a la luz de las estrellas,
porque ese es un cortinao
que lo halla uno dondequiera,
y el gaucho sabe arreglarse
como ninguno se arregla.
el lomillo es cabecera,
el cojinillo es blandura,
y con el poncho o la jerga
para salvar del rocío
se cubre hasta la cabeza.
pues la precaución es buena;
freno y rebenque a la mano,
y teniendo el pingo cerca...”
Esta es la forma, sin duda, que usaba Don Quijote para pasar las veladas cuando la fuerza del sino le alejaba de algún mesón confortable. “A la luz de las estrellas” es como al hidalgo manchego le placía recostar la frente sobre la almohada de sus sueños. Y bajo el palio del firmamento estrellado, como en la Pampa se reúnen junto al fogón los gauchos, más de una vez solía Don Quijote hacer sus pláticas místico-caballerescas, a propósito, por ejemplo, de la “edad de oro”, mientras los pastores de Sierra Morena, oyéndole respetuosos, engullían la sabrosa cena y apuraban, en vez del mate criollo, el ardiente vino manchego.
Martín Fierro, por tanto, es un personaje literario que cae de lleno en la tradición española. Si le falta talla para acercarse mucho al héroe de Cervantes, merece ser considerado cuando menos como un Quijote disminuído. No es una caricatura de Don Quijote, ni una pretensión francamente quijotesca; pero tiene el aire.
El Quijote, diríamos, de la Pampa, sufre la suerte de su origen. No ha nacido hidalgo, ni tiene del todo limpia la sangre; viene un poco de herejes, de indios cimarrones, y sabe poco o nada de libros, poemas y caballeros. Rústico y primitivo, hijo directo de la Naturaleza y rozado apenas por la blandura y el prestigio de la civilización, ¿cómo exigiríamos a Martín Fierro que se comportase a todas horas como el Caballero de la Triste Figura? Así, pues, en Martín Fierro se opera una mezcla bizarra, y hay en él unas gotas de Don Quijote y un exceso de Sancho Panza.
No está loco a la manera de Don Quijote; sólo consigue estar borracho alguna vez. Entonces busca la pelea y es bravo como nadie; pero no lucha por un ideal de nobleza y de justicia, sino por vulgares motivos de taberna. No obstante, en su alma tosca de primitivo se esconde la virtud esencial de los antepasados, y suele ocurrir que se lance a “desfacer entuertos”, con una actitud propiamente quijotesca; como cuando salva a la mujer cautiva de las garras del salvaje indio, y mata al infame opresor en franca y descomunal pelea.
Es cierto que mata excesivamente. Carece de la espada del caballero, y al acortarse su arma, queda reducida a puñal, y el puñal busca el corazón más directamente.
He aquí el grito que le arranca a su conciencia el excesivo pecado:
me hinqué y les rece un bendito;
hice una cruz de un palito,
y pedí a mi Dios clemente
me perdonara el delito
de haber muerto tanta gente.”
De estos amargos arrepentimientos estuvo libre Don Quijote, el cual no hay noticia que produjese la muerte más que a unos cándidos y miserables corderos.
LA MADRUGADA EN LA PAMPA ARGENTINA
Yo no podré olvidar nunca la primera visión de la Pampa y el descubrimiento del primer gaucho argentino. Fué durante un viaje largo y monótono, abrumador, desde Buenos Aires a la frontera chilena. Todavía ahora, a través de varios años, conserva mi alma fresco el recuerdo de aquella emoción alboreal, noble y honda emoción de “plena naturaleza”.
Al apuntar la mañana, por la ventanilla del vagón sorprendí el espectáculo anchuroso de la llanura, toda bañada de luz virginal. Era la llanura de siempre, la eterna e invariable Pampa, madre de trigos benéficos y de mugidores novillos, manchada alguna vez por el azul de una laguna, donde los flamencos de pata encogida ocupábanse, cómicamente apostados, en la caza de invisibles insectos.
Y cuando el sol asomó su faz indecisa, la llanura adquirió una gracia juvenil que invitaba a la alegría y al entusiasmo, tal como el mar, con toda su simplicidad y monotonía, suele conmovernos hasta lo más hondo.
