Y gangoso con la tranca[41]
me solía decir: Potrillo,
recién te apunta el colmillo,
mas te lo dice un toruno:
no dejés que hombre ninguno
te gane el lao del cuchillo.
Las armas son necesarias,
pero naides sabe cuándo;
ansina, si andás pasiando,
y de noche sobre todo,
debés llevarlo de modo
que al salir, salga cortando...

Después que los dos hijos de Martín Fierro han narrado sus vidas, entra en la pulpería un buen mozo desconocido, que pide venia a la reunión para contar a su vez sus aventuras. Se le concede con gusto la licencia, y el mozo, que resulta ser hijo de aquel sargento Cruz, bizarro defensor de Martín Fierro y amigo de él en el éxodo entre los indios, relata de este modo su vida:

Quedó solo y desamparado, buscó dónde ganarse el pan, y lo mismo que un Lazarillo de Tormes se lanza a los azares de la pillería. Entra a servir en una tropa de titiriteros. Luego lo recogen unas tías, que son beatas y le obligan a rezar innumerables rosarios y novenas. Mientras reza con sus tías, una mulata de la tertulia devota le inspira un amor fogoso, desenfrenado; por mirar a su dama, trabuca los nombres de los santos y estropea las oraciones. Aquello termina mal, necesariamente. Huye de casa de sus tías y cae en pleno vagabundaje.

Anduve como pelota
y más pobre que una rata.
Cuando empecé a ganar plata
se armó no sé qué barullo.
Yo dije: a tu tierra, grullo,
aunque sea con una pata.

La plata que dice ganar es por virtud de sus malas artes picarescas. Helo ahí convertido en un tahur, en un jugador de ventaja. Se dedica a desplumar a todo el gauchaje inadvertido y simplista. Parece un personaje de nuestras novelas clásicas. Le llaman de apodo Picardía... Sus conocimientos en el noble oficio de tahúr no pueden ser más pintorescos.

Al monte, las precauciones
no han de olvidarse jamás;
debe afirmarse además
los dedos para el trabajo,
y buscar asiento bajo
que le dé la luz de atrás.
Un pastel, como un paquete,
sé llevarlo con limpieza;
dende que a salir empiezan
no hay carta que no recuerde;
sé cuál se gana o se pierde
en cuanto cain a la mesa.
Con un socio que lo entiende
se arman partidas muy buenas;
queda allí la plata ajena,
quedan prendas y botones.
Siempre cain a esas reuniones
zonzos con las manos llenas.
Deja a veces por la boca
haciendo el que se descuida;
juega el otro hasta la vida
y es seguro que se ensarta,
porque uno muestra una carta
y tiene otra prevenida...

Pero el libro del Martín Fierro es a su manera una obra moral, y en sus versos se salva siempre la virtud. Así, en las novelas picarescas, aunque los pillos hicieran muchos desaguisados, nunca faltaba la ejemplaridad y la coletilla moralizante. El hijo del sargento Cruz, por tanto, se arrepiente de esas fechorías y hácese mozo honrado. Y larga unos versos muy sentenciosos para lección de incautos:

Y esto digo claramente,
porque he dejao de jugar;
y les puedo asegurar,
como que fuí del oficio,
más cuesta aprender un vicio
que aprender a trabajar...

CAPÍTULO XI

Consideraciones Finales

REPETIRÉ nuevamente, antes de acabar, que el Martín Fierro me parece el último verdadero poema popular español que se ha escrito en lengua castellana. No importa la incultura y sencillez de quien supo escribirlo tan fragante y sincero, tan incorrecto y rudimentario, ni tampoco importa que se refiera el poema a costumbres y tipos de la Argentina: una nación colonizadora nunca se ciñe a los límites diplomáticos; tan romana era Mérida como Capua, tan griega Siracusa como Corinto, y del mismo modo se ha podido desdoblar España en la Argentina.

Martín Fierro, por tanto, siendo muy argentino y americano, no deja de ser muy español. Es un libro católico, hidalgo, valiente, generoso, con un poco de tristeza estoica, y otro poco de socarronería, bañado en gracia popular; y sobre todo, para ser del todo español, alienta en sus versos algo como una sorda incompatibilidad con eso que se entiende por civilización europea, moderna, industrialista, inexorablemente trepadora.

Si en el libro de José Hernández se trasluce la influencia de alguna clase de lectura, pronto atisbamos el recuerdo del Quijote. Las aventuras de Martín Fierro constan, en efecto, de dos partes, trozos o volúmenes; al final de la primera parte exclama el héroe, parodiando la frase de la espetera cervantesca:

...Ruempo la guitarra
pa no volverme a tentar;
ninguno la ha de tocar,
por siguro tenganló,
pues naides ha de cantar
cuando este gaucho cantó.

Y volviendo de su aventurero vagabundaje, al ingresar de nuevo entre los suyos, dice, como pudo decir otrora Don Quijote:

No faltaban, ya se entiende,
en aquel gauchaje inmenso
muchos que ya conocían
la historia de Martín Fierro...

Ese gaucho de barba corrida y pelo amelenado, representa en la remota Pampa el último vástago del árbol español. Conserva de España todo su heroísmo y todo su renunciamiento transcendental. Por lejos que viva del corazón de la raza, por mucho que le separen la distancia, el clima, el tiempo y los prejuicios nacionales, el gaucho contiene, en potencia, todas las cualidades españolas, buenas y malas. Ríe y llora, canta y mata como un español. Reza también a la española, tan supersticiosamente, ingenuamente, como un español. Después que la suerte de las armas, por ejemplo, le empuja a matar en noble duelo a su adversario, Martín Fierro recapacita, al trote de su caballo, que no está bien, ni es de buen cristiano, mezquinarle al enemigo un piadoso tributo.

Después supe que al finao
ni siquiera lo velaron,
y retobao en un cuero
sin rezarle lo enterraron.
Y dicen que dende entonces,
cuando es la noche serena,
suele verse una luz mala
como de alma que anda en pena.
Yo tengo intención a veces,
para que no pene tanto,
de sacar de allí los güesos
y echarlos al camposanto...

Hasta la propensión conceptista y culterana, tan del gusto español, halla cabida en este poema. Y al final del libro, efectivamente, vemos que en la taberna, armados de sendas guitarras, se traban a cantar Martín Fierro y un negro payador, y riñen un duelo de estrofas improvisadas en que los discreteos, que se cruzan ante el regocijado auditorio, forman uno de los pasajes más curiosos del poema. Es una pintoresca, vulgar cosmología que abarca las principales nociones del conocimiento del pueblo. Por boca de los dos payadores, el pueblo rural de la Pampa emite sus balbuceos acerca de lo divino y de lo humano, en un estilo de castiza traza, espontáneamente barroco y culteranista. Entre los muchos conceptos sin valor o excesivamente vulgares, salta a veces una imagen que nos seduce. Dice el negro, cuando su adversario le alude la fealdad:

Bajo la frente más negra
hay pensamiento y hay vida.
La gente escuche tranquila,
no me haga ningún reproche;
también es negra la noche
y tiene estrellas que brillan...

En suma, el poema de Martín Fierro es una constante lección para la intelectualidad americana, y principalmente argentina. Los escritores criollos necesitarán comprender que es muy difícil, y acaso imposible, llegar a la consecución de la obra genial mientras la moda o la frivolidad les aleje de las fuentes originales. La obra verdadera no puede existir sin carácter, y por desgracia la actual inclinación argentina va derecha hacia las formas y los tópicos extraños.

Por un sentimiento de exagerada pasión cultural, el argentino busca en París la clave de su arte, y presume que en su país existe poco aprovechable. Hasta en los momentos en que trata de extraer lo característico de su raza y de su clima, adopta procedimientos y fórmulas aprendidos en Francia. El humilde José Hernández procedía de otro modo, y su pobre bagaje libresco le salvó; él se redujo a interpretar el sentido criollo y español de cuanto le rodeaba, y esto solamente le dió el premio.

Siempre he pensado que ese pequeño poema popular, con todas sus incorrecciones y con su factura rudimentaria, es una de las pocas obras geniales que en su corta vida ha producido la literatura ríoplatense. El genio argentino estuvo demasiado entretenido por sus luchas civiles y la constitución de su nacionalidad; no le sobró tiempo ni ocio para preocuparse bastantemente de la pura y amena literatura, y toda su fuerza la destinó a crear materia política. Los hombres políticos de la Argentina muestran un carácter y una altura que indudablemente no poseen sus hombres de letras. A veces asistimos a un triple desdoblamiento de la personalidad, como en Bartolomé Mitre, coincidente de militar, político y escritor. Otras veces todavía vemos el caso milagroso de Sarmiento, cuyo cuádruple desdoblamiento de militar, escritor, político y pedagogo nos produce estupefacción.

Entretenidos, pues, por tantas e inaplazables solicitaciones, no debemos exigir a los talentos argentinos una excesiva corrección. Es lo incorrecto, más bien, y lo malogrado, la característica del genio literario argentino. El mismo Sarmiento, con ser el más alto hombre literario de la Argentina, resulta un gran escritor malogrado, una obra literaria sin terminar; un Facundo escrito a vuela pluma y un millar de artículos circunstanciales, periodísticos, como inconclusos. En Sarmiento estaba acaso el más grande escritor de Hispano-América; la vida agitada de su país, los múltiples e inminentes deberes que exigía la suerte de su patria, hicieron malograr el perfecto y definitivo escritor que se anunciaba.

Es curioso observar cómo se repite en la Argentina la ley histórica que ordena a los pueblos un desenvolvimiento ordenado e inflexiblemente lógico; es así que la mayor parte del siglo XIX, primero de su existencia independiente, lo ha empleado la Argentina en la dura labor de crear política, de crear civilidad. Mientras el país trabaja por consolidarse, las mejores producciones literarias que produce son las de carácter popular. Los cuentos, las leyendas y las narraciones que salen del mismo pueblo, tienen en la Argentina un sabor espontáneo, un alma honda que no alcanzan, seguramente, las prosas y los versos escritos por los autores ilustrados de la misma época.

Muchas de esas obras populares no lo son en absoluto, según el rigor de las clasificaciones académicas. No son anónimas siempre, puesto que se sabe quién las escribió. Pero el mismo poema de José Hernández parece que se haya desprendido, bien maduro, de la boca desconocida y cósmica del pueblo criollo. Nada tan popular, anónimo, colectivo, como esa historia de Fierro, verdadera expresión gauchesca arrancada del seno pampeano.

De tal modo sucede esto, que suele costarnos bastante dificultad el retener la ficha nominal del autor. El nombre del autor del poema se nos desvanace como una sombra sin sentido... Vemos el “Martín Fierro” como una cosa desgajada de la selva popular argentina. Se nos figura que no es un libro meditado, compuesto ante una mesa por un señor particular que tenía instrucción, que conocía los clásicos y que fraguaba composiciones tan endebles y ridículas como “Los dos besos” y “El carpintero”. Queremos imaginar que fué la muchedumbre entera quien aportó los versos de ese libro. El mismo nombre, José, y el apellido, Hernández, ayudan con su vulgaridad, con su popularidad, a que la cifra nominal de autor se diluya como una sombra en el cuerpo amorfo del pueblo argentino.

A pesar de su factura rudimentaria, el Martín Fierro no carece de una pretensión moralizante, y en sus páginas, en efecto, hay apuntadas diversas tesis. Están iniciados algunos conflictos locales, puramente criollos, y la misma simplicidad de estos conflictos confirma el carácter netamente popular del libro.

Su autor, José Hernández, no poseía mucho mayor vuelo ideológico que los pobres paisanos de la Pampa; y así es bueno que sea para el efecto positivo del poema.

Las tesis y los conflictos están expuestos con una candorosa elementalidad y con un simplismo encantador. La xenofobia de “Martín Fierro” es la misma que siente el paisano ante el gringo codicioso, ridículo, sedentario, afeminado y tortuoso, que bonitamente, y sin descanso se va haciendo dueño de las tierras republicanas. El problema de la justicia rural está expuesto también con el sentimiento de la plebe gauchesca; para el pobre paisanaje, que pierde demasiado tiempo en beber, cantar, bailotear y darle gusto al cuchillo, el Juez de la campaña casi siempre es el personaje arbitrario y venal que pega, castiga, oprime y hace levas de conscritos. La vida del soldado no tiene tampoco un sentido noble y culto; el paisano que marcha a la frontera, arreado con otros pillos o infelices, no alcanza a comprender el idealismo de las armas nacionales que luchan por la civilización y el progreso; sólo ve un fortín desmantelado, unos oficiales avarientos, unos indios que invaden como fieras, unas pagas que no llegan nunca, hambre, tedio, miseria, y a sus espaldas el especulador de la ciudad, que prepara sus buenos negocios de tierras.

“Martín Fierro” es el poema tardío, desde luego impotente, que clama en favor del gaucho. Pide justicia contra la invasión de las fuerzas exóticas que invaden e inundan el país; pide justicia para el paisano, que hiciera otrora la campaña de independencia, que defendió las instituciones republicanas, que pobló el desierto y que al final es despreciado, vejado, expulsado de su misma tierra.

Lo cierto es que en todo el “Martín Fierro” no se escuchan más que lamentaciones y gritos airados. Se asiste en sus páginas al vagar de los pobres gauchos, a las tristezas y expoliaciones del paisanaje indefenso. Todo son desventuras y miserias para el gaucho. Y van los gauchos, efectivamente, a través del libro como sombras malditas, que recuerdan a las razas abyectas del Viejo Mundo, gitanos y judíos, siempre sujetos a ultrajes y persecuciones. Es el final de una lucha a muerte. Es la expulsión del gaucho, que será suplantado por el colono europeo. Es la liquidación de la primera fase de la vida nacional argentina. Es el cambio del carácter nacional y la anulación del criollismo histórico, verdaderamente americano, por el predominio de la ciudad arrivista, exótica, que es Buenos Aires... He ahí un conflicto sentimental y bien profundo, que todavía no ha sido atacado por la crítica argentina, tal vez porque sea tan delicado y doloroso de tratar desde el lado criollo.

