IV
La conquista espiritual.
No todos los indios aceptaron la dominación jesuítica. Optaron por ella, casi exclusivamente, aquéllos más vejados por los encomenderos, buscando el alivio, ya que eran incapaces de proporcionárselo por sí mismos, en una servidumbre menos cruel. Los reducidos fueron, pues, una minoría, faltando á la obra aquéllos más bravíos, es decir los más interesantes.
Las reducciones de Quilmes y del Baradero, tan próximas, no obstante, á Buenos Aires, fueron un fracaso; igual puede decirse de las que intentaron evangelizar la Patagonia; siendo las calchaquíes enteramente destruidas y saqueadas cuando la rebelión de Bohórquez, á pesar de que parecían aseguradas por un gran éxito industrial.
Pasando por alto las tribus pequeñas no reducidas, como los salvajísimos nalimegas, los guatás, los ninaquiguilás, etc., y no contando sino las naciones que contenían muchas parcialidades, se tiene el siguiente resultado de reacios:
Los guayanás, nación tan numerosa que se la creía formada por todas las tribus no guaraníes, siendo de notar que esta denominación comprendía entonces sólo á los indios reducidos. Era gente docilísima, sin embargo; jamás causó daño á las reducciones, con las cuales vivía en continua relación, ayudando á los conversos en el trabajo de los yerbales mediante algunas baratijas.
Seguían por orden de su importancia numérica ó guerrera, los charrúas; los tupíes, tan huraños que se dejaban morir de hambre cuando caían prisioneros; los bugres; los mbayás; los payaguás;[59] los belicosos tobas; los feroces mocovíes y otros muchos, sobre todo chaqueños.
La defección de los guanás y de los jarós, prueba cuán débiles fueron en realidad los lazos que los unían á aquella rudimentaria civilización.
Con inmenso trabajo habían conseguido los PP. reducirlos, cuando un día se presentaron á su director, comunicándole que se hallaban resueltos á adoptar su antigua vida; pues el Dios que se les predicaba era una deidad muy incómoda, á causa de que estando en todas partes no había cómo librarse de su fiscalización.
El estado intelectual de aquellos indios, se revela con harta claridad en ese argumento.
Otra misión también fracasada fué la de los guaycurúes, salvajes belicosos cuya reducción habría convenido efectuar; pero los PP. tuvieron que abandonarlos á los diecisiete años de esfuerzos infructuosos.
El aislamiento de las tribus, su miseria y sus rivalidades; el dominio laico establecido ya; las identidades religiosas hábilmente explotadas, eran circunstancias favorables á la reducción. Los PP. habían encontrado que el Pay Zumé, vaga deidad á la cual rendían cierto culto los guaraníes, no podía haber sido otro que el apóstol Santo Tomás (padre Tomé) adaptando á la región una de las tantas leyendas religiosas que el fanatismo dominante creyó notar esparcidas por las selvas americanas, á favor de caprichosas semejanzas eufónicas entre las lenguas, ó de coincidencias mitológicas—como el hallazgo de las dos tribus hebreas, perdidas desde el cisma de Roboam, el rastro evangélico que se creía determinar en el uso indígena de la cruz como símbolo religioso, y aquella pretendida predicación de Santo Tomás.
Tuvo su éxito la leyenda, que los PP. aplicaron á su sabor y quizá de buena fe, aprovechando el tradicionalismo forzosamente confuso de tribus sin literatura. La veneración de la cruz (que era igualmente quichua y calchaquina) se las había enseñado el apóstol; sus huellas quedaban grabadas en las areniscas, y era él quien les había dado la posesión de aquellas tierras. Esto último lo alegarían después los indios como argumento, ante los comisarios ejecutores del tratado de 1750.
Su cosmogonía infantil, así como su creencia en la inmortalidad del alma y su temor á los espectros, se prestaban á cualquier adaptación en poder más listo; su falta de patriotismo, en el sentido elevado que hace de este sentimiento una fuerza, y la facilidad con que todos entendían el guaraní, tronco de sus dialectos, agregaban nuevas facilidades á la obra evangelizadora. La misma poligamia, que es el obstáculo más arduo de las misiones, no pasaba, para la mayoría, de una aspiración casi nunca realizada.
Cuando los PP. se convencieron de que la seducción no bastaba para atraer á los guaraníes más salvajes no obstante su inmediación, echaron mano, como dije, de medios más expeditos.
Uno de ellos fué la compra de los prisioneros de guerra que las tribus se hacían, aun cuando ello implicaba fomentar la discordia; pues lo esencial era, como se advierte sin esfuerzo, el establecimiento del Imperio. Otro consistió en el empleo de neófitos ladinos, que procuraban introducirse en las tribus para inducirlas al nuevo estado. Los indios que conseguían atraer á su culto, daban el pretexto para una intervención más decisiva.
Llegaban entonces los PP. á la tribu, diciéndose atraídos por la fama del cacique á quien lisonjeaban y regalaban, produciendo entre todos la consiguiente agitación.
Cualquier incidente sucesivo—la protesta del hechicero que, por de contado, se alzaba contra los intrusos, la negativa del cacique solicitado, su coacción sobre los flamantes conversos—eran interpretadas con carácter agresivo, justificando la intervención de las armas.
Los PP. unían en su obra lo divino á lo humano, con fino espíritu práctico, y nunca la emprendían sin el correspondiente concurso militar. Ya los que entraron á la Guayra en 1609, llevaban su escolta de mosqueteros.[60]
Quedaban, por lo demás, los otros arbitrios del caso para apoyar la acción bélica. Sucesos impresionantes, como las borrascas, estampas que representaban los tormentos del infierno ó la bienaventuranza de los santos, aplicados con oportunidad al asunto y en fácil competencia con míseros hechiceros, les daban pronto la ventaja. Éstos eran, sobre todo, médicos; y es de imaginar cómo saldría aquella ciencia, base de su prestigio, en pugna con hombres civilizados y sagaces cuyos actos resultaban milagrosos en relación.
Las acciones de guerra, no producían sino triunfos; y fueron combates célebres de aquellos tiempos, los que el bravo guaraní Maracaná, dirigido por los PP., libró, saliendo victorioso, contra los caciques Taubici y Atiguajé. El primero, que era brujo además, fué arrojado á un río con una piedra al cuello.
Tres otros más, Yaguá-Pitá, Guirá-Verá y Chimboí, muertos los dos primeros en pelea y gravemente herido el otro, acabaron de cimentar el prestigio de los PP., hasta bajo la faz militar. Llegaron á sostener verdaderos sitios, en campos atrincherados y con buena táctica, como lo demostró el P. Fildi en su lucha contra Guirá-Verá.
Escasas fueron las represalias, contándose en total cinco asesinatos de misioneros: los padres González, Mendoza, Castañares, Castillo y Rodríguez.[61] Las leyendas milagrosas pulularon en torno de estos sucesos. Decíase que el corazón del P. González había hablado desde su fosa, y que el fuego se negó á consumir su cuerpo. El celo de los misioneros se avivó con esto, habiendo algunos que, en su lecho de muerte, lamentaban no haber recibido el martirio.
Pero la masa cedió en todas partes con notable docilidad, aunque no creo, como sostienen los escritores clericales, que fué organizada por los jesuítas en la única forma posible, dadas sus condiciones morales.
Se ha pretendido, en efecto, que el comunismo estaba requerido por su naturaleza ociosa é imprevisora; el aislamiento, por su variabilidad que constantemente la exponía á intentar aventuras fuera del patrocinio jesuítico; la adopción exclusiva de su idioma, porque no toleraba el español. Será así; pero el caso es que no hay indicio de un solo ensayo contradictorio, útil por demás, si no se quería hacer del indígena un incapaz en perenne tutela.
Mi opinión es que los PP., tomando como base de organización social la de su propio instituto, que lógicamente les parecería la mejor, hicieron de las reducciones una gran «Compañía», en la cual no faltaban ni el comunismo reglamentario, ni el silencio característico. En los pueblos no se cantaba sino los días de precepto, y hasta los juegos de los niños carecían de espontaneidad. Todo estaba reglado á son de campana, y á la voluntad exclusiva de los religiosos.
La evangelización se detuvo, en cuanto el éxito que aseguraban los privilegios concedidos por la Corona, y la fertilidad del país, determinaron el carácter profícuo de la empresa. El ideal místico cedió entonces el campo al económico, por más que continuara influyendo con su prestigio ya probado, al éxito de este último. Entonces, toda la actividad de aquellas factorías religiosas se consagró á buscar la salida marítima, que la conquista laica había intentado con la expedición de Chaves, por el Mamoré y el Marañón. En este propósito iba á experimentar su primer revés.
Algunos deportados lusitanos y piratas holandeses, habían fundado en la provincia brasileña de San Pablo, una especie de colonia libertaria, que se mantenía explotando á su guisa el trabajo de los indios. El choque era inevitable entre aquellas dos fuerzas que iban hacia el mismo fin, usando medios de todo punto opuestos. Eran el self made man de un tipo, contra el de otro antagónico, y se disputaron la supremacía con encarnizamiento mortal.
La humanidad y la civilización tienen que estar con los jesuítas en esa lucha, pues ellos representaban la defensa del débil contra semejantes hordas de facinerosos sin ley; mas el problema que aquélla implica, no es solamente sentimental. Reside ante todo en la desigual condición que creaba á los «paulistas» el privilegio jesuítico, con sus exenciones contributivas, y la intervención del gobierno para poner bajo tal influjo á los indios.[62]
Tremenda fué su invasión de la Guayra. Entraron á sangre y fuego, con ánimo de arrasar para siempre el foco rival, y lo ejecutaron casi sin oposición. Aquella soldadesca sugería horrores salvajes con su desarrapada masa, su armamento irregular hasta lo monstruoso, sus morriones de cuero crudo y sus corazas de algodón.[63]
Lleváronse de calle toda resistencia, maltratando á los jesuítas que procuraron detenerlos, y aun asesinándolos, como al P. Arias. Ni los ornamentos sagrados con que los encontraban revestidos, eran poderosos á contenerlos. Saquearon y profanaron lo mismo los hogares que las iglesias. Á un tiempo destruyeron las reducciones de la Guayra y del Tape; mas como toda montonera, carecieron de constancia, y hartos de botín no pensaron sino en gozarlo. Á esto debieron los PP. la relativa eficacia de su retirada.
No obstante, el golpe fué espantoso. Los montes quedaron llenos de niños y de moribundos, que se rezagaban del rebaño de esclavos conducido en insolente triunfo. Á sesenta mil lo hacen llegar los jesuítas contemporáneos. En vano el P. Maceta se trasladó al Brasil en demanda de justicia. No la había contra los montoneros enriquecidos que ya empezaban á hablar de un nuevo ataque. Aquél no tuvo otro recurso que regresar, para evitarlo con la fuga, decidiéndose en consecuencia el abandono de las trece reducciones guayranas.
Bajo las órdenes del P. Montoya, doce mil personas, con setecientas barcas, se movieron aguas abajo del Paraná, en dirección al actual territorio de Misiones. Memorables fueron aquellas jornadas por sus peripecias trágicas, como el destrozo de las canoas en las rompientes de la gran catarata, y la peste que azotó á los expedicionarios. Éstos hasta debieron suspender su viaje, durante toda una estación, mientras sembraban y recogían lo necesario para mantenerse; y si algo resalta con admirables caracteres en ese éxodo colosal, es la figura del P. Montoya, apóstol digno de la epopeya por su heroísmo y por su genio.
Las orillas del Yababirí, adonde arribaron por último los emigrados, sustentaban diez reducciones desde 1611. Allá fueron acogidos, empezando recién con su establecimiento la existencia firme del núcleo central del Imperio, y las fundaciones definitivas que, andando el tiempo, serían los treinta y tres pueblos célebres. Las trece primeras recibieron los mismos nombres que las abandonadas de la Guayra, estribando en esto, sin duda, los errores cronológicos de Azara y de sus secuaces.
Así, pues, el centro del Imperio se había desplazado; pero aquellos hombres, con un tesón digno seguramente del triunfo, no abandonaron su proyecto.
Treinta años después, florecía ya vigorosa la conquista espiritual en el nuevo territorio, á través del cual, y dominando ambas márgenes del Uruguay, penetraba otra vez por el Brasil cuya costa buscaría, sin perder su objetivo, á la altura de Porto Alegre.
Una vez reorganizada, su rendimiento fué más que satisfactorio, como va á verse; aunque resulte tan exagerado atribuirle un carácter comercial exclusivo, como negárselo del todo. En realidad, los PP. no tenían por qué rehusar un justo provecho, con mayor razón cuando no era para su enriquecimiento personal.
Los escritores clericales se han empeñado en demostrar, exagerando á mi ver su objeto, que los indios andaban muy livianos de trabajo con aquel régimen, disfrutando, mejor dicho, de un ocio disimulado. No lo indica así el rápido progreso de las Misiones, donde los PP. eran además muy pocos (dos comúnmente en cada una) para que su trabajo personal influyera. Si la dificultad está en conjeturar el paradero de sus saldos favorables, yo no la veo. Al fin, aquélla era una obra humana, y no me parece que se desluzca por un éxito más, como sería el industrial. Su producto amonedado, iría naturalmente á poder del generalato, invirtiéndose en bien de la orden y de la religión; porque en cuanto á existir utilidad, ella es evidente.[64]
Una estricta economía imperaba en las reducciones. Todos los productos eran almacenados, proveyendo los PP. á la manutención de cada una, con la administración de los depósitos, y enviando el resto á Buenos Aires, de donde volvían en retorno efectos de consumo y ornamentos, previa deducción del tributo eclesiástico y civil.
Pero las necesidades de la población no eran grandes. Como tejidos, usaba exclusivamente el algodón, producido y labrado allá mismo, y andaba toda descalza. Su alimentación era también producto de la tierra, con la excepción única de la sal, que se importaba; sus viviendas no requerían ningún material extranjero; armas y pólvora, allá se fabricaban; lujo, no existía, pues la vida era para todos reglamentariamente igual, y en cuanto á los objetos del culto, éstos, por su propio destino, exigen pocas reposiciones.
Ahora bien, solamente los yerbales de los siete pueblos situados en la margen izquierda del Uruguay, estaban estimados en un millón de pesos; los algodonales eran vastísimos; las dehesas muy pobladas; la industria daba para exportar tejidos y artefactos á las comarcas limítrofes. Las reducciones producían, pues, mucho más de lo que gastaban.
Doblas, que las conoció ya en decadencia, hizo un cálculo de los gastos y recursos cuyo promedio podía atribuirse á cada pueblo, y esto será mi base para estimar la producción total, no sólo porque se trata de datos oficiales en los que no cabe suponer exageración, pues ella habría redundado en todo caso contra su autor,[65] sino porque éste era más bien amigo de los jesuítas.
Calculaba el citado funcionario el gasto de un pueblo de 1200 habitantes,[66] en 8000 pesos anuales, incluyendo sueldos de administración y de curato, que no existían en tiempo de los jesuítas; y el producto en 40 á 50 pesos por habitante, más 3000 de los ganados.
Suponiendo mil personas de trabajo, para descontar doscientas por enfermas é impedidas, pues todo el mundo se ocupaba desde los cinco años, queda á favor de la producción un saldo de 30.000 pesos en números redondos.
Durante el dominio jesuítico, la población de las reducciones alcanzó á 150.000 habitantes (en 1743) pero no quiero contarla sino por 100.000—aunque ya en 1715 subía á 117.488—para atribuir al resto los niños menores de cinco años y los enfermos, muy escasos por lo demás, dada la salubridad del clima.
Incluyendo en los 40 pesos[67] por habitante, que Doblas señala como el término más bajo de su estima, el producto de los ganados también, resultan 4.000.000 anuales.
Pongamos un millón de gastos. En realidad serían 668.000 pesos exactamente; pero debe agregarse á esta suma los dispendios ocasionados por las fiestas patronales, que calcularé en 1.000 pesos cada una para no regatear, pues Doblas asignaba de 3 á 400 á las más modestas. Á una por pueblo, son 33.000 pesos; quedando todavía más de 300.000 como exceso favorable, al cual puede imputarse las mercaderías y ornamentos importados.
Y bien; con todas estas concesiones, el resultado es estupendo todavía; pues no contando sino desde 1700, á pesar de que antes de esta fecha la producción era ya muy fuerte, salen más de doscientos millones líquidos.
Doblas era comerciante y sabría apreciar bien; pero rebájese su cálculo de producción á la mitad; exclúyase la circunstancia de haber sido verificado durante la decadencia del Imperio, y siempre se tendrá cien millones en sesenta y siete años; lo cual, dado el valor de la moneda en aquella época, representa una sólida explotación.[68]
No es cierto, pues, que el producto de las reducciones, se invirtiera todo en su provecho. Aun asignándoles gastos exagerados, como acaba de verse, éstos no llegan ni con mucho á equipararlo.
La cría de ganados alcanzó en ellas una importancia notable. Los campos de Corrientes y Río Grande se poblaron de estancias, con veinte y treinta mil cabezas cada una; pero como á todos los pueblos correspondía un plantel para el consumo, los del actual territorio de Misiones tenían que importar sal necesariamente. Creo que el sistema de evaporación, mencionado en el Capítulo II, debió de suministrarla para los ganados, siendo muy económico, así como el transporte que se haría en carretas por los excelentes caminos de la época.
Unas reducciones explotaban de preferencia la ganadería y otras la agricultura, en las producciones generales del territorio, siendo las más importantes la yerba y el algodón. Había cañaverales de azúcar, pero no sé que los trapiches suministraran este producto; su rendimiento casi exclusivo, en todo caso, fué de melaza, tal como sucede hoy. El bosque daba también yerba, si de calidad inferior á la hortense, en cantidad mucho mayor; y su transporte se verificaba por los ríos hasta Buenos Aires, en monstruosas jangadas que cargaban hasta cien mil kilogramos y navegaban casi al azar de la corriente.
El monopolio jesuítico era absoluto, pues en las reducciones no circulaba moneda alguna.[69] Como, por otra parte, la entrada de comerciantes en ellas se hacía casi imposible, pues de las treinta y tres sólo podían comerciar libremente seis, en la margen derecha del Paraná, los PP. eran los únicos exportadores; naciendo de aquí su interés, así en dominar los dos ríos, como en tener por suya la salida al Océano.
Se ha dicho que el comunismo aquél, constituía la felicidad misma, al no admitir pobres ni ricos; y ello resultara discutible, de haber sido los indios sus propios administradores. Pero bajo la tutela absoluta de los PP., quienes disponían sin limitación de las ganancias, aquello no fué otra cosa que un imperio teocrático, en el cual todos eran pobres realmente, excepto los amos.
Ni la comida tenían suya, como éstos no se la concedieran; el vestido era un uniforme sumamente ligero: calzón, camisa y gorro de algodón para los hombres; para las mujeres un tipoy de la misma sustancia—y ya dije que todos iban descalzos. La alimentación, casi enteramente vegetal, era un ordinario de mote y mandioca, bueno y abundante.
En todo se mostraba la disciplina monástica, á la cual concurrió con eficacia el aislamiento. Desde el territorio, arcifinio como era, hasta el idioma indígena, conservado con exclusión rigurosa del español, las circunstancias convergían al mismo fin. La salida marítima, tan empeñosamente buscada, tenía, fuera de su importancia comercial, un objeto idéntico.
Buenos Aires formaba un escollo permanente al propósito teocrático, por el espíritu liberal que le venía de sus relaciones con el comercio hereje y por el contrabando de libros prohibidos; siendo por otra parte los jesuítas, la más pequeña de las comunidades. Evitarlo, formaba parte del proyecto general, con más que así escapaban al control de la autoridad civil.[70]
Aquel poderío en aquel aislamiento, dió al Imperio una existencia indiscutible en el hecho, bien que políticamente formara parte de la monarquía española. El único obstáculo á la autonomía, hubiera sido el gobierno aquél; pero como los jesuítas le realizaban aquí su ideal del Imperio Cristiano, lejos de impedírselo los incitaba más cada vez. Y de tal modo era estrecha esta relación, que el auge de las Misiones empezó coincidiendo con una idea dominante del monarca, perfectamente clara como indicio sincrónico: el dogma de la Inmaculada Concepción, ideal teológico de los jesuítas.
El Superior de las reducciones era nombrado directamente desde Roma por el general de la Compañía, con entera independencia de la iglesia local. Residía en Yapeyú, con todas las potestades de un obispo, pues hasta facultado estaba para administrar la confirmación. El obispo Cárdenas, y Antequera, para no recordar sino los conflictos más célebres, experimentaron el poder de los PP., siendo echado de las reducciones el primero y malogrado así su objeto de fiscalizarlas; en tanto que el segundo, dejó la cabeza en la demanda. Pero debe agregarse que la orden no perdió en su aislamiento discrecional la disciplina característica. Castos y sobrios, sus miembros predicaban con el ejemplo. Su tendencia estudiosa no se relajó al contacto enervante de la selva, residiendo ante todo su prestigio en el talento y en la virtud.
Uno de ellos, el P. Suárez, cosmógrafo distinguido, se construyó por su propia mano los instrumentos más necesarios de su ciencia: anteojos hasta de cinco pies, y un reloj astronómico, que marino tan competente como Alvear, tuvo por obra notable.[71]
Hay todavía restos de cuadrantes solares en los pueblos jesuíticos. Puedo mencionar entre otros, uno restaurado de San Javier; otro bastante destruido en Concepción, pues el cubo donde está trazado lo picaron á cincel en busca de tesoros; y uno en la iglesia de Jesús (Paraguay) que los jesuítas dejaron inconclusa. Estaba dedicado, sin duda, á regular el trabajo de los constructores, pues para trazarlo se había revocado provisoriamente un pedazo de pared, donde iba á servir ínterin se llegaba á cerrar la bóveda.
Varias imprentas editaban libros religiosos, teniéndose noticias de cinco, que fueron instaladas en San Miguel, Santa María, San Javier, Loreto y Corpus, á no ser que se tratara de un mismo taller translaticio, como creen otros y me parece más probable. El carácter de sus impresiones, como podrá verlo el lector, no difería del dominante en aquella época. Mis ilustraciones proceden de la Historia y Bibliografía de la Imprenta en la América Española por José T. Medina, obra que me señaló como lo mejor para mi objeto, el director de nuestra Biblioteca Nacional, señor P. Groussac, cuya cortesía agradezco de paso; ambas reproducen facsímiles del célebre libro místico del P. Juan Eusebio Nieremberg, De la diferencia entre lo Temporal y Eterno, etc., traducido al guaraní por el S. J. José Serrano. El texto pertenece á la primera página,[72] y la lámina, una de las cuarenta y cuatro que lo ilustraban, á la 96; habiéndolos preferido, por tratarse de la obra tipográfica más considerable que produjeron las imprentas de las reducciones en su corto funcionamiento. Éste apenas alcanzó, en efecto, á veintidós años (de 1705 á 1727) sin que se sepa á ciencia cierta por qué fueron suspendidas las publicaciones; pero el ya citado Semanario de un Siglo, que el P. Suárez editó en Barcelona en 1752, demuestra que, por esta época, ya no había imprentas en las Misiones. Poco dado á las novedades sin objeto, he preferido una modesta reproducción de aquellos trabajos, con tal que ella presente al lector el mejor ejemplar posible.
Había también escuelas en todos los pueblos; pero así éstas como las imprentas, empleaban únicamente el guaraní. Los libros de los PP. eran naturalmente en latín y venían de Europa en su mayor parte.
La uniformidad topográfica de los pueblos, no manifestaba sino leves excepciones.
Una plaza de 125 metros por costado, con la iglesia, el convento y el cementerio en uno de ellos. En los tres restantes, casas generalmente de piedra, con galerías corridas que permitían andar á cubierto.
Desembocaban á la plaza, calles formadas por dos hileras de habitaciones. Cada hilera estaba aislada, siendo variable y hasta irregular el ancho de las calles intermedias sombreadas por naranjos, tanto más necesarios, cuanto que se cocinaba frente á las puertas. Dichas hileras formaban manzanas, lo cual daba al conjunto un aspecto enteramente rectangular. Las calles no tenían veredas.[73]