Era un mar en sosiego lo que se tendía a mis ojos. Un mar sin complicación, una naturaleza simple, primaria. No había colinas que vinieran a involucrar la línea del horizonte, ni montañas que alterasen con sus crestas sinuosas la serenidad del paisaje; tampoco se veían árboles, ni arroyos, ni menos poblaciones. Parecía que el mundo aquel acabara de surgir, milagrosamente, todo nuevo, todo fresco, lleno de inocencia, de la mente del Creador, a la manera que nos cuentan las páginas bíblicas.
Y en aquella cándida vastedad de tierra verdeante, el tren marchaba veloz, como si él mismo, producto de la más complicada civilización, se sintiera maravillado de correr por un mundo que acababa de surgir a la vida. A lo lejos, como un punto vago, insinuábase una mancha incierta, tal vez una choza, acaso dos sauces melancólicos. El tren avanzó vertiginoso, y la cabaña, con sus dos arbolitos, se pronunciaron claramente a mi vista. Una cabaña bien somera, por lo demás. Su arquitecto no tuvo que macerar mucho la mente para imaginarla y construirla. Componíase de cuatro maderas y un techo de paja. Era una cabaña ingenua, hecho según un plano universal. La misma cabaña del hombre lacustre o del indígena polinesio. Cuatro maderas puestas de pie y un techo pajizo. Y los dos sauces, nada frondosos, encorvaban sus ramas languidecientes sobre la choza, con un amor filial lleno de respeto.
Un hombre a caballo salió de entre los sauces. En la frescura matinal, el hombre aquél cabalgaba con una hidalga prosopopeya, sin apurarse, reposadamente, como quien no siente el acicate de ninguna actividad perentoria. Iba tieso sobre su caballo, noblemente erguido, con rumbo a la inmensidad. Por un momento le distrajo el tren; pero volvió la vista luego, ajeno a la loca carrera del convoy mecánico. Parecía un ser ideal que marchaba a sumergirse en el infinito de luz y en el otro infinito de la llanura. Y, a pesar del vacío y de la soledad del sitio, aquel hombre que cabalgaba noblemente, sin prisa ni afán de ninguna clase, daba la impresión de una felicidad plena, redonda y definitiva. Sino fuera por el jactancioso ruido del tren, oiríanse, de seguro, las voces de su canto. No se concebía a aquel hombre en aquella hora sino cantando.
Reía entre tanto la naturaleza, y cada nimio detalle del paisaje se revestía de una íntima belleza. En el paisaje aquel, tan simple y sobrio, faltaban los elementos teatrales y decorativos. Pero había un amable encanto en la hierba matizada de rocío, en la lechuza que se posaba sobre un poste y abría sus curiosas y atónitas pupilas circulares, en las ovejas que pastaban, en el desbande de las aves azoradas, en la cómica expectación de los novillos ante el paso ruidoso del tren. Y, sobre todo, en la luz purísima que inundaba la llanura, aquella infinita llanura que se abría delante de la imaginación como un concepto casi metafísico de la libertad y de lo inconmensurable.
Y yo pensé: ¿Somos más felices los hombres porque amontonemos mayor número de útiles, de necesidades y de ideas? Aquel rancho[22] perdido en la llanura, aquellos dos sauces, el fogón encendido, la mujer que se queda amamantando a su criatura y el hombre que sale a cabalgar serena y noblemente, ¿no representaban la suma de las cosas y de las emociones que requiere un hombre para sentirse bien dentro del universo y cara a la vida? En aquella cabaña se habían reducido las necesidades hasta el mínimo. Siendo tan pocas las exigencias, el alma, en aquella parquedad de apetitos, debía pensar que el mundo era aún demasiado pródigo. Era la antítesis de la gran metrópoli, de la ciudad insaciable y codiciosa, de la urbe consumida por las pasiones. La ciudad no se satisfacía nunca. Anhelaba siempre más, nuevas formas de placer y de molicie. Las grandes fábricas gemían continuamente para producir los útiles, tan caros a la civilización; los hombres de ciencia alargaban sus vigilias para sorprender una nueva invención; y corrían los barcos y los trenes, acarreando cosas aptas para la molicie del hombre, y las calles se llenaban de fiebre, los Bancos multiplicaban sus negocios, el mundo entero vibraba al conjuro del universal anhelo. Todo para que unos hombres pudieran usar cosas agradables, y todo para que la vida se llenase de complicación. Lujo, vanidad, automóviles, timbres eléctricos, ascensores, teléfonos, bebidas heladas, salsas, especies, vinos espumantes, vestidos de seda, sombreros increíbles. Para satisfacer estas necesidades artificiosas, el mundo llenábase de inquietudes, estallaban las guerras, morían los miserables en los rincones.
En ese rancho perdido en mitad de la llanura ¿qué faltaba? La vida no reclamaba sino tres o cuatro casos simples: un pedazo de carne asada, una infusión de “mate”, y, como lujo, una galleta dura. Quizá un poco de tabaco para las horas de reposo. Y en los días de fiesta, un trago de ginebra. Para dormir, el sagrado suelo. Y en las noches tibias, tener como techumbre el cielo, empavesado de estrellas.
He ahí una razón fundamental: la vida conquistada a bajo precio. Pero la otra razón, la que se apoya sobre los intereses eternos, colectivos, universales, arguye que ese plan de vida es ruinoso, y que al simplificar las necesidades, reduciendo el radio de nuestros deseos, la civilización corre apuro de malograrse. La civilización es un algo supremo, inasequible, imponderable como el mismo Dios. Todos venimos a ofrecernos como servidores de ese fetiche insaciable, y sudamos, padecemos, morimos entre estertores de codicia, de vanidad o de ambición, a la mayor gloria del progreso. Se nos dice que es humillante desertar de nuestro puesto. Y efectivamente cumplimos con nuestro deber.
Por mi parte, yo siento en muchas ocasiones una fuerte intención de desertar. Siempre que me sitúo enfrente de la naturaleza libre, ingenua y pictórica, me asalta el mismo prurito de renunciar a mi corteza urbana, quitarme el uniforme de civilizado, traicionar a la obra del progreso y convertirme en un hombre sencillo.
He pensado seriamente en llegar a poder vivir así, como aquel paisano que a lomo de su potro tordillo salía cantando de mañana por lo ancho de la llanura. Renunciar a los numerosos detalles de la civilización, despreciar la vestidura del placer, la apariencia sonora de la dicha, a cambio de la verdadera felicidad. Reconciliarse con la salud, auténtica madre de la alegría. Ejercitar las funciones corporales con una segura amplitud. Sentir la plena conciencia de la normalidad del ser. Dormir sin achaques, de un largo y robusto tirón. Cabalgar, vencer las dificultades que se oponen al músculo, sudar, beber agua sana a grandes tragos. Respirar el viento sin temor, y agradecerlo más aún cuanto más frío. Ofrecerse al sol sin veladuras ni encogimientos. Recibir el golpe de la lluvia como una caricia. Curtirse la piel, tensa como un pandero. Ver acostarse el sol, sin miedo al mañana. Levantarse con el alba y agradecer con todas las fuerzas del cándido espíritu la gracia de poder vivir un nuevo día...
CAPÍTULO V
El Amor y la Queja
POR las páginas del Martín Fierro corre constantemente un aura de queja y de reproche melancólico, y esto da al poema cierta monotonía, como de cancionero andaluz. Entre el gaucho y el andaluz existen coincidencias de tono y de sentimientos tan marcadas, que otra vez me veré inclinado a insistir sobre el paralelismo de dos pueblos que el Atlántico separa, pero que el origen y el concepto de la vida mantienen siempre unidos.
La queja del gaucho Martín Fierro va dirigida en dos direcciones: el abuso social y los males del amor. En el fondo, sin duda, lo que el poeta Hernández se propuso fué una patética e indignada recusación de los móviles ciudadanos, y del plan abusivo de las ciudades costeñas, como Buenos Aires, que henchidas de elementos inmigrantes, poseídas de un torvo espíritu de presa y con una despiadada prisa por el éxito y por la civilización a ultranza, arremetían contra el gaucho, lo hallaban reacio, lo oprimían y lo expulsaban, arbitraria y brutalmente, de la tierra y del usufructo del país. De modo que el poema del Martín Fierro viene a ser una protesta de la tradición, del argentinismo, de la argentinidad histórica, y en efecto marca la línea que divide las dos épocas: una puramente criolla, con sus luchas políticas, sus violencias y también su generosidad romántica e idealista, su apasionamiento noble; la otra época corresponde al moderno contenido social, en que se ha levantado una nación ágil y ambiciosa, llena de arrivismos y de irreverencias, confuso vientre donde pululan todos los extranjerismos.
