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El Campesino Puertorriqueño / Sus Condiciones Físicas, Intelectuales y Morales, Causas que la Determinan y Medios Para Mejorarlas

Chapter 19: CONDICIONES MORALES.
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About This Book

Un estudio médico y social del campesinado puertorriqueño que describe sus condiciones físicas, intelectuales y morales, analiza factores ambientales, étnicos e históricos que las determinan, y examina cómo clima, suelo, higiene, nutrición, educación y organización socioeconómica influyen en su situación. Presenta observaciones etnológicas y datos empíricos, identifica deficiencias en salud pública y formación cultural, y considera causas tanto biológicas como sociales. Concluye proponiendo medidas prácticas para mejorar la salud, la educación y las condiciones materiales del campo mediante intervenciones sanitarias, pedagógicas y agrarias orientadas al bienestar y al progreso de la población rural.

"Puse en tu puelta un letrero
Y el letrero dise así:
—Pasajero, pasajero,
Cuando pasej por aquí,
Si no quierej sel cautibo
Pasa sin miral siquiera;
Yo miré una vej, y bibo
Ejclabo jajta que muera."

Galano requiebro que por su concepto es digno de la dama de más delicado gusto.

Bien expresan los siguientes cantares la intensidad del sentimiento amoroso:

"Nunca me digaj adioj
Cuando pol la caye baj,
Que parese que me disej
Adioj para nunca maj."

"Si doblasen laj campanaj,
No preguntej quién murió:
Ausente de tí, mi bia,
¿Quién puée sel si no yó?"

La pertinacia del amor verdadero se pinta en el siguiente cantar, no ménos naturalmente que los afectos expresados en las cuartetas anteriores:

"Buscando boy pol la Ijla
Quien quiera haselme un fabol:
Ajrancal de mi memoria
El recueldo de tu amol."

Bella cuarteta es esta en la que el poeta utiliza la perífrasis, para advertir á una novia cuyo galán no parece serle muy fiel:

"Quítate de esa bentana,
No le baya á jasel daño
Á la flor de tu ilusión
El biento del desengaño."

Lo exclusivo del afecto amoroso y el desprecio de la vida, de que suelen hacer gala los enamorados infelices, unas veces de veras, otras pro fórmula, palpitan en estos cantares:

"Ayá bá mi corasón,
Abrele con esa yabe,
Y veraj si dentro del
Sólo tu recueldo cabe."

"Dejde que pagaj mi amol
Con el odio y el dejden,
Boy bujcando una dolama
Que me mate de una vej."

"Si me quieres dimeló
Y si no dame beneno,
Que no es el primer amol
Que le dá muelte á su dueño."

También sabe expresar en sus cantares cierto pesimismo irónico, del que hay frecuentes casos en la poesía popular española: véanse estos dos ejemplos:

"Si quierej ejtal contento
Manda compral, buen amigo,
Un quintal de indiferiensia
Y dos arrobaj de olbido."

"El honol es un tesoro
Del que lo sabe gualdal,
Lo he bijto cambial pol oro
Ejto no se ha de admiral."

Epígramas hay, como el siguiente, que velando de un modo conveniente la idea, hieren sin embargo donde se propuso el autor:

"Disen que tienej un nobio;
Disen que le quieres bien;
Disen que disen que yoraj,
Pero no disen pol qué."

Otros son más transparentes y desenfadados, como de ellos es ejemplo el que sigue:

"Esoj seloj de tu amante
Me dan ganaj de reil.
¡Pobresito del que pasa
Por onde han pasao mil!"

Manifestación, algo fanfarrona, del sentimiento patrio, avivado con motivo de las invasiones inglesas, de que nos habla nuestra historia provincial, es el cantar que dice así:

"¿De qué le bale al ingléj
El ponel tantaj trincheraj,
Si sabe que Puerto Rico
Tiene lanchas cañoneraj?"

Basta con lo expuesto para dejar demostrado que, á pesar de ser pobre el desarrollo intelectual del jíbaro, este infeliz anémico mantiene vivo, allá en su alma, el culto de la poesía, y puede y sabe sentir la belleza y producirla á veces.

Para terminar, y por tratarse de otra forma de expresión poética, diremos que los cuentos de los jíbaros adolecen de exceso de fantasmagoría y no se encuentra en ellos cosa que llame la atención. Duendes, pájaros de mal agüero, varitas de virtud, transformaciones milagrosas, tránsitos repentinos, sin que intervengan el esfuerzo propio, de la miseria á la riqueza; nada, en una palabra, en los que conocemos al ménos, que por este concepto revelen valor intelectual.

Digamos algo, aunque brevemente, acerca de los instrumentos musicales campestres: la maraca, especie de sonaja de orígen indio, que por su nombre y por el ruido que produce, podría compararse con la matraca, tosco y primitivo representante del instrumental de casi todos los pueblos no civilizados; el güiro, desapacible instrumento para oidos no acostumbrados al guachapeo seco que ocasiona el raspear sobre su lineada superficie; y algunas derivaciones de la guitarra y de la bandurria, es cuanto en el particular se ofrece á nuestra consideración. Son estas derivaciones: el tiple, guitarrillo de cinco cuerdas, que ofrece la inexplicable particularidad de tener la prima y la quinta iguales, lo que dá lugar á una combinación anómala de sonidos; el cuatro, que tiene cinco cuerdas dobles, colocadas de dos en dos, se templa como la bandurria y se toca como esta; la bordonúa lleva seis cuerdas, y la vihuela hasta diez, pues en esto entra por mucho el capricho del constructor. Ninguno de estos instrumentos obedece en su construcción á una idea artística racional; el poco valor material de ellos hace que sólo los construyan los mismos jíbaros, quienes la mayor parte de las veces se valen de útiles poco apropiados. Sería interesante señalar el proceso de desviación que en esta provincia han seguido los citados instrumentos nacionales de cuerda; en ellos subsiste la idea que preside á la construcción de guitarras y bandurrias; pero la carencia de utensilios para fabricarlos iguales á los modelos que de la Metrópoli trajeron los españoles, ha debido influir en la imperfección de aquellos.

Imperfectos y todo se pueden ejecutar en ellos tocatas agradables. Manos hábiles saben arrancar á tan toscos instrumentos musicales airosas melodías, sin embargo de que debe de ofrecer serias dificultades, cuando ménos, el producir con ellos modulaciones. Hay tocadores que con una maestría sorprendente, hacen verdaderos alardes, produciendo, sobre todo con el cuatro, inesperadas melodías.

Acompañándose con estos rudos instrumentos, canta el jíbaro sus languidísimas coplas eróticas, ó sus animados villancicos durante la época de aguinaldos.

Orquesta tan menguada basta al jíbaro para sus bailes, de los cuales, algunos es lástima que vayan cayendo en desuso. El seis, así llamado acaso en recuerdo de los seises que bailaban delante de los altares, según un rito cristiano ya olvidado, es un baile de figuras, de cierto donaire, que es sensible vaya perdiendo sus reminiscencias de la antigua danza, de figuras como la española, hoy sustituida por el merengue sensual, al que también se ajusta el seis. El sonduro, las cadenas, caballos, puntillanto, fandanguillo, y tal vez algunas otras variedades que nos son desconocidas, van quedando relegadas al más injustificado olvido.

El baile llamado caballo, exije que los bailadores den vueltas vertiginosas de vals; en el sonduro el zapateo ha de ser fuerte, tanto, que á veces los bailadores solían poner chapas de hierro al calzado para hacer más ruido; las cadenas son un baile de combinaciones muy bonitas y de música linda, que se asocia al canto; el puntillanto es una especie de zorcico zapateado, de una música agradable en sumo grado: parece una combinación de los compases ternario y cuaternario, de un efecto bellísimo. También es danza de figuras que apénas se conoce ya en algunos barrios del interior.

La danza moderna tiende á anular todos estos bailes; en sociedad se anularon los de figuras; y en los campos va sucediendo lo mismo con perjuicio de los caractéres propios del baile; porque en último término éste, aparte de ser un ejercicio plausible, tiene su aspecto espiritual. Ha servido para expresar por medio de la música los sentimientos más elevados: el religioso, el del amor, el guerrero; hoy sólo expresa la pasión amorosa, pero representada por medio de la moderna danza, resulta algo brutal. En la danza de figuras la pantomima desarrollaba el proceso amoroso más lógicamente; las parejas colocadas unas frente á otras, se saludaban, paseaban, se daban las manos, y por último, después de varias figuras, llegaba el baile íntimo, por vueltas de vals. En el merengue todo preliminar está casi abolido; el caballero invita á la dama y en seguida se establece la intimidad de un abrazo, que por cierto dura largo tiempo, sin que apénas esfuerzo físico distraiga la atención; porque para bailar la danza no es preciso ejecutar movimientos que, cansando el cuerpo, aparten del baile toda voluptuosidad posible, sobre todo hallándose la pareja solicitada por una música de languidez dulce y predisponente.

No queremos decir que esto ocurra siempre que se baile la moderna danza; pero no puede desconocerse el peligro de la posibilidad. Es posible bailar inocente y correctamente el merengue, pero en este baile se reunen una porción de circunstancias, contra las cuales es bueno estar prevenido; si al baile hay que concederle título de utilidad, es á condición de que en vez de enervar produzca sano placer. Báilese la danza en hora buena, pero no tan exclusivamente que ella anule á otras danzas más bellas y espirituales.

El baile, considerado como arte recreativo, tiene entre los jíbaros escasa representación: entre los niños, la gallina ciega, la peonza, el hoyuelo, los volantines y otros juegos propios de la infancia. Entre los adultos las bochas, bolos, algo en desuso. Sensible es que no exista ningún juego que ejercite el sistema muscular del campesino; el juego de pelota, que por ser nacional y haberse usado también entre los indios, debía existir, nadie lo juega; en cambio los gallos y los juegos de azar, de los que trataremos oportunamente, dominan al jíbaro.

Los juegos de carnaval conservan aun en nuestro pueblo el carácter que tenían en España en el siglo XVII. Enharinamientos, pintarrajeos, mojaduras, lanzar cascarones de huevos, á guisa de proyectiles, sobre los transeúntes, es lo que constituye nuestra diversión en Carnestolendas; manera de divertimiento enojosa y poco culta por cierto.

Como ha podido apreciarse por esta breve reseña, existen algunas buenas disposiciones naturales, sobre todo en el jíbaro descendiente de la raza blanca, de cerebro bastante bien organizado, para que, desarrolladas dichas aptitudes, mejoren las condiciones intelectuales del grupo rural; como hasta ahora nada se ha hecho para procurarlo, lo mismo el campesino de filiación caucásica que el de orígen africano ó mixto, vegetan más que viven en cuanto se refiere á la vida de la inteligencia; la fuerza intelectual sólo existe latente. Nuestro campesino es capaz de ser educado por medio del estudio, pues tiene disposiciones muy favorables para ello; pero estas facultades permanecen estériles por falta de instrucción y no por incapacidad para la educación. Á cada paso podemos comprobarlo en niños nacidos en los más humildes bohíos, que han alcanzado un desarrollo intelectual sobresaliente, cuando se les ha llevado oportunamente á la escuela.


CAUSAS DE SU ESTADO INTELECTUAL.

La investigación histórica nos enseña que las generaciones que precedieron á la nuestra muy poco pudieron legar de cuanto la vida del espíritu necesita para su desarrollo; circunstancia que explica el retraso general de Puerto Rico, y que á su vez constituye una causa eficiente del escasísimo progreso que hallamos en el grupo rural.

Sabido es que nuestra Isla, corno toda la América, debe su vida moderna á la conquista. Por una parte hombres de armas y por otra aventureros echaron los cimientos de esta sociedad. Ni los unos ni los otros se preocuparon del porvenir intelectual del país, ni era la ocasión de que tales ideas surgieran; los hombres de letras no coexisten de ordinario con los conquistadores, y no eran los guerreros de aquella época personas tan ilustradas que se cuidasen de algo más que de domar la fiereza de los indios, que luchaban como podían para rechazar la invasión extranjera. La anécdota de Pizarro y el Inca Atahualpa, si no dá la medida exacta de la instrucción de todos los conquistadores, nos pone en autos de que no precisaba saber leer para dominar un vasto imperio. Es verdad que las comunidades religiosas enviaron á estas tierras personas ilustradas, y que trajeron la nota humanitaria y un principio civilizador distinto del generalmente adoptado; pero por lo común, creencias muy estrechas y el exclusivismo de la época determinaban en el espíritu de los misioneros la idea única de convertir á la fé católica los salvajes.

El incremento de esta sociedad se hubo de resentir de tales circunstancias de orígen, y también de la poca importancia que Puerto Rico tenía con relación á otras colonias, pues es claro que esta isla si no acogía en su seno lo peor, indudablemente tampoco recibía lo más florido de la emigración española; y aunque los tiempos no eran á propósito para que la Metrópoli nos enviase grandes luces, pues ella misma no poseía un gran caudal de cultura,—entre otras causas porque el pensamiento estaba esclavizado por la intransigencia,—es muy probable que las personas que huían de la Península, porque su desarrollo intelectual era incompatible con la época, al emigrar buscaran, para establecerse, los mejores territorios de los países descubiertos. Por lo demás, como dice G. G. Courcelle-Seguin, "la libertad de pensar, proscrita en España, no podía hallar refugio en las colonias españolas.... El letargo de las inteligencias pesaba necesariamente sobre la industria, alimentaba las preocupaciones hostiles al trabajo y hacía imposible todo progreso económico."

Los colonizadores de los primeros tiempos, guerreros, catequistas y aventureros, no trajeron, pues, á esta colonia los elementos de una civilización tan completa que hiciese injustificado nuestro atraso. Ocupó su ánimo la idea de dominar y convertir á los indios primero, y luego, cuando las exploraciones del suelo descubrieron su riqueza en metales preciosos, la explotación de las minas; las ciencias y las artes estaban fuera de su lugar. La misma agricultura permanecía olvidada. ¿Quién siembra cuando la tierra produce directamente el precioso metal? Más tarde, estando las minas ya flacas, la tierra, aun vírgen, daba de sí, sin necesidad de arañarla siquiera, sávia bastante á las semillas para que las plantas alcanzaran vida exuberante, y los pastos naturales sobraban para que el ganado se multiplicase de un modo fabuloso. Todo conspiraba á que la vida intelectual durmiese.

Sucédense largos años durante los cuales la enseñanza primaria apénas existe en Puerto Rico, y en la misma Península es deficiente, á tal extremo que—refiriéndose al año 1838—ha podido decir el esclarecido Don Eduardo Benot en una conferencia dada en el Ateneo de Madrid, acerca del ilustre literato D. Alberto Lista, lo siguiente:

"Yo aprendí en la escuela mejor de Cádiz donde sólo me enseñaron (es verdad que muy bien) á leer, escribir y contar. ¿Y sabéis por qué era esa escuela la mejor? Porque en ella se enseñaba el carácter de letra inglesa y además los quebrados comunes y las fracciones decimales....... ¿Geografía? ¿Historia? ¿Física? ¿Química? ¿Historia natural? ¡Oh! eso no había donde aprenderlo. Este era el estado de la enseñanza en Cádiz, entónces indisputablemente la ciudad más culta de toda la Península..."

De Puerto Rico cuanto digamos es poco, relativo á esta materia; el año 1765 informaba al Gobierno el General señor Conde de O'Reylly diciéndole:

"Para que se conozca mejor cómo han vivido y viven hasta ahora estos naturales, conviene saber que en toda la Isla no hay más que dos escuelas de niños, que fuera de Puerto Rico y la villa de San Germán pocos saben leer..."

La instrucción, sin embargo, no mejoró en seguida como era de esperarse después de este tristísimo y desconsolador informe oficial. Dos interesantes "Memorias," justamente premiadas por este Ateneo, nos permiten apreciar la lentitud con que la enseñanza ha progresado en esta tierra. En una de ellas, trabajo excelente por muchos conceptos de nuestro querido amigo y compañero el doctor Don Martín Travieso y Quijano, encontramos este párrafo que no podemos ménos de transcribir:

"Triste, muy triste, verdaderamente desconsolador es el pasado de la instrucción en Puerto Rico. El ánimo se contrista al ver, que cerca de tres siglos habían transcurrido desde el descubrimiento de esta Antilla por el inmortal Cristóbal Colón en 1493, y apénas si la instrucción había sido planteada en este territorio, no había dado señales de vida, nadie había pensado en los inmensos beneficios que se derivan de ella."

En el otro luminoso trabajo, debido á la pluma de nuestro colega y buen amigo el doctor Don Gabriel Ferrer, vemos que: "en Diciembre de 1864, esto es, un año y medio ántes de publicarse el Decreto orgánico anterior, reciban enseñanza primaria en las Escuelas públicas, los siguientes alumnos:

Niños 2,840.
Niñas 1,347.
Total 4,187 alumnos."

Por entónces la Isla tenía seguramente más de medio millón de habitantes, pero un cálculo basado en esta cifra nos dá sólo un 8,374 por 1,000 habitantes que recibieran instrucción, estando ya bien pasada la mitad del siglo de las luces.

Añádase que hasta esa época no todos los profesores dedicados al magisterio tenían una aptitud indiscutible, y nos daremos cuenta de cómo no podía ménos de ser mala la instrucción en los campos de la Isla, ya que la general adolecía de tantas deficiencias.

En nuestros dias las cosas relativas á la educación han mejorado por fortuna; el progreso iniciado con la reglamentación de la instrucción primaria en 1838 se acrecienta desde 1875 con el impulso que le dieron el señor Marqués de la Serna primero y luego el señor Conde de Caspe. Desde entónces se comprueba un aumento considerable de alumnos en las escuelas, que también han aumentado; pero ese poder civilizador del maestro de escuela no resulta todo lo eficaz que debiera en los campos, á causa de la falta de grupo de población, pues los jíbaros viven, como es sabido, diseminados por nuestros hermosos campos, dificultando la enseñanza y siendo esto mismo otra causa de la pobreza de cultura de los campesinos.

Aparte de esto conviene hacer constar que hasta aquí se ha trabajado más por la instrucción de los varones que de las niñas, y que las escuelas de adultos en los campos son desconocidas, circunstancia que seguramente contribuye á retardar la reforma intelectual de los habitantes de nuestros campos.

Como se vé, las causas principales del atraso señalado proceden de dos fuentes: una de ellas de los orígenes mismos de la sociedad en que vivimos; otra, del abandono en que se ha tenido la instrucción primaria, y acaso de su defectuoso encauzamiento.

Tales circunstancias han actuado, como es natural, más principalmente sobre la clase ménos atendida, la rural.

Concretándonos ahora á los trabajos agrícolas, el atraso lo hallamos determinado al propio tiempo por motivos especiales.

"Los primeros colonos españoles—dice el ántes citado Courcelle—no tenían práctica de la agricultura. Así no sólo la sociedad no contenía ningún elemento de progreso agrícola, sino que el punto de partida de la agricultura era más atrasado que el cultivo europeo contemporáneo."

Sentado esto, no podía esperarse un rápido progreso de la clase rural. El desconocimiento de las prácticas agrícolas, se hubo de suplir con el buen juicio de los improvisados agricultores; la experiencia trasmitida de padres á hijos hubo de crearlas; de aquí que aún hoy sea infantil nuestra agricultura. Fijémonos en uno de los instrumentos agrícolas más usados por nuestro jíbaro: el machete. No se puede ocultar que ántes que otra cosa parece un arma de guerra: y en efecto, arma debió ser en un principio y no apero de labranza.

Los primeros colonos, que no eran agricultores precisamente, cuando se dedicaron al cultivo copiaron á las indias; las veían escarbar con un palo puntiagudo la tierra para sembrar y arrancar las raices, y ellos para hacer lo propio se valieron de su espada, que también les servía para cortar ramas, etc. Después la espada se fué acortando y modificando para ajustarse al nuevo oficio á que se destinó, hasta adquirir su forma actual; pero todavía conserva rasgos característicos de su primitivo uso, y aun llevan el machete al cinto los campesinos como debieron llevar los soldados su espada en todas ocasiones.

Otro motivo de atraso agrícola depende de la clase de cultivo adoptado cuando se introdujo la caña de azúcar. Al principio, cuando se podía disponer de todas las tierras de la isla, el cultivo extensivo era lo natural. Después, así que la propiedad limitó la porción de terrenos comunes, y en la época en que el precio del azúcar despertaba la ambición de los hacendados de caña, proporcionándoles fortunas fabulosas, el deseo de poseer mucho terreno, sin mirar si podía ó no cultivarlo, era, hasta cierto punto, lógica pretensión en el propietario, que no conocía otro medio de sacar mayor producto á su predio sino aumentándolo en extensión. Como para cultivar la caña son mejores las tierras de las llanuras, los propietarios ricos fueron desalojando, como pudieron, á los jíbaros y llevándolos á los terrenos quebrados, en los cuales las condiciones topográficas dificultan el empleo de los instrumentos de labranza perfeccionados, que de ordinario se usan en los llanos.

Claro es que por su parte el hacendado, ateniéndose á las grandes extensiones de terrenos, descuidó el conocimiento de los abonos, el estudio de los arados, etc. y no enseñó á sus braceros nada capaz de despertar en ellos ideas nuevas en el cultivo de la tierra; de modo que por ninguna parte encontró la clase jornalera de nuestros campos luces que dirigieran sus pobres conocimientos agrícolas. Á todo esto, ténganse en cuenta las dificultades de comunicación que había con la metrópoli, la prohibición de tratos comerciales con el extrangero, el aislamiento de los habitantes de esta isla entre sí, y se comprenderá que la industria, las artes y todo haya llevado una vida lánguida en esta provincia.

Estos casos explican cómo el jíbaro copió la casa y el mobiliario del indio, y hasta el vestido mismo, puesto que este consiste en la menor cantidad posible de ropas compatible con el pudor natural y con el calor del clima, viniendo á darse el desgraciado caso de que si el europeo dominó la tierra y destruyó la raza que en ella vivía, el espíritu de ésta ha persistido hasta nuestros dias en muchos particulares, como una dominación póstuma sobre los hijos de los dominadores que, faltos de escuela, han tenido sus facultades enteramente dormidas, viviendo en una ignorancia crasa, incapaz de producir ningún género de progreso, como hemos podido apreciar en el presente análisis.


MEDIOS DE MEJORAR SUS CONDICIONES INTELECTUALES.

Cultivar las facultades intelectuales, instruir: hé aquí el gran afán de los pensadores modernos; hé aquí el único medio de mejorar, mejor aun, de cambiar favorablemente las condiciones intelectuales de la familia rural borinqueña.

La enseñanza: esa es la palanca que ha de remover la ignorancia del campesino. El maestro de escuela: ese es el que ha de aplicar el remedio al mal que lamentamos. El gobierno es el llamado á interesarse sinceramente en el progreso de la educación. Le debe esta reparación al pueblo puertorriqueño; tiene con él contraída una deuda intelectual, y sólo puede pagársela favoreciendo por todos los medios la enseñanza; factor el más poderoso de la educación individual y social de nuestra época.

"Si la enseñanza primaria es necesaria á la niñez, si es un hecho indiscutible que un pueblo se encontrará más próximo á su perfeccionamiento cuanto mayor sea el número de sus indivíduos que adquieran los rudimentos del saber, es indudable que por esta sóla circunstancia el nuestro se encuentra todavía muy distante del término deseado."[9]

El mal está terminantemente expresado. El remedio lo precisa otro autor en las siguientes líneas:

"Abandonemos la indiferencia que nos consume. Hora est jam nos de somno surgere. Pidamos luz, pero pidámosla ámplia como la del sol que ilumina con sus rayos todo el organismo universal. Procuremos que luzca sus facetas el diamante pulimentado, mas sin despreciar por eso el cuarzo modestísimo. La suntuosidad del mármol no aminora la utilidad de la arcilla. Rindamos culto á la ciencia en sus más supremas manifestaciones, pero no olvidemos que las escuelas elementales son aun una palabra hueca para la mayoría de nuestra población. Solicitemos que esas escuelas extiendan su regenerador influjo hasta el predio rústico: caiga el refrigerante rocío de la instrucción en la agotada inteligencia de la mujer campesina."[10]

Cierto; ese es el remedio: la escuela elemental prodigada y la escuela elemental para la mujer con preferente cuidado. Hora es ya de salir de nuestro sueño, hora es de que administración y administrados coadyuvemos á plantear la educación elemental; hora es ya de que padres del pueblo y padres de familia nos amparemos en brazos de la educación, como refugio de salvación para un pueblo que yace en la oscuridad; que si la administración dispone de amplios elementos para derrotar la ignorancia, el más modesto esfuerzo individual puede, por su parte, disminuirla, llevando el pan del saber lo mismo á los hijos que á los sirvientes y braceros. Cada criado que en los ratos de ocio aprende á leer es un sér que se eleva y elevará á su familia.

¿Cómo debe ser esta educación? "Es más complicado—pero mucho más—de lo que parece, organizar un sistema de enseñanza que aspire á dirigir la educación nacional," ha dicho uno de los pensadores modernos que con mayor lucidez han tratado esta cuestión en nuestros tiempos, D. Francisco Giner, el cual se expresa en los siguientes términos: "Sigue nuestra enseñanza el impulso de las ideas reinantes. Según esta se halla concedida, organizada y desempeñada como una mera función intelectual, ó sea que atienda á la inteligencia del alumno tan sólo, no á la integridad de la naturaleza ni á despertar las energías radicales de su sér, ni á corregir la formación de sus sentimientos, de su voluntad, de su ideal, de sus aspiraciones, de su moralidad y de su carácter." La clase de educación que nosotros desearíamos es precisamente la opuesta. Nosotros querríamos pedagogos que tuviesen una idea exacta de la naturaleza humana para no perturbarla inútilmente, pedagogos que despertaran en el alma del alumno todas sus energías, y dirigiesen sus sentimientos, su voluntad, su ideal, sus aspiraciones, su moralidad, su carácter; así nos satisface la educación elemental.

Esta es la que solicitamos para nuestros campesinos precisamente, porque nadie está más necesitado que él de que se mejoren todas esas facultades que la educación debe cultivar.

Por fortuna los ilustrados profesores de la Isla lo comprenden también así, y es probable que dentro de plazo breve notemos los resultados de sus trabajos.

¿Á cuál de los dos sexos convendría educar ántes? Suponiendo que por este concepto—el del sexo—pudieran existir preferencias, desde luego nos decidiríamos por la enseñanza de las niñas; pero como creemos que ambos sexos tienen igual derecho á la instrucción, y en los distritos rurales de Puerto Rico ambos sexos están igualmente necesitados de ella, se nos ocurre que, á imitación de los Estados Unidos del Norte—como ya ha demostrado el ántes citado autor de La Campesina—podrían las escuelas mixtas salvar todas las dificultades. Agrupemos los niños de ambos sexos bajo la dirección de la mujer "teniendo confianza en la naturaleza humana;" demos á esta educación un carácter racional y práctico, y la base de nuestro perfeccionamiento será sólida.

La mujer es la llamada á salvar á la sociedad educándose y sirviendo á la vez de preceptora; "los profesores más escogidos fracasan frecuentemente, donde una yankee realiza prodigios. La infancia pertenece á la mujer," ha dicho Laboulaye. Apliquemos el conocimiento de esta verdad y nos habremos salvado.

Desearíamos ver la educación en manos de la mujer. Como Juan Jacobo Rousseau, creemos que "la primera educación es la más importante y esta pertenece indudablemente á las mujeres. Eduquemos mujeres y hagamos que esa educación sea tan ámplia que le permita desempeñar cumplidamente las sagradas obligaciones de la maternidad que no se limitan á cuidar y alimentar á sus hijos, sino que tienen por principal objeto la educación de los mismos."[11]

Cuando este ideal se realice, cuando la madre esté bastante instruida para cumplir con el noble encargo de alimentar la inteligencia de su hijo como le alimenta el estómago con el blanco y nutritivo néctar de sus pechos, entónces, como ha dicho Emilio de Gerardín, el maestro de instrucción primaria desaparecerá y será felizmente reemplazado por la madre.

Además de la instrucción general de que tan necesitado está el campesino, urge la enseñanza elemental agrícola en las escuelas primarias. No se puede prescindir de ella, tratándose de establecimientos de enseñanza para las clases rurales, so pena de que la educación sea deficiente. Esto aparte de la escuela de agricultura más ó ménos modesta, pero en donde se instruya á la juventud con arreglo á los modernos adelantos de la ciencia agronómica, á fin de que sea capaz de comprender las ventajas que reportaría á la explotación de la tierra el abandono de las prácticas rutinarias. La educación de peritos agrónomos, de capataces de cultivo, etc., es tan necesaria como la de obreros agrícolas. De poco valdrían los rudimentos de agricultura enseñados al obrero en las escuelas elementales, si dejamos en la ignorancia de aquella ciencia á las personas llamadas á dirigirlos.

Sólo llevando á los campos gente capaz de comprender el adelantamiento de la agricultura á beneficio de la Ciencia, lograremos sacar á las industrias y demás manifestaciones agrícolas del atraso en que se encuentran.

Escuelas, escuelas para niñas, profesoras instruidas, madres educadas, agricultores inteligentes, hé aquí los medios de mejorar las condiciones intelectuales del campesino y su familia.

Una dificultad que no podemos ocultar ofrece la propagación de la enseñanza en nuestro suelo, y consiste en la diseminación en que viven nuestros campesinos. Alemania, acaso sin tener en grado tan alto este inconveniente, tiene los profesores ambulantes que llenan, en la medida de lo posible, su misión civilizadora.

Nos parece que oimos decir á alguien: "Los presupuestos están muy recargados á causa de las escuelas que se han creado, y aun se pide más; esto sería la ruina." Desengáñense los espíritus timoratos que ven las cosas por ese lado: lo que no se emplea en escuelas se gasta en cárceles y en presidios; y cuanto dinero se emplea en propagar la instrucción es como si se diese con interés usurario á la sociedad, que, educada, renumera espléndidamente, desarrollando todas sus fuentes de producción, dormidas mientras reina la ignorancia.

Como todo cuanto tienda á facilitar la instrucción ha de ser beneficioso al mejoramiento del campesino, el procurar por medios racionales su agrupamiento en aldeas es una idea feliz, de la cual trataremos más adelante: el cumplimiento de los preceptos de la enseñanza obligatoria por parte de las autoridades locales, es una necesidad con cuya falta no se debería transigir, pues para algo se han dictado. Si las escuelas públicas no pueden admitir mayor número de alumnos del que hoy asiste á ellas, no hay más remedio que multiplicar las escuelas; eso sí, que se emplée el dinero bien, es decir, que cada maestro cumpla con las obligaciones de su grandioso ministerio, y todo lo demás es secundario.


CONDICIONES MORALES.

Llegamos á la parte más escabrosa, para nosotros, del tema que venimos desarrollando. Como hombres imparciales tenemos que exponer nuestras observaciones tales como nos impresionan; como puertorriqueños sentiremos, más de una vez, abordar las delicadas cuestiones de moral relacionadas con nuestros campesinos, pues si en lo que respecta á condiciones físicas é intelectuales hemos encontrado deficiencias lamentables, no son menores las que hallamos respecto de moralidad.

Entremos, sin embargo, en el asunto. Reviste de por sí sobrada importancia el cumplimiento del deber y el ejercicio del derecho, actos que compendian la vida moral del hombre, para excusarnos de estudiar el jíbaro en cuanto se relaciona con tan interesante materia.

Empezaremos por el análisis de los deberes para con Dios.

La creencia en Dios es general entre los campesinos; puede asegurarse que en nuestros campos no es conocido el ateísmo; pero por desgracia abundan los errores en lo referente á los atributos del Sér Supremo. Existe confusión en el modo de apreciar sus cualidades, á causa, sin duda, del poco desarrollo intelectual que hemos reconocido en nuestra gente de campo. La naturaleza divina del Omnipotente no es concebida con bastante pureza. Reconocen, es cierto, la existencia de un Sér Superior, pero suelen atribuirle cualidades humanas que desdicen de la majestuosa grandeza con que debieran comprenderle, concepción hasta la cual no es extraño que no se eleve la gente ruda, cuando vemos á menudo que personas algo más educadas atribuyen al Hacedor caractéres que tienen más de humanos que de divinos.

En los asuntos del culto, hemos de decir que el campesino, aunque católico, se muestra indiferente hacia ciertas prácticas, reconocidas como esenciales dentro del catolicismo, mientras dedica escrupulosa atención á otras que no lo son tanto. Así, por ejemplo, quizá se apresure á ofrecer un ex voto á alguna imagen de su devoción, mientras deje de cumplir con algunos de los sacramentos; apréndese de memoria oraciones que pueden calificarse de ridículas, y quizás no sabe el sencillo Padre Nuestro.

Algunos de sus actos piadosos revisten formas supersticiosas, y en sus oraciones suele pedir á Dios ó á los santos mercedes que sólo pueden disculparse por la ignorancia del peticionario. Quién guarda cuidadoso una oración, á guisa de amuleto, contra las enfermedades ó el mal de ojo; quién pide con fervor al cielo que Santa Lucía ciegue á tal ó cual persona, ó bien alguna otra majadería indigna de la atención Suprema. Que el necesitado dirija sus plegarias á lo alto es tan natural, como absurdo es pretender cambiar las leyes de la naturaleza en provecho propio. Orar es útil y consolador para el creyente: útil, porque es un tributo dirigido á Dios; consolador, porque aviva la esperanza en la adversidad; pero la oración y su objeto deben estar purificados de todo lo que no sea racional y digno.

Se vé que el jíbaro es católico, pero carece de una instrucción religiosa que le ayude á dar cumplimiento debido á sus obligaciones de tal, y á esto se debe lo poco diligente que se muestra para el matrimonio, la manera con que celebra las fiestas, el carácter profano que revisten sus fiestas de cruz, su creencia en hechizos, mal de ojo, brujerías, la veneración y confianza algo gentílica que profesa á tal imagen, medalla, escapulario ú otras cosas, más ó ménos absurdas, formas de culto que la sana razón rechaza, pero que prosperan entre los infelices á quienes no ha llegado hasta la fecha el pan intelectual.

Cuando se advierte esta falta, y se considera que el campesino ha vivido casi aislado y en roce con una raza, como la africana, portadora de ciertas creencias, no extraña esta confusión en materia religiosa. Añádase á esto una imaginación fantaseadora, y nos explicaremos perfectamente cómo el espiritismo (cuyo valor no discutimos, pero que bajo la forma algo quimérica en que se propaga entre el vulgo nos parece que no resiste un exámen sério), encuentre adeptos entre esas masas que por su orígen, leyes y costumbres debieran ser depositarias escrupulosas de la doctrina católica, única legal durante largos años en este territorio, pero en la cual están indudablemente poco ó nada instruidos nuestros jíbaros.

En la crísis actual que atraviesan todos los pueblos cultos, en cuanto á las creencias religiosas, es más que nunca necesario que el que se llame católico, así pertenezca á la clase ménos acomodada, pueda ostentar su fé despojada de todo error ó absurdo que la debilite ante los ojos de los que no profesan el mismo culto y ante el propio exámen; pues aun para el hombre ménos instruido llega un dia en que desea encontrar el fundamento de ciertas cosas, y entónces corren igual riesgo las creencias verdaderas y las falsas, por estar acompañadas las primeras de superfluidades que á nada conducen ni aportan un ápice al mejoramiento moral del indivíduo.

Después de los deberes para con Dios vienen, en el órden natural, los deberes del hombre para consigo mismo, y como primordial el perfeccionamiento de sus facultades; pero como no es dable exigir el cumplimiento de un deber cuando se desconoce, y desconocida tiene que ser para el jíbaro semejante prescripción, toda vez que su incultura es notoria, de aquí que no hagamos sino señalar el hecho, sin inculpar al campesino por su indiferencia hacia todo cuanto se relaciona con su mejoramiento.

Su inteligencia inculta, su voluntad, educada en un medio más apropiado para debilitarla que para favorecerla; en una palabra, el cultivo de sus facultades todas, abandonado ó mal dirigido, han debido conducir al campesino á esa falta de emulación, á ese abatimiento moral que en él se advierte.

El deber de conservar la vida es universalmente reconocido: el suicidio es un acto reprobado que no tiene explicación más satisfactoria que un profundo trastorno de las facultades humanas, un desorden patológico durante el cual el raciocinio perturbado deja al hombre inerme contra el vértigo que lo impulsa hacia la sima de su aniquilamiento. No nos dice la estadística que exista entre los campesinos puertorriqueños mayor número de suicidas que entre los demás grupos sociales.

Es innegable que el hombre de campo de Puerto Rico no atiende á sus necesidades corporales como es debido. No es á él á quien hay que predicar la templanza en las comidas, sino que, por el contrario, será preciso convencerle de la necesidad en que está de alimentarse mejor; pero no hay que atribuir esto á una tendencia contraria á la conservación de la vida, sino á las ventajas que encuentra en ser sóbrio y al abuso, posible en este clima, de una sobriedad á que le predispone la raza, las condiciones climatológicas y las circunstancias que le rodean; pues no cabe duda que cuando el trabajo no produce al hombre lo suficiente y no puede forzar la cantidad de labor más allá de ciertos límites, si vé que la vida se le sostiene con una alimentación escasa, á ella se atiene, exagerando esta ventaja en perjuicio de la economía, y haciendo de la alimentación defectuosa regla ó costumbre invariable.

Reconocen todos los moralistas el derecho del hombre á repeler las agresiones injustas, á defenderse contra los obstáculos dañosos á su persona, en virtud de la potestad indiscutible que á todos nos asiste de mirar por nuestro bien y de conservar la vida; el ejercicio de este derecho no es indiferente al jíbaro: él sabe y tiene brios para rechazar los ataques injustificados, pero por lo general se muestra prudente contra los agresores, si son estos de los privilegiados por la fortuna ó la posición oficial; frente á otro campesino ó convencido de que por la justicia le será reconocido el derecho que tuvo de atender á su propia defensa, procederá con valentía y resolución.

Frecuentes son entre los jíbaros los combates singulares y privados, á los que dan á menudo cierta forma caballeresca, puesto que hasta precede á la lucha la designación de hora y sitio. Tienen estas luchas algo del duelo, adoptado aun en nuestro siglo por la gente culta; que en medio de los campos como en las ciudades, el hombre, ante ciertas deficiencias jurídicas, prefiere confiar á su propio esfuerzo ántes que á la autoridad pública el castigo de las injurias, sometiéndose á una costumbre inmoral á todas luces y de la cual resultan muchísimas desgracias sin satisfacer casi nunca al ofendido.

Pasemos al tercer grupo de los que constituyen la vida moral del hombre; á los deberes para con sus semejantes. Suele el jíbaro no mostrarse muy escrupuloso en cuanto se relaciona con algunos deberes nacidos del amor al prójimo; creemos que no tiene una idea clara del valor de ciertos actos, dado el poco respeto que aparenta profesar á la propiedad ajena cuando se trata de cosas de poco precio. Sin que esto quiera decir que el robo no sea un acto repulsivo para la generalidad de los campesinos, reconocemos que el concepto del dominio estable privado no parece que lo extiendan á aquellas cosas que por causa de la facilidad con que se producen valen poco; así, entendemos que un jíbaro no cree violar ningún derecho cuando se apropia un ave de corral, un racimo de plátanos ú otra pequeñez, que no por serlo deja, sin embargo, de ser propiedad ajena y por lo tanto nos está vedado utilizarla sin consentimiento de su dueño, ó si lo cree, no es porque esté convencido de que practica un acto reprobado, sino porque sabe que si le sorprenden le castigan. Seguramente no todos los jíbaros profesan este comunismo, pero sí hay muchos que no muestran escrúpulo en practicarlo, ya en esta forma, ya tomando á préstamo dinero sin intención de pagar la deuda ó bien comprando algo cuyo importe no satisfacen. Digamos de paso que estos defectos morales, en lo que se refiere á la falta de formalidad en los tratos principalmente, no son del todo exclusivos del campesino, sino que se encuentran harto generalizados en todo el país.

Esta falta de respeto á los bienes ajenos la manifiesta el campesino también cuando se quiere vengar de alguna ofensa; entónces suele mutilar algún animal de la propiedad de su enemigo; si bien en este caso la intención del hecho no es obtener un beneficio, sino la satisfacción del pesar que ha de producir á su enemigo perjudicándole en sus bienes.

Los homicidios, las heridas, las lesiones corporales son delitos que se encuentran en la familia rural como en todas partes, pero no hay en el jíbaro inclinación hacia estos actos reprobados; al contrario, el carácter general del campesino es dulce, inofensivo, y muéstrase ántes inclinado al perdón de la ofensa que al asesinato para vengarla.

En cuanto á sus costumbres, principalmente en lo que afecta á la familia, de la cual trataremos más adelante, existen vicios que nada tienen de la sencillez bucólica, cantada por los poetas de otro tiempo.

Los deberes de humanidad, en cambio, son perfectamente cumplidos por nuestro campesino. En este particular llega hasta lo sublime; el jíbaro no tiene nada suyo cuando se trata de ejercer la caridad. El forastero hallará la hospitalidad más ámplia en el humilde bohío, aun cuando se trate de un desconocido y á veces de un enemigo; la familia del campesino puertorriqueño obsequiará con cuanto tiene al huesped que llama á su puerta, sin interés alguno; cuando se trata de remediar una necesidad, de salvar de un peligro á alguien, de servirle en casos de enfermedad, ninguna consideración detiene á nuestros jíbaros, ni aún los perjuicios que de ello puedan resultarles. ¡Ojalá que su moralidad pudiera medirse en todas ocasiones por la expresión de estos generosos sentimientos tan desarrollados en su corazón!

Al examinar en sus bases constitutivas la familia rural borinqueña, nos vienen, desde luego, á la memoria las frases que con motivo de este delicado asunto dijo el señor conde de Caspe, siendo Gobernador de esta Provincia:

"Completamente diseminada la población rural en chozas aisladas, falta de toda instrucción religiosa y de freno moral, sin que la eficacia del Sacramento ni la sanción de la ley vengan á legitimar muchas uniones, más ó ménos duraderas, creadas sobre la sóla y deleznable base del apetito sensual, puede decirse en verdad que la familia de los campos de Puerto Rico no está moralmente constituida."

Triste es tener que confesar que la aserción del gobernante no carece de exactitud. Si la sociedad conyugal se ha de fundar en la unión, legitimada en alguna forma, del hombre y la mujer; si el matrimonio es el lazo que resulta del contrato legítimo que une por vida á los cónyuges; si ha de representar la perfecta fusión en uno sólo de dos séres que se complementan física y moralmente, la familia, en tésis general, no está constituida en los campos puertorriqueños.

¡Y á cuán tristes consideraciones se presta semejante estado de cosas!

Como dice Samuel Smiles, tratando de la familia, "de esa fuente, pura ó impura, emanan los principios y las máximas que gobiernan en la sociedad. La familia es la primera y la más importante escuela del carácter; y en el seno de ella es donde todo sér humano recibe su mejor ó su peor educación moral."

Véase, pues, cuánto importa que la familia esté constituida sobre bases regulares; que reine en ella estricta moralidad; que el hogar doméstico sea arca de los puros afectos, que despierta esa necesidad ineludible de amar que solicita á todos los séres creados, y no templo del brutal sensualismo que enerva y envilece los caractéres.

Sin negar que el amor se rebela, en determinados casos, contra todas las conveniencias sociales, instituir la excepción en regla general de conducta sería una aberración; por otra parte, es sabido que el sentimiento amoroso regulado y sostenido por principios morales, no sólo ejerce influencia benéfica sobre la sociedad, sino también sobre el indivíduo; y no ya en la esfera de la moralidad, sino que su acción se extiende hasta lo físico. En ambos conceptos hay que convenir en que el Cristianismo ha trazado admirablemente las condiciones que debe reunir la familia; condenando la poligámia, el concubinato y el adultério, execrando la sensualidad, ha hecho respetable el hogar cristiano; declarando á la mujer la compañera y no la hembra del hombre, la ha restituido al rango que sociedades ménos perfectas le habían negado.

Ahora bien, desde el momento en que por uno ú otro motivo el hombre menosprecia esas condiciones, incurre en un error moral que redunda en su desprestigio; cuando el error se encuentra generalizado, hasta perturba el progreso social. Á esa trasgresión en la moral de la familia, hay que atribuir algunos de los males físicos, intelectuales y morales que mantienen en una languidez sensible á una parte importante de la sociedad á que nos referimos; porque no es exagerado decir que en nuestros campos, principalmente, existe gran despreocupación en ese particular. Colocado el jíbaro en medio de una naturaleza exuberante de vida, aislado, ignorante, una vez que su instinto genésico despierta satisface su afectividad con la misma llaneza que los séres que le rodean entonan de contínuo esos himnos de amor que renuevan la vida por doquiera.

Tal despreocupación no es siempre hija del desenfreno; no es el descaro del vicio quien la produce en todas las ocasiones, sino más bien el desconocimiento del valor moral que el acto de la reproducción tiene, según se llene dentro ó fuera de las reglas que la sociedad actual acata. Hay un cierto infantilismo, sobre todo en la mujer, semejante al que debió reinar en los primeros tiempos de la vida humana, cuando el deseo de la propagación de la especie era lo único que regía en los impulsos amatorios. Sin pasarnos por la mente el disminuir la gravedad del mal que estudiamos y somos los primeros en deplorar, creemos que en justicia puede interpretarse del modo expresado la corruptela que sobre este punto existe en nuestro país, país que, sin duda alguna, por sus condiciones climatológicas, predispone al desarrollo temprano y fogoso de las pasiones.

No, no es impudencia lo que en la mujer jíbara hace que sea madre sin ser esposa, pues la gran mayoría de estas madres solteras jamás llega á prostituirse, sino que lleva una vida marital que en nada mejora sus condiciones de pobreza. Por mucha que sea su miseria tampoco abandona al hijo, y esto es también una prueba de que su corazón no está viciado por la impudicia, como podría deducirse de la facilidad con que se rinde á los galanteos. Conviene dejar sentados estos particulares, que en concepto nuestro establecen alguna diferencia entre el concubinado de algunas jíbaras y el amancebamiento vulgar.

En el hombre hay que reconocer que el sensualismo juega no escaso papel en estas uniones libres, pues á menudo le vemos, casado ó soltero, sosteniendo una ó más concubinas, y hay quien mantiene bajo el mismo techo esposa y querida: que á tal extremo ha llegado el espantoso desbarajuste moral que reina en esta sociedad tan minada por la falta de educación como por la sobra de influencias depresivas en que ha venido desarrollándose. Es cosa que á nadie que haya meditado un poco acerca de este asunto puede ocultarse: muchos son los elementos que han determinado en el jíbaro de ambos sexos este desquiciamiento que á fuerza de generalizarse ya no sorprende sino á los forasteros; todo el que no habita en el país, tiene por necesidad que impresionarse ante el espectáculo de un amor libre que aquí, por la fuerza de la costumbre, miramos sin que nos alarme.

Un observador que no sea superficial podrá no obstante distinguir en el fondo de este cuadro poco halagüeño, algo que le diga: no estoy viendo sacerdotisas de una prostitución vil é interesada, sino á mujeres sin cultura moral ni intelectual, que aceptan, sin escrúpulos ni preocupaciones, el papel que la naturaleza les ha asignado en la perpetuación de la especie; que obedecen á esa ley poderosa que aproxima los sexos, ley cuyo cumplimiento sólo la educación podría regular debidamente: que como ha dicho con su acierto acostumbrado, nuestro aplaudido escritor D. Salvador Brau, "en estas uniones ilícitas, si bien una parte corresponde al vicio, entra por mucho en ellas la ignorancia."

Volviendo ahora á los matrimonios legítimos, que sin duda existen en el campo, y á los deberes mútuos de los esposos, diremos que la fidelidad conyugal es respetada, hablando en tésis general, por la mujer; ella sabe guardar la fé jurada, someterse á la voluntad del marido y cumplir, hasta el sacrificio, con las obligaciones domésticas. No así el hombre, más despreocupado de ordinario tanto en lo de ser fiel á su compañera como en procurarla lo necesario para la vida; pues por desgracia, ya porque mantiene más de una casa, ya porque el vicio del juego suele dominarle, es harto común que en muchos bohíos reine escasez y hasta miseria.

Unida á la sociedad conyugal está la sociedad paterna, cuyo objeto es la educación de los hijos. Entre nuestros campesinos, el cumplimiento de este deber se resiente de las deficiencias paternas de que venimos dando cuenta. Los padres cuidan de sus hijos, los alimentan y visten aunque imperfectamente, como lo hacen consigo mismo; pero respecto á instrucción, ni siquiera piensan que sus criaturas la necesiten: es un deber que nadie cumplió con ellos y que desconocen por completo.

Cuando el vínculo del matrimonio se halla relajado ó está sustituido por el concubinato, hay que lamentar además de la carencia del pan intelectual, el ejemplo de inmoralidad dado por los padres á tiernos séres necesitados, más que de otra cosa, de ver en el hogar costumbres puras que le preparen convenientemente para su entrada en la vida social, á donde no podrán ménos de llevar las mismas ideas que por el ejemplo adquirieron en la casa paterna.

En general las madres puertorriqueñas suelen mostrarse algo débiles en la dirección de sus hijos, pero en las campesinas esta debilidad raya en abandono ante los caprichos infantiles; y es que el carácter del amor materno tiene en ellas mucho de instintivo, y tal cariño no es suficiente para llenar los deberes de la maternidad, pues para algo le ha sido dada al hombre la inteligencia. Una mujer inculta querrá á sus hijos tanto como otra cuya inteligencia haya sido cultivada, pero esta le aventajará en conocer las leyes por que debe guiarse para dirigir el desarrollo físico y moral de su familia, y por virtud de sus aptitudes librará de una muerte temprana á su hijo y le preparará para que en su espíritu se vayan infiltrando las virtudes que cuando hombre le han de valer la consideración de sus semejantes.

En cuanto se refiere á los deberes de los hijos para con sus padres, hemos de decir que los casos de ingratitud hacia los beneficios y el amor paternos son raros. Los hijos de los campesinos son de ordinario de buena índole y profesan á sus padres el respeto y cariño que les es debido.

Réstanos apuntar algo acerca de las relaciones del jíbaro con las personas á quienes sirve. Cuando el campesino se decide á prestar sus servicios, lo hace con buena voluntad; pero en honor de la verdad no se impone la obligación de ser estricto cumplidor de lo convenido, ni se afana por los objetos confiados á su custodia; trabaja y lo hace como pocos obreros, si se tiene en cuenta su insuficiente alimentación, pero mantiene una cierta independencia que á veces se traduce en falta de asistencia al trabajo á que se comprometió, y esto sin más razón que los impulsos de su voluntad. Mucho se ha hablado de la holgazanería del jíbaro, pero nadie ha demostrado que tal vicio sea tan general como se ha pretendido injustamente, siendo por el contrario fácil de probar que la generalidad ama el trabajo mucho más de lo que sería de esperar, dadas las condiciones en que ha vivido ese pobre hombre abandonado durante siglos á sus instintos en un clima enervante, como lo es el de nuestro país, y sin tener acerca del trabajo más que el desfavorable concepto de que es un castigo impuesto al hombre para llenar sus necesidades personales; idea poco apropiada para despertar por sí sóla el amor hacia una ley natural, cuyo cumplimiento procura tantos beneficios al hombre.

Réstanos para completar esta ligera reseña moral del campesino puertorriqueño, considerarle en sus relaciones con la sociedad civil.

Desde luego conviene repetir que la familia rural vive aquí desparramada por los campos de la Isla con grave perjuicio para su propio bienestar; vive en estado poco ménos que antisocial, pues algunas conglomeraciones de bohíos que se encuentran en determinados barrios apénas pueden servir de excepción á la regla general. No hemos de esforzarnos en demostrar la conveniencia de que el hombre viva en sociedad con sus semejantes; muchos son los grandes pensadores que han demostrado la utilidad de ello, y las razones en que apoyan su decisión son harto conocidas para que las reproduzcamos. Filósofos de las más opuestas ideas convienen, salvo raras excepciones, en declarar al hombre un sér sociable, por necesidad: "Un solo hombre, dice Santo Tomás, no puede por sí solo llegar al conocimiento de todas las cosas; luego al hombre le es necesario vivir con otros muchos, para que los unos sean ayudados por los otros." Por su parte Spinosa, á quien podría suponérsele predispuesto contra la vida social, dado su voluntario encierro en su gabinete de la Haya, dice: "No solamente es útil la sociedad á los hombres para la seguridad de la vida; proporciónales otras muchas ventajas y la necesitan todos por otras muchas razones... Así vemos á los hombres que viven en la barbárie arrastrar una vida miserable y casi brutal." Es indudable que ese aislamiento, aun cuando no sea absoluto, como no lo es el del jíbaro, perjudica á su desarrollo moral entorpeciendo y retardando la acción de los elementos civilizadores que, á pesar de todo, van actuando sobre nuestra sociedad. Quien vive separado del trato y compañía de los otros, se priva del ejemplo, del estímulo y de las relaciones de los buenos, y necesita mayor fuerza de voluntad para no infringir las leyes morales; toda vez que no tiene que preocuparse de las censuras de sus convecinos.

De la precisión de vivir en sociedad y de la dificultad de conseguir que los deseos de todos los hombres estén regulados siempre por la razón, surge la necesidad de que existan leyes y personas encargadas de su cumplimiento, á las cuales debemos acatar. Es el jíbaro naturalmente inclinado á reconocer y prestar obediencia á la autoridad; cierto es que suele temerla más que amarla, pero esto depende de que, á causa del sistema político colonial adoptado, por lo común se ha entendido que gobernar es hacer sentir el peso del poder hasta el extremo de no desautorizar en ningún caso los actos del gobernante, en vez de levantar el prestigio de la autoridad sustentando la justicia, la rectitud, el imperio sobre sí mismo; en una palabra, sosteniendo al que gobierna rectamente procurándose el cariño de los gobernados por medio de las virtudes que dignifican el carácter del hombre, y al modo que persona tan poco sospechosa como don Juan Ortiz y Lara, lo explica en el siguiente párrafo:

"Los príncipes (léase cualquier autoridad) deben mirar la autoridad que ejercen, con relación al bien de la sociedad, para la cual les ha sido otorgada; y por lo mismo reputarse obligados á respetar y hacer que se cumplan todos los derechos; á proveer á la prosperidad pública, y atender particularmente á la honestidad de las costumbres, á que reinen por todas partes la verdad y la justicia." ¿Se ha practicado siempre, especialmente tratándose de pobres campesinos, esta sana doctrina? Respondan á esta pregunta esa desconfianza y ese temor invencibles que tiene el jíbaro de verse en relaciones con cualquier autoridad administrativa ó judicial; desconfianza y temor que no han podido tomar cuerpo en su espíritu sino cuando la experiencia de sus antepasados y la suya propia le han llevado al convencimiento de que en numerosos casos el último ministril puede más por sólo su carácter oficial que él con la asistencia de toda la razón.

Respecto á formas de gobierno poco ó nada se preocupa de ellas el campesino; muestra, sin embargo, cierta natural inclinación á la democracia; pero sin que pueda decirse que tiene conciencia clara, noción completa de la superioridad del régimen democrático sobre los otros.

Ni el comunismo, ni el socialismo han hecho prosélitos en nuestros campos; á lo ménos el comunismo en el sentido en que se toma de ordinario la palabra; pues esa especie de comunidad que parece practicar el jíbaro en cuanto se relaciona con los productos de poco valor, de que ántes hicimos mención, no la atribuimos sino á que no sabe apreciar el derecho de propiedad en toda su escrupulosa latitud.

En cuanto á las virtudes sociales, en el carácter del campesino brillan algunas, si bien se encuentran deficiencias que son de lamentar.

Entre las que le enaltecen no es la que ménos el amor á la patria, ya tomemos esta voz en su sentido académico, ya la interpretemos como la tierra de nuestros padres. En nuestra historia provincial podemos encontrar hechos que justifican nuestro aserto. Desde los remotos tiempos en que España mantenía guerras contra Inglaterra y Holanda, hasta nuestros dias, el jíbaro ha sido un buen soldado español dispuesto á morir por su patria; llamado por el Gobierno ó voluntario, ha sabido acudir siempre al puesto del deber: desde este punto de vista, discutir su amor á la patria española sería cerrar los ojos ante la verdad.

Tratándose de su provincia, el cariño que profesa al terruño es extraordinario; tiene tal apego á su pequeña isla, que ningún otro país le atrae; en ninguna parte que se halle olvida su tierra. Este cariño, sin embargo, es hasta cierto punto vicioso; por lo ménos es deficiente; es un afecto en el que notamos carencia de ideales elevados, que se conforma con todo lo establecido, que le falta el noble deseo de la prosperidad del país, que no tiene la aspiración cabal de su engrandecimiento. Ya ántes hemos dicho que en lo referente al progreso material, el campesino es rutinario, y en cuanto al mejoramiento social es indiferente ó no tiene entusiasmo sólido. Y no se nos diga que la pequeñez del territorio mata todo ideal, pues unas leguas más ó ménos de suelo no pueden afectar á estas cuestiones; una provincia, como una nación, será respetable en mayor ó menor grado, según sea el carácter de sus habitantes más ó ménos digno y elevado; pero no según tenga tantos ó cuantos kilómetros de extensión. Nada de cuanto pudiera moralmente engrandecer á Puerto Rico puede estar entorpecido por lo reducido del territorio; ni esta causa debe hacer olvidar á sus hijos que la única manera de querer al país es procurar por todos los medios su adelantamiento. Leemos en el capítulo La influencia del carácter, por Smiles: "Para que una nación sea grande, no es necesario que tenga grandes dimensiones, aunque suele confundirse á menudo el grandor con la grandeza. Puede una nación ser muy grande en el punto de vista del territorio y de la población, y estar, sin embargo, desprovista de verdadera grandeza. Pequeño era el pueblo de Israel, pero ¡cuán grande no ha sido su existencia y cuánta influencia no ha ejercido en los destinos del mundo! No era grande la Grecia; la población entera del Atica era menor que la del condado de Lancaster; Aténas era ménos populosa que Nueva York; pero ¡cuánta grandeza en las artes, en la literatura, en la filosofía, en el patriotismo!"

Siendo esto lo cierto, y complaciéndonos de que en todas las esferas sociales de nuestro pequeño mundo existiese vivísimo el deseo del mejoramiento material y moral de Puerto Rico, aclararemos que no olvidamos el medio en que se ha desarrollado esta sociedad, que no pedimos lo imposible, sino que lamentamos, en la clase que venimos estudiando, que no exista el culto de ese patriotismo sério y racional que eleva á los pueblos; ni es esto decir que sólo entre los campesinos se eche de ménos. Esto sentado, y como un particular del asunto á que nos referimos, hemos podido notar, á veces, que no obstante la inclinación de nuestro campesino hacia las ideas liberales, las personas que luchan, en el campo de la política, por el triunfo de estas ideas, desconfían, temen, aparte de los manejos que quitan virtualidad al sistema electoral de nuestros dias, porque no pueden contar con que todos los electores jíbaros tengan tal firmeza de convicciones que desafíen en todos los casos no ya las amenazas y coacciones, sino cierto egoísmo, á veces pereza, y, en ocasiones, aunque raras, la tentación de un interés mezquino; por eso es que en tal ó cual época han podido ser utilizados algunos votos en contra de las ideas que en circunstancias análogas habían ostentado aquellos mismos electores, sin que signifique esto, que han renunciado á ellas, sino que han transigido cuando ménos se esperaba, pues es sabido que el abstenerse ó votar en tal ó cual sentido uno de estos jíbaros, depende de la influencia que sobre él ejerza quien le habla. Quizá sea este un vicio común á muchas regiones, pero no está de más señalarlo en la nuestra, ya que comprueba falta de entusiasmo é indiferencia por tales asuntos en una parte, no despreciable, de la población rural.

Cumple á nuestro propósito decir algo ahora acerca de otras cualidades del campesino borinqueño. Liberal con sus huéspedes, desprendido, no deja de ser algo interesado en los obsequios que hace fuera de su casa; en su bohío la hospitalidad es noble, pero fuera de allí el hombre de campo aparece, como en todas partes, cuidadoso de su utilidad ántes que otra cosa; sin embargo, no es tacaño; por su mal, es hasta pródigo y está desprovisto de todo espíritu de ahorro. Su dinero se consume en la gallera ó en el juego de naipes, vicio alentado en este país hasta por bandos gubernativos, como el de galleras, y por instituciones oficiales, como la lotería, que desvían el espíritu inculto del pobre del verdadero camino que conduce á la riqueza, ó sea del trabajo honrado.

La amistad, esa pasión sublime, ese sentimiento de las grandes almas como la llama Lacépede, es una virtud que profesa el campesino; el cariño mútuo entre ellos cuando se llaman amigos, es, en tésis general, sincero, y en determinados casos, como por ejemplo, entre compadres, reviste caractéres particulares de seriedad; el compadrazgo es un lazo que respetan los jíbaros escrupulosamente.

Es algo huraño el jíbaro, más por ser reservado que por falta de afabilidad; sus maneras se resienten de la falta de instrucción, pero en ellas se puede advertir más timidez que grosería, y es esto tan exacto que vencida aquella, lejos de mostrársenos rudo le hallamos cortés en cuanto es posible, dado el ningún cultivo que han recibido estas sencillas gentes habituadas á la soledad de sus campos.

Para concluir, vamos á señalar un defecto bastante común entre los campesinos, cual es el poco respeto que profesan á la verdad. Desconfiados por naturaleza, por lo ménos disimulan la verdad. La desconfianza ha nacido y tomado cuerpo á causa de ciertos vicios del régimen colonial, y ella les ha hecho astutos. Se han visto tan á menudo engañados, que no sólo dudan de todo, sino que han erigido en sistema la costumbre de ocultar sus ideas. Es casi general el caso de que un campesino, al dirigirse con un objeto dado á otra persona, procure desviar la atención de esta ántes de llegar á manifestarle la verdadera intención que le anima; se ha habituado á la línea curva, quizá por no haberle ido siempre bien cuando ha marchado por la línea recta.

Hé aquí á grandes rasgos apuntados los caractéres más salientes de las condiciones morales del campesino puertorriqueño. Por ellos hemos podido ver que no es un malvado. Adviértese, por el contrario, que posee ciertas virtudes, que tiene una índole benigna, que existe en él la tendencia al bien, aunque maleada por circunstancias que estudiaremos en el capítulo inmediato; gérmenes que sólo esperan para desarrollarse una educación racional. La tierra está dispuesta; sólo falta el jardinero que venga á sembrar las flores (y ojalá sea pronto) para poder aplicarles aquella bellísima frase de una fábula oriental citada por S. Smiles: "arcilla vulgar era yo ántes que en mí hubieran sembrado rosas."