestar y perdía en dignidad; era una desgracia completa y bella, que se cambiaba en una comodidad fea y ridícula; una cosa así como un ciego convertido en tuerto. Y rehusó.

Mario vivía solitario. Á causa de la afición que tenía á permanecer extraño á todo, y también por haberse espantado demasiado, no había entrado decididamente en el grupo presidido por Enjolrás. Habían quedado como buenos amigos; estaban dispuestos á ayudarse mutuamente cuando llegara el caso y de todas las maneras posibles; pero nada más. Mario tenía dos amigos: uno joven, Courfeyrac, y otro viejo el señor Mabeuf. Inclinábase al viejo, porque en primer lugar, le debía la revolución que en su interior se había verificado, y en segundo, por haber conocido y amado á su padre.

Me ha hecho la operación de la catarata, decía.

Y ciertamente, la intervención de aquel obrero había sido decisiva.

Con todo, Mabeuf no había sido en aquella ocasión más que el agente tranquilo é impasible de la Providencia. Había iluminado á Mario por casualidad y sin saberlo, como hace una vela que lleva cualquiera; él había sido la vela, no el cualquiera.

En cuanto á la revolución política interior de Mario, Mabeuf era incapaz de comprenderla, de quererla y dirigirla.

Como más adelante hemos de encontrar á Mabeuf, no estará de más que digamos sobre él algunas palabras.

IV
El señor Mabeuf

El día en que Mabeuf le decía á Mario: ciertamente, yo apruebo las opiniones políticas, expresaba el verdadero estado de su ánimo. Todas las opiniones políticas le eran indiferentes, aprobándolas todas sin distinción, con tal que le dejasen tranquilo, del mismo modo que los griegos llamaban á las Furias: «las bellas, las buenas, las encantadoras»,Bonaparte las Eumenides. La opinión política del señor Mabeuf consistía en amar apasionadamente las plantas, y sobre todo los libros. Tenía, como todo el mundo, su terminación en ista, sin la cual nadie hubiera podido vivir en aquel tiempo; pero no era ni realista, ni bonapartista, ni carlista, ni orleanista, ni anarquista: era bouquiniste[15].

No comprendía que los hombres se ocupasen en odiarse mutuamente por tonterías, como la Carta, la democracia, la legitimidad, la monarquía, la república, etc., cuando hay en este mundo tantas clases de musgo, de yerbas y de arbustos que poder contemplar, y montones de libros en folio, y aun en treintaidosavo que poder hojear. Guardábase mucho de ser inútil; el tener libros no le impedía leer, y el ser botánico no le impedía ser jardinero. Cuando conoció á Pontmercy, nació entre el coronel y él la simpatía de que, lo que el coronel hacía por las flores, lo hacía él por las frutas. Mabeuf había llegado á conseguir peras de semilla, tan sabrosas como las de San Germán; de una de estas combinaciones ha nacido, á lo que parece, el mirabel de octubre, tan célebre hoy día, y no menos aromático que el mirabel de estío. Iba á misa más bien por bondad que por devoción y porque, gustando del semblante de los hombres, pero odiando su ruido, los veía reunidos y silenciosos sólo en la iglesia. Comprendiendo que todos debemos ser algo en el Estado, había escogido la ocupación de capillero. Por lo demás, no había conseguido nunca amar á ninguna mujer, tanto como á una cebolla de tulipán; ni á un hombre tanto como á un elzevir. Había cumplido hacía ya tiempo sesenta años, cuando cierto día le preguntó alguien:

—¿Pero no habéis estado casado nunca?

—Lo he olvidado,—contestó. Cuando le ocurría alguna vez ¿á quién no le ocurre? decir: «¡Oh, si yo fuése rico!» no lo decía nunca echando el lente á una muchacha bonita, como el señor Gillenormand, sino fijándose en algún libro antiguo. Vivía solo, con una ama vieja. Padecía de gota en las manos, y cuando dormía, sus viejos dedos, entorpecidos por el reuma, se enredaban en los pliegues de las sábanas. Había escrito y publicado una Flora de las cercanías de Cauterets con láminas iluminadas; obra bastante apreciada, cuyas planchas poseía, y vendía por sí mismo. Dos ó tres veces al día llamaban á su puerta de la calle Mezières con ese objeto. Así sacaba muy bien unos dos mil francos al año. En esto consistía casi toda su fortuna. Aunque pobre, había tenido ingenio para hacerse, á fuerza de paciencia, de privaciones y de tiempo, con una colección preciosa de ejemplares raros de todos géneros. Nunca salía sin llevar un libro bajo el brazo, y casi siempre volvía con dos. El único adorno de las cuatro habitaciones del piso bajo que, con un pequeño jardín, componían su vivienda, eran unos herbarios en cuadros y grabados de antiguos maestros. La vista de un sable ó de un fusil le helaba la sangre; en su vida se había acercado á un cañón, ni aun al del cuartel de los Inválidos. Tenía un estómago regular, un hermano cura, el cabello enteramente blanco, nada de dientes en la boca ni en el espíritu, temblor general, acento picardo, risa infantil, fácil al miedo, y el aire de un carnero viejo. Después de eso, no tenía otra amistad ni trato con los vivos, que la de un librero viejo de la Puerta de Santiago, llamado Royol. Era su gran ideal la aclimatación del añil en Francia.

Su criada era igualmente una variedad de la inocencia. La buena vieja era virgen. Sultán, su gato, que hubiera podido maullar el miserere de Allegri en la Capilla Sixtina, había llenado su corazón, y llenaba perfectamente la cantidad de pasión que había en ella. Ninguno de sus pensamientos había llegado hasta el hombre; no había podido ir más allá de su gato, y tenía, como éste, bigotes. Su gloria se cifraba en sus papalinas siempre blancas. Empleaba el tiempo los domingos, después de misa, en contar la ropa blanca en su baúl y en extender sobre su cama vestidos en corte, que compraba y no se hacía nunca. Sabía leer. Mabeuf la llamaba la tía Plutarco.

Mabeuf había simpatizado con Mario, porque siendo Mario joven y agradable, templaba su ancianidad sin asustar su timidez. La juventud amable produce en los viejos el efecto del sol sin viento. Cuando Mario estaba saturado de gloria militar, de pólvora de cañón, de marchas y había dado y recibido tantos sablazos, se iba á ver al señor Mabeuf, y éste le hablaba del héroe bajo el punto de vista de las flores.

Hacia 1830, su hermano el cura había muerto; y casi de repente, como cuando llega la noche, todo el horizonte se había obscurecido para el señor Mabeuf. La quiebra de un procurador le hizo perder una suma de diez mil francos, que era todo lo que poseía de la herencia de su hermano y de su patrimonio. La Revolución de Julio produjo una crisis en el comercio de libros. En tiempos revueltos lo primero que deja de venderse es una Flora; y la Flora de las cercanías de Cauterets se quedó sin venta, pasándose semanas enteras sin presentarse un comprador. Alguna vez el señor Mabeuf se estremecía al oir la campanilla. Señor, le decía tristemente la tía Plutarco, es el aguador.

Pronto el señor Mabeuf abandonó la calle Mezières, abdicó las funciones de capillero, renunció á San Sulpicio, vendió una parte, no de sus libros, sino de sus estampas, que apreciaba menos, y fué á instalarse en una casita del boulevard Montparnasse, donde no vivió más que un trimestre, por dos razones, primera, porque el piso bajo y el jardín costaban trescientos francos, y no se atrevía á pagar más de doscientos de alquiler; y segunda, porque la casa estaba próxima al tiro de Fatou, y oía el ruido de los pistoletazos, lo cual le era insoportable.

Llevóse, pues, su Flora, sus planchas, sus herbarios, sus carteras y sus libros, y se estableció junto á la Salpêtrière, en una especie de cabaña del puente de Austerlitz, donde por cincuenta escudos al año tenía tres piezas, un jardín cerrado por un seto, y pozo. Se aprovechó de esta mudanza para vender casi todos sus muebles. El día que entró en esta nueva habitación estuvo muy alegre, y clavó él mismo los clavos para colgar los cuadros y los herbarios, cavó en el jardín el resto del día, y por la noche, viendo que la tía Plutarco aparecía triste y pensativa, le dió un golpecito en el hombro, y la dijo sonriéndose: ¡ya tenemos el añil!

Sólo dos visitantes, el librero de la Puerta de Santiago y Mario, eran admitidos en su choza de Austerlitz, nombre algo guerrero, y que, á decir verdad, no le agradaba mucho.

