La escandalosa «guerra de la fornicación», y cómo produjo, con diversos nombres, un espectro lívido que todavía existe.
Enciso se aproximó á una de las ventanas de su biblioteca, mirando al exterior.
—Llueve. No se vaya usted aún. Fumemos otro cigarro.
Brillaban calles y techumbres bajo una lluvia tenaz que obscurecía prematuramente el cielo del atardecer.
Claudio Borja, que ya se había puesto de pie para marcharse, volvió á ocupar un sillón, tomando el grueso cigarro ofrecido por el diplomático.
Se quedaría media hora más, esperando que pasase el chubasco. Y reanudaron su evocativa conversación.
—El año 1494—dijo Enciso después de reflexivo silencio—resultó para el papa Borgia el más peligroso de su existencia. A fines de Enero supo la muerte casi repentina del rey Ferrante ó Fernando, aquel bastardo nacido en Valencia, que fué cabeza de la dinastía napolitana de Aragón. Su heredero Alfonso II se apresuró á buscar el apoyo del Papa, único soberano de Italia que podía ayudarle. Veíase amenazado el nuevo monarca por la expedición de Carlos VIII y la hostilidad del pueblo y los barones de Nápoles, tratados con rudeza por el difunto don Ferrante.
Otra vez se consideró Alejandro VI en un dilema angustioso. El rey de Francia le enviaba embajadores amenazándolo con reunir un concilio que le quitaría la tiara si no se unía á él. Julián de la Rovere, separado del rey de Nápoles, empezaba á trabajar por el monarca francés. Además corría el peligro de perder á su íntimo amigo el cardenal Ascanio Sforza, partidario también del rey de Francia por su parentesco con el tirano de Milán.
Quiso contemporizar inútilmente, enviando la Rosa de Oro á Carlos VIII como símbolo de amistad, y prometió al mismo tiempo dar la investidura al nuevo rey de Nápoles; esto último por complacer á su amigo Fernando el Católico.
Presintiendo Alfonso II las justas vacilaciones del Pontífice, por convenirle á éste en realidad ser enemigo de la dinastía napolitana, ratificó las proposiciones que había formulado su padre referente á los Borgia, haciéndolas aún más tentadoras. Su hija natural, doña Sancha, se casaría con el pequeño Jofre Borgia, llevándole además del principado de Esquilache 40.000 ducados de renta y una compañía pagada de cien hombres de armas para su guardia personal. El dote de Sancha sería de 200.000 ducados (más de millón y medio de francos oro). El hijo mayor de Alejandro VI, Juan, duque de Gandía, recibiría del rey de Nápoles el principado de Tricarico, en la Basilicata, y á tal presente irían unidos ricos beneficios eclesiásticos en las diócesis napolitanas para el joven cardenal de Valencia César Borgia, que acababa de recibir las órdenes del subdiaconato, entrando en la vida clerical contra su voluntad.
En Abril se decidía el Papa resueltamente á favor de Nápoles, encargando á su sobrino Juan de Borja, cardenal de Monreale, que coronase á Alfonso II. Jofre le acompañó para consumar su matrimonio con doña Sancha. Cinco días después Juliano de la Rovere se embarcaba en Ostia, la noche del 24 de Abril, abandonando á su hermano Juan la defensa del castillo en la desembocadura del Tíber. Un navío le llevó á Génova, pasando de allí á Francia enviado por Ludovico «el Moro», señor de Milán, para que acelerase la marcha invasora de Carlos VIII.
Alejandro llamó á Roma al conde Pitigliano, encargándole el sitio del castillo de Ostia, y á pesar de la fama de éste como fortaleza inexpugnable, capituló con sólo un mes de asedio.
Durante varias semanas vió satisfecha el Pontífice su vanidad paternal, gozando las delicias de una paz que fué á modo de breve paréntesis en los sucesos de dicho año, tan angustioso para él.
El 7 de Mayo se celebraba en Nápoles la boda de don Jofre y doña Sancha con gran aparato. Alfonso II, padre de la novia, deseaba levantar su crédito ante los napolitanos y los barones de su reino, dando gran brillo á las ceremonias nupciales para inspirar confianza al país, haciéndole creer que su nuevo parentesco con el Pontífice era una garantía contra la anunciada expedición francesa.
Claudio Borja creyó del caso recordar una carta del cardenal de Monreale á su gran amigo el valenciano don Juan Marrades, camarero ó cubiculario íntimo del Papa, contándole lo ocurrido en esta boda para que lo transmitiese al duque de Gandía, residente en Valencia. Dicha carta la guardaba el canónigo Figueras en el archivo de su catedral, y era notable por la alegre crudeza con que relataba en valenciano algunos detalles de las nupcias del pequeño Jofre.
—La moral de aquellos tiempos—siguió diciendo—era más desenfadada que la presente. Usted habló antes del Nuncio del Papa en Pésaro presidiendo un baile hasta el amanecer y conduciendo la última «farandola» por las calles. El cardenal Juan de Borja, según costumbre de la época, fué en compañía de los padres de la novia y otros de la familia á visitar á los nuevos cónyuges cuando ya estaban acostados. En todas las bodas aristocráticas de entonces era de ritual dicha visita, riendo padres y amigos ante las tímidas caricias preliminares de los recién casados.
Hacía elogios el cardenal de la valerosa desenvoltura de su primo Jofre, que aún no había cumplido catorce años. Sin duda debió deslizar una mano bajo las ropas del lecho, pues afirmaba en su carta que salió del dormitorio seguro de que el nuevo príncipe de Esquilache «estaba muy alegre y bien preparado para la batalla».
Esta certidumbre del cardenal-legado fué de corta duración. El menor de los Borgia se convenció pronto de que había caído en la más temible de las esclavitudes sexuales. Doña Sancha, mezcla de napolitana y española, era de un temperamento furiosamente lúbrico, que acortó su existencia. Antes de los veintiséis años de edad, en 1506, murió agotada por sus demasías licenciosas.
—Esta hispano-napolitana—siguió diciendo Claudio—fué culpable, á causa de sus ardores, de la horrible fama que durante tres siglos ha pesado sobre la pasiva y sonriente Lucrecia. Los enemigos de Alejandro, para desacreditar más á su familia, pasaron á la cuenta de la hija todos los desenfrenos de la nuera, y los escritores de la Reforma, arrastrados por el odio religioso, mantuvieron dicho error.
Cuando dos años después los jóvenes príncipes de Esquilache volvieron de Nápoles á Roma para vivir en el Vaticano, doña Sancha, todavía muy jovencita, pero en plena erupción de su temperamento precoz y perversamente lujurioso, se entregó á los mayores excesos, encontrando tal vez una ampliación de sus placeres en el escándalo que provocaban.
—Hacía gala de sus amoríos con sus dos cuñados: Juan y César. Era inútil que éstos guardasen cierta prudencia; ella, con cínicos alardes, se encargaba de hacer saber á todos sus placeres incestuosos. Al mismo tiempo se entendía con otros hombres de la corte papal que eran de su gusto, así eclesiásticos como laicos. Lo raro fué que no atentase contra su propio suegro el Pontífice, pues éste, á pesar de su vejez, continuaba mostrándose alegre y galante con las damas en las fiestas del Vaticano... Alejandro sentíase, en realidad, indignado por la conducta de su nuera y la triste situación de su hijo Jofre. Este sólo deseaba que su mujer le dejase tranquilo y olvidado. Ella lo escarnecía por la prudencia con que cuidaba de su salud, y tales y tan continuos fueron los escándalos dados por la napolitana, que el Papa, en sus últimos tiempos, acabó por encerrarla en el castillo de Sant Angelo, para que no hablasen más en Roma de su ostentosa impudicia.
Al día siguiente de dicho matrimonio, el cardenal de Monreale coronaba con gran aparato á Alfonso II de Nápoles, renovándose acto seguido para el Papa la sucesión de conflictos que llenó todo el curso de 1494, el año más tenebroso de su vida.
Después de haberle abandonado Rovere, hizo lo mismo Ascanio Sforza. Los dos cardenales habían vivido siempre como implacables adversarios; pero se unieron en la presente ocasión para combatir juntos al Papa: Juliano como protegido del rey de Francia, Ascanio como hermano de Ludovico «el Moro», de Milán.
Además, el peligro se alzaba repentinamente para Alejandro VI dentro de su propia casa. Toda la nobleza romana que había recibido sus Estados en feudo de la Santa Sede declarábase en rebelión. Los Colonna, los Orsini, los Savelli y tantos otros, bajo la influencia de Ascanio Sforza, se unían al tirano de Milán y á Carlos VIII.
Más de la mitad de Italia era enemiga del Papa. Sólo podía apoyarse en el rey de Nápoles, y éste á su vez buscaba su protección, temiendo á los señores feudales y al pueblo de sus propios Estados, por tener la certeza de que se sublevarían contra él apenas avanzase la expedición de los franceses.
Se daba cuenta Alejandro de su gran error diplomático, aunque en realidad lo había visto claramente desde el principio. Era su amigo el rey de España quien le había impulsado á tomar esta determinación, más que el propio deseo de engrandecer á sus hijos. Y Fernando el Católico sólo le enviaba palabras de amistad y esperanzas de auxilio, sin que llegasen detrás de ellas soldados ni dinero.
El peligro inminente le hizo pensar en la seguridad de su familia. Lucrecia vivía en Pésaro con su esposo. Este Juan Sforza, sobrino del duque de Milán, no podía permanecer tranquilo en Roma desde que el Papa desertó la liga formada por milaneses y venecianos, uniéndose con Alfonso II de Nápoles. Creía más prudente vivir lejos de la Ciudad Eterna, en sus tierras propias, y Alejandro VI dejó que se llevase á su esposa.
También temía Borgia los horrores de una invasión, pensando en «la bella Julia» y demás mujeres de su familia ilegítima. Todas ellas siguieron á Lucrecia en dicho viaje, con pretexto de pasar el verano junto al Adriático, y en realidad para mantenerse á cubierto de la próxima guerra. La «Farnesina», doña Adriana de Milá y «la Vannoza» emprendieron el viaje á Pésaro. El único de sus hijos que permaneció en Roma cerca de él fué César, ayudándole con una serenidad de juicio y una sangre fría impropias de sus pocos años.
Se esforzó el Papa por hacer frente al próximo avance francés. Como Venecia estaba en relaciones con el sultán de Constantinopla, envió á éste un agente secreto, llamado Bocciardo, pidiéndole aconsejase al gobierno veneciano que se pusiera de parte de Nápoles. El hecho de guardar en su poder á Djem, hermano del sultán Bayaceto, facultaba al Pontífice para intentar dicha gestión. Al mismo tiempo, el enviado debía pedir al jefe del Islam que pagase anticipada una anualidad por el mantenimiento de su hermano en Roma. Dicha pensión, de 40.000 ducados, serviría al jefe de la Iglesia para defenderse de la invasión francesa.
Mientras tanto, Carlos VIII justificaba sus preparativos guerreros con un fin falsamente religioso. Luego que se apoderase del reino de Nápoles, iría á conquistar Constantinopla y Jerusalén (¡el eterno pretexto de la cruzada!); pero ni él ni sus capitanes pensaban en cumplir tales promesas.
Salía de Roma el Pontífice para avistarse con Alfonso II cerca de la frontera napolitana, examinando los medios de resistir con las armas á los invasores. Alejandro VI y el joven cardenal César sostenían la conveniencia de ir al encuentro del adversario con un movimiento ofensivo, aprovechando la dispersión de sus fuerzas en el avance. Alfonso temía salir del reino con sus escasas tropas, por miedo á la sublevación que seguramente estallaría apenas se alejase.
El 3 de Septiembre pasaba el rey de Francia la frontera de Saboya. Iban con él 15.000 hombres de armas y escuderos, 8.000 arcabuceros gascones, 6.000 alabarderos suizos, 1.500 arqueros franceses y 150 cañones enormes. Esta aglomeración de hombres armados, la más grande en realidad que se había visto en aquella época, no llevaba tiendas de campaña, ni víveres, ni dinero. Las tropas vivían sobre las tierras conquistadas. Además, este ejército de franceses iba hacia la rica Italia en el mismo estado de ánimo que las andrajosas y famélicas brigadas de la República, tres siglos después, cuando el principiante Bonaparte las mostraba desde lo alto de los Alpes la tierra de promisión.
Carlos VIII, hijo degenerado del terrible Luis XI, era feo de rostro, débil de piernas, poco inteligente, pero con un insaciable apetito genésico. La campaña de Italia iba á servirle para conocer nuevas mujeres, uniendo al deleite carnal el incentivo de la violencia.
—Esta expedición francesa—dijo Borja—no pudo ser más fácil ni proporcionar mayores placeres. Tan imponente número de guerreros atravesó la mayor parte de Italia sin esgrimir sus armas, pudiendo entregarse finalmente en Nápoles á la más ruidosa de las orgías. Sólo á la vuelta, al salir de la península, tuvieron que pelear una sola vez, con verdadero empeño, para abrirse paso. En realidad la tal campaña merece el nombre de «guerra de la fornicación». No hicieron otra cosa el joven rey de Francia, apodado «el Cabezudo» por su fealdad, y los 30.000 hombres de su ejército.
Enciso acogió con gestos afirmativos el título de dicha guerra. Resultaba exacto.
Dos soberanas, la duquesa Blanca de Saboya y la marquesa de Monteferrato, abrían la península al joven conquistador. La primera lo recibía espléndidamente en Turín y la segunda en Casale. Entradas triunfales sin ningún combate previo, justas y torneos antes de los grandes banquetes, por la noche danzas con las damas, y luego el reposo de cada héroe en un lecho de finas telas, «con carnes dulces que palpar». Si el monarca y sus paladines llegaban con el deseo de conseguir numerosas conquistas femeninas, las hermosas señoras italianas mostrábanse aún más vehementes y prontas á entregarse, olvidando á padres y maridos, con la esperanza de alegar luego el haber sido forzadas por los invasores.
—Todos los documentos de aquel tiempo, lo mismo las crónicas particulares que las comunicaciones diplomáticas, hablan de la fornicación general de las tropas y de sus capitanes, empezando por el rey. Según testimonio de los franceses, las bellas italianas no esperaban á ser violadas ó solamente rogadas, sino que se ofrecían espontáneamente. Después de haber gozado de todas maneras la hospitalidad de la duquesa Blanca de Saboya y la marquesa de Monteferrato, se hacía prestar Carlos VIII, con una franqueza admirable, las joyas de estas hermosas damas, empeñándolas para pagar á sus tropas. Luego la orgía continuaba en el Milanesado.
La joven esposa de Juan Galeas, verdadero señor de Milán, se echaba á los pies del rey francés haciéndole saber que el usurpador Ludovico «el Moro» guardaba á su sobrino preso, para conservar el gobierno del país. Lloró Carlos VIII de emoción escuchando tan justos lamentos; pero como Ludovico era quien le abría la península italiana, dejándolo entrar en Milán, se enjugó las lágrimas y siguió adelante. Poco después, Galeas moría envenenado por su tío, para que la viuda no hiciese más protestas.
Pasaba de Milán á Florencia el ejército invasor, siendo acogido en todas las ciudades lo mismo que en Turín: fiestas, torneos, banquetes, fornicación general y al marcharse grandes contribuciones de guerra.
César Borgia abandonó Roma, encerrándose en Orvieto—ciudad confiada á su gobierno por el Papa—para improvisar su defensa.
Este hijo de español nacido en Roma empezó á mostrar un orgullo italiano, del que parecían desprovistos los más de sus compatriotas. Ya que todos se sometían al invasor y numerosas mujeres aumentaban tal bajeza con su liviandad escandalosa, él sería el único en protestar por medio de las armas. Y la sola resistencia que encontraron los franceses antes de su llegada á la frontera de Nápoles fué la de Orvieto. Contra su ciudadela chocaron inútilmente las olas de la invasión, teniendo que seguir adelante.
Mientras Carlos VIII avanzaba desde Florencia á Roma, dos grandes contrariedades entristecieron al Papa, que había quedado solo.
Bocciardo, su agente secreto, desembarcaba cerca de Ancona, en el Adriático, con un enviado turco de Bayaceto, portador de los 40.000 ducados de la pensión de Djem. Ambos viajeros caían en poder de una banda capitaneada por Juan de la Rovere, hermano del cardenal, expulsado del castillo de Ostia. Se apoderaba aquél de los 40.000 ducados, dejando en libertad al mensajero del sultán. A Bocciardo manteníalo preso, y despojado de todos sus papeles lo enviaba al cardenal Juliano, que había venido de Francia en el séquito de Carlos VIII.
Sirvió la pensión de Djem para los gastos de la campaña, y los papeles fueron utilizados por Juliano, quien los desfiguró, publicándolos luego para desacreditar á su adversario. Basándose en dichos documentos falsificados, inventó una calumnia digna de su violento carácter, diciendo que Bayaceto proponía al Papa la muerte de su hermano Djem, ofreciéndole 300.000 ducados á cambio de su cadáver.
—Esta calumnia demasiado grosera—dijo Claudio—no produjo el efecto que esperaba Juliano. Se deshizo sin tocar á su enemigo. Era posible que Bayaceto hubiese escrito dicha proposición. Varias veces intentó, en el Pontificado anterior y en el de Borgia, asesinar á su hermano por medio de enviados turcos ó de italianos, que aceptaban sus planes sin realizarlos nunca. El interés de los Papas era, por el contrario, guardar á Djem para tener en respeto al Gran Turco y percibir la pensión anual de 40.000 ducados. Matarlo equivalía á suprimir «la gallina de los huevos de oro», pues el mantenimiento de dicho personaje no costaba ni la décima parte de la cantidad recibida.
—Nadie hizo caso del violento Juliano de la Rovere, es cierto—añadió Enciso—. Mas transcurrido un siglo, los escritores de la Reforma recogieron la olvidada calumnia para acusar al papa Borgia de la muerte de Djem, ocurrida meses después, y perfectamente explicable por sus excesos alcohólicos, cuando ya estaba en manos de Carlos VIII.
Al llegar el rey de Francia á Lucca, encontraba al cardenal Piccolomini, sobrino de Pío II, hombre bondadoso y transigente, encargado por el Papa de intentar un acomodamiento con él. Conocían los del séquito real la situación desesperada de Alejandro VI, sin medios de resistencia, abandonado de todos, con su propia vida en peligro. Los barones romanos sublevados no esperaban mas que una ocasión favorable para apoderarse de la capital pontificia y tal vez para asesinarlo.
Se negó el monarca á recibir á Piccolomini, alegando no tener necesidad de intermediarios para hablar con el Papa. Ya trataría con éste directamente durante las fiestas de Navidad, que era cuando pensaba entrar en la Ciudad Eterna.
Un gran disgusto de índole privada vino á unirse en Noviembre al desaliento político de Alejandro VI. La «bella Julia», siguiendo uno de sus caprichos, se había separado de Lucrecia en Pésaro para ir á Viterbo, donde estaba su hermano el cardenal, en compañía de una cuñada suya y doña Adriana de Milá.
Varios jinetes franceses, mandados por Ives d’Allegre, el mismo que iba á ser años adelante compañero de armas de César Borgia, hicieron prisioneras á las tres damas, pidiendo por ellas rescate, como de costumbre. La guerra y el bandidaje apenas se diferenciaban entonces.
—A pesar de que Ives d’Allegre habló con entusiasmo de la belleza de Julia á Carlos VIII, éste se negó á verla, decisión que no se explica, tratándose de un hombre de insaciable curiosidad en el conocimiento de beldades italianas. Tal vez Rovere y los otros cardenales que iban con él evitaron, por toda clase de medios, que llamase á la bella prisionera, temiendo que ésta lo sedujese con su hermosura y lo inclinara á favor de Alejandro VI.
Mostró el Papa las angustias de un viejo enamorado al enterarse del suceso, haciendo toda clase de gestiones para la liberación de las cautivas. Envió inmediatamente los 3.000 ducados de rescate exigidos por el capitán Allegre y despachó á dos cardenales para que solicitasen de Carlos VIII la cesión de las prisioneras, protestando de la indelicadeza de dicho rapto. Las tres damas fueron enviadas á Roma con fuerte escolta, y el cubiculario secreto del Papa, Juan Marrades, su hombre de confianza, salió á recibirlas fuera de la ciudad.
Su cautiverio sólo había durado cuatro días, y Borgia se consoló momentáneamente de sus inquietudes políticas al ver otra vez á «la bella Julia».
Tal accidente, digno de la «guerra de la fornicación», hizo reir á media Italia.
Ludovico «el Moro» protestó al enterarse del modesto rescate fijado por el capitán francés.
—¡Tres mil ducados!—dijo—¡qué locura! El Santo Padre habría dado diez veces más, cien veces más, por entrar otra vez en posesión de su bella concubina.
Aproximábanse á Roma, al mismo tiempo, por un lado el ejército francés y por otro un ejército napolitano, cuyo auxilio no podía inspirar confianza, ya que su jefe, el duque de Calabria, aconsejaba al Pontífice que huyese de su capital, refugiándose en Nápoles.
Alejandro no sabía qué hacer. Su valor sereno y confiado le evitaba las ofuscaciones del pánico. Seguía esperando un auxilio providencial, aunque ignoraba de dónde podía venir. Los reyes españoles, que le habían empujado á la situación presente, sólo enviaban promesas.
Hubo un momento en que resolvió huir, por no verse con Carlos VIII, que pensaba exigirle el reconocimiento de sus derechos sobre el reino de Nápoles. Pero ya era tarde. Las avanzadas francesas galopaban por la campiña romana, y desde el Vaticano podía ver el Papa á sus jinetes en las alturas del Monte Mario. El castillo de Sant Angelo, muy descuidado por sus antecesores, no podía oponer una resistencia seria.
—Iba á empezar para él—dijo Enciso—un verdadero calvario, que duró un mes; pero tan larga prueba hizo palpable hasta dónde llegaban su habilidad y su firmeza, consiguiendo finalmente salir victorioso de tantos peligros.
Aceptó que Carlos penetrase en la ciudad con sus tropas, pero á condición de mantenerlas en la ribera izquierda del Tíber. En los últimos días de Diciembre, algunas fracciones del ejército invasor se alojaron en Roma, fuera de la llamada Ciudad Leonina, cometiendo iguales atropellos que en las otras poblaciones italianas, especialmente en la persecución de las mujeres.
Mientras tanto, el monarca francés consultaba á sus astrólogos el día más favorable para hacer su entrada en la Ciudad Eterna. Estos designaron el de San Silvestre, y el 31 de Diciembre penetró Carlos en Roma con el aparato de un triunfador, dando por segura, los enemigos de Rodrigo de Borja, la pérdida de su tiara. Rovere y los cardenales que iban en el séquito real proyectaban la reunión de un cónclave que le depondría, nombrando á otro Pontífice.
Escuchó Alejandro pacientemente todas las imperativas exigencias de los delegados del joven monarca. Pedían la entrega inmediata del príncipe Djem, y que permitiese una guarnición de franceses en el castillo de Sant Angelo. César Borgia seguiría en rehenes á Carlos VIII hasta que éste conquistase Nápoles, y el Pontífice debía darle en seguida la investidura de dicho reino, legitimando así sus derechos como heredero de los Anjou.
Ante unas exigencias tan rudamente expuestas por los enviados regios, no había mas que aceptarlas con una abdicación vergonzosa, ó romper las entrevistas, negándose á todo. Alejandro no hizo ni una cosa ni otra. Discutió, dió largas á la resolución de cada una de las peticiones. Cuando se veía obligado á responder acto continuo, sufría un síncope, y era preciso dejar el asunto hasta el día siguiente.
César había abandonado á Orvieto al ver la plaza libre de sitiadores, y adelantándose á éstos con uno de aquellos galopes sorprendentes que empleó luego en sus campañas, estaba otra vez al lado de su padre. El aconsejó la única medida enérgica que se podía adoptar, y el 7 de Enero, Alejandro y sus cardenales abandonaron en secreto el Vaticano por el pasaje subterráneo que une éste al castillo de Sant Angelo, refugiándose en dicha fortaleza, como si pretendieran defenderse desesperadamente.
Tan grande era aún el prestigio del Papa, que el rey de Francia no osó atacarlo ni deponerlo, como le aconsejaban Juliano de la Rovere, Ascanio Sforza y tres cardenales más que figuraban en su séquito. Temía el descontento que pudieran provocar dichos actos en Francia y fuera de ella. Al mismo tiempo, el Pontífice y sus cardenales fieles se daban cuenta de que el castillo de Sant Angelo no podría resistir un verdadero asalto, y esta doble consideración hizo que por ambas partes se reanudasen las conferencias, poniéndose de acuerdo finalmente el 15 de Enero.
Dicha convención casi fué un triunfo para el Pontífice, al que todos creían perdido días antes. El príncipe Djem quedaba confiado al rey de Francia en todo el curso de la expedición contra los turcos; pero el Papa continuaría cobrando del sultán la pensión de 40.000 ducados. César Borgia iba á acompañar á Carlos VIII en su campaña durante cuatro meses, no en rehenes, sino como legado pontificio, con todos los honores debidos á tan alto cargo. Una guarnición francesa ocuparía Civita-Vecchia mientras el ejército del rey atravesaba los Estados de la Iglesia y Juliano de la Rovere se reinstalaría en el castillo de Ostia.
Alejandro VI, en compensación, debía conservar el castillo de Sant Angelo, recibir testimonio de obediencia públicamente del rey de Francia, gobernar con entera libertad sus Estados y ser protegido por dicho monarca contra todo ataque. ¡Y ni una palabra sobre el reconocimiento de los derechos de Carlos VIII al reino de Nápoles, que era lo que deseaba evitar Borgia!... Tal omisión y el juramento de obediencia del rey francés al Pontífice representaban una victoria diplomática enorme, un triunfo de su autoridad espiritual.
Volvía Alejandro, por el mismo pasaje secreto, desde el castillo á su palacio, recibiendo con gran majestad á Carlos VIII. Hizo tanta impresión en el joven monarca este Pontífice, al que veía por primera vez, y lo sedujo luego con tan agradables palabras en la intimidad, que ya no habló de su investidura de Nápoles, contentándose con dejar dicho asunto para otra ocasión.
Necesitaba el conquistador partir cuanto antes. Roma estaba amenazada por el hambre. Las tropas francesas habían devorado cuantas reservas se guardaban en la ciudad y sus cercanías. El pueblo no podía sufrir la arrogancia de los invasores. Diariamente surgían peleas. Los muchos españoles residentes en la ciudad se batían en todas las encrucijadas con estos soldados insolentes enemigos de los Borgia. Los alabarderos suizos excitaban especialmente la cólera popular. En su embriaguez perseguían y violaban á las mujeres hasta en mitad de las calles, mostrándose las plebeyas romanas menos fáciles que las altas señoras.
El 28 de Enero de 1495 abandonó Carlos VIII la capital pontificia al frente de sus tropas. César Borgia cabalgaba á su derecha, llevando sobre su vestido de viaje la capa roja de cardenal. Había aceptado, con aparente conformidad, este papel de legado que disimulaba su verdadera condición de rehén. Los que le conocían sospechaban que tanta mansedumbre debía ocultar algún propósito secreto.
Veinte carros, con vistosas fundas ostentando las armas de los Borgia, contenían el equipaje del joven cardenal. La primera etapa fué de Roma á Marino, y cerca de esta última población dos de los mencionados carros tuvieron que apartarse de la vía y quedar inmóviles por habérseles roto las ruedas. Eran los únicos que verdaderamente iban cargados con la vajilla preciosa y otros objetos de uso del legado.
La etapa resultó más larga al día siguiente, y la comitiva regia llegó á Velletri, donde el monarca francés, el príncipe Djem y César debían ocupar distintos alojamientos, preparados por el obispo de dicha ciudad.
Acompañó el cardenal de Valencia al rey hasta su casa, retirándose luego á la que le habían destinado. Una guardia de honor velaba en torno á su persona como representante del Pontífice, aunque en realidad su misión era la de vigilarle. Al cerrar la noche, César huyó de su alojamiento por una puerta trasera, vestido de caballerizo. Atravesó las calles á pie, sin darse prisa, para no llamar la atención, salió al campo, y en la Via Apia, lejos de las últimas casas de la ciudad, un hombre surgió de un grupo de árboles para ir á su encuentro, llevando de la rienda un caballo magnífico. Era un hidalgo de Velletri que César Borgia había conocido durante su permanencia en Marino el año anterior, cumpliendo una misión del Papa. Admirable jinete, saltó el cardenal sobre el fogoso corcel y á todo galope volvió á la Ciudad Eterna, entrando en ella antes que apuntase el día.
Nadie lo vió, ni su mismo padre. Sólo, mucho tiempo después, se supo que había vivido oculto en la casa de un español, Antonio Flores, auditor de la Rota, eclesiástico humilde, muy favorecido luego por los Borgia y que llegó á ser Nuncio en Francia.
Al enterarse Carlos VIII de la desaparición del cardenal, montó en cólera, considerando esta fuga como una afrenta para él. Su indignación aún fué en aumento al ser registrados los diez y ocho carros cubiertos con fundas blasonadas, que no se habían movido de Velletri por ignorar sus conductores la huída de su amo, viéndose que sólo contenían sacos de tierra y piedras. Esto demostró la premeditación de dicha fuga, y cuando una partida de jinetes fué en busca de los otros dos carros que se habían detenido en la jornada anterior por rotura de sus ruedas, resultaron tan invisibles como el cardenal de Valencia.
Encontró el pueblo de Roma muy graciosa la jugarreta de César. Era hijo de su ciudad: un verdadero romano, nacido de una transtiberina. Además todos se mostraban furiosos por los atrevimientos de los invasores. Los Borgia eran mirados ahora con cariño, y César fué de pronto el héroe popular, ayudando á tal prestigio su misteriosa desaparición.
Inventó el entusiasmo público venganzas patrióticas, atribuyéndolas al joven cardenal. Hasta propaló que unos suizos ebrios del ejército invasor habían penetrado en casa de «la Vannoza», violando á esta matrona, que todavía se conservaba apetecible, y su hijo, sabedor del atentado, había ido matando á puñaladas á sus autores. La noticia era falsa, pues «la Vannoza» estaba en Pésaro al lado de su hija Lucrecia; pero de todos modos el pueblo admitía como indiscutibles cuantas heroicidades vengadoras le contasen del que llamaba «nuestro César».
Mientras tanto, el Pontífice, alarmado por una fuga de la que su hijo no le había hecho la menor confidencia, daba excusas á Carlos VIII y ordenaba que un grupo de burgueses de Roma, amedrentados por el acto del cardenal de Valencia, fuese á Velletri inmediatamente para protestar del insulto inferido al rey francés y suplicarle que no se vengase en su ciudad.
Tuvo Carlos que seguir adelante, furioso por esta burla que le privaba de llevar junto á su persona un legado de la Santa Sede, dando apariencias de aprobación papal á su guerra. Esto hizo pensar á los cardenales enemigos de Borgia si la fuga sería una combinación del padre y el hijo, pues ayudaba perfectamente á la política de Alejandro.
En el mismo Velletri sufrió Carlos otra molestia. Al día siguiente de la huída de César se le presentaron unos embajadores españoles, enviados por Fernando el Católico, para protestar contra su expedición á Nápoles y la ocupación de las fortalezas del Papa. Al fin llegaba para Alejandro el apoyo de su amigo el rey español, aunque sólo fuese en forma de protesta diplomática.
Siguió adelante el joven conquistador, menospreciando dicha reclamación, en busca de una victoria que no podía ser más fácil. La guerra resultaba un simple paseo militar.
En vista de la flojedad y escasez de sus tropas, el rey de Nápoles había huído á Sicilia, abandonando sus Estados. A pesar de que nadie osaba oponer resistencia, el ejército invasor, ávido de pillaje, saqueó é incendió algunos pueblos al pasar la frontera napolitana, y esto fué suficiente para que las más de las ciudades apresurasen su rendición. Unas pocas semanas bastaron á Carlos para posesionarse del reino napolitano sin tirar de la espada.
El 22 de Febrero ya había entrado en Nápoles con honores de héroe. Llegaba el momento de cumplir sus promesas de cruzado, marchando sobre Constantinopla, luego de pasar por Grecia, que le esperaba impaciente para librarse de los turcos.
Tres días después de entrar en Nápoles moría el príncipe Djem. Contra toda verosimilitud, los enemigos del Papa le atribuían la muerte de este príncipe, diciendo que lo había entregado al rey de Francia, envenenado con un mes de anticipación, como si esto fuese posible.
Verdaderamente, el hermano del sultán sentíase enfermo desde mucho antes, á consecuencia de sus excesos en la comida y la bebida. El célebre pintor Mantegna, que le visitó repetidas veces en su alojamiento del Vaticano, declaraba que Djem comía de ordinario cinco veces al día copiosamente, y estaba ebrio á todas horas. Era gran jinete, pero á pie resultaba grotesco por su extremada gordura y la fealdad de su rostro.
César Borgia y su hermano Juan habían tenido con él cierta intimidad, y más de una vez, por la influencia de dicho trato amistoso, los dos hijos del Papa se mostraron en las calles de Roma con turbante y caftán, montados á la turca, imitando el aspecto del príncipe cautivo.
—Alejandro VI—dijo Enciso—no tenía ningún interés político en la muerte de Djem. Mientras viviese seguiría cobrando del sultán la pensión de 40.000 ducados. En cambio, de continuar Djem al lado de Carlos VIII, éste iba á verse en la obligación de aprovechar la influencia del cautivo, marchando inmediatamente á la conquista de Constantinopla. Era al rey de Francia, que nunca pensó seriamente en dicha conquista, á quien convenía la muerte del príncipe turco, y si existió envenenamiento, á él debe atribuirse... Pero en realidad Djem murió de sus excesos, que aún fueron mayores al abandonar el Vaticano y seguir á un ejército en el que todos iban ebrios ó acuciados por la lujuria.
La vida de Carlos VIII en Nápoles resultaba un final digno de la «guerra de la fornicación». Allí se desarrollaban las fiestas más suntuosas y las mayores aventuras libertinas. Ni el rey ni sus capitanes parecían acordarse ya de la promesa de guerrear contra los infieles. El ejército se iba empequeñeciendo con alarmante rapidez á causa de los excesos venéreos y las enfermedades. Todo Nápoles era una orgía. Además, estos vencedores sin combate maltrataban á los napolitanos, lo mismo que habían hecho en los otros países, robándolos individualmente é imponiéndoles fuertes contribuciones.
Commines, embajador de Francia en Venecia, escribía á su rey, alarmado por la opinión que empezaba á levantarse en Italia, aconsejándole que retrocediese cuanto antes.
Fernando el Católico creaba desde España una liga contra Carlos VIII, entrando en ella el Papa, el emperador de Austria, Venecia y hasta el mismo Ludovico «el Moro», que había abierto á los franceses las puertas de Italia y estaba arrepentido en vista de sus excesos. Dicha liga fué proclamada el 12 de Abril de 1495, y Carlos tuvo que replegarse inmediatamente hacia la frontera francesa para que no le cercasen los aliados dentro del reino de Nápoles.
No tenía barcos para evadirse por el Mediterráneo, y España y Venecia dominaban con sus flotas este mar, así como el Adriático. Debía volver á salir por los Alpes, lo mismo que había entrado, y para ello necesitaba atravesar otra vez las tierras pontificias.
Dejando una parte de su ejército en Nápoles, mandado por el duque de Montpensier, tomaba el camino de Roma, anunciando su regreso al Papa con las palabras más amables. Pero Alejandro, zorro viejo, no iba á caer en las trampas puestas por este mancebo alegre. Tal vez quería apoderarse de César Borgia, llevándolo á su lado como escudo protector para atravesar la Italia sublevada, entrando en Francia. Además, le placería mucho vengarse de un cardenal, más joven que él, que lo había puesto en ridículo con su fuga de Velletri.
Para que el Papa le esperase en Roma, le ofreció un regalo inmediato de 100.000 ducados y un tributo anual de 50.000 á cambio de la investidura de Nápoles. Como aún tenía parte de sus tropas en dicho reino, consideraba indiscutible su conquista, no pudiendo imaginar que Fernando el Católico enviase un ejército desde España para quitárselo.
Ni las ofertas del rey, ni las amenazas de los embajadores franceses, conmovieron al Papa; é imitando la táctica de César, huyó de Roma con veinte cardenales, refugiándose en Orvieto.
Carlos apenas se detuvo en Roma para ir también á Orvieto; mas entonces, Alejandro, que no quería verle á todo trance, se marchó á Perusa mientras las tropas de la liga formada contra aquél se iban reuniendo en Parma.
Tal noticia hizo desistir al rey francés de su entrevista con el Santo Padre, y precipitó su retirada hacia los Alpes, al mismo tiempo que Alejandro retrocedía tranquilamente á Roma guiado por César, quien meses antes había salido de su escondrijo en la casa del clérigo Flores, y seguía á su padre en estas hábiles marchas y contramarchas.
Hubo de librar Carlos una furiosa batalla para abrirse paso á través de los confederados. El peligro le hizo combatir valerosamente, siendo esta lucha la única digna de mención en toda la guerra.
Aunque consiguió ponerse en salvo, tuvo que dejar en manos del enemigo todos los bagajes de su ejército, así como el botín robado en Nápoles. Hasta los objetos personales del monarca quedaron abandonados en el campo de batalla, especialmente una colección de pinturas representando á todas las beldades «conocidas» por Carlos VIII en Italia.
—Aseguran que el rey cambiaba casi todos los días de amante—dijo Borja sonriendo—, y su expedición duró once meses. Calcule usted, don Manuel, cuántos serían los retratos de las damas.
Esta guerra de una batalla única resultaba terriblemente mortífera por los combates de la fornicación más que por los de las armas. Una demencia lujuriosa parecía haberse apoderado de los treinta mil hombres desde que atravesaron los Alpes. Cierto cronista napolitano que dió alojamiento á dos señores franceses relataba cómo cada uno de ellos tenía ordinariamente siete hermosas jóvenes ó mujeres casadas á su servicio, las cuales se renovaban, disputándose sus caricias.
—Además, dicha guerra—siguió Borja—hizo conocer una de las grandes calamidades que todavía aflijen á los humanos. El espectro lívido de la sífilis tomó cuerpo repentinamente, aterrando á todos con la visión explosiva de su fealdad. Es probable que existiese antes, pero en una forma distinta, confundiéndose con la lepra... Por un misterio todavía inexplicable, exacerbado tal vez dicho mal por las licenciosas costumbres del Renacimiento, se difundió de pronto como un estallido, abarcando igualitariamente á todas las clases sociales, royendo las narices y las gargantas de reyes y Papas, diezmando las naciones con la ferocidad de una epidemia. Los medios curativos de entonces, con su ineficacia, facilitaron estos progresos del mal.
—Nunca perecieron tantos personajes á un mismo tiempo como en aquella época—dijo Enciso—. Y como los enfermos morían cubiertos de abcesos, desfigurados por hediondas gangrenas, atribuía el vulgo tales defunciones á envenenamientos preparados por la venganza ó la codicia. Todos consideraban dichas lacras un exceso de ponzoña que se escapaba á través de la piel.
Muchas muertes originadas por el legendario veneno de los Borgia eran verdaderamente obra de la sífilis, atribuyéndose al mencionado tósigo el aspecto horrible que presentaban los atacados de dicha enfermedad. Y como ésta se cebaba con preferencia en ricos y poderosos, el vulgo encontraba fáciles razones para suponerlos envenenados.
—Lo raro fué—dijo Borja—que al mismo tiempo que la epidemia sexual se difundía por Europa, los descubridores españoles la encontrasen en América, dándola el nombre de «mal de bubas». Tal dualidad hizo que durante mucho tiempo se atribuyese á los pobres indígenas del Nuevo Mundo el terrible regalo de la sífilis hecho al mundo viejo.
Puso término Enciso al asunto con expresión escéptica.
—En este suceso nadie está de acuerdo y no existe una sola verdad. Cada cual sostiene la suya. Durante varios siglos, la terrible dolencia propagada por la expedición de Carlos VIII ha tenido un origen denigrante para el vecino, según se hablase de ella á un lado ó á otro de los Alpes. Los italianos la llaman aún «mal francés» ó «mal gálico», y los franceses la conocieron con el nombre de «mal napolitano».
Algunos días después, la vida monótona y plácida, alimentada por recuerdos históricos, que venía llevando Claudio Borja en Roma, quedó conmovida por dos opuestos motivos.
El embajador Bustamante lo llevó á su despacho á la terminación de uno de aquellos almuerzos «de confianza» á que le invitaba frecuentemente, y empezó á hablarle con la autoridad cariñosa de un antiguo tutor, recordando su amistad íntima con el padre de Claudio. Siempre consideraba al joven como de su familia. Hasta podía decir que Estela y él se habían criado juntos, no obstante la diferencia de algunos años entre sus respectivas edades. Don Arístides no había perdido de vista la «afinidad electiva» que ligaba á los dos.
—En Madrid todos daban por seguro vuestro matrimonio. Después... después pasó lo que pasó. No hablemos de ello. Yo también soy hombre, y he tenido mis debilidades, de las que no quiero acordarme... Pero ahora, por suerte, parece que mi hija y tú habéis vuelto á ser novios. No me lo niegues; se ve claramente. Estela vive más contenta, y mi cuñada me ha dicho que cuando salís los tres juntos, vosotros dos procuráis marchar delante de ella, hablando á solas, lo que satisface y molesta al mismo tiempo á la pobre Nati.
Y el solemne personaje creía llegado el momento de intervenir en este asunto amoroso. Era preciso darle una solución, ya que empezaba á resultar inexplicable para los amigos de la casa. ¿Cuándo se casaban?...
Luego, Bustamante le fué explicando con aire paternal la conveniencia de adoptar pronto dicha resolución. Era hora de que terminase su vida de soltero, sin finalidad y sin provecho alguno. Trabajaría mejor al lado de su esposa, en una casa propia, llevando la existencia ordenada de todos los varones dignos de respeto que sirven á la sociedad, recogiendo al mismo tiempo provechos y honores. Hasta le insinuó hábilmente lo que iba á ganar en consideración social siendo yerno del embajador Bustamante. Podría pretender en España honorables cargos públicos; se vería admitido en Roma, por derecho propio, en el mundo de los representantes diplomáticos, que don Arístides trataba ya como si fuese su ambiente natal.
Reconoció que Borja se veía aceptado en dicho mundo como un joven simpático y de cualidades recomendables; pero tal vez el mayor de sus méritos consistía en ser allegado á la familia del embajador de España.
Quedó Claudio indeciso ante las insinuaciones de su antiguo tutor. En realidad, no había hablado jamás de casamiento con Estela. Como se tuteaban desde niños y existía entre ellos una confianza de camaradas, podían conversar de todo, cual si sus destinos tuviesen una finalidad común, pero sin concretar nunca el carácter de tales destinos. Se miraban sonrientes, se estrechaban las manos, tenían en sus palabras y movimientos una confianza igual á la de los muchachos que se entregan juntos á sus juegos; mas nunca habían hablado concretamente de amor. ¡Notaba él tal distancia entre sus conversaciones con Estela y otras desarrolladas en un hermoso jardín frente al Mediterráneo!...
Jamás la había besado ni sentido la tentación de hacerlo. Era á modo de un amigo dulce, plácido, de una simpatía reposante para él... y que llevaba faldas. Tal vez la amaba sin darse cuenta de hasta dónde podía llegar su pasión, pero con un amor distinto á los otros que había conocido en su existencia.
A dichas consideraciones se unió un poco de cólera contra la tía de Estela. Aquella doña Nati, agria de carácter, obligada á enormes esfuerzos para mostrar una amabilidad falsamente maternal, ¿con qué derecho se metía á interpretar sus sentimientos, dando como noviazgo digno de matrimonio lo que era solamente dulce amistad de los tiempos de su infancia?...
Extinguida esta protesta interior contra la viuda de Gamboa, volvió Borja á considerar las proposiciones de don Arístides con el mismo respeto que cuando vivía sometido á su tutela. ¿Por qué no casarse?... Alguna vez tendría que imitar el ejemplo de los demás, y mejor era Estela que cualquiera otra de las mujeres que podían salirle al camino. Aquellas embozadas promesas de honores alcanzados por el hecho de ser yerno de Bustamante no le emocionaban. Sólo tenía en cuenta el dulce carácter de ella, ó mejor dicho, su ausencia de verdadero carácter, lo que le haría plegarse en todo á las costumbres y las ideas de su esposo.
Y contestó finalmente al embajador admitiendo sus consejos. Estaba dispuesto al matrimonio, siendo don Arístides quien debía arreglar lo necesario para que se realizase.
Hombre imaginativo, acostumbrado á concentrar voluntad y deseos en la última idea aceptada, apreció Claudio su casamiento como una dicha un poco monótona, dulce y pálida, semejante á uno de esos días de bruma ligeramente enrojecida por el sol, en que personas y cosas parecen acolchadas flúidamente, dando á los movimientos una sensación de blandura silenciosa y elástica.
Además, por una regresión caprichosa de su pensamiento, él, que nunca se preocupaba de la moral, considerándola incompatible con el arte y el amor, admiró la pureza y la inocencia de esta joven, cualidades que meses antes habría llamado «el dote natural de una muchacha algo tonta». Hasta se dijo que la vida común con una mujer ingenua, simple de carácter, influiría en su porvenir, libertándole de las angustias y contradicciones mentales que habían amargado su juventud. Esta Elisabeta iba á hacer del caballero Tannhäuser un personaje «ponderado y ecuánime», como decía don Arístides al completar el retrato de cualquiera de sus amigos hispano-americanos.
A partir de dicha entrevista, Claudio y Estela se consideraron futuros esposos, sin que ninguno de los dos hubiese dicho una palabra concreta. El padre y la tía se encargaron de fijar la próxima unión y hacerla saber á todos los que frecuentaban la Embajada.
Sintió Borja en torno de él un nuevo ambiente más favorable. La vida de la alta sociedad romana consiste en comidas y fiestas que hacen encontrarse casi á diario á las mismas gentes. Existen más Embajadas y Legaciones que en ninguna otra capital del mundo. La representación diplomática es doble: una para el Papa, otra para el rey de Italia. Y los dos representantes de un mismo país, en el Vaticano y en el Quirinal, se miran con rivalidad, queriendo superarse mutuamente. Esto hace que todos los días se celebre alguna recepción, á la que acuden los diversos grupos de los dos ejércitos diplomáticos acampados en Roma, llevando detrás de ellos la aristocracia pontificia ó la puramente italiana, á más de los extranjeros distinguidos que están de paso.
Acompañando á Estela se dejó tomar Borja poco á poco por el engranaje de esta doble existencia vana y representativa. Comió todas las noches en una Embajada ó asistió á un baile, viéndose rodeado de gentes frívolas y solemnes, respetuosas de las jerarquías hasta la superstición, las cuales le miraban con nuevos ojos al saber que era futuro yerno de Su Excelencia Bustamante.
Rara era la noche en que no se ponía el frac. El «villino» alquilado sólo le servía para dormir. Almorzaba invariablemente con don Arístides y su familia en el palacio situado en la plaza de España. Manteníase silencioso el embajador, sonriendo á los suyos con aire distraído, cual si estuviese resolviendo en el magín angustiosos problemas internacionales. Claudio y Estela sonreían igualmente comentando con frivolidad las murmuraciones de aquella Roma diplomática, que en el fondo les interesaba muy poco.
Era doña Nati la que hablaba más, desahogando la acidez de su carácter contra el gobierno de Su Majestad Católica. ¿Cómo quería tener buenos embajadores pagándoles tan parcamente?...
Enumeraba cantidades con tono rabioso, comparando el sueldo de Bustamante con el que recibían ministros y embajadores de otras naciones más poderosas. Así se explicaba que los mencionados diplomáticos pudiesen dar tantas fiestas, mientras ella, encargada de la administración de la Embajada, debía ir espaciando las suyas con diversos pretextos, ocupándose en estudiar la manera de que costasen menos, sin perder su falsa brillantez. Y una vez más repetía: «Nosotros hemos venido á servir á nuestro país, no á arruinarnos».
El millonario Enciso de las Casas buscaba á Borja en muchas de estas fiestas, para hablarle aparte, tomando aires de grande hombre anulado por sus deberes oficiales.
—De seguir mis gustos, querido Borja, me quedaría en mi biblioteca, estudiando, escribiendo. En realidad, soy un escritor, no un diplomático; pero debo sacrificarme por mi país. Si yo me retirase, aquella república no se cuidaría de tener una representación digna cerca del Papa.
Fingía despreciar la frivolidad de una existencia de continuas recepciones, en las que se veían siempre las mismas gentes, y sin embargo, asistía á todas ellas, aun sintiéndose enfermo, y no pasaba semana sin que diese una comida en su palacio-museo.
Al hablar á Borja de su futuro parentesco con don Arístides Bustamante, sonrió casi lo mismo que el embajador. «Hace usted bien—parecía decir con su sonrisa—. Llegó la hora de la seriedad, joven. Debe usted casarse, como todos nosotros».
Y los mudos consejos de sensatez iban acompañados de cierta envidia sin rencor, una envidia semejante á la del niño ante los goces destinados á las personas mayores. No podía olvidar la buena suerte de Claudio con aquella Rosaura que simbolizaba para él todas las tentaciones de la vida.
Una noche, en los salones de la Embajada francesa, buscó á Borja para darle una noticia:
—¿Sabe usted quién está en Roma?... La viuda de Pineda. Tal vez venga esta noche. No la he visto; pero sé que está aquí por un joven que es secretario de una Legación sudamericana y la visita con frecuencia.
Luego fué examinando con ansiosa curiosidad á todas las damas que entraban en el salón, como si esperase ver de un momento á otro á la bella argentina.
Acogió Claudio la noticia con aparente frialdad, no pudiendo conocer Enciso la verdadera impresión que causaba en él. Tal vez era de sorpresa nada más, y pasado el primer momento, no pareció interesarse por la próxima llegada de Rosaura.
Ella no vino finalmente, y al salir don Manuel de la fiesta con su mujer y tres de sus hijas, las abandonó por unos momentos, para hablar otra vez á Borja:
—Indudablemente no ha podido venir—dijo sin nombrar á la viuda de Pineda, como si á ellos dos les fuese imposible preocuparse de otra persona—. Pienso visitarla mañana en su hotel, y la verá usted en casa muy pronto. Vamos á dar una modesta comida uno de estos días; pequeña fiesta entre amigos para celebrar cierta distinción que acabo de recibir, sin mérito alguno.
El millonario representante gratuito de su país hablaba siempre de modestos banquetes, pequeñas fiestas y distinciones recibidas inmerecidamente. Un grande hombre debe expresarse así. Lo que no impedía que fuese á la caza, sin descanso, de condecoraciones y dignidades académicas, y para «las modestas comidas de amigos», vistiese á una docena de domésticos, propios y alquilados, con casaca de seda amarilla, calzón corto y peluca blanca, que hacía chorrear de sudor las frentes de estos pobres italianos disfrazados. Su alma de cardenal de otros siglos, en la que se mezclaban la devoción y el pecado—aunque este pecado fuese sólo de pensamiento—, creía indispensable una servidumbre aparatosa, en consonancia con el aspecto de su palacio.
Al recibir Borja por escrito una invitación de Enciso de las Casas, abundante en ingenuas confidencias, se enteró de que el banquete era para celebrar una gran cruz pontificia que acababan de concederle, la única que faltaba en la brillante colección con que cubría el lado izquierdo de su frac.
Acompañó á don Arístides y su familia en la noche fijada por la invitación, encontrando desde los primeros peldaños de una escalinata del siglo XVIII, que era motivo de orgullo para Enciso—enorme como la de un museo, con balconajes de mármol y bustos de diosas y héroes—, á todos los domésticos de los días de gala, ostentando sus pelucas y sus libreas de seda color oro.
Salió el dueño de la casa á recibirlos en la puerta del gran salón. Aunque el banquete era de los «sencillos», y los altos personajes amigos suyos venían simplemente de frac, sin las condecoraciones reservadas para las comidas oficiales, él se había colocado en el lado izquierdo de su pecho una placa de falsos brillantes, con la imagen de un santo en el centro, y una banda bicolor sobre la pechera de la camisa, insignias de la nueva distinción que el Vaticano dejaba caer sobre él.
Debía dar tal muestra de gratitud á Su Eminencia, que estaba entre los demás invitados: uno de los muchos cardenales amigos suyos, á los que adoraba unas veces, no pudiendo vivir sin ellos, ó repelía con momentánea indiferencia, según las fluctuaciones de su apasionada amistad, pues mostraba caprichos y veleidades de coqueta nerviosa en sus relaciones con el Sacro Colegio.
Ahora su grande hombre era un cardenal que figuraba en todas las comisiones para los asuntos del Vaticano, y había vivido mucho tiempo fuera de Roma, como Nuncio del Papa en importantes capitales.
—Es el futuro Pontífice—decía Enciso con tono misterioso—. Estoy bien enterado y no puedo equivocarme. La tiara es para él.
Y sus amigos se acordaban de las numerosas veces que les había hecho la misma confidencia respecto á otros cardenales, designando como Papa futuro á todo el que era en aquel momento su amigo favorito.
Como el embajador de España y su séquito familiar llegaban un poco retrasados por culpa de doña Nati, los saludos en el gran salón de techo altísimo, muros cubiertos de cuadros y muebles dorados, con sedas rojas, fueron muy rápidos. Además, todos se conocían. Eran unas treinta personas pertenecientes á la diplomacia papal y á la antigua nobleza romana, servidora por tradición del Vaticano.
La presencia del príncipe de la Iglesia estorbaba esta noche la confraternidad con los diplomáticos acreditados en el Quirinal y ciertas gentes extremadamente mundanales que otros días invitaba Enciso. El único á quien no conocía Su Eminencia era Borja, y el dueño de la casa lo presentó á este sacerdote delgado, pálido, de pómulos salientes, frente alta y ojos de cuencas profundas que miraban con una expresión alternativamente grave ó maliciosa.
El cardenal lo acogió lo mismo que si le conociese de mucho antes. Igual hacía con todos. Vivía entre las gentes como si nadie pudiera sorprenderle, como si nada le fuese ignorado y adivinase con anticipación todo lo que podía ocurrir.
Mientras pasaban los invitados al enorme comedor, construído doscientos años antes, sin tener en cuenta el espacio, por unas puertas tan amplias que podían atravesarlas tres parejas á la vez, don Manuel habló unos momentos á Borja, considerando preciso darle una explicación.
—Estaba invitada por mí, pero á última hora se ha excusado. Sin duda no quiere ver á sus antiguos amigos. Prefiere estar sola, ó mejor dicho, acompañada nada más por el que es actualmente su predilecto.
Y la sonrisa con que el plenipotenciario acompañó sus últimas palabras hizo daño á Borja.
Fueron sentándose los invitados con arreglo á la sabia distribución del dueño de la casa. A pesar de lo frecuentes que resultaban sus banquetes, todos ellos eran precedidos de una conferencia de Enciso con su secretario, apreciando ambos los méritos de cada comensal, para que ninguno se colocase indebidamente con relación á los otros.
Su Eminencia era esta noche el personaje más alto. Aparte de sus méritos propios, necesitaba mostrarle agradecimiento Enciso, pues á él debía su última distinción. Únicamente don Arístides, por ser embajador, podía igualársele, y los dos ocuparon los mejores puestos de la mesa. Se aburrió Borja entre un periodista católico, compatriota de don Manuel, de paso en Roma, y cierta condesa de escote flácido, que ostentaba uno de aquellos apellidos romanos tantas veces leídos por él en la historia de los Borgia.
Además, la comida no era digna de aprecio en este palacio de banquetes frecuentes. Resultaba vulgar y descuidada, como la de los hoteles de muchos huéspedes. El dueño no podía fijarse en su preparación, por preocuparle más el aspecto de sus salones y el orden jerárquico de sus invitados.
Sonreía el cardenal á todos los de la mesa, cuidándose de dedicar una palabra amable á cada uno de ellos, con arreglo á sus gustos ó su patria. Este prócer eclesiástico usaba la amabilidad como una herramienta profesional.
Borja no lo perdió de vista en el curso de la comida. Era el más interesante de los convidados. Admiraba la sonrisa enigmática de sus labios sutiles, la expresión felinamente acariciadora de sus ojos profundos. ¿Qué estaría pensando Su Eminencia de toda esta gente que lo rodeaba con devoción, de la cual sólo Bustamante se atrevía á tratarlo con cierta familiaridad, por su categoría de embajador?...
Maquinalmente fué apurando Borja las copas que tenía delante, y que llenaban acto seguido los servidores empelucados. Parecía buscar con este continuo beber una compensación al solemne aburrimiento de la comida y á la mala calidad ostentosa de los platos.
Cerca de los postres, un repentino silencio hizo sonar con extraordinario diapasón, en un extremo de la mesa, las voces de doña Nati y otras señoras de la diplomacia sudamericana, hablando todas ellas en español.
Se estremeció Borja al oir el nombre de la señora de Pineda. Estaban sin duda hablando mal de Rosaura.
Fijóse igualmente Enciso en dicho diálogo, á causa del repentino silencio, y miró adonde estaban la cuñada de Bustamante y las otras, con una expresión dulcemente correctiva, cual si les aconsejase tolerancia con los ausentes.
A pesar de esto y contra la voluntad de don Manuel, la conversación sorprendida se hizo general, por el deseo que siente todo grupo humano de abandonar las frases banales y corteses, los diálogos sin objeto, entregándose al comentario mordaz, que anima voces y gestos con maligno placer.
Muchos dejaron de hablar á su vecino para enterarse de lo que decían estas damas vehementes en alta voz. Las más de ellas habían olvidado el italiano y se expresaban en español. Todos los de la mesa lo entendían. El mismo cardenal había vivido varios años como Nuncio del Papa en una república de la América del Sur. Seguía sonriendo de un modo enigmático, mirando á unos y á otros mientras hablaban, sin que nadie pudiese traslucir su pensamiento.
Doña Nati y sus compañeras de diálogo dábanse noticias mutuamente sobre la hermosa argentina, recién llegada á Roma, exagerando la expresión de su voz para mostrarse escandalizadas ó desdeñosas... Huía del trato con las personas decentes; por eso no aceptaba invitaciones. Todas las tardes la veían bailar á la hora del té en el dancing del gran hotel donde estaba alojada. Ahora iba con ella cierto joven secretario de Legación.
Varias señoras mostraron extrañeza por tal «amistad». Conocían á dicho joven; unas lo menospreciaban por insignificante, otras hacían relación de sus defectos. Las más bondadosas en sus comentarios compadecían á Rosaura luego de haberla admirado tantas veces.
—¡Ella tan hermosa, tan elegante!... No comprendo ese capricho.
Por una tendencia instintiva al contraste, registraban el pasado de la hermosa viuda, hablando de Urdaneta, el general-doctor, al que todas conocían; personaje ya algo decadente, pero que había tenido sus tiempos de «hombre irresistible».
Descendiendo luego en sus recuerdos, empezaban á balbucear, como el que sospecha que puede decir una inconveniencia, quedando mudas finalmente, mientras sus ojos miraban á un mismo punto de la mesa, cambiando de dirección al encontrarse con los de Borja.
El dueño de la casa, siempre tolerante y afable, creyó del caso pasar de los gestos disimulados á las palabras para cortar dichas murmuraciones.
—Un poco de caridad, señoras. Piensen que es una amiga, y que esta noche debía haber estado entre nosotros.
Pero no resultaba fácil cortar de golpe la murmuración, por tratarse de una persona que las más de las mujeres presentes odiaban y admiraban á un tiempo.
Obedeciendo la esposa del plenipotenciario á una ojeada de éste, se levantó de la mesa, y todos pasaron al gran salón, donde iban á ser ofrecidos el café y los licores. Formaron diversos grupos; pero el de doña Nati y sus amigas fué atrayendo á los demás invitados. Muchos arrastraron sus sillones hasta este corro de señoras ó permanecieron junto á él, de pie y silenciosos, para enterarse de la conversación.
Los que no conocían á la rica argentina sentíanse interesados, por haber leído y oído muchas veces su nombre. Otros que se decían amigos suyos mostraban un malsano placer asistiendo impasibles á este despedazamiento verbal de la ausente, y si la defendían era con una flojedad que exacerbaba más las críticas. Su Eminencia manteníase aparte con los señores de la casa, el embajador español y unas damas italianas que preferían seguir hablando en su idioma.
Acabó por mostrarse francamente irritada la viuda de Gamboa al notar que sus compañeras de murmuración sentían aún cierto afecto admirativo por Rosaura. Su antigua enemistad le hizo expresarse con terrible encarnizamiento.
—Lo que yo no me explico es que una mujer de conducta tan irregular pueda ser recibida en casas respetables.
Esta agresión produjo un silencio temeroso en los oyentes, apreciándola todos como un ataque á Enciso de las Casas. Doña Nati no se dió cuenta de su torpeza y siguió dejándose arrastrar por su moralidad peleadora. Como su sobrina era la única señorita que había asistido al banquete y estaba con su padre al lado del cardenal, siendo todas las que le escuchaban casadas ó viudas, empezó á expresarse crudamente.
—Eso no es una señora... ¿En qué se diferencia de una cocota? Sólo en que no pide dinero á los hombres. ¿Quién sabe si el dinero tiene que darlo ella?... Porque á mí no me digan ustedes que es una belleza. Unicamente los tontos pueden admirarla. Hay que verla de cerca, como yo la he visto muchas veces... Pinturas, arreglos, artimañas de mujer mala, que las verdaderas personas decentes nos resistimos á usar.
Había olvidado la presencia de Claudio Borja. Hablaba de la moral con autoridad, como si fuese algo propio que le perteneciera desde su nacimiento. Por esto miró en torno con extrañeza, cual si no creyese en sus sensaciones auditivas al quedar cortada su peroración por una voz varonil, algo temblona de cólera, lo mismo que la de ella.
—¡La moral! ¿Qué es eso?... Hay muchas morales: la del vulgo, la de los envidiosos que murmuran, la de las malas personas... y la de las gentes superiores, que están más allá de los prejuicios burgueses.
Después de mirar la cuñada del embajador á un lado y á otro, acabó por fijarse en Claudio Borja. ¡Era él quien hablaba!...
No le produjo menos extrañeza su rostro pálido, con las alillas de la nariz palpitantes y un brillo de agresividad en los ojos. Era una cara de hombre que necesita pelear. Sin duda había bebido.
Reconoció el mismo Borja en su interior dicho estado anormal. Efectivamente, sentíase algo ebrio; pero estaba seguro de que en completa abstinencia habría hecho lo mismo.
Su voz dura se extendió por todo el salón, creando el silencio de los otros; mas este mutismo escandalizado, en vez de imponerle respeto, pareció exacerbar su acometividad. Y siguió hablando al grupo de señoras, sin miramiento alguno, como si fuesen hombres, fijos sus ojos en la tía de su novia.
¿Qué tenían que decir contra la señora de Pineda?... Todo envidia, desesperación por no poder igualarse con una mujer superior. A ella le era lícito vivir más allá de la moral corriente, al margen de las preocupaciones vulgares, con un derecho que las demás no conseguirían nunca. Su moral era la moral de las diosas de la antigüedad. Podía hacerlo todo; para eso había nacido más hermosa y más inteligente que las otras mujeres. Las que la criticaban no pertenecían á su misma especie. Sus palabras malignas las comparaba al croar de las ranas frente á una majestuosa estatua de Venus erguida en la orilla de un estanque. ¿Qué sabían ellas de la verdadera belleza y del amor?...
—Todas creen haber vivido y haber amado porque comen, duermen, y repetidas veces en su existencia conocieron á un hombre. Y se van del mundo imaginándose que lo saben todo... El amor es como el talento, como la riqueza, como la hermosura: el privilegio de unos pocos. Y los que nacieron para conocer de veras el amor no están sometidos á las mismas leyes vulgares que el gran rebaño en el que figuramos los demás. No podemos entender su modo de razonar, y lo juzgamos indigno... Dejen tranquilas á las personas superiores, ya que les es imposible comprenderlas.
Tuvo que callar de pronto, sintiéndose entre dos voces que le interrumpían: una de ellas á sus espaldas, la del embajador Bustamante, el cual le había puesto su diestra en un hombro:
—¿Qué dices?... ¿Qué disparates son esos?... ¿Estás enfermo?... ¿Qué te pasa?
Y al mismo tiempo la viuda de Gamboa, roja de cólera, se abanicaba rudamente, fijando en el joven los dos rayos de sus ojos, mientras decía entre balbuceos:
—Claro... ¡fueron tan amigos! El señor se acuerda de aquella vida escandalosa que nos afrentó á todos... ¡Y mi cuñado piensa dar su hija á un hombre así! Yo me he opuesto siempre... ¡siempre!
Pero de pronto calló, obedeciendo á una mirada de don Arístides.
La intervención de Enciso, que había acudido también al oir las palabras de Borja, puso fin á este rápido incidente.
Los invitados, como si obedeciesen á una consigna, se juntaron en pequeños grupos, hablando, con voces exageradamente altas, de asuntos que no les interesaban.
Claudio se vió solo de pronto. Todos fingían ignorar su presencia, alejándose. Al mirar en torno, únicamente encontró los ojos de Su Eminencia fijos en él. Nada de severidad. Continuaba sonriendo para su persona, lo mismo que para los otros. Su mirada seguía brillando felina y acariciante. Tal vez apuntaba en ella un nuevo interés. ¿Quién sabe si lo consideraba más digno de su atención que al principio del banquete, cuando lo habían presentado como uno de tantos jóvenes de aquel mundo frívolo y solemne?...
También encontró la mirada furtiva de unos ojos agrandados por el asombro y el dolor, los ojos de Estela, que parecían preguntarle: «¿Qué has hecho?»
Bebió con lentitud dos tazas de café, manteniéndose erguido junto á una mesa antigua de mármoles incrustados. Hasta los servidores se acercaban á él con titubeos, no obstante su porte falsamente majestuoso, como si temieran incurrir en el desagrado de la respetable concurrencia.
Aún latía en su interior la cólera que le había hecho prescindir de las conveniencias sociales, diciendo lo que pensaba con insolente franqueza. Quiso desafiar con su presencia á los que simulaban no verle. Se quedaría allí para demostrarles que no le inspiraban miedo.