CAPÍTULO XII

Un Conflicto de Sentimientos

LAS obras del hombre caen siempre en brazos de la casualidad, y los libros no se evaden a la ley de una suerte arbitraria e imprevista. Tal libro nace con pretensiones de inmortalidad, y no obstante se sume pronto en el olvido; otras obras, en cambio, salen humildes a la luz, huérfanas de reclamo y de pretensiones, y desde el silencio se remontan a la fama eterna. Algunos libros, como el Quijote y el Hamlet, nacieron entre las risotadas de los lacayos y de los marineros, y después el asentimiento nacional los estima como nobles conceptos de la imaginación humana.

Este fenómeno se ha repetido con el poema del Martín Fierro. Nació para ser deletreado por gentes rudas; hablaba el lenguaje de la plebe; iban sus máximas y sus episodios dirigidos a la imaginación del pueblo, y si las inteligencias cultivadas lo leían, era nada más que a título de curiosidad. Hasta que un día el gaucho Martín Fierro vuelve de la vastedad pampeana y logra que se fragüen sobre su asunto complicadas discusiones en las academias, los liceos y las revistas.

Se ha formado, en efecto, lo que llamaríamos “partido literario nacionalista argentino”, y los más vehementes de este partido llegan a considerar el Martín Fierro como la epopeya de la Pampa, semejante, por tanto, a la Chanson de Roland y al Mío Cid. El docto poeta y publicista D. Leopoldo Lugones pronunció en Buenos Aires, recientemente, algunas conferencias a propósito del Martín Fierro, y con su verbo frondoso y acaso desproporcionado sugirió al público argentino la idea de que se estaba frente a una obra genial, extraordinaria, profunda. Los exégetas y comentaristas han pronunciado su fervor sobre aquella obra, antes humilde y populachera, y no hay duda que en el alma argentina se ha producido un vivo movimiento de interés por un libro que verdaderamente da el tono y la medida del carácter criollo, antes de que este fuera amenazado por el aluvión cosmopolita.

No es nuevo el fenómeno, como ya dijimos. Y al igual que en todos los casos, esta vez también se repite en la Argentina la misma honda guerra de sentimientos y de ideas alrededor de la obra renacida. Clásicos y románticos peleaban un tiempo sobre los dramas de Shakespeare. No se trataba entonces de una mera controversia retórica, sino que palpitaba allí la lucha entre dos mundos mentales, entre dos fuerzas ideológicas y entre dos maneras de sentimientos. Dos civilizaciones, con todo su bagaje político, sociológico y sentimental, disputaban enconadamente sobre el tema en apariencia ridículo de las tres dimensiones teatrales o de la forma lírica.

Apresurémonos a decir que el Martín Fierro no ha promovido solamente una guerra literaria. Siendo muy interesante la discusión de carácter retórico, que dura aún y que promete prolongarse mucho, es más importante la parte social, sentimental y política que hay en el asunto. Por de pronto, débese anotar la rehabilitación romántica del gaucho, personaje de ayer mismo y ya casi mitológico, a quien el consenso público declaró nefasto y perjudicial para el progreso de la patria, y que últimamente pasa a convertirse en una figura ideal, hermana de las otras figuras que vagan por los versos de Homero.

El problema sentimental de la Argentina es único, y tal vez más grave que el de otros pueblos. Existe, es verdad, el conflicto íntimo de Francia, que por naturaleza se ofrece como un pueblo monárquico, con una historia realenga empapada de glorias y triunfos, y que, sin embargo, la necesidad del momento, acaso la misma propensión lógica de la raza, obliga a ese noble país a aceptar el régimen democrático y radical. El sentimiento más íntimo le tira a Francia hacia la continuación monárquica, cuyo tipo glorioso puede residir en Francisco I, en Enrique IV o en Luis XIV; mientras tanto, la razón le empuja por el camino radicalmente democrático.

El conflicto argentino es más íntimo todavía, y también más irreconciliable. Aquí se trata de una oposición entre el ser tradicional y el ser futuro. Por una parte está la raza que hizo la nacionalidad y la independencia; por otro lado se levanta la gran responsabilidad del porvenir y el compromiso de formar un pueblo grande, activo y emulador. La raza original supo levantarse prodigiosamente, darse una constitución, guerrear por grandes ideales. Ella trazó las líneas de las primeras poblaciones, de los primeros caminos y canales, de las leyendas y tradiciones, de las costumbres y creencias, de los balbuceos literarios, que forman el cuerpo de la nacionalidad. Supo levantar un modesto edificio, pero substancial y completo, sobre las bases de la aportación colonial y con la experiencia de la propia naturaleza. No faltaba ni la disciplina de la religión, ni el rigor universitario, ni el cuerpo de leyes municipales que ofrecían una perfección relativa de civismo.

Pero todos estos elementos parecían precarios si se quería empujar al país a enormes saltos y a alturas increíbles.

Llegó la ráfaga ambiciosa, el vértigo de las grandezas. Con los antiguos elementos se tendría una nacionalidad, un carácter, una fisonomía enérgica, pero había el peligro del estancamiento. Era necesario sacrificar una gran parte del tesoro heredado, en aras de aquel magnífico porvenir.

Con una inflexible dureza, raro ejemplo en la historia de las nacionalidades, las personas directivas han insistido en recomendar el cambio del carácter y de los más esenciales componentes de la raza. Frente al hombre de la llanura, encastillado en su altanera independencia, sobrio, indolente y despreciador hidalgo del ahorro, se ensalzaban las virtudes del colonizador europeo, asiduo, codicioso, hábil en el uso de los oficios y de la agricultura. “Gobernar es poblar”, se dijo en diferente tono y en numerosas ocasiones. Y el poblar, en este caso, equivalía a substituir al hombre nacional de la llanura, reacio y altanero, por el hombre europeo, tan flexible y acumulador.

En el afán impaciente de renovación, los primeros cerebros del país no desdeñaban el ultraje o la injuria. El vehemente Sarmiento, después de pintar al gaucho en aquel célebre y no igualado capítulo de Facundo, pasa a condenarlo en mil formas, con mil razones y dicterios, en nombre de la civilización. La barbarie, para aquella mente obsesa, está en el campesino pampeano o andino, que vive sobre una tierra fértil y no quiere labrarla; que vaga a la orilla de un río como el Paraná y en lugar de utilizarlo como sendero comercial y llenarlo de naves, prefiere vadearlo rudimentariamente, asido a la cola del caballo nadador.