Por lo demás, como hemos indicado ya, los cerebros absorbidos por una sabia meditación, ó en alguna locura, ó lo que sucede con mayor frecuencia, en ambas cosas á un tiempo, no son sino lentamente sensibles á las realidades de la vida. Su mismo destino se les presenta lejano. Resulta de esas concentraciones una pasividad que si fuése razonada, se parecería á la filosofía. Así es que declinan, descienden, se deslizan y aún se desploman, sin apercibirse de ello. Concluyen, es verdad, por despertar; pero tardíamente. Entretanto, parece que son extraños á la partida entablada entre su felicidad y su desgracia. Son la puesta, y miran la partida con indiferencia.

Así es que al través de la obscuridad, que se formaba á su alrededor, todas sus esperanzas morían una tras otra, y sin embargo, el señor Mabeuf permanecía sereno, con alguna puerilidad, es cierto, pero profundamente. Sus hábitos intelectuales tenían la oscilación de un péndulo. Una vez impelido por una ilusión, seguía andando por mucho tiempo, aun cuando la ilusión hubiese desaparecido. Un reloj no se detiene nunca en el preciso momento de perder la llave.

El señor Mabeuf tenía placeres inocentes. Estos placeres eran poco costosos é inesperados; la menor casualidad se los proporcionaba. Un día, la tía Plutarco estaba leyendo una novela en un rincón del cuarto; leía en voz alta, creyendo que así lo entendía mejor. Leer alto es afirmarse á sí mismo en la lectura. Hay personas que leen muy alto, y que parecen darse palabra de honor de lo que leen.

La tía Plutarco leía, pues, con esa energía, la novela que tenía en las manos. El señor Mabeuf la oía sin escuchar.

Así leyendo, la tía Plutarco llegó á esta frase; tratábase de un oficial de dragones y de una bella.

«...La bella (bouda)[16] se amoscó y el dragón...».

Aquí se interrumpió para limpiar los anteojos.

—Boudda y el dragón,—repitió á media voz el señor Mabeuf.—Sí, es verdad; había un dragón, que desde el fondo de su caverna arrojaba llamas por la boca abrasando el cielo. Ya habían sido incendiadas muchas estrellas por aquel monstruo, que tenía además garras de tigre. Boudda fué á la caverna, y logró convertir al dragón. Es un buen libro ése que estáis leyendo, tía Plutarco. No hay otra leyenda como ésta.

Y el señor Mabeuf se dejó caer en una deliciosa meditación.

V
Pobreza muy próxima á la miseria

Mario tenía simpatías por aquel anciano cándido que se veía lentamente cogido por la indigencia, y que se iba asustando poco á poco, mas sin entristecerse todavía. Mario encontraba á Courfeyrac y buscaba á Mabeuf, pero raras veces, una ó dos, á lo sumo, cada mes.

El gran placer de Mario consistía en dar largos paseos solo, por los boulevares exteriores, ó por el campo de Marte, ó por las alamedas menos frecuentadas del Luxemburgo. Algunas veces pasaba la mitad del día contemplando un huerto, los cuadros de lechugas, las gallinas entre el estiércol, ó el caballo dando vueltas á una noria. Los transeuntes le miraban con sorpresa, y algunos veían en él algo sospechoso y una fisonomía siniestra, cuando no era más que un joven pobre, meditando sin objeto.

En uno de aquellos paseos había descubierto la casucha de Gorbeau, y habiéndole tentado el aislamiento y la baratura, se instaló en ella. No se le conocía allí más que por el señor Mario.

Algunos de los antiguos generales ó camaradas de su padre le invitaron, cuando le conocieron, á que fuése á visitarlos; y Mario no había rehusado, porque en aquellas visitas tenía otras tantas ocasiones de hablar de su padre. Así es que iba de cuando en cuando á casa del conde Pajol, á casa del general Bellavesne, á casa del general Fririon, en los Inválidos. Allí se tocaba y se bailaba, y en aquellas noches Mario se ponía su frac nuevo; pero no iba nunca á tales reuniones ni á tales bailes, sino los días en que helaba mucho, porque no podía pagar coche, y no quería llegar sino con las botas brillantes como espejos.

Decía algunas veces, pero sin amargura:—Los hombres están constituidos de tal modo, que se puede entrar en una reunión cubierto de lodo por todas partes, excepto en las botas. No se os pregunta para recibiros más que por una cosa irreprochable: ¿por la conciencia? No, por las botas.

Todas las pasiones que no proceden del corazón, se disipan meditando. La fiebre política de Mario se había desvanecido. La revolución de 1830, satisfaciéndole y calmándole, le había ayudado. Era, pues, el mismo hombre, excepto en la cólera. Conservaba las mismas opiniones, pero algo dulcificadas. Propiamente hablando, no tenía ya opiniones, tenía simpatías. ¿Y por cuál partido las sentía? Por el de la humanidad; y entre la humanidad escogía la Francia; entre la nación escogía el pueblo, y entre el pueblo, la mujer. Á ésta se dirigía principalmente su piedad. Prefería una idea á un hecho, un poeta á un héroe, y admiraba más algún libro, como el de Job, que un acontecimiento como el de Marengo. Cuando después de un día de meditación se iba por la noche á los paseos, y al través de las ramas de los árboles descubría el espacio sin fondo, los resplandores sin nombre, el abismo, la sombra, el misterio, le parecía muy pequeño todo lo humano.

Creía haber llegado, y era tal vez cierto, á la verdad de la vida y de la filosofía humana, y había concluido por no mirar casi más que al cielo, única cosa que puede ver la verdad desde el fondo de su pozo.

Esto no le impedía multiplicar los planes, las combinaciones, los castillos en el aire, los proyectos para el porvenir. En aquel estado fantástico, si algún ojo hubiera podido penetrar en el interior de Mario, se habría deslumbrado ante la pureza de aquella alma. En efecto; si fuése dado á nuestros ojos carnales ver en la conciencia de otro, se juzgaría con más acierto á un hombre por lo que sueñe en su imaginación, que por lo que piensa. En el pensamiento hay voluntad; en el sueño no la hay. Este sueño, cuando es espontáneo, toma y conserva, aun en lo gigantesco é ideal, el carácter de nuestro espíritu. Nada sale más directamente ni más sinceramente del fondo de nuestra alma, que esas aspiraciones irreflexivas y desmesuradas hacia los esplendores del destino. En ellas, más que en las ideas modificadas, razonadas y coordinadas, puede hallarse el verdadero carácter de cada hombre. Nuestras quimeras son los objetos que más se nos parecen. Cada cual sueña lo desconocido y lo imposible con relación á su naturaleza.

Hacia mediados del citado año de 1831, la vieja que servía á Mario le contó que iban á poner en la calle á sus vecinos, á la miserable familia Jondrette. Mario, que pasaba casi todo el día fuera de casa, apenas sabía que tuviese vecinos.

—¿Y por qué los despiden?—preguntó.

—Porque no pagan el alquiler. Deben dos plazos.

—¿Y cuánto es?

—Veinte francos,—dijo la vieja.

Mario tenía treinta francos guardados en un cajón.

—Tomad,—dijo á la vieja;—ahí tenéis veinticinco francos. Pagad por esa pobre gente; dadles cinco francos, no digáis que he sido yo.

VI
El sustituto

La casualidad hizo que el regimiento de que era teniente Teódulo fuése de guarnición á París; lo cual dió ocasión á que se le ocurriese una segunda idea á la tía Gillenormand. Había pensado la primera vez hacer vigilar á Mario por Teódulo, y ahora armó un complot para hacer á Teódulo sucesor de Mario.

Á todo evento, y para el caso de que el abuelo tuviera la vaga necesidad de ver una fisonomía joven en casa, porque los rayos de aurora son algunas veces gratos á las ruinas, era conveniente buscar otro Mario.

Pues sea, dijo ella; esto es como una simple errata de las que veo á veces en los libros; donde dice Mario, léase Teódulo.

Un sobrino segundo es casi un nieto; y á falta de un abogado, se toma un lancero.

Una mañana en que el señor Gillenormand estaba leyendo algo como la Quotidiana, entró su hija, y le dijo con la voz más dulce que supo encontrar, porque se trataba de su favorito:

—Padre mío, Teódulo va á venir esta mañana para saludaros.

—¿Qué Teódulo?

—Vuestro sobrino.

—¡Ah!—dijo el abuelo.

Y siguió leyendo sin pensar más en el sobrino, que no era sino un Teódulo cualquiera. No tardó mucho en tener mal humor, lo que le sucedía casi siempre que leía. El «papel» que leía, realista como era de esperar, anunciaba para el día siguiente, sin amenidad ninguna, uno de los sucesos diarios de escasa importancia del París de entonces, esto es: Que los alumnos de las escuelas de Derecho y de Medicina debían reunirse en la plaza del Panteón al medio día «para deliberar». Se trataba de una de las cuestiones del momento; de la artillería de la Guardia Nacional, y de un conflicto entre el ministro de la Guerra y la «Milicia ciudadana» con motivo de los cañones depositados en la plaza del Louvre. Los estudiantes debían deliberar sobre esto. No se necesitaba más para enfurecer al señor Gillenormand.

Pensó en Mario, que era estudiante, y que probablemente iría como los demás á deliberar, al medio día, en la plaza del Panteón.

Cuando estaba pensando tristemente en esto, entró el teniente Teódulo vestido de paisano, lo que era hábil, siendo discretamente introducido por la señorita Gillenormand. El lancero había hecho este razonamiento: «El viejo druida no lo ha colocado todo á renta vitalicia; y esto bien vale que uno se disfrace de paisano de cuando en cuando».

La señorita Gillenormand dijo en voz alta á su padre:

—Teódulo, vuestro sobrino.

Y en voz baja al teniente:

—Apruébalo todo.

Y se retiró.

El teniente, poco acostumbrado á encuentros tan venerables, balbuceó con cierta timidez:

—Buenos días, tío.—É hizo un saludo mixto, compuesto del bosquejo involuntario y maquinal del saludo militar, terminado por un saludo de paisano.

—¡Ah! ¿Sois vos? Está bien. Sentaos,—dijo el abuelo.

Y dicho esto, se olvidó por completo del lancero.

Teódulo se sentó, y el señor Gillenormand se levantó, poniéndose á pasear de un lado á otro de la sala, con las manos en los bolsillos, hablando alto, y dando tormento con sus viejos é irritados dedos, á los dos relojes de ambos bolsillos relojeros.

—¡Ese puñado de mocosos! ¡Y eso se convoca en la plaza del Panteón! ¡Por vida de los chiquillos! ¡Galopines, que estaban ayer mamando! ¡Si les apretaran la nariz aún saldría leche! ¡Y ésos van á deliberar mañana al medio día! ¿Adónde vamos á parar? ¿Adónde? Es claro que vamos á un abismo; ¡esto nos lleva á los descamisados! ¡La artillería ciudadana! ¡Deliberar sobre la artillería ciudadana! ¡Ir á charlar á las doce acerca de las pedorreras de la Guardia Nacional! ¿Y con quién van á encontrarse allí? ¡Véase adónde conduce el jacobinismo! Apuesto todo lo que se quiera, un millón contra cualquier cosa, á que no habrá allí más que encausados y presidiarios cumplidos. Los republicanos y los presidiarios no son más que una nariz y un pañuelo. Cornet decía: ¿Adónde quieres que vaya, traidor? Y Fouché respondía: Adonde quieras, imbécil. Éstos son los republicanos.

—Es verdad,—dijo Teódulo.

El señor Gillenormand medio volvió la cabeza, vió á Teódulo, y continuó:

—¡Cuando pienso que este tunante ha hecho la picardía de hacerse carbonario! ¿Por qué has abandonado tu casa? Por hacerte republicano. En primer lugar, el pueblo no quiere tu república; no la quiere, porque tiene buen juicio, y sabe bien que siempre ha habido reyes, y que los habrá siempre; sabe bien que el pueblo, después de todo, no es más que el pueblo, y se burla de tu república. ¿Lo oyes, tonto?

¿No es bastante horrible semejante capricho? ¡Enamorarse del padre Duchesne, poner buena cara á la guillotina, cantar romances y tocar la guitarra debajo del balcón del 93! Vamos, merecen que se les escupa por tontos. Todos son lo mismo; ni uno se exceptúa. Basta respirar el aire que corre por la calle para ser insensato; el siglo XIX es un veneno. Cualquier perdido se deja crecer la barba de chivo, se cree un verdadero personaje, y deja plantados á sus ancianos padres. Esto es lo romántico. ¿Y qué significa esto de romántico? Hacedme el favor de decir qué viene á ser esto. Todas las locuras posibles. Hace un año que el ser romántico era ir á ver el Hernani. Ahora pregunto yo: ¿qué es Hernani? ¡Antítesis! ¡Abominaciones que ni siquiera están escritas en francés! Y luego se ponen cañones en la plaza del Louvre. ¡Tales son las barbaridades de estos tiempos!

—Tenéis razón, tío,—dijo Teódulo.

El señor Gillenormand continuó:

—¡Cañones en el patio del museo! ¿Y para qué? Cañón, ¿qué me quieres? ¿Queréis ametrallar el Apolo del Belvedere? ¿Qué tienen que hacer vuestros cartuchos con la Venus de Médicis? ¡Oh! ¡Estos jóvenes de ahora son todos unos ganapanes! ¡Qué gran cosa es su Benjamín Constant! Y los que no son malvados, son necios. Hacen todo lo que pueden para estar feos; visten mal, tienen miedo de las mujeres, se están alrededor de las faldas con un aire de mendicantes capaz de hacer reir á las piedras; en verdad, que se les puede bien llamar pobres vergonzantes del amor. Son deformes, y completan su deformidad con la estupidez; repiten los retruécanos de Tiercelin y de Potier; usan levisacos, chalecos de palafrenero, camisas ordinarias, pantalones de paño burdo, botas de mal becerro, y su lenguaje se parece al plumaje. Podría uno servirse de su jerga para remendar sus zapatos. ¡Y toda esa inepta muchachería tiene opiniones políticas! Debería estar severamente prohibido el tener opiniones políticas. Fabrican sistemas, refunden la sociedad, demuelen la monarquía, echan por los suelos toda la legislación, ponen el granero en el lugar de la cueva, y á mi portero en el lugar del rey; trastornan la Europa de arriba abajo, reedifican el mundo, y se tienen por dichosos viendo maliciosamente las piernas de las lavanderas que suben en sus carros.

¡Ah! ¡Mario! ¡Ah! ¡vagabundo! ¡Ir á vociferar en la plaza pública! ¡Discutir, debatir, tomar medidas! ¡Á esto le llaman medidas, vive Dios! El desorden se empequeñece hasta la estupidez. He visto el caos, y ahora veo los atolladeros. ¡Unos escolares deliberar sobre la Guardia Nacional! Esto no se vería, ni en el país de las Ogibbewas, ni en el de los Cadodaches. Los salvajes que andan en cueros, con el testuz adornado de un volante de jugar á la pelota y una maza en la pata, son menos brutos que estos bachilleres. ¡Monigotes de á cuatro sueldos, haciéndose los entendidos y los graves! ¡Deliberar y racionalizar! Este es el fin del mundo. Es evidentemente el fin de este miserable globo terráqueo; se necesitaba un estrépito final, y la Francia lo proporciona.

«¡Deliberad, pilletes! Todo esto sucederá mientras se vaya á leer periódicos bajo los arcos del Odeón. Esto les cuesta un sueldo, y el sentido común, y la inteligencia, y el corazón, y el alma, y el talento. Salen de allí, y se separan de su familia. Todos los periódicos son una peste; todos, incluso La Bandera blanca, porqué en el fondo Martainville era un jacobino. ¡Ah, justo cielo! Podrás vanagloriarte de haber desesperado á tu abuelo!

—Es evidente,—dijo Teódulo.

Y aprovechando el momento en que el señor Gillenormand tomaba aliento, el lancero añadió magistralmente:

—No debería haber otro periódico que el Monitor, ni otro libro que el Anuario militar.

Gillenormand prosiguió:

—¡Lo mismo que su Sieyés! ¡Un regicida que llegó á senador! Porque siempre acaban así. Se hieren el rostro con su tuteamiento ciudadano para llegar á hacer que se les llame el señor conde. El señor conde, en caracteres como el brazo, de los camorristas de septiembre. ¡El filósofo Sieyés! Me hago la justicia de que no he hecho nunca mas caso de las filosofías de estos filósofos, que de los anteojos del gesticulador de Tívoli. Vi un día á los senadores que pasaban por el muelle Malaquais con mantos de terciopelo morado salpicados de abejas, con sombreros á lo Enrique IV. Estaban horribles; parecían los monos de la corte del tigre. Ciudadanos, os declaro que vuestro progreso es una locura, vuestra humanidad un delirio, vuestra revolución un crimen, vuestra república un monstruo, y que vuestra joven Francia virgen, sale de un lupanar; y os lo sostengo á todos, quien quiera que seáis, aunque fueseis publicistas, aunque fueseis economistas, aunque fueseis legistas, aunque fueseis más conocedores en libertad, igualdad y fraternidad, que la cuchilla de la guillotina. Os lo declaro, señores míos.

—Pardiez,—exclamó el teniente,—todo eso es admirablemente cierto.

El señor Gillenormand, interrumpiendo un gesto que Teódulo había empezado, se volvió, miró fijamente al lancero frunciendo el ceño, y dijo:

—Sois un imbécil.