NOTAS:
[40] En el manuscrito hay varios intentos para continuar el fragmento: «Así permaneció largo tiempo y realmente pudo descansar. Aunque seguía reflexionando, lo hacía en la oscuridad y sin que nadie le molestara. Pensaba en Tit. Tit. estaba sentado en una silla y K permanecía arrodillado ante él, acariciando sus brazos y adulándolo de todas las maneras posibles. Tit. sabía lo que K pretendía, pero hacía como si no lo supiera y así le atormentaba un poco. No obstante, K sabía que al final conseguiría lo que se proponía, pues Tit. era un imprudente, un hombre fácil de convencer, sin conciencia del deber. Era incomprensible cómo el tribunal podía tener tratos con un tipo así. K se dio cuenta: era posible influir en él. No se dejó confundir por su sonrisa desvergonzada, dirigida al vacío, se mantuvo en su petición y alzó las manos hasta acariciar con ellas las mejillas de Tit. No se esforzaba mucho, lo hacía casi con pereza, prolongó su gesto por puro placer, estaba seguro de su éxito. ¡Qué fácil era engañar al tribunal! Como si obedeciera a una ley natural, Tit. se inclinó hacia él y un guiño de ojos amigable y lento le mostró que estaba dispuesto a concederle su favor. Estrechó la mano de K con fuerza, éste se levantó, sintió que era un momento solemne, pero Tit. no toleró ninguna solemnidad, abrazó a K y se lo llevó. Llegaron en seguida al edificio del tribunal y se apresuraron a subir las escaleras, pero no sólo subieron, se deslizaron hacia arriba y hacia abajo como si estuvieran en una barca. Y precisamente cuando K observaba sus pies y llegaba a la conclusión de que esa bella forma de desplazarse no era propia de su vida vulgar, precisamente en ese momento se produjo la transformación sobre su cabeza inclinada. La luz, que hasta ese momento procedía de la parte de atrás, cambió y les dio de frente, cegándoles. K miró hacia arriba, Tit. asintió y se dio la vuelta. Otra vez se encontraba K en el pasillo del juzgado, pero estaba mucho más tranquilo, no había nada que llamase la atención. K lo contempló todo, se soltó de Tit. y siguió su propio camino. K llevaba un traje nuevo, largo y negro, era pesado y cálido. Sabía lo que acababa de ocurrirle, pero estaba contento de no querer reconocerlo. En un rincón del pasillo, en el que había una gran ventana abierta, encontró sus ropas, la chaqueta negra, los pantalones y la camisa arrugada».