Se ve el vestíbulo del templo, y delante del pórtico las estatuas de Febo y Artemisa. En el tímpano del frontón, esculpidas y pintadas, las luchas de Heracles y la Hidra y la de Belerofonte y la Quimera, y en el muro la batalla de los Gigantes.

HERMES (saliendo del bosquecillo contiguo).

Atlas,[1] que sustenta en sus férreos hombros el cielo, antigua mansión de los inmortales, engendró en una diosa[2] a Maya,[3] mi madre; yo soy, pues, Hermes, servidor de Zeus, el más poderoso de todos los dioses. He venido a esta tierra de Delfos, en donde Febo, en el centro de nuestro globo,[4] anuncia siempre a los hombres lo presente y lo futuro. Hay una ciudad griega, no innoble, llamada como Palas, la de la dorada lanza,[5] en donde Febo poseyó por fuerza a Creúsa, la hija de Erecteo,[6] en el lugar llamado Macra por los soberanos del Ática, rocas septentrionales situadas bajo la ciudadela. Ignorándolo su padre (que así plugo al dios), llevó la carga de su vientre y a su tiempo dio a luz un niño en su palacio, y lo llevó a la misma gruta en donde fue concebido, exponiéndolo a la muerte en un cestillo redondo, según costumbre de sus antepasados, y de Erictonio, el hijo de la Tierra; y la hija de Zeus, para defenderlo, envió allí dos dragones y lo dio a guardar a las hijas de Aglauro.[7] En recuerdo de este suceso, los erecteidas crían a sus hijos ceñidos de serpientes doradas.[8] Pero Creúsa, suponiendo que moriría, lo adornó con sus mismas galas. Mi hermano Febo me rogó entonces así: «Ve, ¡oh hermano!, a la ínclita Atenas, en donde habita un pueblo indígena, a la ciudad de Palas, que tú conoces, y sacando al niño recién nacido de la gruta, en el mismo cesto que lo contiene y sin tocar a sus envolturas, tráelo a mi fatídico templo de Delfos, y déjalo a la entrada. Yo cuidaré de lo demás, porque has de saber que es mi hijo». Y yo, queriendo hacer este favor a mi hermano Apolo, me apoderé del cesto entretejido, y dejé al niño a la entrada de este templo, abierto el redondo cestillo, para que se viese. Y cuando el sol subía dando vueltas, entró la sacerdotisa y, al mirar al niño, se quedó sorprendida, creyendo que alguna joven de Delfos había sido bastante osada para exponer en la mansión divina el fruto de su vientre. Quiso primero arrojarlo de allí; pero se compadeció de él y no fue tan cruel, porque el dios protegía al niño, y no consintió que lo echasen. Y adoptándolo lo crio, e ignora que su padre es Febo, y cuál haya sido su madre, y nada más sabe. Mientras fue niño vivió de las ofrendas, y vagaba jugando; cuando llegó a ser hombre, los de Delfos lo hicieron guardián de las riquezas del dios y su fiel cuestor, y en el templo ha llevado hasta ahora santa vida. Entonces se casó su madre Creúsa con Juto, a consecuencia de la guerra que estalló entre los atenienses y los calcodóntidas,[9] habitantes de la tierra eubeica, que concluyó Juto con la fuerza de las armas, aunque no indígena, pero que era, sin embargo, oriundo de la Acaya y descendiente de Eolo, hijo de Zeus. Mucho tiempo llevan de matrimonio, y hasta ahora no han engendrado hijos, y por esta causa han venido a consultar el oráculo de Apolo, deseosos de tenerlos. Y Apolo lo ha dispuesto así, y no a ciegas, según se cree; y cuando entre en el templo, dará a Juto su hijo, y le dirá que es de él, para que sea reconocido por Creúsa a su vuelta al hogar materno, y permanezca oculta su unión con Apolo, y obtenga su hijo la herencia que le corresponde. Cuidará de que los griegos le llamen Ion, fundador de la región asiática.[10] Pero entraré en este templo laurífero para saber lo que hay resuelto acerca del niño. Aquí veo al hijo de Apolo que sale a limpiar la puerta con ramas de laurel, y yo, el primero de los dioses, lo llamo Ion desde ahora. (Ocúltase en el bosquecillo de laurel).

ION (que sale del templo).

Ya el sol pasea por la tierra este carro esplendente de cuatro caballos, y los astros huyen por el aire de su fuego a refugiarse en el seno de la sagrada noche; las cumbres inaccesibles del Parnaso brillan a la vista de los hombres, alumbradas por las ruedas, que traen el día, y el humo de la seca mirra llena el templo de Febo; la délfica sacerdotisa se sienta en el santo trípode, cantando a los griegos los oráculos que Apolo inspira. Id, pues, ministros del delfín Febo, a las ondas argentadas de Castalia,[11] y, lavándoos en sus puras aguas, volved al templo y guardad religioso silencio para que vuestra lengua anuncie favorables presagios a los que vienen a consultar el oráculo. Nosotros, cumpliendo con el deber que acatamos desde niños, purificaremos el vestíbulo del templo de Apolo con ramas de laurel y guirnaldas entretejidas, y humedeceremos el suelo con nuestras líquidas gotas, y ahuyentaremos con nuestras saetas las bandadas de aves que ofenden a los sagrados presentes, porque siendo hijo de padres desconocidos, venero solo a la mansión divina de Febo, en donde me he criado.

Estrofa. — Bellísimo laurel que barres el arca del templo de Febo, recién cortado de jardines inmortales, en donde bullen aguas sagradas de perenne corriente, y hojas, también sagradas, de mirto, con que purifico cada día este santo suelo, así que el sol extiende sus ligeras y brillantes alas. ¡Oh Peán, Peán bienaventurado,[12] bienaventurado seas, oh hijo de Leto!

Antístrofa. — ¡Oh Febo! Sírvote y cuido de tu morada fatídica; honroso ministerio es para mí trabajar por los dioses inmortales, no por los mortales, y no me molesta cumplir tan gloriosos deberes. Febo es el padre que me engendró; yo lo alabaré por haberme criado, y este templo, en donde habita y me dispensa sus dones, hará para mí las veces de padre. ¡Oh Peán, Peán bienaventurado, bienaventurado seas, oh hijo de Leto!; pero acabaré de barrer con el laurel, y regaré la tierra con el agua de los dorados vasos que corre de la fuente Castalia, derramando sus frescas ondas, ya que duermo en casto lecho. ¡Ojalá que nunca deje el servicio de Febo, o que, si lo abandono, sea con buena suerte! ¡Ea..., ea!

Estrofa 2.ª — Ya vienen, ya dejan las aves su morada del Parnaso. Os anuncio que no os acerquéis a las almenas ni a este templo, rico en oro. Te alcanzarán mis saetas, ¡oh mensajera de Zeus!,[13] que con tu fuerte y corvo pico vences a las demás aves. He aquí este otro cisne que se dirige hacia los atrios. ¿No moverás hacia otro lado tus pies rojos? No te libertará de mis saetas la melodiosa cítara de Febo.[14] Pasa a todo vuelo; entra en la laguna de Delos; derramaré tu sangre e interrumpiré tus cantos suaves si no obedeces.

Antístrofa 2.ª — ¡Hola, hola! ¿Cuál es esta nueva ave que llega? ¿Hará bajo sus almenas el nido de leña y paja para sus hijuelos? La alejará de aquí el silbido de las flechas. ¿No obedecerás? Vete; procrea tus hijos en los remolinos del Alfeo, o en la selva istmia,[15] y no ofendas los presentes y el templo de Febo. Temo, no obstante, mataros, porque anunciáis a los mortales las órdenes de los dioses; pero no faltaré a mis deberes ni dejaré de venerar nunca a los que me criaron. (El coro de mujeres de Atenas, servidoras de Creúsa, dividido en dos semicoros, aparece en la escena).

PRIMER SEMICORO (ante el pórtico).

Ni en la divina Atenas hay tan bellas columnatas en templos de los dioses, ni en el de Apolo Agieo;[16] luz bella y resplandeciente brilla en ambas fachadas de la morada de Loxias, hijo de Leto.

SEGUNDO SEMICORO (mirando las pinturas del frontón).

Mira esta pintura, que representa al hijo de Zeus,[17] dando muerte con su dorada y corva espada a la hidra Lernea; mírala, amiga, con tus ojos.

PRIMER SEMICORO

Ya la veo. Y otro, junto a él, levanta la ardiente antorcha.[18] ¿Quién es? ¿Es el escudero Yolao, el representado en mis labores mujeriles,[19] el que acompañó en sus trabajos al hijo de Zeus?

SEGUNDO SEMICORO

Pero mira al otro cabalgando en caballo alado, que mata a la robusta fiera de tres cuerpos, que arroja llamas.[20] (Los dos semicoros penetran en la columnata del pórtico).

PRIMER SEMICORO

Hacia todas partes miro y contemplo en los muros de piedra la batalla de los Gigantes.

SEGUNDO SEMICORO

La admiramos, ¡oh amigas!...

PRIMER SEMICORO

¿Ves a aquella que vuelve su gorgóneo escudo contra Encélado?

SEGUNDO SEMICORO

Veo a Palas, mi diosa.

PRIMER SEMICORO

¿Cómo, pues? ¿Ves el ardiente rayo impetuoso que lanzan las manos de Zeus, que hieren desde lejos?

EL SEMICORO

Ya lo veo; abrasa con su fuego al horrible Mimas.[21] Y Bromio o Dioniso, que da muerte a uno de los hijos de la Tierra con sus débiles férulas,[22] coronadas de yedra. (Júntanse los dos semicoros.)

EL CORO (a Ion, que está a la puerta del templo).

A ti digo, que estás a la puerta del templo, ¿pueden mis blancos pies pisar sus umbrales y entrar?

ION

No es lícito, ¡oh extranjeras!

EL CORO

¿Ni oiré de tu boca palabra alguna?

ION

¿Qué quieres oír?

EL CORO

¿Es verdad que el templo de Febo está en el centro de la Tierra?[23]

ION

Sí, adornado de guirnaldas y cerca las Gorgonas.

EL CORO

Así dice también la fama.

ION

Si delante del templo derramasteis sangre, y deseáis saber algo de Febo, entrad en los atrios; pero si no habéis sacrificado ovejas, no penetréis en la nave.

EL CORO

Ya sé lo que debo hacer: no desobedeceremos las órdenes del dios, y se deleitarán nuestros ojos examinando por el templo.

ION

Observad lo que sea lícito.

EL CORO

Mis señores me dieron licencia para ver esa mansión del dios.

ION

¿A qué familia servís?

EL CORO

En donde Palas habita se criaron mis dueños. (Llega Creúsa). Pregunta a mi señora, que es esta que ves aquí.

ION

Noble eres, en verdad; es dulce tu belleza, sin duda como tus costumbres, quienquiera que seas, ¡oh mujer! Fácil es decidir con solo ver a la mayor parte de los hombres, si su prosapia es ilustre. ¿Qué es eso? Me sorprende que cierres tus ojos y que las lágrimas surquen tus nobles mejillas, aunque has contemplado el santo oráculo de Apolo. ¿Cuál es la causa de tu tristeza, ¡oh mujer!? Cuando se alegran todos los que miran el templo del dios, lloran tus ojos.

CREÚSA

No es extraño, ¡oh extranjero!, como dices, que te sorprendan mis lágrimas; yo, al ver este templo de Apolo, he evocado antiguas memorias, y mi alma vaga ahora en mi hogar, aunque esté presente mi cuerpo. (Aparte). ¡Oh mujeres desdichadas! ¡Oh injustos dioses! ¿Y qué hemos de hacer? ¿En dónde buscaremos nuestros soberanos y nuestros jueces si nos injurian y nos pierden?

ION

¿Por qué te afliges, ¡oh mujer!, por causas que nos está vedado investigar?

CREÚSA

Por nada; aflojé ya el arco; en cuanto a lo demás, me callo, y te ruego que no te cuides más de ello.

