Sin atribuir al clima una influencia exclusiva é incontrastable en la determinación del carácter moral de las razas, no puede negarse que las condiciones climatológicas tienen cierta importancia en los rasgos morales característicos que distinguen á los pueblos entre sí, como la tienen el género de alimentación y el gobierno, siquiera los tres factores no basten para explicar satisfactoriamente la diferencia de caractéres que se advierte, por ejemplo, entre un habitante del Norte, melancólico de ordinario, y otro del Mediodía, impresionable y alegre por lo común. Al clima de Puerto Rico hay, pues, que asignarle una parte en el modo de ser moral del campesino, sin perjuicio de reconocer que otras causas, especialmente la falta de cultura intelectual y moral, han aportado su contingente á la formación del mundo moral que estudiamos.
Causa más importante que la anterior lo es sin duda la heterogeneidad de las razas que en la génesis de esta sociedad se encontraron en el suelo de Boriquén. De aquellas tres razas, la india, como es sabido, desapareció muy pronto; pero no sin que dejara en la sangre de los nuevos pobladores parte de la suya, legándonos así algo del tipo moral indio que nos han descrito nuestros historiadores, legado de buenas y de malas cualidades que no pueden desconocerse en el moderno boricano, y que acusan con frecuencia su parentesco, aunque lejano, con la raza indígena.
Pero es indudable que la raza negra ha actuado más poderosamente que la india, en lo que respecta á ciertas condiciones morales que encontramos en el jíbaro; no sólo porque desde los tiempos cercanos á la conquista ha persistido en la isla al lado de la blanca, sino porque vino en calidad de esclava, trayendo, por consecuencia de esta nefanda circunstancia, honda perturbación en el sentido moral de este pueblo, ya desde las fuentes de su nacimiento.
Amén de algunas de las deficiencias de moralidad del negro, trasmitidas al campesino, á causa de las relaciones que con él tenía en los trabajos de campo, es de todo punto incontrovertible que la esclavitud, el hecho sólo de esta degradante institución, ha debido ser causa poderosísima, capaz de producir resultados dañosos en la índole moral del hombre de campo; que la atmósfera malsana donde necesariamente hay que ahogar el sentimiento moral que protesta contra la venta de seres racionales, obscurece también los demás sentimientos, y no sólo envenena á los amos y á los esclavos, sino que se difunde por todo el cuerpo social emponzoñándole.
El estado de servidumbre contraría todo progreso moral; y esto es de tal evidencia, que hasta un escritor tan del gusto de los esclavistas como lo era D. José Ferrer de Couto, lo consigna así en el siguiente párrafo, que parece una protesta contra el propio libro Los negros, de donde lo reproducimos:
"Y sin embargo—dice—la esclavitud, si tal fuese en realidad el trabajo organizado de los negros, no se debiera tolerar en pleno siglo XIX, por ser contraria á la ley de Dios y contraria también á los progresos morales de los hombres."
Pero la esclavitud no se limitó á detener el progreso moral solamente, sino que pervirtió las bases de la moral misma, llevando el hálito de inmoralidad que salía de los cuarteles de las haciendas hasta el seno de la familia. La preocupación de aumentar el número de esclavos por la natalidad, hacía que se toleraran, si no era que se favorecían, las uniones puramente brutales entre los dos sexos; esto sin contar con los caprichos del amo por tal ó cual de sus esclavas, y la facilidad con que podía el hijo de familia satisfacer su sensualidad, tempranamente despierta en aquel medio, sin moverse del predio que la pobre esclava regaba con el sudor de su frente, al propio tiempo que saciaba los apetitos voluptuosos de los dueños de la propiedad y hasta de los mayordomos que las hacían trabajar. Ejemplos tales no podían sino servir de estímulo al campesino y hacer que le fuera ménos repulsiva la ilegitimidad en los consorcios.
En otro órden de ideas, la esclavitud degrada el trabajo, y por lo tanto el hombre libre cree humillarse dedicándose al oficio del siervo, y se desdeña de trabajar á su lado para que no le confundan con él; y hé aquí otro motivo que debemos tener en cuenta para darnos explicación de por qué el campesino ha podido ser juzgado como holgazán por algunas personas que desconocieron ó callaron este y otros motivos nada favorables para la dignificación del trabajo.
Tócanos ahora tratar acerca de la raza blanca que aquí ha ejercido su influencia, tanto trasmitiendo á sus descendientes los caractéres que le eran propios, cuanto encauzando por el medio más potente de todos, por el gobierno que siempre estuvo á su cargo, la índole moral del pueblo.
Por lo que á lo primero atañe, conviene no olvidar la calidad y cualidades de las personas que, según el conde de O' Reylly, poblaron este país. Dice el perspicaz comisionado del gobierno metropolítico, que la isla fué poblada "con algunos soldados sobradamente acostumbrados á las armas para reducirse al trabajo del campo," y además "polizones, grumetes y marineros que desertaban de cada embarcación que allí tocaba," Es decir, con gentes cuyas condiciones morales dejaban sin duda bastante que desear.
Sin que esto quiera decir que todo el elemento blanco llegado á Puerto Rico fuera de la misma clase, es necesario, sin embargo, hacer constar que una parte de él, y precisamente la que al principio hubo de desparramarse por los campos, estaba así constituida.
Réstanos tratar de cómo ha influido el gobierno de la isla en el desenvolvimiento moral de sus habitantes. Para ello importa tener en cuenta que la necesidad de consolidar la conquista imponía desde luego el gobierno militar; muy pronto surgieron en la isla conflictos entre los mismos vencedores, de los cuales la pasión se amparó esgrimiendo toda clase de armas; cuando se recuerda que el propio Cristóbal Colón fué acusado de sedicioso, no se puede dudar que otras personas ménos importantes lo fuesen del mismo modo, originándose así la suspicacia que casi siempre ha informado al gobierno metropolítico en los problemas americanos; si á esto se añade la justificación que á tal suspicacia trajeron las guerras de la independencia de todo el continente descubierto por el ilustre genovés, nada sorprendente se nos presentará el hecho de la perpetuación del gobierno militar en esta Antilla, sólo interrumpido por brevísimo lapso de tiempo.
Ahora bien; el gobierno militar, en tésis general, se hace despótico y se muestra poco hábil en la dirección de los negocios civiles. Sabido es que en los pueblos regidos militarmente se suele entronizar el despotismo, y, si éste dura, los ciudadanos se convierten en esclavos viles, buenos sólamente para arrastrarse á los piés del déspota su Señor.
Para honra de España, Puerto Rico no ha sido gobernado por jefes al estilo asiático; pero es un hecho cierto que los gobernadores militares han sido la regla, y que han gozado de facultades suficientes para que pudieran contagiarse de un despotismo, siquiera modificado por la ingénita hidalguía española, no por eso ménos dañoso á los intereses de la colonia.
Este régimen, la suspicacia creciente contra toda manifestación de descontento de los actos gubernamentales, ó contra los que creían que estas tierras debían someterse á un gobierno más en armonía con los progresos sociales, la sospecha de separatismo, de la que no se ha visto libre nuestra isla, con ser tan pequeña, permitieron que adquiriesen preponderancia ciertos elementos, más preocupados de su interés personal que del progreso de la tierra donde acaso dejaban hijos que debían ser víctimas de tales preocupaciones y propagandas.
Cuando el interés se ha referido á la adquisición de una fortuna labrada sin la ayuda de privilegios irritantes ó conquistada por el trabajo honrado que no explota nunca al proletario, tal interés ha sido, por lo ménos, indiferente, si no simpático á los progresos humanos; pero cuando se ha viciado el fundamento de las riquezas, como ocurrió por virtud de la servidumbre, y se han explotado las preocupaciones políticas y aun la justicia misma en beneficio particular, entónces puede haber interesados en que no se difunda la cultura, enemiga de todas estas concupiscencias.
Ya hemos reconocido lo que se ha dificultado la llegada del pan intelectual hasta el campesino, á causa de su diseminación; esto no obstante, puede afirmarse que no ha sido ella la causa del olvido en que se le ha tenido, ya que, como queda dicho, hasta hace muy poco tiempo la instrucción pública en Puerto Rico estuvo casi abandonada, y no hay que dudar que el sentido moral esté subordinado, por lo común, al desarrollo natural ó adquirido de nuestras facultades intelectuales.
De esa fuente dimanan ciertos vicios de carácter que hemos encontrado en la clase rural; ella ha favorecido el caciquismo, entronizándole, y ha dejado al jíbaro á merced de sus instintos groseros en mengua de las virtudes que el civismo alienta, cuando no se le extingue ahogando sus más puras manifestaciones en el seno de preocupaciones sin cuento; estas fuerzas desviadas se dirigen entónces torcidamente ó se atrofian en los placeres que debilitan el alma y hacen al hombre cada dia más indiferente á los ideales de la dignidad humana. Una vez que el vicio ha obscurecido toda noble aspiración, y cuando ya el hombre sólo busca su bienestar físico á la manera que lo entiende, no se muestra asiduo trabajador ó cae en el abatimiento, se fulminan crueles acusaciones contra él, olvidando las causas que á tal condición le llevaron. Por espacio de cuatro siglos se ha estado preparando el vicioso gérmen de la condición actual del campesino, y aun hay quien pretende corregir el daño con nuevos medios coercitivos; quien todavía sueña con las libretas de jornaleros, ó más platónico echa de ménos los rigores de un invierno para reformar á un sér que sólo necesita educación y el régimen político civilizador á que por fortuna vamos llegando, gracias al progreso social y político que alcanza la Metrópoli, progreso que concluirá por encauzar debidamente la dirección de los negocios públicos de este pueblo, acaso el más saturado de sávia española entre todos cuantos ha fundado nuestra patria.
Sólo nos resta, en la investigación de estas causas, tratar sobre la falta de educación religiosa que se nota en el jíbaro. Ya sea por las dificultades antedichas relacionadas con el desparramamiento de las chozas rústicas, ya por otra causa, ello es que semejante falta se deja sentir.
Cierto es que la acción del sacerdote no puede ser tan inmediata como lo es en otros países, donde las aldeas más insignificantes tienen su cura, especie de patriarca, inamovible las más de las veces, cuya respetabilidad va creciendo entre los feligreses á medida que entre ellos permanece; pero creemos que, aún dentro de nuestro medio social, puede hacerse en beneficio del campesino algo más que decir la misa y aplicar los sacramentos; el jíbaro es dócil y tiene respeto al sacerdote, cualidades que éste puede dirigir y educar provechosamente.
Sea esto posible ó no, lo que nos importa por el momento es señalar la deficiencia de una educación religiosa racional que encontramos en el jíbaro, y que constituye otra de las causas que han contribuido á empobrecerle moralmente.
Á la falta de esta educación hay que añadir que el mal ejemplo es tanto más pernicioso, cuanto de más alto viene; el jíbaro, aunque dócil y respetuoso por naturaleza, al fin tiene ojos para ver y cerebro para discurrir. Si—por ejemplo—vé á su director espiritual en la casa de juego ó entregado al concubinato, discurrirá que no es tan malo esto cuando quien entiende de tales cosas las practica; y no hay que negar que, por desgracia, casos de esta naturaleza han podido ser señalados en nuestra isla.
Hemos terminado el exámen de las causas que más principalmente han contribuido al desnivelamiento moral que en cierto modo descubrimos en nuestra población rural.
Pasemos ahora á examinar cuáles son los medios capaces de levantar las cualidades morales del campesino, despertando sus aptitudes y haciendo vigorosas las virtudes que en él existen.
Las causas que hemos considerado como determinantes del carácter moral del campesino, pueden dividirse en dos clases. En una agruparemos aquellas que, como el clima y la herencia, no pueden ser removidas y cuyos efectos sólo nos es dado modificar, en parte, á beneficio de los medios que influyen sobre las otras, únicas susceptibles de ser dominadas por nuestro propio esfuerzo, como lo son las referentes á la educación y al régimen político social.
De entre estas últimas podemos descartar la esclavitud, que por fortuna ha desaparecido; y aun cuando la redentora ley de la abolición no haya podido purificar de pronto, ni en absoluto, la atmósfera que alimentó por tantos años aquella institución, es evidente que hemos logrado, al quebrantar las cadenas de los esclavos, romper el más fuerte valladar que entorpecía nuestra cultura. Bendigamos y guardemos eterno agradecimiento á los legisladores del memorable 22 de Marzo de 1873. Gracias á ellos nacen libres é iguales todos los hombres que ven la luz primera en nuestro suelo, sin que el color de la piel ni la condición social de sus antepasados les impidan el goce de sus derechos indiscutibles; gracias á aquel acto de justicia, nuestros hijos no oyen ya el crujir del látigo al azotar las espaldas del esclavo.
¡Felices tiempos! ¡Dichosos los que los hemos alcanzado, siquiera no podamos hacer otra cosa que admirar á cuantos con ánimo esforzado lucharon uno y otro dia por devolver á los negros sus derechos de hombres, y siquiera, á causa del veneno que nos queda en nuestro organismo inficionado, no hagamos sino ir preparando, entre caidas lastimosas y esfuerzos de convalescientes, la regeneración social de esta tierra adorada donde nacimos!
Por lo que se refiere al régimen político, fundadamente hay que esperar que sigan cambiando aquellas condiciones que hacen inferior, políticamente considerado, al español nacido en Puerto Rico, relativamente á su hermano peninsular. Toda restricción en este sentido es injusta y despótica. Por otra parte, los tiempos actuales, pese á quien pese, son de libertad; como dice el ilustre Monseñor Guilbert: "Un movimiento democrático arrastra al mundo moderno con fuerza irresistible que nada contendrá. No es solamente entre nosotros, en Francia, donde la tierra trepida bajo nuestras plantas; es también en nuestra vieja Europa, como en América y en el extremo Oriente." Este movimiento invasivo de las ideas modernas, llegando hasta el bohío del campesino levantará su espíritu, haciéndole patente que el reinado del derecho ha sustituido al de los privilegios; demostrándole que la vieja máxima que nos enseña que todos somos hijos de un mismo Padre es una verdad en la práctica, como lo es en el dicho; dándole á conocer la Justicia, una, imparcial, en toda su majestuosa respetabilidad, para que la ame en vez de huirla; asegurándole que el fruto de su trabajo no irá al fisco para mantener inútiles servicios; diciéndole que sus hijos no seguirán creciendo en la ignorancia; probándole que sólo tendrá que temer cuando falte á sus deberes; en una palabra: enseñándole que si tiene sagrados deberes que cumplir, también puede gozar derechos más nobles y dignos del hombre que los de ir á la gallera y entregarse al baile.
Se nos dirá, tal vez, que hay cierto optimismo en esperar que cambien tan radicalmente los desacreditados procedimientos coloniales, y que este cambio se opere tan pronto como fuera de desear. Por de pronto debemos responder que proponemos aquellos medios que á nuestro juicio mejorarían el estado moral del campesino, recomendamos lo que de buena fé nos parece justo, y á eso nos limitamos; pero aun podríamos aplicar á nuestra tésis las siguientes palabras de Spencer: "Así como respecto del gobierno político, conviene saber dónde está la justicia, aunque en la actualidad no sea posible practicarla en toda su pureza, á fin de encaminar hacia ella, y no en sentido opuesto, las reformas que efectuamos, de igual manera conviene tener presente un ideal de gobierno doméstico para tratar de acercarnos á él gradualmente, sin temer nada de la realización de semejante ideal. El instinto conservador de la sociedad es, por lo general, demasiado vivo para permitir un cambio muy rápido. Tal como se hallan las cosas, la sociedad no puede aceptar ninguna idea superior á su cultura hasta haberse elevado á su nivel; la podrá aceptar nominalmente, pero no en realidad. Aún después que una verdad ha sido reconocida generalmente como tal, la persistencia de los obstáculos que impiden conformarse con ella, sobrevive todavía á la paciencia de los filántropos y hasta de los filósofos." Esta manera de ver las cosas puede ajustarse perfectamente á nuestro modo de sér social, y nos alienta para aguardar, sin impaciencias, que al progreso político de la Metrópoli vaya unido el nuestro. Aparte de esto, conviene recordar que de cuantos medios existen capaces de influir en el estado moral del grupo que estudiamos, ni uno solo hay tan poderoso que, aun planteándose en seguida, pueda en el acto patentizar sus efectos. Cuatro siglos de régimen colonial no podrían borrarse en un dia, por muy radical que fuese el cambio.
Pasemos ahora á indicar otro poderoso medio de mejoramiento, cual es el que se refiere á la educación moral que debe recibir el campesino, si se le quiere elevar por este concepto. Considerando la educación religiosa tanto más necesaria cuanto más deficiente es la cultura intelectual, estimamos conveniente que á las creencias religiosas de la familia rural vaya unida una enseñanza adecuada al fin que nos proponemos; porque si no es discutible que á veces coinciden en un indivíduo una gran perversión moral con un gran desarrollo intelectual, tampoco se puede negar que sólo la falta de cultura de las facultades de la inteligencia explica los ejemplos de malhechores de la peor especie, en los que la devoción coexistía con la inmoralidad; prueba de que estos desgraciados sólo habían recibido de la instrucción religiosa poco de lo esencial, y ateniéndose á ello y faltos de la luz que una inteligencia educada les habría dado, creían de buena fé que eran compatibles las plegarias á la Vírgen, con una vida de robos y crímenes, y hasta que las influencias celestiales podrían venir en ayuda de ellos para sacarles airosos de las más innobles empresas.
Ahora bien; nuestros jíbaros han nacido cristianos, por tales se tienen, y nada más lógico que pensar en la influencia que en asunto de moral pueden ejercer los ministros del cristianismo, de esa religión del amor y de la fraternidad, que enseña á respetar el deber y á amar el derecho; plácenos reconocer que el sacerdote puede contribuir á desarrollar el sentido moral del jíbaro enseñándole que para ser admitido en el reino de Dios, no bastan las oraciones y las prácticas del culto si á ellas no va unida la práctica de una moral severa. Bien sabemos que no pedimos ninguna cosa extraordinaria, ni novedad alguna; pero ello es que el procedimiento aun cuando no sea nuevo, tenemos motivo para creerle necesario, y por lo tanto estamos en el derecho de apuntarlo, toda vez que la doctrina evangélica, compendio el más hermoso de moral, siendo la doctrina que al través de los siglos ha reinado en este suelo, ha debido darnos jornaleros sanos de espíritu, y, según hemos podido deducir, los sentimientos morales del campesino dejan bastante que desear en determinados puntos, aún sin exagerar sus vicios. No acusamos á nadie, sólo indicamos que la acción moralizadora de la religión ha sido poco eficaz, probablemente á causa de no haberse insistido lo bastante en la enseñanza moral, y lamentamos que una fuerza tan poderosa como la Religión no haya sido aquí todo lo provechosa que debiera.
Conviniendo, sin embargo, en que la acción del sacerdote, por varias razones, no es hoy, por sí sola, suficiente, desearíamos que en las escuelas se diera á la educación moral toda la importancia que reclama, tanto bajo el aspecto religioso como bajo el aspecto filosófico; es decir: que sin descartarla de la religiosidad se la enseñara como uno de los elementos de una buena educación, llevando á la conciencia del jíbaro el deber en que está de ajustar su conducta á los sanos principios morales, tanto por ser un deber, cuanto porque las virtudes que honran al hombre y le hacen mejor, son una conveniencia para el mismo, ya desde el punto de vista de la respetabilidad con que le reviste, ya mirando á la utilidad que aun en el órden puramente material reportan.
Y de nuevo repetimos lo que al tratar del modo de mejorar intelectualmente al campesino dijimos; escuelas, muchas escuelas, y á ser posible, ponerlas bajo la dirección de la mujer; pues sin negar al hombre capacidad para ejercer el profesorado de la infancia, es incuestionable que la mujer, poseedora de esos delicadísimos sentimientos, de esa dulzura, de ese tesoro de amor que la naturaleza ha depositado en su organismo, previendo la maternidad, es más apta por este concepto para realizar su empeño. Todo en su sér conspira para hacerla capaz de realizar esta obra; la de sembrar en el corazón del hombre los gérmenes de las virtudes que luego le han de dar realce merecido.
De todos modos, encomendadas á uno ó á otro sexo las escuelas, lo importante es la multiplicación de estas, y que el programa de enseñanza atienda como es debido á la cultura moral del alumno; es preciso contar para ello con el profesor y atenernos á sus esfuerzos, con tanto más motivo cuanto que en la escuela hay que contrarrestar las deficiencias de moralidad que en la casa de los padres existan, y por el apuntamiento que hemos hecho háse visto que existen en no escaso número tales deficiencias, que, lejos de ser los padres guías de sus hijos, hay que invertir los términos y hacer del hijo, por medio de la instrucción, un modificador saludable de los hábitos paternos, ya que sobre estos es más difícil actuar por haberse desarrollado en la ignorancia; hoy por hoy debemos educar los padres del porvenir y sobre todo las madres; después acaso la labor del preceptor sea ménos ruda, pero por el momento no cabe contar con fuerza más poderosa que con la del educador.
Una vez señaladas la conveniencia de un cambio en los procedimientos administrativos, de una instrucción religiosa y de una educación moral en las escuelas, vamos á indicar, siquiera brevemente, algunos otros medios, ya en un sentido ménos general del que hasta ahora lo hemos hecho, ya de una esfera más relacionada con el elemento rural motivo de nuestras investigaciones, porque si al Gobierno hay que pedirle algo en la obra del progreso social de los pueblos y algo importante, no todo ha de esperarse de arriba; mucho pueden hacer las corporaciones que más inmediatamente están en relación con los campesinos y hasta los mismos particulares pueden contribuir al objeto en que todos estamos interesados.
Á las acciones reunidas del sacerdote y del maestro debe agregarse la acción individual; la obra de moralizar á un pueblo es tan grande y de tanta trascendencia, que pedir ejemplos de moral al que sobresale del nivel de las clases populares es asegurar el éxito de la empresa. De las montañas baja el alud á los valles; de las montañas baja también la corriente de agua fresca y cristalina que los fertiliza.
Además del ejemplo, algo práctico pueden hacer esas personas que están más en contacto con el jíbaro; despertar el espíritu del ahorro fundando sociedades que adquieran la confianza del bracero, y que les sirvan de prueba tangible de la utilidad que reporta el ahorro, considerando el trabajo como nobilísima virtud que debemos amar, honrando al bracero laborioso, distinguiéndole, ayudándole en sus necesidades para que aprecie el fruto de su honrado proceder cuando más falta puede hacerle el esfuerzo de sus brazos, en vez de echar de ménos bandos de política y de buen gobierno que se explicaban en otros tiempos pero que hoy están justamente desechados por injustos é incapaces de producir el bien.
Los municipios deberían además de atender preferentemente á la creación de las escuelas rurales, organizar diversiones que sustituyan á la gallera y al juego: si al principio se mostrasen refractarios los campesinos, luego gustarían de ellas. Los pueblos como los indivíduos tienen sus necesidades y una de ellas es la de distraerse; organícense distracciones instructivas, decorosas, y se habrá matado el juego; para lo cual convendría también que la lotería no existiese.
Contra el progresivo desarrollo de la embriaguez, échese mano de las Sociedades de Templanza; prémiese la temperancia, la asiduidad en el trabajo, la virtud en todas sus manifestaciones, despertando la emulación y encauzando el espíritu de esas pobres gentes, con procedimientos dulces, por el camino que deben ir.
Como las Sociedades de Templanza, las Sociedades cooperativas son un medio moralizador de una fuerza que todo el mundo reconoce; que entre nosotros habría que vencer dificultades para aclimatar estos hábitos es innegable, pero tal razón sólo es buena para permanecer en la inercia. Nada que de los esfuerzos humanos dependa es imposible de realizar; la cuestión está en ajustarse á las condiciones que nos rodean cuando intentamos alguna cosa, y el éxito no podrá ménos de coronar nuestra diligencia.
La creación de las aldeas, de que se ha venido ocupando últimamente el Gobierno, es una obra útil para el mejoramiento del campesino; pero no nos forjemos ilusiones: las aldeas son como una semilla, las aldeas nacen espontáneamente cuando caen en buen terreno, cuando se fundan en zonas apropiadas. Si elegimos un sitio cualquiera, fabricamos veinte casas, traemos veinte familias á ellas, siempre que estas familias carezcan de medios hábiles para procurarse la subsistencia en el mismo lugar ó en sus cercanías, de seguro abandonarán las casas; al fin y al cabo la casa es lo de ménos para gente que la estiman en poco, para quien con casi nada fabrica una casa en muy pocas horas.
Para nosotros esas aldeas, si han de tener condiciones de viabilidad, deben reunir muchas circunstancias favorables. La bondad del sitio, la favorable disposición del terreno y la vecindad de una fábrica, hacienda, etc., en donde el aldeano encuentre ocupación.
Indudablemente á los grupos rurales se les ha dado muchísima importancia, y con razón en estos últimos tiempos; sin negársela, creemos, no obstante, que los esfuerzos directos serán inútiles; creemos que se hará más fundando colonias agrícolas y obreras en lugares bien elegidos, que levantando casas al capricho, aunque sea en un páramo; de semejantes aldeas, muy pronto no quedará ni el recuerdo del sitio en que se fundaron.
Para terminar, diremos que es indispensable procurar por todos los medios hábiles, que le sean agradables al labrador las ocupaciones agrícolas, no sólo protegiendo y premiando el trabajo libre del bracero, sino fomentando el desarrollo de las pequeñas propiedades; el hombre de campo ama la tierra como un enamorado, quiere poseerla á pesar de todas las contrariedades, los trabajos campestres en que el humilde labrador funda su esperanza le absorben, y cuanto mayor fuere el número de estos pequeños propietarios, más estímulo habría para el trabajo; pero sería preciso que los braceros viesen que sus compañeros de fatigas elevados al rango de propietarios no se arruinaban por causa de los excesivos impuestos.
Precisamente el número de estos labradores, pequeños propietarios, disminuye cada dia, no sólo porque al jíbaro casi le conviene más alquilarse, sino porque se ha favorecido el desarrollo de las extensas posesiones agrícolas hasta en el reparto de los terrenos baldíos, en el que resultan beneficiados los acaparadores de mucha extensión de tierra, reproduciendo, hasta cierto punto, algo de lo que ocurrió cuando las ya extinguidas manos muertas; esto es, que la tierra no pudo ser explotada tan fácilmente como lo es cuando se encuentra más repartida la propiedad agrícola.
Tal es, en pocas palabras, el conjunto de medios que nos parecen más acertados para mejorar moralmente al campesino; no es labor fácil ni de un dia el reformar todo lo que debe reformarse con objeto de conseguir la transformación de las costumbres de un pueblo; pero hay que acometer la obra cuyo término nos ofrece la más hermosa y saludable consecuencia, cual es el progreso de esta tierra á la que nos debemos.
Todos los que aspiramos al bien de los demás, que es el nuestro propio, debemos en la esfera en que estamos colocados aportar á esta obra de engrandecimiento del país en que nacimos nuestro óbolo, y cuando hayamos cumplido nuestra tarea, encomendarla á nuestros hijos y trasmitir esta aspiración á nuestros sucesores, convencidos, como debemos estarlo, de que ni los derechos políticos más extensos, ni nada podrá resucitar á un pueblo, darle virilidad, si está corrompido, y que hasta la misma libertad peligra cuando se olvida la práctica de las virtudes, que dan á los pueblos elevación y carácter moral.
Sintetizando lo dicho, entendemos que el campesino puertorriqueño adolece—en el órden físico—de faltas dependientes de su género especial de vida, tanto ó más que del clima de este país.
Que dicho género de vida puede y debe cambiarse por otro que tienda á mejorar aquellas condiciones, siendo el más importante de los medios para conseguirlo, la higiene; su enseñanza en las escuelas de instrucción primaria. Además, es preciso, por medios indirectos, mejorar la alimentación del campesino, oponerse á todo aquello que haga subir el precio de los alimentos de primera necesidad, suprimiendo los derechos de consumo, castigando el expendio de sustancias alimenticias de mala calidad y matando los privilegios.
Dirigir la educación física por medio del gimnasio en la escuela, organizando juegos gimnásticos adecuados á la época y hasta utilizando el sistema de premios al mejor desarrollo físico de los niños, etc.
El estado intelectual del campesino no es mejor que el físico. Las causas de ello están perfectamente explicadas en la falta de educación en que se ha tenido y aun se tiene á la familia rural.
Las escuelas, la educación en general, y en especial la de la mujer, remediarán este atraso.
El nivel moral del campesino es poco satisfactorio, y obedece, como hemos podido ver, á múltiples y complejas, causas de las cuales unas han cesado y otras persisten aun.
Para levantar este nivel es necesario que todos trabajemos; la administración ganándose la confianza del campesino, haciendo cesar los abusos que, cometidos en perjuicio del campesino pobre, han viciado su carácter; prodigando la educación, favoreciendo el trabajo honrado, tratando por todos los medios que están á su alcance de elevarle moralmente. El jíbaro, justo es confesarlo, ha sido tratado de un modo tal, que su desconfianza hacia el poder está plenamente explicada. "Gracias á Dios nunca he tenido que ver la cara á la justicia," dice el campesino puertorriqueño, no porque se vanagloríe de no haber cometido falta penable solamente, sino expresando que desconfía del éxito que habría alcanzado en caso que hubiese tenido que entrar en relaciones con razón ó sin ella con la justicia.
Esa desconfianza, las decepciones que le han aflijido le han hecho huraño, y le han inducido á huir de la sociedad buscando la libertad donde únicamente puede hallarla, entre sus bosques y montañas; aislándose, en una palabra, con perjuicio de su educación.
Hemos terminado nuestro estudio: en él hemos tratado de compendiar lo esencial, al ménos, de cuanto abarca el vasto problema social que encierra el tema propuesto. Al hacerlo hemos tenido que decir con franqueza ciertas cosas, bien que sin ánimo de herir á nadie; hicimos ni más ni ménos que lo que hubiera hecho una persona encargada de mostrar al médico el mal de que padece un miembro de su familia, descubrirlo y decir lo que sepa sobre las causas que lo motivaron. Si al descubrirle se ha enrojecido el paciente, mejor; conoce su estado; hará un esfuerzo para ayudar al médico. Si el médico aprecia las causas, el remedio le vendrá á las manos. Todos habrán ganado en ser francos.
Nosotros estamos satisfechos del fin que nos hemos propuesto, de la honradez que nos movió á tomar la pluma; pero desconfiamos de las condiciones de una obra superior á nuestras fuerzas y ejecutada con una precipitación que perjudica siempre á esta clase de trabajos. La ofrecemos, no obstante, persuadidos de que todo lo que tienda á mejorar nuestro estado social es digno de atención y obliga lo mismo al sabio que al último de los obreros.
Creyéndonos el último de todos, sólo aspiramos á que se nos reconozca la buena voluntad que nos ha guiado, siquiera á esa buena voluntad vaya unido también el interés que recuerda aquella máxima de Jorge Herbert: "Formaos una buena sociedad, y sereis uno de sus miembros."
FIN.
[1] Don Manuel Fernández Juncos.—Estudio de costumbres.
[2] Don José Pablo Morales.—Almanaque Aguinaldo.
[3] Don Salvador Brau.—La Campesina.
[4] Tres causas de atraso, artículos publicados en La Salud, por el autor.
[5] Estudios sobre el Paludismo, artículos publicados en El Eco Médico Farmacéutico, de Puerto Rico.
[6] Lacasagne.—Resumen de Higiene privada y social.
[7] Notas sobre la higiene provincial de León.
[8] Debemos á los Sres. Don Luis Muñoz Rivera y Don José Negrón Sanjurjo agradecimiento por habernos hecho conocer algunos bellos ejemplos de nuestra poesía popular. Reciban por éste valioso obsequio nuestra expresiva gratitud y reconocimiento.
[9] Memoria sobre instrucción pública premiada por el Ateneo, escrita por el Dr. Don Gabriel Ferrer.
[10] La Campesina.—Disquisiciones sociológicas por Don Salvador Brau.
[11] Memoria sobre instrucción pública, premiada por el Ateneo y escrita por el Dr. Don M. Travieso.
Inocencia (novela). 50 ctvs.
D. Francisco J. Hernández (biografía). 25 ctvs.
Cartilla de Higiene, para las escuelas públicas. Única declarada de texto en esta Isla. 25 ctvs.
Los animales vertebrados útiles y los dañinos á la agricultura del país. (Memoria premiada en el Certámen del Ateneo.) 40 ctvs.
Episodio Puertorriqueño (época de la invasión de Drake).