Sarmiento contempla sus lagunas provinciales de Huanacache, y las ve estériles, inútiles, como cuando el indio precolombiano pescaba en sus aguas. Contempla las ciudades provincianas, llenas de indolencia y fanatismo; recorre el caudal de costumbres coloniales, saturadas de herencias españolas, católicas, heráldicas; y proclama con ardor la guerra al tradicionalismo, al indianismo, al hispanismo. Amonesta a sus paisanos los hábitos gauchescos. Y exclama en sus Recuerdos de provincia con inflamado acento:

“¡Los blancos se vuelven indios huarpes, y es ya grande título para la consideración pública saber tirar las bolas, llevar chiripá o rastrear una mula!...”

Hoy no podría decir lo mismo. Ya no se tiran las bolas apenas, ni lleva nadie chiripá. Por los caminos del campo van los colonos en tilburí. El gaucho ha pasado a la historia o se refugia en el último baluarte de ciertas provincias, aguardando allí la hora del desalojo. Y ahora que el gaucho no existe, ¿no le veis alzarse en lo recóndito de las imaginaciones, con la apostura ideal que prestan el recuerdo y la poesía a las figuras fenecidas?

Está volviendo Martín Fierro, del fondo de su pampa grave, al paso del peludo corcel amigo. Si antes disputaba en las pulperías o payaba rudas canciones junto al fogón invernizo, hoy se codea con los héroes helenos, con los caballeros de Rolando y con los infanzones del de Vivar, mío Cid Campeador...

Su vuelta ha levantado choque de pendencia. Ya no es, como antes, la justicia aldeana quien acude a acosarlo, con golpe de soldados y jueces rurales; son los malcontentos de la tradición, los razonadores y los progresistas, quienes se levantan airados contra él, invitándole a volver a su obscuro sepulcro de la llanura. Pero a la vez le reciben otros muchos con ardientes salutaciones. Miran en él a un personaje remoto, fundido en las lejanías de la Historia, con lo esencial de la raza. Acaso no se atreva nadie todavía a proclamarlo como ejemplar auténtico y necesario del desdoblamiento nacional; los montones de trigo y la multiplicidad de los Bancos obligan a contener los impulsos del sentimiento. Bello como la cosa más íntima, sigue apareciendo como funesto al progreso, a la “valorización”...

Y ahí está el gran conflicto, que ahora puede decirse que empieza en su forma ostensible; conflicto que irá agrandándose más, a medida que el país se vaya transformando. Y los conflictos sentimentales suelen ser los más inquietadores, por lo mismo que son irresolubles. ¡Un país que ha tenido que retorcer el pescuezo al antecesor, en una manera de suicidio fenomenal, y que, sin embargo, no puede ahogar igualmente a los ancestrales y escurridizos sentimientos!

CAPÍTULO XIII

Martín Fierro y Sarmiento

HA sido Domingo F. Sarmiento una de las personalidades más vigorosas de la Argentina, y el ruido de sus hazañas políticas y literarias llenó medio siglo. Pero Sarmiento, que era tan español por la raza y el carácter, no le concedió a España muchas frases cariñosas. Al contrario, el fondo de su predicación puede resumirse de este modo: El argentino debe extirpar de su seno todo lo que tiene de español, por incompatible con el progreso; la Argentina debe poblarse de europeos agricultores o comerciantes, expulsando a los indígenas retardatarios y perezosos; Buenos Aires, o sea la ciudad, necesita invadir y dominar el campo, someter las provincias originales y transformarlas... Todo esto, expuesto en diferentes páginas de sus libros, ya se comprende que es la teoría de un hombre de la época romántica, lleno de ideas enciclopedistas y progresistas, atestado de lecturas oratorias, con el idealismo retórico de la primera parte del siglo XIX. Además, se nota en Sarmiento al americano recién manumitido, que conserva aún el odio al amo colonial.

En el poema Martín Fierro, por el contrario, está expresado a mi parecer el sentimiento de nostalgia por la vida criolla antigua, pero en una forma espontánea y sincera como nunca se atreverían a exponer los publicistas cultos. Así, en cierto modo, “Martín Fierro” viene a ser una réplica de Sarmiento, una contradicción sentimental de la pedagógica y libresca teoría de Sarmiento.

El hombre modesto y obscuro que era José Hernández, no trató de velar sus ideas y sus instintos, ni tuvo en cuenta las altas conveniencias políticas y económicas que obligan a los criollos de Buenos Aires al uso del eufemismo.

José Hernández, a la manera de un gaucho del interior, consideraba que la corriente civilizadora e inmigratoria iba arrasando lo substancial y característico de la Argentina, y se rebela contra ello, con la misma franqueza que podría usar un hombre del pueblo anónimo. Y en su mente se dibujaba ya el conflicto trágico y sentimental que alguna vez debería preocupar a todos los argentinos ilustrados y sensibles.

Yo recordaré siempre la pintoresca y graciosa definición que me hiciera un argentino entrerriano, a propósito de la teoría del progreso desenfrenado y vertiginoso. “A nosotros nos ha sucedido, decía, como al caballo que marcha tranquilo por un sendero, que no tiene prisa para llegar y que lleva un paso seguro y cómodo; de repente cruza en la misma dirección un pingo desbocado, frenético, galopante, y nuestro buen caballo, dejándose arrastrar por el ejemplo y la emulación, aprieta a galopar también... ¡y de veras nos han fastidiado, porque nosotros no precisábamos correr tanto ni sentíamos ninguna imperiosa necesidad de ir tan aprisa!”

Este disgusto por la carrera vertiginosa se halla expresado en el “Martín Fierro” constantemente, y se apunta de continuo la idea máxima de que no vale el resultado lo mucho que cuesta. Porque un país que quiere variar fundamentalmente y busca el fin sin reparar los medios, necesita entregar mucha parte de sus bienes más caros, los que corresponden a la personalidad, a la tradición, a la raza.

“Gobernar es poblar”, se ha repetido en la Argentina de distintos modos; y han ingresado, en efecto, verdaderas avalanchas extranjeras. Por su parte, Sarmiento proclamaba su famoso dilema entre la silla de montar inglesa y el “recado” criollo; Sarmiento ha ganado la partida, y el país le dió la razón, optando por la silla inglesa que lleva en sí, con su triunfo, la adopción plena y apresurada de todas las normas y los caracteres extranjeros. En el dilema de Sarmiento se incluía la parte étnica, la población humana que había de ocupar el país; Sarmiento entendía que el paisano aborigen, preñado de defectos y caracteres españoles, era nefasto y correspondía al “recado” criollo; el criollismo, signo de barbarie, debía ceder el puesto a la civilización y al gringo... Efectivamente, el gaucho ha ido cediendo el puesto a los colonos extranjeros, que ocupan las mejores porciones del país y se instalan en los órganos dirigentes o matrices de Buenos Aires.

Todo lleno de nostalgia criolla y de un nacionalismo íntimamente xenófobo, José Hernández prorrumpe, por boca de su héroe Martín Fierro:

¡Ah tiempos... si era un orgullo
ver jinetiar un paisano
cuando era gaucho baquiano;
aunque el potro se voliase,
no había uno que no parase
con el cabestro en la mano.
Y mientras domaban unos,
otros al campo salían,
y la hacienda recogían,
las manadas repuntaban,
y ansí sin sentir pasaban
entretenidos el día.
Y verlos al cair la tarde
en la cocina reunidos,
con el juego bien prendido
y mil cosas que contar,
platicar muy divertidos
hasta después de cenar.
Y con el buche bien lleno
era cosa superior,
irse en brazos del amor
a dormir como la gente,
pa empezar al día siguiente
la faena del día anterior...

He aquí una exposición, toscamente referida, de esa edad de oro o vivir idílico que los pueblos construyen con sus materiales legendarios. He aquí también una refutación apasionada de las teorías de Sarmiento. El fogoso Sarmiento condenaba el recado criollo, la superstición española y la barbarie del gaucho; sus contemporáneos y sus descendientes le dieron la razón. Pero la queja de Fierro, la protesta criolla del gaucho que se siente suplantado y vencido, ha de sonar hoy, y mejor mañana, en la conciencia argentina como un grito de justa reivindicación.

¡Recuerdo! ¡Qué maravilla!
¡Cómo andaba la gauchada,
siempre alegre y bien montada
y dispuesta pa el trabajo!
Pero al presente... ¡barajo,
no se la ve de aporriada!
El gaucho más infeliz
tenía tropilla de un pelo,
no le faltaba un consuelo,
y andaba la gente lista...
Tendiendo al campo la vista
sólo vía hacienda y cielo.

Por mucho que nosotros, hombres de harta cultura, tengamos bastante sospecha de la veracidad de esta edad de oro que los pueblos imaginan en una época anterior, no podemos dudar completamente de que Martín Fierro decía la verdad.

Es imposible negar que el galopante gaucho

Tendiendo al campo la vista
sólo vía hacienda y cielo...

Un cielo libre, que era el suyo, y que le servía de tácito confidente en sus amores y en sus cantos.

Cuando llegaban las hierras
¡cosa que daba calor!
tanto gaucho pialador
y tironiador sin hiel.
¡Ah tiempos!... pero si en él
se ha visto tanto primor!
Aquello no era trabajo,
más bien era una junción,
y después de güen tirón,
en que uno se daba maña,
pa darle un trago de caña
solía llamarle el patrón...

He ahí ahora, como se ve, pintada la edad patriarcal, la edad familiar, la época en que, al modo de las relaciones bíblicas, el trabajo no es una pena, sino una junción; en que el amo y el sirviente no son dos enemigos, sino dos fuerzas compenetradas, amigas, solidarias, que se ayudan y se quieren. La teoría de Sarmiento tenía prisa por romper esta unión amigable; aspiraba al industrialismo europeo, a la civilización arrivista y sin alma, a la desunión del amo y del criado. La silla inglesa aportaría rieles, rascacielos, quintas canalizadas... Pero ya no llamaría el patrón al gaucho afanoso, y le alargaría, sonriendo paternalmente, el frasco de caña.

Se ha extraído del Martín Fierro, por los publicistas argentinos, principalmente la parte que contiene de protesta social. Pero el socialismo del gaucho, en el libro de Martín Fierro, no tiene verdadero valor de lucha de clases, ni de protesta contra una abusiva repartición de tierras y poderes. Lo que realmente alienta en este libro, es un problema político, étnico, nacional. Es la protesta del tradicionalismo frente a la civilización arrivista; es la enemistad entre el gaucho y el gringo; es la rivalidad entre la urbe ribereña, fastuosa, absorbente—Buenos Aires,—y el país histórico; es el conflicto que enunciara Sarmiento en su “Civilización y Barbarie”.

El gaucho habla por conducto de Martín Fierro, el cual recuerda la vida dorada de abundancia patriarcal. La vida dorada desaparece, y los gauchos son arreados hacia la frontera, donde se dará a los indios la última embestida. Cuando los indios desaparezcan también, el país se llenará de especuladores, de extranjeros, de codicias desenfrenadas. La ciudad, Buenos Aires, se hará inmensa como un coloso, como un monstruo. Y al decretar el censo de la República, resultará que el país alberga millones de extranjeros, en una cifra total de ocho millones de habitantes. Habrá pueblos argentinos en donde no se habla el castellano usualmente; habrá argentinos hijos de extranjeros, que hablan un castellano pestilente, corrompido, una jerga impura y presidiaria; habrá pueblos en que la sangre argentina está en una proporción insignificante...

Esto significa, seguramente, el triunfo de la doctrina de Sarmiento. Pero es una victoria semejante a la de Pirro; el ejército argentino se ha deshecho. Tradiciones, modalidades, características, fuerza racial, energía del tono primitivo, todo queda deshecho o expulsado ante el imperio triunfador de Buenos Aires, por cuyo puerto viene continuamente la avalancha.

El gran propagandista combatió el ruralismo gauchesco, el tradicionalismo español, la superstición española, todo lo que hay de español, y por tanto funesto, en el ser argentino. Después de algunos lustros, la sociedad argentina se ha enriquecido con preciosos valores económicos, agrícolas y políticos. El ideal de Sarmiento camina triunfante. Pero a cambio de la riqueza material y política, ¿el país no ha debido sacrificar su substancia tradicional, espiritual y étnica?...

El odio de Sarmiento a España es un monstruo que se vuelve contra sí mismo, y en realidad es la patria argentina la que sufre la mordedura. Combatir lo español en la Argentina, sobre todo a principios del siglo XX, es combatir el propio criollismo. Sarmiento condena y repudia las costumbres, los usos, las ideas, los resabios, hasta la gente gauchesca; ¿qué le queda para estimar? El suelo, la tierra... Es muy poco, seguramente. Y es mucho más poco si consideramos aquel suelo pampeano, liso e inexpresivo, monótona tierra de mieses y pastos, que sin la ayuda de la gente gauchesca y de la poesía tradicional pierde todo lo que avalora y explica una patria: el alma.

No; España no tenía la culpa de los defectos que Sarmiento analiza y combate en sus apasionadas obras. Tan pronto como el grande hombre argentino llega a la madurez mental, mira el espectáculo de su patria y la ve sometida a la guerra civil, a la tiranía y a la barbarie. Pero no quiere comprender que sobre la Argentina, como sobre toda la América, ha pasado la revolución y está triunfante la independencia. De todo lo que examina Sarmiento es culpable la misma independencia, puesto que ésta ha destruído en seis u ocho lustros cuanto pudo construir España en tres siglos.

Los virreynatos españoles habían absorbido las esencias de la civilización europea, que en este caso era civilización española; y España no envió a América las sobras y lo secundario, sino que muchas veces había en Perú y Méjico mayor vigor que en la misma Península, como ocurrió en la época de los últimos Austrias. En el siglo XVI dió España a las Indias su fervor evangélico y su espíritu valeroso, heroico, expansivo; en el siglo XVII envió España a América el sentido complementario de la organización política, municipal, eclesiástica y universitaria; el siglo XVIII vió aparecer en los virreynatos las compañías económicas y una sociabilidad culta, muy del tiempo, que llamaríamos de casaca y peluca.

Esta sociabilidad de casaca y peluquín era la que imperaba en los virreynatos cuando los desafueros de Napoleón a lo largo de la Península inspiraron a los criollos la idea de emanciparse. Sería estúpido alegar que la América de entonces, la América de los virreyes cultos y humanos, la América de casaca y peluquín, de las academias y la buena sociabilidad, era una América torva, hormiguero de gauchos cerriles y gentes bárbaras.

De esa América de los virreynatos desciende la civilización criolla, y de ella provienen las costumbres, el carácter, lo peculiar y nacional del criollismo. Esa sociabilidad hispano-criolla hizo posible que en el fondo de los Andes, en el remoto interior continental, naciera y se agrandara la ciudad de San Juan, patria nativa de Sarmiento. Y Sarmiento, que nació en la época del virreynato, o sólo un año después de la revolución, no vino al mundo de unos padres soeces, bárbaros y rústicos; su familia era prócer, honrada, hidalga, y en ella aprendió los principios de una alta sociabilidad española.

Pues si España, a través del Atlántico, era capaz de crear una extensa e intensa civilización; si España dió el ser íntimo y fundamental a hombres como Sarmiento, y si Sarmiento no se explica sin España, ¿cómo es posible que se disculpen las arbitrariedades pseudocríticas de aquel voluntario antiespañolista?

La independencia rompió todos los frenos, desbarató la red de disciplinas que cubría a América y destruyó lo que había, de continuidad, de densidad, de correlación, de armonía y de gobierno en los virreynatos; la familia, la autoridad, la trabazón civilizada, todo vino a tierra. No fué el desbande de las ignorancias oprimidas lo que realizó la independencia; fué la supresión de la armonía civilizada, que trajo por consecuencia la barbarie. Este fenómeno lo conocen los labriegos en las tierras que se dejan de labrar y caen en poder de los matorrales. Fué injusto y cruel Sarmiento cuando, ante el cuadro que presentaba la Argentina en sus primeros años de independencia, se revolvía contra España. Aquella barbarie que él lamentaba no era española; era criolla nada más. La civilización española se había derrumbado, y lo que veía Sarmiento eran las ruinas y los matorrales del barbecho.

En vez de condenar absolutamente la barbarie, y sobre todo la tradición hispano-criolla, ¿por qué no se dedicó su talento a recuperar, a recomponer, a rehabilitar el viejo campo de la civilización española, adaptándola a los nuevos tiempos y a las nuevas normas políticas? Esto le hubiera diputado como hombre verdaderamente genial. Pero Sarmiento estaba corrompido por la admiración rastacuera hacia el extranjero. Y en lugar de levantarse como el gran reformador americano (el reformador que todavía aguarda América), se detuvo en la categoría de un vulgar político transeunte, de cualquier político del momento y vista corta que en frente de una tierra ancha sólo se le ocurre trazar parcelas y darlas a labrar al que desee. Está bien; esto es lógico y práctico. Pero hay algún otro margen para la genialidad.

* * *

Mientras la Argentina avanza en su camino de riqueza, la mente observadora, sin embargo asiste a una tragedia íntima, la de un pueblo que estaba lleno de vigor y carácter, y que rápidamente se transforma en una cosa diferente, amorfa, un poco caótica dentro de su opulencia nacional.

Caótica, porque al destruir sin piedad los cimientos de la tradición, no se han cuidado de conservar prudentemente los elementos substanciales de la raza. Han abierto demasiada franca la puerta a las aportaciones externas, y lo substancial propio se ve inundado, desorientado o invalidado.

En un país de nutrida población indígena, la inmigración puede admitirse sin reparo; los Estados Unidos tenían ya una base populosa bastante capaz cuando llegó la ola europea. La Argentina tenía una población insignificante, y el extranjero la ha invadido. Por eso puede dudarse de que el sistema antitradicional de Sarmiento fuese completamente sabio y oportuno.

Y es que la convulsión de la guerra de independencia dejó en América muchos odios, rencores, suspicacias. Todo el siglo XIX ha durado el período del antiespañolismo. Suele sorprendernos, viviendo en la Argentina, que la Historia nacional la componen los argentinos en una forma un poco caprichosa, desde luego original; dividen su Historia en dos épocas: la Moderna y la Antigua. La Historia Antigua, comprende el período colonial, o sea el tiempo de la dominación española. Más bien puede llamársele prehistoria a ese período. Los argentinos lo tratan someramente, vagamente, como si lo ignoraran; en realidad no quieren recordarlo, o quieren extirparlo...

Pero alguna vez los verdaderos argentinos sentirán el pánico de la descomposición tradicional. Hartos de hablar en francés, desearán por fin hablar en español. Querrán ser argentinos, para no caer en la desgracia de ser una cosa híbrida e indeterminada. Entonces, ladeando a Sarmiento, buscarán las fuentes primitivas, y en lugar del chacarero internacional ponderarán el gaucho, y más lejos todavía hallarán que el verdadero fundamento de la nacionalidad argentina se halla en los tres siglos de la colonización española a todo lo largo de América.

APÉNDICES

EXPLICACIÓN DE ALGUNOS CRIOLLISMOS CONTENIDOS EN ESTA OBRA

1. Chiripá. Especie de zaragüelles, que los gauchos vestían en lugar de pantalones. Era una gran pieza de paño, que se ajustaba a la cintura dejando holgadas las piernas y permitía montar desenvueltamente a caballo. Bajo la envoltura del chiripá se usaban amplios y vistosos calzoncillos, cuyos flecos bordados pendían sobre el tobillo.

2. Carnear. Acción de sacrificar una res y cortarla para ser comida.

3. Compadre, compadrito. Equivale a valentón, guapo, jaque. Se ha formado el verbo compadrear, que por extensión se aplica a todo acto jactancioso. El compadre deriva cada vez más en la forma del compadrito, especie de chulo, de apache y de soutener.

4. Pago. Voz que en España tiene limitado uso y que en la Argentina se emplea corrientemente. Significa la patria local, el burgo o el terreno de donde se es originario y en donde están la familia, la casa, los bienes y las afecciones.

5. Décian. Los criollos acentúan a veces de manera que al español resulta extraña; pasan rápidamente sobre las dobles vocales. Sin que puedan precisarse estas modalidades fonéticas provinciales, aproximadamente pronuncian los criollos de esta manera: páis, décian. Por lo tanto, los versos populares de este poema ofrecerán más de una vez al lector culto español la impresión de estar mal medidos. Los escritores castellanos clásicos usaban también esta forma de acentuación.

6. Cimarrón. Uno de los varios nombres cariñosos que se da a la calabaza que contiene la infusión de la hierba mate. El mate es una especie de te americano; se bebe como estimulante, y en dosis regulares resulta beneficioso y agradable; pero tomado con exceso, degenera en vicio y puede ocasionar desarreglos nerviosos. Se bebe por medio de una espátula de plata, aspirando.

7. China. La mujer del pueblo en el Río de la Plata. Se entiende por china a la criolla auténtica, castiza, casi siempre mestizada. No es vocablo despectivo; más bien es cariñoso.

8. Apiarse. Apearse. En toda América se usa mucho esta palabra, por bajarse, saltar, descender. Se ha usado también mucho en España.

9. Pingo. Uno de los numerosos nombres del caballo en el Plata.

10. Daga. Se llama con más frecuencia facón. Es un cuchillo largo, estrecho, de punta y filo. No lleva más guarda que una cruz en la empuñadura. Es el arma, el compañero y hasta la herramienta doméstica del campesino. Sirve para carnear, como tenedor y como insuperable defensa. Todo buen criollo aprende una consumada esgrima de cuchillo, realmente prodigiosa. Las armas de fuego, el revólver barato y el inmigrante, han reducido mucho el uso del clásico facón. Pero en el campo, si no en la pura forma antigua, sigue llevando la gente un cuchillo, más corto que el clásico, sin duda un puñal, que sirve para cien menesteres, y sobre todo para comer la carne asada.

11. Fortín. Hasta el último tercio del siglo XIX ocupaban los indios salvajes la parte meridional de la República Argentina. Llegaban sus aduares al mismo límite de la provincia de Buenos Aires. Para tener a raya a estos indios se estableció una línea de puestos militares o fortines.

12. Tres Marías. Forma pintoresca de referirse a las boleadoras, arma arrojadiza de los indios y los gauchos que consiste en tres pelotas de piedra dura unidas por cordeles cortos. Antes de lanzar esta arma, se revolea en alto, y así lanzada con fuerza y habilidad, cae sobre las patas de una res, maniatándola, o se enrolla al cuerpo de un hombre, derribándolo, o le destroza la cabeza.

13. Pucha. Interjección muy corriente, que sustituye a otra, también corrientísima en Sur América e impronunciable en estas páginas.

14. Pulpería. Nombre que en diversas naciones de América se da al establecimiento mixto de taberna y tienda de comestibles.

15. Toldos. Campamento o aduar de los indios salvajes.

16. Turtubiando. Quiere decir titubeando.

17. Cancha. Voz geográfica, del idioma quechúa, muy extendida a lo largo de los Andes. Significa un espacio de territorio abierto y despejado. Por extensión se da el nombre de cancha al lugar donde se lucha, juega o rivaliza. En el juego de pelota ha quedado vigente este criollismo, que equivale a pista, ruedo, arena.

18. Entiendanló. Esta manera de acentuar es frecuente entre el vulgo argentino.

19. Gringo. En general se llama con este mote despectivo a todo extranjero; pero se aplica particularmente y con más fijeza al italiano.

20. Carniar. Otro defecto de pronunciación criolla consiste en decir carniar, peliar, apiarse, etc.

21. Voltiadas. Se usa mucho voltear, en el sentido de derribar.

22. Rancho. Cabaña, habitación somera en la campiña.

23. Pampero. Viento seco y frío.

24. Yuyos. Hierbas inútiles de las praderas.

25. Paisano. Campesino.

26. Estancia. Finca de ganado.

27. Ombú. Arbol grande, de copa espaciosa, característico de la región platense. No forma nunca bosque y sirve con frecuencia para cobijar a su sombra el rancho o cabaña del campesino.

28. Entrevero. Se usa mucho en América para expresar el encuentro y confusión de una lucha marcial.

29. Facón con S. Se refiere a la cruz de la empuñadura, que tiene la forma de un garabato parecido a una S.

30. Chajá. Ave de Sur América.

31. Parar. Los criollos dicen parado en sustitución de derecho, erguido, en pie, etc.

32. Flete. Otra manera popular de nombrar al caballo.

33. Mataco. Mamífero que, como el erizo, se enrosca y rueda a modo de bola cuando alguien lo acomete.

34. Vos. En el lenguaje corriente de los criollos, el tratamiento de queda substituído por el de vos. Este pronombre de estirpe tan ilustre lo usan en buena parte de la América meridional en una forma pintoresca, por lo arbitraria y confusa.

Es cierto que antiguamente, según se infiere de los diálogos realistas de nuestros clásicos, en España tenía el lenguaje vulgar los mismos errores en cuanto a la confusión o mezcla del tratamiento familiar y el respetuoso. Ahora mismo comete el vulgo de Andalucía graciosas confusiones con el uso del tu y del ustedes. En la Argentina emplean estos trabucados pronombres hasta las gentes de posición elevada, en su vida familiar; el tuteo normal y correcto sólo se usa en la enseñanza escolar y en la literatura.

35. Angurria. Ansia, voracidad, avaricia.

36. Chapetón. Torpe, bisoño.

37. Yunta. Esta palabra ganadera suele usarse frecuentemente. Par. Pareja.

38. Malón. Turba de indios armados que irrumpen en los pueblos para matar y robar.

39. Obraje. Nombre de las grandes explotaciones de madera en los bosques del Chaco, del Paraguay y de las Misiones.

40. Peludo. Mamífero de la Argentina.

41. Tranca. Borrachera.

ESTOICISMO CRIOLLO

CUANDO terribles inundaciones asolaron una buena parte de los suburbios de Buenos Aires, un fenómeno inusitado atrajo mi atención: el escaso clamoreo y la brevedad de las lamentaciones. Hubo allí innumerables horrores; destrucción de casas, barriadas hundidas, familias sin hogar, heridos y muertos. Con la mitad de tanta desolación, en muchos países hubieran tenido tema para largas declamaciones sentimentales. Allí el suceso produjo repentina emoción, se acudió con los remedios más a mano, y todo pasó en seguida al olvido.

Deberé insistir en la característica fatalista y estoica del criollismo. En el curso del texto hemos observado cómo la queja forma el leit motiv del “Martín Fierro”, y cómo esa queja tiene un carácter tan resignado y tal dejo de fatalismo. A fuerza de ser estoica, la queja criolla pierde su aguda irritabilidad y pasa a convertirse en una manera de conformismo cuya raíz, sin duda, habrá que buscarla en la naturaleza india.

Con el vaivén de las inmigraciones y la lucha por la riqueza, el estoicismo indígena ha encontrado un refuerzo, y en las ciudades tumultuosas del litoral, como Buenos Aires, el lamento no encuentra ambiente favorable.

Esta especie de atonía quejumbrosa se advierte en los periódicos, que nunca insertan informaciones deprimentes; se observa en los gobernantes, que alardean de una tónica confianza; en fin, cada ciudadano argentino se convierte en un propagandista del optimismo nacional. El acento fatigado y lastimero está mal visto allí, y la gente suele desconfiar y apartarse de quien se muestra decaído, sin aliento ni ilusión. En el campo y en las poblaciones del interior queda siempre un eco de la poesía y la música indígenas, melancólicas y extrañas.

Tan fuerte es esta característica, que hiere desde el primer momento la curiosidad del extranjero, y aun aquel que por su condición de humildad intelectual se encuentra imposibilitado de explicarse los fenómenos morales, siente y percibe con fuerza ese caso psicológico argentino. Y quién sabe, al fin, si esa misma atonía quejumbrosa es uno de los atractivos más fuertes que tiene el país, para llamar y retener a los desvalidos del mundo, a aquellos que vienen precisamente de las regiones más tristes y quejumbrosas, a los cansados de oir el gemido de la multitud hambrienta, o sucia, o tiranizada.

El fenómeno en cuestión puede producir diversas interpretaciones falsas. A la mirada del europeo inteligente, un país que carezca de la fibra sentimental, del don de la queja, acaso aparecerá como incompleto, como demasiado simple y rudo. Otros deducirán una ausencia de emoción para el sufrimiento, quién sabe si una dureza de alma. Los más benévolos lo achacarán todo a la exclusión de la miseria y de la tragedia en la vida argentina. Todos sabemos, sin embargo, que el país no es insensible, ni absolutamente simple y rudo. En cuanto a la parte trágica, sabemos todos también cuán penosa se muestra la carrera de muchos hombres, y en los suburbios de Buenos Aires, en el corazón mismo de la soberbia ciudad, late un elemento de continua y sangradora tragedia.

Hay, es verdad, mucho de inconsciencia en el vivir argentino. Pero la causa principal de la falta de queja y de tristeza que se advierte en el país, está ahí, en esa renovación diaria de las muchedumbres intercontinentales. La tristeza es un mal que ataca a los pueblos inmóviles o viejos. La tristeza es como el musgo: necesita del silencio y de la quietud. Al individuo pasivo y perezoso, lo que primeramente le acomete es la conciencia de su fragilidad y la correlación de esa conciencia es el disgusto, la melancolía, la tristeza. Todo lo que está quieto, es triste. Un paisaje inmóvil nos induce a la melancolía, desde los árboles que aparentan meditar, hasta el sonsoneo agorero y supersticioso del aire y de las aguas; mientras que si la tempestad agita el paisaje, entonces salta la impresión airada y dramática, que nada tiene que ver con la tristeza. Y no trato aquí de discernir qué emoción sea la mejor y la más pura: en cuestiones de emoción, cada uno tenemos nuestra conformación espiritual determinada, que nos hace gustar fatalmente una, sin que esto arguya excelencia. Que a mí me solite mejor un paisaje profundo y quieto, no quiere decir que niegue a los demás el derecho a los encantos de la naturaleza vibrante y apasionada.

En tanto que la marea intercontinental inunde al país, en un flujo y reflujo acelerado, la Argentina no sentirá deseos de quejarse ni entristecerse. Su actividad y su renovación no le dan tiempo al reconcentramiento sentimental. La actividad nunca es triste. Algunos aseguran que tampoco es filosófica. Otros se aventuran a decir que no puede ser poética. Pero todo esto nace de los infinitos prejuicios de que nos rodeamos. Porque Leopardi era un espíritu inactivo que vivía a la luz de la luna, y porque Kant se anegaba en la inmensidad de sus libros, juzgamos que el pensamiento filosófico y la poesía han de vivir en la soledad, la pereza y un aristocrático aislamiento. Pero hubo en Grecia muchos filósofos que nos enseñaron a ser transhumantes y a ir rodando de pueblo en pueblo, para conocer, comparar y, sobre todo, vivir. Otros poetas nos enseñan también a crear poesía entre el rodar de los acontecimientos y la lucha de las cosas.

Allá en el norte de aquel continente americano vivió Walt Wiltman, hombre-poeta entre los poetas, el cual creyó dignas de sus cantos las cosas más vulgares, como el hervor de las calles, los gritos de la muchedumbre, el paso de la civilización excitada. Su canto de los pioneers es la nota más entusiasta que se ha escrito sobre la marcha de los pobladores a través de las tierras y los bosques vírgenes.

Es preciso advertir también otra causa, para explicarnos la falta de queja en la vida argentina. Es que la parte mayor de la población urbana, aquella que podía, por su condición apurada, contribuir al lamento público, es una masa de luchadores voluntarios. Cada uno de esos luchadores ha llegado por su propia cuenta, libremente, llamado por la ambición. ¿A quién ha de quejarse ese luchador si encuentra el fracaso en la lucha?... Además, el orgullo pone una parte importante en el problema. Cada luchador, cuando se ha lanzado a la mar en busca del vellocino de oro, concierta con sus compatriotas una especie de compromiso moral; sale de la patria dispuesto a vencer, y nada más que en el hecho de partir hay una confesión de la propia seguridad en el triunfo. Pero no haya temor de que se queje: su orgullo le cerrará los labios, y el que más vencido se vea caerá silenciosamente hasta los últimos peldaños, hasta el atorrantismo. Por eso el atorrante argentino tiene ese aire callado, humilde y, en el fondo, orgulloso.

Falta de queja, horror a la lamentación, silencioso orgullo para caer, ¡ojalá que dure muchos años todavía en aquella tierra nueva y alentada! Que la manía de imitación no implante allí los procedimientos de otros países. Que una sociedad desocupada y femenina, o afeminada, por satisfacer ambiciones de aristocraticismo, no cultive la costumbre de las asociaciones limosneras. Que no cunda el hábito de los aspavientos, de las suscripciones, de los repartos piadosos, de las listas de donantes, de las protestas aflictivas. Todo esto lo dice quien está asqueado de ver en su patria cómo se pudre el sentimiento de la dignidad humana y cómo se lanza a la ruina emocional una nación entera, confundiendo la idea de piedad con la de la limosna, y legitimando, en fin, la mendicidad. Cuando se legitima el derecho al pordioseo, todo, en las sociedades débiles, conviértese en triste y deshonroso. El obrero nos ofrecerá sus servicios llorando, evocando el hambre de sus hijos; el muchacho que nos brinda un periódico, insistirá para que se lo compremos, alegando la enfermedad de su madre moribunda. Y entonces intervendrá la mentira y se inventarán desgracias para producir compasión. Y una vez que haya desaparecido el sentimiento de la dignidad, todo quedará disuelto, y las personas carecerán de su riqueza principal, que es el hueso medular: ese hueso fiero y resistente que nos hace mantenernos rígidos, sin doblarnos, ni aun en el momento de caer rendidos. La tensión medular—aceptadme el simbolismo—es la esencial riqueza que han de poseer los hombres, los pueblos.