ION

Pero ¿quién eres?, ¿de dónde has venido?, ¿cuál es tu patria?, ¿cuál el nombre que he de darte?

CREÚSA

Creúsa es mi nombre, y Erecteo mi padre; mi patria es la ciudad de los atenienses.

ION

Ilustre, ¡oh mujer!, es la ciudad que habitas, y nobles los padres que te educaron. Yo te respeto.

CREÚSA

En cuanto a eso, somos felices, ¡oh extranjero!; no en otras cosas.

ION

Por los dioses te ruego; ¿es acaso cierto, como la fama cuenta entre los hombres...?

CREÚSA

¿Qué preguntas, extranjero? Deseo saberlo bien.

ION

¿Nació acaso de la Tierra el abuelo de tu padre?

CREÚSA

Sí, Erictonio; pero de nada me sirve la alteza de mi linaje.

ION

¿Y se lo llevó Atenea?

CREÚSA

En sus manos virginales, aunque no fuese su madre.[24]

ION

¿Y lo entregó como suele representarlo la pintura?

CREÚSA

A las hijas de Cécrope, para que lo guardasen, no para sanar sus ojos.

ION

Oí decir que las vírgenes abrieron el cofrecillo de la diosa.

CREÚSA

Y por eso murieron, llenando de sangre las piedras.

ION

Vamos, y ¿qué hay de verdad en esto? ¿Ese rumor es cierto o no?

CREÚSA

¿Qué preguntas? No me molesta este descanso.

ION

¿Mató tu padre Erecteo[25] a tus hermanas?

CREÚSA

Siendo vírgenes, osó sacrificarlas por la patria.

ION

¿Y cómo te salvaste tú sola?

CREÚSA

Tenía pocos años, y estaba en los brazos de mi madre.

ION

¿Y es verdad que se abrió la tierra y se tragó a tu padre?

CREÚSA

Perdiéronle las heridas que le hizo el tridente de Poseidón.

ION

¿Y se llama Macra el lugar en donde ocurrió esa catástrofe?

CREÚSA

¿Por qué me interrogas así? ¡Qué recuerdo traes a mi memoria!

ION

Pitio y sus resplandores lo honran.

CREÚSA

Hónralo, y no debía honrarlo; ¡ojalá que nunca lo hubiese visto!

ION

¿Cómo, pues? ¿Lo aborreces tú, siendo tan grato al dios?

CREÚSA

De ninguna manera; tengo noticia de cierta afrenta que se cometió en esa gruta.

ION

¿Qué ateniense se casó contigo, ¡oh mujer!?

CREÚSA

No fue ciudadano, sino un extranjero advenedizo.

ION

¿Quién? ¿Sin duda algún noble?

CREÚSA

Juto, que desciende de Eolo y de Zeus.[26]

ION

¿Pero cómo logró tu mano siendo extranjero y tú indígena?

CREÚSA

Hay una región, llamada la Eubea, próxima a Atenas.

ION

Y la mar, según dicen, las separa.

CREÚSA

La sometió guerreando con los hijos de Cécrope.

ION

¿Vino como auxiliar, y se casó después contigo?

CREÚSA

Sí; tal fue el premio que ganó en la guerra; tal su bélica dote.

ION

¿Has venido sola a consultar el oráculo, o en compañía de tu esposo?

CREÚSA

Con él; pero fue hace poco a la cueva sagrada de Trofonio.[27]

ION

¿A verla, o a consultar al oráculo?

CREÚSA

Deseoso de oír la misma respuesta de él y de Febo.

ION

¿Vinisteis en demanda de frutos de la tierra, o de hijos?

CREÚSA

No los tenemos, aunque hace mucho tiempo que estamos casados.

ION

¿Y nunca diste a luz a ninguno? ¿Ninguno tienes?

CREÚSA

Febo sabe que soy estéril.

ION

¡Oh desventurada! Aunque feliz en todo, no lo eres en esto.

CREÚSA

Pero ¿quién eres tú? ¡Cómo me place llamar dichosa a tu madre!

ION

Soy y me apellidan siervo del dios, ¡oh mujer!

CREÚSA

¿Ofrenda de alguna ciudad, o comprado para su servicio?[28]

ION

Solo sé que me llaman servidor de Febo.

CREÚSA

Yo también, ¡oh extranjero!, te compadezco ahora.

ION

Ignoro quién me diera a luz, y cuál sea mi padre.

CREÚSA

¿Habitas en este mismo templo, o en tu casa?

ION

Todo el templo del dios es mío, y duermo en donde me sorprende el sueño.

CREÚSA

¿Viniste niño a él, o ya adolescente?

ION

Los que deben saberlo dicen que no hablaba.

CREÚSA

¿Y cuál de las mujeres délficas te alimentó con su leche?

ION

Nunca conocí nodriza; pero a la que me crio...

CREÚSA

¿Cuál fue, ¡oh desventurado!? ¡Cómo, llena de aflicción, encuentro otros también afligidos!

ION

A la sacerdotisa de Febo la miro como a madre.

CREÚSA

Y cuando llegaste a la edad viril, ¿cómo vivías?

ION

Con las ofrendas de los altares y los dones de los peregrinos, que nos visitaban con frecuencia.

CREÚSA

¡Madre desdichada, quien quiera que sea!

ION

Acaso he sido fruto de algún amor culpable.

CREÚSA

¿Y cuentas con otros recursos? Buenos son tus vestidos.

ION

Gracias a las ofrendas del dios a quien sirvo.

CREÚSA

¿No has intentado averiguar quiénes pueden ser tus padres?

ION

No tengo el más leve indicio que me guíe, ¡oh mujer!

CREÚSA

¡Ay! Alguna otra madre hay semejante a la tuya.

ION

¿Cuál? Si su infortunio es igual al mío, ambos nos alegraremos.[29]

CREÚSA

Es la que me obliga a adelantarme ahora a mi esposo.

ION

¿Y con qué objeto? Yo la serviré, ¡oh mujer!

CREÚSA

Con deseo de que un oráculo de Febo explique cierto misterio.

