38. EL PEQUEN Y EL SAPO.
Estaba un Sapito arriero tomando el sol, cuando un Pequén, que lo divisó desde lo alto, bajó y se le puso al lado, sin darle tiempo para saltar al agua.
Los sapos, como los burros, tienen fama de ser torpes, pero es un error, porque son habilosazos y tienen muy buenas ocurrencias.
Vean, si no, lo que se le ocurrió al Sapo.
Al ver el peligro en que se hallaba, no se cortó; al contrario, saludó muy políticamente al Pequén y le dijo:
—Buenos días, señor Pequén, ¿cómo está su salud y{227} la de sus oficiales y soldados? porque, seguramente, usted por lo menos es general. Yo tengo muy buen ojo y estoy cierto de no equivocarme al decirle que debe ser general,... si acaso no es el Presidente.
El Pequén dijo para sí:
—¡Qué sapito tan dije y tan bien educado!—y en voz alta:—Estamos todos bien, sapito lindo. ¿Y qué se te ofrece a ti?
—Nada más que no me coma, señor General; siendo usted una persona tan digna, espero que no tratará de comerse a este pobre Sapo, contimás que hay aquí tantísimos ratones a su disposición y su carne es tan ricaza.
—¡Qué sapito tan bien hablado!—pensaba el Pequén para sus adentros, ¿me lo comeré o no me lo comeré? tengo tantísima hambre.—Y hablando fuerte, le dijo: Veremos, sapito, si te como o no te como.
Y en esto el Pequén bostezó y cerró los ojos, y el Sapo que no despegaba los suyos de los de su enemigo, en cuanto lo vió pestañear se echó al agua y le gritó al Pequén:
saltiaor de caminos,
que andáis, como garrotero,
saltiando a los pasajeros!
Y el Pequén dijo:
que no me comí a esta porquería!
39. EL GUAIRAO Y EL SAPITO.
Pasó volando un Guairao por encima de un estero, y al ver a un Sapito, bajó para comérselo; pero el Sapito, que lo vió a tiempo, de un salto se metió al agua. El Guairao, que es medio filósofo, dijo:{228}
—¡Miren lo que son estos lesos!
por no pasar por mi guargüero.
40. LOS GUAIRAOS Y EL SAPO.
Iban volando dos Guairaos y divisan a un Sapo que estaba de espaldas con la guata al sol, tan blanquita, que le brillaba. Dice un Guairao al otro:
—Hermanito, el que está ahí ¿no es un Sapo?
Y el Sapo, que los oye, le contesta:
¿que no vis que soy un trapo?
Entonces el Guairao dijo:
mi guargüero se lo traga.
Y se lo comió.{229}
II Parte
MITOS, TRADICIONES, CASOS.
Narraciones supersticiosas.
Benditas sean las tradiciones, tanto más respetables cuanto más pueriles... Ellas nos conservan lo pintoresco, la noción sentimental de la vida. En el monótono ir y venir de la péndola, en el caer de las hojas del calendario, en la vulgaridad de los hechos, esas tradiciones colocan una flor de poesía. De esta suerte, y mediante ellas, el itinerario es menos aburrido.—(J. Ortega Munilla).—Tenorios, castañas y buñuelos. (Diario Hisp. Americano, N.º 394, de 24 de Enero de 1918).
MITOS
1. EL CHANCHILLO.
(Referido por D. H. Iribarren Charlín, de 17 años. 8 de Julio de 1911.)
El Chanchillo es un pescado de las playas de Coquimbo, de metro y medio de largo por 0.70 de diámetro en su parte más gruesa.
Es tradicional en la costa de la provincia de Coquimbo la buena amistad que existe entre el Chanchillo y el hombre. Cuando un pescador ha caído al agua, porque la tempestad haya hecho zozobrar la barca, o por cualquier otro motivo, si hay cerca un Chanchillo, toma al hombre sobre su lomo y lo va a dejar a la playa, en un lugar en que esté libre de todo peligro. De aquí proviene el cariño que el pescador siente por el Chanchillo, y por lo cual, siempre que lo divisa, lo saluda con los nombres más dulces. Es común oir contar a los pescadores que un Chanchillo libró de la muerte a sus padres o abuelos.
Si un Chanchillo es cogido en las redes y muere antes de que el pescador pueda librarlo, el hecho produce verdadera consternación en la población pescadora, que, presa de un miedo supersticioso, pasa dos o tres días sumida en la tristeza.{232}
2. EL CHUMACO.
(Información que en 1921 me suministró el cirujano dentista D. Roberto
Sundt, natural de la provincia de Coquimbo.)
Personaje legendario con quien se atemoriza a las mujeres en los campos y pueblos situados a ambas márgenes del Choapa, cerca de su desembocadura, advirtiéndoles que se cuiden de él, que no las vaya a destripar.
Posiblemente El Chumaco fué el sobrenombre de un bandido sátiro que a principios del siglo pasado estableciera en aquellos parajes el campo de sus fechorías.
3. LA CALCHONA.
(Contado por el niño D. Ramón Fernández G., estudiante, de 14 años.
Santiago, 1911.)
Un hombre, ignorando la condición de su novia, se casó con una bruja. Por ciertos hechos que ocurrieron más tarde, entró en malicia, y desde entonces la acechaba, sin que ella lo notara; hasta que una vez, en la noche, la vió desnudarse; sacarse los ojos, que dejaba en un plato con agua; untarse el cuerpo con un ungüento negro; envolverse en un cuero de oveja, y salir al campo, donde se unió a muchas otras ovejas: y en cuanto se juntó con ellas, vió que todas emprendían desenfrenada carrera, y las perdió de vista en un instante.
El marido tornó inmediatamente a su casa y tomando los ojos que su mujer había dejado en el plato, y el ungüento, los arrojó a una acequia muy correntosa.
Cuando la mujer volvió, no pudiendo encontrar ni los ojos ni el ungüento, siguió convertida en oveja, y desde entonces se la ve correr por la orilla del río y de los tajamares. Los muchachos le han puesto el nombre de Calchona, por tener grandes mechones de lana en las extremidades de sus patas.{233}
4. OTRA VERSION.
(Del joven estudiante D. Francisco Vásquez, de 15 años, de Santiago.)
En la Chimba de Santiago vivía, hace mucho tiempo, una bruja casada con un zapatero, al cual le daba todas las noches un licor para hacerlo dormir. En cuanto el zapatero comenzaba a roncar, la bruja le echaba unto a sus niñitos, que se convertían en zorros, y en seguida se untaba ella, y transformada en cabra, salía a merodear.
Un día tuvo que ausentarse el zapatero y no volvió sino ya muy entrada la noche. Se quedó todo sorprendido de no encontrar a su mujer ni a sus niños; pero en un rincón vió cinco zorritos.—¿Qué es esto? dijo el zapatero. Y uno de los zorritos contestó.—Mi mamita salió, pero antes nos echó de los untos que hay en esas cajas y nos volvió zorros y después se echó ella de los mismos untos y se volvió cabra, y salió.
Tomó el zapatero del unto y les echó a los zorritos, que se volvieron niños otra vez, sacó el unto de las cajas y lo arrojó a la acequia, que llevaba mucha agua, y tiró a la calle las cajas con el poco unto que iba pegado a ellas.
Al amanecer llegó la cabra y sólo halló las cajas vacías, con un poco de unto pegado; lo sacó y se lo echó en la cara, y no le alcanzó para más. Por eso anda todavía de noche, en figura de cabra con cara y manos de gente.
5. OTRA VERSION.
En una casa de campo vivía un matrimonio joven, con dos hijos pequeños. La mujer era bruja y los jueves en la noche, mientras su marido dormía profundamente, gracias a un narcótico que le suministraba con el vino, en la comida, se trasladaba al aquelarre transformada en oveja. El marido, sospechoso de que algo pasaba, esperó una vez que su mujer se levantara de la mesa para traer un{234} guiso de la cocina, y arrojó al patio el vino con el narcótico. Cuando la mujer volvió, fingió que acababa de bebérselo. Fueron a acostarse, pero el marido, en lugar de dormir, atisbaba cuidadosamente a su mujer. Pero antes de media noche se levantó ella, y el marido la vió desnudarse por completo, untarse el cuerpo con un ungüento que extraía de un pequeño pote de loza y a la media noche salir de la casa convertida en oveja. El hombre esperó un rato, se levantó, ensilló su caballo, guardó en sus bolsillos cuanto dinero encontró, y tomando a los niños, montó en su cabalgadura y partió a la carrera, pero no sin incendiar antes la casa, que el fuego consumió en pocos momentos con todo lo que contenía, incluso el pote de unto. Cuando la oveja volvió, no halló sino un montón de ruinas, y como había desaparecido el unto, no pudo tornar a su forma primitiva y tuvo que seguir viviendo transformada en oveja. Esta es la Calchona, que en todas partes se introduce, balando tristemente, en busca de sus hijos.
Los campesinos, que saben que es una mujer que purga sus pecados, la dejan transitar libremente y le dan leche y las sobras de sus comidas.
6. LA VIUDA
(Me lo contó el joven estudiante D. Carlos Puccio, de Molina y 17 años
de edad, en 1911.)
Cuando construían el hospital de Molina, a los que pasaban cerca de él a las 12 de la noche, les salía una mujer vestida de negro (a los que iban a caballo se les montaba al anca), y del susto, perdían el conocimiento. Entonces la mujer les robaba todo lo que llevaban.{235}
7. LA MUJER LARGA.
Del Cementerio de Paredones (provincia de Curicó, departamento de Vichuquén), sale a las 12 de la noche una mujer muy larga. Cuando alguien se le acerca, se achica y le crujen las enaguas. Al primer canto del gallo, vuelve a su sepultura.
8. EL PIGUCHEN.
(D. Francisco 2.º Vásquez, 1911.)
El Piguchén es un culebrón muy viejo, más o menos de medio metro de largo, cubierto de cerdas; es de color negro y tiene alas. Vive en la cordillera, pero, volando, llega de noche hasta San Bernardo y Santiago y le chupa la sangre al ganado. Se esconde en el día, en el hueco de los árboles viejos y se conoce su presencia porque los troncos están chorreados de la sangre que vomita. No se le puede coger porque es muy venenoso, tanto que basta que sus cerdas toquen la piel de un hombre, para que éste caiga muerto. Para matarlo, cubren el árbol en que está escondido con una tela fuerte, para que no pueda huir, y en seguida le prenden fuego al árbol.
Para ahuyentarlo e impedir que haga daño al ganado, basta hacer sonar un cuerno de buey; el sonido ronco que produce este instrumento le causa pavor y se va a otra parte.
No embiste contra el hombre sino en caso de verse atacado por él.
9. LA CUCA.
(D. Francisco 2.º Vásquez, 1911.)
Una señora anciana que vivía en la Cordillera, contó a la abuelita del niño Vásquez, que me hizo ésta y muchas otras relaciones, que aparecía en la Cordillera un{236} monstruo, mitad mujer, mitad vaca, que andaba siempre con la cabeza tapada, de manera que no se le veía el rostro. La llamaban La Cuca. Penetraba a las casas, sacaba de sus camas a las personas que dormían y las dejaba en otro sitio distante, sin causarles ningún daño.
10. EL CABRO VIEJO.
(D. Francisco 2.º Vásquez, 1911.)
En la Cordillera vive un ser mitad hombre (un viejo barbudo) y mitad cabro. Sale por las noches solamente, y si alguna persona pasa cerca de donde él está, la llama por su nombre; si le contestan, desaparece inmediatamente y lo encuentran muy lejos, en la misma Cordillera, sin cabeza y con el cuerpo destrozado; o va a parar a los Pirineos (sic). Muchos trabajadores del ferrocarril transandino son testigos de lo primero.
11. EL HOMBRE TIGRE.
(D. Francisco 2.º Vásquez, 1911.)
En el camino de los Callejones (en la misma Cordillera, pero no sabe mi informante en qué provincia), salía un tigre a atacar a los viajeros y les robaba, los llevaba a la cueva en que vivía y los mataba.
Una vez iba por ese camino un sacerdote acompañado de su mozo, y les salió el tigre.
El sacerdote se asustó mucho, y al verlo que temblaba de pavor, el mozo le dijo:—“No se le dé nada, señor”;—y sacándole la montura al caballo, se revolcó en ella, se volvió tigre y se puso a pelear con el que les había salido al camino, y lo venció, dejándolo bastante maltratado. El vencido dijo:—“No me mates, que soy hombre como tú y soy tu amigo”.—El mozo del cura lo perdonó, y ambos, refregándose en la montura, se convirtieron en{237} hombres. Entonces el que había salido a atacarlos llevó al cura y al mozo a la cueva en que vivía y les dió de todo lo que tenía guardado en ella: espuelas de plata, ropa, sillas de montar, alhajas, etc. Después de lo cual se despidieron y el cura con su mozo continuó su camino.
12. EL PERAL ENCANTADO.
En Paredones, provincia de Curicó, hay un peral que se incendia a media noche. Nadie puede pasar cerca de él, a caballo, porque el caballo se espanta y arroja al jinete y lo mata.
LAGUNAS.—NIÑAS QUE SE PEINAN CON UN PEINE DE ORO.
13. LA SIRENA DEL RIO CATO.
(D. Augusto Escárate, de 12 años; ha vivido en Chillán.)
Cerca del río Cato, provincia de Ñuble, en una parte alejada del camino, sale en las tardes de los jueves una niña muy hermosa que tiene los cabellos de oro y canta con muy linda voz. Algunas personas, atraídas por el canto, se internan en la montaña en donde está la Sirena (la conocen con este nombre) y no vuelven más. No se sabe lo que les suceda.
14. LA SIRENA DE ACULEO.
En la laguna de Aculeo sale todas las noches a las 12 a peinarse una niña, con un peine de oro. Los que pasan cerca y tratan de ir a donde está la niña, se caen en la laguna y se ahogan irremisiblemente. Se dice que toca en un arpa de oro y que cuando deja de tocar, salen siete potros que corren sobre el agua, y siete jinetes que los persiguen tirándoles el lazo, sin conseguir enlazarlos.{238}
15. LA LAGUNA DE TAGUATAGUA.
(Referido por D. Luis Barahona Novoa, dentista, en 1910.)
Cuando don Javier Errázuriz hacía secar la laguna de Taguatagua (hace 60 años, más o menos), decían los pobladores de la hacienda que a la hora de la siesta salía el Diablo en figura de un toro con las astas de oro. El mayordomo del fundo lo enlazó un día y el toro cortó el lazo. Mandó hacer entonces otro más fuerte, de cuero de novillo, que el toro no pudo cortar, pero arrastró al mayordomo, sin embargo de que montaba un caballo muy bueno. Cuando el mayordomo iba cerca de la laguna, que aun no estaba bien seca, sacó su corvo y cortó el lazo, para no morir ahogado.
El toro cuidaba de una niña que todas las tardes, después de ponerse el sol, salía a la orilla de la misma laguna y se sentaba en una piedra a peinar sus rubios cabellos con un peine de oro. La gente la oía cantar desde lejos, con voz melodiosa, acompañándose con los sones de un arpa que tocaba maravillosamente. Si alguien se acercaba, huía precipitadamente y se zambullía en el agua, para no salir hasta la tarde siguiente.
16. LA CUEVA DE LA NIÑA.
En la playa de Bucalemu hay, en un cerro, una caverna que llaman la Cueva de la Niña, en la cual vive una jovencita encantada, que en la noche sale a peinarse a la playa con un peine de oro, que relumbra a la luz de la luna. Se sienta en una roca, y si alguno, atraído por su hermosura, se le acerca, el mar comienza a subir, hasta ahogar al curioso. Si en el día entran con luz a la cueva, se la apagan de un soplido, que no se sabe de dónde sale.{239}
17. LA LAGUNA DE PUDAHUEL.
(Referido en 1911 por el joven estudiante D. Ramón Fernández, de 15
años, de Santiago.)
Hace muchos años, cuando aun no se había tendido la línea del ferrocarril que une a Santiago con Valparaíso, seis carreteros que con sus correspondientes carretas cargadas venían del puerto a la capital, llegaron a la laguna de Pudahuel, un Viernes Santo. Cinco carreteros no quisieron seguir adelante, en consideración a lo sagrado del día; pero el sexto dijo que no le importaba que fuese Viernes Santo y que él no estaba para perder el tiempo. Y dándole con la picana a los bueyes, se metió, con la carreta, en el agua, por la parte más baja de la laguna. En el momento en que iban más o menos por el medio, un Cuero[I] que había en el fondo asió bueyes y carretas y los atrajo hacia sí. El carretero, viendo que los bueyes se hundían, los picaneaba y les gritaba para que salieran afuera; pero inútilmente, porque el Cuero no los soltó; por el contrario, una vez que aseguró sus presas en lo más hondo de la laguna, cogió también al carretero, a quien sus compañeros vieron desaparecer instantes después.
Desde entonces, todos los Viernes Santos se oyen las voces del carretero, que llama a sus bueyes.{240}
18. LA LAGUNA DE LAS TRES PASCUALAS.
(Contado por D. Francisco 2.º Vásquez.)
Allá en los tiempos en que los españoles dominaban en Chile, vivía cerca de Concepción, en un hermoso palacio rodeado de huertos y jardines, una bella dama, madre de tres lindísimas hijas que respondían a los nombres de Sol, Esperanza y Alegría, pero entre la gente del pueblo, a causa del nombre de la madre, se las llamaba las tres Pascualas. Murió la madre, y las niñas se entregaron a una vida disipada, viviendo en continua fiesta con los jóvenes de Concepción y otras ciudades, que iban a divertirse al palacio que habitaban. Muchos caballeros se perdieron por culpa de estas niñas. Las faltas que se cometían en aquel palacio fueron tan numerosas y tan grandes, que Dios, cansado de tanto pecado, hizo que un día de gran fiesta, se hundiera el palacio con las tres niñas y todos sus acompañantes, que serían más de cincuenta personas, llenándose de agua el espacio que antes ocupaba aquel lugar de disipación y sus dependencias. Y la extensión de agua que se formó por esta causa, y que todavía existe, es la que se conoce con el nombre de “Laguna de las tres Pascualas”.
Una vez un joven se quedó dormido sobre una gran piedra que hay a la orilla de esta laguna, y cuando despertó vió que tres hermosas niñas ponían una mesita delante de él y le sirvieron toda clase de manjares y vinos exquisitos. Estuvo con ellas el resto del día y toda la noche divirtiéndose alegremente. Al día siguiente, despertó como a las 12 y se encontró desnudo sobre un banco de arena del Bío-Bío.
Siempre que el agua de la laguna baja, se ve una enorme roca que tiene la forma de una iglesia. Las pocas personas que han conseguido entrar y salir vivas, dicen que adentro hay un altar maravillosamente lindo, delante del cual brillan más de cien mil luces.{241}
HISTORIAS DE BRUJOS
19. LA CUEVA DE LA MULA
En un cerro que se levanta al lado sur del Tinguiririca, en el departamento de San Fernando, por cuya falda pasa el camino del Calabozo, hay una cueva de Salamanca que tiene a la entrada una gran piedra en que se ve estampada una pata de mula. Para entrar a esta cueva deben hacerlo varias personas en compañía, las cuales pueden tomar para sí lo que quieran de un gran tesoro que hay en el medio de ella; pero, para salir, tienen que dejar encerrado a uno de los que entraron.
20. LA RANA CASTIGADA
(Me lo refirió el estudiante D. Antonio Morales, de 16 años, en
Santiago, en 1909.)
En una casa vivían tres hermanas.
Un día se propusieron visitar a unas amigas, pero una de ellas, pretextando hallarse indispuesta, no acompañó a las otras dos.
Cuando estaban de visita, vieron entrar a la sala una enorme rana, que a todas causó gran susto.
Las hermanas, que maliciaban que la que se había quedado sin acompañarlas era bruja, se imaginaron que podía ser ella, que venía a molestar a sus amigas, a quienes odiaba; y aunque hicieron lo posible por que las dueñas de casa no le causaran daño, fué cruelmente maltratada, dándosele de palos con el mango de un plumero.
Al llegar las dos niñas a su casa, encontraron a su hermana en cama, cubierta de contusiones y heridas, que ella explicó diciendo que se había resbalado y que la caída se las había producido.
La explicación no era aceptable, y de ello dedujeron las hermanas que era cierto lo que pensaban. Y lo era, en efecto.{242}
21. LA RANA VENGATIVA
(Contado por el mismo joven Morales, en 1909.)
Una muchacha del pueblo encuentra en su camino una rana y tomando unas ortigas le pega fuertemente con ellas en el vientre. La rana quedó sin movimiento, patas arriba y muy hinchada.
En la noche, al abrir la muchacha la cama para acostarse, una enorme rana sale de debajo de la almohada y sentándose en las patas traseras se queda mirando a la muchacha con una mirada tan fija y tan fuerte que le heló la sangre y cayó muerta.
La rana era una bruja.
22. LA CUEVA DE LAS CARDILLAS
(Me lo refirió el niño D. Oscar Salinas, de 12 años, en 1912. Lo oyó
contar en Melipilla.)
En un cerro situado cerca de las Cardillas, en el departamento de Melipilla, hay una cueva que, según dicen, está habitada por brujas.
Una vez un joven se propuso visitar la cueva, y en efecto, fué a ella y entró alumbrándose con una linterna. Al poco rato de andar, se encontró con una sala muy hermosa, lujosamente amueblada, y sentadas en riquísimas sillas, unas cinco niñas de 18 a 20 años, muy bonitas y ataviadas de costosos trajes y valiosísimas alhajas. Lo invitaron a comer y él aceptó. Los servicios eran de plata y los cubiertos de oro, y los manjares tan sabrosos que él, mozo rico y muy aficionado a la buena mesa, jamás los había comido tan exquisitos. En un descuido de las jóvenes, se echó al bolsillo un cubierto completo y una tortita de dulce. Cuando terminó la comida, le exigieron que se quedara a dormir y él, que se había enamorado de una{243} de las niñas, no se hizo de rogar y se quedó con ella. Al otro día, cuando despertó, se encontró abrazado a un esqueleto, y en los bolsillos, en lugar del cubierto, con tres huesos: en vez de la torta, halló una bosta de buey. La linterna había desaparecido y le costó mucho trabajo y más de una hora para salir.
23. EL HOMBRE QUE QUISO VOLAR.
(Referido en 1911, por D. Francisco 2.º Vásquez, que lo oyó contar en
Santiago.)
Vivía en el campo una señora con sus dos hijas, y una vez llegó un hombre que trabajaba en una chacra vecina a pedir alojamiento y se lo dieron.
Serían como las 12 de la noche cuando el hombre despertó, y sintiendo ruido en la pieza vecina, se levantó descalzo y en paños menores, como estaba, y se puso a aguaitar por la cerradura de la puerta que comunicaba su pieza con la de la dueña de casa, y vió a la señora y a una de sus hijas que, enteramente desnudas, se echaban por todo el cuerpo un betún negro, y cuando estuvieron completamente embadurnadas, oyó que decían: “De villa en villa, de lugar en lugar”, y vió que salían volando por una ventana que estaba abierta y daba al patio. Después de un buen rato, se metió a la pieza de la señora por la ventana, se desnudó y se untó todo el cuerpo con el betún negro; después dijo: “De vida en vida, de lugar en lugar” e inmediatamente voló hasta llegar al techo y cayó desde esa altura, dándose tan feroz golpe que quedó aturdido. (No pudo volar bien porque equivocó la fórmula, pues dijo “de vida en vida, de lugar en lugar”, en vez de decir “de villa en villa, de lugar en lugar”, que fué como dijeron la señora y su hija).
Cuando madre e hija llegaron a su pieza, al amanecer, se encontraron con el cuerpo inanimado del chacarero, y, para castigarlo, la señora lo convirtió en burro, y lo ocu{244}paron desde entonces para traerlo cargado de leña que iban a buscar a un cerro cercano. Pasó así mucho tiempo, hasta que una noche, la hija menor (no la que había volado) le dijo al burro:—“Te voy a volver hombre, pero con la condición de que te vayas lejos de aquí y no vuelvas más”. Y lo llevó a un sitio en que la señora tenía una plantación de repollos, y tomando uno muy chiquito, se lo dió a comer. En cuanto el burro devoró el repollito, se convirtió en hombre, y dando las gracias a su bienhechora, se fué. Al llegar el día, se encontró en un bosque muy oscuro, y unos leñadores que andaban por ahí, viéndolo desnudo, le fueron a buscar ropa. El hombre se quedó trabajando con ellos y les contó lo que le había sucedido.
24. EL FALTE BRUJO.
(Me lo contó, en 1911, el joven D. Carlos Puccio, de 17 años, de
Molina.)
Hay en Molina un falte que se llama Miguel Molina y es brujo y poeta.
Cuentan de él que una vez, en la Cordillera, se subió en pelo en un caballo blanco muy lindo que pacía en un potrero y vieron que de repente desapareció con la cabalgadura. Dicen que llegó hasta la Argentina, pues ese mismo día lo vieron allá conversando con un amigo suyo.
Otra vez, que andaba vendiendo su mercadería por unos caminos, un hombre que conducía una carreta le sacó de la caja un pañuelo; él se hizo el que nada había visto y lo dejó irse; pero una vez que el hombre se hubo adelantado como tres cuadras, la carreta comenzó a retroceder hasta que llegó cerca del falte y el carretero tuvo que devolverle el pañuelo robado.
25. LOS BRUJOS DE PEUMO.
(Procede de D. Roberto Rengifo, quien me entregó escrita esta relación
en 1921.)
Cerca del pueblo de Peumo, capital del departamento{245} de Cachapoal, hay unos cerros aislados cuyas cumbres tienen la forma de bonetes cónicos de punta alta redondeada, y a ellos acostumbra ir la gente de los alrededores a holgarse y divertirse los días domingos, llevando causeos y licores. El más grande de estos cerros se llama Gurutrén o Gulutrén.
Vivían en ese punto, no hace aún muchos años, algunos pobres descendientes de los aborígenes, que pasaban por brujos entre los pobladores modernos, atribuyéndoles que, como en la cumbre del Gulutrén bailaba el Diablo, subían ellos los sábados a hacer licanes o untos para echarse en el cuerpo y salir volando como los chonchones.
Cuentan que el carpintero de la hacienda de Codao, que era la más grande y próxima de aquellos contornos, se perdía los sábados, de Peumo, y las malas lenguas lo atribuían a que tenía tratos con los brujos. Y en prueba de ello referían que algún tiempo después, queriendo volar él también, subió con los otros brujos al Gulutrén, se echó los untos y diciendo “Sin Dios ni Santa María”, se tiró desde la cumbre y de repente se encontró en el aire volando entre una bandada de chonchones; pero, al pasar por sobre las casas del fundo y divisarlas tan abajo, asustado exclamó: “¡Ave María, que vamos bien alto!”, y en el acto se cayó y se mató. El domingo por la mañana lo encontraron reventado, en medio del camino, frente a las casas[J].{246}
26. LA APARICION DE LA CULEBRA.
(Me lo contó en 1911 el niño D. Juan Pereira, de 16 años, de Cauquenes.)
Un caballero invitó a almorzar a una comadre que pasaba por bruja, y en medio del almuerzo le preguntó si era cierto lo que de ella se decía, y le pidió que si lo era efectivamente, hiciese que le apareciera a él una culebra enroscada en el brazo derecho. La comadre se quedó callada; pero al poco rato el caballero sintió como que se le adormecía el brazo, y poco a poco fué apareciendo una culebra, que momento a momento le estrechaba más el brazo. Entonces el caballero le pidió que la hiciera desaparecer, pero la comadre le dijo que ella misma no podía hacerlo; que tenía que ir a casa de otra bruja, que le indicó; y que llevara de unas yerbas de que le entregó un buen manojo. Fué allá, y la otra bruja le sobó el brazo con el zumo de las yerbas y la culebra fué desapareciendo poco a poco.
27. EL COMERCIANTE CONVERTIDO EN BURRO.
Nicolás Fuenzalida, de 70 años, guardián de la Biblioteca Nacional, me contó, en 1920, en presencia de varios empleados de la misma Biblioteca, que siendo joven de unos veinte años, había sido mozo de un rico comerciante que recorría todo el Sur con una recua de mulas cargadas de mercaderías, y él era uno de los diez o más hombres que lo acompañaban para el servicio y resguardarlo de los bandidos que en aquel tiempo infestaban los caminos; y que una vez que iban de viaje, se alojaron en casa de un campesino acomodado que tenía varias hijas muy hermosas. Comieron bien y se fueron a dormir, el patrón solo, en una pieza cómoda y bien amueblada, y ellos, en el pajar, cuidando de las bestias. Debían continuar el viaje al día siguiente, pero el comerciante no apareció,{247} sin embargo de que nadie lo había visto salir. Esperaron tres días y como el comerciante no pareciera, dieron aviso al Subdelegado, que, mientras tanto, se hizo cargo de las mulas y de las cargas.
Fuenzalida y los demás mozos se fueron cada uno por su lado.
Pasados algunos años, Fuenzalida se encontró en Santiago con su antiguo patrón y le preguntó qué le había sucedido en aquella ocasión. El comerciante le contó que el campesino dueño de la casa en que alojaron, lo había sorprendido a media noche con la menor de las niñas y, en venganza, lo había convertido en burro, porque era brujo; que lo había tenido así seis meses haciéndolo trabajar hasta dejarlo rendido, y todas las noches, antes de irse a acostar, le propinaba una paliza que lo dejaba todo derrengado; que pasados los seis meses, le había dicho:—“Creo que ya estás bien castigado de la falta de lealtad con que pagaste la hospitalidad que te di; pero si quieres volver a ser hombre, tendrás que firmarme una escritura por la que conste que te he comprado y pagado las mulas y mercaderías que todavía están en poder del Subdelegado, y entregues 10,000 pesos a mi hija, como dote; si no, seguirás siendo burro toda tu vida”. No tuve más remedio que aceptar, pues, de haberme negado, todavía sería burro y estaría viviendo a razón de hambre y yéndome a dormir previa una formidable paliza cada noche.
28. EL CABALLERO QUE QUISO APRENDER A BRUJO.
(Referido por D. Francisco 2.º Vásquez.)
Un caballero fue a visitar a un amigo y se quedó a tomar once. Servido el té, el amigo tomó una bandeja, se fué al rincón de la sala y se puso a decir:—“¡Vengan galletas! ¡vengan tostadas!” y aunque repitió estas frases{248} varias veces, la bandeja continuaba vacía. Entonces salió al patio, y el caballero, desde donde estaba sentado, lo veía mover los labios como si murmurase unas palabras. Después de lo cual entró y se dirigió nuevamente al rincón con la bandeja y comenzó a repetir las mismas frases:—“¡Vengan galletas! ¡vengan tostadas!”, y la bandeja, en un instante se cubrió de galletas y tostadas riquísimas; pero muchas de las visitas que había en la casa no quisieron ni siquiera probarlas, por temor de que les ocurriera alguna desgracia.
Cuando se retiraron las visitas, el caballero le dijo a su amigo:—“Quisiera que me enseñaras la manera de conseguir los alimentos que pida”.—“No sólo los alimentos—contestó el amigo—sino todo lo que uno desee. Ven mañana, en la noche, y te enseñaré”. Volvió el caballero al otro día, ya oscuro, y el amigo lo llevó a una pieza apartada de la casa y ahí los dos se desnudaron completamente. El caballero tenía colgado al cuello un detente; el amigo le ordenó que se lo sacara y lo tirara afuera por una ventana, lo que hizo el otro. Esperaron las 12 de la noche y se fueron a un cerro cercano y cuando estuvieron arriba, el amigo balbuceó unas palabras que el caballero no entendió e inmediatamente se vieron rodeados de multitud de animales feroces y alimañas horribles. El amigo se puso a acariciar a un culebrón, que se le enrolló en el cuello, y le dijo al caballero:—“Toma tú el animal que más te guste”. El caballero tiritaba de miedo y dijo a su amigo que mejor no le enseñara el arte de ser brujo porque jamás se atrevería a ejercitarlo. Entonces el amigo murmuró unas cuantas palabras y el caballero se encontró vestido en la puerta de su casa.{249}
29. EL ZAPATERO QUE SE VOLVIA GALLO.
Siendo yo empleado de la Administración principal de Correos de Santiago (1888), desempeñaba el puesto de Oficial 2.º de la misma Administración don Francisco Muñoz Donoso, hermano del canónigo y famoso orador sagrado don Esteban Muñoz Donoso, en cuya compañía, y en la de toda su familia, vivía en la calle de Santa Rosa.
Un día que varios empleados de la oficina hablábamos de los tipos raros de Santiago, Muñoz Donoso nos refirió la curiosa historia de un zapatero que contaba haberse vuelto gallo, y habiendo yo manifestado deseos de oir de boca del mismo zapatero protagonista tan peregrina relación, me llevó a casa del zapatero, que también vivía en la calle de Santa Rosa.
El zapatero era un hombre entrado en años, de gesto alegre y de rostro simpático, a pesar de faltarle un ojo, cuyos párpados se hundían dentro de la cuenca.
Sabedor del objeto de mi visita y a la vista de dos chauchas que deposité sobre su mesa de trabajo, desató la sinhueso, y se lanzó a contarme aquella historia:
“Vivía en esta misma calle, cerca de mi casa, señor, un caballero rico que había perdido su fortuna en las peleas de gallo, a que era extremadamente aficionado. Un día que este caballero me trajo unos zapatos para que se los remendara, se puso a departir conmigo y a quejarse de su mala suerte: ya no le quedaban más de 200 pesos de los muchos miles que había tenido y pensaba jugarlos el domingo próximo apostando a un famoso gallo inglés que debían llevar ese día a la cancha. Yo le dije:—Antes de ir a la cancha, pase, señor, por mi cuarto, yo dejaré la puerta junta para que entre, y en mi mesita de trabajo encontrará una jaula con un buen gallo de pelea; llévelo y apueste cuanto pueda a ese gallo y esté seguro de que ganará. A la vuelta pasa a dejar la jaula donde la{250} encontró, y, al lado, cinco pesos por cada apuesta que gane.
“Llegó el domingo, y yo, señor, que entonces practicaba el arte, me volví gallo y me metí adentro de la jaula. Pasó el caballero, me llevó a la cancha, y despaché con toda facilidad cuatro o cinco gallos, incluso el famoso gallo inglés.
“En cuanto, de vuelta, me dejó en la mesa y se fué el caballero, salí de la jaula y me volví hombre y encontré en el sitio convenido más de cien pesos.
“Al otro día me dijo el patrón que había ganado como 5,000 pesos y quedamos en que el domingo volvería a buscar el gallo. Me volvió a llevar, y como en la vez anterior, maté todos los gallos que me pusieron al frente, y así siguió sucediendo por más de un mes, el caballero llenándose de plata y yo ganando cada domingo entre ciento y ciento cincuenta pesos, de suerte que, como estaba en la pura boya, ya ni siquiera trabajaba. Señor, todo el mundo me agarró miedo y ya no querían apostar en mi contra, porque todos se estaban arruinando. Pero sucedió que una vez, al dar fin a la pelea, un hombre flaco y muy feo, que por primera vez se le veía en la cancha, desafió a mi patrón para el domingo siguiente, diciéndole que él llevaría un gallo que valía más que el de mi patrón y que desde luego le apostaba 20,000 pesos.—“Convenido, le dijo mi patrón”, y tomando la jaula, la dejó en mi pieza con la parte de ganancia que me correspondía. Yo, señor, si le he de decir verdad, cuando oí el desafío de aquel hombre tan feazo, me dió un poquito de susto, pero, cuando llegó el domingo, para criar valor, porque el susto me duraba, tomé un buen trago de aguardiente, me volví gallo y me metí en la jaula. Cuando llegamos a la cancha, ya estaba ahí el hombre flaco, con un gallo macizo, señor, un gallo que era gigante entre los gallos, y renovó su apuesta. Fueron a los 20,000 pesos y nos pusieron a mí y a mi contrario frente a frente.
“Señor, la pelea fué tremenda. Al ver a aquel gallazo{251} tan grande se me picó el amor propio y me hirvió la sangre.—“¡Clo, clo, clo!—dijo mi enemigo después de un buen rato de pelea en que no habíamos hecho más que arrancarnos las plumas, y me lanza tan feroz estacazo en el ojo derecho que me lo vació por completo y casi perdí el conocimiento; pero me sostuvo la rabia y el aguardiente que había tomado, y me le fuí a la carga con todo denuedo; él se defendía también valerosamente, y el espectáculo presentaba tantos atractivos que los jugadores curiosos ni respiraban siquiera. Yo estaba, señor, ciego de la rabia de haber quedado tuerto, y criaba más valor al oir que todos apostaban contra mí.—“Van 20,000 pesos más”, gritaba el hombre flaco.—“Van 20,000 más”, contestaba mi patrón. Creo que entre todos los jugadores apostarían más de 100,000 pesos a favor del otro gallo. El caso es que de tanto pelear estábamos los dos contendientes bien cansados, pero yo veía que el otro estaba más gastado que yo; y picotazo va y picotazo viene, y un espolonazo chingado y otro que se perdía en el aire, pillé a mi enemigo en un descuido y... ¡Clo, clo, clo, clo!... con todas las fuerzas que me quedaban, le atravesé con la espuela la cabeza y lo dejé tendido, muerto. Señor, no se oían mas que las maldiciones de los perdidos, que eran casi todos los que ahí estaban, y la voz del patrón que contaba la plata que recibía y se embolsicaba muy placentero.
“El patrón me dejó al lado de la jaula $5,000, y al otro día, al verme tuerto, me preguntó qué me había pasado. Sólo entonces le conté que era yo el que peleaba convertido en gallo, y le dije que ya no pensaba volverme gallo nunca más. Creo, señor, le agregué, que el gallo que maté era un hombre como yo, y quién sabe si era el Diablo el que lo llevaba.
“El caballero me dijo que como ya había rehecho su fortuna, pensaba no jugar más y así lo hizo. Pero yo, señor, que era joven, que no olvidaba que tantas veces había sido gallo y que me gustaba divertirme, remolí to{252}da la plata, y cuando me quedé sin cobre volví a trabajar en mi antiguo oficio de zapatero.
“Señor, la plata que ganan los brujos no aprovecha, se vuelve sal y agua”.
30. LA ROSA DE LAS MONJAS CLARAS.
En unas misiones que se daban en el Sur de Chile, después de terminadas las distribuciones piadosas, un hombre se acercó a confesarse con uno de los misioneros, y, entre otros pecados, se confesó de que practicaba la magia negra. El sacerdote le dijo que un hombre inteligente no debía creer en tales cosas, que las prácticas de magia eran simples ilusiones diabólicas y que nunca producían nada positivo. El penitente le contestó que no era así y que, si quería comprobarlo, lo pusiera a prueba. El sacerdote aceptó, y le dijo que le hiciera venir una rosa del rosal tal y cual que estaba en tal parte del jardín de las monjas clarisas de Santiago, único de su clase que había en todo el país. El hombre le dijo que estaba bien, que se la traería en una hora y que, para proceder, lo encerrara en una pieza oscura y que guardara la llave. Así se hizo, y el sacerdote, después de cerrar la puerta de la pieza, se guardó la llave. Como tres cuartos de hora después el sacerdote entró a la pieza, y cuál no sería su espanto al ver tendido en el suelo un cuerpo sin cabeza. Repuesto un poco del susto, se propuso hacer una prueba en el cuerpo que estaba en tierra sin movimiento y le enterró en el talón del pie izquierdo un alfiler, pero el cuerpo estaba completamente insensible. Salió, y no volvió a entrar sino una vez cumplida la hora, y si antes fué grande su espanto al encontrarse con un cadáver, cuánto mayor no sería al verse frente a frente del hombre, que, de pie, le ofrecía una rosa, fresca y fragante, y le preguntaba si era de las mismas que le había pedido. El sacerdote, que estaba sumamente admirado, no contestó nada, sino que lo invitó a salir del cuarto. Cuando el hombre se{253} puso a andar, cojeaba y se quejaba. El sacerdote le preguntó qué tenía, y él le respondió que al dejarse caer desde lo alto de la muralla al jardín de las monjas, se había clavado una espina del rosal en el talón y le dolía mucho.—“¿No ves como todo es pura ilusión?—le dijo el padre. No hay tal espina, ni tal muralla, ni nada; el dolor que sientes proviene de un alfiler que yo mismo te clavé en el talón”;—y para demostrárselo, le retiró el alfiler.—“Lo de la espina puede que sea ilusión, repuso el hombre; pero ¿y la rosa? es o no es de las del jardín de las monjas claras? Señor, yo no quiero volver a practicar la magia, y deseo seguir confesándome”. Y terminó su confesión, manifestándose muy arrepentido de sus pecados.
Esta historia se la contó a Francisco 2.º Vásquez su abuelita, quien la oyó de boca del sacerdote que confesó al brujo.
31. EL CABALLERO QUE FUE TRANSFORMADO EN CABALLO Y DESPUES EN PAVO
(Contado en Peñaflor, en 1922, por el maestro carpintero Tránsito
González, natural de Choapa, de 57 años de edad.)
Un empleado de la administración de la hacienda de Panquehue refirió en 1910 a un grupo de trabajadores, entre los cuales se encontraba el maestro Tránsito, que, en una ocasión que fué a Talagante,[K] unos amigos lo convidaron a remoler en casa de unas niñas buenasmozas. El se atracó a una haciéndosele el enamorado, y como no consiguiera la primera noche lo que pretendía, se quedó en la casa unos cuantos días, hasta que salió con la suya, pero engañando a la niña con palabra de casamiento.{254}
“Cuando me volvía—contaba—muy satisfecho de mi hazaña, al atravesar un bosquecito me encontré de repente convertido en caballo”. ¡Caramba!, dije para mí, ¿qué voy a hacer ahora? No es mala la suerte que se me espera si sigo siendo caballo!” Y me metí en el bosquecito, en donde pasé el resto del día y toda la noche.
“Al otro día temprano, unos trabajadores que estaban trillando con yeguas en un campo cercano, tropezaron conmigo, y uno dijo:—“¡Caracho con el caballo lindo! ¿Llevémoslo pa l’era?—Ya ’stá, llevémoslo”. Y lo llevaron.
“Trabajé muy bien, amigos, para que no me azotaran ni me clavaran las espuelas, y todos me miraban con la boca abierta de ver tan bien que lo hacía. En esto llega el capataz de la trilla y pregunta:—“¿De quién es ese caballo?—Lo encontramos en medio de la mancha de boldos que ’stá pu allá arriba, contestó uno.—Suéltenlo, dijo el capataz, no vaya a venir su dueño y nos haga cargos por estar trabajando con caballo ajeno.—Pero si no tiene marca, señor.—No importa; suéltenlo”. Y con gran contento de mi parte me soltaron y me volví para la manchita de boldos, como decían los peones por el bosquecito, no muy ligero, porque, como no estaba acostumbrado al trabajo que me habían obligado a hacer, me sentía muy fatigado.
“Apenas entré al bosque, se me puso por delante la muchacha con que había estado remoliendo, y tirándome un atado de pasto me dijo:—“Toma, pa qui aprendáy a burlarte de las mujeres; yo te volví caballo; cómete ese pasto y mandate a cambiar”.
“Me comí el pasto y en cuanto tragué la última mascada, me volví hombre otra vez.
“Ya era de noche y apreté a correr para el pueblo y en el primer rancho que vi con luz golpeé y salió a abrir la puerta una mujer como de unos veinticinco años, nada mal parecida.
—“Señora, le dije, deme alojamiento por esta noche, porque no sé a dónde dirigirme, y me siento muy cansa{255}do; he perdido mi caballo y ni siquiera sé en qué parte me encuentro.
—“Está a la entrada de Talagante, señor, y por lo que hace a alojamiento, no hay en el rancho mas que esta pieza y no tengo otra cama que la que usted ve”—y me mostraba una pallasa tirada sobre un catre; además, mi marido no está en la casa, pues salió a hacer unas diligencias y no volverá hasta mañana.
—“Señora, permítame que me ponga en un rincón cualquiera; si lo único que deseo es estar bajo techo, y no se moleste por mí.
—“Si no es tan delicado como yo creía, entre, pues, señor.
“La mujer se desnudó y acostó, y en seguida me dijo:
—“Ya sabe usted que no hay más que esta cama, si quiere, venga a acostarse a mi lado.
—“Pero, señora, si aquí estoy bien y no quiero molestarla, si me basta con no dormir al sereno.
—“Venga a acostarse le dicen, y no sea leso.
—“¿Y si llega su marido de repente y me pilla?
—“No sea leso, le digo; mi marido está en Malloco y no llegará hasta mañana con el sol alto.
“¡Qué diablos! la mujer no era fea, y mejor es dormir aunque sea en una pallasa que acurrucado en un rincón. Me desnudé y acosté al lado de la mujer.
“Al otro día, muy temprano, antes que saliera el sol, sentimos que alguien se acercaba cantando al rancho.
—“Es mi marido,—dijo la mujer—¿cómo se habrá venido tan pronto?; pero no importa, vístase ligerito y se mete debajo del catre.
“Apenas me había escondido en el lugar que me dijo la mujer, entra el marido y la mujer le dice:
“—Anda a buscarme leña, Manuel, para hacer lueguito una cazuela, porque he amanecido con antojo.
“Y mientras Manuel iba por leña al sitio, la mujer dijo unas cuantas palabras que no entendí y me volví pavo, y me echó para el corral, donde había muchos otros toda{256}vía en su dormidero. Me subí como pude y me metí entre las demás aves, cuando oigo a Manuel que pregunta a su mujer:
—“¿Y ese pavo tan grandazo y tan gordo?
—“Es de la vecina y debe haberse pasado ayer en la tarde.
—“Matémoslo pa que no sea intruso y comimos cazuela ’e pavo con chichoca, ¿qué te parece, Juana?
—“Ya ’sta—contestó la mujer y tomando un palo le asestó un feroz garrotazo al pavo que estaba a mi lado, que cayó redondito al suelo.
“Para qué les cuento mejor el susto padre que pasé, porque, la verdad, creí que la Juana me iba a dar el garrotazo a mí.
“Poco después dijo la mujer a Manuel:
—“Anda a pedirle a mi comadre Mercedes que me dé un poco de chichoca, porque se ha acabado la que teníamos.
“Salió Manuel y la Juana aprovechó el momento de ausencia de su marido para volverme hombre, y me dijo:
—“Váyase ligerito por este camino, y que le vaya bien.
“Y aquí me tienen ustedes que por cierto nunca se habrían figurado que yo he sido caballo y pavo.
—De lo último tuavía le quean rastros, dijo un trabajador por debajujo.
—Y de lo primero también, dijo despacito otro trabajador, porque no hace mucho tiempo me dió a mí una media patá que me dolió tanto como si el patrón tuviera herraúras tuavía; y too porque le contesté.
ILUSIONES
32. EL CABRO DE LA CALLE DE BUERAS
(Relatado en 1912 por el niño D. Enrique Alfaro, de 17 años, de Santiago.)
En la calle de Bueras, de Santiago, había, hace años, una higuera, y de entre sus raíces salía todas las noches un cabro que se paseaba de un extremo a otro de la calle.{257} Un carnicero, que se llamaba Alejo y vivía en una casa situada cerca de la higuera, siguió una noche al cabro y lo alcanzó; pero, aunque le dió muchas cuchilladas, no le hizo daño, porque era pura ilusión.
33. LA NIÑA DE LOS GRANDES OJOS.
(D. Francisco 2.º Vásquez, 1911.)
Una noche iban dos jóvenes un poco chispos por la calle del Galán de la Burra (actual calle de Erasmo Escala, de Santiago) y divisaron, como a media cuadra, a una niña muy hermosa, con unos ojos que brillaban como luces, y a medida que se acercaban a ella, le veían los ojos más grandes; y tanto le fueron creciendo, que al llegar no vieron ni cara ni cuerpo, sino dos enormes ojos que los miraban fijamente. Los jóvenes, huyeron despavoridos, rezando en voz alta.
Se cree que todo fué simple alucinación, producida por la embriaguez.
34. LAS SOMBRAS.
(D. Francisco 2.º Vásquez, 1911.)
Una noche de luna, un caballero tuvo que emprender un viaje de Talca a Pelqui, y para llegar a su destino debía atravesar una montaña a caballo. Al penetrar en ella, el caballo se detuvo espantado, porque debió ver, como vió el jinete, un cadáver tendido en el suelo, no muy lejos, con los brazos abiertos. El caballero también se asustó y para vencer el miedo clavó las espuelas al caballo y lo dirigió derecho hacia el cadáver. Al llegar cerca de él, pudo darse cuenta de que lo que había tomado por un muerto era el tronco de un árbol que el tiempo había derribado; con lo que desapareció todo temor y siguió tranquilo su camino.{258}
A poco andar, ve pasar algo extraño por entre los árboles, y el caballo vuelve a detenerse: era un león. Prepara el viajero un trabuco que llevaba consigo, que era el arma que se usaba en aquellos tiempos, y después de disparar, ve que lo que le había parecido un león era la sombra que proyectaba la cumbre de un cerro vecino.
Cuando concluyó de pasar la montaña y entró al valle, le sale al encuentro una viuda,[L] a caballo, que sigue el camino a la par de él. El caballero le dirige la palabra, pero ella no le contesta. Después de avanzar largo trecho, en silencio, uno al lado del otro, la viuda deja su caballo y de un salto se sienta al anca de la cabalgadura de su compañero, que intenta tomarla, pero no encuentra a nadie.
Adelanta el caballero en su camino, y a poco andar ve que se eleva de la tierra algo como una nube; fija su atención y ve que es un fantasma. Temeroso del peligro que pudiera acarrearle tal encuentro, huye a toda rienda, y el fantasma detrás. Por suerte, en su carrera desenfrenada, tropieza con una choza, en la que se mete con caballo y todo.
En ese momento empieza a amanecer y con la claridad del día se desvanece todo temor; pero la impresión de lo que le había sucedido le duró mucho tiempo al caballero.
MALDICION
35. EL RISCO DEL ARRIERO
(1910).
En el cerro de las Petacas, departamento de Colchagua, hay un risco muy grande que tiene una mancha amarillenta que representa a un arriero que tiene una mula a su lado. Dicen que en tiempos antiguos, un fraile salió, en ese sitio, a pedir limosna a un arriero que con{259}ducía una mula con una carga de plata, y no sólo no le dio nada, sino que lo injurió. El sacerdote lo maldijo, y tanto el arriero como la mula quedaron incrustados en la piedra.
En otro risco que está cerca, se ve otra mancha amarillenta, que semeja la figura de un fraile.
TESOROS
Informaciones:
I.—Los entierros están siempre en pailas de cobre y a los pies de un boldo o de una patagua. En la noche, entre 7 y 8, salen candelillas del punto en que está oculto el tesoro.
II.—Cuando se encuentra un entierro, se toma de él nada más que una moneda, que se guarda sin gastarla, durante un año. Transcurrido el año se puede sacar lo demás. Al hallar el entierro, se deben mandar decir cinco misas por el alma del que fué dueño del tesoro.
36. EL ENTIERRO DEL NARANJO
(Referido en 1911, por D. J. Andrés González, de 55 años, de Santiago.)
En 1890, más o menos, en una casa situada en la calle de la Recoleta, de Santiago, frente a la iglesia de este nombre, en la cual vivió y murió un clérigo, habitaba un hombre que se llamaba Pedro (el informante no se acuerda del apellido), que tenía una tienda en la misma casa, y a su servicio un muchachito como de 12 años. Una mañana encontró el dicho Pedro al muchachito tendido en el patio, sin conocimiento; después de hacerle algunos remedios, volvió en sí, pero muy asustado. El patrón le preguntó qué le había pasado, y aunque haciéndose mucho de rogar, contó al fin que en la noche salió a hacer una necesidad y cuando volvía vió en el patio, debajo de un naranjo, a un clérigo que le dijo que ahí mismo había dejado una gran cantidad de plata enterrada. Pedro dijo al muchacho que habría soñado y que{260} no hiciera juicio de leseras. Al día siguiente le pagó el sueldo de un mes, le ordenó que se fuese a medicinar a su casa y que no volviera hasta que estuviere bien bueno.
En la misma noche el hombre se puso a cavar, y efectivamente encontró un entierro. Realizó su negocio y se fué para el campo a trabajar en tienda y despacho.
De la plata que encontró debajo del naranjo, nada gastó hasta pasado un año, pues, de otro modo, la habría perdido toda.
Fué muy rico, pero se botó a tunante y no pasó de una modesta medianía.
37. LOS DOS VIAJEROS
(Contado por D. Francisco 2.º Vásquez, en 1911.)
Dos hombres habían salido a hacer una excursión a pie, y después de mucho andar se extraviaron y rendidos de fatiga se recostaron en la tierra, a la sombra de unos árboles. Uno de los excursionistas se quedó dormido casi inmediatamente, pero el otro no pudo cerrar los ojos y se sentó a fumar un cigarrillo. Mientras fumaba, miró a su compañero, que seguía durmiendo como un ángel de Dios, y se extrañó sobremanera de ver que de su boca salían unos como globitos de colores que se desvanecían en el aire, pero de repente salió uno mucho más grande que los otros que se elevó un poco y después siguió en dirección hacia el oriente, rodeado de unos cuantos jotes que lo acompañaban dando manifestaciones de alegría. Esto le llamó mucho la atención y, levantándose, siguió al globo y a sus acompañantes, los cuales no se detuvieron sino al llegar al pie de un peñasco situado en la falda de un cerro cercano, debajo del cual se introdujo el globo. El hombre dejó una señal y volvió a reunirse con su compañero, que todavía dormía. Para despertarlo, lo remeció fuertemente; pero fué menester repetir tres veces la operación para que produjera resultado. El dormilón, al{261} despertar, dijo a su amigo:—“Soñaba un sueño muy lindo: que iba por un camino y me encontraba con unos amigos que me recibieron muy alegremente y me dijeron que me iban a regalar un tesoro; cuando tú me despertaste, me llevaban a mostrármelo”.
El amigo escuchó la relación, y en seguida condujo a su compañero al pie del peñasco y sin contarle lo que había visto, lo invitó a que lo acompañara a cavar en el lugar en que había visto desaparecer el globo de color, y, como lo esperaba, a las pocas azadonadas, tropezaron con una gran paila llena de onzas de oro.
Sólo después de repartirse el tesoro entre los dos, contó el que había estado en vela a su amigo dormilón todo lo que había visto.
38. EL CLERIGO
(Contado por D. Francisco 2.º Vásquez, en 1911.)
Hace tiempo, nadie se atrevía a pasar por unos callejones que hay cerca del río Putagán, porque de improviso, sin que supieran de dónde salía, se presentaba a los transeúntes un sacerdote y, aunque nada les hacía, se apoderaba el miedo de ellos y volvían pie atrás, huyendo despavoridos.
Una vez un hombre que tenía que ir a dejar unas cargas de trigo a un lugar vecino a donde se podía llegar por esos callejones o por otro camino, dijo que iría por los callejones y que se reía del sacerdote que contaban se aparecía y que no le importaba nada aunque le salieran todos los curas y frailes de la tierra, que para defenderse de ellos le bastaba un cuchillo que llevaba, de una media vara de largo; y aunque su mujer y sus amigos le rogaron que no hiciera tal, él partió para los callejones.
Pocas cuadras había andado por ellos, cuando se le aparece el sacerdote y se le pone por delante; pero nuestro hombre saca su cuchillo y la emprende contra la apa{262}rición. El cura vuelve cara y toma la fuyenda y el hombre le sigue de atrás blandiendo su arma, aunque sin lograr alcanzarlo. Improvisamente el clérigo desapareció por entre unos matorrales, sin dejar huella alguna; pero como el hombre vió el lugar por donde el sacerdote se hizo humo, se puso a cavar la tierra con el cuchillo, que de pronto tropezó con un cuerpo duro, hasta que dejó descubierta una gran tinaja que destapó y vió que estaba llena de monedas de oro y plata. Entonces fué a buscar las cargas de trigo y, vaciándolas, llenó los sacos de monedas y se volvió a su casa.
Cuando llegó era ya de noche y le dijo a su mujer que encendiera luz.
—No hay mas que un cabito de vela—le dijo ella.
—Enciéndolo—le contestó el marido.
Lo encendió ella, y él entró los sacos y los vació en medio de la pieza. La mujer, cuando vió tanta riqueza, casi se desmayó, y dijo al marido toda asustada y llorando:
—¿Qué has hecho, desgraciado? ¿Dónde has robado toda esa plata?
El marido la tranquilizó contándole cuanto le había sucedido.
Hizo aún dos viajes más y llegó a ser el hombre más rico de su tierra. Vive todavía en Chillán.
EL DIABLO
39. EL NIÑO DENTUDO
(1910.)
Yendo un inquilino tranquilamente por la orilla de una cerca, sintió unos vagidos que salían de un matorral; se acercó a él y entre las malezas vió a un hermoso niño, al parecer de pocos meses, al que tomó en sus brazos y acarició; sonrióse la criatura, y como al sonreirse entreabrie{263}ra la boca, alcanzó el campesino a divisar en las encías unas cosas blancas como dientes. Admirado, le dijo:—“¡Conque tiene dientes, m’hijito!”—“¡Y grandazos!”, le contestó el pequeñuelo. Y efectivamente, vió el hombre que de la boca del niño salían unos dientes descomunales. En esto conoció que lo que él había tomado por una guagua era el Diablo en persona, y asustado, lo disparó lejos, exclamando “¡Ave María Purísima!”, y el Diablo, en el mismo instante reventó, dejando en su lugar, como es de cajón, un humo denso con fuerte olor a azufre.