NOTAS:
[1] En la primera edición de El proceso de 1925, Max Brod comentaba que el manuscrito no llevaba título. Sin embargo, Kafka, como Max Brod documentó, siempre se refirió al texto con esa denominación. Por regla general, Kafka se decidía por un título definitivo una vez concluida la obra. No se puede excluir, por consiguiente, que El proceso fuese sólo un título provisional.
[2] Como en su novela El castillo y en otros relatos, el personaje principal se oculta tras un apellido reducido a inicial. Es muy posible que Kafka hiciera referencia a su propio apellido. No obstante, Kafka solía emplear este tipo de iniciales en sus anotaciones en diarios y, según sus manifestaciones, «porque el escribir nombres me causa una extraña confusión». Esta relación problemática se extendía a su propio nombre, que evitaba escribir siempre que podía. Su firma era FK. En sus diarios escribe: «Considero la K horrible, me repugna y, aun así, la escribo, debe de ser característica de mí mismo» (27 mayo 1914). En cuanto al nombre «Josef» es muy posible que hiciera referencia al Emperador Francisco José I. En la obra de Kafka los nombres suelen desempeñar un papel simbólico. De una anotación en su diario de 27 de enero de 1922 se deduce que Kafka se inscribió en un hotel con el nombre «Josef K».
[3] La escena de la detención de Josef K se ha podido inspirar en las Memorias de Giacomo Casanova. En la novela hay más referencias ocultas. Ya en el inicio, la unión de un término judicial, «detención», y otro moral, «malo», presagia la ambigua naturaleza del proceso y de la judicatura.
[4] En el manuscrito el vigilante reacciona de una manera más brusca: «¿Qué quiere?» Kafka lo tachó y eligió una fórmula más convencional.
[5] Tachado en el manuscrito: «dijo K sonriendo; sin haber estado antes preocupado, ahora se sentía aliviado, pues se había expresado lo imposible y, así, su imposibilidad se había tornado más evidente».
[6] No sin cierta ironía describe Kafka la situación jurídico—política del momento. Kafka comenzó la novela el 11 de agosto de 1914, en plena gestación de la I Guerra Mundial. Las referencias al «Estado de Derecho» y al vigor de las leyes es interesante porque designa un régimen que se somete al derecho en su forma de actuación. Un manto de normalidad cubre la sociedad en la que se desenvuelve Josef K, no hay ninguna perturbación del orden político ni ningún «estado de alarma, excepción o sitio» que pudiera justificar la existencia de tribunales de excepción.
[7] La acción de la novela transcurre en el periodo exacto de un año. En la elección de la edad y de otras circunstancias temporales se dan motivos autobiográficos, en concreto se reflejan determinados acontecimientos relativos a su relación con Felice Bauer.
[8] Tachado en el manuscrito: «por el miedo de que se rieran más tarde de su seriedad exagerada».
[9] Tachado en el manuscrito: «¡Aún tardaré un rato!—le gritó K por simple petulancia, pero en realidad se dio toda la prisa que pudo».
[10] Desde la nota hasta «Josef K?» hay una versión alternativa en el manuscrito: «El supervisor le contempló en silencio y con mirada inquisitiva. "El interrogatorio parece limitarse a miradas—pensó K—. Un rato se le puede permitir. Si supiera qué autoridad puede ser ésta que, sólo por mi causa y sin la menor perspectiva de éxito, se puede permitir el lujo de tomar semejantes medidas extraordinarias. Pues no se puede dudar en calificarlas de extraordinarias. Me han asignado a tres personas, han desordenado dos habitaciones ajenas, allí en la esquina hay tres jóvenes que contemplan las fotografías de la señorita Bürstner".
[11] A continuación, tachado en el manuscrito: «Alguien me dijo, ahora no me acuerdo quién, que, cuando nos levantamos temprano, resulta extraño encontrarlo todo en el mismo sitio en que se dejó por la noche. La vigilia, al menos en apariencia, es un estado muy diferente al del sueño y, como ese hombre dijo con razón, se necesita una gran presencia de ánimo para, con los ojos abiertos, situar todos los objetos en el mismo lugar en que quedaron la noche anterior. Por esto mismo, el instante en el que despertamos es el más arriesgado, una vez que se ha superado, sin quedar desplazado del lugar, podemos seguir viviendo confiados el resto del día. A qué conclusiones llegó ese hombre—ahora me acabo de acordar de quién era, pero su nombre es indiferente...».
[12] Tachado en el manuscrito: «se reclinó en el asiento del coche, dijo "¡Dios mío!", y elevó las cejas al sonreír».