ION

Habla; yo cuidaré de lo demás.

CREÚSA

Oye, pues; pero tengo vergüenza.

ION

Entonces nada conseguirás; la vergüenza es deidad negligente.

CREÚSA

Cierta amiga mía dice que la poseyó Febo.

ION

¿Febo a una mortal? No lo digas, ¡oh extranjera!

CREÚSA

Y que del dios tuvo un hijo, ignorándolo el padre de la desdichada.

ION

De ningún modo; se avergüenza de su falta, obra de algún hombre.

CREÚSA

Ella lo niega, y cometió después un delito deplorable.

ION

¿Qué hizo, si se desposó con un dios?

CREÚSA

Expuso al hijo que parió.

ION

¿Y en dónde está ese expósito? ¿Ve acaso la luz?

CREÚSA

Nadie lo sabe; tal es mi consulta al oráculo.

ION

Si, pues, no existe, ¿cómo pereció?

CREÚSA

Créese que las fieras mataron al desventurado.

ION

¿Y en qué se fundan para pensar así?

CREÚSA

Cuando volvió al lugar en que lo expuso, no lo encontró.

ION

¿Había cerca rastro de sangre?

CREÚSA

Lo niega, aunque examinó el suelo con cuidado.

ION

¿Cuánto tiempo hará que desapareció ese niño?

CREÚSA

Tendría tu misma edad si viviera.

ION

Injusto fue con ella el dios. ¡Pobre madre!

CREÚSA

Y después no tuvo más hijos.

ION

¿Lo habrá arrebatado Febo para criarlo?

CREÚSA

No obra justamente si él solo disfruta de un goce que debiera ser común a ambos.

ION

¡Ay de mí! ¡Parecida es su desgracia a la mía!

CREÚSA

Creo que tú también, ¡oh extranjero!, suspiras por una madre mísera.

ION

No me recuerdes un dolor ya olvidado.

CREÚSA

Me callaré; pero prepárate a responder a mis preguntas.

ION

¿Sabes acaso lo que más debe afligirte de todo eso?

CREÚSA

¿Deja de ser todo igualmente aflictivo?

ION

¿Cómo es posible que el dios revele lo que desea ocultar?

CREÚSA

Sin duda lo hará, si el trípode en que se sienta sirve a toda la Grecia.

ION

Se avergonzará; no se lo preguntes.

CREÚSA

Y mientras tanto sufre la víctima de esa desgracia.

ION

No hay quien te vaticine lo que deseas. Convicto de un crimen en su mismo templo, con razón castigará al que te declare sus oráculos. Aléjate, mujer, que no se ha de preguntar al dios lo que le ofenda.[30] Porque sería el colmo de la demencia obligar a los inmortales a decir lo que no quieren, ya sacrificando ovejas en sus aras, ya observando las aves. Vanos son los bienes que logramos, ¡oh mujer!, cuando a la fuerza y contra su voluntad los arrancamos de los dioses, y solo nos aprovechan los que voluntariamente nos conceden.

EL CORO

Muchas y diversas son las calamidades humanas, muchos los hombres que las sufren; casi nunca conseguirán en vida felicidad perpetua.

CREÚSA

¡Oh Febo!, ni antes fuiste justo, ni ahora lo eres con la amiga ausente, a quien defiendo. Ni salvaste a su hijo cuando debías, ni siendo adivino responderás a su madre, que por él te pregunta para que le labre un sepulcro si ya no existe, y si vive para abrazarlo al fin. Pero es menester dejarlo si el dios me prohíbe saberlo. Yo, ¡oh extranjero!, veo acercarse a mi noble esposo Juto, que viene de la gruta de Trofonio; cállalo todo en su presencia, no sufra alguna afrenta por tratar de estos misterios y el vulgo los sepa, no como nosotros podríamos explicárselos. Amarga es la suerte de la mujer, y nos odian los hombres sin distinguir las buenas de las malas;[31] ¡tanta es nuestra desventura!

JUTO (que llega de la gruta de Trofonio).

Que el dios reciba mi primer saludo, y tú también, ¡oh esposa! ¿Te inquietaba acaso mi tardanza?

CREÚSA

Nada de eso; has llegado a tiempo para evitarlo: dime el oráculo que has oído en la gruta de Trofonio y el medio de lograr algún fruto de nuestra unión.

JUTO

No quiso anticiparse al oráculo del dios; solo dijo que ni tú ni yo volveríamos a nuestra patria sin hijos, después de consultar a Apolo.

CREÚSA

¡Oh venerable madre de Febo!, que nuestra venida redunde en nuestro bien y que seamos más afortunados que antes con tu hijo.[32]

JUTO

Así sea. ¿Pero cuál es el profeta del dios?

ION

Yo solo cuido de la parte exterior del templo, y de la interior otros, que se sientan cerca del trípode, ¡oh extranjero!, notables de Delfos, elegidos por la suerte.

JUTO

Bien; ya estoy enterado de cuanto deseaba saber. Entraré, porque, según oigo, ya se sacrificó la víctima que los extranjeros deben inmolar a la entrada; quiero, en este funesto día, oír los oráculos del dios. Tú, mujer, toma las ramas de laurel y suplica ante las aras para que desde aquí, según me han profetizado, lleve a mi patria feliz prole. (Entra en el templo).

CREÚSA

Así sea, así sea. Si al menos quiere ahora Apolo enmendar sus anteriores yerros, aunque no nos favorezca cuanto puede, acogeré solícita sus órdenes, que al fin es dios. (Retírase hacia la ciudad).

ION

¿Por qué esta extranjera siempre habla a Febo en términos enigmáticos y parece reconvenirle por lo bajo o por afecto a la que le encarga consultarlo, o callando algo que le conviene? Pero ¿por qué siento esta inquietud por la hija de Erecteo, cuando nada me interesa? Iré con estos vasos de oro, y llenaré de agua los destinados a las aspersiones. Paréceme, sin embargo, que no es justo Apolo si abandona a las vírgenes a quienes posee a la fuerza, y deja morir a los hijos que en ellas engendra. No seas así, sino practica la virtud, ya que eres nuestro soberano. Si alguno delinque, los dioses le castigan. ¿Cómo, pues, vosotros, que dais leyes a los mortales, seréis los primeros en despreciarlas? Y si (lo que no será, aunque mis labios osen proferirlo) imponéis graves penas a los violadores de mujeres, tú y Poseidón y Zeus, que reina en el cielo, os veréis obligados a despojar vuestros templos para pagar los estupros[33] que cometisteis. Injustos sois abandonándoos a esos goces, sin cuidaros de nada. Ya no se deben expiar los delitos humanos si imitamos a los dioses, sino solo a nuestros maestros. (Vase).

EL CORO

Estrofa. — Yo te invoco, ¡oh Atenea!, mi dueña, que nunca viste a Ilitía[34] en los dolores del parto, y naciste, por obra del titán Prometeo, de la cabeza de Zeus,[35] y a ti, ¡oh Victoria[36] veneranda!, ven al templo Pítico volando desde los dorados tálamos del Olimpo, adonde, en su mansión divina, situada en el centro de la tierra, Febo pronuncia oráculos en el trípode tan visitado de coros; tú y la hija de Leto sois dos diosas, dos vírgenes castas, hermanas de Febo. Pedid, ¡oh doncellas!, que al antiguo linaje de Erecteo concedan oráculos explícitos larga, aunque tardía descendencia.

Antístrofa. — Firme base de la mayor felicidad es para los mortales contemplar en el hogar paterno juventud florida y brillante, bellos hijos que recibirán después de sus padres riquezas hereditarias para transmitirlas a los suyos. En la adversidad nos protegen y en la prosperidad nos llenan de alegría, y con sus armas sirven a su patria y la salvan en sus peligros. Yo prefiero educar buenos hijos a las riquezas y a los regios palacios. Odio la vida sin ellos, y reprendo a quienes la desean; con fortuna modesta vivo yo feliz en su compañía.

Epodo. — ¡Oh morada de Pan[37] y peñasco vecino a la cavernosa Macra, en donde, formando coros y en el verde prado, delante del templo de Palas, danzan las tres hijas de Aglauro al compás, ¡oh Pan!, de tu melodiosa flauta cuando la haces sonar en tu gruta, en la cual cierta doncella desventurada dio a luz un hijo de Febo, abandonándolo a la voracidad de las aves y al sanguinario apetito de las fieras, triste prenda de amor infausto! Ni vi en tejido alguno, ni la tradición dice tampoco que fueran afortunados los hijos de los dioses.

ION

Esclavas que cercáis los umbrales de este santo templo aguardando a vuestro señor, ¿dejó ya Juto el sagrado trípode, sabido el oráculo, o continúa ansioso de remediar allí su orfandad?

EL CORO

Dentro está, ¡oh extranjero!; aún no ha salido; pero suenan las puertas como si saliese, y, en efecto, ya lo veo fuera del templo.

JUTO (transportado de alegría, saluda a Ion al dejar el templo).

Salve, ¡oh hijo!, que tales deben ser mis primeras palabras.

ION

En salvo estamos; que la sabiduría os ilumine, y así nos irá bien a los dos.

JUTO

Trae tu mano para que la bese, y tu cuerpo para que lo abrace.

ION

¿Estás, ¡oh extranjero!, en tu juicio, o dios te hace delirar?

JUTO

Bien sé lo que hago deseando besarte y habiéndose realizado mis votos más fervientes.

ION

Apártate; no ajen tus manos, al tocarme, las coronas del dios.

JUTO

Te abrazaré, y no a la fuerza, que al fin encuentro lo que más anhelo.

ION (arrancándose de los brazos de Juto).

¿No te retirarás, si no quieres que mis flechas atraviesen tu pecho?

JUTO

¿Por qué me huyes, cuando encuentras a quien tanto amas?

ION

No me agrada devolver el juicio a extranjeros ineptos e insensatos.

JUTO

Mata y abrasa; asesinarás a tu padre si así lo haces.

ION

¿Cómo has de ser mi padre? ¿No es esto ridículo?

JUTO

De ningún modo; lo que voy a decirte te lo probará.

ION

Pero ¿qué dices?

JUTO

Soy tu padre, y tú mi hijo.

ION

¿Quién lo ha asegurado?

JUTO

Apolo, que te crio siendo tú mío.

ION

Tú solo afirmas, no otro testigo.

JUTO

Solo refiero el oráculo del dios después de conocido.

ION

Te engaña algún enigma.

JUTO

¿No oí acaso bien?

ION

¿Cuáles fueron las palabras de Febo?

JUTO

Que aquel que saliese a mi encuentro...

ION

¿En dónde?

JUTO

Al salir del templo del dios...

ION

¿Qué le ha de suceder?

JUTO

Es mi hijo.

ION

¿Verdaderamente, o solo como don que te hacía?

JUTO

Como don suyo y fruto, además, de mi matrimonio.

ION

¿Y yo he sido el primero que encontraste al paso?

JUTO

No otro, hijo.

ION

Y al cabo, ¿de dónde viene esta dicha?

JUTO

Igual es nuestra sorpresa.

ION

Vamos, ¿cuál fue mi madre?

JUTO

No puedo afirmarlo.

ION

¿Ni tampoco Febo?

JUTO

Gozoso con lo que ya sabes, no le pregunté más.

ION

¿La tierra ha sido, pues, mi madre?

JUTO

No engendra hijos.[38]

ION

¿Y cómo lo sería yo?

JUTO

No lo sé, pero el dios lo dice.

ION

Vaya; hablemos de otra cosa.

JUTO

Mejor es hablar de esto, ¡oh hijo!

ION

¿Te deslizaste acaso en algún lecho ilegítimo?

JUTO

Quizá en la época de mis extravíos juveniles.

ION

¿Antes de casarte con la hija de Erecteo?

JUTO

Nunca después.

ION

¿Me engendrarías acaso entonces?

JUTO

Según parece, debió ser hacia ese tiempo.

ION

Si fue así, ¿cómo vine aquí?

JUTO

Lo ignoro.

ION

¿Andando un trayecto tan largo?

JUTO

Esto me hace también dudar.

ION

¿Has estado antes en la roca Pítica?

JUTO

Sí; para celebrar las orgías de Dioniso.

ION

¿Y quién te dio hospitalidad?

JUTO

El que a las doncellas de Delfos...[39]

ION

¿Te hizo acompañar? ¿Qué dices?

JUTO

Sí, a las Ménades de Dioniso.

ION

¿Sobrio o ebrio?

JUTO

Entregado a los placeres de Dioniso.

ION

¿Entonces, sin duda, lo engendraste?

JUTO

Lo reveló el Destino, ¡oh hijo!

ION

Pero ¿cómo vine a parar a este templo?

JUTO

Quizá exponiéndote esa doncella.

ION

Librémonos de la esclavitud.

JUTO

Abraza ahora a tu padre, ¡oh hijo!

ION

Conviene no desobedecer al dios.

JUTO

Bien piensas.

ION

¿Y que más puedo desear...

JUTO

Ahora discurres como debes.

ION

Que haber nacido del hijo de Zeus?

JUTO

Tal es tu suerte.

ION

¿Abrazaré, pues, al que me engendró?

JUTO

Sí, obedeciendo al dios.

ION (abrazando a Juto).

Salve, pues, ¡oh padre!

JUTO

Acepto tan dulce nombre.

ION

Y este día...

JUTO

También me ha hecho feliz.

ION

¡Oh madre amada!, ¿nunca he ver tu faz? Más deseo conocerte ahora que antes, quienquiera que seas. Pero quizás hayas muerto, y no será posible.

EL CORO

También participamos nosotros de la dicha de la familia;[40] pero quisiera que mi señora fuese feliz con sus hijos y todos los descendientes de Erecteo.

JUTO

Insigne favor del dios ha sido encontrarte, ¡oh hijo!, y consentir que nos juntáramos, y no menos señalado el que te hizo dándote lo que más anhelabas, cuando nada sabías. Tu razonable deseo es también el mío, ¡oh hijo!: que logres ver a tu madre, y yo a la mujer en quien te engendré. Dejémoslo, pues, al tiempo, que acaso nos lo conceda. Ahora dejarás la tierra del dios y tu incierta vida, y vendrás a Atenas dócil a los ruegos de tu padre, en donde te aguardan cetro venturoso y grandes riquezas; no sufrirás ya dos males a un tiempo, ni te llamarán villano y miserable, sino noble y opulento. ¿Callas? ¿Por qué fijas en tierra tus ojos y te abandonas a profundas meditaciones, y renunciando a tu anterior alegría inspiras a tu padre serios temores?

ION

No es lo mismo contemplar las cosas desde lejos que tocarlas. Pláceme la fortuna de encontrarte; pero oye lo que pienso: dicen que los ilustres atenienses son indígenas,[41] y no han venido de otro país, por cuya razón sufriré dos males, que me miren como hijo bastardo y de padre extranjero. Y así deshonrado, si valgo poco, me despreciarán, y si obtengo los cargos más elevados y quiero darme importancia, me odiará el pueblo; aborrecidos son siempre los poderosos, los buenos y los prudentes, que no acuden en tropel a tomar parte en el gobierno de la república; callarán y se reirán de mí, y me tendrán por necio, reprobando mi inquieta ambición en una ciudad tan tumultuosa; y si me confieren las mayores dignidades y llego a manejar los negocios de la república, más maligno me espiará el pueblo. Así suele suceder, ¡oh padre!: los que mandan y desempeñan los primeros puestos tienen ardentísimos rivales. Y cuando yo, extranjero, penetre en un palacio que no es el mío, y viva con una mujer que no tiene hijos, heredera de tu anterior desdicha, y cuyas esperanzas se verán ahora frustradas, no podrá mirarme con buenos ojos; y ¿cómo, con razón, no ha de aborrecerme, cuando me siente a tu lado y ella se vea huérfana? Y ¿cómo no ha de contemplar a tu hijo con dolor? ¿Y si después me desprecias por ella, o me honras más de lo justo, y siembras en tu palacio la discordia? ¡Cuánto linaje de muertes y letales venenos no han empleado las mujeres para librarse de sus maridos! Además, me compadezco de tu esposa, ¡oh padre!, que envejece sin descendencia, no mereciéndolo, cuando tanta es su nobleza. En vano me celebras lo que vale reinar, grato en la apariencia, pero triste en realidad; ¿cómo ha de disfrutar de ventura, cómo ha de ser feliz el que arrastra la vida siempre receloso, esperando que le den muerte violenta? Más quisiera vivir contento como simple ciudadano, que ser el primero y gozar en compañía de malos amigos, mientras odio a los buenos temiendo que me asesinen. Acaso digas que el oro triunfa de todo y que es dulce nadar en la opulencia. No me place oír los vanos rumores del vulgo y atesorar riquezas, ni sufrir trabajos. Tóqueme en suerte grata medianía para vivir tranquilo. Oye ahora, ¡oh padre!, los bienes que aquí poseo: el primero es el descanso, tan amado de los mortales; pocos cuidados me inquietan; ningún criminal me estorbará el paso, que no es tolerable cederlo a los que valen menos que nosotros. Pasaba mi vida orando a los dioses o hablando con los hombres, y servía a los alegres, no a los llorosos. Cuando despedía a unos extranjeros, otros venían, y amable y nuevo era yo para ellos, como ellos para mí. El respeto a la ley y mi índole bondadosa me han conservado justo ante el dios, la mayor dicha entre los hombres, aunque lo sean sin quererlo. Habiendo reflexionado en todo esto, ¡oh padre!, prefiero lo que aquí tengo a lo que allí me espera. Déjame, pues, que viva a mi gusto, que igual es el deleite de los que nadan en la opulencia y el de los que se contentan con poco.[42]

EL CORO

Bien has dicho, si los que amo aprueban tus palabras y son felices.

JUTO

No hables más así, y no desprecies la ocasión que te ofrece la fortuna. Ya que te he encontrado, ¡oh hijo!, quiero celebrarlo, y sentados a la mesa en público banquete y con sacrificios festejaré tu natalicio, ya que antes no lo he hecho. Y ahora gozaré en el convite como si llevase algún huésped a mi palacio; en este concepto vendrás conmigo a visitar el Ática, más bien que como hijo. Ya que soy dichoso, no quiero afligir a mi esposa, recordándole su esterilidad. Cuando se presente favorable coyuntura, le rogaré que consienta en que yo te deje el cetro de mi reino. Y te llamo Ion,[43] nombre adecuado a tu suerte, porque fuiste el primero que encontré al salir del templo. Convoca, pues, a tus amigos, e invítalos a este sacrificio y grato banquete, y despídete de ellos, puesto que abandonarás la ciudad de Delfos. Os ordeno, esclavas, que nada de esto digáis, que la muerte os aguarda si lo participáis a mi esposa.

ION

Iré; solo falta a mi ventura que encuentre, ¡oh padre!, a la madre que me dio a luz, porque de otro modo será triste nuestra vida; y si algo podemos desear es que sea ateniense, para que pueda hablar libremente. Porque si algún extranjero llega a una ciudad en que no los hay, aun cuando sea ciudadano en el nombre, es servil su lengua y no tiene suficiente libertad para hablar. (Vanse los dos).

EL CORO

Estrofa. — Presumo que ha de haber lágrimas y luto y lamentos cuando sepa mi señora que su marido tiene un hijo hermoso, y ella es estéril y huérfana. ¿Qué oráculo has pronunciado, ¡oh hijo!, profeta de Leto? ¿De dónde vino este adolescente, criado en tu templo? ¿Cuál fue su madre? No me satisfacen tus palabras, no encubran algún engaño. No puedo adivinar cuál será el término de todo esto. Maravilloso es Apolo, y prodigios son estos, sí, si son propicios. Algún fraude, algún siniestro artificio[44] creo descubrir en este niño de sangre extranjera. ¿Quién no pensará como yo?

Antístrofa. — ¿Diremos a mi señora, ¡oh amigas!, lo que ha sucedido aquí, declarándole cuanto ha hecho su marido, en quien confiaba, y de cuyas esperanzas participó siempre la desdichada? Los males la acabarán cuando llegare a la cara vejez, mientras él es dichoso; su marido desprecia a los que la aman, mientras que él, mísero extranjero, fue admitido en nuestra familia y le sonrió la suerte, y no se contentó con ella. Muera, muera el que engañó a mi señora, y que la alegre llama no consuma nunca la libación que ofrezca a los dioses. Sabrá, en cuanto de mí depende...

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

amiga del reino.

Epodo. — Ya el hijo y el padre, de reciente data, vienen al banquete que se prepara en las cumbres del Parnaso, de encrespados peñascos que se pierden en el aire, y en donde Dioniso, agitando antorchas ardientes, danza con ligereza, acompañado de las Bacantes que vagan durante la noche. Que nunca vaya este niño a mi ciudad; muera en sus floridos años, y mi patria no gemirá justamente víctima de esta irrupción extranjera.[45] Bástale Erecteo, nuestro antiguo rey.

CREÚSA (que vuelve con su anciano pedagogo).

¡Oh anciano, ayo de Erecteo, mi difunto padre!; anímate a llegarte al oráculo del dios, para que te regocijes conmigo si el rey Apolo ha declarado que tendré hijos. Dulce es la felicidad en compañía de los que amamos; al contrario, si nos sucede algún infortunio (lo que Dios no permita), es dulce también mirar los ojos de un hombre benévolo. Yo, aunque reina, te respeto como a un padre, de igual manera que tú respetaste al mío en otro tiempo.

EL PEDAGOGO

¡Oh hija! Dignas son las costumbres de tus ilustres antepasados, y no deshonrarás con ellas a tus viejos progenitores, hijos de la tierra. Llévame, llévame al templo y sírveme de guía; molesto es para mí llegar hasta el oráculo;[46] ayúdame, y que tú seas quien me asista en las enfermedades en mi vejez.

CREÚSA (sosteniéndolo).

Sígueme, y mira por dónde andas.

EL PEDAGOGO

Vamos; tardos son mis pasos, vivo mi ánimo.

CREÚSA

Cuidado con esa senda; apóyate con firmeza en el báculo.

EL PEDAGOGO

Ciego es también mi báculo, que mi vista de poco sirve ya.

CREÚSA

Bien me parece lo que dices, pero no te dejes dominar del cansancio.

EL PEDAGOGO

No es ese mi deseo; poro no está en mi mano adquirir lo que me falta.

CREÚSA (al llegar arriba).

¡Oh mujeres!, fieles esclavas que me ayudáis con vuestras lanzaderas a tejer mis telas, ¿qué sabe mi marido de nuestros hijos, única causa de su venida? Hablad, si son alegres vuestras nuevas; no diréis que soy una dueña ingrata.

EL CORO

¡Ay de mí, oh Fortuna!

EL PEDAGOGO

No es de buen agüero tu exordio.

EL CORO

¡Ay de mí, desventurada!

EL PEDAGOGO

¿Me harán acaso infeliz los oráculos de mis señores?

EL CORO

Paciencia; ¿qué hemos de hacer cuando nos amenacen de muerte?

CREÚSA

¿Qué significa esto? ¿Qué les infunde miedo?

EL CORO

¿Hablaremos, o nos callaremos? ¿Qué hacemos?

CREÚSA

Hablad; sin duda sabéis algo siniestro que me interesa.

EL CORO

Lo diremos, pues, aunque perezcamos dos veces.[47] No tomarás en tus brazos a tus hijos, ¡oh señora!, ni los alimentarán tus pechos.

CREÚSA (horrorizada en extremo).

¡Ay de mí! ¡Que yo muera!

EL PEDAGOGO (consolándola).

¡Hija!

CREÚSA

¡Cuán desdichada soy! ¡Grande es mi infortunio, intolerable el dolor que sufro, oh, amigas!

EL PEDAGOGO

Perecimos, hija mía.

CREÚSA

¡Ay, ay de mí! ¡Ay, ay de mí! ¡Dolor agudo ha penetrado en mi corazón!

EL PEDAGOGO

No solloces todavía...

CREÚSA

Deplorable es nuestra suerte.

EL PEDAGOGO

Hasta no saber...

CREÚSA

¿Qué nueva?

EL PEDAGOGO

Si mi dueño es tan desventurado como tú, o tú sola la infeliz.

EL CORO

Diole Apolo un hijo, ¡oh anciano!; él solo es venturoso.

CREÚSA

Lo que has dicho, lo que has dicho pone el colmo a mi pena y a mi extrema aflicción.

EL PEDAGOGO

Ese hijo de que has hablado, ¿ha de nacer, o, según el oráculo, ha nacido ya?

EL CORO

Febo le ha devuelto uno, que vivía, ya en la pubertad; presente estuve yo.

CREÚSA

¿Que dices? Infausto, infausto, inaudito es lo que me cuentas.

EL PEDAGOGO

Y también para mí. Acábame de decir más claramente el oráculo, y quién es ese hijo.

EL CORO

El dios declaró que era el primero que encontrase al salir del templo.

CREÚSA (sollozando).

¡Ay, ay de mí! ¡Pero yo he de vivir sin hijos, sin hijos he de vivir, y solitaria y sin ellos habitaré en mi palacio!

EL PEDAGOGO

¿Y a quién aludió el oráculo? ¿Con quién tropezó el marido de esta desdichada? ¿Cómo, en dónde lo vio?

EL CORO

¿Te acuerdas, ¡oh señora amada!, del joven que cuidaba de este templo? Ese es su hijo.

CREÚSA

¡Ojalá que yo vuele por el húmedo aire,[48] lejos de la Grecia, hasta llegar a los luceros vespertinos: que tan grande es mi dolor, ¡ay!, que tan grande es mi dolor!

EL PEDAGOGO

¿Y qué nombre le puso su padre? ¿Lo sabéis, o también lo ignoráis?

EL CORO

Ion, por ser el primero que encontró.

EL PEDAGOGO

¿Y quién es su madre?

EL CORO

No puedo decírtelo; pero el esposo de esta, sin que ella lo sepa, para decírtelo todo, ¡oh anciano!, ha ido a sacrificar en acción de gracias, por el hallazgo de su hijo y por la hospitalidad que le dio, a los sagrados tabernáculos y a celebrar con él un banquete.

EL PEDAGOGO

Tu esposo nos hace traición, ¡oh señora!, y, como tú, lo deploro. Estamos llenos de oprobio, y nos arrojarán del palacio de Erecteo; no me inspira el odio a tu marido, sino el afecto que te profeso, porque habiéndose casado contigo, aunque solo era en la ciudad un extranjero intruso, y habitado en tu palacio y poseído todo tu patrimonio, engendró hijos en otra mujer. Yo te explicaré lo que ha hecho sin tu consentimiento: cuando supo que eras estéril, no contento ya con que fuese igual vuestra desgracia, compartió el lecho de alguna esclava, de quien tuvo a ese niño; lo alejó de ella, dándolo a educar en Delfos, y sin obstáculo ha crecido ocultamente en el templo del dios. Ya hombre, te persuadió que vinieras aquí pretextando que no tenías hijos tú; el dios no te ha engañado; él sí, criando hace tiempo al suyo y tramando tales engaños; si se averiguaban, los atribuiría a Apolo;[49] si permanecían ignorados, se aprovecharía de ellos para darle el reino de Atenas. Tranquilo forjó, pues, el nuevo nombre de Ion, por haber sido el que encontró al salir del templo. ¡Ay de mí! ¡Cómo he aborrecido siempre a los malvados que maquinan injusticias o iniquidades y después las engalanan artificiosamente! Prefiero un amigo sencillo y bueno a otro más sagaz si es malo. Y sufrirás el colmo de los males si un hombre oscuro, hijo de madre incierta, de una esclava cualquiera, ha de mandar en tu palacio. Más tolerable sería que habiendo nacido de noble ciudadana, te hubiese persuadido, viéndote sin descendencia, que lo adoptaras, llevándolo a tu palacio; y si te desagradaba, contraer nuevo himeneo con alguna de las nietas de Eolo. Deber tuyo es, pues, ahora, acometer alguna hazaña mujeril, o empuñando el acero, o armándole alguna celada, o matando con veneno a tu marido y a tu hijo antes que ellos lo hagan contigo. Y si no lo intentas, perderás la vida, que cuando dos enemigos viven bajo un mismo techo, amenaza grave peligro al uno o al otro.[50] Yo te ayudaré, y nos presentaremos en el festín, mataremos juntos a su hijo, y pagaré así a mis dueños cuanto han gastado en sustentarme, y moriré o viviré con ellos. Solo el nombre de esclavo es deshonroso, que en todo lo demás, ningún siervo, siendo bueno, vale menos que los hombres libres.

EL CORO

Y yo, dueña querida, quiero compartir contigo esta desdicha, y morir o vivir sin oprobio.

CREÚSA (que de repente sale de un doloroso estupor).

¡Oh alma mía! ¿Cómo he de callar? Y por otra parte, ¿cómo publicar mis ignoradas aventuras amorosas desoyendo los consejos del pudor? Ya, ¿qué obstáculo me lo impide? ¿Con quién rivalizaré en virtud? ¿No es un traidor mi marido? Usúrpanme mi palacio, quédome sin hijos, y se desvanecieron esperanzas que ya no puedo abrigar, a pesar de mis deseos, callando mis amores, callando mi deplorable pasado. Pero no; por el solio estrellado de Zeus, por la diosa que habita en mis peñascos y por la sagrada orilla de la pantanosa laguna Tritónide,[51] no ocultaré mi falta, y me consolaré abriendo mi pecho. Lágrimas destilan mis pupilas, y duélese mi corazón, víctima de las asechanzas de los dioses y los hombres, cuya ingrata traición a mi lecho probará mi esfuerzo.