divisos celtis laté prospectat Hiberos
atque æterna tenet magnis divortia terris».
Si el águila de Buonaparte no consiguió anidar en la sierra aragonesa, la flor de lis de los Borbones no echará raíces seguramente en la llanura de Castilla; Ariosto canta:
che’l giglio in quel terreno habbia radice!»
Esta condición inveterada de abierta hostilidad o, mejor dicho, de neutralidad armada, ha hecho que estas regiones fuesen poco agradables para el turista observador. La abrupta y montañosa frontera se compone de poblados solitarios y aislados que constituyen todo el mundo para los naturales del país, los cuales sólo van a los valles para pasar contrabando. Esta vocación es el azote del país; les da una especie de confianza en su propia defensa y constituye un hábito de saqueo e insubordinación que parece ser un elemento de estímulo y de combustión tan necesaria a su sér moral, como el carbón y el hidrógeno lo son para su cuerpo físico.
Su desconfianza habitual contra el extranjero fiscalizador, que es instintiva en los orientales y en los iberos, les hace ver siempre en un curioso viajero un espía o un enemigo. Las autoridades españolas, que casi nunca hacen estas cosas sino por obligación, no comprenden que el inglés, amante de la Naturaleza y curioso de aventuras, se dedique a estudiar la botánica y la geología de estas regiones por su propia cuenta y sin ningún estímulo, fuera de su voluntad. Es posible que el impertinente curioso pase inadvertido en una ciudad española y entre la multitud; pero en estas sierras solitarias no hay que pensar en tal cosa; es observado atentísimamente por aquella gente, que, con sus hábitos de caza y de contrabando, están siempre alerta y ojo avizor, con la mirada penetrante del halcón, el gitano y el ave de rapiña. De algún tiempo acá, los que están más próximos a Francia han visto el brillo de las monedas del turista inglés y se han humanizado algo tratando de sacar algún beneficio en la época de las excursiones.
La geología y la botánica están aún por investigar seriamente. En los Pirineos, tan fecundos en metales, abundan las toscas forjas de hierro; pero todo está montado en pequeña escala, de manera poco científica y probablemente siguiendo el primitivo sistema ibérico. El combustible es escaso, y el transporte del mineral sobre mulos, muy caro. El hierro es muy inferior al inglés y mucho más caro; los utensilios y herramientas usados en ambos lados de los Pirineos son mucho más antiguos que los nuestros, y, en cambio, existen tarifas absurdas que, por prevenir la importación de un artículo mejor y más barato, retrasan los adelantos en agricultura y fabricación y perpetúan la pobreza y la ignorancia entre la población atrasada y a medio civilizar. Los bosques también han sufrido enormemente con la negligencia, el despilfarro e imprevisión de los naturales, que arrancan más de lo que necesitan, y nunca repueblan.
La caza en estas comarcas es excelente, por cuanto donde el hombre no penetra la feraz naturaleza se multiplica; el oso, sin embargo, va haciéndose raro, porque se concede un premio por cada uno que se mate. Lo que más se caza es la cabra montés[6] o rupicapra, el steinbock alemán, el bouquetín francés, el rebeco (ibex, becco, bouc, bock, buck). El encanto de su persecución, semejante a la de la gamuza de Suiza, se presta a muchos y muy graves accidentes, pues este arisco animal se encarama a los sitios más inaccesibles y hay que acecharle con una gran destreza. La caza, en la parte norte, es muy inferior, como que los cocineros de grandes hoteles han declarado la guerra al cuchillo, y casi casi al tenedor, hasta contra los petits oiseaux; bien es verdad que el artiste francés persigue igualmente a los pececillos, pues es aficionado a probar toda clase de sports y diversiones, y siempre con miras al estómago. Los españoles, menos materialistas y gastrónomos, dejan en una paz relativa a las tribus aladas y de aletas. En consecuencia, los riachuelos están poblados de truchas, y los que vierten en el Atlántico, de salmón. Los Altos Pirineos no son únicamente alambiques de cristalinos y fríos torrentes, sino que también tienen, como el corazón de Safo, manantiales de agua caliente bajo un lecho de nieve. Los más célebres están en la parte norte, o por lo menos son los más conocidos y frecuentados, pues los españoles son poco aficionados a baños ni a aguas medicinales. En la parte española apenas hay medio de acomodarse en los baños que existen, y los de Francia son mezquinos, comparados con los Spas de Alemania, y sucios e indecentes, si se ponen en parangón con los ingleses. El paisaje es completamente alpino: una mezcla de montañas, precipicios, ventisqueros y bosques, animados por los torrentes y los huracanes. Los naturales, cuando no son contrabandistas o guerrilleros, son rudos, sencillos y bucólicos; pobres y pintorescos, como toda la gente que puebla las montañas. La llanura, donde se produce el pan, será más rica, seguramente; pero ¿qué partido puede sacar de ella un turista o un pintor?
En los parajes agrestes, los montañeses conducen en verano sus rebaños a lo alto de la sierra, y allí viven en sus chozas luchando con la miseria y las fieras, ahuyentando materialmente al lobo de delante de la puerta; tienen mastines magníficos; las ovejas parecen un ejército instruído frente al enemigo; conocen la voz del pastor o, mejor dicho, su silbido y sus gritos especiales; la lana es llevada a Francia de contrabando, y, una vez fabricada toscamente, vuelve a entrar en España de la misma manera.
Capítulo III.
En España hay seis grandes ríos, arterias que corren entre las siete cordilleras, vértebras del sistema geológico. A cada uno de ellos afluyen varios de menor cuantía; de los que son, a su vez, tributarios innúmeros arroyuelos que corren por valles y quiebras.
Las aguas de lluvias y las del deshielo de la nieve son recogidas por todos estos arroyos y riachuelos, que las conducen a uno de los de primer orden, los cuales, todos, excepción hecha del Ebro, vierten en el Atlántico. El Duero y el Tajo, desgraciadamente para España, desembocan en Portugal, con lo que pierde una gran ocasión de comercio, pues son los más importantes en este ramo. Felipe II vió claro el verdadero valor de este rincón rodeado por España y trató de asegurar su posesión para dar fácil salida a los productos del interior por sus ensenadas, muy a propósito para el comercio exterior. La anexión de Portugal a España daría más fuerza al trono que el dominio de continentes enteros en el Atlántico, y ésta ha sido siempre la secreta ambición de todo Gobierno español. El Miño, que es el más corto de estos ríos, corre por un lecho fertilísimo. El Tajo, cantado por los poetas, por sus arenas auríferas y sus orillas llenas de rosas, sigue la mayor parte de su curso por entre rocas peladas. El Guadiana se desliza por la solitaria Extremadura, infectando las llanuras con miasmas. El Guadalquivir extiende sus profundas márgenes por los asoleados olivares de Andalucía, y el Ebro cruza los llanos de Aragón. En España hay muchos riachuelos salobres, salados, y minas de sal o salinas, resultado de la evaporación del agua del mar; el suelo de la parte central está tan impregnado de «malsano nitro», que sólo en la Mancha podrían sacarse materiales para hacer volar el mundo entero; la superficie de estas regiones, siempre áridas, lo es cada día más por el horror que sus habitantes tienen al árbol; allí no hay nada que contrarreste la rápida evaporación, ni el menor resguardo para proteger o conservar la humedad. La tierra llega a estar tan reseca, que en algunas partes es imposible cultivarla. Otro peligro serio de la carencia de plantaciones es que los declives de los montes están siempre expuestos a total denudación del terreno con las lluvias fuertes. No hay nada que detenga la bajada del agua, y de aquí la desnudez y pedregosa esterilidad de las cimas de muchas de las sierras, que han sido despojadas hasta de la más pequeña partícula capaz de dar vida a algo de vegetación: son esqueletos, donde se ha extinguido la vida. Y no sólo es el suelo el que pierde con esto, sino que los detritus, arrastrados, forman bancos en las bocas de los ríos u obstruyen y elevan sus lechos, de donde resulta que fácilmente se salen de madre y convierten los terrenos de sus orillas en pantanos pestilentes. La reserva de agua proporcionada por las lluvias periódicas, y que debe detenerse en los orígenes de los ríos, es arrastrada de golpe en torrentes violentos, en vez de deslizarse lentamente. Por su carácter montañoso, España tiene muy pocas lagunas, pues las pendientes son demasiado rápidas para consentir que el agua se acumule; las que existen por excepción pueden con gran propiedad ser llamadas lagos, sin que esto quiera decir que vayan a competir en tamaño y belleza con las de Escocia. La profundidad de los principales ríos de España ha disminuído y sigue disminuyendo, tanto, que algunos que eran navegables han dejado de serlo, y los canales que habían de sustituírlos están sin terminar; los progresos de la ruina avanzan, y se hace muy poco para neutralizar o corregir lo que cada año ha de resultar más difícil y más caro, pues los medios de reparación disminuirán al mismo tiempo que irán en aumento la miseria ocasionada por el mal y la pusilanimidad, hija de ella. No obstante, últimamente se han formado algunas grandes compañías hidráulicas encargadas de hacer pozos artesianos, terminar canales, convertir algunos ríos en navegables y emitir acciones liberadas, lo cual, sin duda, se hará si no ocurre nada que lo impida.
Sin embargo, los ríos que pueden hacerse navegables son solamente aquellos que están constantemente nutridos por los afluentes secundarios que bajan de las montañas, cubiertas todo el año de nieve, y éstos, en realidad, son pocos. La mayoría de los ríos españoles son escasos de agua en verano y de muy rápida corriente durante el deshielo, y en estas épocas serían impracticables, aun para las barcas pequeñas. Además suelen estar muy sangrados para los riegos artificiales, y por esta causa su caudal de agua disminuye notablemente; en Madrid y Valencia, por ejemplo, los amplios lechos del Manzanares y del Turia suelen estar tan secos como las playas en la bajamar. Parece que se les llama ríos sólo por cortesía hacia los magníficos puentes que hay edificados sobre ellos; tanto, que una broma de los forasteros es presentar a los vecinos tratando de vender uno para comprar un poco de agua, o comparar sus sedientos arcos con un hombre en el suplicio, pidiendo por amor de Dios una gota de agua; pero si cae una lluvia fuerte en las montañas, pronto se demuestra la necesidad de su solidez y amplitud, de la anchura y altura de sus arcos y de sus estribos firmes, que al principio parecieron más bien antojo de una arquitectura monumental, que obra de utilidad pública. Los que viven en un país relativamente llano no pueden apenas formarse idea de la rápida y tremenda destrucción que las inundaciones causan en estos países montañosos. La lluvia torrencial forma avalanchas que bajan saltando de piedra en piedra como un torrente, arrollando y arrostrando cuanto encuentran a su paso, socavando la tierra, arrancando rocas, descuajando árboles y casas y sembrando por todas partes desolación y ruina. Pero estas furias suelen ser cortas; así, si el viajero quiere ver el Támesis de Madrid puede darse prisa, si no quiere correr el riesgo de que el río haya desaparecido cuando llegue a verlo. Cuando los españoles, mandados por los tontos Blake y Cuesta, perdieron la batalla de Ríoseco, que dió Madrid a Buonaparte, los soldados franceses, al pasar por el cauce del río, completamente seco, exclamaron: «¡Hasta los ríos huyen en España!»
En las comarcas en donde las carreteras y los puentes son un lujo, sirven los cauces para río en invierno y para camino en verano. En este país de anomalías, así como hay ríos sin puentes, hay puentes que no tienen río; el más notable de estos pontes asinorum está en Coria, donde se cruza el Alagón en una mala y a veces peligrosa barcaza, mientras que a dos pasos, en unas praderas cercanas, se eleva un hermoso y seco puente de cinco arcos. Según dicen, esto es consecuencia de que en alguna inundación el río varió de cauce, se salió de madre[7], dicen los españoles, los cuales no se preocupan mucho de ello, pues no hacen ningún esfuerzo para que vuelva a cruzar por los arcos de aquél. Invocan a Hércules para que cambie a este Alfeo y, entretanto, se atienen al proverbio que dice: Después de años mil vuelve el río a su cubil. Más adelante diremos algo acerca de la pesca en estos arroyos errantes.
La navegación de los ríos españoles es oriental, clásica e imperfecta: las barcas, barcazas y barqueros datan de la época medieval y son más aprovechables artísticamente que para el comercio. El «gran río», el Guadalquivir, que en tiempo de los romanos era navegable hasta Córdoba, hoy es apenas practicable hasta Sevilla por barcos de vela de mediano calado. Los pasajeros encuentran toda clase de facilidades concedidas para los buques que hacen la travesía entre esta capital y Cádiz. Estas ventajas, ni que decir tiene, son obra de Inglaterra, aun cuando el primer barco de vapor que surcó los mares fuese invención española y se botase al agua en Barcelona en 1543; pero el entonces ministro de Hacienda era un rutinario oficinista y se opuso a proteger la invención y no se volvió a hablar más del asunto. Los buques de vapor que hacen el servicio del Guadalquivir son seguros. En nuestro tiempo siempre se decía en los anuncios de salida de los vapores que se diría una misa antes de zarpar en la herética invención, lo mismo que hoy, cuando se inaugura en Francia un camino de hierro, las locomotoras de Birmingham son rociadas con agua bendita y bendecidas por un obispo, lo cual puede ser una «indirecta» para míster Hudson y el primado de York.
En Aragón se habla mucho del proyecto de hacer navegable el Ebro: este año se han practicado algunos estudios por dos ingenieros, ingleses por supuesto. Los periódicos locales comparan el asombro de los campesinos al ver a estos individuos con el que ocasionaran Don Quijote y Sancho en los mismos parajes con su aventura de la barca encantada.
Mucho se ha discutido también la comunicación entre Lisboa y Toledo utilizando el Tajo. Este gran río, de que todos hablan porque en su desembocadura se halla emplazada la capital del reino donde se produce el vino de Oporto, es tan poco conocido en España y fuera de ella como el Niger.
Hemos tenido la suerte de poder contemplarle en muchos sitios y observar los distintos aspectos de su poético y pintoresco curso. Nos ha encantado primero verde y rápido entre los amarillos trigales de Castilla la Nueva; poco después, refrescando el encantador Tempe[8] de Aranjuez, cubriendo sus jardines de verdura y vistiendo las enramadas, donde anidan los ruiseñores; más tarde, precipitándose bullicioso por las graníticas hondonadas del montañoso Toledo, como apresurándose por escapar de las frías sombras de su profunda prisión y lanzándose alegre a la luz y la libertad, para seguir su carrera por llanuras solitarias. En Talavera sus aguas fueron teñidas con sangre de valientes y alegremente reflejaron el brillo de las bayonetas triunfantes de Inglaterra; desde aquí se desliza, bajo los ruinosos arcos de Almaraz, hacia la desolada Extremadura en una corriente tan serena como el azul del cielo que le sirve de dosel, pero bastante fuerte aún para forzar los montes de Alcántara. Allí está el puente de Trajano, que merece hacer un viaje de cien leguas para verle. El resiste la corriente impetuosa en este punto y une las peñascosas gargantas; grande, sencillo y sólido, descuella como el esqueleto del dominio romano con toda la sensación de soledad y magnitud y el interés de lo pasado y lo presente. Tales son los hermosos paisajes que hemos contemplado y diseñado; éstas, las dulces aguas en que hemos mitigado nuestra sed y refrescado nuestros miembros.
¡Qué austero, qué solemne, qué emocionante es el Tajo de España! No hay ningún comercio establecido por medio de él; ningún buque inglés ha civilizado sus aguas como las de otros ríos de Francia y Alemania. Sus rocas han presenciado batallas, no escenas pacíficas; han reflejado castillos y prisiones, no almacenes o muelles; pocas ciudades se han edificado en sus orillas, como en las del Támesis y el Rin; es un río verdaderamente propio de España, el país del aislamiento y la soledad. Sus aguas no tienen barcos, sus orillas carecen de vida, nunca el hombre ha puesto la mano en sus ondas ni ha esclavizado sus saltos, libres e independientes.
Es imposible leer la maravillosa descripción del Danubio, de Tom Campbell, antes que su poesía fuera enturbiada por el humo de nuestros ubicuos barcos, sin aplicar sus líneas al salvaje Tajo:
unknown, unploughed, untrodden shore,
where scarce the woodman finds a road,
and scarce the fisher plies an oar;
for man’s neglect I love thee more,
that art nor avarice intrude
to tame thy torrent’s thunder shock,
or prune the vintage of thy rock,
Magnificently rude!»[9].
Como los ríos en estado natural son algo muy raro en Gran Bretaña se nos disculpará que nos extendamos, demasiado quizá, en la descripción de éste, tanto más cuanto que con ello he de contribuír al conocimiento del carácter español y a la explicación de las cosas de España, que es el objeto principal de estas pobres páginas.
El Tajo nace en aquel extraordinario revoltillo de montañas, lleno de restos fosilizados, ricas en plantas y truchas, que están situadas entre Cuenca y Teruel, y que como son casi completamente desconocidas están clamando por los discípulos de Isaac Walton y del doctor Buckland. Desemboca en el mar por Lisboa, después de un recorrido de 375 millas en España, de la cual, por disposición de la Naturaleza, parece destinado a ser la principal arteria. Los cronistas toledanos derivan su nombre de Tagus, quinto rey de Iberia, pero Bochart lo hace de Dag, Dagón[10], un pez, porque además de considerar al río aurífero, los antiguos lo declararon abundante en pesca, aunque a los actuales españoles tanto se les da de los peces como si fueran cocodrilos. Ciertamente se suelen encontrar granos de oro en el río (aunque apenas los suficientes para mantener a un poeta) por unos pobres medio anfibios, llamados artesilleros, a causa de las cestas que usan y en las cuales recogen la arena, que luego pasan por un cedazo.
El Tajo podría sin dificultad hacerse navegable y, con el Jarama, poner en contacto Madrid y Lisboa y facilitar la importación de los productos coloniales y la exportación de vinos y granos. La realización de tal idea reportaría más beneficios a España que diez mil constituciones garantizadas por la espada de Narváez y por la palabra de Luis Felipe. La forma de llevarla a cabo ha sido estudiada por algunos extranjeros, perezosamente contemplados por los toledanos; en 1581, un napolitano, Antonelli, y Juanelo Turriano, milanés, presentaron el proyecto a Felipe II, dueño entonces de Portugal; pero se necesitaba dinero—la historia de siempre—y sus rentas estaban empleadas en trasladar reliquias y en edificar el inútil Escorial. No se hizo nada más que algunos paseos por el río y odas al «sabio y gran rey», que iba a realizar la gran obra, cantando aquello de las brujas de Macbeth, Lo haré, lo haré, lo haré, pues en esta tierra el futuro es siempre preferido al presente. El proyecto durmió hasta 1641, en que otros dos extranjeros, Julio Martelli y Luis Carduchi, en vano despabilaron de su siesta a Felipe IV. Este perdió poco después Portugal y, en consecuencia, olvidó por completo el Tajo. Transcurrida otra centuria, en 1755, Ricardo Wall, un irlandés, tomó la cosa por su cuenta; pero Carlos III, ocupado en sostener las guerras de los franceses contra Inglaterra, necesitaba el dinero para aquella empresa.
El Tajo, desde entonces, corre rugiendo por su rocoso cauce, como un potro salvaje, riéndose de los toledanos, que pasean soñolientos en las riberas impracticables invocando a Brunel[11], Hércules y Rothschild, en lugar de arrimar el hombro a la turbina. En 1808 se resucitó el proyecto: Fray Xavier de Cabañas, que había aprendido en Inglaterra nuestro sistema de canales, publicó un estudio sobre el río: Memoria sobre la navegación del Tajo, Madrid, 1829; parece el libro azul que descubriera las fuentes del Nilo; tan semejantes al desierto son las incultas comarcas que están situadas entre Toledo y Abrantes. Fernando VII imprimió un decreto encontrando de utilidad el proyecto, y así terminó la cosa, a pesar de que Cabañas había entablado tratos con los señores Wallis y Mason para adquirir maquinaria, etcétera. Recientemente ha vuelto a poner sobre el tapete el mismo asunto una persona muy inteligente, el Sr. Bermúdez de Castro, que, por haber residido mucho tiempo en Inglaterra, está penetrado del sistema y energía de los extranjeros. ¡Veremos!, puede decirse. La esperanza es buen desayuno, pero mala cena, dice Bacon, y, como reza el proverbio, En España, se empieza tarde y nunca se acaba.
Capítulo IV.
Para la división de la Península por las montañas, los ríos y el clima, puede, desde luego, sentarse un principio fijo, pues está basado en las leyes inmutables de la naturaleza. No así para la artificial y política en reinos y provincias, que es obra del capricho, con total ausencia de plan.
Estas divisiones provinciales se formaron por la unión gradual de comarcas pequeñas e independientes en otro tiempo, que forman el conjunto de España, como los inconvenientes condados constituyen el reino de Inglaterra. Para contrarrestar los inconvenientes que resultan de este flujo y reflujo de las diferentes mareas que aquejan a los asuntos de los hombres y de estas fronteras no determinadas por el agrimensor armado de teodolito, el uso ha procurado algún remedio y la costumbre ha hecho a los habitantes determinar divisiones más lógicas que los nuevos arreglos, y que se apoyan en principios geográficos y estadísticos.
Los franceses, durante su gobierno intruso, se horrorizaban ante este «caos administrativo», esta aparente irregularidad, e introdujeron su sistema de departamentos, mediante el cual las regiones fueron encasilladas hábilmente y el país arreglado como si fuese un tablero de ajedrez y los españoles los peones, cosa que no es ciertamente este pueblo de los caballeros por excelencia, como ellos se titulan; ni tampoco en este paraíso de la iglesia militante se pueden calcular con visos de certeza los pasos de cada obispo o caballero, pues rara vez acostumbran a volver mañana por el camino que anduvieron ayer.
En consecuencia, y aparte lo especioso de la teoría, se vió que no era cosa fácil llevar a la práctica la idea de la división en departamentos: la individualidad se rió de la solemne falta de sentido de los pedantes intrusos que querían clasificar a los hombres como los helechos y los mariscos. El fracaso de esta tentativa de reformar antiguas demarcaciones y reunir poblaciones antitéticas, fué total y completo. Por lo tanto, apenas el duque hubo limpiado la Península de doctrinarios e invasores, ya el León de Castilla había sacudido sus papeles de sus melenas, y, al igual que los italianos, en quienes se hizo el mismo ensayo, vuelto a su antigua división, la cual, si bien defectuosa en teoría y fea y molesta en el mapa, es lo considerado más práctico por la costumbre. Recientemente, y a despecho de esta experiencia, una de las muchas innovaciones, reformas y molestias transpirenaicas, la Península se ha dividido nuevamente en cuarenta y nueve provincias, en vez de los antiguos trece reinos, principados y señoríos; pero ha de transcurrir mucho tiempo antes de que pueda borrarse el hábito de esta división, que nació con el desarrollo de la monarquía y está grabado en la memoria del pueblo.
Los aficionados a detalles estadísticos deben consultar las obras de Pérez, Antillon y otros, considerados por los españoles como autoridades en estas dilatadas materias, más propias para ser tratadas en un anuario o un manual que para volúmenes como éste de lectura menos grave; y, seguramente, las páginas de los respetables españoles arriba nombrados son más pesadas que las carreteras de Castilla, donde no se encuentra un arroyuelo, el alegre compañero que refresca el polvoriento camino, ni se ve una flor por casualidad, ni se oye el canto de un pájaro: «secas como las migajas de las galletas después del viaje».
Los trece reinos tienen nombres grandes e históricos; son propios de un país viejo y monárquico, no de una flamante y vulgar democracia sin hechos de renombre. Llenan la boca al nombrarlos y sugieren mil reflexiones sobre los tiempos más gloriosos del poder floreciente de España, cuando eran gigantes en el mundo, no pigmeos con paletot de París, cuya única ambición es imitar al extranjero y rebajarse y desnacionalizarse a sí mismos.
Primeramente y ante todo se presenta Andalucía, coronada con una cuádruple tiara, pues el nombre Los cuatro reinos es sinónimo de ella. Son esos reinos los de Sevilla, Córdoba, Jaén y Granada, nombres que por sí solos tienen un indecible encanto. En segundo lugar viene el reino de Murcia con sus minas de plata, sus palmeras y barrilla. Después aparece el gentil reino de Valencia, todo sonrisas, con sus frutas y su seda. El principado de Cataluña, serio y feroz, mira ceñudo a su encantador vecino. En él se levanta la humosa chimenea de la fábrica; aquí se teje el algodón; el vicio y el descontento tienen su cuna y se traman revoluciones. El orgulloso y testarudo reino de Aragón se extiende al oeste de este Lancashire de España, y al este del reino de Navarra, que se interna en los Pirineos con sus verdes valles. Las tres Provincias Vascongadas, que también limitan con él, son llamadas solamente El Señorío, pues el rey de las Españas es sólo señor de esta libre cuna de los invencibles descendientes de los primeros habitantes de la Península. Aquí se habla mucho de bueyes y de fueros o privilegios, pues las gentes de esta región, cuando no se ocupan en labrar la tierra, por el mero hecho de haber nacido allí, son partidarios de la lucha y de defender sus derechos espada en mano. Castilla adorna con dos coronas las sienes reales, a saber: la de la Vieja, donde nació la monarquía, y la de la Nueva, conquistada después a los moros. La parte novena es la desolada Extremadura, que sólo tiene el título de provincia y está poblada de langosta, ganados trashumantes, cerdos, y aquí y acullá algún bípedo humano. León, reino muy honrado en otro tiempo, se extiende más arriba, con sus llanuras de cereales y sus venerables ciudades, hoy silenciosas como tumbas, pero antaño teatro de la caballería medieval. El reino de Galicia y el principado de Asturias constituyen el litoral del oeste y forman el malecón de España contra el Atlántico.
No es cosa fácil averiguar la población exacta de un país, mucho menos de uno donde no existen registros públicos. En términos generales, las gentes, que encuentran pocos encantos en el estudio de la estadística y economía política, consideran como de mal agüero cualquier tentativa para contarlos. «Contar la gente» era un crimen en Oriente, y en España se encuentran muchas dificultades morales y materiales para hacer un censo. Así, mientras algunos escritores con estadísticas fantásticas esperan halagar a los Poderes públicos exagerando brillantemente la fuerza nacional—«alardear de ella, dice el duque, es la debilidad nacional»—, la mayoría, suspicaz, por otro lado, está dispuesta a ocultar y disfrazar la verdad. Por nuestra parte siempre pondremos en entredicho lo que oigamos acerca de población, comercio o rentas de España en el presente o en el pasado. Las clases elevadas tenderán a presentarlo todo floreciente con objeto de engrandecer a su país, y los pobres, por el contrario, se inclinarán a ver las cosas siempre peor de lo que en realidad son. Nunca proporcionarán un dato, siquiera sea indirectamente, que sirva para hacer empadronamientos o reclutas.
La población y la renta se han exagerado generalmente y de todas las notas se debe descontar algo; al presente se puede calcular la población en unos once o doce millones de almas, con paulatina tendencia al aumento. Es una cifra bien baja para un país tan extenso y que, según datos fidedignos, en tiempo de los romanos estuvo habitado por enorme multitud de habitantes industriosos y trabajadores como hormigas; ciertamente, el período más largo de tranquilidad y gobierno fijo que este desgraciado país ha tenido fué durante las tres centurias en que era incontestable el poderío de Roma. En esta época rara vez se encuentra la Península nombrada por los autores, y esto es una prueba de su felicidad, pues en las sangrientas páginas de la Historia sólo se registran grandes calamidades, plagas, pestes, guerras, batallas o fenómenos de la Naturaleza, ante los cuales los ángeles lloran. Seguramente una de las causas que han contribuído a cambiar este estado de cosas ha sido las numerosas y terribles invasiones a que España ha estado expuesta; su belleza y su clima han causado su desgracia, pues han atraído siempre la codicia del extranjero. Los godos, que tienen en España peor nombre del que en realidad merecieron, fueron arrojados por los árabes, los verdaderos destructores, ciertamente, quienes trajeron al obscuro occidente el lujo, el arte y las ciencias orientales, sin tener nada que aprender del conquistado; para ellos no fué el godo un maestro como para éste lo fuera el romano; ellos despreciaban a sus antecesores, con cuyas necesidades y trabajos no simpatizaban, al tiempo que odiaban su doctrina considerándola como idólatra y politeísta, acabando con todos los altares e imágenes. No hubo ciudad, por bella que fuese, que no destruyeran; exterminaron, dicen los anales, hasta las aves.
Los godo-españoles, en el transcurso del tiempo, se vengaron y combatieron a los invasores con sus mismas armas, aventajándoles en la destrucción, que éstos les enseñaran. Los efectos de estas guerras emprendidas sin organización, sin cuartel y sostenidas por el país y la religión, fueron marcadísimos en aquellas partes de España que tuvieron por teatro. En consecuencia, grandes extensiones de Extremadura, el sur de Toledo y Andalucía, que naturalmente son de lo más fértil y rico del mundo, están hoy convertidas en dehesas y despoblados, patrimonio exclusivo de las abejas; todo el país está lo mismo que si acabasen de ser derrotados los moros. Las antiguas crónicas de españoles y musulmanes abundan en relatos de los saqueos que se infligían unos a otros y a los cuales estaba siempre expuesta cualquier comarca fronteriza. El objeto de estas guerrillas limítrofes era la destrucción: talar, quemar y robar, el «pillaje», las «razzias»[12]. La lucha sanguinaria se sostenía por rivalidades de nación y de creencias. La cosa era verdaderamente oriental y tal como la describe Ezequiel, que también conoció a los fenicios: «Id tras él a través de la ciudad y destruíd; que ni vuestros ojos ni vuestro corazón tengan piedad; matad a todos, jóvenes y viejos, muchachas, y niños y mujeres». El deber religioso de acabar con el infiel excluía la misericordia en ambos campos, porque las católicas cruzadas eran imagen exacta de las musulmanes algara y algihad, en tanto que las razones militares empujaban a convertir todo en un desierto, con objeto de crear una frontera edomita de miseria y desolación, una llanura defensora, a través de la cual ningún ejército invasor pudiera pasar ni vivir, puesto que «sólo se criaban en ella las bestias del campo». La Naturaleza, de tal modo abandonada, reclamó sus derechos y borró toda huella del anterior cultivo, y las comarcas que fueron granero de romanos y árabes ofrecen hoy el más triste contraste con aquella antigua industria y prosperidad.
A estos horrores sucedieron otros ocasionados por la política y el fanatismo: la expulsión de los judíos dejó a España sin banqueros y la de los moriscos, últimos restos de los árabes, la privó de sus más hábiles e industriosos agricultores.
En nuestros tiempos ha sido renovado nuevamente el espectáculo de las fatales contiendas entre moros y cristianos con la lucha por la independencia contra los invasores bonapartistas, los cuales no respetaron edad ni sexo, ni cosas sagradas o profanas; la ruina reina por todo el país: un vandalismo de pocas horas bastó para deshacer la obra de varias edades de piedad, abundancia, instrucción y buen gusto. La retirada de los franceses fué peor que el avance; furiosos por el mal éxito y los desastres sufridos, los Soult y los Masséna desahogaron su despecho sobre los indefensos campesinos y sus caseríos. Dejemos al general Foy relatar sus proezas: «Ainsi que la neige précipitée des sommets des Alpes dans les vallons, nos armées innombrables détruisaient en quelques heures, par leur seul passage, les ressources de toute une contrée; elles bivouaquaient habituellement, et à chaque gîte nos soldats démolissaient les maisons bâties depuis un demi-siècle, pour construire avec le décombres ces longs villages alignés qui souvent ne devaient durer qu’un jour: au défaut du bois des forêts les arbres fruitiers, le végétaux précieux, comme le mûrier, l’olivier, l’oranger, servaient à les réchauffer; les conscrits irrités à la fois par le besoin et par le danger contractaient une ivresse morale dont nous ne cherchions pas à les guérir»[14].
and fatal ever have her saturnalia been».[15]
¿Quién puede dejar de comparar estas costumbres de las legiones de Buonaparte con la descripción que hace Hosea del «grande y fuerte pueblo» que ejecutó los terribles juicios de Dios? «El fuego devoraba todo a su paso y detrás dejaban ardiendo la llanura; el país antes de llegar ellos es el jardín del Edén, después, un yermo desolado, y más aún; nada debe escapar».
Apenas los intrusos fueron batidos por el duque, la población empezó a rehacerse, como las aplastadas florecillas se levantan después que el talón de hierro de las hordas las ha hollado. Luego surgieron las guerras civiles, que limpiaron el país de varones y de cuya sangría aun no se ha repuesto España. La falta de seguridad de personas y haciendas son siempre una rémora para el matrimonio y el aumento de población.
Una calamidad más profunda y permanente ha obrado sin tregua en España durante las dos últimas centurias; pero los autores españoles no se han atrevido a hacer alusión a ella. Atribúyese la despoblación de Extremadura a la multitud de individuos descendientes de Cortés y de Pizarro que marchan al Nuevo Mundo en busca de fortuna, y creen que la misma necesidad y el deseo de aventuras empujan hacia América a los habitantes de Cádiz y Sevilla. Pero la colonización nunca debilita a un Estado vigoroso y bien acondicionado; ejemplo, el rápido y diario aumento de población en nuestra propia isla, la cual, lo mismo que antiguamente Tiro, constantemente envía fuera millares de hombres y en casi todos los mares mece en las amplias alas de su flota mercante las bendiciones de paz, religión, libertad, orden y civilización, cumpliendo la misión de extenderlas que se ha impuesto la Gran Bretaña.
La causa real y permanente de la decadencia de España, de la falta de cultivo y de la tristeza y miseria, es el MAL GOBIERNO, civil y religioso, que puede observarse por todas partes, en el campo solitario y en las silenciosas ciudades. Pero España será incapaz de entrojar la semilla de este fértil origen de eternos males, si no miente la anécdota tan corriente en el país: Cuando Fernando III tomó Sevilla y murió, como era santo, escapó al purgatorio, y, al llegar al cielo, Santiago le presentó a la Virgen, la cual en el acto le permitió que pidiera algunos favores para su amada España. El monarca deseó que se le concediera aceite, vino y trigo, y le fué concedido; un sol claro y cielo alegre, hombres valientes y mujeres bonitas, y se le otorgó todo; cigarros, reliquias, ajos y toros, y no hubo inconveniente alguno; un buen gobierno.—No, no—dijo la Virgen—; no es posible concederte eso, pues si te lo concediese, ningún ángel querría quedarse veinticuatro horas más en el cielo.
La renta actual puede calcularse en 12 ó 13 millones de libras esterlinas; pero los españoles comparan el dinero con el aceite, que siempre se pega a las manos del que lo maneja; y tanto es lo que se roba y se negocia, tales la malversación oficial y el mal arreglo, que resulta sumamente difícil averiguar nada concreto cuando de dinero se trata. Además, las rentas se cobran mal y con un tanto por ciento ruinoso, y durante el último siglo nunca han bastado para las necesidades nacionales. Se ha recurrido al expuesto ensayo de onerosos empréstitos y confiscaciones al por mayor. En un tiempo no había en el presupuesto gubernamental más partida casi que lo que se saqueaba a la Iglesia. De este modo se podía demostrar con facilidad, de acuerdo con Vatel, que el deber primero de un clérigo rico era socorrer a los necesitados, y tanto más si el pobre era el Estado; los báculos no son compañeros de las bayonetas. El sistema, necesariamente, no puede perdurar. Desde el reinado de Felipe II se han cometido toda clase de infamias. Las obligaciones públicas no se han cumplido; no se han pagado intereses y el capital se ha derrochado. Ningún país del viejo ni del flamante Nuevo Mundo ha alcanzado un descrédito financiero tan grande. Todos deben ser cautos para aventurarse en especulaciones españolas: a pesar de todas las promesas que se hagan en el programa, tarde o temprano vendrá la decepción; y ya sea el negocio en forma de empréstito, en tierras o caminos, nunca habrá seguridades efectivas; son siempre meros castillos en el aire, châteaux en Espagne. «La tierra, como el agua, tiene sus engaños, y éste es uno de ellos».
Para conocimiento de aquellos que han estudiado el comercio ibérico, diremos que en Madrid se fundó una Bolsa de Comercio el año 1831. Se puede asegurar que es el lugar más frío de la ciudad y el más ocioso, puesto que el usual «city article» es escaso, sin operaciones, porque no hay nada que vender o comprar. Pueden compararse a una tumba que tuviera por inscripción: «Aquí yace el crédito de España». Si hay algo que la Pérfida Albión, nación de comerciantes, odie más que un asignado francés, es un insolvente. Un detalle no da lugar a duda: que el pundonor castellano prefiere arreglar sus cuentas con el frío acero y la cálida ofensa más bien que con oro y agradecimiento.
La Bolsa de Madrid se estableció, primero, en la calle de San Martín, el santo que partió su capa con un pordiosero. Como las comparaciones son odiosas y el mal ejemplo cunde, ha sido trasladada recientemente a la calle del Desengaño, sitio que no juzgarán mal elegido los que sean víctimas de algún fraude.
Como todos los individuos que están en el Poder utilizan sus conocimientos para obtener ventajas en el mercado, la Bolsa comparte con la Corte y el Ejército la influencia de la situación o crisis del momento: siendo listos, como lo son los ministros de París, resultan verdaderos novicios comparados con los españoles en el arte de manejar el telégrafo, la gaceta, etc., etc., y de este modo llevar plumas a su propio nido.
La Bolsa de Comercio está abierta desde las diez de la mañana hasta las tres de la tarde; allí pueden, los que deseen adquirir fondos españoles, comprarlos tan baratos como la menos codiciada mercancía; porque cuando el 3 por 100 inglés está a 98, no deja de ser tentador el 5 español si está a 22. Los valores son numerosos y convenientes para todos los gustos y bolsillos, bien los emitidos por Aguado, Ardouin, Toreno, Mendizábal, o los de Mon, todos «personas honorables», pero cuyo objetivo financiero es cobrar lo más posible y pagar en razón inversa, tendiendo siempre a embolsarse el interés y el capital. Como ya hemos dicho, el dinero y el aceite se pegan a las manos de quienes los manejan: los ministros y los asentistas de Madrid hicieron fortunas, y actualmente las hacen los hebreos de Londres, lo mismo que sus antepasados despojaron a los egipcios. Pero desde Felipe II acá no han faltado teólogos que defiendan el peligroso, aun cuando poco agradable, deber de la quiebra, sobre todo si se contrata con herejes usureros.
Cuando un extranjero se asome a la banca de Madrid hará bien en no mostrar curiosidad por ver la oficina de pagos de dividendos, para no herir susceptibilidades. Sea el que quiera el fin que nuestro lector persiga en la Península, debe:
for loan oft loseth both itself and friend[16]».
Hay que guardarse del comercio español, pues a despecho de los documentos oficiales y los laberintos aritméticos que, tan intrincados como un arabesco, son muy bonitos en el papel, pero ininteligibles, a pesar de las ingeniosas conversiones, fondos públicos, cupones—activo, pasivo y otros antipáticos términos y tiempos, excepto el presente—, la inseguridad es siempre la misma y ésta es la piedra de toque, desde el momento en que el crédito nacional depende de la buena fe y del exceso de ingresos; ¿cómo puede un país pagar intereses por una deuda cuyas rentas ni antes ni ahora han sido suficientes para las necesidades del gobierno? No es posible sacar sangre de una piedra; ex nihilo nihil fit.
La memoria de Mr. Macgregor sobre España, una exposición exacta de ignorancia comercial, negligencia en los tratados y contratos, describe sus seguridades públicas, pasadas y presentes. Ciertamente tienen nombres y títulos muy rimbombantes: Juros, Bonos, Vales reales, Títulos, etc., etc., mucho más regios, grandes y poéticos que nuestros prosaicos Consols[17]; pero ningún juramento puede dar valor efectivo a un papel inútil y desprestigiado. Según algunos financieros, la deuda de España antes de 1808 ascendía a 83.763.966 libras esterlinas, que de entonces acá han llegado a la cifra de 279.083.089 en números redondos. Es posible que haya exageración en esto, porque el Gobierno no facilita dato alguno de sus especulaciones y manejos. Según Mr. Henderson, 78.649.675 libras de esta deuda se deben a ingleses exclusivamente, y les deseamos que no encuentren dificultades cuando vayan a Madrid. En tiempos de Jaime I, Mr. Howell fué enviado con un encargo parecido, y cuando volvió, «el montón de quejas sin satisfacción era más alto que él mismo». De todos modos, España está hasta el cuello de deudas y es irremediablemente insolvente. Y, sin embargo, si se tiene en cuenta la fertilidad de su suelo, sus magníficas posesiones en el país y fuera de él, la frugalidad de sus habitantes, pocos países hallarían menos motivos de preocupación; pero el cielo le ha concedido todas las bendiciones, menos un Gobierno bueno y honrado. Suele el Gobierno ser, o fanfarrón o cobarde; satisfacción en veinticuatro horas, a lo Bresson, o una escuadra en línea de batalla frente a Málaga—receta de Cromwell—, son los únicos argumentos que comprenden estos medio moros; las palabras conciliadoras son consideradas como debilidad; en un momento se puede obtener de su miedo lo que nunca se lograría de su sentimiento de justicia.
Capítulo V.
De las muchas falsedades que se han dicho sobre España, ninguna más repetida que la referente a los peligros y dificultades a que se supone expuesto el viajero. Este país, el más romántico, típico y característico de Europa, puede visitarse de parte a parte, por mar y por tierra, con facilidad y seguridad, como lo saben todos los que han estado en él. La falta de sentido de las críticas de ingleses de baja estofa, que nunca le han visto, predisponen con sus relatos a los turistas pusilánimes: los barcos son regulares, los correos y diligencias excelentes, los caminos pasaderos y las mulas muy seguras; además, las posadas han aumentado y los ladrones han disminuído, tanto, que se necesita mucha ingenuidad para ser engañado o robado. Aquellos, sin embargo, que se desviven por cosas extraordinarias, o desean hacer un capítulo o un cuadro, en una palabra, llevarse una aventura para casa, pueden satisfacer su anhelo alardeando de imprudencia y charlatanería y ofreciendo un cebo tentador, aun cuando se ahorrarían tiempo, molestias y dinero ensayando el experimento mucho más cerca de su país.
Como la mayoría de nuestros lectores viven en una isla, empezaremos por el mar y los barcos.
La «Peninsular and Oriental Navigation Company» expide barcos tres veces al mes desde Southampton a Gibraltar. De ordinario emplean setenta horas en llegar a La Coruña, y aquí se toma el correo directo a Madrid, que efectúa el viaje en tres días y medio. Los navíos son excelentes, con tripulación y maquinaria inglesa. La travesía hasta Vigo se hace en menos de tres días, y el viaje a Cádiz, tocando en Lisboa, rara vez excede de seis. El cambio de clima, paisaje, gentes y costumbres que se observa en esta excursión de una semana es realmente notable. En dejando el Canal de la Mancha se entra en el inquieto Golfo de Vizcaya, en donde el petrel anunciador de tormenta está en su casa y donde el gigantesco oleaje del Atlántico es refrenado primeramente por la barrera férrea de la costa de España, el rompeolas de Europa. Aquí puede verse el Océano en toda su magnificencia y soledad: grandioso en la tormenta, grandioso en calma, tranquilo como un espejo y nunca más admirable que por la noche, cuando las estrellas, en un cielo claro y limpio de niebla, titilan como diamantes sobre aquellos «que abajo navegan en barcos por el mar, y alaban las obras del Señor, y admiran sus maravillas». La tierra desaparece y el hombre tiene conciencia de su debilidad y de su fuerza; una línea muy tenue le separa de otro mundo, a pesar de que ha puesto su mano sobre las olas y ha dominado el Océano, haciéndole el camino del comercio y el lazo de unión de las naciones.
Los buques que navegan por la costa de Levante, desde Marsella a Cádiz, son más baratos; pero en modo alguno son tan buenos, ni aprovechan el tiempo—cosa esencial en los negocios—con regularidad inglesa. Están construídos en el extranjero y tripulados por españoles y franceses. Suelen detenerse un día en Barcelona, Valencia y otras capitales importantes, lo que les proporciona ocasión de aprovisionarse de carbón y de pasar contrabando. Un viajero que lleve prisa puede de este modo hacer una ligera visita a las ciudades del litoral, y así es como los autores que creen enterarse de los países extranjeros con una mirada de águila obtienen materiales para varios volúmenes sobre la historia, artes, ciencia, literatura y carácter de los españoles. Pero, como Mons. Feval observa a propósito de algunos de sus inteligentes compatriotas, no tienen éstos mas que rascarse la cabeza, según la expresión de Horacio, y salen a la luz una porción de volúmenes, hasta encuadernados ya en piel, ni más ni menos que Minerva saliera de la cabeza de Júpiter armada de todas armas.
El Mediterráneo es un mar peligroso y falso, encantador y falaz como Italia: las turbonadas son repentinas y terribles; en ellas las tripulaciones blasfeman o invocan a San Telmo, según sean sus ideas... Nosotros hemos sido sorprendidos navegando en estas pérfidas aguas en embarcación extranjera y hemos pensado con los españoles, que escapar es un milagro. La hilaridad producida en presencia del guirigay, confusión y procedimientos de los lobos de mar, estaba muy lejos de disipar los temores presentes y futuros. Algunos de nuestros infelices marinos, en un caso de guerra, puede que no escapen a la suerte con que les amenaza este lago francés. Ningún turista sensato deberá hacer el viaje por mar si puede hacerlo por tierra, tanto más cuanto que contemplar las costas de España con un anteojo desde la cubierta y pasar algunas horas en un puerto no es una manera muy satisfactoria de conocer el país.
Las carreteras de España, asunto muy importante para el viajero, son algo de lujo moderno, pues sólo se empezaron a construír con regularidad en tiempo de los Borbones. Los árabes y los españoles, que viajan a caballo y no en coches, tienen suficiente con las magníficas calzadas que los romanos construyeron en toda la Península: hay lo menos veintinueve de primer orden, que eran absolutamente indispensables a una nación de conquistadores colonizadores para mantener sus comunicaciones militares y comerciales. La más importante de todas, que, como la Vía Appia, puede llamarse Reina de los caminos, es la que va desde Mérida, capital de Lusitania, hasta Salamanca. Fué trazada como una muralla ciclópea, y los restos que de ella se conservan con su línea gris granítica, serpenteando a través del yermo fragante, semejan las vértebras de un mammut. Hemos seguido unas cuantas leguas su trazado, que se descubre por las columnas miliarias que emergen de los jarales; aquí y acullá algunos árboles frondosos crecen en el pedregoso suelo, y demuestran el tiempo que aquellos lugares están abandonados a la Naturaleza, que recobra sus derechos desplazando y removiendo los enormes bloques. Festonea las ruinas con guirnaldas de flores y enredaderas, y disimula las grietas y las huellas del tiempo inmemorable o de la negligencia humana como una doncella bonita adorna con diamantes a una marchita viuda. Los arrieros españoles caminan a lo largo de ellas, pero bordeándolos por veredas trilladas en la arena o los guijarros, como si se avergonzaran de pasar por el centro o consideraran que no era necesario un camino tan ancho para su modesto tráfico. Muchas de estas calzadas fueron destruídas por los frailes para edificar conventos, por los burgueses para labrar sus casas o por los militares para levantar fortificaciones: de todos modos, no quedan restos de casi ninguna.
Los caminos medievales de España fueron obra del clero, y aquí, como en muchas partes, los barbudos frailes fueron los exploradores de la civilización; ellos hicieron recto, amplio y fácil el camino que conducía a su convento, a su residencia principal, su milagrosa reliquia, o a cualquier punto de peregrinación que se ofrecía a los devotos: el comercio se combinaba con la devoción, y la codicia con el amor de Dios. Esta imitación de la práctica oriental que es costumbre en la Meca, la confirma la palabra española feria, que significa al mismo tiempo fiesta religiosa y día de fiesta. Aun los santos accedieron a ser protectores de caminos y tomar título de alguno de primer orden. Por ejemplo, Santo Domingo de la Calzada se llamó así por haber sido el primero en trazar un camino que atravesaba una parte de Castilla la Vieja en beneficio de los peregrinos hacia Compostela; y también esta ciudad lleva el mismo honroso título.
Este hecho y su leyenda proporcionaron a Southey asunto para un romance festivo. Habiendo el santo terminado su jornada se hospedó en una posada o venta cuya Maritornes enamoróse de un hermoso peregrino, el cual resistió la tentación. Despechada ella deslizó unas cucharas en la alforja del nuevo José, que acusado de robo fué arrestado por el alcalde y ahorcado en el acto. Algún tiempo después, sus padres pasaron por donde estaba el cuerpo y oyeron que les llamaba y les decía que era inocente y que estaba vivo y sano por mediación del santo ingeniero; en consecuencia, inmediatamente se dirigieron a casa del feroz alcalde para proceder contra él. En aquel momento el hombre se disponía a engullir dos aves asadas, y al oír la queja de los que llegaban dijo, señalando a su vianda: Lo mismo podéis decir que este gallo cacarea. En el momento el gallo cacareó y fué llevado a la catedral con su gallina. Desde entonces todos los años cría dos pollos esta respetable pareja, de la cual cualquier viajero ornitólogo aseguraría que era propia para el Jardín Zoológico. El gallo y la gallina fueron conservados cuidadosamente junto al altar mayor y con sus plumas blancas adornaban el sombrero los peregrinos. Los viajeros prevenidos deberán, sin embargo, poner entre sus provisiones un par de pollos comunes, porque se dice que el hambre camina hacia Logroño.
En este país de milagros, anomalías y contradicciones, las carreteras de Compostela son hoy detestables. En otras provincias de España llaman a la Vía Láctea el Camino de Santiago, pero los gallegos, que saben por experiencia que los suyos son los peores del mundo, llaman a la Vía Láctea El Camino de Jerusalén, cosa que seguramente no es. Los poetas antiguos atribuían este fenómeno a algunas gotas de leche derramadas del pecho de Juno.
Los caminos de Galicia, a pesar de la protección de Santiago—substituto del romano Hermes—, al igual que la Vía Láctea en el cielo tienen muy poco que agradecer a los cuidados humanos. El deán de Santiago, en virtud de su cargo y dignidad, es el encargado de su custodia y su protector especial. Pero el capítulo se preocupa más bien ahora de suavizar el paso hacia un mundo mejor, habiendo así degenerado con respecto a sus antepasados, cuyo principal objeto era construír vías para los peregrinos; desde la desaparición de las ofrendas de los Hadjis[18] poco o nada se ha hecho en esta ruta de los portazgos.
Algunos de los más hermosos caminos de España conducen a los reales sitios o residencias particulares del rey o serpean alguna montaña elevada con un monasterio en la cumbre, como Montserrat. Se tenía en cuenta la comodidad del déspota, haciendo caso omiso de la de los súbditos; el sultán era el Estado, España su dominio y los españoles sus siervos, y todos sometidos igualmente, pues, como en Oriente, la perfecta igualdad entre unos y otros era resultado de la inmensa superioridad del señor. Así, mientras él corría rápidamente al trote de un hermoso tronco, por un camino tan firme y llano como una bolera, hacia una residencia de verano, la comunicación entre Madrid y Toledo, la ciudad que alumbrara el sol el mismo día que Dios le creó, es una vereda con una cuarta de barro en invierno y una nube de polvo en verano, y cuyo trazado cambió a gusto de los ganados y arrieros que transitan por ella. Y es que la realeza de los Borbones nunca visita esta capital viuda de los godos. El camino, por lo tanto, está lo mismo que se construyó, si no antes de Adán, por lo menos antes de Mac-Adam[19]. Ahora se trata de hacer una carretera que ya está empezada; cuándo se terminará es cosa difícil de averiguar.
La Iglesia, que comparte con el Estado el Poder, siguió el ejemplo real de mirar sólo a la propia comodidad en lo tocante a vías de comunicación. Ni se podía esperar que en un país cálido, los religiosos-hombres cuyo abdomen solía ser prominente y colgante, trepasen como cabras por veredas pedregosas y areniscas, ni ascendiesen a los montes, que parece tocan al cielo, con la misma ligereza que sus plegarias. En España siempre se ha tenido más en cuenta el alma que el cuerpo de los hombres o las patas de los animales. Considerando los sufrimientos de estos cuadrúpedos, máquinas de sangre, como los llaman, y aún más la indiferencia y el derroche de la vida de los bípedos, parece como que un hombre no tiene ningún valor hasta después de la muerte; pero entonces, ¡qué admirables artificios para un rápido viaje de su alado espíritu, primero al purgatorio, para salir de allí de nuevo, y luego, de etapa en etapa, conducirle al final de la jornada y a un descanso bienaventurado! Más dinero se ha empleado así en misas que hubiese costado llenar España de ferrocarriles, aun hechos con la magnificiencia y derroche de los ingleses.
Volviendo a los caminos peninsulares, diremos que las líneas principales están muy bien trazadas. Estas arterias geográficas, que forman la red de comunicaciones del país, arrancan por lo común de Madrid, que es el centro del sistema. El espíritu ingeniero de Luis XIV fué heredado por sus descendientes españoles, y durante los reinados de Carlos III y de Carlos IV se establecieron muchas comunicaciones entre la capital y las principales ciudades. Estos arrecifes y caminos reales fueron planteados casi con excesivo lujo en cuanto a anchura, sostenes y, en general, en toda la ejecución. La carretera de La Coruña, especialmente después de León, puede compararse con cualquiera de Europa. Cuando los españoles hacen una cosa la hacen en grande, y, en este caso, el gasto resultó tan enorme que el rey preguntó si se había empedrado de plata, aludiendo a la corrupción española del viejo romance vía lata en camino de plata. Esta y algunas otras se construyeron hace cincuenta o setenta años, y muchas, siguiendo el sistema de Mac-Adam, el cual ha conseguido que los caminos de Inglaterra sean completamente otra cosa de lo que habían sido antes de adoptarse tal sistema. La guerra de la Península tendió a estropear las carreteras españolas, pues se destruyeron puentes y otras obras de fábrica por conveniencias militares. El estado lastimoso de la Hacienda y las revueltas constantes han demorado las reparaciones costosas; sin embargo, las de primer orden están tan bien construídas como al principio, y a despecho de las injurias de la guerra, las rodadas y el abandono, pueden considerarse tan buenas como muchas del continente y son mucho más agradables para el viajero por no tener empedrado. Las carreteras en Inglaterra han mejorado tanto últimamente y son tan a propósito para compararlas con las de cualquier otra nación, que olvidamos que España hace cincuenta años estaba mucho más adelantada en esto y en muchas otras cosas. España ha permanecido firme en lo que en otros países se ha pasado; se ha parado en su antiguo sistema, se ha aferrado al áncora del prejuicio, mientras nosotros hemos progresado y, naturalmente, hoy aparece a la zaga en muchas cosas que ella misma puso a la moda en Inglaterra.
Las carreteras reales comienzan en Madrid y van hasta las ciudades fronterizas y los puertos. La capital puede compararse con una gran araña, pues es el centro de la red de la Península. Estas líneas divergentes en forma de abanico bastan para los que sólo tratan de ir a un punto determinado; pero la comunicación interior entre unos sitios y otros no existe en modo alguno. Esta escasez y especial condición de las carreteras españolas explica los pocos lugares del país que son usualmente visitados por los extranjeros, los cuales—en particular los franceses—toman un camino trillado, la carretera, y la siguen unos detrás de otros, como los gamos silvestres; visitan Burgos, Madrid y Sevilla; después hacen una excursión en barco a Cádiz, Valencia y Barcelona, y ya creen que han dado la vuelta a España. Luego llenan el mundo con volúmenes, que repiten una y otra vez lo que ya sabemos, mientras lo realmente rico y raro, lo desconocido y permanente, los sitios hispanoárabes verdaderamente son pasados en silencio por todos, excepción hecha de algún aficionado a aventuras pintorescas que, cual nuevo Don Quijote, se arriesga por ellos.
Los demás caminos en España son malos, pero no mucho más que en otras partes del continente, y pueden utilizarse de modo tolerable con tiempo seco. De ellos, unos son practicables para carruajes y otros son únicamente caminos de herradura, por los cuales no hay que pensar ni pasar sino a caballo o a pie; cuando estas veredas son demasiado malas se las compara a las sendas de perdices. Los atajos son rara vez tolerables; lo mejor es procurar ir siempre por la carretera, pues, como solemos decir en Inglaterra, el camino más largo es el que mejor nos conduce a casa, y según reza el refrán español: No hay atajo sin trabajo.
Todo esto parece de poca importancia; pero aquellos que adopten las costumbres del país no hallarán inconveniente alguno en alcanzar el fin de su jornada, porque donde las leguas y las horas son términos sinónimos—la hora española es la pesada stunde alemana—la distancia se regula por la luz del día. Los caminos de herradura y los viajes a caballo, los antiguos sistemas de Europa, son muy españoles y orientales, y para la gente que camina a lomos de caballos o mulas, el camino es lo de menos. En las provincias arrinconadas de España los habitantes son pobres agricultores a quienes nadie visita; tampoco ellos salen nunca mucho más allá del humo de sus chimeneas. Cada familia provee a sus modestas necesidades: con poco dinero para procurarse lujo alguno, se alimentan y visten, como los beduínos, con los productos de sus campos y de sus rebaños. Apenas hay comunicación con personas de fuera; la feria vecina es el comercio donde adquieren lo que les falta, y algún que otro capricho, o bien los buhoneros, que caminan con sus mulas de pueblo en pueblo, y mejor los contrabandistas, que son el tipo y los dueños del verdadero comercio en las tres cuartas partes de la Península. Es admirable lo pronto que un viajero bien montado se acostumbra a ir a caballo, y lo fácilmente que se reconcilia con una clase de caminos que asustan al principio a los avezados a las carreteras, pero que llegan a considerar como muy propios para los fines del sitio en que se hallan enclavados y de la gente que los utiliza.
Diremos algo acerca de los ferrocarriles españoles, pues la manía de Inglaterra ha traspuesto el Pirineo, aun cuando sea más de palabra que de hecho. Es cierto que se dice que no hay ferrocarril en ninguna de las ciudades del nuevo y el viejo mundo en las que se habla español, y probablemente por inconvenientes que no serán los filológicos. En otros países, las carreteras, los canales y el comercio, preceden a la vía férrea, y en España parece que ésta ha de ser la precursora. De este modo, por la tendencia nacional a la desconfianza y a retrasar las cosas todo lo posible, España se ahorrará los gastos y molestias de estos sistemas intermedios y pasará de un salto del estado medieval a las comodidades y satisfacciones de Gran Bretaña, el país de los viajeros incansables. En este momento se habla mucho de ferrocarriles, y se han publicado una porción de documentos oficiales y particulares, según los cuales, «todo el país será atravesado en el papel por una red de rápidas y comodísimas comunicaciones» que contribuirán a crear una «perfecta homogeneidad en los españoles». Y si grande ha sido el hercúleo trabajo de la máquina de vapor, esta amalgama de la ibérica cuerda de arena remataría dignamente, sin duda, todos los esfuerzos.
Ocuparía demasiado espacio la descripción de las líneas en proyecto, y ya se hablará de ellas cuando estén construídas. Baste decir que casi todas ellas se harán con hierro y oro ingleses. Este extranjerismo puede ofender al orgulloso español, al españolismo, y el poder de resistencia y el horror al cambio, empujados por el vapor inglés, pueden estallar con la fuerza de la Revolución Francesa. Nuestros especuladores quizá puedan demostrar que España es un país que no ha sido hasta ahora capaz de construír o sufragar los gastos de caminos y canales suficientes por su pobre y pasivo comercio y su escasa circulación. Las distancias son demasiado grandes y el tráfico demasiado pequeño para hacer fácil el ferrocarril; y, de otra parte, la formación geológica del país ofrece dificultades que, de haber tropezado con ellas en el nuestro, se hubiese puesto a prueba la ciencia y habilidad de muchos ingenieros. España es un país montañoso, y por todas partes se elevan barreras enormes que separan unas provincias de otras. Estas poderosas sierras, coronadas de nubes, son sólidas masas de durísima piedra, y si alguna vez se intenta perforarlas constituirá un trabajo digno de topos. No sería más difícil cubrir el Tirol y Suiza con una red de líneas llanas; y los que han sido cogidos en la red de que antes hablábamos, pronto lo descubrirán a costa suya. El desembolso de ella estaría en razón inversa de su remuneración, pues el uno sería enorme y la obra mezquina. Puede que el parto de estas montañas sea de un muy ratonil interés y aun éste «aplazado».
España, además, es un país de dehesas y despoblados: en estas llanuras salvajes, los viajeros, el comercio y el dinero son escasos, y aun Madrid, la capital, carece casi en absoluto de industrias y recursos, y es más pobre que muchas de nuestras provincias. El español, criatura rutinaria y enemiga de innovaciones, no es aficionado a viajar; apegado a su terruño por naturaleza, odia el movimiento tanto como un turco, y tiene particular horror a ser apremiado; por consiguiente, una mula al paso ha sido suficiente para todas las necesidades de traslación de hombres y bienes. ¿Quién, pues, hará la obra, aun cuando Inglaterra sufrague los gastos? Los naturales unen, a la antipatía ingénita que sienten por el trabajo, el odio a ver afanarse al extranjero, aun cuando sea en servicio suyo, con el empleo de su dinero y su energía en una empresa ingrata. Los aldeanos, como siempre han hecho, se alzarán contra el extranjero hereje que viene a «chupar» la riqueza de España. Suponiendo, no obstante, que con la ayuda de Santiago y de Brunel la obra fuese posible y se llegase a realizar, ¿qué podría hacerse para protegerla contra la fiera acción del sol y contra la violencia de la ignorancia popular? El primer cólera que visite España será señalado como pasajero del ferrocarril por los destituídos arrieros, que asumen ahora las funciones del vapor y de la vía. Ellos constituyen una de las clases más numerosas y típicas de España, y su sistema es una muestra legítima de la caravana semioriental. Nunca consentirán que la locomotora luterana les quite el pan: privados de medios de ganar la vida, ellos, como los contrabandistas, tomarán otro camino y se convertirán en ladrones o en patriotas. Muchas y muy largas y solitarias son las leguas que separan una ciudad de otra en estos inmensos desiertos de la despoblada España, y no sería suficiente una protección militar para amparar la vía contra la guerra de guerrillas que habría de emprenderse. Un puñado de enemigos en cualquier llanura cubierta de monte bajo podría, en un momento, interceptar la vía férrea, detener el tren, inutilizar al fogonero y quemar la máquina con su mismo fuego, particularmente si se tratara de un tren de mercancías. ¿Cuál ha sido, por otra parte, la recompensa que ha obtenido el extranjero en España, sino la informalidad y la ingratitud? Se le utilizará hasta que, como en Oriente, los naturales crean que dominan su arte, después se abusará de él, se le expulsará y se le pisoteará; ¿y quién se encargará entonces de sostener y llevar adelante la costosa empresa? Seguramente no será el español, en cuyo pericráneo están sin desarrollar las protuberancias de la mecánica y la ingeniería.
Las líneas más aseguradas contra el fracaso serán las más cortas y las que atraviesan una comarca llana de producciones naturales, tales como el aceite, el vino y el carbón. Ciertamente, si la vía férrea en España llega a ser tendida mediante el dinero y la ciencia de Inglaterra, la merced será digna de la reina del Océano y del conductor de la civilización en el mundo. ¡Y qué cambio se operará en el espíritu de la Península! ¡Cuántas siestas enervantes se interrumpirán por el chirrido y el jadear del monstruo! ¡Cómo se abrirán los sellos del hermético país! El enclaustrado obscuro que sólo sueña con los tesoros del cielo se iluminará con el centelleo del fuego diabólico del vigilante adorador del dinero. Los buhos huirán asustados; los murciélagos saldrán de sus escondrijos; las abejas, las mulas y los asnos serán espantados, atropellados e inutilizados. Todos los que quieran a España y, como el autor, rueguen diariamente por su prosperidad, deben esperar que sea un hecho esta «red de vías férreas»; pero deben tener especial cuidado, al mismo tiempo, de no invertir ni un céntimo en la importante especulación.
Los recientes resultados han demostrado durante este año lo que se profetizó el año anterior en el Manual: nuestros agentes e ingenieros fueron recibidos por los españoles con honores casi divinos: tan obsequiados fueron con adulaciones y cigarros. Las acciones fueron instantáneamente suscritas, y se nombraron directores, con nombres y títulos más largos que las líneas proyectadas, y se aceptaron con agradecimiento las menores dádivas: