(Casandra entre).

Casandra.

Entre agravios y venganzas,

anda solícito Amor,

después de tantas mudanzas,

sembrando contra mi honor

mal nacidas esperanzas.

En cosas inaccesibles

quiere poner fundamento

como si fuesen visibles,

que no puede haber contentos

fundados en imposibles.

En el ánimo que inclino

al mal, por tantos disgustos

del Duque, loca imagino

hallar venganzas y gustos

en el mayor desatino.

Al galán Conde y discreto,

y su hijo, ya permito

para mi venganza efeto,

pues para tanto delito

conviene tanto secreto.

Vile turbado, llegando

a decir su pensamiento,

y desmayarse temblando,

aunque ¿es más atrevimiento

hablar un hombre callando?

Pues de aquella turbación,

tanto el alma satisfice,

dándome el Duque ocasión,

que hay dentro de mí quien dice

que, si es amor, no es traición,

y que cuando ser pudiera

rendirme desesperada

a tanto valor, no fuera

la postrera enamorada,

ni la traidora primera.

A sus padres han querido

sus hijas, y sus hermanos

algunas; luego no han sido

mis sucesos inhumanos,

ni mi propia sangre olvido.

Pero no es disculpa igual

que haya otros males de quien

me valga en peligro tal,

que para pecar no es bien

tomar ejemplo del mal.

Este es el Conde, ¡ay de mí!

Pero ya determinada,

¿qué temo?

Federico.

Ya viene aquí

desnuda la dulce espada

por quien la vida perdí.

¡Oh hermosura celestial!

Casandra.

¿Cómo te va de tristeza,

Federico?

Federico.

En tanto mal

responderé a Vuestra Alteza

que es mi tristeza inmortal.

Casandra.

Destemplan melancolías

la salud; enfermo estás.

Federico.

Traigo unas necias porfías,

sin que pueda decir más,

señora, de que son mías.

Casandra.

Si es cosa que yo la puedo

remediar, fía de mí,

que en amor tu amor excedo.

Federico.

Mucho fiara de ti,

pero no me deja el miedo.

Casandra.

Dijísteme que era amor

tu mal.

Federico.

Mi pena y mi gloria

nacieron de su rigor.

Casandra.

Pues oye una antigua historia,

que el amor quiere valor.

Antíoco, enamorado

de su madrastra, enfermó

de tristeza y de cuidado.

Federico.

Bien hizo si se murió,

que yo soy más desdichado.

Casandra.

El Rey, su padre, afligido,

cuantos médicos tenía

juntó, y fue tiempo perdido,

que la causa no sufría

que fuese amor conocido.

Mas Eróstrato, más sabio

en su ciencia que Galeno,

conoció luego su agravio;

pero que estaba el veneno

entre el corazón y el labio.

Tomole el pulso, y mandó

que cuantas damas había

en palacio entrasen.

Federico.

Yo

presumo, señora mía,

que algún espíritu habló.

Casandra.

Cuando su madrastra entraba,

conoció, en la alteración

del pulso, que ella causaba

su mal.

Federico.

¡Extraña invención!

Casandra.

Tal en el mundo se alaba.

Federico.

¿Y tuvo remedio así?

Casandra.

No niegues, Conde, que yo

he visto lo mismo en ti.

Federico.

¿Pues enojáraste?

Casandra.

No.

Federico.

¿Y tendrás lástima?

Casandra.

Sí.

Federico.

Pues, señora, yo he llegado,

perdido a Dios el temor,

y al Duque, a tan triste estado,

que este mi imposible amor

me tiene desesperado.

En fin, señora, me veo

sin mí, sin vos y sin Dios;

sin Dios, por lo que os deseo;

sin mí, porque estoy sin vos;

sin vos, porque no os poseo.

Y por si no lo entendéis,

haré sobre estas razones

un discurso en que podréis

conocer de mis pasiones

la culpa que vos tenéis:

«Aunque dicen, que el no ser

es, señora, el mayor mal,

tal por vos me vengo a ver

que, para no verme tal,

quisiera dejar de ser.

En tantos males me empleo

después que mi ser perdí,

que, aunque no verme deseo,

para ver si soy quien fui,

en fin, señora, me veo.

A decir que soy quien soy,

tal estoy que no me atrevo,

y por tales pasos voy

que aun no me acuerdo que debo

a Dios la vida que os doy.

Culpa tenemos los dos

del no ser que soy ahora,

pues, olvidado por vos,

de mí mismo estoy, señora,

sin mí, sin vos y sin Dios.

Sin mí no es mucho, pues ya

no hay vida sin vos, que pida

al mismo que me la da;

pero sin Dios, con ser vida,

¿quién, sino mi amor, está?

Si en desearos me empleo,

y él manda no desear

la hermosura que en vos veo,

claro está que vengo a estar

sin Dios, por lo que os deseo.

¡Oh, qué loco barbarismo

es presumir conservar

la vida en tan ciego abismo,

hombre que no puede estar

ni en vos, ni en Dios, ni en sí mismo!

¿Qué habemos de hacer los dos,

pues a Dios por vos perdí,

después que os tengo por dios,

sin Dios, porque estáis en mí,

sin mí, porque estoy sin vos?

Por haceros solo bien

mil males vengo a sufrir;

yo tengo amor, vos desdén,

tanto, que puedo decir:

¡mirad con quién, y sin quién!

Sin vos y sin mí peleo

con tanta desconfianza:

sin mí, porque en vos ya veo

imposible mi esperanza;

sin vos, porque no os poseo».

Casandra.

Conde, cuando yo imagino

a Dios y al Duque, confieso

que tiemblo, porque adivino

juntos para tanto exceso

poder humano y divino.

Pero viendo que el amor

halló en el mundo disculpa,

hallo mi culpa menor,

porque hace menor la culpa

ser la disculpa mayor.

Muchas ejemplos me dieron,

que a errar se determinaron,

porque los que errar quisieron

siempre miran los que erraron,

no los que se arrepintieron.

Si remedio puede haber,

es huir de ver y hablar;

porque con no hablar ni ver,

o el vivir se ha de acabar

o el amor se ha de vencer.

Huye de mí, que de ti

yo no sé si huir podré,

o me daré muerte a mí.

Federico.

Yo, señora, moriré,

que es lo más que haré por mí.

No quiero vida; ya soy

cuerpo sin alma, y de suerte

a buscar mi muerte voy,

que aun no pienso hallar mi muerte

por el placer que me doy.

Sola una mano suplico

que me des; dame el veneno

que me ha muerto.

Casandra.

Federico

todo principio condeno

si pólvora al fuego aplico.

Vete con Dios.

Federico.

¡Que traición!

Casandra.

Ya determinada estuve;

pero advertir es razón

que por una mano sube

el veneno al corazón.

Federico.

Sirena, Casandra, fuiste;

cantaste para meterme

en el mar, donde me diste

la muerte.

Casandra.

Yo he de perderme;

tente, honor; fama, resiste.

Federico.

Apenas a andar acierto.

Casandra.

Alma y sentidos perdí.

Federico.

¡Oh, qué extraño desconcierto!

Casandra.

Yo voy muriendo por ti.

Federico.

Yo no, porque ya voy muerto.