La espesura en cuya dirección había hecho fuego crecía cerca de la cima de una ondulación del terreno, apretándose en torno de la base de una roca que por la forma y pulido de uno de sus lados, no estaba lejos de asemejarse a una gigantesca piedra tumularia. Como reflejada en un espejo se reproducía la imagen de esta roca en la memoria de Rubén: reconocía hasta las venas que parecían formar una inscripción en olvidados caracteres. Todo continuaba igual, excepto una densa maleza que envolvía la parte baja de la roca, y habría ocultado a Róger Malvin en caso que permaneciera todavía sentado en aquel sitio. En este momento las miradas de Rubén advirtieron otro cambio que el tiempo había efectuado desde que se encontró por última vez en el mismo lugar que ahora ocupaba, detrás de las raíces enterradas del árbol caído. El árbol joven en cuya copa había atado el sangriento símbolo de su juramento, había crecido y, desarrolládose hasta convertirse en un gran roble, lejos todavía de su madurez, pero abundantemente provisto de umbrosas ramas. Pero había en este árbol una particularidad que hizo temblar a Rubén. El centro y las ramas inferiores mostraban vida exuberante, y el exceso de vegetación cubría el tronco casi hasta la tierra; pero alguna circunstancia había esterilizado la parte superior del roble, y su rama más alta aparecía marchita, sin savia y tristemente muerta. Rubén recordaba cómo había flotado la pequeña bandera al tope de aquella rama cuando estaba verde y fresca, dieciocho años atrás. ¿Qué crimen pues la había marchitado?
Después de la partida de ambos cazadores, Dorcas continuó sus preparativos para la cena. Su mesa silvestre era el gran tronco de un árbol caído y cubierto de musgo, en cuya parte más ancha había extendido un mantel blanco como la nieve y dispuesto toda la vajilla de brillante metal que les restaba de lo que había sido su orgullo en la colonia. Era algo extraño encontrar aquel rincón de lujo doméstico en el seno desolado de la naturaleza. El sol lanzaba todavía sus resplandores sobre las ramas altas de los árboles que crecían en terreno elevado; pero las sombras de la tarde obscurecían ya la hondonada donde habían acampado, y el fuego comenzaba a enrojecerse reflejándose en los negros troncos de los pinos o revoloteando sobre la densa y obscura masa de follaje que circundaba aquel paraje. Dorcas no estaba triste; porque sentía que era preferible viajar en el desierto con los amados de su corazón, que vivir aislada en medio de una multitud que no se interesara por ella. Mientras se ocupaba en arreglar asientos de trozos de madera cubiertos de hojas para Rubén y su hijo, flotaba su voz en la selva sombría siguiendo el ritmo de una canción aprendida en la juventud. La ruda melodía, producción de un bardo que no conquistó la gloria, describía una noche de invierno en una cabaña de la frontera, cuando la familia, asegurada contra las irrupciones de los salvajes por las avalanchas de nieve, se regocijaba al fuego de su hogar. Toda la canción poseía el indecible hechizo peculiar de la idea original; pero cuatro líneas, insistentemente repetidas, brillaban entre el conjunto como el fuego de los corazones cuya alegría celebraban. En ellas, con la magia de unas cuantas palabras, había destilado el poeta la verdadera esencia del amor de la familia y de la felicidad doméstica, y eran un cuadro y un poema a la par. Mientras Dorcas cantaba, los muros de su casa abandonada parecían rodearla; no veía ya los tétricos pinos, ni escuchaba el rumor del viento que enviaba, sin embargo, su fuerte hálito a través de las ramas con cada verso, a morir allá lejos en hondo lamento cargado de los ecos de la canción. Sobrecogióse al ruido de un disparo en las cercanías del campamento; y, sea a causa del repentino estallido o de su soledad al lado del fuego, comenzó a temblar violentamente. Mas en seguida rió con todo el orgullo de su corazón maternal.
—¡Mi bello cazador! ¡Mi hijo ha derribado algún ciervo!—exclamó, recordando que Cyrus había partido a cazar en la dirección hacia donde resonó el tiro.
Aguardó un espacio razonable de tiempo creyendo escuchar sobre las crujientes hojas el paso ligero de su hijo que volvía a referir sus proezas. Pero el joven no apareció inmediatamente; y entonces ella lanzó su alegre voz a encontrarle entre los árboles.
—¡Cyrus! ¡Cyrus!—
Aun se retardaba su aparición; y Dorcas decidió ir personalmente a su encuentro, ya que el disparo había sido muy cerca al parecer. Quizá si su ayuda era también necesaria para traer al campamento el venado que se lisonjeaba haber derribado su hijo. Se adelantó, de consiguiente, enderezando sus pasos en la dirección del ya lejano disparo, y cantando mientras avanzaba para que el mancebo pudiera advertir su llegada y correr a su encuentro. Tras cada tronco de árbol y cada sitio que podía servir de escondite creía descubrir el semblante de su hijo riendo con la malicia jovial que nace de la afección. El sol estaba ya muy bajo en el horizonte y la luz que atravesaba los árboles era suficientemente indecisa para crear muchas ilusiones en su bien preparada fantasía. Varias veces creyó vagamente ver su rostro mirándola entre las hojas; y una vez imaginó que la hacía señas desde la base de una escarpada roca. Mirando este objeto con más atención, encontró que no era más que el tronco de un roble cubierto hasta el suelo de pequeñas ramas, una de las cuales, más saliente que las otras, movíase a impulsos de la brisa. Rodeando la base de la roca, se encontró súbitamente junto a su marido que había llegado por otra dirección. Inclinando el cañón de su fusil cuya culata descansaba en las hojas marchitas, Rubén parecía absorto en la contemplación de cierto objeto que yacía a sus pies.
—¿Qué es eso, Rubén? ¿Derribaste al ciervo y te quedaste dormido sobre él?—exclamó Dorcas, riendo alegremente al observar a la ligera la posición y aspecto de su marido.
Él no se movió, ni volvió los ojos hacia ella; y cierto horror frío y siniestro, indefinible en su origen y en su objeto, comenzó a apoderarse de la sangre de Dorcas. Advertía ahora que el rostro de su marido tenía palidez mortal y que sus facciones estaban rígidas, como si fueran incapaces de asumir otra expresión que la de la horrible desesperación que las petrificaba. No dió el más ligero signo de haber notado su presencia.
—¡Por el amor del cielo, háblame, Rubén!—exclamó Dorcas, y el eco extraño de su propia voz la aterrorizó más aún que el silencio de muerte.
Su marido se estremeció, la miró en el rostro, condújola al frente de la roca y señaló con el dedo.
¡Oh! ¡Allí yacía el mancebo, dormido, pero sin sueños, sobre las hojas caídas de la selva! Descansaba la mejilla sobre el brazo; sus suaves rizos caían echados hacia atrás sobre su frente; sus miembros estaban ligeramente laxos. ¿Algún súbito desfallecimiento había acometido al joven cazador? ¿Despertaríale la voz de su madre? ¡Dorcas sabía bien que aquello era la muerte!
—Esta inmensa roca es la piedra tumularia de tu familia más cercana, Dorcas,—dijo su marido.—Tus lágrimas regarán a la vez la tumba de tu padre y la de tu hijo.—
Ella no le oyó. Con un alarido salvaje, que pareció brotar de lo más hondo de su alma dolorida, se desplomó insensible junto al cuerpo de su amado hijo. En el mismo instante la rama marchita en la copa del roble se deshizo en el ambiente tranquilo y cayó en ligeros y suaves fragmentos sobre la roca, sobre las hojas, sobre Rubén, sobre su mujer y su hijo y sobre los huesos de Róger Malvin. Entonces se conmovió el corazón de Rubén y brotaron lágrimas de sus ojos como el agua de una roca. El hombre abatido por la desgracia redimió la solemne promesa del mancebo herido. Su crimen quedaba expiado; la maldición se apartaba de su lado; y después de haber vertido sangre más querida a su corazón que la suya propia, subió a los cielos por primera vez en largos años una plegaria de labios de Rubén Bourne.
ÉDWARD ÉVERETT HALE
Édward Éverett Hale nació en Boston, Massachusetts, el 3 de abril de 1822; murió en la misma ciudad el 10 de junio de 1909. Procedía de una familia distinguida de patriotas y hombres importantes en intelectualidad y en moral. Se educó en la Boston Latín School y en Harvard University, graduándose en la universidad a la temprana edad de diecisiete años. Comenzó su carrera enseñando latín por corto tiempo, dedicándose luego al estudio de la teología, y más tarde fue ministro unitario, ejerciendo el ministerio de pastor en varias iglesias principales de Wórcester y Boston, Massachusetts. Desde 1903 hasta 1909, época de su fallecimiento, fué capellán del senado nacional. Fué abolicionista ardiente, caudillo en varios movimientos de reforma, famoso conferenciante, anticuario, naturalista, sociólogo y filántropo. Colaboraba en muchos diarios y revistas y escribió sobre temas muy diversos. Entre sus obras pueden mencionarse: History of Kansas and Nebraska (1854); Ninety Days’ Worth of Europe (1861); A Man without a Country (1861); Puritan Politics in England and New England (1869); The Ingham Papers (1870); Ten Times One Is Ten (1870); His Level Best (1872); Philip Nolan’s Friends (1876); A New England Boyhood (1892); How to Live (1902); Memories of a Hundred Years (1902); We, the People (1903); Foundation of the Republic (1907); y muchos volúmenes de sermones, libros para niños, etc.
ÉDWARD ÉVERETT HALE
EL HOMBRE SIN PATRIA
SUPONGO que pocos lectores del New York Herald del 13 de agosto de 1863 observarían por casualidad en una humilde esquina, entre las defunciones, el anuncio siguiente:
NOLAN: Fallecido el 11 de mayo, a bordo de la corbeta Levant de los Estados Unidos. Lat., 2° 11´ S. Long., 131° O., PHÍLIP NOLAN.
Por mi parte lo advertí, debido a la circunstancia de encontrarme desamparado en la antigua casa de la misión en Máckinac, aguardando un vaporcito del lago Superior que nunca se decidía a llegar; y devoraba, por consiguiente, cuanta lectura podía acaparar, hasta las defunciones y matrimonios anunciados en el Herald. Tengo buena memoria para nombres y personas, y el lector echará de ver conforme avance que tenía razones suficientes para recordar a Phílip Nolan. Muchas personas, en cambio, se habrían interesado en este anuncio, si el oficial del Levant que lo redactó, hubiéralo hecho en esta forma: “Falleció, mayo 11, El hombre sin patria”. Pues bajo el nombre de “El hombre sin patria” había sido generalmente conocido este pobre Phílip Nolan por todos los oficiales de marina que le tenían bajo custodia hacía cosa de cincuenta años y, a la verdad, por todos los marineros de la armada. Hasta podría decir que muchos de los hombres que acostumbraban beber con él un vaso de vino una vez a la quincena durante viajes de tres años, nunca supieron que su nombre era Nolan, y ni siquiera si el infeliz tenía nombre alguno.
No hay ningún mal en referir la historia de este ser infortunado. Hasta hoy ha habido razón para guardar secreto absoluto, aun cuando terminó la administración de Mádison en 1817; secreto de honor entre los oficiales de la armada que tenían sucesivamente bajo custodia a Nolan. Y dice muy alto ciertamente del esprit de corps de la profesión y del honor personal de sus miembros que la historia de este hombre haya sido totalmente desconocida a la prensa y, según creo, a toda la nación. Por ciertas investigaciones hechas en los archivos navales, cuando fuí agregado al despacho de los astilleros, me inclino a pensar que los informes oficiales a su respecto se quemaron cuando el incendio de los edificios públicos en Wáshington. Uno de los Túcker, o quizá uno de los Watson, estuvo a cargo de Nolan a la terminación de la guerra; y cuando, al regresar del viaje, presentó su informe en Wáshington a uno de los Crówninshield, que se encontraba entonces en el departamento de marina, descubrió que en las oficinas de estado se ignoraba por completo tal historia. No sabría decir si era desconocida en realidad o si la política adoptada consistía en un “Non mi ricordo.” Pero lo que sé es que, desde 1817 y quizá antes, ningún oficial de marina ha mencionado a Nolan en sus informes de viaje.
Como dije antes, no existe ahora la necesidad de misterio. Y ya que ha muerto la desgraciada criatura, paréceme interesante referir un poquillo de su historia, siquiera sea para enseñar a los jóvenes americanos del día lo que significa ser un hombre sin patria.
Phílip Nolan era un joven oficial de los más distinguidos en la “Legión del Oeste,” como se llamaba entonces la división de nuestro ejército originaria del oeste. Cuando Aarón Burr realizó su primera y arrojada expedición a Nueva Órleans en 1805,[38] encontró en el fuerte de Mássac o en algún otro punto de la ribera, como cosa dispuesta por el diablo, a aquel alegre, intrépido y brillante joven, en, alguna cena, imagino. Burr le observó, conversó con él, paseó con él, llevóle uno o dos días a navegar en su barco y le fascinó, en una palabra. Al año siguiente la vida de cuartel era demasiado insípida para el pobre Nolan. Hizo uso del permiso de escribirle que le había concedido el gran hombre. El pobre mozo escribió una tras otra largas, floridas y pomposas cartas, y volvió a escribir, y envió las copias, sin que jamás viniera una línea de respuesta del fastuoso impostor. Los demás jóvenes de la guarnición se burlaban de él porque, en su afección mal recompensada por un político, había sacrificado en escribirle el tiempo que ellos dedicaban al monongahela,[39] al sledge y al high-low-jack.[40] El bourbon,[39] el euchre y el poker,[40] eran aun desconocidos. Pero un día Nolan tuvo su desquite. Aquella vez descendió Burr el río, no como abogado en busca de lugar adecuado para establecer sus reales, sino como conquistador disfrazado. Había derrotado a no sé cuántos procuradores, había asistido a no sé cuántos banquetes públicos; su nombre había salido en letras de molde en no sé cuántas revistas semanales; y se rumoraba que tenía un ejército a sus espaldas y un imperio delante de él. El día de su llegada fué un gran día para el pobre Nolan. No haría una hora que se encontraba Burr en el fuerte cuando ya había enviado a buscarle. Aquella noche pidió a Nolan que le acompañara en su esquife para mostrarle un cañaveral o un árbol de algodón, según decía; en realidad, para seducirle; y cuando arriaron la vela, Nolan estaba ya alistado en cuerpo y alma. Desde entonces, aun cuando él todavía lo ignoraba, se convirtió en un hombre sin patria.
Lo que Burr proyectaba lo sé tanto como vos, querido lector. No nos interesa, de otro lado. Solamente, cuando estalló la gran catástrofe, y Jéfferson y los partidarios de la casa de Virginia[41] de aquel entonces se propusieron enrodar a todos los Clárence posibles de la Casa de York[42] con motivo del juicio de alta traición en Ríchmond, algunos de los acalorados de segundo orden en aquel distante valle del Misisipí, más alejado entonces de nosotros de lo que hoy se encuentra la sonda de Púget, introdujeron la novedad en su escenario provincial; y para disipar la monotonía del verano en el fuerte de Adams, se dieron como espectáculo una serie de juicios militares de los oficiales. Varios coroneles y mayores fueron enjuiciados, y para completar la lista entró también Nolan contra quien existían indicios más que suficientes, Dios lo sabe: que estaba aburrido del servicio, que había querido abandonarlo, que habría obedecido gustoso la orden de marchar a cualquier lado con todo el que quisiera seguirle, siempre que la orden apareciera firmada: “Por mandato de Su Excelencia, A. Burr.” La corte marcial proseguía sus tareas. Pero los pájaros gordos volaban, a lo que yo me sé. La culpabilidad de Nolan quedó suficientemente establecida, como decía; sin embargo, ni vos lector ni yo hubiéramos sabido nunca de él, si no fuera porque al preguntarle el presidente del tribunal, momentos antes de terminar si deseaba decir algo para probar su lealtad constante a los Estados Unidos, en un frenesí de rabia gritó:
“¡Al diablo los Estados Unidos! ¡No quisiera oír hablar jamás de los Estados Unidos!”
Supongo que Nolan no imaginó hasta qué punto iban a herir sus palabras al viejo coronel Morgan que presidía la corte marcial. La mitad, por lo menos, de los oficiales presentes había servido bajo la revolución, arriesgando la vida, por no decir el cuello, en obsequio a los ideales que él zahería tan desdeñosamente en su locura. Phílip Nolan, por su parte, había crecido en el oeste[43] de aquellos días, en medio de la “conspiración española,” y la “conspiración de Órleans,” y todo lo demás. Habíase educado en una colonia cuya mejor sociedad estaba formada por uno que otro oficial español o algún mercader francés de Órleans. Su educación, tal como era en la actualidad, se había perfeccionado en sus expediciones industriales a Veracruz, y creo que me dijo alguna vez que su padre tomó a un inglés como ayo suyo durante un invierno en la colonia. Había pasado la mitad de su juventud con un hermano mayor persiguiendo caballos salvajes en Tejas; en una palabra, los “Estados Unidos” apenas pasaban de una idea vaga para él. Sin embargo, había vivido a costa de los “Estados Unidos,” todo el tiempo que estaba en el ejército. Había jurado, por su fe de cristiano, ser leal a los “Estados Unidos.” Los “Estados Unidos” le habían dado el uniforme que vestía y la espada que llevaba al costado. Nada, mi pobre Nolan; solamente porque los “Estados Unidos” os habían aceptado entre los primeros como uno de sus leales hombres de honor, aquel “A. Burr” se preocupaba de vos un pelo más que de los hombres de su chata que izaban la vela de la embarcación.
No excuso a Nolan; explico simplemente al lector por qué enviaba al diablo a su patria y deseaba no volver a oír hablar de ella jamás.
Sólo volvió a oír el nombre de su patria una vez después de aquellas palabras. Desde aquel instante, el 23 de septiembre de 1807, hasta el día en que murió, 11 de mayo de 1863, jamás oyó nombrar de nuevo a los Estados Unidos. Durante este largo medio siglo fué un hombre sin patria.
El viejo Morgan, como he dicho, sintióse terriblemente ofendido. Si Nolan hubiera comparado a George Wáshington con Bénedict Árnold, o gritado “¡Dios guarde al rey George!” no habría quedado Morgan más dolorosamente impresionado. Transladó la corte marcial a sus habitaciones particulares, y volvió al cabo de quince minutos con el rostro más blanco que un sudario, para decir:
“¡Prisionero, escuchad la sentencia del tribunal! El tribunal decide, sujeto a la aprobación del presidente, que jamás volváis a oír el nombre de los Estados Unidos.”
Nolan soltó una carcajada. Pero nadie le imitó. El tono del viejo Morgan había sido demasiado solemne, y todo el cuarto quedó en silencio mortal durante un minuto. Aun Nolan perdió su fanfarronería pasado un momento. Entonces Morgan añadió:—“Señor mariscal, llevad al prisionero a Órleans en un buque de guerra y entregadlo allí al jefe naval.”
El preboste dió sus órdenes, y sacaron al prisionero de la sala del tribunal.
“Señor preboste,” continuó el viejo Morgan, “cuidad de que nadie mencione los Estados Unidos en presencia del prisionero. Señor preboste, ofreced mis respetos al teniente Mítchel en Órleans, y pedidle que nadie nombre a los Estados Unidos mientras el prisionero se encuentre a bordo del buque. Recibiréis órdenes escritas del oficial de servicio esta noche. La corte se suspende sin día determinado.”
Siempre he creído que el coronel Morgan llevó a Wáshington los procedimientos de la corte marcial, explicando a Jéfferson lo que había pasado. Lo cierto es que el presidente aprobó la resolución; es decir, a creerse a las personas que aseguran haber visto su firma. Antes de que el Nautilus diera la vuelta de Nueva Órleans por la costa septentrional del Atlántico llevando a su bordo al prisionero, la sentencia quedaba aprobada y él era un hombre sin patria.
El plan adoptado fué más o menos el mismo que se siguió siempre. Quizá nació de la necesidad de enviarle por agua desde el fuerte de Adams y de Órleans. Se solicitó del secretario de marina,—probablemente el primer Crówninshield, aun cuando no estoy seguro de la persona,—que pusiera a Nolan a bordo de algún buque del gobierno aparejado para larga travesía, ordenando que se le confinara de tal suerte que jamás volviese a oír hablar de su patria ni a volverla a ver. Pocas travesías largas se realizaban en aquel tiempo, y la marina no gozaba de gran favor; de manera que, siendo casi todo tradición en esta historia, como ya lo he explicado, no podría decir con certidumbre cuál fué su primer viaje. Pero el capitán a quien fué entregado Nolan—probablemente Tíngey o Shaw, aunque también pudo ser alguno de los jóvenes de aquel tiempo que, como yo, son viejos en la actualidad—el capitán, decía, reguló la forma y las precauciones necesarias para el caso, las mismas que, de acuerdo con aquel programa, se llevaron a cabo hasta la muerte del prisionero.
Treinta años después, cuando era yo oficial segundo del Intrepid, vi el pliego original que contenía las instrucciones. Siempre he lamentado no haber sacado entonces copia exacta de este papel. Decía, sin embargo, más o menos lo siguiente:
Wáshington (y la fecha,
que debe haber sido a
fines del 1807).
Señor: El teniente Neale os entregará la persona de Phílip Nolan, ex teniente en el ejército de los Estados Unidos.
En el transcurso de su juicio por la corte marcial, manifestó dicha persona, acompañado de un voto, el deseo de no volver a oír hablar jamás de los Estados Unidos.
La sentencia del tribunal fué que este deseo quedara satisfecho.
Por ahora ha confiado el presidente la ejecución de la sentencia a este departamento.
Tomaréis al prisionero a bordo de vuestro buque, y le guardaréis con toda clase de precauciones para impedir su fuga.
Le procuraréis alojamiento, mesa y vestidos en relación con el grado de oficial que había alcanzado en el ejército, como si fuera a bordo un pasajero por asuntos del gobierno.
Los caballeros pueden hacer a bordo cualquier arreglo que juzguen conveniente con respecto a su sociedad. No debe exponérsele a ninguna falta de cortesía, ni es necesario recordarle que se encuentra prisionero.
Pero bajo ningún concepto oirá hablar de su patria ni leerá la menor noticia concerniente a los Estados Unidos; y recomendaréis especialmente a los oficiales a vuestras órdenes que, en las diversas concesiones que dicha persona pueda obtener, cuiden de que se mantenga esta regla que envuelve su expiación.
La intención del gobierno es que jamás vuelva a ver el país de que ha renegado. Antes de la terminación de vuestro viaje, recibiréis órdenes acerca de la forma en que esto debe verificarse.
Respetuosamente,
Por el Departamento de Marina,
W. Sóuthard.
Si hubiera conservado yo en la memoria esta orden completa, no habría solución de continuidad al principio de mi historia. Por lo que respecta al capitán Shaw, siempre que fuera él, pasó la orden a su sucesor en el puesto, y éste, a su vez, al que le siguió; y supongo que el capitán del Levant la conserva hasta hoy como documento para probar su derecho de conservar a aquel hombre bajo su indulgente custodia.
La regla adoptada a bordo del buque en el cual conocí al “hombre sin patria” era la misma que se había observado desde el principio, según creo. En ninguna mesa agradaba tenerle de continuo, porque su presencia cortaba toda conversación sobre la patria o el regreso futuro, sobre política y literatura, paz o guerra; suprimiendo, en fin, más de la mitad de los temas que agrada tratar a los hombres durante una navegación. Pero se creyó siempre demasiado duro que le estuviera vedado reunirse siquiera alguna vez con nosotros más allá de un simple saludo; y adoptamos, por último, cierto sistema definido. No se le permitía conversar con los tripulantes a menos que hubiese algún oficial de por medio. Con los oficiales no existía restricción, naturalmente, hasta donde él y los otros quisieran extenderlo. Pero él se volvía más y más tímido, aunque tenía sus favoritos: yo era uno de ellos. Entonces el capitán le invitó a su mesa todos los lunes, y cada mesa le tomó un día por turno. Según las proporciones del barco, cada uno le tenía a su mesa con mayor o menor frecuencia. Tomaba el almuerzo en su camarote—siempre tenía su camarote particular—donde había un centinela o alguien de guardia para vigilar la puerta. Y todo lo demás que comía o bebía, lo tomaba solo. En ciertas ocasiones, cuando los marinos o la tripulación tenían algún día de fiesta, se les permitía invitar a “Plain Buttons” (Botones llanos), como le llamaban. Entonces enviaban a Nolan con algún oficial, y mientras se encontraba con ellos, tenían los hombres prohibición de hablar de la patria. Tengo para mí que el espectáculo de su castigo era moralizador. Llamábanle “Plain Buttons,” porque aun cuando él prefería vestir el uniforme regular del ejército, no se le permitía usar los botones que llevaban las iniciales o la insignia del país que había desconocido.
Recuerdo que poco tiempo después de haberme agregado a la marina, me encontraba una vez en tierra con algunos de los oficiales más antiguos de nuestro buque, y los del Brandywine con quienes nos reunimos en Alejandría. Teníamos licencia para hacer una excursión al Cairo y a las Pirámides. Mientras nos zangoloteábamos a lomo de burro en aquella dirección, algunos de estos caballeros (los jóvenes les llamábamos “Dons” entonces, pero la frase cambió hace largo tiempo) comenzaron a hablar de Nolan, y uno de ellos manifestó el sistema que se seguía con respecto a sus libros y a sus lecturas. Como casi nunca se le permitía desembarcar aunque el buque estuviera fondeado en el puerto largos meses, el tiempo se le hacía pesado con frecuencia, y cualquiera estaba autorizado para prestarle libros siempre que no fueran publicados en América, ni hicieran mención de este país. Esta clase de libros era muy común en aquel tiempo, en que la gente del otro hemisferio se preocupaba de los Estados Unidos tanto como nosotros del Paraguay. Recibía así, pronto o tarde, todos los periódicos extranjeros que llegaban al buque; solamente que alguien los revisaba primero y recortaba cualquier aviso o capítulo en que se aludiera por incidencia a la América del Norte. Esto resultaba un poco cruel a veces, cuando lo escrito detrás de lo cortado era tan inocente como el Hesiodo. En la mitad de alguna relación sobre las batallas napoleónicas, por ejemplo, o de cierto discurso de Cánning, encontraba de repente el pobre Nolan un gran vacío porque a la vuelta de la página venía el aviso de algún paquebote para Nueva York, o cualquier trozo insignificante del mensaje del presidente. Aquélla fué la primera vez, digo, que llegaba a mi conocimiento algo de este sistema, con el cual tanto y tanto tuve que hacer después. Lo recuerdo, porque apenas se hizo alusión a las lecturas, el pobre Phillips, que era de la partida, nos refirió algo acontecido a Nolan en su primer viaje al cabo de Buena Esperanza; siendo esto todo lo que alcancé a saber de tal viaje. Habían tocado en el cabo, y después de cumplir los deberes de cortesía con el almirantazgo y la marina ingleses, se preparaban a partir para una larga travesía en el océano Índico. En previsión del pesado viaje, Phillips consiguió que un oficial le prestara una colección de libros ingleses, lo cual entonces como en nuestros tiempos significaba una suerte inesperada. Entre ellos, como si el diablo lo hubiese preparado, contábase The Lay of the Last Minstrel (El canto del último trovador), poema del cual más o menos todos habían oído hablar, pero que ninguno conocía a fondo. Creo que no haría mucho que se había publicado. Bien; nadie pensó que hubiera riesgo de encontrar allí nada nacional, aunque Phillips juraba que el viejo Shaw había arrancado la Tempestad de Shákespeare antes de dársela a Nolan porque decía, “las islas de Bermuda deben ser nuestras y, por Júpiter, algún día lo serán.” Así, permitióse a Nolan que se reuniera a la compañía cierta tarde en que un grupo fumaba y leía en voz alta en el puente. Ahora no se hace esto a menudo, pero cuando yo era joven matábamos así el tiempo con mucha frecuencia. Bien; sucedió que llegó el turno a Nolan de leer para los demás; y leía muy bien, por lo que me sé. Ninguno de los presentes conocía una palabra del poema; solamente que trataba de magia y caballería, y que pasaba hacía diez mil años. El pobre Nolan leyó de seguido el canto quinto, detúvose un minuto, bebió un trago, y comenzó de nuevo, sin la menor idea de lo que venía a continuación:
Parece imposible que ninguno de nosotros hubiera oído antes aquel poema; pero así era, y el pobre Nolan prosiguió, inconsciente o mecánicamente:
Entonces todos advirtieron que algo doloroso se acercaba; mas Nolan, esperando pasar pronto, supongo, empalideció un poco, pero siguió adelante:
tras largos años en ajenas tierras,
al enderezar sus pasos al hogar?...
Si allí vive ese hombre, id, miradle bien....”
En este momento todos deseaban en sus adentros que hubiera forma de saltar dos páginas del poema; pero Nolan no tuvo presencia de ánimo para esto; tartamudeó un poco, volvióse color de escarlata y balbuceó:
a pesar de sus títulos, su nombre famoso,
riquezas sin número, cuanto el deseo puede forjar,
aquel infeliz, dentro de sí concentrado....
Y aquí se ahogó el desgraciado; no pudo continuar; y levantándose precipitadamente, arrojó el libro al mar, desapareció en su camarote, “y ¡por Júpiter!” decía Phillips, “no le vimos más por espacio de dos meses. Y yo tuve que inventar una triste historia para explicar al cirujano inglés por qué me era imposible devolverle su Wálter Scott.”
Esta anécdota revela más o menos el tiempo en que la fanfarronería de Nolan se había venido abajo. Al principio, decían, era altanero, consideraba una farsa su prisión, afectaba gozar con el viaje, y así en lo demás; pero, dice Phillips, que cuando volvió a salir de su camarote no era ya el mismo hombre. Jamás leyó en voz alta otra vez, a menos que fuera la Biblia o algo de Shákespeare o cualquiera otra cosa de que estuviese muy seguro. Pero no fué esto solamente. Jamás volvió a mostrar con los jóvenes el compañerismo de otros tiempos. Siempre era tímido después cuando yo le conocí, hablaba rara vez y sólo para contestar, excepto con unos pocos amigos. Entusiasmábase en contadas ocasiones—recuerdo haberle oído expresarse con bella elocuencia en los últimos años de su vida, sobre tema inspirado en uno de los sermones de Fléchier—pero generalmente tenía el aspecto fatigado y nervioso de un hombre herido en el corazón.
Cuando efectuaba su viaje de regreso el capitán Shaw, siempre que fuera Shaw, como he supuesto, abordó con sorpresa general a una de las islas Windward o Antillas menores, permaneciendo allí casi una semana. Los marineros decían que los oficiales estaban hartos de carne salada y querían probar sopa de tortuga antes de regresar a la patria. Mas después de algunos días llegó el Warren al mismo fondeadero; cambiaron señales; enviaron cartas y documentos a Phillips y a todos aquellos hombres que estaban de retorno al hogar, y dijeron que el Warren zarpaba para el extranjero, quizás hasta el Mediterráneo, y que tomaba a bordo al pobre Nolan y sus petates para la segunda travesía. Él empalideció profundamente cuando recibió la orden de alistarse para el transbordo. Sabía bastante de astronomía para comprender que hasta aquel momento seguían rumbo a “la patria.” Esto era prueba evidente de algo en que no había pensado, de que quizá nunca regresaría a su país, ni siquiera para estar en prisión. Y fué éste el primero de los veinte o más transbordos, que le llevaron a habitar pronto o tarde, más de la mitad de nuestros mejores buques; manteniéndole durante su vida entera a cien millas de distancia más o menos de la patria de la cual manifestó una vez el deseo de no volver a oír hablar.
Quizá sí fué durante esta segunda travesía—pues que ello aconteció en el Mediterráneo—cuando tuvo ocasión de bailar con Mrs. Graff, famosa belleza del sur en aquella época. Habían estado fondeados largo tiempo en la bahía de Nápoles donde los oficiales intimaron mucho con la marina inglesa que les ofreció grandes fiestas; por lo cual pensaron nuestros hombres corresponder las atenciones dando un suntuoso baile a bordo del buque. Cómo pudo realizarse esto a bordo del Warren, no sabría decirlo. Tal vez no era el Warren, o tal vez las damas de aquel tiempo no necesitaban tanto espacio como las de hoy. Precisaba a los oficiales disponer con algún fin del camarote de Nolan, y les disgustaba pedírselo sin invitarle para el baile; de manera que el capitán autorizó la invitación, siempre que ellos aceptaran la responsabilidad de evitar que conversara con personas inconvenientes “que pudieran darle noticias.” Así, el baile se verificó, siendo la fiesta más hermosa de la temporada, me atrevo a decir; pues jamás he sabido que no lo fueran los saraos de la gente de guerra. Entre las damas contábase la familia del cónsul de los Estados Unidos, una o dos viajeras que se habían aventurado hasta allí y un lindo grupo de señoritas y señoras inglesas, quizá si hasta la misma Lady Hámilton.
Bien; diferentes oficiales se turnaban conversando amistosamente con Nolan en forma de evitar que otra persona le hablase. La fiesta transcurría alegremente; y después de las primeras horas los mismos camaradas que montaban la guardia honoraria con Nolan dejaron de temer que ocurriera ningún contratiempo. Solamente cuando una dama inglesa, quizá Lady Hámilton como dije antes, pidió “las danzas americanas de figuras,” sucedió algo muy original. Todos bailaban contradanzas en aquella época. La banda negra, muy entusiasta, convino en lo que serían “las danzas americanas de figuras,” y se abrió con Virginia Reel, continuando con Money-Musk, al cual debía seguir The Old Thirteen según el orden cronológico. Mas, precisamente en el momento en que Dick, el director de orquesta, golpeaba la batuta para que comenzaran los violines, y se inclinaba hacia adelante para decir con todo el ceremonial negro: “¡The Old Thirteen, señoras y caballeros!” como había dicho, “¡Virginny Reel, si gustáis!” y “Money-Musk, si gustáis!” el asistente del capitán le tocó en el hombro, y murmuró algo en su oído que le impidió anunciar el nombre de la danza; se inclinó simplemente, comenzó el aire, y todos le siguieron; enseñando los oficiales las figuras a las jóvenes inglesas sin decirlas por qué la danza no tenía nombre.
Mas no era ésta la historia que iba yo a referir. En tanto que se deslizaba la fiesta, Nolan y los camaradas habían recobrado su aplomo, como digo, a tal punto que pareció enteramente natural que, inclinándose ante la arrogante Mrs. Graff, dijera el primero:
—Espero que no me habréis olvidado, Miss Rútledge. ¿Puedo aspirar al honor de teneros por pareja?—
Hizo esto tan impensadamente que Shúbrick, que estaba a su lado, no pudo impedírselo. Ella rió y dijo:
—Ya no puedo llamarme Miss Rútledge, Mr. Nolan; pero bailaré con vos lo mismo que si lo fuera;—e hizo una seña con la cabeza a Shúbrick como diciendo que le confiara a Nolan, a quien condujo al lugar donde se formaba la cuadrilla.
Nolan pensó que al fin le llegaba su vez. Había conocido a la dama en Filadelfia y se había encontrado con ella en otras partes, y pensó que era una enviada de Dios. No es fácil conversar en contradanzas como se hace en el cotillón y aun en los intervalos del vals; pero allí había oportunidad para la voz y los sonidos lo mismo que para las miradas y los sonrojos. Comenzó hablando de sus viajes y de Europa y el Vesubio y los franceses; y luego, cuando terminaron la figura, y tenían bastante tiempo de conversar mientras los demás desempeñaban su turno, dijo él con intrepidez, aunque algo pálido, afirmaba ella cuando me refirió la anécdota años después:
—Y ¿qué habéis sabido de la patria, Mrs. Graff?—
Entonces la arrogante criatura le miró con ojos penetrantes. ¡Júpiter! ¡Qué mirada más penetrante debió lanzarle!
—¡La patria?? ¡Mr. Nolan!!! ¡Yo creía que erais vos el hombre que no deseaba volver jamás a oír hablar de su patria—y subió inmediatamente al puente en busca de su marido, dejando al pobre Nolan solo, como estaba de ordinario. Nunca volvió él a bailar.
No podría referir una historia ordenada de su vida: nadie sería capaz de hacerlo ahora; y a la verdad, tampoco trato yo de hacerlo. Ésta es la tradición que he arreglado, porque es lo que creo entre las fábulas que han circulado acerca de este hombre durante cuarenta años. Las mentiras que se cuentan de él son innumerables. La gente acostumbraba decir que era el “hombre de la máscara de hierro;” y el pobre George Pons fué a la tumba con el convencimiento de que era el autor de “Junius,” castigado por su famoso libelo contra Thomas Jéfferson. Pons no era muy fuerte en materia de historia.
Anécdota más feliz que todas las que he referido, es la que se refiere a la guerra. Esto sucedió poco después. He oído contar la historia en tres o cuatro formas diferentes, y quizá haya pasado más de una vez. Pero no sabría decir en cuál de los buques tuvo lugar. Sin embargo, en uno de los grandes duelos de fragata con los ingleses, en los cuales recibió realmente el bautismo de fuego nuestra armada, aconteció que un proyectil redondo del enemigo cogió de lleno una de nuestras baterías, llevándose al oficial y a casi todos los hombres de artillería. Podéis decir cuanto queráis acerca del valor; pero seguramente no era espectáculo muy agradable aquél. Mientras los hombres que estaban solamente heridos trataban de levantarse, y los sanos ayudaban a los asistentes del cirujano a retirar los cuerpos, apareció Nolan en mangas de camisa, con la baqueta de un fusil en la mano; y, como si hubiera sido el oficial de mando, expresó con autoridad quiénes debían ir al sollado con los heridos y quiénes debían permanecer con él; completamente tranquilo y con aquel aire de seguridad que hace sentir a los demás que todo marcha perfectamente. Cargó en seguida el cañón con sus propias manos, apuntó y dió la orden de fuego. Permaneció allí, capitán de aquella batería, levantando el espíritu de sus hombres hasta la destrucción del enemigo; sentado en la cureña mientras el cañón se enfriaba, aunque estaba expuesto en todo instante; explicando la manera más sencilla de preparar las descargas pesadas; haciendo que los inexpertos rieran de sus propias chambonadas; y cuando el cañón estaba frío, cargándolo de nuevo y disparando con rapidez dos veces mayor que cualquiera otra batería del buque. El capitán rondaba para alentar a sus hombres, y Nolan, tocando su sombrero, dijo:
—Estoy aquí enseñándoles cómo hacemos esto en la artillería, señor.—
Y en esta parte de la historia concuerdan todas las leyendas; que el comodoro dijo:
—Ya lo veo y os lo agradezco, señor; y nunca olvidaré este día, señor, ni vos tampoco lo olvidaréis.—
Y después que todo hubo pasado y que recibió la espada del inglés, en medio del fausto y ceremonia del alcázar, el comodoro exclamó:
—¿Dónde está Mr. Nolan? Decid al señor Nolan que venga acá.—
Y cuando vino Nolan, dijo el capitán:
—Mr. Nolan, todos tenemos mucho que agradeceros hoy; hoy sois uno de los nuestros; seréis nombrado en el parte oficial de la batalla.—
Y entonces el anciano, desciñéndose su propia espada de ceremonia, la dió a Nolan e hizo que éste la ciñera. El hombre que me lo contó fué testigo ocular de la escena. Nolan lloraba como un niño y tenía, en verdad, razón de hacerlo. No había ceñido espada desde aquel infernal día en el fuerte de Adams. Pero después, en ocasiones de ceremonial, llevaba siempre aquella antigua espada francesa, primorosamente cincelada, del viejo comodoro.
El capitán le mencionó en el parte oficial. Siempre se ha dicho que pidió entonces la gracia de Nolan. Escribió una carta particular al secretario de guerra; pero nada resultó. Como he dicho antes, sucedía esto cuando comenzaba a ignorarse en Wáshington todo el asunto y cuando la prisión de Nolan continuaba simplemente porque nadie había capaz de ordenar que se suspendiera sin nuevas órdenes del gobierno. He oído decir que estuvo con Pórter cuando tomó posesión de las islas de Nukahiwa. No este Pórter, comprendéis, sino el viejo Pórter, su padre, Éssex Pórter; quiero decir, el viejo Éssex, no el Éssex de nuestros días. Como oficial de artillería que había servido en el oeste, Nolan sabía más que todos ellos de fortificaciones, troneras, revellines, empalizadas y todo lo demás; y trabajó con la mejor voluntad para fijar convenientemente la batería. He pensado siempre que fué una lástima que Pórter no le dejara el mando en unión de Gamble. Esto habría arreglado el asunto con respecto a su castigo. Habríamos conservado las islas y tendríamos ahora un puerto en el océano Pacífico. Y cuando nuestros amigos los franceses pretendieron esta pequeña bahía, habrían encontrado que se hallaba ya ocupada de antemano. Pero Mádison y sus partidarios los virginianos descartaron por completo esta posibilidad.
Todo esto sucedía hace cincuenta años. Si Nolan tenía treinta entonces, debió contar cerca de ochenta a su fallecimiento. Parecía un hombre de sesenta cuando solamente contaba cuarenta. Pero después de aquella época me parece que no cambió una línea su fisonomía. Según imagino yo su vida, por lo que he sabido, debe haber recorrido todos los mares sin desembarcar casi nunca. Debe haber conocido mejor que nadie a todos los jefes de nuestro servicio naval. Me dijo una vez, con grave sonrisa, que ningún hombre llevaba vida tan metódica como la suya.—Sabréis que la gente me llama el “hombre de la máscara de hierro,” y no ignoráis cuán ocupado vivía este personaje.—Acostumbraba decir que no aconsejaría a nadie leer continuamente, como no es posible dedicarse de continuo a ninguna ocupación; pero que él leía precisamente cinco horas diarias.—“Luego,” añadía,—pongo al día mis anotaciones, escribiendo a determinadas horas los comentarios sobre mis lecturas e incluyendo en ellas mi colección de recortes.—Esta colección era muy interesante a la verdad. Tenía seis u ocho libros sobre temas diferentes. Uno de historia, otro de ciencias naturales y otro que él llamaba “Misceláneas.” Mas no eran simplemente colecciones de recortes de periódicos. Había además ejemplares de plantas y gramíneas, conchas cerradas y trozos cincelados de huesos y madera que él mismo había enseñado a labrar a los marineros y que figuraban hermosamente como ilustraciones en su colección. Dibujaba admirablemente. Tenía algunos cuadros sumamente divertidos y otros de lo más patéticos que he visto en mi vida. Quisiera saber quién conserva las colecciones de Nolan.
Bien; acostumbraba decir que sus lecturas y apuntes constituían su profesión, y les dedicaba cinco y dos horas diarias, respectivamente.—Luego,—proseguía,—todo hombre necesita alguna distracción tanto como una profesión. La historia natural es mi distracción.—Esto le tomaba dos horas más todos los días. Los marineros acostumbraban traerle pájaros y peces; pero en las largas travesías tenía que conformarse con ciempiés, cucarachas y otros menudos ejemplares de este estilo. Era el único naturalista que he conocido que hubiera observado algo de las costumbres de la mosca casera y del mosquito. Todos os dirán si son lepidópteros o estrepsíteros; pero en cuanto a la manera de librarse de ellos o a la forma en que estos bichos escapan cuando se les golpea, ¡vamos! Linneus sabía tanto acerca de esto como el idiota John Foy. Estas nueve horas formaban la “ocupación” diaria y regular de Nolan. El resto del tiempo conversaba o paseaba. Hasta que envejeció, subía a cubierta con frecuencia. Hacia siempre bastante ejercicio, y nunca supe que hubiera estado enfermo. Si alguna otra persona experimentaba algún malestar en el buque, convertíase en el enfermero más atento y afectuoso y sabía más que muchos cirujanos. Así, siempre que alguien estaba enfermo o moría a bordo, o siempre que el capitán requiriese sus servicios en estos casos, Nolan estaba dispuesto a recitar las oraciones. He dicho que leía admirablemente.
Mis relaciones con Phílip Nolan comenzaron seis u ocho años después de la guerra con Inglaterra, en ocasión de mi primer viaje cuando fuí nombrado guardia marina. Eran los primeros tiempos del tratado sobre el mercado de esclavos, cuando la casa reinante que era aún la casa de Virginia,[44] experimentaba cierto sentimentalismo provocado por los horrores del tráfico de esclavos, e hizo algo entonces en favor de su supresión. Nos encontrábamos por este motivo al sur del Atlántico.[45] Por el tiempo en que yo me agregué al buque, creía que Nolan era una especie de clérigo secular, un clérigo de levita azul. Nunca pregunté nada acerca de él. Todo en el barco me resultaba extraño. Yo sabía que era de novatos el preguntar y se me figura que pensé que debía haber un “Plain Buttons” en todas las naves. Le teníamos a comer en nuestra mesa una vez por semana, y se nos recomendaba que aquel día no habláramos una sola palabra acerca de la patria. Pero si nos hubieran dicho que no debíamos hablar del planeta Marte o del Deuteronomio, tampoco habría preguntado la causa. Tan desprovistas de razón como ésta había muchas otras cosas, a mi entender. Llegué a comprender algo por primera vez acerca del hombre sin patria en cierta ocasión en que dimos caza a una sórdida goleta que llevaba esclavos a bordo. Enviaron un oficial al abordaje, y pasados algunos minutos, regresó el bote pidiendo que se enviara a alguien que hablara portugués. Mirábamos todos desde la barandilla cuando llegó el mensaje, y cada uno deseaba poder adivinarlo, cuando preguntó el capitán si alguno de nosotros sabía hablar portugués. Pero ninguno de los oficiales conocía este idioma; y en momentos en que el capitán trataba de averiguar si alguien de la tripulación era capaz de hacerlo, se adelantó Nolan y dijo que, si el capitán lo deseaba, podía servir de intérprete puesto que conocía el portugués. El capitán le dió las gracias, hizo preparar otro bote para él, y allí tuve la suerte de acompañarle. Cuando abordamos la goleta, se presentó a nuestra vista una escena que rara vez es posible contemplar y que, por otra parte, nunca se experimentaría tampoco el deseo de hacerlo. La suciedad y la confusión más espantosas reinaban sobre cubierta. No había muchos negros; mas con el objeto de que comprendieran que se hallaban libres, habíales hecho quitar Vaughan los grillos y esposas que llevaban, los cuales en obsequio a la ocasión se colocaron a los bribones que componían la tripulación de la goleta. Los negros, libres ahora en su mayor parte, hormigueaban en el sucio puente, amontonándose en torno de Vaughan, a quien se dirigían en todos los dialectos imaginables, y en el patois de cada dialecto, desde las modulaciones zulúes hasta el dialecto de Beled-el-jerid.
Cuando llegamos al puente, Vaughan miraba desde lo alto de un gran barril donde se había encaramado en su desesperación, y exclamaba:—¡Por el amor de Dios! ¿Hay alguien que pueda hacer entender algo a estos infelices? La gente les ha dado ron, pero eso no los ha aquietado. He aporreado dos veces a ese grandullón, pero tampoco ha servido de nada. Luego, les hablé en choctaw; pero ¡que me cuelguen si entendieron esto mejor que el inglés!—
Nolan dijo que podía hablar portugués, y entonces hicieron salir de las filas a dos hermosos africanos de la tribu de Kroo, que según se había puesto en limpio anteriormente, trabajaron alguna vez con colonos portugueses en la costa de Fernando Po.
—Explicadles que están libres,—dijo Vaughan;—y que estos bribones serán ahorcados tan pronto como tengamos cuerda suficiente para todos ellos.—
Nolan “dijo esto en español;” es decir, lo explicó en portugués inteligible para los negros de Kroo, quienes a su vez lo transmitieron a los demás negros en idioma que todos fueran capaces de comprender. Hubo entonces un grito salvaje de delectación, un apretar los puños y saltar y danzar y besar los pies de Nolan; y un precipitarse general hacia el barril en adoración espontánea a Vaughan, el deus ex machina de la ocasión.
—Decidles,—continuó Vaughan, muy complacido,—que los llevaré a todos al Cabo de Palmas.—
Esto no hizo ya tan buen efecto. El Cabo de Palmas estaba realmente tan alejado de su patria como Nueva Órleans o Río de Janeiro, lo cual significaba que quedarían allí eternamente separados de su hogar. Y como comprenderéis, los intérpretes dijeron inmediatamente,—¡Ah, Palmas no!—y comenzaron a proponer multitud de expedientes diversos con la mayor volubilidad. Vaughan parecía decepcionado por el resultado de su magnanimidad, y preguntó seriamente a Nolan lo que decían. Gotas de sudor perlaban en la pálida frente del pobre Nolan cuando hizo callar a los hombres y repitió:
—Dicen que a Palmas no. Dicen que se les lleve a su patria, a su propia tierra, a su propia casa; que se les lleve adonde están sus propios chiquillos y sus propias mujeres. Dice uno que tiene padre y madre ancianos que morirán si no le ven. Y este otro dice que dejó a todos enfermos en su casa, y que remaba con dirección a Fernando para rogar al médico blanco que les socorriese, cuando estos demonios le cogieron en la bahía justamente enfrente de su hogar, y que desde entonces no ha vuelto a ver a nadie de su familia. Y este otro dice,—se atragantó Nolan,—que no ha sabido una sola palabra de su tierra durante seis meses que ha pasado encerrado en una barraca infernal.—
Vaughan decía después que se sentía envejecer mientras Nolan bregaba para dar la traducción. Yo mismo, que no comprendía todo el alcance de aquello, podía observar que hasta los elementos parecían fundirse a algún ardiente calor, y que alguien sufría los resultados. Hasta los negros dejaron de aullar al ver la agonía de Nolan y la agonía de Vaughan, casi tan intensa por simpatía. Tan pronto como éste pudo encontrar palabras exclamó:
—¡Decidles que sí, que sí, que sí! Decidles que irán a las montañas de la luna, si lo desean. ¡Si yo oriento el rumbo a través del gran desierto blanco, ellos volverán a su hogar!—
Y después de algún esfuerzo, Nolan lo repitió. Entonces se lanzaron todos a besarle otra vez, y querían que frotara su nariz contra las suyas.
Pero Nolan no pudo soportar más tiempo; y, logrando que Vaughan le diera autorización para regresar, me arrastró hacia el bote. Cuando estuvimos instalados a popa y los hombres comenzaron a remar, me dijo:
—¡Joven, que esto os enseñe lo que es estar sin familia, sin hogar y sin patria! Y si alguna vez os sentís tentado a decir una palabra o a hacer algo que pueda levantar una barrera entre vos y vuestra familia, vuestro hogar y vuestra patria, ¡pedid a Dios la gracia de que en aquel mismo instante os lleve a su propia casa, el cielo! Uníos estrechamente a vuestra familia, joven; olvidaos a vos mismo cuando laboréis para ella. Pensad en vuestro hogar, joven; escribid, enviad mensajes, hablad de los vuestros. Conservad vuestro hogar más cerca de vuestro corazón mientras más lejos os encontréis; y apresuraos a volver en cuanto estéis libre, como lo hacen ahora estos infelices esclavos. Y con respecto a vuestra patria, joven,—y las palabras se ahogaban en su garganta,—y por esta bandera,—y señalaba a la del barco,—nunca tengáis otro anhelo que servirla como ella lo exige, aunque el servicio os procure mil infiernos. Cualquiera cosa que os suceda, quienquiera que os lisonjee o que os seduzca, nunca miréis otra bandera, nunca paséis una noche sin rogar a Dios que bendiga este emblema. ¡Recordad, joven, que detrás de todos aquellos hombres con quienes tratáis, detrás de los oficiales y del gobierno, y aun del pueblo, existe la Patria misma, vuestra patria, y que le pertenecéis como pertenecéis a vuestra madre! ¡Defendedla siempre, joven, como defenderíais a vuestra madre, si estos demonios se hubieran hoy apoderado de ella!—
Yo estaba mortalmente aterrorizado por su calma cargada de pasión; mas, casi sin darme cuenta, protesté por lo más sagrado que así lo haría y que jamás había pensado en hacer lo contrario. Apenas parecía oírme; pero así era, sin embargo, porque casi en un murmullo profirió:—¡Oh! ¡si alguien me hubiera hablado así cuando tenía vuestra edad!—
Creo que esta confidencia a medias, de la cual jamás abusé, siendo ésta la primera vez que hago referencia a ella, fué lo que nos hizo después tan buenos amigos. Él se manifestaba siempre muy bondadoso para conmigo. Sentábase a menudo a mi lado, y aun se levantaba muchas veces por la noche para pasear conmigo en el puente cuando me tocaba la guardia. Me enseñó muchísimo de matemáticas, y a él debo mi afición por esta ciencia. Prestábame libros y me ayudaba a comprenderlos. Jamás aludió otra vez directamente a su historia; pero durante treinta años supe por diversos oficiales todo lo que voy refiriendo. Cuando terminada nuestra travesía, nos separamos en el puerto de Santo Tomás, estaba yo más triste de lo que podría expresar. Tuve el placer de encontrarle otra vez en 1830; y más tarde, cuando creí tener alguna influencia en Wáshington, removí cielo y tierra para obtener su gracia. Pero, fuera de su prisión, se había convertido en una especie de fantasma. Pretendían que no existía tal individuo, que jamás había existido. ¡Probablemente dirán lo mismo ahora en el departamento de marina! Quizá si lo ignoran en realidad. ¡No sería el primer asunto del servicio que parece ignorar el departamento del ramo!
Se cuenta que Nolan encontró una vez a Burr en uno de nuestros buques, cuando una partida de norteamericanos vino a bordo en el Mediterráneo. Pero creo que esto es falso; o más bien una fábula ben trovata acerca del tremebundo golpe que asestó a Burr preguntándole si le agradaba mucho encontrarse “sin patria.” A juzgar por la vida de Burr, nada de esto puede haber sucedido, por supuesto; y lo menciono únicamente como ilustración de las innumerables historias que circulan cuando existe un pequeño misterio en el fondo.
Así vió cumplido su deseo el infeliz Nolan. Sólo considero suerte más horrible que la suya, la de aquellos hombres que tienen un día para abandonar su patria por el destierro en castigo de haber intentado su ruina, y pueden comprobar al mismo tiempo la prosperidad que alcanza después de verse depurada de ellos y de sus iniquidades. El deseo del pobre Nolan, como todos aprendimos a llamarle, no porque su expiación fuera demasiado grande sino porque su arrepentimiento era tan visible, fué sin duda el mismo de los Bragg y Beáuregard, que faltaron a su juramento de soldados hace dos años, y el de los Maury y Barrón, que faltaron al suyo de marinos. No sé si ellos se habrán arrepentido a menudo. Sé que hicieron todo lo posible para destruir la patria; para convertir en átomos y arrojar a los vientos todos los honores, vínculos, recuerdos y esperanzas que constituyen la patria. Sé también que mientras vegetan por todo el resto de su vida en sitios miserables, como Boulogne y Léicester Square, dedicados a vituperarse mutuamente hasta la muerte, su expiación tendrá la misma punzante agonía que la de Nolan, agregada al tormento de que todo aquel que les conozca podrá verles despreciados y execrados. ¡Habrán satisfecho su deseo, lo mismo que Nolan!
En cuanto a éste, ¡infeliz! se arrepintió de su locura y se sometió valerosamente a la suerte que había invocado. Nunca agravó intencionalmente la dificultad o delicadeza de la misión de quienes le tenían bajo custodia. Sucedieron algunos incidentes; mas nunca fueron provocados por su culpa. El teniente Truxton me refería que cuando la anexión de Tejas hubo acalorada discusión entre los oficiales acerca de la conveniencia de arrancar este estado de la hermosa colección de mapas que tenía Nolan; del mapa universal y del mapa de Méjico, conforme arrancaron el de los Estados Unidos cuando compraron un atlas para él. Pero se decidió, con bastante buen criterio, que hacerlo así sería revelarle virtualmente lo que había sucedido, o como decía Harry Cole, hacerle pensar que el viejo Burr había llegado a triunfar al fin. Así, no fué culpa de Nolan que tuviera lugar un gran contratiempo en mi propia mesa, cuando me encontré por pocos meses al mando de la corbeta George Washington en un viaje a la América del Sur. Estábamos anclados en la bahía de La Plata, y algunos de los oficiales que desembarcaron y volvían justamente a bordo nos entretenían con la relación de sus malaventuras montando los caballos bravios de Buenos Aires. Nolan estaba a la mesa con nosotros, y de humor inusitadamente jovial y comunicativo. La historia de cierta caída hízole recordar una de sus aventuras cuando era todavía adolescente y cogía caballos salvajes en Tejas con su hermano Stephen. Refirió la anécdota con muchísima gracia, tanto que él mismo rompió el silencio de un instante que sigue generalmente a las historias interesantes, preguntando sin darse cuenta:
—Decidme ¿qué ha sido de Tejas? Después que Méjico proclamó su independencia, creía yo que Tejas le seguiría muy pronto. Es verdaderamente una de las regiones más hermosas de la tierra; es la Italia de este continente. Pero no he sabido una palabra de Tejas durante casi veinte años.—
Había en la mesa dos oficiales de Tejas. La razon por la cual ignoraba Nolan todo lo que se relacionaba con esa zona era que se habían cortado lastimosamente de sus periódicos todas las noticias desde que Austin inició la colonización; de manera que aun cuando leía de Honduras y de Tamaulipas, y hasta últimamente de California, aquella virgen provincia que tanto había recorrido, y donde había muerto su hermano según creo, no existía ya para Nolan. Waters y Williams, los dos tejanos, miráronse ferozmente tratando de no reír; Édward Morris parecía absorto en la contemplación del tercer eslabón de la cadena de la lámpara del capitán. Watrous tuvo una convulsión de estornudos. Nolan comprendió que algo había en el aire, no sabía qué. Y yo, como dueño de la fiesta, me vi obligado a decir:
—Tejas está fuera del mapa, Mr. Nolan. ¿Habéis visto la curiosa relación de la bienvenida a Sir Thomas Roe, por el capitán Back?—
Después de este viaje no volví a ver a Nolan. Escribíale por lo menos dos veces al año porque en aquella travesía intimamos muchísimo; pero él jamás me contestó. Los compañeros me contaron que envejeció muy rápidamente en los últimos quince años, para lo que había motivo, en verdad; pero que siempre era el mismo suave, estoico y silencioso sufridor, soportando lo mejor posible la pena impuesta por su propio deseo; menos sociable quizá con la gente nueva a quien no conocía, pero más ansioso que nunca al parecer, de hacerse util, de ayudar y enseñar a los jóvenes que sentían por él una especie de adoración. Y ahora parece que ha muerto este querido y viejo compañero. ¡Ha encontrado al fin una patria y un hogar!
Después de haber escrito estas líneas, y mientras dudaba si las haría publicar como enseñanza a los jóvenes Nolan y Vallándigham y Fátnall de nuestros días, recibí una carta de Dánforth, a bordo del Levant, con la relación de las últimas horas de Nolan. Esto ha venido a desvanecer todos mis escrúpulos con respecto a la publicación de su historia.
Para comprender las primeras palabras de esta carta, debe recordar el lector profano que desde 1817 era sumamente delicada la posición de los oficiales que conservaban a Nolan bajo su custodia. El gobierno no había renovado las instrucciones de 1807 a su respecto. ¿Qué debían hacer en esta situación? ¿Dejaríanle marchar? Y ¿qué responderían en caso de que el departamento de marina les pidiera cuentas por haber violado las órdenes de 1807? ¿Seguirían guardándole? ¿Qué sucedería, si alguna vez llegaba la liberación de Nolan, y entablaba él juicio criminal por falsa prisión o secuestro contra todos los que le habían tenido prisionero? Yo hice presente e insistí con Soúthard sobre todas estas circunstancias, y tengo mis razones de creer que los demás oficiales procedieron de igual manera. Pero el secretario contestaba siempre, como sucede en Wáshington con bastante frecuencia, que no había órdenes especiales que dar y que debíamos resolver según nuestro propio criterio. Lo que significaba, “Si tenéis suerte, seréis sostenido; si fracasáis, seréis abandonado.” Bien; como dice Dánforth, todo ha pasado ahora, aun cuando no sé si me expongo a ser perseguido criminalmente por las revelaciones que vengo haciendo.
He aquí la carta: