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El poema de la Pampa: "Martín Fierro" y el criollismo español

Chapter 3: CAPÍTULO II El Argumento
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About This Book

The author analyzes the intellectual separation between Spain and its American descendants and urges a cordial, attentive literary rapprochement. He centers on the epic poem Martín Fierro as an extraordinary popular work written in common speech that vividly depicts Pampas life, rural conflicts, and the gaucho's outlook. The gaucho is read as a transplanted Spanish element whose language, customs, and moral traits preserve deep Iberian patterns, and the essay traces this continuity to early colonization and Andalusian influence. Ultimately the poem is presented as a resource for understanding shared cultural identity and the tension between rural tradition and urban modernity.

The Project Gutenberg eBook of El poema de la Pampa: "Martín Fierro" y el criollismo español

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Title: El poema de la Pampa: "Martín Fierro" y el criollismo español

Author: José María Salaverría

Release date: October 22, 2020 [eBook #63525]
Most recently updated: October 18, 2024

Language: Spanish

Credits: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
produced from images available at The Internet Archive)

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL POEMA DE LA PAMPA: "MARTÍN FIERRO" Y EL CRIOLLISMO ESPAÑOL ***

AL ÍNDICE

 

BIBLIOTECA CALLEJA

PRIMERA SERIE



JOSÉ M.ª SALAVERRÍA

EL   POEMA
DE LA PAMPA





OBRAS DE JOSÉ M.ª SALAVERRÍA

EL PERRO NEGRO
(Ensayos).

VIEJA ESPAÑA
(Impresión de Castilla, con un prólogo de Pérez Galdós).

NICÉFORO EL BUENO
(Novela).

LA VIRGEN DE ARÁNZAZU
(Novela).

TIERRA ARGENTINA
(Viajes).

LA SOMBRA DE LOYOLA
(Ensayos).

A LO LEJOS
(Ensayos).

CUADROS EUROPEOS
(Viajes).

ESPÍRITU AMBULANTE
(Ensayos).

LA AFIRMACIÓN ESPAÑOLA
(Ensayos).

EL MUCHACHO ESPAÑOL

 

JOSÉ M.ª SALAVERRÍA

EL POEMA
DE LA PAMPA

“MARTÍN FIERRO”
Y EL CRIOLLISMO ESPAÑOL


MCMXVIII

CASA EDITORIAL CALLEJA
FUNDADA EN 1876


MADRID

PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADO

COPYRIGHT 1918
BY JOSÉ MARÍA SALAVERRÍA


Imp. Martín de los Heros, 65.

 

CAPÍTULO PRIMERO

Preliminar

NO tiene fácil disculpa el hecho triste, vergonzoso, de la separación intelectual entre las diferentes porciones del mundo castellano, y sobre todo entre España y sus hijas las repúblicas de América. Un siglo de resquemores, tal vez de odios; un largo siglo de mutua incomprensión y mutuo desvío, es un plazo sin duda suficiente largo para pagar culpas antiguas. Es ya hora de que españoles y americanos desistan de anacrónicas actitudes.

Cada vez se acentúa más la corriente de aproximación que arrostran los gobiernos y las entidades comerciales o universitarias. Pero tales corrientes aproximativas resultarán sin bastante suficiencia o eficacia si no les ayuda el interés y el mutuo estudio literario, ejercido con un sentimiento desde luego cordial y una crítica atenta, generosa.

Españoles y americanos no se hallan, al respecto, en el mismo plano de igualdad. Porque aun en los peores trances de desamor o de odio, los americanos han seguido directamente el desarrollo de las letras españolas, gracias al prestigio que las cosas europeas tienen siempre en América, y además por el indudable contenido de la literatura de España y por su superioridad frente a la de América. En cambio, los españoles peninsulares, desde que los virreynatos se alzaron en repúblicas, parece que hubiéramos decidido borrarlos del mapa de nuestra preocupación. Nada de ellos nos ha interesado. ¿Quizás porque, en efecto, nada valía su producción literaria?... Es verdad que los países americanos de nuestra lengua no han creado un Poe, un Emerson, un William James; pero ellos han dado a luz hombres extraordinarios en el orden político, militar y educador; han creado obras, en fin, que a los españoles nos deben preocupar, y yo me adelanto a poner como un tipo de obra curiosísima, altamente excepcional y hondamente española, este libro poemático del Martín Fierro.

Ya quedará tiempo para el comentario de las obras formales y de los autores eminentes de Hispano-América; no faltarán plumas capaces que aborden esa empresa. Yo he preferido acercarme a un libro irregular, sin forma casi, rudimentario probablemente, fruto del ingenio argentino. El poema del Martín Fierro no es popular a la manera anónima de los antiguos poemas europeos; tiene un autor conocido y reciente, que se llama José Hernández. Pero es profunda y particularmente popular, porque está escrito en el habla de las calles y los campos, sin aliño alguno, sin intención de producir efectos desaliñados, ingenuamente, espontáneamente, como un resultado asombroso de la inspiración del pueblo. En tal sentido equivale a un fenómeno, a un acontecimiento literario. Causa asombro, efectivamente, considerar que haya podido escribirse en época bien moderna, en el año 1872, un poema popular que contiene todas las particularidades de las obras míticas y de los libros anónimos, populares. Este raro fenómeno ha de explicarse por el estado primitivo que ofrecía la vida pampeana hasta hace pocos años; y ahora mismo no escasean en la Argentina territorios vírgenes poco menos que inexplorados, donde las gentes se conducen en una forma libre, pintoresca, a espaldas del tumulto de una civilización urbana de carácter súbito e inmigratorio.

Aunque no fuese más que por este último motivo, el Martín Fierro tiene para los españoles un valor muy grande. En sus desaliñados versos se pinta y describe el carácter de la primitiva población argentina, y esa población criolla está ligada a la idiosincrasia española con lazos tan íntimos, que hasta se puede decir que interesa tanto a España como a la Argentina el conocimiento, el estudio, el recuerdo de la auténtica población pampeana. El gaucho no es sólo un ejemplar platense; es también un elemento español, el cual en cierto modo contiene algunas de las más netas o principales características de la gran familia española.

El lector, desde luego, habrá observado en estas líneas la intención de hacer un descubrimiento literario. Ciertamente, se trata aquí de dar a conocer una obra casi del todo desconocida en España; si algún lector culto conoce el Martín Fierro, es a causa de haber visitado la República Argentina. Y como esta ignorancia casi general representa un descrédito, he ahí por lo que me propongo comentar el libro argentino y hacer que los criollos del Plata no acusen a la literatura española de excesivamente exclusivista o desdeñosa.

Repito que el Martín Fierro tiene para España acaso tanto valor como para la Argentina. El héroe del poema es criollo, gaucho puro, con mezcla, por tanto, bastante considerable de sangre india; los hechos que a través de las estrofas se ponen de relieve afectan a la vida de las Pampas y a conflictos territoriales, indígenas, especialmente a la lucha del campo libre y de la ciudad invasora. Pero, con todo, a pesar de su labor localista, los hombres y los conflictos del Martín Fierro tienen estrecha relación con España. La desaparición del gaucho ante el progreso formal de la ciudad cosmopolita, ¿cómo podría ser indiferente para los españoles? Téngase en cuenta que en el fondo de la naturaleza gauchesca palpita el espíritu de la sociedad colonial; rudo, ignorante, agreste como es el gaucho, él contiene en esencia toda la tradición de los conquistadores. Su lenguaje es un prodigio de permanencia prosódica, y hoy mismo se escuchan en plena Pampa voces y refranes que no han sufrido alteración desde el siglo XVI. En cuanto a su sentido religioso y filosófico, su sobriedad, su estoicismo, su socarronería, su valor, su empaque, su fidelidad, su desprendimiento, su mezcla de gracejo y de melancolía, su amor al caballo y al cuchillo, su guitarra y su cigarro... todos estos atributos corresponden a la naturaleza del español. Nosotros no podemos desdeñar, sin grave culpa, la noble, romancesca y extraña figura del gaucho.

Muchas veces se ha ponderado la identidad de raza, idioma y espíritu de España y las naciones de América. ¡Con qué frecuencia, sin embargo, ha sido proclamada esa identidad de labios afuera y como vano recurso retórico! Pero la identidad existe, a pesar de todas las ligerezas retóricas, y no son siempre los oradores a quienes debemos la aproximación hispano-americana; es ella misma quien la consuma. Quiero decir que la hermandad de España y América es fruto de un fatalismo, y se opera en virtud de causas extraordinarias, ineludibles.

La causa principal de que España y América no puedan ser nunca extrañas entre sí, consiste en que América recibió de una vez, rápida y copiosamente y con exclusión de todo agente ajeno, la civilización española. Esta civilización, además, la recibió América en su período más feliz de madurez y de fuerza, cuando el alma española salía depurada y robustecida de una épica prueba de siete siglos; cuando la unidad nacional estaba sellada indisolublemente; cuando el Renacimiento divinizaba la energía; cuando el lenguaje castellano adquiría su plenitud sonora y gramatical; cuando la política tenía un franco sentido expansivo y dominador; cuando el espíritu español no dudaba, sino que afirmaba su gran voluntad de poder.

Finalmente, América recibió la civilización, el idioma, la fe, el ser de España, de aquellos territorios peninsulares que tienen más metida en su alma el vigor castizo de la raza. Los primeros capitanes y pobladores salieron de Extremadura y Andalucía, y ellos infundieron a América su lenguaje, sus costumbres, sus más íntimos matices provinciales. De tal manera, que ahora mismo puede observar el viajero cómo en la modernista Buenos Aires conservan muchas casas el corte de las viviendas andaluzas, y cómo aquellos habitantes, hasta los hijos directos de italiano o de ruso, hablan con el dejo y los provincialismos de Andalucía.

La “solera”, que hace perdurar en los vinos de marca el sabor original, mantiene en el fondo americano el primitivo ser español. Y de este modo, cuando un escritor americano produce una obra sincera, a pesar suyo, y aunque pretendiera haber escrito una obra americana, en realidad escribe un libro español. Tal es el caso de José Hernández, literato argentino, autor del poema Martín Fierro.

José Hernández era un escritor modesto que no pretendía sorprender a París con una nueva tesis literaria. Se limitó a componer un poema, usando directa y felizmente el lenguaje del pueblo. Y sin darse cuenta, por un fenómeno bastante frecuente en literatura, hizo la obra más argentina, más veraz, más feliz de cuantas se han escrito en el país ríoplatense. Y como arrancó sus personajes y sus episodios de la misma entraña americana, sin remedio escribió un libro muy español. En efecto, el Martín Fierro es un romance heroico popular y costumbrista, que en realidad viene a describir la vida del español transplantado a América. El tipo del gaucho, tan americano de suyo, no es otra cosa, si bien se mira, que un español nacido en el clima y el paisaje de la Pampa.

No es fácil determinar el punto de América en que se conserva más pura la tradición de los conquistadores. En Méjico y en Bogotá, en Lima y en Santiago de Chile, el español suele recibir profundas y emocionantes sorpresas al encontrar tantas huellas vivientes de la cultura, el sentimiento y la misma superstición de España. Aquellas ciudades parecen más bien pedazos españoles, transportados íntegramente bajo el cielo americano. Y puede ocurrir que el español de la península encuentre que esos pedazos transportados contengan más sabor españolista, sean más íntima y externamente españoles que la misma España peninsular.

Es seguro que Bogotá y Lima reproducen mejor que Buenos Aires el tipo de la ciudad propiamente española. Henchidas de savia cosmopolita, las poblaciones argentinas de la costa se desprenden cuanto pueden de su sabor colonial; el campo también, en la proximidad de esas poblaciones de aluvión, va perdiendo su primitivo carácter, y al gaucho pintoresco sucede una forma híbrida de farmer vulgar, pedestre y sedentario. Pero hacia el interior tropezamos con un tipo de hombre tan curioso, tan auténticamente españolista, que nos resistimos a llamarle extranjero. El gaucho de antes, el paisano de hoy, tiene bastante más derecho a llamarse español que muchos pobladores de ciertas tierras de España.

El gaucho es un ejemplar de hombre que ha logrado cierta reputación universal. Se le conoce y se le ha comentado en muchos libros, a causa de su carácter, de su excepcionalidad. En esto se parece al español, puesto que el español, en el clima europeo, es un individuo aparte. Los otros países americanos eran generalmente aptos para sostener una población nutrida y sedentaria; el indio de Méjico y del Perú, habituado a un civismo siquiera rudimentario y a los trabajos de una industria y agricultura primitivas, y hechos a la vida comunal y a la obediencia de sus reyezuelos o emperadores, entraron fácilmente en la civilización colonial española y no destacaron mucho su carácter.

Pero en las riberas del Plata, como en los llanos de Venezuela, se formó una población particular, original, producto en gran parte del medio. Los mestizos de español y de indígena hallaron una pradera anchurosa, infinita y desierta, que de algún modo recordaba las planicies españolas. En aquella pradera, los carneros y los caballos se multiplicaron bíblicamente, y surgió ese tipo de pastor heroico que hablaba el idioma de los hidalgos, montaba a lo caballero, manejaba la daga diestra, y todo esto sin perjuicio de una rusticidad de salvaje libre, arisco y puntilloso.

Era yo niño, cuando cayó en mi poder un Viaje alrededor del mundo, escrito por Arago. Al recalar en el estuario del río de la Plata, el sabio escritor francés, con una frivolidad muy francesa, describe la vida del gaucho y borda una serie de fantasías. Pero con todas sus exageraciones, aquel tipo del gaucho me impresionó profundamente y quedó su figura bien grabada en mi memoria.

Después, al visitar la Argentina, y buscando la imagen del gaucho entrevisto en las primeras lecturas infantiles, hube de recibir una pésima explicación: ya no había gauchos en el país... Pero no hay que creer mucho a los criollos que piensan ufanos, ante el esplendor de Buenos Aires, que toda la Argentina es idéntica a la gran metrópoli. Indudablemente, la marea inmigratoria va borrando muchas características criollas; el paisano ya no viste chiripá[1] ni las antiguas botas indígenas. Pero separándose un poco de Buenos Aires, el viajero encuentra unos hombres singulares que son bien parecidos al gaucho tradicional. Unos hombres de hermosa figura, buena talla, rasgos físicos firmes, actitud un tanto grave, color pálido. La sangre india alarga un poco sus ojos hacia las sienes, y agranda las alillas de la nariz, dándoles un aire particular que en el país llaman achinado. En cuanto a la sangre española, andaluza, que llevan en su ser, les proporciona un tono de elegancia corporal, un bello empaque y gracia de los movimientos, una finura en los rasgos. Algo parecido a este ejemplar de hombre son los jíbaros montañeses que yo había contemplado antes en Puerto Rico, aunque aquéllos, por el clima tropical en que viven, sean menos robustos y desenvueltos que el paisano argentino.

Lleva éste, en las comarcas del interior, un pantalón anchísimo como el de los zuavos, sombrero flexible, poncho y cinturón de plata, y porta, cruzado en los riñones, un largo cuchillo que le sirve para carnear[2], y que manejado hábilmente le ayuda a vengar cualquier ofensa o atropello.

El tipo legendario del gaucho se ha convertido en caricatura al contacto del suburbio de Buenos Aires. Toda la nobleza y arrogancia del gaucho pastoril y libre ha derivado en Buenos Aires hacia el tipo repugnante del compadrito[3], especie de chulo, pero más sanguinario y soez que el chulo madrileño; semejante al apache parisiense e hijo de una inmigración poco escogida. Descendiente con frecuencia de napolitanos o calabreses, imita el empaque y la fachenda del paisano antiguo, pero no su nobleza, e introduce en el idioma español, junto con los pintorescos giros criollos, un montón de palabras presidiarias, una hez de voces italianas; una jerga, en fin, de suburbio y de bar cosmopolita, con cadencias de tango obsceno y canallesco.

Las cuitas y las hazañas del gaucho pampeano es lo que narra el Martín Fierro. Para el lector español, la vida de la Pampa debe ser una prolongación de la vida castellana o andaluza. Procuraré describir y comentar lo saliente de este libro singular, añadiendo impresiones, recuerdos y paisajes anotados por mí a lo largo de la hermosa tierra argentina.

CAPÍTULO II

El Argumento

LOS que exigen a la obra literaria un gran número de episodios, bien trabados y tendientes a un fin armónico, en una forma más o menos clásica; los que siguen el precepto francés de orden, redondez y armonía, en el pequeño poema del Martín Fierro hallarán pocos motivos para admirarse. Esta es una obra suelta, libre, un tanto desordenada. Tiene todo el aire de la antigua novela española, y por tanto se reduce a tomar al héroe, situarlo en medio de la vida y hacerle andar. El héroe, en efecto, realiza sus actos como en la misma vida, sin someterse a un plan, un acto tras otro; y cuando el narrador se fatiga, corta el hilo de las aventuras, y el libro ha terminado.

Este libro, en suma, describe la vida azarosa y amarga de un gaucho ríoplatense. El mismo héroe nos cuenta sus antecedentes, su alegre juventud en el pago[4] donde naciera:

Entonces, cuando el lucero
brillaba en el cielo santo,
y los gallos con su canto
décian[5] que el día clareaba,
a la cocina rumbiaba
el gaucho que era un encanto.
Y sentao junto al fogón
a esperar que venga el día,
al cimarrón[6] se prendía
hasta ponerse rechoncho,
mientras su china[7] dormía
tapadita con su poncho.
Y apenas el horizonte
empezaba a coloriar,
los pájaros a cantar
y las gallinas a apiarse[8],
era cosa de largarse
cada cual a trabajar.
Este se ata las espuelas,
se sale el otro cantando;
uno busca un pellón blando,
éste un lazo, otro un rebenque,
y los pingos[9] relichando
los llaman desde el palenque...