Esta defensa del gaucho oprimido y esquilmado forma el motivo del poema. Pero la queja hubiera saltado de cualquier modo, porque la raíz del criollismo pampeano consiste en un acatamiento a la ley de fatalidad, y en una profunda e instintiva comprensión del duro e insuperable destino. El criollo es fatalista como un andaluz; la parte de semitismo que heredara de sus abuelos, se ve todavía corroborada por el fatalismo de las razas indias. Sobre la negrura de su fatalismo, igual que en el alma andaluza; el criollo vierte, a manera de relámpagos, sus chistes y donosidades, su graciosa socarronería.
Las estrofas del Martín Fierro, por tanto, recuerdan directamente las coplas andaluzas de la malagueña. Al comenzar un episodio, en cualquier intervalo de su narración, Martín Fierro lanza al aire libre de la llanura solitaria su queja, que es como una reconvención al destino.
y el asunto lo requiere;
ninguno alegrías espere
sino sentidos lamentos,
de aquel que en duros tormentos
nace, crece, vive y muere.
Los últimos versos de esta estrofa recuerdan inmediatamente a nuestro Segismundo de “La vida es sueño”. En el poema de Hernández hay otras varias referencias a libros españoles, que iremos anotando después; el Quijote está patente en el Martín Fierro, y la obsesión de Espronceda obsérvase igualmente a lo largo del poema criollo. Los consejos que da el viejo Vizcacha a un hijo de Fierro, son eco demasiado patente de las advertencias que el presidiario hace al héroe de El Diablo Mundo.
La queja del gaucho se parece a la del andaluz; pero si en la copla andaluza palpita frecuentemente la indignación, la violencia o el arrebato pasional, en la estrofa criolla vaga un no sé qué de resignado y suave. Rara vez suena la copla criolla a maldición y a rebeldía, como en el canto andaluz; el gaucho gime con un tono más pasivo, más rendido y caballeresco; hace, frente al desdén de su dama, no como el enamorado andaluz, sino como el enamorado gallego o el galán provenzal.
Yo me atrevo a reproducir, dándole un valor totalmente representativo del carácter sentimental criollo, esta vidalita, muy popular en las tierras del Plata:
vidalitá,
la que yo crié;
salió tan ingrata,
vidalitá,
que voló y se fué...
Toma aquí el sentimiento de un pueblo la expresión más resignada, triste y vagorosa. Apenas si el enamorado osa protestar. Es como si admitiera la ley del destino que convierte a la mujer en cosa deseable, frágil, bella, fácilmente desvanecible. Admite la fatalidad, y como buen fatalista no incurre en la inútil propensión a la ira y los desesperados ultrajes.
Se siente, pues, el gaucho obligado a una actitud de compostura frente al desvío inevitable de la mujer. Y toma la postura del lamento según la buena tradición romántica y caballeresca del galán desgraciado; se refugia, pues, en la queja transcendental, en el suspiro y en el culto ácido de la ausencia. La ausencia, como tema de erotismo desgraciado, llena el fondo del cancionero popular argentino.
La copla andaluza exclama:
hay una laguna clara
donde lloraba mis penas
cuando de tí me acordaba.
Pero aun aquí resalta o se entrevé la esperanza de recuperar el amor malogrado, o se presiente la secreta ira del amador que podrá acaso alguna vez ejercitar su derecho a la venganza. El defraudado galán criollo se contenta con gemir:
remonta tu vuelo,
y al bien que yo adoro
dile que me muero...
También Martín Fierro colabora en esta propensión a la queja dulce y al dolor de la ausencia. Azuzado por la justicia, pobre y errante, necesita poner su memoria en la dama de sus pensamientos y canta:
y largarse a tierra ajena,
llevándose el alma llena
de tormentos y dolores;
mas nos llevan los rigores
como el pampero[23] a la arena.
en esa inmensa llanura,
al verse en tal desventura
y tan lejos de los suyos,
se tira uno entre los yuyos[24]
a llorar con amargura.
Nada más justificado que el lamento criollo y ese tópico criollo de la ausencia. Es una melancolía que llamaríamos territorial, topográfica. Y ciertamente, si el gaucho encuentra algunas ocasiones de felicidad, su posición en el mundo le hace apto para la melancolía.
No es que sea sombrío, ni que le falte lo esencial a la vida; en los buenos tiempos de Martín Fierro, y aún ahora generalmente, el paisano[25] dispone de un caballo en que trotar, el amor lo encuentra fácil, un cobertizo y un poncho le son suficientes para cubrirse, y la carne, base casi única de su alimentación, la cobra sin ninguna dificultad. El trabajo es fácil también. Detesta el manejo de la azada y no gusta el oficio de labrador, que abandona a los gringos; pero es insuperable caballista, cuida como nadie de los ganados, sabe esquilar ovejas y domar potros y herrar lindamente, y es inapreciable, insustituible, en una estancia[26]. Bebe, rasguea su guitarra, canta por lo fino. Gallardea en las fiestas, y sobre su dócil caballo, a la madrugada, tendido al galope y con el lazo revoleado diestramente en medio de la manada cerril, siente sin duda el robusto goce de la vida plena, libre y masculina.
Pero delante de sus ojos, ¡cómo es de igual y plana la llanura! He allí un mar de hierba, monótono e inexorable como el Océano. Vagamente llega al alma una tristeza que no es la del marino, porque el marino va, y el gaucho no saldrá nunca de su profunda soledad. El jinete se endereza sobre su corcel, y no columbra nada a lo lejos, ni un pueblo, ni una roca, ni un campanario; acaso una cabaña, sombreada por un sauce llorón, o un ombú[27], el solitario árbol de la Pampa que no forma nunca bosque. Sólo el blanquear de las ovejas, y el mugido de los toros errantes y apaciguados. Un amanecer de oro, un mediodía azul, un crepúsculo lleno de nostalgias. El cielo y la llanura, tan anchos, tan infinitos, concluyen por parecer muros de limitación... Sólo el viento pampero, de largo en largo, brota súbito como del mismo seno de la llanura y hace estremecer los pajonales y retumba siniestra y poderosamente en la infinita soledad del desierto.
CAPÍTULO VI
El Cuchillo del Gaucho
POR entre los versos del Martín Fierro brilla con frecuencia el cuchillo de nuestro gaucho errante, y con esa arma compañera se consuman hazañas increíbles, como el resistir en pleno campo abierto a un pelotón de soldados policiales.
Viajando una vez por la provincia de Entre Ríos, cuyo paisaje algo seco y surcado de pelados oteros recuerda bastante al campo de Castilla, sorprendí un hombre a caballo, verdadera imagen del romancesco tipo del gaucho. Ya no vestía chiripá, pero en su defecto portaba unos anchísimos calzones bombachos, y sobre la erguida cabeza llevaba un sombrero afieltrado, con masculino y coquetón talante. Al girar de espaldas, mostró en el cinto, por la parte de los riñones, cruzado un largo cuchillo de punta sutil. Mientras el tren arrancaba con enfática carrera, el hombre del caballo y del cuchillo se internó serenamente en la llanura, bien tieso en su silla nacional, impasible y orgulloso, como una página del pasado que se vuelve y huye...
He nombrado el cuchillo, y la palabra no es justa del todo. El cuchillo o facón gauchesco era más bien una espada. Sus dimensiones tenían una prudente medida, y si era demasiado largo para cuchillo, quedaba algo corto para llegar a espada. El gaucho no podía llevar una espada al cinto, como un soldado de caballería; su manera violenta y continua de cabalgar, y su deseo de no separarse nunca del arma fiel, le obligó a cortar la espada del caballero o del hidalgo. La cruzó en la cintura, la sujetó a su cuerpo, y así logró convertirla en algo indivisible con su persona.
Al referirme al cuchillo del gaucho hablo en pretérito, porque el arma nacional de los ríoplatenses va desapareciendo, y sólo es usado tal vez en las comarcas desviadas. El europeo ha traído el uso del revólver, arma fácil y expedita que no requiere una maniobra tan complicada como aquel acero filoso, únicamente eficaz cuando la mano, la vista y el corazón del gaucho lo esgrimía en los imponentes entreveros[28].
Tampoco podía el europeo desenvolverse en el seno de la Naturaleza, desafiarla y vencerla como el gaucho. Este hombre primitivo contaba solamente con su voluntad y sus iniciativas. Situado en mitad del desierto, se buscaba un camino, se orientaba por las huellas sutiles de la luz o del color y sabor de las hierbas, y nada quedaba para él sin expresión, desde el vuelo de las aves hasta el mugido de las bestias errabundas. Poco debía contar con la justicia ni con los poderes constituidos; en último caso fiaba a su acero la defensa de su familia y de su prestigio personal. El europeo, debilitado por la civilización, procura reconciliarse con la Naturaleza, y al reñir contra ella no marcha de frente, sino que la soslaya, y pone por medio la mecánica de la industria y la otra mecánica de las leyes colectivas.
Un pueblo entero, libre y robusto, usaba hasta ayer mismo la espada del caballero o del hidalgo, como hace dos o tres siglos la usaban en Europa las gentes nobles. No se olvide que la espada significa libertad, aunque las mentes un poco aturdidas por la democracia tomen esto por una blasfemia. La espada no ha sido nunca negocio de esclavos, porque implica el sentido de la mayor independencia personal. La espada hace sagrado el concepto de la personalidad, y un hombre que la lleva al cinto está significando a todos los otros hombres que su independencia personal comienza desde la misma punta de su espada. Los caballeros del siglo XVI, llevando todos el signo acerado y mortífero de la libertad, por imposición natural interponían entre ellos la virtud más deseable y democrática: el respeto mutuo.
Así Pizarro, detenido en la isla del Gallo por las suspicacias de algunos compañeros, cuando quiso arrastrar su gente a la gran aventura de conquistar el Perú no osó proferir gritos y órdenes de mando, sino que sacó la espada, rayó la tierra con un brusco ademán y empezó: ¡Señores...!
Aquellos hidalgos trajeron la espada a la llanura ríoplatense, y el gaucho, pobre y errante como su progenitor, lleno de sus mismos prejuicios, reacio a la industria, atento al honor y a la libertad más que al ahorro, fué un testamentario y un continuador en América de la tradición castellana. Cuando en la tierra originaria no quedaron hidalgos de espada al cinto, en la Pampa vivía el gaucho una vida hidalguesca, con su caballo y su daga, su puntillo de honor y su aventura.
No; no era para todos el manejo de la daga gauchesca. Nada tan complicado como su esgrima, ni nada tan terrible como un hombre de aquellos cuando enrollaba al brazo el poncho, se quitaba las grandes espuelas y hacía brillar la hoja del cuchillo. A veces las pendencias duraban mucho tiempo, y el sudor bañaba los rostros que la ira hacía enrojecer. Los circunstantes formaban en círculo, y a nadie se le ocurría que podía intervenir en aquel torneo legal y honroso. Juntos los pies de ambos luchadores, casi abrazados los dos, hacían largo tiempo culebrear los aceros, parándose los tajos con el poncho, ladeándose, evitándose como ágiles reptiles. Un chirle en la cara era golpe muy apreciado, y a veces bastaba la herida del rostro para lavar una ofensa. Pero los verdaderamente bravos no se contentaban con tan poco. Martín Fierro era hábil en hundir el cuchillo hasta la empuñadura.
que era de lima de acero;
le hice un tiro, lo quitó
y vino ciego el moreno.
un planazo le asenté,
que lo largué culebriando
lo mesmo que buscapié.
con la sangre de la herida,
y volvió a venir furioso
como una tigra parida.
por los ojos el cuchillo,
alcanzando por la punta
a cortarme en un carrillo.
y me le afirmé al moreno,
dándole de punta y hacha
pa dejar un diablo menos.
en el cuchillo lo alcé,
y como un saco de güesos
contra un cerco lo largué...
Acabada la riña, Martín Fierro atraviesa por entre los silenciosos espectadores sin volver la mirada, convencido de que nadie habrá de poner una objeción a su terrible y lógico comportamiento.
desaté mi redomón,
monté despacio, y salí
al tranco pa el cañadón...
En otro capítulo se verá la forma de pelea y el sentido de la muerte del gaucho.
CAPÍTULO VII
Hazañas y Entreveros
EL uso consumado de la esgrima trae consigo una especie de culto de la serenidad; el esgrimidor, por lo mismo que cuenta con su destreza y quiere atestiguarla, se cuida mucho de mostrar una firme sangre fría al momento de la pelea.
El gaucho hace esgrima desde que nace, y en su mano se convierte el facón en un prodigio. No le gusta, por tanto, combatir de un modo brutal y torpe; estima grato rodear el trance del peligro con el adorno de esas gracias marciales que consisten en jactanciosas actitudes, ademanes despectivos y palabras hirientes. Desde los tiempos del padre Homero, el hombre que fía su riesgo a la entereza de su mano y de su espada ha sentido siempre el trágico placer de irritar, de encolerizar al adversario, y demostrarle cuán poco terror alberga el pecho que se prepara a combatir.
El gaucho es un buen hijo de español, y sufriría mucho si le privaran del ácido y supremo placer de la jactancia varonil frente a la muerte. Ha heredado del andaluz el culto del gesto y la graciosa arrogancia del desplante masculino; antes de herir, se reserva el derecho de lanzar la frase punzante y retadora. Sus riñas suelen tener un prefacio terrible, emocionante, en que los contendientes se atacan con miradas y con palabras frías, con frases de ambiguo sentido, con sonrisas que cortan.
Era natural que en un ambiente así apareciera el tipo del matón. Lo hubo antes, y ahora mismo existe, sobre todo en los suburbios de las grandes poblaciones. Llaman en Buenos Aires orilleros (sin duda por ser vecinos de las orillas urbanas) a unas gentes confusas, bastante híbridas, formadas de todos los restos de población indígena y forastera, con sedimentos criollos y mucha aportación italiana, especialmente de las partes de Nápoles, Calabria y Sicilia. En esta población circundante y procelosa surge con frecuencia el tipo del guapo, del chulo, del apache, que en el lenguaje provincial del país llaman compadrito. Antiguamente se titulaba compadre a secas, y la palabra ha dado origen a un verbo muy usado, compadrear, que significa hacer el gallo, el guapo o el valentón; pero en la chulería arrabalesca, allí como en los bajos fondos sociales europeos, el valentón busca siempre la manera diminutiva o afeminada de mostrar su terrible y repugnante masculinismo. El compadre, pues, se convierte en compadrito, hombre pálido y cruel, apachesco, fríamente sanguinario, portador del revólver o del cuchillo, espejuelo de las infelices y deslumbradas mujeres, y diestro bailador de ese soez tango argentino que, en efecto, los argentinos honrados nunca quisieron bailar, y en Europa lo han bailado las atolondradas señoritas linajudas.
Del gaucho Martín Fierro no se puede decir que sea un compadre militante. Obedece, sí, a la ley de su patria, y tomando un poco más de ginebra se siente algo provocador y demasiadamente dicharachero. Por soltar con exceso la lengua se ve obligado una vez a reñir con un negro, al que tiene la desgracia de rajar el vientre. Son cosas de la fatalidad, que hoy toca a uno y mañana nos escogerá a nosotros. Efectivamente:
estaba haciendo la tarde;
cayó un gaucho que hacía alarde
de guapo y de peliador.
el pingo hasta la ramada,
y yo sin decirle nada
me quedé en el mostrador.
que naides lo reprendía,
que sus enriedos tenía
con el señor Comendante.
andaba muy entonao,
y a cualquiera desgraciao
lo llevaba por delante.
que la vida le sobraba!
Ninguno diría que andaba
aguaitándolo la muerte.
Sabe ya Martín Fierro, desde la aparición del compadre en la pulpería, que las cosas no podrán ir bien para todos. Antes de que estalle la tormenta, el héroe hace unas cuantas reflexiones filosóficas, seguramente no exentas de curiosidad.
es ansí la triste vida;
pa todos está escondida
la güena o la mala suerte...
Observad ahora la manera especial de desarrollarse una pendencia entre gauchos:
le dió un empellón a un vasco,
y me alargó un medio frasco
diciendo: “Beba, cuñao.”
“Por su hermana, contesté,
que por la mía no hay cuidao.”
“¿de qué pago será crioyo?
¿Lo andará buscando el hoyo?
¿Deberá tener güen cuero?...
Pero ande bala este toro
no bala ningún ternero.”
porque el hombre no era lerdo;
mas como el tino no pierdo
y soy medio ligerón,
le dejé mostrando el sebo
de un revés con el facón.
Pero estas son riñas de uno contra uno, de forma caballeresca popular y muy semejantes a las riñas de otros países. Donde se prueba el valor del gaucho y la potencia de su cuchillo y de su esgrima, es en los entreveros de uno contra muchos, o en la pelea contra un indio armado de boleadoras.
en aquella soledá,
entre tanta oscuridá
echando al viento mis quejas,
cuando el grito del chajá[30]
me hizo parar[31] las orejas.
al suelo para escuchar;
pronto sentí retumbar
las pisadas de los fletes[32],
y que eran muchos jinetes
conocí sin cavilar...
y eché de giñebra un taco;
lo mesmito que el mataco[33]
me arrollé con el porrón.
“Si han de darme pa tabaco,
dije, esta es güena ocasión.”
para no peliar con grillos,
me arremangué el calzoncillo
y me ajusté bien la faja;
y en una mata de paja
probé el filo del cuchillo...
que allí se hallaba un varón;
les conocí la intención
y solamente por eso
fué que les gané el tirón,
sin aguardar voz de preso.
dijo uno, haciéndose el bueno.
“Vos matastes un moreno
y otro en una pulpería,
y aquí está la polecía
que quiere ajustar tus cuentas.
Te va a alzar por las cuarenta
si te resistís hoy día.”
con relación de difuntos;
esos son otros asuntos;
vean si me pueden llevar,
que yo no me he de entregar
aunque vengan todos juntos.”
¿No es cierto que nos figuramos leer un folletín de Alejandro Dumas o de Fernández y González? Las estupendas luchas que nos describen las novelas de capa y espada, podrán, y tienen de seguro muchas veces, una parte importante de mentira. En nuestro caso no hay exageración, porque los anales de la Pampa están llenos de empresas parecidas, y el honrado José Hernández, además, rehuye siempre las narraciones hiperbólicas. El gaucho Martín Fierro saca fuerzas de flaqueza, y aunque está solo en la inmensidad, frente a varios hombres armados, sin más apoyo que su daga, prefiere morir matando, y no que lo sacrifiquen miserablemente.
Para nuestra pasibilidad de hombres civilizados, urbanos y tímidos, la actitud de un hombre luchando contra muchos nos resulta inverosímil. Pero Martín Fierro no está precisamente solo. A nosotros nos serviría para poco una daga punzante y un cuerpo más o menos dañado de artritismo; en cambio Martín Fierro le saca a su facón imprevistas y maravillosas aptitudes, y cada canto o punto de su daga es un resorte poderosísimo. En cuanto a su cuerpo físico, él se estira y encoge como la goma, salta o se soslaya, se acurruca o se acrecienta, se multiplica verdaderamente. Y hay, además, la astucia.
Es así como un “hombre de guerra”, un guerrero de oficio, ha sido en la Historia una cosa resistente y capaz de proezas increíbles. Los héroes de Homero, por ejemplo, el Aquiles y el Agamenón y el Ayax, eran completos y vigilantes esgrimidores que aterraban a sus enemigos. Cuando leemos en los libros de Caballería que un solo guerrero combatía y derrotaba a innúmeros adversarios, no todo cuanto nos cuentan es mentira. Un guerrero antiguo, por virtud de la esgrima, del oficio y de la especial preparación del alma, valía por muchos hombres juntos. El gendarme, el lansquenete, el suizo, y sobre todo el caballero marcial a lo Rolando, Cid y Gonzalo de Córdoba, hicieron en mucho tiempo imposible la formación de grandes y eficaces ejércitos anónimos, democráticos, al estilo moderno.
Los enemigos de Martín Fierro traen, es verdad, alguna carabina; pero aquellos pobres fusiles de pistón, sobra sin duda de los arsenales europeos, no valen gran cosa.
de un tiro de carabina;
mas quiso la suerte indina
de aquel maula, que me errase,
y ahí no más lo levantase
lo mesmo que una sardina...
y la angurria[35] que tenían,
que tuítos se me venían
donde yo los esperaba;
uno al otro se estorbaban
y con las ganas no vían.
He aquí ahora que interviene la astucia, puesto que el guerrero ha de ser listo en ardides: