Á pesar de esta decrepitud, se cometía la falta de encerrar en el Edificio Nuevo á los acusados más peligrosos, de guardar allí las «causas graves», como se dice en el lenguaje carcelario.
El Edificio Nuevo tenía cuatro dormitorios sobrepuestos y una armadura de tejado encima, que se llamaba Buen Aire.
Un ancho caño de chimenea, que probablemente había sido de alguna cocina antigua de los duques de la Fuerza, partía del piso bajo, atravesaba los cuatro pisos, cortaba en dos partes todos los dormitorios, figurando una especie de pilar aplastado, que pasaba al otro lado del techo. Tragamares y Brujón estaban en el mismo dormitorio, y por precaución habían sido encerrados en el piso bajo.
La casualidad hacía que la cabecera de sus camas estuviese apoyada en aquel caño de chimenea.
Thénardier estaba precisamente sobre la cabecera de ellos, en esa armadura ó cubierta llamada Buen Aire.
El transeúnte que se detiene en la calle Culture Sainte Cathérine, más allá del cuartel de los bomberos, delante de la puerta cochera de la casa de baños, descubre un patio lleno de flores y de arbustos en cajones, en cuyo fondo se eleva entre dos alas una pequeña rotonda blanca, adornada con postiguillos verdes, el sueño bucólico de Rousseau.
No hace aún diez años, por cima de esta rotonda alzábase una tapia negra, enorme, horrible, desnuda, á la cual se hallaba unida.
Aquélla era la pared del camino de ronda de la Fuerza.
Ese muro, detrás de esa rotonda, era Milton visto por detrás de Berquin.
Por muy alto que fuera este muro, estaba dominado todavía por un tejado, más negro aún, que se divisaba más allá.
Era el tejado del Edificio Nuevo.
Descubríanse en él cuatro buhardillas con reja, que eran las ventanas de Buen Aire.
Una chimenea salía del tejado; era la misma que atravesaba por los dormitorios.
Buen Aire, aquella cúpula del Edificio Nuevo, era una especie de desván extensísimo abuhardillado, cerrado con triples rejas, y puertas forradas de hierro y tachonadas de clavos enormes.
Cuando se entraba en él por la parte del Norte, quedaban á la izquierda los cuatro tragaluces, á la derecha, haciendo frente, cuatro cuartos cuadrados, bastante grandes, separados por estrechos corredores de mampostería hasta determinada altura, y desde allí al techo por barrotes de hierro.
Thénardier estaba incomunicado en uno de esos cuartos desde la noche del 3 de febrero.
No se ha podido saber por qué medios había adquirido, y tenido oculta, una botella, de aquel vino inventado, dicen, por Desrues, que contiene un narcótico, y que la banda de los adormecedores ha hecho célebre.
Hay en muchas cárceles empleados alevosos, mezcla de carceleros y ladrones, que auxilian en las evasiones, que venden á la policía una domesticidad infiel, y que hacen saltar las portezuelas de los coches que transportan á los presos.
En aquella misma noche, pues, en que Gavrochillo había recogido á los dos niños perdidos, Brujón y Tragamares, que sabían que Babet, escapado por la mañana, les esperaba en la calle con Montparnasse, se levantaron silenciosamente y empezaron á agujerear, con el clavo encontrado por Brujón, el caño de chimenea que estaba tocando á su cama.
Los yesones que se desprendían caían sobre la cama, de modo que no producían el menor ruido.
El turbión y los truenos conmovían las puertas en sus goznes, y producían en la cárcel un estrépito horrible y conveniente.
Algunos presos, que se despertaron, aparentaron volverse á dormir, y dejaron trabajar á Tragamares y á Brujón.
Brujón era diestro y Tragamares vigoroso; así es que antes que llegase el menor ruido al vigilante acostado en la celda enrejada que daba al dormitorio, estaba ya agujereado el caño, escalada la chimenea, forzada la reja que cerraba el orificio superior, y en el tejado los dos temibles bandidos.
La lluvia y el viento redoblaban; el tejado estaba resbaladizo.
—¡Qué obscura más á propósito para una escampavía![3]—dijo Brujón.
Un abismo de seis pies de ancho y ochenta de profundidad los separaba de la pared de ronda.
En el fondo de aquel abismo veían brillar en la obscuridad el fusil de un centinela.
Ataron por un lado, á los restos de los barrotes de la chimenea que acababan de retorcer, la cuerda que Brujón había hilado en su calabozo; echaron el otro cabo por cima del muro de ronda, atravesaron de un salto el abismo, se agarraron al caballete del muro, pasaron las piernas por encima, se deslizaron uno tras otro por la cuerda hasta el cabriol del muro que tocaba con la casa de baños; tiraron hacia sí la cuerda, saltaron al patio de la casa de baños, lo atravesaron, empujaron el postiguillo del portero, á cuyo lado colgaba el cordón; tiraron de éste, con lo que se abrió la puerta cochera, y se encontraron en la calle.
No hacía más de tres cuartos de hora que se habían puesto de pie sobre sus camas en las tinieblas, con el clavo en la mano y el proyecto en la mente.
Algunos momentos después se unieron á Babet y á Montparnasse, que vagaban por los alrededores.
Al tirar de la cuerda, rompióse ésta, quedando un trozo atado á la chimenea en el tejado.
No habían tenido más contratiempo que el de haberse deshollado las manos por completo.
Thénardier estaba prevenido aquella noche, sin que se pudiese saber de qué manera había recibido aviso y no dormía.
Á eso de la una, en medio de la obscuridad de la noche, vió pasar dos sombras por el tejado, por entre la lluvia y el viento, y por delante del tragaluz que daba frente á su calabozo.
Una de aquellas sombras se detuvo en el tragaluz el tiempo suficiente para dirigir una mirada; era Brujón.
Thénardier le conoció, y comprendió lo bastante.
Thénardier, designado como peligroso, y detenido como acusado de una emboscada nocturna á mano armada, estaba vigilado por un centinela de vista, que era relevado cada dos horas, y se paseaba con el fusil cargado por delante de su calabozo.
Buen Aire estaba iluminado por un farol de pared.
El preso tenía unos grillos de cincuenta libras de peso.
Todos los días, á las cuatro de la tarde, un carcelero, escoltado de dos perros de presa, porque esto se hacía aún en aquella época, entraba en su calabozo, ponía cerca de su cama un pan negro de dos libras, un cántaro de agua y una escudilla de un caldo bastante claro, en que nadaban algunas habichuelas; reconocía los grillos, y golpeaba en los barrotes.
Aquel hombre volvía dos veces por la noche con sus perros.
Thénardier había conseguido que le permitieran conservar una clavija de hierro que usaba para colgar el pan en una hendidura de la pared, con objeto, decía él, de «ponerle á salvo de las ratas».
Como estaba vigilado, no se había hallado inconveniente ninguno en dejarle aquella clavija.
Sin embargo, luego se recordó que el carcelero había dicho:
—Más valdría que la clavija fuese de madera.
Á las dos de la noche fueron á relevar al centinela, que era un soldado viejo, y fué reemplazado por un quinto.
Algunos momentos después, el carcelero, acompañado de sus perros, pasó la revista, y se retiró sin haber notado nada, excepto «la mucha mocedad y el aire solano del bisoño».
Dos horas después, á las cuatro, cuando fueron á relevar al quinto, le encontraron dormido y tirado en el suelo como un tronco, junto al calabozo.
En cuanto á Thénardier, ya no estaba allí.
Los grillos yacían rotos por el suelo.
Había un agujero en el techo, y otro más arriba en el tejado.
Faltaba una tabla de la cama, que había desaparecido.
Hallóse en el calabozo una botella medio vacía, que contenía el resto del vino narcotizado con que se había dormido al centinela.
La bayoneta de éste había desaparecido también.
Al descubrirse todo esto, se creyó que Thénardier estaría ya fuera de alcance.
Pero en realidad, si no estaba ya en el Edificio Nuevo, se veía aún en gran peligro.
Thénardier, al llegar al tejado del Edificio Nuevo, había encontrado el resto de la cuerda de Brujón que colgaba de los barrotes de la trampilla superior de la chimenea; pero siendo muy corto aquel cabo roto, no había podido evadirse por encima del camino de ronda, como lo habían hecho Brujón y Tragamares.
Cuando se vuelve de la calle de los Bailes para entrar en la del Rey de Sicilia, se encuentra casi de repente, á la derecha, una sucia hondonada.
Había allí en el siglo último una casa, de que no queda más que la pared del fondo, verdadera tapia maciza que se eleva hasta la altura de un tercer piso por entre los edificios contiguos.
Distínguese esta ruina por dos grandes ventanas cuadradas, que aún existen; la del medio, que está hacia la derecha, está atravesada por una viga carcomida, sujeta por otro madero.
Á través de estas ventanas se distinguía antes una alta y lúgubre pared, que era un trozo de la muralla de camino de ronda de la Fuerza.
El hueco que la casa demolida ha dejado en la calle, está ocupado en su mitad por una empalizada de tablas podridas, sostenidas por cinco guarda cantones de piedra.
En ese cercado se oculta una casilla apoyada contra la pared ruinosa.
La empalizada tiene una puerta, que hace algunos años se cerraba con solo picaporte.
Á la cima de esta pared era donde había conseguido llegar Thénardier á las tres de la madrugada.
¿Cómo había llegado hasta allí? Nunca se supo ni ha podido explicarse.
Los relámpagos debieron auxiliarle y molestarle á un tiempo.
¿Se sirvió de las escalas y andamios de los pizarreros para pasar de un tejado á otro, de un cercado á otro, de una manzana á otra, de los edificios del patio de Carlomagno á los del patio de San Luis, después al muro de la ronda, y luego al solar de la calle del Rey de Sicilia?
En este trayecto había soluciones de continuidad que lo hacían al parecer imposible.
¿Había usado la tabla de la cama como un puente desde el tejado de Buen Aire hasta la tapia del camino de ronda; y arrastrándose por el caballete como una culebra alrededor de la cárcel hasta el solar?
Pero la tapia del camino de ronda de la Fuerza formaba una línea almenada y desigual, subía y bajaba, descendía hacia el cuartel de bomberos, y se elevaba hacia la casa de baños, estaba cortada por varios edificios, y no tenía la misma altura por el palacio Lamoignon que por la calle Pavée; por todas partes presentaba líneas verticales y ángulos rectos; además los centinelas habrían visto en este caso el sombrío perfil del fugitivo; y aún así, el camino recorrido por Thénardier resulta casi inexplicable.
De ambas maneras resultaba imposible la fuga.
Thénardier, iluminado por esa terrible sed de libertad que transforma los precipicios en fosos, las rejas de hierro en cañizos de mimbres, la debilidad en fuerza, el gotoso en gamo, la estupidez en instinto, el instinto en inteligencia, y la inteligencia en genio; Thénardier, decimos, ¿había inventado é improvisado un tercer medio?
Nunca llegó á saberse.
No siempre es posible explicarse las maravillas de una evasión.
El hombre que se escapa, lo repetimos, está inspirado; hay algo de las estrellas y del relámpago en el misterioso fulgor de la huida, el esfuerzo hacia la libertad no es menos sorprendente que el vuelo hacia lo sublime; y se dice de un ladrón escapado: «¿Cómo lo ha hecho para escalar este muro?». Lo mismo que se dice de Corneille: «¿quién le inspiró tal concepto?».
Sea como fuere, Thénardier goteando sudor, empapado por la lluvia, destrozados los vestidos, desolladas las manos, ensangrentados los codos, despedazadas las rodillas, había llegado á lo que los niños llaman el corte de la pared ruinosa; y allí, faltándole las fuerzas, se había echado á lo largo.
La altura vertical de un tercer piso le separaba del empedrado de la calle.
La cuerda que tenía era muy corta.
Allí quedaba esperando, pálido, rendido, perdida toda esperanza, cubierto aún por la obscuridad de la noche, pero pensando en que iba á venir el día, aterrorizado ante la idea de oir dentro de algunos instantes las cuatro en el próximo reloj de San Pablo, hora en que irían á relevar al centinela, le encontrarían dormido y verían el techo agujereado; allí estaba mirando estupefacto una profundidad terrible, á la luz de los faroles, el suelo mojado y negro, aquel suelo deseado y espantoso que era la muerte y era la libertad.
Se preguntaba si sus tres cómplices de evasión habrían salido bien, si le habrían esperado, y si vendrían en su auxilio.
Escuchaba.
Excepto una patrulla, nadie había pasado por la calle desde que estaba allí.
Casi todos los hortelanos de Montreuil, de Charonne, de Vincennes y de Bercy que iban al mercado, bajaban por la calle de San Antonio.
Dieron las cuatro.
Thénardier tembló.
Pocos instantes después, aquel rumor espantadizo y confuso que sigue á una evasión descubierta, estalló en la cárcel.
El ruido de puertas que se abren y se cierran, el chirrido de las rejas sobre sus goznes, el tumulto del cuerpo de guardia, las roncas voces de los carceleros, el choque de las culatas de los fusiles en los patios, llegaban hasta él.
Algunas luces subían y bajaban á las ventanas enrojadas de los dormitorios; una antorcha corría por el piso superior del Edificio-Nuevo; los bomberos del cuartel próximo habían sido llamados.
Sus cascos, iluminados en medio de la lluvia por la antorcha, iban y venían á lo largo de los tejados.
Al mismo tiempo, Thénardier veía del lado de la Bastilla una claridad pálida, que blanqueaba lúgubremente la parte baja del cielo.
Estaba, pues, en lo alto de un muro de diez pulgadas de ancho, sufriendo echado el aguacero, entre dos abismos, uno á la derecha y otro á la izquierda, sin poder moverse, presa del vértigo de una caída posible, y del horror de una prisión segura; su pensamiento, como el badajo de una campana, iba de una á otra de estas ideas.
Muerto, si caigo; preso, si me quedo.
En esta angustia, vió de pronto en la calle, obscura todavía, un hombre que se deslizaba á lo largo de la pared, y que venía del lado de la calle Pavée; vióle detenerse en la hondonada, encima de la cual estaba él como suspendido.
Á aquel hombre se le unió otro que marchaba con la misma precaución, después un tercero, y por último un cuarto individuo.
No bien se hallaron reunidos aquellos hombres, alzó uno de ellos el picaporte de la puerta de la empalizada, y entraron los cuatro en el recinto en que está la casilla.
Hallábanse precisamente debajo de Thénardier.
De seguro se habían juntado allí en aquella hondonada para poder hablar sin ser vistos de los transeúntes ni del centinela que guarda la puerta de la Fuerza á pocos pasos más allá.
Debemos decir igualmente que la lluvia tenía acorralado al centinela dentro de su garita.
No pudiendo Thénardier distinguir sus rostros, prestó oído á sus palabras con la atención desesperada del miserable que se ve perdido.
Thénardier sintió como que pasaba algo por delante de sus ojos parecido á la esperanza, cuando oyó á aquellos hombres hablar en germanía, esto es, en la jerigonza con que se entienden en cárceles y presidios.
El primero decía por lo bajo, pero claramente:
—Chalémonos. ¿Qué querelamos icigó? (Vámonos. ¿Qué hacemos aquí?).
El segundo respondió:
—Brijinda hasta babiñar el casinoben. Y luego los chineles van á nácar, y hay un jundunar que está de rendiqué. Nos loyarán icicaille. (Llueve hasta apagar el infierno. Y luego los esbirros van á pasar, y hay un soldado que está de centinela. Nos cogerán aquí).
Estas dos palabras icigó é icicaille de la germanía francesa, que ambas significan aquí, y que pertenecen, la primera al habla de las afueras de París y la segunda á la del barrio del Temple, fueron rayos de luz para Thénardier.
Por el icigó reconoció á Brujón, que era vago de las afueras, y por el icicaille á Babet, que, entre todos sus oficios, tenía el de prendero en el Temple.
La antigua germanía del gran siglo no se habla ya sino en el Temple, y Babet era el único quizá que la hablase con toda pureza. Sin el icicaille, Thénardier no le habría reconocido de ningún modo, porque había enteramente desnaturalizado su voz.
Mientras tanto, el tercero había intervenido en la conversación:
—Nada apremia todavía, esperemos un poco. ¿Quién nos dice que no necesite de nosotros?
En este lenguaje, que era el ordinario, reconoció Thénardier á Montparnasse, quien ponía su elegancia en comprender todos los géneros de jerigonza y no hablar ninguno.
En cuanto al cuarto, se estaba callado, pero sus anchas espaldas le denunciaban. Thénardier no dudó un momento; era Tragamares.
Brujón replicó casi impetuosamente, pero siempre en voz baja y en germanía:
—¿Qué estás diciendo? El hostelero no ha podido escaparse. ¡Quiá! ¡Si no conoce el oficio! ¡Para hacer tiras de la camisa y giras de las sábanas, y tejer con ellas una cuerda, agujerear las puertas, fabricar documentos falsos y llaves ganzúas, cortar los grillos, suspender la cuerda por fuera, esconderse, disfrazarse, se necesita ser muy ducho! El viejo no habrá podido hacerlo; no sabe trabajar.
Babet añadió, pero siempre en esa pura germanía clásica que hablaban Pulaller y Cartucho, y que es respecto á la jerigonza atrevida, nueva, imaginativa y vigorosa que usaba Brujón, lo que la lengua de Racine es á la lengua de Andrés Chenier:
—Á tu posadero le habrán cogido en el garlito. Se necesita ser largo, y él no pasa de aprendiz. Se habrá dejado engañar por algún soplón, quizá, quizá por algún borrego que habrá hecho de compadre. Oye Montparnasse, ¿oyes esos gritos en la cárcel? ¿Ves cuántas luces? Le cogieron, no te quepa duda. Ya tiene para veinte años de presidio. Yo no tengo miedo, no soy ningún gallina, ya lo sabes; pero no se puede hacer nada en su favor, ó si nos metemos en ello, nos harán bailar. No te enfades, vente con nosotros; vamos á beber una botella de lo rancio en buena compañía.
—No se debe dejar á los amigos en apuro,—murmuró Montparnasse.
—Te digo que está cogido. Á estas horas el posadero no vale un comino. Nada podemos hacer ya. Vámonos. Creo á cada instante estar en manos de los corchetes.
Únicamente Montparnasse se resistía ya débilmente; la verdad es que aquellos cuatro hombres, con esa fidelidad que se guardan los bandidos para no abandonarse jamás unos á otros, habían estado rondando toda la noche alrededor de la Fuerza, á pesar del peligro, con la esperanza de ver salir á Thénardier por lo alto de algún muro.
Pero la noche, por cierto magnífica para ellos, era de lluvia y viento á propósito para que nadie transitase por las calles; así iban teniendo frío, y sus vestidos mojados, su calzado roto, el ruido poco tranquilizador que acababa de estallar en la cárcel, las horas que habían pasado, las patrullas que habían visto, la esperanza que se agotaba y el miedo que volvía, todo esto los impulsaba á retirarse.
Hasta el mismo Montparnasse, que era un poco, tal vez, yerno de Thénardier, cedía también.
Thénardier estaba anhelante sobre la tapia como los náufragos de la Medusa en su balsa, viendo el buque que se les había aparecido desvanecerse en el horizonte.
No se atrevía á llamarlos; un grito que se oyese podía hacérselo perder todo. Se le ocurrió una idea, la última, como un relámpago; sacó el cabo de cuerda de Brujón que se había metido en el bolsillo y que había desatado de la chimenea del Edificio-Nuevo, y lo dejó caer en el recinto de la empalizada.
El cabo fué á parar á los pies de ellos.
—¡Una cuerda!—dijo Babet.
—¡Es la mía!—exclamó Brujón.
—Ahí está el posadero,—dijo Montparnasse.
Alzaron todos los ojos. Thénardier alargó un poco la cabeza.
—¡Pronto!—añadió Montparnasse.—¿Tienes tú el otro cabo de cuerda, Brujón?
—Sí.
—Átalos ambos, le echaremos la cuerda, él la sujetará al muro, y tendrá lo bastante para bajar.
Thénardier se arriesgó á alzar la voz:
—Estoy transido.
—Ya te calentarás.
—No me puedo mover.
—Te dejarás escurrir, y nosotros te recibiremos.
—Tengo las manos hinchadas.
—Ata solamente la cuerda á la pared.
—No podré.
—Será preciso que suba alguno de nosotros,—dijo Montparnasse.
—¡Tres pisos!—prorrumpió Brujón.
Una antigua cañería de barro y yeso, que había servido en otro tiempo de conducto de chimenea á la cocinilla de la casucha, subía á lo largo de la pared casi hasta el sitio donde se distinguía á Thénardier.
Esa cañería, toda agrietada y llena de hendiduras, se ha hundido ya desde entonces; pero todavía se advierten sus vestigios. Era muy estrecha.
—Por ahí se podría subir,—observó Montparnasse.
—¡Por ese caño!—exclamó Babet.—¡Un hombre, jamás! Un chico sería menester.
—Un monicaco, sí,—añadió Brujón.
—¿Y dónde hallar ahora ese muchacho?—dijo Tragamares.
—Esperad,—dijo Montparnasse.—Tengo lo que hace falta.
Abrió suavemente la puerta de la empalizada, se aseguró de que no pasaba nadie por la calle, salió con precaución, volvió á cerrar la puerta tras sí, y partió corriendo en dirección de la Bastilla.
Transcurrieron siete ú ocho minutos, ocho mil siglos para Thénardier; Babet, Brujón y Tragamares, no descosían sus labios; abrióse por fin la puerta, y apareció Montparnasse sofocado conduciendo á Gavroche.
La lluvia continuaba, con lo que la calle seguía completamente desierta.
Gavrochillo entró dentro de la empalizada, y miró aquellas figuras de bandidos con aire tranquilo.
Chorreábale el agua por los cabellos.
Tragamares le dirigió la palabra:
—¿Mochuelo, eres hombre tú?
Gavroche se encogió de hombros y respondió:
—Un chavó como yo sina un manú, y manuces como sangue sinelan chaborós. (Un mozuelo como yo es un hombre, y hombres como vosotros son muchachos.)
—¡Bien cortada tiene la lengua el chabal!—exclamó Babet, siempre en germanía.
—No es de paja mojada el niño de París,—añadió Brujón.
—¿Qué hace falta?—preguntó Gavroche.
Montparnasse respondió:
—Trepar por ese caño.
—Con esta cuerda,—dijo Babet.
—Y atarla luego,—añadió Brujón.
—En lo alto del muro,—repuso Babet.
—Al travesaño de la ventana,—agregó Brujón.
—¿Y después?—dijo Gavroche.
—¡Esto es todo!—respondió Tragamares.
El pilluelo examinó la cuerda, la cañería, la pared, las ventanas, é hizo ese inexplicable y desdeñoso ruido con los labios, que significa:
—¡Vaya una habilidad!
—Allá arriba hay un hombre á quien puedes salvar,—observó Montparnasse.
—¿Quieres?—interrogó Brujón.
—¡Vaya una barbaridad!—respondió el chicuelo, como si la pregunta le pareciese irracional.
Y se quitó los zapatos.
Tragamares cogió á Gavroche de un brazo, le subió sobre el tejado de la casilla, cuyas tablas carcomidas cedían con el peso del muchacho, y le dió la cuerda que Brujón había empalmado durante la ausencia de Montparnasse.
El pilluelo se dirigió á la cañería, en la que era fácil penetrar, gracias á una ancha hendidura que tocaba al tejado.
En el momento en que iba á subir, como viese Thénardier acercarse la salvación y la vida, se inclinó hacia el borde de la pared; entonces la primera claridad del día blanqueó su frente, inundada de sudor, sus pómulos lívidos, su nariz afilada y salvaje, su barba gris erizada, y Gavroche le conoció:
—¡Calla!—exclamó.—¡Es mi padre!...¡Oh! ¡Vaya! ¡No le hace!
Y cogiendo la cuerda con los dientes, comenzó resueltamente el escalamiento.
Llegó á lo alto del muro, horcajó por cima como sobre un caballo, y ató sólidamente la cuerda á la parte superior de la ventana.
Un momento después, Thénardier estaba en la calle.
En cuanto llegó al suelo, en cuanto se vió fuera de peligro, ya no se sintió fatigado, ni transido, ni tembloroso; desvanecióse como el humo todo lo terrible que acababa de pasar por él, despertóse toda aquella extraña y feroz inteligencia, y hallóse en pie y libre, dispuesto á marchar delante de ella.
He aquí cuál fué la primera palabra de aquel hombre:
Y ahora ¿á quién vamos á comer?
Inútil es explicar el sentido de esa palabra horriblemente transparente, que significa á la vez matar, asesinar y despojar.
Comer, sentido verdadero: devorar.
—Entendámonos bien,—dijo Brujón.—Despachemos en tres palabras, y separémonos luego. Había un negocio de buen aspecto en la calle Plumet, calle desierta, casi aislada, con verja podrida cerrando el jardín; mujeres solas.
—¡Y bien! ¿Por qué no?—pregunto Thénardier.
—Tu hija Eponina fué á verlo,—respondió Babet.
—Y contestó con un bizcocho á Magnon,—añadió Tragamares.—Nada hay que hacer por allí pues.
—Sí, sí,—dijo Brujón,—hay que verlo.
Mientras tanto, ninguno de aquellos hombres aparentaba fijarse en Gavroche, quién durante ese coloquio se había sentado en uno de los travesaños bajos de la empalizada; esperó algunos instantes, quizá á ver si su padre se volvía hacia él; se puso luego sus zapatos, y dijo:
—¿Se acabó ya? ¡Eh, los hombres! Ya salisteis del apuro. Me voy, tengo que ir á despertar á mis monigotes.
Y se fué.
Los cinco hombres salieron uno tras otro de la empalizada.
Cuando Gavroche hubo desaparecido por la esquina de la calle de los Bailes, Babet apartó á Thénardier á un lado, y le preguntó:
—¿Has reparado en ese chiquillo?
—¿Qué chiquillo?
—El chico que ha trepado hasta la pared y te ha subido la cuerda.
—No, apenas.
—Pues bien; no sé, pero me parece que es tu hijo.
—¡Bah!—exclamó Thénardier.—¡Puede que sí!