Tiene una china que le quiere, o sea una mujer adjunta; tiene dos hijos, y no le falta un buen caballo, el pingo cariñoso y trotador, y algunos útiles de caballería, como son las espuelas grandes de plata, el ceñidor adornado, el lindo poncho y la daga[10] inseparable. Toda esta felicidad se acaba el día en que llega un juez avinagrado, el cual recoge a todo el gauchaje como en una redada y envía a los pobres hombres a la frontera de los indios, para que sirvan de soldados.

Y aquí empiezan los infortunios del gaucho Martín Fierro. Lo hacen soldado; pasa hambre; no cobra nunca la paga entera, y encima de esto tiene que soportar los ataques en masa de la indiada, que acomete más de una vez al fortín[11] de los cristianos.

Y pa mejor de la fiesta,
en esa aflicción tan suma,
vino un indio echando espuma
y con la lanza en la mano,
gritando: “Acabau, cristiano;
metau el lanza hasta el pluma...”
Dios le perdone al salvaje,
las ganas que me tenía;
desaté las tres Marías[12]
y lo engatusé a cabriolas.
¡Pucha![13]. Si no traigo bolas
me achura el indio ese día.
Era el hijo de un cacique,
según yo lo averigüé.
La verdá del caso jué
que me tuvo apuradazo.
Hasta que al fin de un bolazo
del caballo lo bajé.
Ahí no más me tiré al suelo
y lo pisé en las paletas.
Empezó a hacer morisquetas
y a mezquinar la garganta...
Pero hice la obra santa
de hacerle estirar la jeta.

La mala vida de la frontera se le hace tan odiosa a Martín Fierro, que decide marcharse; y como simple desertor vuelve a los poblados. Y estando de fiesta en una pulpería[14], el aguardiente le trastorna el seso, de modo que arma pendencia a un valentón, riñen, y lo deja muerto. Otro día se encara con un negro, mientras rasguea la guitarra, y también riñen, e igualmente lo mata.

Huye, pues, a la ventura, y al escapar se le llena el alma de una desgarradora melancolía.

Vamos, suerte, vamos juntos,
dende que juntos nacimos.
Y ya que juntos vivimos
sin podernos dividir...
yo abriré con mi cuchillo
el camino pa seguir.

Un día le sorprende el piquete de soldados que andaba tras él. Martín Fierro desenvaina su largo cuchillo y vende cara su libertad. Tumba a dos o tres de la policía. Y cuando el peligro es mayor, uno de los soldados, el amigo Cruz, exclama:

... ¡Cruz no consiente
que se cometa el delito
de matar así un valiente!

Y el soldado Cruz, verdadera expresión de hidalguía castellana del antiguo régimen, se pasa al lado del débil. Y entre los dos bravos hacen huir al piquete.

Caminan juntos por la Pampa desierta, hostigados por la civilización. Reducidos al último extremo, expulsados, inadaptados, ¿qué arbitrio tomarán los gauchos cimarrones? Se refugian, pues, en la patria de los indios. Piden hospitalidad en los toldos [15], y aunque los acogen a su amparo, les someten a rigurosa vigilancia y a frecuentes ultrajes. El amigo Cruz cae enfermo, y se muere. Queda Martín Fierro solo, triste, desesperado.

Y cierto día que el héroe sale a vagabundear, descubre que un indiazo está maltratando a una cristiana cautiva. No vacila, seguramente. Un tosco y rudimentario Quijote vela en el fondo del alma de Martín Fierro. Se avalanza, riñe con el indio, suda mucho para vencerlo, y últimamente lo rinde, lo degüella. Toma en el anca a la cautiva, y huyen a todo escape. Llegando a los primeros poblados, la cautiva y su salvador se separan, y Martín Fierro, casi envejecido, retorna a sus lares. Ya la justicia olvidó las cuentas viejas. Martín Fierro busca su casa, y la encuentra rota, sin techo. Su mujer desapareció, y nadie sabe de ella. Sus dos hijos están allí, y al encontrarse cuentan todos sus vidas, sus trabajos... Y esto es todo.

Sí, esto es todo. Pero como en la generalidad de las obras de su género, lo importante del Martín Fierro no consiste en su trabazón ni en la transcendencia de sus episodios; el valor de la obra está en el tono, en el aire libre y primitivo, en la poética o dramática realidad de los pasajes, en el dibujo de los tipos, en la gran ráfaga de vida pampeana que sopla por todos los rudos versos del poema. En tal sentido, el Martín Fierro merece el amor y la importancia que le conceden a última hora las personas más cultas de la Argentina; indudablemente es el libro que con más fuerza y espontaneidad describe la vida de la Pampa, antes de que ésta fuese manoseada por el agio y la inmigración. Y para los españoles que hemos habitado aquel país, y sentimos que en la llanura del Plata se reproduce y continúa el tipo español con todos sus lunares y todas sus bellezas, este libro del Martín Fierro nos sorprende al principio, nos entusiasma después, y al final lo consideramos como una simple prolongación de la literatura y del alma españolas a través del Océano.

CAPÍTULO III

Jactancia y Valentía

CUANDO más recorremos las porciones de este pequeño y curioso mundo, nos convencemos más de la eterna repetición de las cosas, y observamos, en efecto, que los pueblos se prestan unos a otros los usos y las modalidades, y que nada verdaderamente existe de único y de original. Yo he asistido en Guipúzcoa a los torneos de los versolarios, pujando por sobrepasarse en ingenio y agudeza ante un público numeroso y atento, mientras los vasos de sidra corren de mano en mano, y la extraña salmodía con que se acompañan los versos, lejana imitación del canto llano, deja en el aire una sensación de modorra campestre. Esto mismo, con igual carácter e idénticas manifestaciones, lo hallé en la isla de Puerto Rico, donde los jíbaros y negros acostumbran a contender en las pulperías en un monótono recitado de versos que llaman allí décimas. Pues bien, en la Argentina se repite el fenómeno poético-popular.

Hacen en la Pampa el oficio de versolarís unos bardos rústicos que llevan el título de payadores. En las fiestas, en las bodas y los bautizos, en las animadas zambras que siguen a la operación de la hierra o el esquile del ganado, o sencillamente en las noches del sábado rural, solían, y hoy todavía acostumbran en muchos sitios, reunirse algunos de estos payadores, que guitarra en mano y dispuesto el frasco de ginebra, se enzarzan en interminables discreteos versificados. El buen payador, naturalmente, ha de ser un tanto vagabundo, bebedor, enamorado y jaque. Muchas veces, irritado por las burlas del contrincante y no pudiendo sufrir las risas del auditorio, el payador puede ocurrir que se levante, eche a volar la guitarra y proponga al cuchillo la terminación de la fiesta. Esto, como era de esperar, le ocurre con frecuencia al irascible y gallardo Martín Fierro.

En su sangre alienta la tradición fanfarrona y osada, pundonorosa y altiva de un hidalgüelo español del siglo XVI. No le falta ni siquiera el punto necesario de petulancia, y con esto abarca el hispanismo de las dos grandes centurias; frecuentemente habla y se conduce Martín Fierro como un soldando andaluz que ha guerreado en Flandes bajo el reinado de Felipe IV.

El hispanismo, el andalucismo, el casticismo siglos XVI y XVII resalta en Martín Fierro a lo largo de todo el poema; y eso es más notable y guarda más interés, porque su autor Hernández no se propuso ni remotamente lograr este efecto de hispanismo; él quiso hacer un poema de pura esencia argentina, y siendo verdaderamente bien argentinos el poema, los personajes y las acciones, al mismo tiempo resultan fundamentalmente españoles.

Es muy difícil que en otra raza cualquiera el héroe del poema, convertido en narrador de sus hazañas, tome una actitud de reto y provocación. Es verdad que Martín Fierro, al comenzar su relato, usa la forma convencional y común a todas las epopeyas. Invoca, pues, a las deidades divinas, prestadoras de inspiración:

Pido a los santos del cielo
que ayuden mi pensamiento;
les pido en este momento
que voy a cantar mi historia,
me refresquen la memoria
y aclaren mi entendimiento.
Vengan santos milagrosos,
vengan todos en mi ayuda,
que la lengua se me añuda
y se me turba la vista.
Pido a mi Dios que me asista
en una ocasión tan ruda.

Está bien, y así hicieron todos los cultivadores de la épica. Pero antes de todo, Martín Fierro estima necesario precisar su actitud de jaque, inasequible al miedo y al deshonor:

Mas ande otro criollo pasa,
Martín Fierro ha de pasar.
Nada le hace recular,
ni las fantasmas lo espantan.
Y dende que todos cantan,
yo también quiero cantar.
Con la guitarra en la mano
ni las moscas se me arriman;
naides me pone el pie encima,
y cuando el pecho se entona
hago gemir a la prima
y llorar a la bordona.
Yo soy toro en mi rodeo
y torazo en rodeo ajeno;
siempre me tuve por güeno,
y si me quieren probar,
salgan otros a cantar
y veremos quién es menos.
No me hago al lao de la güella
aunque vengan degollando;
con los blandos yo soy blando
y soy duro con los duros,
y ninguno en un apuro
me ha visto andar turtubiando[16].
En el peligro, ¡qué Cristos!,
el corazón se me ensancha,
pues toda la tierra es cancha[17],
y de esto naides se asombre;
el que se tiene por hombre
ande quiera hace pata ancha.
Soy gaucho, y entiendanló[18]
como mi lengua lo explica,
para mí la tierra es chica
y pudiera ser mayor...

Yo no creo que en la literatura española abunden los pasajes representativos y característicos, positivamente raciales, en que se expresen, como en estos versos del Martín Fierro, la ilustre y sincera valentonería, la altivez quisquillosa, el punto de honor y la obsesión de la negra honrilla. Si el carácter histórico español ha sido considerado por los extranjeros como una exaltada soberbia y como un sentimiento en cierto modo místico del honor a lo hidalgo, las palabras fuertes y decididas que pronuncia el héroe Martín Fierro desde el principio son las más representativas y terminantes. El lector español se resiste a creer que esas palabras no hayan sido dichas por un habitante de la propia España. Pero mirando bien, el caso ya no nos parece insólito. Debe recordarse que en el siglo XVI pasaron a América ejemplares auténticos, firmes y sellados de la raíz española; y en el trasplante al otro lado del Atlántico, aquellos españoles se llevaron todo cuanto en ellos era esencial, lo mismo de bueno que de malo. Y aparte unos pocos aspectos de la naturaleza que disienten, todo es en el Martín Fierro perfectamente, y acaso mejoradamente español.

Tiene, por ejemplo, una soberbia xenofobia y un ingenuo desdén para el extranjero, o sea el gringo[19]. Y cuando los conducen a la fuerza en calidad de soldados, Martín Fierro se permite hacer consideraciones graves y pintorescas a propósito de los intrusos que inundan la Pampa.

Yo no sé por qué el Gobierno
nos manda aquí a la frontera
gringada que ni siquiera
se sabe atracar a un pingo.
¡Si creerá al mandar un gringo
que nos manda alguna fiera!
No hacen más que dar trabajo,
pues no saben ni ensillar;
no sirven ni pa carniar[20].
Y yo he visto muchas veces
que ni voltiadas[21] las reses
se les querían arrimar.
Cuando llueve se acoquinan
como perro que oye truenos.
Qué diablos, sólo son güenos
pa vivir entre maricas.
Y nunca se andan con chicas
para alzar ponchos ajenos.

El gaucho castizo siente un desdén varonil por los inmigrantes sedentarios, por los europeos borreguiles, gregarios, que la excesiva civilización hubo de ablandar. El gaucho, como el español, es un hombre sobrio; tiene a menos la glotonería, desdeña el regalo, y considera que ser masculino equivale a ser duro, independiente, valeroso, estoico. En suma, tiene la moral de los pueblos guerreros, y el gaucho, realmente, estaba en constante pie de guerra ante la inminencia de los indios saqueadores. Por otra parte, el gaucho era hijo de padre español. No se le pida, pues, ni voluptuosidad ni glotonerías. Come carne asada y galleta dura, bebe la infusión del mate, y como vicio tiene la ginebra y el cigarro. Si le falta ginebra y tabaco, sufre sin quejarse. Aunque le falte comida, callará dignamente, como un guerrero o un estoico. Desea el lujo, es verdad, pero un lujo personal consistente en arreos de plata para el caballo y bordados calzoncillos para él, cuyos flecos cuelguen bonitamente por debajo del chiripá o calzón holgado. ¡Ya se comprenderá, entonces, que los estadistas y reformadores argentinos tuvieran al gaucho por un elemento inútil para la civilización! Y así ha sido que en la Argentina, durante mucho tiempo, ciertas generaciones de impacientes reformistas procuraron anular, aniquilar en cierto modo al gaucho, como se hizo despiadadamente con el indio, sustituyéndolo por el inmigrante europeo, ese individuo sedentario y blanducho que Martín Fierro execra tanto, sin duda porque presiente que al último necesitarán los gauchos ceder la tierra a los gringos... En los últimos tiempos empiezan a reaccionar los intelectuales más distinguidos frente a esa desmesurada importación de formas y esencias extrañas, pues ven que por querer realizar una gran nación a toda costa, el país se les aumenta efectivamente, pero la patria íntegra y tradicional se les disminuye.

El gaucho Martín Fierro representa, en este sentido, el grito de noble protesta de una patria y de una civilización que no saben resistir, sino alejarse decorosa y orgullosamente. ¡Que irrumpa el gringo blandullón y plebeyo! ¡Que cuente sus monedas, que se afane por vivir a lo burgués y a lo civilizado! El gaucho, encarnado en la persona de Martín Fierro, está hecho para otras empresas

Yo abriré con mi cuchillo
el camino pa seguir...

He ahí, pues, un pionner esforzado, épico, novelesco; supo abrir camino a la civilización, y llevar la cultura europea, todo lo rudimentaria que fuese, a los remotos extremos del desierto. Pero fué un pionner a la española, y por tanto estaba imbuído del espíritu heroico y de cierta noble arbitrariedad quijotesca. El otro pionner, el gringo codicioso, glotón y sedentario, es quien ha vencido al fin y se ha quedado dueño de la tierra.

CAPÍTULO IV

El Escenario de Martín Fierro

EVOCACIÓN QUIJOTESCA

ALGUNA vez me ha ocurrido terminar la velada sobre una página del Martín Fierro; y al día siguiente, en una mañana limpia y luminosa, he ido a mirar, desde la trasera del parque del Retiro, la sublime inmensidad de la llanura castellana. Entonces, espontáneamente, mis labios han repetido los versos del gaucho andante, cuando pinta a su modo la naturaleza de aquella otra llanura, tendida entre los Andes y el Atlántico:

Marque su rumbo de día
con toda felicidá;
marche con puntualidá
siguiéndolo con fijeza,
y si duerme, la cabeza
ponga para el lao que va...”

Estos consejos que brinda el gaucho Martín Fierro a los viandantes de la Pampa no son imprescindibles en la llanura de Castilla; las carreteras rayan aquí la inmensa planicie, y la torre de un pueblo asoma de cuando en cuando al borde del horizonte; el peligro de extraviarse no existe. Pero entre Castilla y la Pampa hay de común la soledad, y una especie de sentimiento o angustia del infinito.

De todas suertes, en la Europa occidental ningún otro paisaje se asemeja tanto a la Pampa como la llanura de Castilla.

“Todo es cielo y horizonte
en inmenso campo verde.”

En efecto, desde cualquier extremo de Madrid pueden contemplar los ojos esa inmensidad de cielo, horizonte y campo vacío de que habla el poeta criollo. Por la primavera, cuando verdean las primicias del trigo, los llanos manchegos reproducen aproximadamente una imagen de aquellos otros llanos platenses, rasos y monótonos, sublimes en su religiosa inmensidad. Lo mismo que la planicie argentina, esta llanura castellana está invitando al hombre a las ilimitadas correrías aventureras. Y es ahí, efectivamente, sobre esas tierras infinitas de lejano horizonte, por donde cabalgaron los guerreros de la Reconquista, persiguiendo el rastro de las huestes sarracenas; y es ahí también donde erraba el iluso Don Quijote, tras la huella de sus quimeras geniales.

En la otra llanura hermana y paralela, por los llanos argentinos, el sol americano vió alguna vez a los conquistadores, hijos directos de los soldados de la Reconquista cristiana. Y si no andaba por allá el propio Don Quijote, se veía cuando menos a su pariente. ¿No es el propio Martín Fierro, gaucho alzado y libre, una aproximada imagen quijotesca?...

Conviene realizar todo género de salvedades, y no conceder a las cosas un valor desmesurado. Pero siempre que hayamos investido a Don Quijote de toda su inabordable sublimidad, podremos ceder al gaucho Martín Fierro una cierta aura quijotil, un modo de parecido quijotesco. Acaso el gaucho Martín Fierro parecerá un Quijote plebeyo, humilde, tosco, un Quijote analfabeto y de pulpería; pero cuantas veces releo el poema de José Hernández, sin querer me acuerdo del libro de Cervantes.

La similitud no estriba en el valor literario, puesto que, como calidad y mérito, son dos obras que no pueden compararse. Existe, sin embargo, una relación en el tono, y especialmente en el aire de vagabundaje y andantería aventurera. La vida libre, el impulso errante, el abandono de la propia personalidad al azar del destino, el confiarse a una especie de fatalismo integral, así como el culto del caballo y de la fuerza del acero; todo esto, tan español del siglo XVI, está palpable y continuo en el poema del Martín Fierro.

Véase cualquier pasaje; la raza antigua habla en estos versos: